Roma Invicta Est

Alfonso Solis · Capítulo 17 de 22

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Roma Invicta Est

Capítulo XVI. La armada desembarca en África.

Carthago Nova, Hispania.

Anno Domini 468, ab Urbe condita 1221.

CAPÍTULO XVI

La armada desembarca en África.

Quo plures eramus, maior caedes fuit[20].

Me despedí afligido de Valeria y de los niños de quienes, hasta ese momento, no me había separado ni un solo instante, y me embarqué en la nave almiranta junto con Arcadio, Cassio Beleno y varias decenas de mis mejores hombres. La nave almiranta era un poderoso dromón con tres velas triangulares y dos filas de remeros. Estaba armada con una balista y dos pequeñas catapultas. Era un barco formidable. Aún recuerdo la mirada que me lanzó Metilio Seronato cuando crucé la pasarela. Arcadio me advirtió que tuviera cuidado con él y que no me separara de mi spatha ni un solo segundo. No le faltaba razón a mi bravo amigo. Poco acostumbrado a navegar, no tardé mucho en sufrir de los vaivenes marinos y los peces comenzaron a alimentarse de la comida que vomitaba nada más ser ingerida. Pálido como estaba, tomaba asiento en la proa del barco con la esperanza de que el frescor del viento me despejara y me ayudara a acostumbrarme al incansable oleaje. El comandante de la flota me observaba con regocijo, con el deseo de que en uno de esos vahídos, diera con mis huesos en las profundidades del mar. Por suerte, sus deseos se vieron truncados y a los pocos días ya me había acostumbrado al persistente oleaje e incluso comencé a disfrutar de la travesía.

Sin más contratiempos, llegamos al cabo de Mercurio y nos unimos a la flota del general Basilisco, comandante de la armada por orden de León, el emperador de Oriente. Era un espectáculo colosal. La costa no tenía espacio

suficiente para amarrar tan ingente número de naves y tuvimos que construir pasarelas flotantes uniendo, mediante maromas, una embarcación con otra. La infinita playa estaba salpicada por decenas de miles de tiendas, fuegos, establos e incluso corrales, donde guardábamos los animales vivos que nos servirían de alimento. Tal y como dijo el traidor, más de mil naves y aproximadamente treinta mil legionarios nos disponíamos a exterminar, de una vez por todas, a los temibles vándalos.

El mar estaba en calma y un límpido cielo azul nos anunció un hermoso día de finales de junio. Los milites afilaban sus armas, los palafreneros cepillaban los caballos y los cocineros preparan la comida. Cada legionario conocía exactamente cuál era su cometido. Después de amarrar nuestras naves, ordenar el desembarco de las tropas, pertrechos y enseres, montar las tiendas y organizar a los legionarios en tierra, marchamos Marcelino, Metilio Seronato y yo, a la tienda de Basilisco, quien nos aguardaba con impaciencia. En las caras de los milites advertí el optimismo propio de quien se siente seguro de la victoria. Los legionarios se cuadraban a nuestro paso y Marcelino les respondía soltándoles una arenga, dándoles una palmada en la espalda o saludándoles con una confiada sonrisa.

Alcanzamos la tienda del general Basilisco. La guardia imperial que vigilaba la entrada le informó de nuestra llegada y al poco, un enorme oficial nos escoltó ante su presencia. Basilisco se encontraba reclinado sobre un triclinio, comiendo unas piezas de carne de una bandeja cercana.

Estaba bien entrado en carnes, sus ensortijados dedos eran gordos como maromas, su piel era muy pálida y el cabello escaso y con cierta tonalidad cobriza. Vestía una toga virilis completamente blanca y calzaba unas sandalias de cuero. Más que un general, parecía un indolente senador. Su imagen me inquietó, desconfiaba de que ese hombre estuviera suficientemente capacitado para dirigir un ejército tan poderoso.

—Sentaos por favor —dijo con un ademán, y tomamos asiento sobre unos confortables cojines—. Sírveles vino a mis invitados —ordenó con voz aflautada a uno de sus sirvientes, un joven efebo al que no quitaba el ojo de encima.

—Te saludo, Basilisco, general del Imperio Oriente. Permíteme que te presente a Salvio Adriano, comes civitatis de Carthago Nova y veterano

legionario en las guerras contra los vándalos. Su experiencia nos será de gran utilidad en esta campaña. A Metilio Seronato ya lo conoces —dijo Marcelino.

Basilisco nos saludó con desdén sin apenas mirarnos y bebió un generoso trago de vino. Observé que la tienda estaba adornada con bellas sedas y caros muebles de cedro. Las copas eran de plata engastadas con piedras preciosas. A pesar de encontrarse en plena campaña, el general evitaba privarse de todo tipo de lujo.

—Te esperaba con impaciencia —rezongó Basilisco, con su desagradable voz—. Pensé que ya no vendrías a la cita.

—Hemos tenido más dificultades de las previstas en Sicilia y en Sardinia, pero finalmente los vándalos han sido derrotados. Ahora solo les queda Carthago como último bastión en el Mediterráneo —explicó Marcelino.

Me sorprendió que Marcelino, un veterano militar y vencedor en cien batallas, tuviera que disculpar su demora después de conquistar dos islas, cuando Basilisco había arribado al cabo de Mercurio directamente de Constantinopla. No debía menospreciarle, sin duda, se trata de un hombre de inmenso poder.

—Bueno, lo importante es que ya estáis aquí —aceptó Basilisco con aire condescendiente.

—Genserico estará al corriente de nuestra presencia, debemos actuar de inmediato y marchar a Carthago mañana mismo si fuera…

—Eso es imposible —interrumpió Basilisco.

—¿Por qué? —preguntó confuso Marcelino.

—He enviado un mensaje a Genserico y estoy esperando su respuesta.

Marcelino le contempló con ojos desorbitados. Miré a Metilio Seronato, que observaba a los generales con gesto huraño, sin mostrar ningún tipo de emoción, como si ya conociera la noticia.

—¿Qué le has enviado un mensaje? —le espetó desconcertado, levantándose del cojín.

—Le he exigido que rinda la ciudad y nos entregue todos sus tesoros. A cambio, le permitiré que huya al sur de África con sus huestes. En aquellas

remotas y lejanas tierras no nos creará ningún problema —contestó Basilisco con su aflautada voz, indiferente al enfado del magister militum.

Marcelino comenzó a deambular por la tienda intentado organizar sus ideas.

—Genserico no se rendirá, aprovechará ese valioso tiempo para recomponer sus naves y atacarnos. Con la flota destruida, no podremos regresar al continente hasta dentro de seis meses por lo menos —dijo inquieto.

—¿Atacar a más de mil naves? —preguntó Basilisco con sorna—. No está tan loco. Será bárbaro pero no es estúpido.

En ese momento, un oficial de la guardia imperial hizo entrada en la tienda, traía consigo la respuesta del rey vándalo.

—¡Vaya, que agradable coincidencia! —exclamó Basilisco, desplegando el pergamino.

Todos le miramos expectantes. Observé que Metilio Seronato se encontraba excesivamente tranquilo. Bebía pequeños sorbos de su copa y luego jugaba distraídamente con ella. Marcelino se detuvo y no apartó la vista del orondo general.

—Genserico me solicita cinco días para discutir con detenimiento nuestra propuesta con los nobles de la ciudad —dijo finalmente Basilisco.

—¿Lo ves? —preguntó Marcelino fuera de sí—. ¡Quiere ganar tiempo!

El viento sopla del este, es seguro que está esperando un cambio en su dirección para atacarnos —y añadió con vehemencia—: Carthago no está a más de dos jornadas de aquí, marchemos mañana al amanecer…

—¡No! —exclamó Basilisco, sin dar lugar a la réplica—. Le concederé los cinco días. El Imperio de Oriente ha financiado con seis mil modios de oro esta campaña, hemos reclutado más del doble de tropas y de naves que el Imperio de Occidente y además, Antemio y León han convenido que sea yo su comandante. Se hará lo que yo decida y si no estás de acuerdo con mis órdenes, embárcate en tus naves y lárgate de aquí.

Marcelino estaba furioso. La nariz se le hinchaba al respirar al igual que los belfos de un alazán se ensanchan después de un agotador esfuerzo.

Durante unos instantes se quedó quieto, ofuscado, desconcertado. Pero después de meditarlo, llegó a la evidente conclusión de que Basilisco tenía

razón. El griego era el general en jefe de aquel inmenso ejército y el magister militum era su subordinado y le debía obligada obediencia.

Marcelino resopló airado pero, finalmente, claudicó y tomó de nuevo asiento sobre los mullidos cojines. Basilisco le miró con satisfacción y bebió un sorbo de vino.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Marcelino, sin ocultar su enfado.

—Esperar —respondió el amanerado general—, simplemente esperar la respuesta del vándalo. Así de sencillo. Si acepta mi propuesta abandonará Carthago y marchará hacia el sur, extraviándose en algún abrasador desierto africano. Desapareciendo para siempre. Un problema menos del que Roma deba preocuparse. Y si no la acepta, será exterminado por nuestro ejército.

Sea cual sea su decisión, su fin está próximo. Podéis marcharos —añadió girándose en el triclinio y dándonos la espalda. Hizo un gesto al efebo que se acercó a su amo para satisfacerle, solo Dios sabía, que lascivos deseos.

Basilisco dio la reunión por terminada y salimos de la tienda. Marcelino estaba furioso. Caminamos a toda prisa con la intención de alejarnos lo antes posible de la tienda. La imagen del orondo y depravado general me causó una gran repugnancia e inquietud. Cualquier ejército, por grande o poderoso que fuera, en manos de un comandante inepto, estaba abocado al más estrepitoso de los fracasos.

—Metilio, quiero que nuestras trescientas naves estén preparadas para el combate —ordenó Marcelino, sin detener su rápido paso.

—¿Crees que Genserico nos atacará? —preguntó incrédulo—. Sería un suicido.

—Un suicidio es quedarnos aquí esperando su respuesta. Obedece y fondea parte de la flota con la proa dirigida hacia el sureste. En caso de que nos ataquen por el noroeste tendremos tiempo de escapar, evitando las embestidas de sus espolones. Entonces estaremos en situación de contraatacar. Si permanecemos con las naves amarradas unas a otras nos destrozarán.

—En estos mares, en verano, el viento siempre sopla del este —repuso con una media sonrisa, como si el magister militum hubiera dicho una insensatez—. Además, las naves ya están amarradas y la tripulación ha desembarcado.

Marcelino detuvo su paso y fulminándole con la mirada masculló:

—Haz lo que te digo y no vuelvas a cuestionar mis órdenes.

El comandante tragó saliva y asintió.

—A tus órdenes, domine. Me ocuparé personalmente —aceptó, dirigiéndose hacia las naves.

Observamos como se perdía entre las tiendas de los legionarios.

Marcelino tenía los labios contraídos.

—No me fío de él —su sinceridad me sorprendió—. Sé que hace seis años abandonó la flota a su suerte causando su destrucción. Y lo más repugnante de todo es que el corrupto Senado de Roma creyó sus mentiras.

Por ese motivo abandoné el Imperio de Occidente y marché al de Oriente.

Estaba asqueado de la vileza, la codicia y el nepotismo que emponzoñaban los cimientos de Roma. Me negaba a servir a un nuevo emperador nombrado por Ricimero. Pero por desgracia, el Imperio de Oriente no se diferencia en exceso de su hermano de Occidente. Vigílale y mantenme informado —me ordenó.

El sol despuntaba por el horizonte y me dirigí a la costa para comprobar si Metilio Seronato había obedecido la orden del magister militum.

Confundido, observé que los barcos continuaban amarrados los unos a los otros tal y como se encontraban el día anterior. Enfurecido, crucé la pasarela de la nave almiranta.

—¿Qué es lo que quieres? —me espetó de malos modos el magister navis, interponiéndose en mi camino.

Le miré con desprecio y repugnancia. Se trataba de un hombre de mirada siniestra, dientes podridos y grasiento pelo lacio. La peste que emanaba se podía oler a millas de distancia.

—Quiero hablar con Metilio Seronato. Apártate o comenzarás el día dándote un buen baño en el mar, algo que por lo demás no te vendría nada mal —contesté.

—No puedes subir a este barco, ni tú ni ninguno de tus hombres —

replicó lanzándome una mirada desafiante.

—¿Quién ha dado esa orden?

—El general Basilisco —respondió una voz a mis espaldas.

Con gesto triunfante, el praefectus classis pasó junto a mí, y subió a la nave. Los dos hombres sonreían con soberbia.

—¿Ha ordenado algo más que Marcelino o yo debamos saber? —le pregunté, con los labios apretados.

Comenzó a pasearse con suficiencia sobre la pasarela de la nave, el magister navis le seguía como un perro fiel. Me hizo un gesto con la mano y subí al barco.

—Ayer, Marcelino me ordenó una auténtica estupidez. Fondear trescientas naves con las velas orientadas hacia el noroeste esperando un ataque que de ninguna manera va a producirse, demuestra los pocos conocimientos navales que posee nuestro magister militum. Bien entrada la noche, decidí entrevistarme con el general griego. Basilisco es un hombre razonable y naturalmente, me sugirió que no obedeciera la orden de Marcelino y dejara las naves tal y como estaban, pues es imposible que los vándalos nos ataquen.

—Y además le aconsejaste que solo tus hombres pudieran subir a los barcos, ¿verdad? —le pregunté.

—Tus legionarios pueden subir —contestó con un ademán—, pero antes yo lo tengo que autorizar —añadió, mirándome a los ojos.

—Sigues siendo el mismo bastardo traidor que nos abandonó en Carthago Nova —le espeté, echando mano a mi empuñadura.

—Tranquilo, Adriano —dijo una voz a mis espaldas—. Vengo de la tienda de Basilisco y ya he sido debidamente informado.

Me giré y vi que era Marcelino. Tenía el ceño arrugado y los puños tan apretados que los nudillos se veían blancos. Miró con desprecio a Metilio Seronato y a su capitán. Me cogió del hombro y descendimos por la pasarela. Eché una mirada atrás y advertí que el comandante de la flota y el magister navis se reían a carcajadas señalándonos con un insultante dedo.

—No entiendo porqué Basilisco ha cuestionado tu orden —farfullé rojo de ira, tentado de darme la vuelta y ensartar a aquellos dos bastardos con mi spatha.

—Esta es la campaña militar más importante en la que se ha embarcado Roma desde hace siglos. Basilisco es un hombre extremadamente

ambicioso y no desdeñará oportunidad alguna que le ayude a ganarse el favor del Senado griego con el propósito de alzarse, en el momento oportuno, con las insignias imperiales de Oriente. Si consigue que Genserico acepte el acuerdo y entregue Carthago, el general regresará a Constantinopla colmado de gloria y riquezas sin haber perdido una sola nave. En cambio, si se entabla batalla, la victoria le granjeará las simpatías de ambos Senados, el griego y el romano, que le reconocerán como el salvador del Imperio de Occidente, pero su triunfo deberá compartirlo con el resto de los oficiales. Y Basilisco nos quiere lejos, actuando en su segundo plano donde no podamos robarle protagonismo. Ni Roma ni Constantinopla deben tener ninguna duda sobre a quién agradecer esta victoria.

—¿Y Metilio Seronato qué gana en todo esto?

—Quién sabe, quizá el praefectus classis se haya vendido a los griegos a cambio de oro, tierras o ser nombrado comandante de la flota de Oriente, no lo sé.

—Pero lo cierto es que nuestras naves corren peligro.

—Tal y como están amarradas y si se produce un cambio en la dirección del viento, con solo doscientas naves, los vándalos arrasarían nuestra flota.

Basilisco y Metilio Seronato están menospreciando a Genserico y poniendo en serio peligro la campaña. Son unos necios.

—Unos necios peligrosos —añadí, ante el asentimiento del magister militum.

Permaneceríamos cinco días acuartelados en África en espera del mensaje del rey vándalo, y Marcelino ordenó que se levantara un castrum de campaña. Debíamos estar preparados para evitar cualquier tipo de sorpresa.

Los milites cortaron árboles, desbrozaron el terreno y cavaron un profundo foso que rodeaba todo el perímetro. Amontonaron toda la tierra para formar un terraplén y se clavaron estacas, jabalinas y lanzas a modo de empalizada.

Metilio Seronato, junto con algunos de sus capitanes, oficiales y marineros de confianza, observaba nuestro trabajo plácidamente desde la nave almiranta, sentado cómodamente en un escabel, mientras un sirviente

le ofrecía refrigerios, y otro más le aliviaba del insoportable calor moviendo un gran abanico de plumas de avestruz. La conducta del comandante de la armada y de los marineros no les pasó desapercibida al resto de la tropa, que les contemplaba con resquemor mientras cavaban la tierra y construían las empalizadas.

—Los marineros deberían ser más prudentes —me dijo Arcadio, limpiándose el sudor que corría por su frente después de acarrear un pesado tronco—. Tenemos que trabajar todos como si fuéramos uno o el éxito de la campaña correrá serio peligro.

—Estoy de acuerdo contigo, pero nada podemos hacer al respecto.

Basilisco, en agradecimiento por habernos traído hasta aquí sin sufrir el más mínimo percance, les ha concedido descanso cargándonos a los pedes con todo el trabajo —le dije, secándome yo también el sudor, pues le había acompañado en tan agotadora tarea.

Cogimos sendas hachas y cortamos el enorme tronco. Le leña serviría para calentar las comidas o iluminar el castrum durante la noche.

—Demasiadas cosas extrañas estoy viendo en esta campaña y eso me preocupa —dijo Arcadio negando con la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—No somos un ejército unido: Basilisco y Marcelino se odian, los marineros y los legionarios recelamos los unos de los otros… —contestó, negando con la cabeza—. Durante la batalla no sé si preocuparme más del bárbaro que tengo delante o del legionario que tengo detrás.

—Ten paciencia, solo nos faltan cuatro días para que Genserico nos envíe su respuesta. Entretanto, mantén alto el ánimo y la confianza. Ten en cuenta que tanto marineros como legionarios de Oriente y Occidente buscamos el mismo objetivo: eliminar a los vándalos. Esto es lo verdaderamente importante. Cuando entablemos batalla, las rencillas quedarán olvidadas.

Arcadio asintió sin demasiada convicción, y no le faltaba razón.

Mientras que los legionarios, Marcelino incluido, nos dejábamos la piel por construir una auténtica fortaleza, Basilisco permanecía al amparo de la sombra protectora de su tienda sin dejar de ser abanicado por su efebo

favorito, mientras Metilo Seronato y sus marineros disfrutaban del vino y de los dados, cómodamente sentados en la cubierta de sus naves.

Cuatro días habían pasado desde que llegamos al cabo de Mercurio y todavía no habíamos recibido la respuesta de Genserico. Basilisco, según me informó Marcelino, se encontraba seguro y confiado. El general griego estaba convencido de que el vándalo rendiría la ciudad y marcharía hacia las remotas tierras del sur de África. Pero yo lo dudaba y Marcelino también. Por desgracia, nuestros temores se vieron confirmados poco antes del amanecer del quinto día de campaña.

Los centinelas dieron la voz de alarma. Con celeridad, me vestí con el uniforme y salí apresuradamente de mi tienda. En la playa los legionarios formaban atropelladamente en sus respectivos numeri. Al frente, los centenarii, voz en grito, no dejaban de impartir órdenes y fustigar a todo aquel que llegaba tarde a la formación. El castrum estaba sumido en una pavorosa confusión.

—¿Qué es lo que ocurre? —me preguntó Arcadio, corriendo hacia mí acompañado por Cassio Beleno.

—¿Dónde está el resto de mis hombres? —pregunté.

Arcadio giró la cabeza y advertí que el centenar de hombres que mandaba corrían hacia nosotros.

—Cassio Beleno, forma a los hombres y pásales revista, deben estar perfectamente pertrechados para la batalla. Arcadio, acompáñame a la playa, vayamos a ver qué diablos está ocurriendo.

Todavía no había despuntado el alba, pero un incipiente cielo anaranjado se perfilaba por el horizonte, delatando su proximidad. Algo llamó mi atención, y me detuve ante la atenta mirada de Arcadio, que me contemplaba confuso. Miré al cielo y observé las nubes, luego dirigí la vista hacia las banderas y estandartes que ondeaban mecidas por el viento del noroeste.

—¡Maldita sea! —exclamé—. ¡Ha cambiado la dirección del viento!

Reiniciamos la carrera hacia la playa, donde ya se arracimaban cientos de oficiales junto con Marcelino y Basilisco.

—¿Qué es lo que ocurre? —pregunté a un ducenarius, aunque ya me temía la respuesta.

—Los vándalos, domine, nos atacan —respondió, señalando a una flota de barcos que se dirigían hacia nosotros empujados por el viento del noroeste.

—¡Oficiales de Roma, la armada de Genserico se dirige hacia nuestras naves, formad a vuestros numeri y preparaos para la batalla! —exclamó Marcelino dirigiéndose a los legionarios, y mirando a los magistri navis prosiguió—: ¡ Magistri navis, las naves enemigas tienen el viento a favor!

—miró con desprecio a Basilisco y añadió—: ¡Salid a la mar y escapad hacia el sureste, reagruparos a resguardo de sus espolones y contraatacad!

Los oficiales y los magistri navis se golpearon el pecho con el puño y corrieron prestos a cumplir las órdenes de nuestro general.

—Me embarcaré en mi nave almiranta y dirigiré la flota de Oriente —

balbuceó aterrado Basilisco.

—¡Estúpido! —le espetó el magister militum—. ¡La flota está inmovilizada quedando a merced de los vándalos!

Basilisco, dando un traspié, cayó al suelo, pero consiguió zafarse de las garras del magister militum y huyó hacia su dromón. Marcelino observó furioso como el orondo griego corría despavorido hacia su nave escoltado por su guardia personal. Más de mil naves y treinta mil soldados, la campaña militar más formidable en siglos, estaba ahora en serio peligro debido a su negligencia y su necia soberbia. De buen grado le hubiera ensartado con su propia espada, pero ahora, Marcelino tenía otros problemas más acuciantes de qué preocuparse.

—Asalta la nave de Metilio, encadénale o mejor, mátale si opone resistencia. Dirígete contra los vándalos, y atácales, haz que te persigan, distráeles hasta que podamos liberar todas las naves que están amarradas —

me ordenó el magister militum.

Hice un gesto a Arcadio y corrió apresuradamente hacía mis hombres.

Marcelino, sin perder un solo segundo, impartía órdenes a sus oficiales y dirigía el embarque de cientos de soldados en las amarradas naves con la esperanza de que salieran a la mar antes de ser embestidas por los espolones vándalos.

En un difuso horizonte, aún envuelto por las penumbras de la lánguida noche, se divisaba el amenazante perfil de cientos de naves vándalas. Sus velas estaban henchidas por el viento del noroeste y sus terribles espolones de bronce apuntaban insaciables hacia nuestros barcos. Si aquellos afilados aguijones completaban con éxito su cometido, no solo cientos de naves y miles de hombres serían arrastrados a las profundidades del negro mar, sino que también, el futuro de miles de romanos que aguardaban con esperanza el favorable desenlace de la batalla.

No esperé a Arcadio ni a mis legionarios y, con la espada desenfundada, me dirigí a la nave almiranta. Allí advertí que Metilio Seronato con gesto tranquilo, ordenaba que retiraran la pasarela justo en el momento en el que me disponía a embarcar. Una vez más, como un perro cobarde y traidor, se disponía a abandonar la batalla.

—¡Quieto o serás pasto de los peces! —grité al marinero, que ya había levantado la pasarela.

—¡Tírala al mar! —le ordenó el praefectus classis—. ¡Ese bastardo no está autorizado a embarcar!

El marinero dudó el tiempo suficiente para que yo pudiera atravesar la pasarela y subir a la nave.

—Si en algo valoras tu vida no toques la pasarela —el marinero, consciente de que no bromeaba se apartó.

—¡Matadlo, quiere tomar el control de la nave almiranta!

Varios marineros se dirigieron hacia mí con sus espadas desenfundadas.

—¡En nombre del magister militum Marcelino, tomo posesión de este barco y ordeno que ataque a la flota enemiga, aquellos que no me obedezcan serán castigados por traición!

—Nuestro comandante en jefe es Basilisco, no Marcelino. ¡Soldados, os ordeno que le matéis! —replicó Metilio Seronato.

El viento del noroeste arreció, impulsando con vigor las velas de las naves enemigas. No podía perder el tiempo en vanas discusiones. Miré a mi alrededor y vi como algunos de nuestros barcos se hacía a la mar empujados por el esfuerzo de los remeros, pues teníamos el viento en contra. Si no me hacía pronto con la nave almiranta, todo estaría perdido. Cogí el pugio que colgaba de mi cingulum militare y se lo lancé a Metilio Seronato. Los

marineros siguieron con la mirada la dirección del puñal hasta que se clavó en el cuello del comandante de la flota, que cayó al suelo entre espantosos ruidos guturales, ahogado en su propia sangre.

—¡Ya estamos aquí! —exclamó a mis espaldas Arcadio, acompañado por Cassio Beleno y una veintena de mis legionarios—. ¿Todo bien? —

preguntó entre jadeos, desviando la mirada hacia el cuerpo de Metilio Seronato que yacía exánime sobre la cubierta.

—Levantad la pasarela —ordené.

Tomamos el barco sin más derramamiento de sangre. Arrojé al mar el cuerpo del traidor y me dirigí a los marineros, que se cuadraron ante mí en señal de obediencia. El magister navis de dientes podridos y olor a pocilga dirigía el barco. No obstante, ni yo ni ninguno de mis hombres sabíamos hacerlo. Aquel cerdo era un mal necesario. Tal y como me ordenó Marcelino, nos dirigimos al desigual encuentro con los vándalos. Nuestros remeros hacían enconados esfuerzos para conferir velocidad al pesado dromón, pero el viento soplaba del noroeste dificultando nuestra marcha.

Las naves vándalas, iluminadas por la rojiza e incipiente aurora, ya eran completamente visibles, y sus punzantes espolones emergían sobre las olas como gigantescas saetas dispuestas a ensartarse brutalmente contra nuestra indefensa flota.

—¡Están quemando sus naves! —exclamó Cassio Beleno, observando un grupo de barcos con la proa envuelta en llamas.

—¡No! —gritó horrorizado el magister navis—. ¡Son brulotes, los arrojarán contra nuestra flota!

Cassio Beleno le miró sin entender.

—Los brulotes son barcos cargados de brea, azufre y cualquier material combustible. Después de ser incendiados, son lanzados sobre los barcos enemigos con el fin de incendiarlos y destruirlos —explicó el magister navis.

—¡Debemos interceptarlos antes de que choquen contra las naves que aún están amarradas! —exclamé.

En una hábil maniobra, el capitán consiguió situar la nave a favor del viento y adquirió una mayor velocidad. Pero fue demasiado tarde.

Empujados por los vientos del noroeste, los brulotes chocaron con estrépito

contra nuestras naves incendiándolas al instante. Al estar amarradas unas a otras, el fuego se propagó con facilidad y toda la costa quedó sumida en una bola de fuego, un auténtico infierno en la tierra. Los marineros se arrojaron al mar intentando escapar de las llamas, pero morían al ser aplastados por los cascos de los barcos o ahogados en las profundas aguas.

—¡Debemos escapar! —gritó Tullas, pues así se llamaba el magister navis.

En ese momento, un brulote chocó con fuerza contra nosotros, haciéndonos caer al suelo. Las llamas envolvieron la nave con rapidez y aunque intentamos sofocar el fuego, fue tarea imposible. El sol emergió por el horizonte iluminando con sus rayos decenas de naves enemigas cuyo propósito era concluir el buen trabajo que habían hecho los brulotes. Oímos decenas de silbidos y reparamos que estábamos rodeados por barcos vándalos. Desde las torretas, los arqueros disparaban sus certeros dardos contra nosotros, causando un gran número de muertos. Entonces se oyó un ruido atronador, secó, desgarrador. El barco se balanceó y caímos rodando por el suelo. Conseguí levantarme sobre la cubierta inclinada y comprobé que nuestro barco había sido embestido por un espolón enemigo. Los vándalos, dando aterradores gritos, nos abordaron y, enarbolando sus espadas, se dispusieron a conquistar la nave almiranta de la flota de Occidente.

—¡Abandonemos el barco! —gritó un marinero antes de lanzarse al mar.

Varios le siguieron y fueron asaetados desde las naves bárbaras. Miré hacia la costa y observé a nuestra invencible armada envuelta en llamas y oculta tras una nube de humo negro. Varias naves se salvaron de la quema, pero en lugar de dirigirse contra los vándalos, huyeron hacia el este aprovechando el viento a favor. Entre ellos se encontraba la nave almiranta de Basilisco. El general griego había dado por perdida la batalla y huía abandonando al resto del ejército, buscando refugio en la segura Constantinopla.

En derredor, legionarios y vándalos luchábamos con ferocidad, y no tardó el suelo en teñirse con el color bermellón de la sangre. Un vándalo me atacó, pero pude zafarme de él con facilidad y le rebané el cuello con mi

spatha. Nos defendíamos con bravura pero nuestros enemigos eran más numerosos. El fuego y el boquete en el casco perforado por el espolón de la nave vándala amenazaban con hundir el barco. No había muchas opciones: o morir en el barco o hacerlo en el mar ahogados o asaetados por los bárbaros. Entonces advertí que el barco que nos había embestido se encontraba desprotegido. Defendiéndome con denuedo, me acerqué al magister navis. Tullas luchaba con ferocidad contra un bárbaro. Me deshice de su rival con un tajo en las costillas, y el maloliente capitán me sonrío agradecido, mostrándome una ristra de dientes podridos.

—¿Te crees capaz de sacarnos de aquí? —pregunté, señalándole la nave enemiga.

—¿Tenemos otra opción? —El capitán entendió la pregunta.

Negué con la cabeza y él se encogió de hombros.

—¡Legionarios de Roma! —grité, intentando llamar la atención de mis soldados en aquella horrible barahúnda—. ¡Seguidme!

Corrí apartando a todo bárbaro que se ponía en mi camino, subí por el espolón de la nave enemiga acompañado por el maloliente y varios de mis hombres. Los vándalos, sorprendidos por nuestra audacia, tardaron en reaccionar, y corrieron tras nosotros lanzándonos flechas incendiarias.

Como bestias salvajes se abalanzaron sobre los milites rezagados derramando sobre ellos la frustración por la nave perdida. En torno al espolón se desató una feroz carnicería. Mis legionarios sacrificaron como héroes sus vidas, para que unos pocos pudiéramos escapar de aquel infierno.

El magister navis olía peor que una cloaca, pero era un hábil navegante.

Con dos movimientos de timón, consiguió desprenderse de la nave almiranta y empujados por el viento a favor, pusimos rumbo al noreste.

Durante nuestra huida, nos cruzamos con un par de naves enemigas, pero gracias a la destreza del capitán, las dejamos atrás. Alguna otra más trató de perseguirnos, desistiendo pocos minutos después: a sus capitanes no les entusiasmaba la perspectiva de llegar tarde al reparto del cuantioso botín.

La silueta de las naves enemigas y la cortina de humo de los barcos incendiados se fue desvaneciendo hasta que se perdió en el horizonte.

Agotados, heridos y sobre todo, derrotados, nos dejamos caer en la cubierta.

—No encuentro a Cassio Beleno.

Abrí los ojos y ocultando un cielo azul, me encontré con el rostro sucio de sangre y hollín de Arcadio. Me incorporé sacando fuerzas de donde no las tenía y comencé a buscar a Cassio Beleno entre los supervivientes.

Pocas decenas de legionarios y marineros habían sobrevivido, y muchos estaban gravemente heridos. Paseé por la cubierta y vi algunos jóvenes milites sollozando. Otros, con brazos o manos amputadas, gritaban de dolor al tiempo que manos inexpertas les cauterizaban el sanguinolento muñón.

Por la borda arrojaron a un par de soldados que habían muerto durante la huida. El espectáculo era desolador, cubiertos de sudor, sangre y amarga derrota, se esparcían por la cubierta los restos de la invencible armada imperial.

—Le he buscado por todas partes, pero no está —dijo Arcadio.

—¿Has bajado a la bodega? Quizá se encuentre descansando…

—Sí, allí solo hay una docena de heridos —me interrumpió.

Persistimos durante varios minutos más hasta que, finalmente, convencidos de que era inútil, abandonamos la búsqueda. Lloré largamente la muerte de mi amigo Cassio Beleno abrazado a Arcadio. Los dos sentíamos profundamente la pérdida de nuestro compañero, de nuestro amigo… de nuestro hermano. Las lágrimas compartidas suponen un valioso consuelo para las almas afligidas y derrotadas. Nuestros ánimos languidecían hastiados por una guerra que parecía no tener fin, y que ya se había cobrado la vida de numerosos amigos y cientos, miles de hispanorromanos. Una guerra desatada no por la conquista de nuevos territorios, o el sometimiento de otras naciones. Su propósito era bien distinto y ciertamente descorazonador: luchábamos por nuestra mera supervivencia. Lloré la muerte de Cassio Beleno como la de otros tantos legionarios que fueron sacrificados por la negligencia e incompetencia de Basilisco, más interesado en alcanzar la gloria y el poder que en sus propios soldados. Recordé a Metilio Seronato, al menos él había pagado con la vida su traición, pero Basilisco navegaba incólume hacia Constantinopla dejando tras de sí la más humillante de las derrotas. Los despojos de la flota imperial descansaban hundidos en las profundidades del cabo de Mercurio, y con ellos, las últimas esperanzas de Roma.

Llegamos a costas sicilianas antes del anochecer, y comprobé con agrado que no fuimos los únicos que salvamos el pellejo. Fondeadas cerca de las playas, aparecieron ante nosotros varias decenas de naves. Rogué a Dios que entre los supervivientes se encontrase Marcelino. El goteo fue incesante y durante la noche varias decenas de naves más recalaron en la isla. El amanecer iluminó a casi un centenar de naves romanas, la mayoría del Imperio de Occidente, pues las naves de Oriente habían huido hacia el este buscando refugio en el seguro puerto de Constantinopla. Solo pude distinguir media docena de dromones griegos, todos ellos muy dañados por el fuego o por los espolones enemigos, y que habían buscado refugio en Sicilia incapaces de alcanzar las costas griegas en ese lamentable estado.

Muchas de nuestras naves no se encontraban en mejor situación y algunas de ellas tuvieron que ser hundidas no sin antes aprovechar todo lo que poseyeran de utilidad.

Subimos en una barca y nos dirigimos a la playa. Miles de soldados aparecieron esparcidos sobre la fina arena en busca de descanso, o gravemente heridos, abandonándose a la muerte. Los pocos físicos que permanecían con vida se atareaban en aliviar el dolor, cauterizar heridas o amputar miembros. Los desgarrados gritos de dolor y los lastimeros llantos se sucedían ante la mirada indiferente del resto de legionarios, inmunes al sufrimiento ajeno.

Los vecinos de la cercana ciudad de Agrigentum se volcaron con nosotros y aliviaron parte de nuestra agonía facilitándonos comida, agua y algo de vino. Busqué por todas partes al magister militum hasta que un físico me informó de que se encontraba en una de las naves griegas.

Acompañado por Arcadio, subí a una barca y me dirigí hacia la nave donde se hallaba Marcelino con la esperanza de que se encontrara en buen estado.

Subimos por la pasarela y le pregunté a un guardia imperial griego, que me confirmó que el magister militum se encontraba en la nave. Me extrañó que fuera la guardia imperial de Oriente quien custodiara la nave pero, en ese momento, mis preocupaciones eran otras.

—Pero ahora no te puede atender, está descansando —añadió el guardia, con cierto nerviosismo.

Su rostro se ruborizó, al tiempo que gotas de sudor perlaron su frente y se lamió los labios inquieto. El soldado ocultaba algo.

—Perteneces a las tropas de Oriente ¿verdad? —le pregunté y él asintió

—. ¿Qué hace un guardia imperial de Basilisco protegiendo a Marcelino?

—Sus hombres han muerto y Basilisco…

No le dejé terminar, corrimos por la cubierta y bajamos por la escotilla hacia la cámara donde se encontraba Marcelino. En la bodega nos cruzamos con otro guardia imperial que se detuvo confuso ante nuestra inesperada presencia.

—¿Dónde se encuentra Marcelino? —le espeté.

El soldado me empujó e intentó escapar, pero Arcadio, tan ágil como contundente, le propinó un fuerte puñetazo y el imperial cayó con mala fortuna sobre un escalón, partiéndose el cuello.

—Apresa al otro guardia, esto no me gusta —le ordené, temiéndome lo que estaba sucediendo.

Arcadio asintió y yo, spatha en mano, me dirigí hacia la cámara del magister militum. La puerta estaba cerrada con llave. Le tuve que propinar varias patadas hasta que cedió y conseguí entrar en la estancia. Entonces, mis peores presagios se hicieron realidad. Sobre la cama y envuelto en sangre, yacía el cuerpo de Marcelino. Me acerqué a él, y después de comprobar que estaba muerto, le cerré los ojos.

—¡¿Por qué?! —pregunté lleno de ira—. ¡¿Por qué?!

—¡Ha escapado! —exclamó Arcadio, entrando en ese momento—. Dios Santo… —susurró, al reparar en el ensangrentado cuerpo del magister militum.

—Los guardias imperiales de Basilisco han acabado con su vida.

—Pero ¿por qué Basilisco quería ver muerto a Marcelino?

Cubrí el cuerpo del magister militum y salimos de la nave. El guardia imperial huyó, confundiéndose con los legionarios diseminados por la playa o embarcándose en algún otro barco.

Caminamos entre los soldados para hacernos una idea de lo que teníamos entre manos: salvar la vida de centenares de hombres y decenas de

naves. La noticia de la aplastante victoria vándala se propagaría como el fuego y pronto llegaría a oídos del resto de reyes bárbaros, que conscientes de nuestra debilidad, se lanzarían sobre nosotros como alimañas. Se cernía sobre Roma un terrible y negro horizonte y era imprescindible que regresásemos a nuestros hogares cuanto antes.

—La negligencia y la vanidad de Basilisco han provocado la destrucción de nuestra flota —comencé a decir, respondiendo a la pregunta que Arcadio había formulado en la nave griega—. En Constantinopla podría ser juzgado y condenado a muerte por su incompetencia pero, si culpabiliza del desastre a Marcelino y el Senado griego confía en su inocencia, salvaría su repugnante pellejo.

—Ya entiendo, y por eso ha ordenado su asesinato —dijo Arcadio, negando con la cabeza aún sin entender la infinita vileza de los poderosos.

—Los muertos no pueden defenderse.

—Pero aún estamos nosotros —repuso Arcadio, cogiéndome de los hombros—. ¡Nosotros sabemos lo que en verdad ocurrió!

Negué con la cabeza.

—Constantinopla está muy lejos y ahora tenemos problemas más acuciantes de qué preocuparnos —repliqué, señalando a los legionarios que deambulaban por la playa sin rumbo definido, conmocionados ante tanta devastación y muerte.

Con Basilisco huyendo a Constantinopla y Metilio Seronato y Marcelino muertos, buscamos entre los supervivientes algún otro oficial de alto rango, pero todos estaban muertos o habían sido apresados por los vándalos. Y yo, como comes civitatis de Carthago Nova, me alcé como comandante del derrotado ejército. Debíamos evacuar la playa y regresar, unos a Carthago Nova, otros a Constantinopla y el resto a Roma, lo antes posible. Lo primero que hice fue reunirme con los ducenarii y los centenarii que aún permanecían con vida y organizar a las tropas en numeri según sus legiones de origen. Luego me reuní con los físicos para que me informaran del estado en el que se encontraban los heridos y qué medicamentos y materiales podrían necesitar. Después hablé con los magistri navis, entre ellos se encontraba el desdentado y maloliente Tullas.

Era imprescindible conocer el número exacto de naves con las que

disponíamos, así como el estado de las mismas. Así supe que, de las más de mil naves que componían la flota, solo ciento diez permanecían varadas en las costas sicilianas. El resto, o habían sido destruidas o huyeron a Constantinopla. Pero, sin lugar a duda, más de la mitad de las naves se encontraban ahora sumergidas bajo las aguas que bañan el cabo de Mercurio.

Hablé con el magistrado de la pequeña villa de Agrigentum y nos ofreció, muy generosamente, toda su ayuda y colaboración. Así pues, varios carpinteros de la ciudad nos ayudaron en las tareas de reparación de las naves, y tampoco nos faltaron telas y vendas para los heridos, ni un mendrugo de pan que aliviara nuestra hambre o un trago de vino que refrescara nuestras resecas gargantas.

Fueron días de fatigoso y arduo trabajo, pero éramos conscientes de que no teníamos ni un solo minuto que perder. Por fin, un caluroso día de verano, tuvimos todo preparado para embarcarnos y volver a nuestras casas.

Las naves fondeaban en la costa con las velas plegadas. En la playa, perfectamente formados en numeri, se encontraban los soldados. Los heridos y enfermos, que no eran pocos, ya habían sido embarcados en las naves y se encontraban impacientes por reencontrarse con sus familiares y poder aliviar sus heridas en su compañía. La mayoría de los barcos volverían a Roma, solo unos pocos partirían a Constantinopla y únicamente uno lo haría hacia Carthago Nova. La brisa se convirtió en un suave viento, anunciando que se acercaba el momento de partir. Subido en una pasarela y acompañado por los magistri navis y los pocos oficiales que aún permanecían con vida, me dirigí a una tropa que me contemplaba expectante.

—¡Legionarios! ¡Legionarios! ¡Héroes, orgullo de Roma! —exclamé—.

En cabo Mercurio no hemos sido derrotados por los bárbaros, si no por la vanidad de un general miserable y cobarde. Ha sido Basilisco quien nos ha conducido a la derrota, no nuestras spathae o nuestro valor. Tened esto muy presente y no lo olvidéis nunca. Sois héroes no soldados derrotados —

desvié la vista sobre aquellos hombres, confiando en que mis palabras de aliento superaran el escudo de la vergüenza y el fracaso en el que se habían parapetado—. Hemos sobrevivido al infierno y si Dios nos ha concedido su

favor es para que regresemos a nuestros hogares y nos dispongamos a defender a nuestras familias. Legionarios de Roma, se auguran tiempos difíciles para el Imperio. Nuestros enemigos son fuertes y numerosos, pero no debemos caer en el desánimo y en la derrota. Somos romanos, hijos de un glorioso Imperio con más de mil años de existencia. De nuestras espadas depende salvar nuestra civilización y que nuestro mundo no caiga en manos de los salvajes bárbaros —los soldados me observaban con atención en un profundo silencio—. ¡Legionarios! —grité, levantando mi espada—. ¡ Roma invicta est! ¡ Roma invicta est! ¡ Roma invicta est!

Los gritos de los milites resonaron en las playas de Sicilia como el rugido de un mar enrabietado y furioso, como un vendaval que clamaba venganza y honor, como el estallido de mil truenos en una negra tormenta.

Los legionarios desenvainaron sus armas y desafiaron con sus spathae al azul firmamento. En los farallones cercanos atronaban los ecos cargados de dignidad y orgullo de un ejército dispuesto a arrostrar toda suerte de infortunios. « Fortis cadere, non potest cedere» [el fuerte cae, pero no puede ceder]. Nuestras legiones habían sido derrotadas frente a las costas de África, pero no nos rendiríamos ante las infatigables acometidas enemigas.

No cederíamos a las hordas bárbaras. El sueño de una paz duradera era tan inalcanzable como una estrella, pero vive Dios que derramaríamos hasta la última gota de nuestra sangre romana por conseguirla.

Con los ojos húmedos, y embargado ante una honda emoción, ordené el embarque de las tropas. Volvíamos a casa.

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