Roma Invicta Est
Capítulo I. Atila, o la guerra de los mundos.
Maurica, la Galia.
Anno Domini 451, ab Urbe condita 1204.
CAPÍTULO I
Atila, o la guerra de los mundos.
Attila vivo, Romani in magno discrimine semper versati sunt[1].
Habían transcurrido varias horas desde que el sol asomara por el horizonte, anunciando un cálido día de mediados de junio. Nosotros, soldados romanos, permanecíamos en formación, ajenos a todo aquello que no fuera la atenta vigilancia a nuestros enemigos. Debido al insoportable calor y a las sofocantes horas que llevábamos formados, tanto mi lorica como mi yelmo se habían calentado, abrasando mi cuerpo como si hubiera sido arrojado a una pira colmada de incandescentes pavesas. La sed quemaba mi garganta y el temor mordía con ferocidad mis entrañas. Apenas era un joven e inexperto recluta que observaba con espanto los miles de estandartes, banderas y enseñas que ondeaban amenazantes en el límpido cielo, mecidas por el caprichoso viento, como si fueran las olas de un encrespado y tenebroso mar, ávido por abatirse contra la costa, dejando no solo una estela de destrucción a su paso, sino también una seria advertencia para aquellos que osasen interponerse en su camino. Mi corazón latía en mi pecho con la furia de mil titanes y amenazaba con huir por la garganta y escapar de aquel aciago lugar que no presagiaba más que miseria y muerte. Apenas podía soportar el peso de mi scutum y de mi spiculum, pues mis brazos temblaban de pavor al contemplar a aquellos seres huidos del más profundo de los avernos.
Tenía algo menos de veinte años y me enfrentaba a mi primer combate.
Y los hados tuvieron a bien que en mi bautismo de sangre participara en la
batalla más formidable que la historia jamás hubiera presenciado. La guerra del Cristianismo contra el paganismo, de la civilización contra la barbarie, del orden contra el caos. En definitiva, del mundo que hasta ese momento habíamos conocido contra el mundo de las tinieblas y lo desconocido: el mundo de Atila.
—Mirad, estamos rodeados de bárbaros —comenzó a decir un soldado
—. A nuestra derecha tenemos a los alanos de Sangibán y a los visigodos de Teodorico y, protegiendo nuestra retaguardia y vigilando bien de cerca la supuesta fidelidad de los alanos, a los francos de Meroveo —y soltando un resoplido añadió—: Apoyados por estos bárbaros nos enfrentaremos a los hunos de Atila, a los ostrogodos de Valamiro y a decenas de tribus extranjeras…
—No seas injusto con nuestros foederati —repuso otro legionario—, a ellos también les apremia detener a los insaciables hunos…
—… tanto como a nosotros —interrumpí.
El primero que habló se llamaba Sextilio Arcadio, buen compañero de armas. Nos conocimos en el castrum de Tarraco y era un hispano de la región de la Tarraconense. Tenía mi misma edad, pero era mucho más corpulento. De cejas bien pobladas, su cuerpo estaba prácticamente cubierto de vello y sus brazos eran poderosos como troncos de roble. Su frente, prominente, le confería un aspecto duro y fiero, pero era una persona noble y bondadosa incapaz de hacer daño a quien no hubiera hecho méritos suficientes para merecerlo. Quien le respondió se llamaba Lucio Calero, y también coincidimos en el campamento de instrucción. Era más joven que nosotros y provenía de una buena familia de la región hispana de Segóbriga.
Era alto, de complexión delgada y rostro cuidadosamente rasurado. Joven, culto e inquieto, había leído las fábulas de Fedro, la poesía de Valerio Catón y, naturalmente, las obras del insigne Virgilio, además de otros escritores y poetas, lo que le había concedido cierta ascendencia sobre los circitores y los centenarii que acudían a él para pedirle consejo o para que les transcribiera algún documento. Al igual que la mayoría de nosotros, era cristiano y profesaba su fe con total devoción.
—Piensa lo que quieras, no me fío de los visigodos, como no me fío de ningún bárbaro —sentenció Sextilio Arcadio—. ¿O acaso tengo que
recordarte que fueron los visigodos los que saquearon Roma hace cuarenta años?
—A mí tampoco me gustan los visigodos, no dejan de ser unos herejes arrianos, pero de entre todos los bárbaros, son los que más se asemejan a nosotros —replicó Lucio Calero.
El sol golpeaba con fuerza mi exhausto cuerpo y yo carecía de los ánimos suficientes para participar en el debate, bastante tenía con no desfallecer. Estábamos formados en centurias y preparados para el combate, firmes en una infinita explanada salpicada por pequeñas lomas de poca altura próxima a la ciudad de Maurica. Un pequeño riachuelo, que no dificultaría las maniobras de las vexillationes, separaba en dos mitades casi simétricas el campo de batalla. Enfrente se encontraba el ejército más poderoso que jamás haya existido. Estaba comandado por el invencible Atila, el temido flagellum Dei, el azote de Dios. El rey huno, aliado con ostrogodos, hérulos, gépidos, burgundios y demás pueblos bárbaros, alzó un gran ejército y cruzó las fronteras del Imperio. Saqueó y arrasó toda ciudad que encontró a su paso y dirigió sus huestes hacia su verdadero objetivo: Roma. Pero allí estábamos nosotros para impedirlo. Aliados con otros bárbaros, pero, como diría Calero, más civilizados, nos habíamos propuesto evitar el avance de los salvajes hunos. Para ello habíamos requerido el auxilio de los foederati visigodos, francos, alanos, licienos y de varias tribus más que, por desconocidas o debido al poco número de tropas aportadas, he olvidado sus nombres.
La instrucción militar en Tarraco había durado cuatro meses y había sido muy dura. No eran pocos los tires que habían desistido o que habían sido expulsados del ejército por distintas razones. Ahora se suponía que yo era un auténtico miles, un soldado romano presto a entrar en combate cuando así fuera requerido. Pero la verdad era bien distinta. Estaba aterrado ante la imagen infinita de miles de guerreros bárbaros. El sonido de sus tambores de guerra penetraba con fuerza en mi mente y tenía que hacer denodados esfuerzos por no arrojar mi scutum al suelo y salir corriendo a toda prisa del infierno que se avecinaba.
Desconozco el motivo, pero el recuerdo de mi familia acudió de pronto a mi mente, como si, presintiendo la cercanía de la muerte, mis últimos
pensamientos estuvieran con ellos en un fútil intento de apaciguar mi martirizado espíritu. Recordé mi vieja casa próxima al puerto de Saguntum y las agotadoras jornadas de trabajo de mi padre para poder llevar a la mesa apenas un mendrugo de pan y algo de pescado. Mis orígenes eran humildes.
Era el pequeño de cinco hermanos y mi padre se ganaba la vida como estibador en los muelles. Debido a las incursiones bárbaras, el comercio había descendido sobremanera y pocos eran los comerciantes que se aventuraban a surcar el Mediterráneo en busca de un buen negocio. No, ya no era rentable comerciar por el Imperio, y los barcos que cargaban o descargaban mercancías en el otrora importante puerto fueron disminuyendo hasta que prácticamente desaparecieron, y con ellos el sustento de mi familia. Fueron años de hambre y escasez, hasta que tomé la determinación de abandonar mi hogar y alistarme en el ejército. Mi padre aceptó con agrado mi decisión, más por tener una boca menos que alimentar que por disfrutar del orgullo de tener un soldado en la familia. Así fue como, un buen día, me despedí de ellos posiblemente para siempre y marché, tomando la vía Augusta en dirección norte, hacia Tarraco, con la esperanza de poder llenar todos los días mi escudilla con algo que fuera más o menos comestible.
Y ahora me encontraba empapado en sudor ante las invencibles huestes de Atila, el azote de Dios, el hijo del demonio, el invencible… De todos los atributos, nombres y apelativos que se le dispensaban, el que más temor me infundía era el de «invencible», pues significaba que había vencido en todas y cada una de las batallas en las que había participado, y no eran pocos los combates que había entablado el bárbaro en su larga vida de soldado.
«Invencible, Atila es invencible», este pensamiento me torturaba una y otra vez. «Voy a morir, pronto me reuniré con el Todopoderoso», este era el otro pensamiento que abotagaba mi cabeza, aún más inquietante y descorazonador.
—Creo que voy a desfallecer —susurré en un hilo de voz.
—¿Qué dices, hombre? Aguanta un poco, pronto comenzará la fiesta —
dijo Sextilio Arcadio.
—¿Te encuentras bien, Adriano? —me preguntó Lucio Calero.
—Estoy aterrado —contesté.
El centenarius llamó al orden a Arcadio cuando rompió en una estentórea carcajada.
—Todos tenemos miedo, querido amigo, pero piensa que esta batalla va a pasar a la historia y tú posiblemente con ella —dijo Arcadio.
—Ten fe en Dios y, si su voluntad es que mueras en este combate, tu sacrificio no será en vano y serás recibido en el Paraíso —intervino Calero.
—Preferiría no tener que comprobar si existe el Paraíso —repuse, algo más animado.
—Por mí también puede esperar —añadió Arcadio con una sonrisa.
Acabábamos de finalizar nuestra instrucción en Tarraco y nuestra unidad de limitanei fue convocada por Aecio, el más bravo de los generales romanos. Había exhortado a todas las legiones, numeri, foederati, auxiliares y a todos aquellos soldados que, romanos o no, fueran fieles al Imperio para defender a Roma del mayor peligro que se cernía sobre ella desde que el rey visigodo Alarico la saquease en el año 410 de Nuestro Señor. Y allí estábamos Arcadio, Calero y yo, los tres amigos, los tres compañeros, los tres milites dispuestos a sacrificar nuestra vida por Roma y por el Imperio, pues con tal fin habíamos sido instruidos.
—¿Cuándo va a empezar esto? —pregunté de forma retórica.
—Supongo que cuando uno de los dos ejércitos se lance sobre el otro —
respondió Arcadio en tono burlón.
—Este calor me va a matar —dije.
—Ten paciencia, ya falta poco —señaló Calero.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—El sol hace horas que ha despuntado por el horizonte, nos enfrentamos dos ejércitos muy poderosos y a ninguno nos interesa que se haga de noche —respondió.
—Tienes razón —confirmó Arcadio con un asentimiento.
De pronto, un clamor de vítores y salves dirigieron mi atención hacia un jinete que se había situado enfrente de la columna romana, cabalgando en un hermoso alazán de guerra. A pesar de la coraza y del casco con penacho que cubría su cabeza, pude distinguir en ese hombre los rasgos nobles y bien parecidos de nuestro general Aecio. Los centenarii llamaron al orden y los gritos de aclamación fueron amainando. Nuestro magister utriusque
militiae hablaba con uno de los tribunos que dirigían las tropas y durante un breve instante, o al menos así lo quiero recordar, desde su rojiza montura dirigió su vista hacia mí, y, no solo eso, además, estoy convencido de que me sonrió. Casi instintivamente me cuadré y saqué pecho cual gallo presuntuoso que pretende llamar la atención del resto del gallinero. Su mirada poderosa y cristalina infundió en mí un valor desconocido. ¡El general Aecio me había sonreído! Me sentí exultante, dichoso, triunfal, y a mi rostro asomó una confiada sonrisa. El miedo y la fatiga desaparecieron, como si de pronto me hallara protegido por la égida de Marte, nuestro ancestral dios de la Guerra, siendo invulnerable a las flechas y a las espadas enemigas. Ahora solo tenía la inquietud propia de quien anhela algo con impaciencia y no puede esperar para conseguirlo. Necesitaba que el combate comenzara cuanto antes. Tenía la imperiosa necesidad de demostrar a mi general que era digno de servir bajo sus órdenes. Arcadio advirtió mi sonrisa y, con el ceño fruncido, me preguntó:
—¿Ahora de qué te ríes?
—Creo que la victoria será nuestra —respondí totalmente convencido.
—Mira que eres raro —replicó, negando con la cabeza.
Un ruido de tambores y trompetas detuvo la conversación, inundando el campo de batalla con el sonido que precede a los gritos de furia, miedo y dolor. Desde las tropas hunas, varios jinetes rompieron filas y, a todo galope, se dirigieron hacia una pequeña loma situada en nuestro flanco izquierdo. Vestían pantalones de fieltro y protegían sus cabezas con un casco de cuero borlado con piel de animal. Desde sus pequeños pero rápidos caballos, proferían aterradores alaridos con el propósito de amedrentarnos. Y vive Dios que lo estaban consiguiendo. A mi lado, un joven legionario no pudo contener sus esfínteres y por sus muslos se deslizó un hilo de orina. Su rostro estaba contraído por el miedo y se aferró al spiculum con el vigor que nace del pánico. Comprendí que no éramos pocos los romanos que nos encontrábamos en una situación igual de penosa: aterrados, impelidos por el miedo a defender nuestras vidas, persuadidos de que la batalla estaba perdida. Pero éramos milites, soldados imperiales, habíamos jurado defender Roma de sus enemigos, y poco más podíamos hacer que ofrecer nuestras vidas en sacrificio.
Si los hunos lograban coronar la colina dominarían una parte importante de la explanada y llevarían la iniciativa del combate en ese flanco. Pero una polvareda procedente de nuestra ala derecha reveló que no dejaríamos a los hunos que la conquistasen tan fácilmente. Reconocí al príncipe visigodo Turismundo prorrumpiendo feroces gritos de guerra al tiempo que conducía a sus soldados hacia el inevitable enfrentamiento con los invencibles hunos.
Aecio ordenó a dos vexillationes que acudieran en apoyo de los federados y cientos de jinetes cabalgaron raudos en pos de un mismo objetivo: alcanzar con éxito la cima de la colina antes que el enemigo. Los hunos montados sobre sus pequeños pero resistentes caballos, los visigodos cabalgando en sus alazanes, mucho más grandes y veloces, pero más sensibles a la fatiga.
Desde nuestras columnas, visigodos, romanos, alanos, francos y demás bárbaros y aliados gritábamos con fuerza arengando al joven príncipe para que coronara con éxito la loma antes que el enemigo. Atila, flanqueado por sus generales y comandantes, observaba con atención la insensata carrera, esperando obviamente lo contrario. Pero fueron los visigodos y nuestras vexillationes los que llegaron antes a la cima, y los hunos, que todavía estaban subiendo por ella, recibieron una lluvia de dardos, lanzas, piedras, rocas rodantes y todo tipo de elementos arrojadizos. Los jinetes hunos cayeron junto con sus monturas cuesta abajo, arrollando a los que venían detrás, provocando el pánico y el desorden en toda la tropa. Turismundo, cuando agotó las flechas y se quedó sin rocas que hacer rodar cuesta abajo, se lanzó, enarbolando su terrible pica, sobre los desorganizados hunos, que murieron atravesados por las lanzas o pisoteados por los cascos de los caballos. Se contaron por centenares los muertos hunos, logrando sobrevivir unos pocos que huyeron refugiándose tras las filas del ejército bárbaro.
Nuestros gritos de júbilo llegaron a los oídos de Atila que, aguijoneado por tal afrenta, envío a los ostrogodos dirigidos por su rey Valamiro contra los jinetes visigodos y romanos con el propósito de arrebatarnos la colina, pero los foederati y nuestros equites combatieron con resuelto valor por defenderla, desatándose una despiadada carnicería que sembró la ladera de centenares de muertos de uno y otro bando. Entretanto, Atila había enviado sus tropas contra los alanos de Sangibán que difícilmente pudieron aguantar el empuje del huno enrabietado por su pequeña derrota. Nosotros, el grueso
del ejército de Aecio, permanecíamos expectantes, alejados de la primera línea de combate, contemplando como los bárbaros se mataban entre ellos.
Atila no tuvo dificultades en deshacerse de los alanos, y gracias a una lluvia de flechas y al arrojo de miles de soldados francos, no consiguió llegar a nuestra retaguardia y destruir nuestro campamento, lo que, sin duda, hubiera sido nefasto. Los hunos, obligados por tan colosal barrera defensiva, tuvieron que retroceder y, advirtiendo los problemas en los que se encontraban sus aliados ostrogodos, cabalgaron con diligencia en su auxilio, pues difícilmente aguantaban las acometidas de las huestes de Turismundo y de nuestros equites.
Por fin, Aecio nos ordenó atacar el ala derecha huna, donde se encontraba el rey gépido Ardarico. Dimos buena cuenta de ellos y a muchos logramos poner en fuga, no siendo pocos los bárbaros que probaron el frío de mi spatha. Mejor aún le fue a Arcadio, que disfrutaba dando mandobles a diestro y siniestro. Le vi con la cara salpicada por el líquido bermellón y me guiñó un ojo con osadía mientras atravesaba, de parte a parte, a un gépido con su espada. Busqué a Calero, que ya durante la instrucción demostró encontrarse en serios apuros en el manejo del acero. Era valiente y no rehuía el combate, pero no era excesivamente diestro. Muy a mi pesar, enseguida entendí que nunca sería un gran legionario. Le vi luchar con serias dificultades con un gigante de larga y pelirroja melena. Fui a su encuentro y, con mi spatha, atravesé la espalda del fornido bárbaro, cayendo inerte al suelo aún con el reflejo de la sorpresa en la mirada.
Pero Ardarico recompuso sus filas y se revolvió como un animal acorralado y herido lanzando a sus hordas gépidas contra nosotros con la férrea determinación de causar el mayor daño posible antes de perecer ensartado por nuestras espadas. La batalla se recrudeció en feroz turbamulta de gritos, restallidos de espadas y crujido de huesos. Los bárbaros consiguieron aislar y rodear a Mansueto, el comes Hispaniarum, y este se defendió con denodado valor ante las acometidas gépidas, pero una lanza hirió el costado de su caballo, que cayó al suelo entre desgarradores relinchos de dolor, arrastrando a su amo en su caída. Corrí hacia él deshaciéndome de todo gépido que encontré en mi camino y conseguí evitar su muerte justo en el momento en el que un bárbaro se disponía a ensartarle
con su pica. Con un movimiento certero de mi spatha, le herí mortalmente en el cuello y su sangre salpicó mi rostro tiñéndolo de sangre. Ayudé al conmocionado comes a incorporarse y me preguntó:
—¿Cómo te llamas, soldado?
—Salvio Adriano, domine.
Asintió con los labios arrugados y dijo:
—Nunca olvidaré que me has salvado la vida —y añadió—: Ahora matemos a unos cuantos bastardos más y reguemos esta tierra de la Galia con su sucia sangre. Hoy será un día glorioso para Roma.
Y, profiriendo un aterrador grito, atacó a un gépido, hundiendo su afilada spatha en su estómago.
De las circunstancias que acontecieron durante el combate, solo puedo hablar de lo que vi y oí, pero mucha información que aún guardo en mi memoria me fue facilitada por soldados que participaron activamente en la lucha. Lo cierto es que, durante la batalla, Atila se vio en graves apuros.
Los visigodos pusieron en fuga a los ostrogodos, que solo consiguieron reorganizarse cuando el rey huno acudió en su ayuda. Aecio y nosotros, los romanos, superamos a los gépidos y dominamos el flanco derecho de los hunos. Los francos de Meroveo apoyaron a sus primos visigodos obligando a los hunos y a las tropas de Valamiro a dirigirse hacia el centro de la formación.
Así pues, Meroveo con sus francos y Teodorico con sus visigodos controlaban el flanco izquierdo de los hunos y nosotros el flanco derecho.
Ambos ejércitos formamos una indestructible pinza sobre las huestes de Atila y sus aliados, que se arracimaron de forma desorganizada en el centro del campo de batalla. Pero el rey de los hunos no era hombre que se amilanara ante el primer escollo que encontrase en su camino, sino todo lo contrario. Se sentía como un animal atrapado y como tal se comportó, luchando con fiereza por defender su vida y arengado a sus soldados para que no desfalleciesen y demostrasen en la batalla que los hunos eran los mejores guerreros del mundo. La victoria, que parecía nuestra, se diluyó como el agua entre las manos y ambos ejércitos nos batimos con renovados bríos con la intención de poner fin cuanto antes a aquel holocausto de sangre y destrucción.
Mas el calor era insoportable y la lucha parecía no tener fin. Inmerso en la vorágine del combate, no había reparado en lo sediento que me hallaba y, acompañado por Arcadio, Calero y varios legionarios más, me dirigí al pequeño curso de agua que discurría por el campo de batalla. Miré a mis compañeros y sonreímos. Estábamos completamente deshidratados y la imagen del riachuelo nos levantó un poco la moral. Pero cuando nos arrodillamos para saciar nuestra sed vimos con horror como el agua estaba teñida de color rojo por la sangre derramada. Sentí repulsión y me negué a beber, pero uno de los romanos, aún más sediento que yo, o al menos con mucha menos aprehensión, apartó un cadáver del arroyo y bebió con avidez, tiñendo su cara y sus manos del color de la sangre. Impelidos por la sed, avanzamos hacia el enemigo dejando atrás al resto del ejército, que se había replegado dejándonos solos a unos pocos soldados romanos con la única compañía de varios equites visigodos. Un grupo de jinetes hunos, percatándose de nuestra desventaja, se lanzó contra nosotros blandiendo sus espadas y lanzas. Nos parapetamos tras los escudos mientras los jinetes visigodos protegían nuestros flancos. Repelimos las incesantes embestidas bárbaras destripando caballos y rematando jinetes en un confuso torbellino de alaridos, gritos de dolor y relinchos de animales.
Sucio de polvo y sangre e impregnado con el acre olor de la muerte, comencé a impartir órdenes a visigodos y a romanos que, quizá sorprendidos por la autoridad que emanaban mis palabras o por la lógica de las mismas, obedecieron sin oponerse. Allí sufrí mi primera herida de consideración. Un jinete huno me alcanzó con su espada atravesando mi lorica. Por suerte, solo me rozó hiriéndome en una costilla, lo que me causó un terrible dolor. Sangraba copiosamente, pero la herida no era grave. El rey visigodo Teodorico, advirtiendo el acoso al que éramos sometidos, acudió en nuestro auxilio y, lanza en ristre, se dirigió al encuentro de los hunos acompañado por sus spatharii. Las tropas visigodas fueron recibidas por una lluvia de flechas y jabalinas procedente de un regimiento de ostrogodos que acudía en apoyo de sus aliados, con tan mala fortuna que una de las flechas hirió de gravedad al mismísimo rey visigodo, haciéndole caer al suelo, siendo posteriormente pisoteado por los jinetes que le seguían y que, debido a la confusión, no habían reparado en su caída. La lucha fue feroz y
cientos de soldados de uno y otro bando perecieron, pero los visigodos fueron superiores y obligaron, tanto a ostrogodos como a hunos, a retirarse.
Cuando Turismundo supo de la muerte de su padre se dirigió encolerizado contra las tropas hunas que, incapaces de detener la acometida del príncipe, se retiraron en desbandada hacia su campamento. Aecio avanzó hacia los pocos gépidos y burgundios que aún permanecían con vida, entablándose refriegas encarnizadas.
La batalla estaba ganada y, ahora, nuestro propósito era salir lo más entero posible de aquel campo infestado de muertos y de miembros mutilados. Atila, protegido por su guardia personal, observaba impotente como Turismundo luchaba con bravura deshaciéndose de los hunos y como los romanos avanzábamos inexorablemente, rematando heridos y exterminando a los rezagados que no habían tenido el sentido común de huir cuando tuvieron ocasión de hacerlo.
El gran Atila llegó abatido al campamento huno, donde ya le aguardaban varios centenares de jinetes que lograron escapar. Nosotros seguimos rematando heridos y luchando contra algunos indomables que se negaron a rendirse hasta que el crepúsculo nos anunció el final de la contienda. Completamente exhausto, caí de rodillas al suelo y fue necesaria la ayuda de mis compañeros para poder incorporarme. Me eché la mano al costado y vi que continuaba sangrando. Llevado casi en volandas por Calero y Arcadio, llegamos al valetudinarium, donde a los físicos no les faltaba trabajo. El hospital estaba embalsamado con el acre olor de la sangre y de la muerte. Los gritos de dolor se confundían con los desgarradores llantos de los mutilados y con las súplicas de los heridos, implorando que alguien les liberara de su agonía. El infierno no debería de ser muy distinto de aquel sombrío y terrible valetudinarium. Me desnudaron y observé que, de la herida, entre una capa de polvo, sudor y resecas costras, brotaba un hilo de sangre.
—¡Tu primera herida de guerra! —exclamó un agotado Arcadio—.
Podemos estar orgullosos, hemos vencido al todopoderoso ejército de Atila
—añadió derrumbándose en un escabel. Al poco dormía plácidamente, como el niño que duerme exhausto en su jergón, después de haber disfrutado durante horas de su juego favorito.
—El Paraíso deberá esperar, ¿verdad? —preguntó Calero con una sonrisa.
—Deberá esperar…
Fueron mis últimas palabras. Sordo a los desgarradores lamentos y a los quejumbrosos gritos que anegaban el hospital de campaña, caí en un sueño profundo y reparador. A pesar de haber visto tanto sufrimiento, tanta muerte, tanta destrucción, disfruté de uno de los sueños más placenteros de mi vida. ¿Me había vuelto un salvaje guerrero sediento de sangre o, en cambio, no era más que un simple miles que hacía bien su trabajo? La batalla contra los bárbaros de Atila fue mi bautismo de sangre y, no sé si desgraciadamente o por fortuna, no sentí remordimiento alguno por las vidas que había segado. La guerra convierte a los hombres en bestias, despertando en ellos su lado más cruel y desalmado.
Me desperté justo antes del amanecer y advertí que los físicos habían hecho muy bien su trabajo. Mi herida estaba limpia y bien cosida. Me refresqué y me vestí con mi lorica rasgada. Miré la grieta entre dos bandas metálicas que había hendido la espada del bárbaro y no pude por menos que sonreír ante mi portentosa fortuna. Me disponía a abandonar aquel hospital henchido de miseria y dolor, cuando Calero y Arcadio hicieron acto de presencia.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó sonriendo Calero, tendiéndome una jarra con agua y un pedazo de pan.
—He dormido como un niño. La verdad es que me siento completamente nuevo, apenas me duele la herida —le respondí, dando buena cuenta del mendrugo—. ¿A vosotros no os hirieron?
—¡Bah! —exclamó Arcadio—. Algún rasguño sin importancia, por desgracia mi cuerpo permanece virgen de heridas de guerra. Confío en tener más suerte la próxima vez —respondió con una carcajada.
Ser herido durante la batalla y que dicha herida causara una cicatriz imborrable era un honor para cualquier miles. Significaba que habías retado a la Parca y que habías vencido, significaba que habías luchado en primera fila y que no habías permanecido en la retaguardia custodiando las tiendas y las provisiones, significaba el recuerdo del combate y posibilidad de relatar el momento en el que se produjo y, naturalmente y no por ello menos
importante… ¡poder contarlo! Sextilio Arcadio contempló con envidia mi cicatriz hasta que unos meses después un bárbaro le produjo una similar.
Pero esto es otra historia.
—Tengo un corte en el brazo —dijo Calero, tocándose un aparatoso vendaje en el brazo izquierdo—. Aún no te he dado las gracias por salvarme del gigante pelirrojo.
—No tienes por qué dármelas, amigo.
—Espero que, pase lo que pase, nunca nos separemos y estemos siempre juntos. Al menos el tiempo que permanezcamos en la legión —
deseó Calero.
A nuestros labios asomó una sonrisa, y uniendo nuestras manos hicimos un juramento. Me alegra decir que durante años lo mantuvimos. Jamás he tenido amigos más fieles que aquellos que conocí en Tarraco y con los que combatí a los invencibles hunos de Atila.
—Deberías ver el campo de batalla, está sembrado de muertos —dijo Arcadio.
—Es un espectáculo desolador —musitó Calero, con semblante triste.
—Es la guerra, amigo —replicó un pragmático Arcadio.
—Vayamos —dije, impaciente por comprobar los estragos causados por nuestras tropas.
Nuestro campamento se despertaba y los milites comenzaban a salir de las tiendas a regañadientes. Pronto se escucharía el sonido de las trompetas y los soldados formarían dispuestos para el desayuno. Nos aguardaba un largo y duro día, pues Atila aún no había sido derrotado.
La llamada para el desayuno nos sorprendió montados en nuestros caballos, observando un infinito mar de cadáveres. Decenas de miles de hombres yacían inertes más allá de dónde la vista podía alcanzar. Nuestros caballos no podían evitar pisotear los despojos ya se trataran de amigos o enemigos. Ensartados con lanzas, espadas, flechas, mutilados, decapitados o desmembrados, miles de restos humanos y de animales saludaban con un ademán trágico al nuevo amanecer. En el cielo planeaban los buitres más avezados ávidos por darse un grandioso festín, y los cuervos, los zorros y varios perros abandonados deambulaban por aquel erial, devorando los despojos con despreocupación e indiferencia, persuadidos de que había
alimento para todos. Pero lo que más recuerdo de aquella espantosa escena fue el olor. Han pasado muchos años y recuerdo ese olor como si hubieran transcurrido apenas unas horas. Respiré aquel fétido aire y penetró en mi mente dejando una impronta imborrable. Unos lo llaman el olor de la guerra, otros de la muerte, yo simplemente considero que es el olor de la miseria humana. Era una mezcla de sangre, vómitos, orines, heces, sudor, miedo… Sí, miedo. El miedo se puede percibir y oler, y allí, en aquel campo, oculto bajo la siniestra sombra de la desolación, había cantidades ingentes.
—Es el infierno en la Tierra —observó Calero conmovido, como estábamos todos ante el devastador espectáculo.
—Sería el infierno si hubieran vencido los hunos —intervino Arcadio.
—Debemos regresar al castrum —dije, deseando abandonar cuanto antes aquel campo sembrado de muerte y destrucción.
De pronto, oímos un griterío ensordecedor. Nos miramos y, sin mediar palabra, desenfundamos nuestras spathae y galopamos a toda velocidad hacia el castrum. Teníamos el corazón en un puño, pues concluimos que nuestro campamento estaba siendo atacado. Pero, cuando llegamos, advertimos que los gritos no eran de guerra, sino de júbilo. Una delegación visigoda había informado al general Aecio de que Atila se había protegido en su campamento tras una muralla de carros y enseres. Los visigodos y los romanos nos abrazamos y bebimos vino brindando por la victoria. Atila estaba en nuestras manos y su aniquilación muy próxima. Entonces fue cuando vi a Aecio y al príncipe Turismundo entrar en la tienda de nuestro magister utriusque militiae.
Poco ha transcendido de la conversación que mantuvieron tan poderosos generales, pero recuerdo que, al término de la misma, ambos salieron del praetorium con el rostro serio y el ceño fruncido. Turismundo se dirigió raudo a su campamento, donde fue proclamado rex Gothorum por los nobles visigodos. Poco después, nuestros aliados lanzaron un ataque en solitario contra el campamento huno. Fue un desastre, una lluvia de flechas cayó sobre ellos provocando un gran número de bajas e impidiéndoles acercarse, ni siquiera, a la primera de las empalizadas. Aecio observó el insensato ataque desde la distancia, posiblemente complacido por el gran
número de visigodos que murieron en el desafortunado intento de asaltar las defensas hunas.
Esa misma noche se observó una colosal hoguera encendida en el interior del campamento huno. Como bien supe después, a falta de madera, Atila había apilado una montaña de sillas de montar y les había prendido fuego simulando una improvisada pira funeraria. Hasta él consideraba que aquella sería la última noche que permanecería entre los vivos. Pero no hubo más ataques. Dos días duró el asedio hasta que una mañana, nada más despuntar el alba, advertimos que los visigodos habían abandonado el cerco y volvían a Tolosa. No voy a negar que la marcha de nuestros aliados fuera todo un contratiempo, pero, aún así, disponíamos de fuerzas suficientes para mantener el asedio a los hunos y matarlos de hambre y de sed, o bien obligarlos a salir de su ratonera y presentar batalla. No obstante, éramos muy superiores en número y nuestra moral acariciaba los cielos después de la abrumadora victoria. Pero el gesto de los milites demudó en sorpresa cuando Aecio, incompresiblemente, ordenó que se levantara el cerco y regresáramos al castrum de Lugdunum, en la Galia Transalpina. Teníamos al león enjaulado y dispuesto para ser sacrificado, pero no solo le dejamos con vida, sino que, además, abrimos la jaula.
Por confusas razones, Aecio y Turismundo permitieron que el huno escapara del infranqueable asedio. Desconocía por qué no se ordenó su captura cuando se hallaba derrotado y humillado, pero lo cierto es que, después de la batalla de Maurica, Atila huyó a la Panonia persuadido de su suerte y rumiando su venganza, mientras el ejército romano, limitanei de Tarraco incluido, se dirigía a los cuarteles de Lugdunum en espera de su presumible regreso.
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