Roma Invicta Est
Capítulo V. Traición y muerte en Roma.
Tarraco.
Anno Domini 455, ab Urbe condita 1208.
CAPÍTULO V
Traición y muerte en Roma.
Vim vi reppelere licet[5].
Fueron unos meses tranquilos, dedicados a patrullar por las ciudades próximas a nuestro castrum de Tarraco, como Barcino, Ilerda o Dertosa.
Roma sobrevivía a pesar de la muerte de Aecio, y las limes del Imperio eran respetadas por nuestros enemigos. Yo practicaba a menudo el uso de la spatha con mi amigo Arcadio, al que ya conseguí vencer en más de una ocasión. Sabía que tarde o temprano me las tendría que ver con Walder, y necesitaba estar lo mejor preparado posible. Varios meses de inactividad conceden mucho tiempo para pensar y el recuerdo de Alana fluía irremediablemente en mi cabeza. Me preguntaba dónde se encontraría y qué sería de ella. No eran pocas las veces que evocaba la profecía del druida, y deseaba que llegara el momento en el que la Parca se dispusiera a robarme el último aliento, para que acudiera mi amada y me arrebatara de sus garras.
Fue un año insoportablemente aburrido, únicamente salpicado por alguna escaramuza contra bandidos y proscritos. Añoraba la Galia Transalpina, echaba de menos al gran Aecio, a mis amigos galos y, como no, al gigante Áyax.
Caminaba por el castrum absorto en mis pensamientos y consumido por la nostalgia, cuando, a lo lejos, vi que Calero me llamaba haciendo gestos con la mano.
—¡Volvemos a la Galia! —exclamó sonriente.
—¿Qué? —pregunté, sin entender qué quería decir.
Calero estaba sin resuello, se agachó y cogió un poco de aire.
—Valentiniano desea conmemorar la victoria sobre los hunos y ha llamado a todas las legiones que participaron en el combate —dijo respirando con dificultad—. El tribuno acaba de informarnos, partimos mañana a Lugdunum y desde allí, marcharemos a Roma.
Las palabras de mi amigo alegraron mi entristecido ánimo, volvíamos a Lugdunum y nos encontraríamos de nuevo con nuestro amigo Áyax, con el tribuno Livio Asinio, con los oficiales galos Optila y Traustila, y con los demás compañeros de luchas y fatigas. Optila… ¿Qué habría sido de él? La última vez que le vi se disponía a viajar a Roma. Deseaba con todas mis fuerzas que hubiera tenido éxito en su misión, y hubiera descubierto quién o quiénes estaban detrás de la muerte de Aecio. Pero, sobre todo, anhelaba que el galo estuviera sano y salvo.
—Es una grata noticia, estoy impaciente por encontrarme con los viejos amigos —dije feliz.
—¡Los soldados de Aecio otra vez juntos! —exclamó Calero, cogiéndome de los hombros.
—¿Se conoce el motivo? —pregunté.
—El emperador ha organizado varios festejos y celebraciones, que culminarán con la recreación del combate contra los hunos.
En ese momento desconocía si Valentiniano tuvo algo que ver en la muerte del magister utriusque militiae, no obstante, los milites de Aecio recordábamos que nuestro general entró solo en el palacio y nunca más volvimos a saber de él. Sus legionarios de Lugdunum fuimos separados, esquilmados, destinados a distintos y muy distanciados lugares. Unos fueron enviamos a Rávena, otros a Placentia, Ancona, Narbo Martius, nosotros volvimos a Tarraco, y no fueron pocos los legionarios diseminados por las limes del Imperio.
—No sé si Valentiniano pretende reunirnos a todos para constatar nuestra fidelidad, o para demostrar que ya no nos teme —dije pensativo.
—Pronto lo sabremos.
Llegamos a Lugdunum un hermoso día de comienzos de Marzo. Entramos en el castrum abrumados por el exultante alborozo de nuestros compañeros galos, que se acercaron a nosotros saludándonos y abrazándonos con sincera alegría. Me sentía muy dichoso, aquel campamento había sido mi hogar, mi abrigo y mi vida. Con aquellos malditos soldados me unía el inquebrantable vínculo de quien ha derramado su sangre en el mismo campo de batalla, de quien ha luchado por un mismo objetivo, por una misma misión, de quien ha visto morir a sus compañeros, a sus amigos, a sus hermanos y luego ha vengado sus muertes arrebatándole el alma al enemigo. Hombres cuyo único anhelo era defender el Imperio ofreciendo sus vidas si así fuera requerido.
Nos detuvimos frente al praetorium, donde nos esperaba un serio y mal encarado Vicencio, acompañado por el praefectus praetorium Galliarum, Tonantius Ferreolus. El praefectus levantó la mano y ordenó silencio. Poco a poco, el griterío de júbilo fue cesando. Con la mirada busqué a mis compañeros y solo pude reconocer a Livio Asinio y algún que otro legionario. Comencé a preocuparme por Áyax y, sobre todo, por Optila. De pronto, la figura de un gigante que me saludaba con la mano emergió entre varios centenares de yelmos y pude distinguir a Áyax. Sonreí más tranquilo.
—Soldados de Roma —comenzó a decir Tonantius Ferreolus, erigido desde un estrado—, habéis sido convocados con el fin de celebrar el glorioso triunfo de nuestro ejército sobre los bárbaros hunos y sus aliados.
Nuestro amado emperador Valentiniano os ha invitado a todos vosotros a participar en los festejos que se van a organizar en la capital del Imperio.
El praefectus hablaba ante nuestras distraídas miradas. Estábamos entretenidos buscando algún rostro conocido entre la multitud.
—Como muchos de vosotros ya sabéis —prosiguió—, las fiestas finalizarán con una representación del combate contra los hunos. El dux Hispaniarum Vicencio dirigirá los ensayos ayudado por el tribuno Livio Asinio —dijo, haciendo un gesto al oficial para que subiera al estrado—, junto con los senatores Traustila y Optila.
Los galos subieron al estrado y nos saludaron. Me sentí más reconfortado al saber que mis amigos estaban vivos, aunque me hallaba
impaciente por conocer si Optila había tenido éxito en su arriesgada empresa.
—Espero que os toméis muy en serio esta representación —intervino el dux con gesto malhumorado—, y dejéis en buen lugar el nombre de la legión. En un par de días partiremos a Roma —añadió antes de descender del estrado seguido por los galos, el tribuno Livio Asinio y el praefectus praetorium Galliarum.
—Estamos apañados si el nombre de la legión depende de una farsa —
dijo en voz baja un legionario.
—Que descaro tiene el dux Hispaniarum. ¿Pues no va a dirigir él la representación cuando ni siquiera estuvo allí? —dijo otro.
—Silencio, soldados —me vi obligado a ordenar, reprimiendo una sonrisa.
Rompimos filas y fui en busca de Áyax, al que ya saludaban Calero, Arcadio y Arrio Sidonio. Mi gigante amigo mantenía la espléndida forma que le caracterizaba. Todos nos hallábamos entusiasmados por volver a estar juntos.
—Cuanto tiempo sin verte centenarius, veo que la vida te está tratando bien.
Dijo una voz a mis espaldas, me giré y vi que Optila se dirigía hacia mí exhibiendo una gran sonrisa.
—Te saludo, senator. Es una alegría volver a verte —dije, y nos cogimos con fuerza los antebrazos.
—¿Qué tal van las cosas por Hispania?
—Todo excesivamente tranquilo desde que exterminamos a los bagaudas.
—Bien, bien, hace tiempo que no nos vemos y seguro que tenemos mucho de qué hablar. Acércate esta tarde por el barracón de los oficiales y charlaremos largo y tendido.
—Así haré.
Optila sonrió y se dirigió hacia Traustila, que conversaba con el praefectus y con Livio Asinio.
—Espero que haya tenido éxito en su propósito de descubrir quiénes son los asesinos de Aecio —dijo Arcadio, mirando al galo.
—Al menos ha podido regresar sano y salvo —intervino Calero.
—Quizá esta tarde te diga algo al respecto —señaló Arcadio, y todos dirigieron sus miradas sobre mí.
—Veremos…
Me entretuve durante la mañana saludando a mis antiguos compañeros, entre ellos a Traustila y a Livio Asinio. ¡Y cómo olvidar a Demetrio Tancino y a sus amigotes! Fue el saludo frío y distante de quienes no se preocupan siquiera por cuidar las apariencias. También tuve ocasión de ser presentado al praefectus praetorium Galliarum Tonantius Ferreolus, que me saludó con indiferencia como quien contempla desidioso la caída las ocres hojas durante el otoño. Con él se hallaba Vicencio. El dux me miraba molesto, como si fuera una desagradable mosca que hubiera importunado su cena. Aquellos hombres carecían de mi agrado y de mi simpatía. Sus miradas turbias y gestos arrogantes solo me causaban recelo y desconfianza.
Llegó la tarde y con ella mi reunión con Optila, me hallaba impaciente por encontrarme con mi amigo. Me dirigía hacia el barracón de los oficiales cuando el galo fue a mi encuentro.
—Salgamos a dar un paseo —dijo nada más verme.
Cruzamos las puertas del castrum y nos dirigimos a un arroyo cercano.
Durante el camino apenas abrimos la boca, Optila quería estar seguro de que sus palabras no iban a ser escuchadas. Las arrugas de su frente delataban una insondable preocupación. Andaba ligeramente encorvado, como si sobre sus espaldas tuviera que soportar todo el peso del mundo.
Parecía que la muerte de Aecio le había afectado más que al resto de nosotros. Tomamos asiento en una roca situada en una explanada. Desde allí, podíamos observar las murallas del castrum y hablar sin temor a ser escuchados. Por el horizonte se acercaban algunas nubes negras y una fresca brisa meció nuestras saga. Eran los últimos estertores de un invierno que se resistía a rendir la Galia Transalpina a la incipiente primavera.
—Me alegro de que hayas regresado de Roma, temí por ti —le dije.
—Aún se moverme con cierta habilidad en los entornos más fangosos y malolientes del Imperio. Pero no te voy a negar que fuera una empresa difícil. Los cimientos del Senado de Roma están podridos como las entrañas de una rata muerta, pues Aecio, ha muerto ante la indiferente mirada de
varios curiales. Debía ser escurridizo como una lamprea si pretendía conseguir mi objetivo sin ser descubierto. Posiblemente, los agentes in rebus al servicio del magister officium estuvieran en alerta, atentos a cualquiera que hiciera más preguntas de las oportunas sobre la muerte del general. Pero el deseo de conocer la verdad me impulsaba a no flaquear, a seguir indagando hasta que por fin, encontré la persona que me desveló lo que quería saber.
—¿Averiguaste quién mato a Aecio? —pregunté, entre admirado y sorprendido.
Sus ojos se nublaron y su rostro se contrajo herido por un insondable dolor. Sentí una gran amargura por él.
—Roma no respeta nada, ni siquiera a los hombres que han derramado su sangre por protegerla. Ahora más que nunca estoy persuadido de que debe ser destruida, no merece la pena que muera un legionario más para que los patricios, senadores y emperadores sigan manteniendo sus privilegios quedando impunes de todos sus crímenes.
El galo comenzó a hablar sin dejar de mirar hacia el castrum. Su corazón albergaba un hondo pesar.
—Estoy cansado, querido amigo —prosiguió—. Llevo años de duros combates a mis espaldas y no creo que pueda aguantar muchos más. Pero no siento pena por mí, yo ya he vivido largos años y poco más me queda por hacer. Me compadezco por ti —me miró fijamente a los ojos y me cogió del hombro—, y por los jóvenes nobles y valientes como tú y tus amigos.
—No entiendo qué quieres decir.
El galo negó con la cabeza.
—Sois grandes legionarios en un ejército decadente y corrupto, dirigido por ineptos cuyo interés solo radica en amasar grandes fortunas y mantener sus privilegios. Si fuerais dirigidos por generales dignos e íntegros, más preocupados por la gloria de Roma que por sí mismos, expulsaríais a todos esos malditos bárbaros de nuestras limes y el Imperio volvería a resurgir. De eso estoy completamente seguro. Pero Aecio está muerto y en todo el Imperio no hay nadie como él. Que nuestras fronteras se desquebrajen y nuestras murallas se derrumben es solo cuestión de tiempo.
—Las legiones lucharán hasta el final para evitar que eso ocurra —
repuse.
—No está en manos de las legiones la defensa de Roma. ¿Acaso no has visto de quiénes se rodea Vicencio? —recordé las levas de bárbaros que había reclutado el dux—. Los milites romanos somos parte de un pasado triunfal y glorioso. Gracias a nuestras spathae hemos dominado y sometido a tribus y naciones poderosas. Sí, fuimos héroes en tiempos lejanos y olvidados, pero ahora no somos más que una molestia, un escollo del que desprenderse. Somos tratados con desprecio, desdeñados y relevados por bárbaros de extraños lenguajes y dudosa lealtad. Los legionarios somos fantasmas de un pasado victorioso que jamás volverá. La legión languidece, querido amigo, como las mustias flores abrasadas por el estío, como el condenado que permanece postergado en una fría mazmorra, en espera de que el hacha del verdugo le libere de su agonía —se detuvo un instante y permaneció con la mirada fija en el horizonte, como si buscase recuerdos arrinconados en la memoria—. Por desgracia, la defensa del Imperio no está en manos de las antiguas legiones, sino de gente inepta, corrupta y…
asesina —añadió cerrando con fuerza los puños.
La suave brisa que nos recibió se convirtió en un gélido viento. Un estremecimiento recorrió mi espalda. Intenté achacarlo al cambio de temperatura más que a las palabras del galo, pero no lo conseguí.
—Cuando llegué a Roma —prosiguió—, fue suficiente con entrar en el prostíbulo adecuado y hacer las preguntas pertinentes para averiguar quiénes se encontraban en el palacio imperial cuando murió Aecio. Eso fue sencillo, lo complicado vino después; evitar ser descubierto por los agentes in rebus, esquivar las patrullas de las scholae palatinae y, sobre todo, ser recibido por Lucrecio Craso.
—¿Lucrecio Craso? —pregunté, aunque sabía de quien se trataba.
El galo asintió y continuó:
—Es unos de los senadores más afines al emperador. Proviene de una ilustre y tradicional familia romana, entroncada con la de varios ilustres patricios, e incluso creo que con la de algún Augusto. Un clarissimus de rancio abolengo y noble estirpe, pero más inclinado por solazarse con un esclavo barbilampiño que por trabajar por la defensa y la prosperidad del
Imperio. Bueno, cada uno es muy libre de elegir sus distracciones y desvelos —añadió con una amarga sonrisa—. Una noche, oculto tras una túnica con capucha —prosiguió—, logré evitar las patrullas y llegué a la puerta de su domus. Dos guardias me impidieron el paso echando mano de sus empuñaduras pero me presenté como senator al servicio del praefectus Tonantius Ferreolus, y les conminé a que anunciaran de inmediato mi llegada al senador, pues era portador de una importante misiva. Los guardias me miraron suspicaces, pero debieron advertir que no me mentía y obedecieron con diligencia.
—¿Por qué te presentaste como praefectus de Tonantius? —le pregunté confuso.
El galo esbozó una indulgente sonrisa, consciente de mi desconocimiento del mundo de la política y de la enmarañada red de amistades, clientelas e influencias que, como las retorcidas raíces de un centenario roble, une a los altos dignitates con el quebradizo vínculo de los intereses compartidos. Y, al igual que las raíces alimentan y sostienen al árbol, los senadores romanos, con sus intrigas, confabulaciones, pactos y componendas, alimentan su desmedida ambición y sostienen sus privilegios e influencias.
—Lucrecio Craso y Tonantius eran enconados enemigos de Aecio —
contestó—, al que acusaban de erigirse como emperador en la sombra. Son tan mezquinos, que los triunfos de nuestro general los contemplaban con hostilidad y antipatía, pues aumentaban su poder y prestigio. Pero con el magister utriusque militiae muerto, el Senado y el Augusto se alzan ahora como nuevos garantes del Imperio. Es a ellos a quienes el pueblo debe agradecer su protección y bienestar, y no a un general impertinente e incómodo, distinguido por una desmesurada soberbia y arrogancia. Y, Tonantius, libre del obstáculo que Aecio suponía para sus ambiciones, y apoyado por algunos de los curiales más influyentes de Roma, se erige como nuevo general en jefe de todas las legiones.
—Continúa, por favor —insistí, comprendiendo lo perdido que me hallaba en aquel intrincado, pútrido y deleznable mundo de la política.
—El curial me recibió con una calurosa bienvenida —prosiguió Optila
—. Me atendió en el atrium, pero le susurré que era portador de un
importante mensaje y que debíamos estar protegidos de oídos indiscretos.
Me atreví a acariciar su ajado rostro y a sonreírle con cierto descaro. El senador se relamió los labios y me miró con deseo, no obstante, son bien conocidas sus inclinaciones sexuales. Entonces me condujo a unas termas privadas anexas al triclinium. Le dije que deseaba disfrutar de un buen baño de agua caliente después del largo viaje, y que sería muy agradable hacerlo acompañado. Excitado, el cerdo comenzó a desvestirme, pero le exhorté a que fuera metiéndose en la bañera, mientras yo me desnudaba, y así procedió. Aún recuerdo su mirada de sorpresa cuando me abalancé sobre él y sumergí su cabeza en la bañera. No tardó en decirme todo lo que quería saber mientras se daba su último baño.
Algunas gotas comenzaron a caer augurando tormenta, y regresamos al castrum.
—Lucrecio Craso me reveló que Aecio fue recibido por Valentiniano, que le colmó de halagos y adulaciones —prosiguió Optila—. En la sala se encontraban Petronio Máximo, Heraclio, el eunuco primicerius sacri cubiculi del emperador, y algunos senadores de la máxima confianza del Augusto. El general tomó asiento y varios esclavos sirvieron bandejas con comida y vino. Durante varios minutos charlaron de forma distendida y acordaron el matrimonio de ambos hijos. Todo iba bien, hasta que Petronio preguntó con iniquidad quién, si Gaudencio se casaba con Placidia, heredaría la púrpura tras la muerte del emperador.
—Valentiniano no tiene hijos varones, solo a Placidia.
—Efectivamente, a su muerte, su sucesor debería ser el hijo de Aecio, pero Valentiniano no mostró ningún entusiasmo.
—Pero sería lo más lógico.
—El Augusto odia a Aecio, de ninguna manera toleraría que su hijo fuera proclamado emperador. Acordó el matrimonio de su hija Placidia con Gaudencio porqué así se lo habían aconsejado varios senadores. No sería más que una boda política que calmaría los ánimos de las legiones y de los curiales vinculados al general. Pues Valentiniano, conjurado con varios patricios, ya tenía previsto otro candidato.
Una vez más, afloraban las envidias y las inquinas de los poderosos, preocupados siempre por su propio interés más que por la salvaguarda del
Imperio.
—Además, Valentiniano le acusó furioso de apropiarse de parte del botín capturado en las últimas campañas —continuó—. Ingentes cantidades de oro y plata que correspondía por derecho al emperador y al pueblo de Roma, y que se encontraban ilícitamente en manos del general. Entonces se produjo una terrible discusión. Aecio insultó gravemente a Valentiniano llamándole mentiroso e incapaz, y este le tildó de ladrón y traidor, al ignorar su orden de defender al Imperio del avance de Atila.
—¿Qué ocurrió después?
—No contento con difamarle, Valentiniano exclamó que Aecio deseaba que Gaudencio fuera nombrado emperador, para poder manejarle a su antojo, como si de un títere se tratara, siendo nuestro general el verdadero amo del Imperio.
—Supongo que Aecio se tuvo que reprimir para no golpearle.
—El general se levantó del triclinio y se le encaró. Le llamó impotente y exclamó ante los curiales que mientras el emperador sodomiza eunucos, él se juega la vida por proteger el Imperio. Entonces…
Optila se calló, estábamos cerca de la entrada del castrum, y los soldados que se encontraban en el exterior corrían a guarecerse de la persistente lluvia. Nos detuvimos unos instantes, hasta que volvimos a quedarnos completamente solos.
—Cuando Aecio se disponía a abandonar la sala, Valentiniano, en un ataque de ira, desenfundó la spatha y se abalanzó sobre él, clavándosela por la espalda.
No podía creer sus palabras. El propio emperador había manchado sus propias manos con la sangre del primero de los romanos. ¿Qué persona tan ruin, cobarde y mezquina sería capaz de tal afrenta? Matar por la espalda al hombre que lo había dado todo por el Imperio. Me llevé las manos a la cabeza conmocionado por tal revelación.
—Cayó al suelo malherido —prosiguió—. A pesar de la gravedad de la herida, quizá hubiera tenido alguna posibilidad de salir con vida del palacio si Heraclio, agraviado con las palabras del magister utriusque militiae, no hubiera descubierto una daga que ocultaba en la túnica para acuchillarle. De su cuello comenzó a brotar un chorro de sangre ante la mirada de
perplejidad e impotencia de los senadores, que de ninguna manera hubieran imaginado que el encuentro pudiera haber tenido tan dramático desenlace.
—¡¿El maldito eunuco le acuchilló?! —exclamé, en voz más alta de lo que la prudencia aconsejaba en esos momentos.
Optila hizo un gesto con la mano para que bajara la voz.
—Esto no puede quedar así —proseguí con los puños apretados y sin reparar en el diluvio que caía sobre nosotros.
—Regresemos, dos soldados hablando fuera del castrum con la que está cayendo puede levantar sospechas.
La muerte de Aecio no podía quedar impune. Nuestro general había sido vilmente asesinado y era hora de clamar justicia. La furiosa cólera que ardía en mi interior me exigía matar al cobarde del emperador y al eunuco de Heraclio. Roma, Roma, Roma, un gran Imperio gobernado por incapaces, por conspiradores y traidores obstinados por alcanzar una gloria que de ninguna manera merecerían. Posiblemente esa fue la única vez que Valentiniano blandió una espada, y lo hizo para matar al gran Aecio a traición. Que la historia le juzgue como se merece.
Si nuestro magister utriusque militiae hubiera tenido más ambición, si hubiera deseado ser nombrado emperador, con toda seguridad lo habría conseguido. Contaba con el apoyo de las legiones y de varios senadores, entre ellos Boecio, que advertían en él a un candidato más preparado y capaz que el indolente de Valentiniano. Pero Aecio no anhelaba alzarse con la púrpura, solo amaba a Roma y no ahorró esfuerzos para defenderla de sus no pocos enemigos. Aecio fue un gran soldado que vivió por el Imperio y murió víctima de la miseria de un emperador indigno. La mezquindad de los hombres es solo comparable a su desmesurada ambición.
Llegamos a la Caput Mundi en loor de multitudes, siendo recibidos por una multicolor lluvia de pétalos de rosa, por el grave replique de los tambores y por el agudo estallido de los litui. Valentiniano no había escatimado en gastos, y las calles habían sido limpiadas y adecentadas para la ocasión. Los parias, harapientos y desarrapados que me había encontrado en mi primer viaje, habían sido ocultados o eliminados, quién lo sabía, pero lo cierto es
que esa Roma no tenía nada que ver con la que conocí apenas hacía un año.
Entramos por la puerta Flaminia y marchamos por la calzada del mismo nombre llegando a la vía Triunphalis. Dejamos a nuestra izquierda el Partenón, las termas de Nerón y el estadio Domiciano, y acampamos cerca del puente Aelius, en el llamado Campus Martius, una gran explanada situada enfrente de la Colina Capitolina. Los monumentos que encontré a nuestro paso habían sido restaurados, confiriéndoles parte de su antiguo esplendor. El emperador insistió en que Roma evocara lo que hacía muchos años dejó de ser, y prodigó una verdadera fortuna en ofrecer a los romanos varios días de fiestas y celebraciones con el propósito de hacerles olvidar sus preocupaciones.
—Es como Nerón y sus espectáculos de gladiadores. Panem et circenses[6], ofrece al pueblo pan y circo y lo tendrás rendido a tus pies…
—observó Calero.
Acabábamos de llegar a la explanada y todavía estábamos formando.
Los gritos de júbilo del vulgo y la persistente música no habían cesado ni un solo instante. Los romanos parecían felices.
—Déjales que disfruten, solo Dios sabe cuándo volverán a sonreír —
repuso Arcadio.
Calero negó con la cabeza.
—Los antiguos emperadores dilapidaban ingentes recursos con el fin de entretener al pueblo con luchas de gladiadores y fieras. Ahora Valentiniano quiere hacer lo mismo; entretener al pueblo en lugar de alimentarlo. Mal asunto.
—¿Alguien sabe dónde están los mendigos? —intervino Arrio Sidonio
—. Desde que hemos cruzado las murallas no he visto ninguno.
—Supongo que harán el papel de cristianos en el Coliseum —respondió Arcadio con una sonrisa.
—No tiene gracia —protestó Calero, mirándole con las cejas arrugadas.
—La verdad es que se han esfumado —dijo Arrio Sidonio.
—Lo mismo están bajo tierra, en las catacumbas construidas por los antiguos cristianos —insistió Arcadio, empeñado en molestar a Calero.
Calero iba a responderle cuando el sonido de los cornua y los litui anunciaron la llegada de Valentiniano. Habían construido una gran tribuna
para la ocasión, cubriéndola con tapices y telas. El emperador se acercó al pulpitum acompañado por todo un séquito de senadores, patricios e ilustres dignitates. Un joven de movimientos amanerados llamó mi atención, busqué con la mirada a Optila y advertí que me asentía desde la distancia.
El sonido de las trompetas cesó, y el emperador se dirigió al público asistente y a las legiones.
—¡Pueblo de Roma, en estos tiempos tan complicados, debemos recordar más que nunca las gloriosas hazañas de nuestras legiones, y no relegarlas al ostracismo ni al olvido! ¡Por lo tanto, he decidido organizar un gran festejo en honor del gran Aecio en conmemoración a su inmortal victoria sobre los hunos de Atila!
Un griterío de aprobación se propagó por el vulgo hasta que un complacido Valentiniano lo hizo callar con un gesto con la mano.
—Tres días de fiestas que culminarán con la representación de nuestra victoria sobre los invencibles hunos —prorrumpieron más exclamaciones del gentío—. Pueblo de Roma, contemplad a nuestros valerosos soldados, todos ellos auténticos héroes defensores de los ideales de justicia y civilización que nuestro Imperio representa. Audaces milites que mantienen a los bárbaros lejos de nuestras fronteras, y que no dudarán en derramar su sangre y arriesgar su vida por cada uno de vosotros. ¡Ciudadanos romanos!
La multitud rompió en estruendosos gritos y los «¡viva el invencible ejercito de Roma!» se alternaron con los «¡salve Roma, salve Roma!»,
«¡Dios guarde al emperador!» y los «larga vida al Imperio». Nosotros nos manteníamos firmes frente al pulpitum ajenos al bullicio que nos envolvía.
Pude distinguir perfectamente a los legionarios a los que se refería Valentiniano. Seríamos unos seis mil milites en total, de los cuales los soldados romanos no llegaríamos ni a los mil. El resto de las tropas lo componían los federados esciros, hérulos y germanos que tanto agradaban al dux Hispaniarum Vicencio. Además de un puñado de mercenarios francos, visigodos y burgundios. Este era el verdadero ejército en el que se sostenía la defensa del Imperio. Un ejército de romanos, pero sin romanos.
Una semana para recrear una batalla en la que murieron miles de soldados no es mucho tiempo, y más si añadimos que el jefe de ceremonias era un auténtico incompetente más interesado en acaparar todo el protagonismo, que en ceñirse a los hechos acontecidos. Era habitual ver a los oficiales galos y a Livio Asinio discutir los pormenores de la representación con el dux. Finalmente, y después de cientos de ensayos, cualquier parecido de esa
«comedia» con la realidad fue debido al azar. Naturalmente Vicencio representó el papel de Aecio y, según su criterio, fue prácticamente nuestro fallecido general junto con un puñado de legionarios, quienes lograron la victoria. Mas tal pantomima me era del todo indiferente, y no éramos pocos los legionarios y federados cansados de desfilar, luchar y morir bajo un sol de justicia. Gracias a Dios, llegó el día de la representación, o mejor dicho, de la farsa. Fue el dieciseisavo día antes de las calendas de abril.
Miles de personas se arracimaban alrededor del Campus Martius. Los senadores, patricios, los praefecti, el praefectus urbi y demás dignitates de Roma disfrutaron del privilegio de hacerlo en la tribuna del emperador.
Bárbaros y romanos estábamos formados y listos para el combate, el dux se adelantó a la formación, situándose justo enfrente de Valentiniano, y le saludó alzando la spatha.
—¡ Nobilissimo Valentiniano, emperador de Roma, se testigo de los hechos que acontecieron en nuestra gloriosa victoria sobre los bárbaros hunos! ¡El propio Atila, tuvo que morder el polvo de la derrota ante nuestras formidables tropas! —exclamó Vicencio ante miles de vítores.
Valentiniano disfrutaba desde el pulpitum del espectáculo. En palabras de Calero, simulaba a los antiguos emperadores contemplando como los gladiadores sacrificaban su vida en su divino honor. Pude ver que Heraclio, el eunuco, se hallaba sentado a su derecha. Petronio Máximo había tomado asiento en un lugar alejado del emperador, hecho que me llamó la atención, pues era habitual que el emperador se rodease de aduladores, zalameros y demás lisonjeros. Hacía un sol de justicia y el sudor corría a borbotones por mi frente. Al menos, en eso sí se asemejaba esa farsa con el combate real contra los hunos.
—¡Qué comience la batalla! —gritó el emperador.
El dux Hispaniarum galopó hacia la formación ante el sonido de los litui y de los tambores. La gente gritaba enfervorecida, arengaba e insultaba a los bárbaros como si de un combate real se tratara. Quizá el emperador Honorio no fue muy hábil al prohibir la lucha de gladiadores. Son bárbaros, crueles y sangrientos, pero ¿acaso no es eso lo que quiere el vulgo? Hay que reconocer que mantenía a la ciudadanía entretenida y distraída de su mezquina existencia. El hecho es que, cuando comenzó nuestra fingida carga contra los falsos hunos, el público bramó entusiasmado. No obstante, cualquier parecido de esto con la batalla desarrollada en Maurica, fue pura coincidencia y más, cuando el único que se la había tomado en serio fue Vicencio.
Los movimientos lentos y exagerados, los fingidos gritos de dolor, soldados que son heridos de muerte y al poco se levantan entre fuertes carcajadas para continuar la batalla… fue un verdadero desastre. De lo ensayado nada. Cada uno hizo lo que le vino en gana y atacó a quién consideró oportuno, sin ceñirse a ningún tipo de guía. Una auténtica comedia. Mientras discutía con un huno que se negaba a morir, advertí como a mi alrededor los soldados charlaban, reían e incluso jugaban a los dados. El dux, que se encontraba en primera línea de combate montado en su caballo, intentaba atacar a los falsos hunos, pero estos se apartaban haciéndole gestos despectivos con la mano. Su rostro era el reflejo de la ira y de la impotencia. Su gloriosa representación en honor a Aecio, aunque todos sabíamos que la había organizado para ganarse el favor del emperador, no era más que una pantomima. Parecíamos chiquillos de cinco años jugando a las batallas. El público no tardó en mostrar su enfado y comenzó a tirarnos fruta, trozos de pan y cualquier elemento arrojadizo de poco valor que tuviera a mano. A pesar de la distancia, advertí que el emperador se incorporaba inquieto en el pulpitum, se hallaba atónito y desconcertado. Los gritos de «¡fuera, fuera!», se sucedieron, el público estaba cada vez más molesto. El emperador le había prometido tres días de festejos y celebraciones y sus palabras se habían quedado en nada. El vino se agotó el primer día; ya estábamos allí los milites para dar buena cuenta de él, las obras de teatro fueron aburridas y las carreras de carros del circo Máximo estaban amañadas. La única esperanza que tenía el emperador para
salir ligeramente airoso de los tristes festejos que había organizado era la representación de la batalla contra los hunos y, hasta ahora, estaba siendo un verdadero desastre. Pero he de reconocer que disfruté al ver el confuso rostro de Valentiniano y, sobre todo, el gesto descompuesto del dux. En derredor todo era confusión y desidia. Volví a mirar al pulpitum y vi que el emperador daba órdenes a un oficial de las scholae palatinae. No le dio tiempo a más. Una flecha, surgida del alboroto originado por romanos y federados, se clavó en su pecho confundiendo de carmesí su impoluta toga púrpura. Los scholae palatinae acudieron raudos a asistirle, al tiempo que los dignitates abandonaban atropelladamente la tribuna temiendo por sus vidas. Eso debió hacer el eunuco Heraclio, pero no lo hizo. Espantado, tapándose la cara con las manos, se quedó quieto, inmóvil, no huyó ni asistió al moribundo emperador. El miedo le atenazó haciéndole blanco fácil. Y la Parca le sorprendió, pues el dardo se le clavó en la frente, atravesando su cráneo y hundiéndose en su taimado cerebro. Heraclio cayó rodando tribuna abajo hasta que dio con sus huesos en el suelo. Las flechas procedían del Campus Martius, pero ¿Quién las había arrojado? Miré en derredor, pero todo era confusión. El vulgo huía despavorido pisándose los unos a los otros, los nobles estaban aterrados, unos corrían, mientras otros se escondían como ratas bajo los escaños de la tribuna. Me hallaba desconcertado, el caos y la locura se habían adueñado de aquella explanada.
—¡Vamos, regresemos al campamento! ¡Aquí poco más tenemos que hacer! —me ordenó una voz mientras me aferraba con fuerza del brazo.
Se trataba de Optila que acompañado por Traustila, me llevaban en volandas hacia el campamento.
—¿Poco más tenemos que hacer? —pregunté, pero no obtuve respuesta.
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