Roma Invicta Est
Capítulo XI. Una nueva vida en Carthago Nova.
Roma.
Anno Domini 457, ab Urbe condita 1210.
CAPÍTULO XI
Una nueva vida en Carthago Nova.
Bibamus, moriendum est. Et notile tempus perdere, cum vita brevis sit[13].
Me desvié hacia Tarraco con la intención de recabar información sobre la situación en la que se hallaba inmersa Roma y fui informado de que la mayoría de las legiones se encontraban en la capital del Imperio, arropando a quién sería nombrado como nuevo emperador, cuyo nombre aún se desconocía.
Agotado después del fatigoso viaje, crucé la puerta Flaminia y entré en la Caput Mundi. La ciudad estaba espléndidamente engalanada e impecablemente acicalada para los festejos que se celebrarían tras la coronación. Los romanos parecían más felices y despreocupados que nunca.
Ajenos a lo que ocurría tras las murallas de la capital del Imperio, disfrutaban y se divertían esperanzados con el nuevo Augusto. Me dirigí a las termas con la intención de darme un buen y reconfortante baño, cortarme la melena que colgaba de mis hombros y rasurarme mi rizada barba. No podía presentarme ante el magister militum como un vulgar bagauda. Después de pagar un precio más que razonable, un siervo me entregó una toalla y me indicó dónde se encontraba el apodyterium. Me desvestí y entregué mis sucios ropajes a un siervo para que lo adecentara de la mejor manera posible, luego crucé la palestra donde algunos clientes hacían ejercicios físicos o levantaban unas pesadas bolas de bronce. Llegué al tepidarium y disfruté de un baño de agua tibia y cristalina, que no tardó en ponerse turbia debido a la mugre que llevaba impregnada en mi piel. Un
siervo, horrorizado ante la suciedad que desprendía mi cuerpo, me atendió con diligencia y me frotó con fuerza con un guante de esparto. Dolorido pero limpio, me dirigí al caldarium y me sumergí en una bañera individual.
El agua caliente abrió mis poros y una grata sensación recorrió mi cuerpo.
Estaba tan relajado sumergido en el placentero baño que me hubiera quedado dormido si no hubiera sido porque un siervo me indicó que era el momento de sumergirme en el frigidarium. Salí de la terma y me dirigí hacia una piscina exterior. Fuera hacía frío, pero nada comparable con el agua de la piscina. Me sumergí apenas un minuto y corrí, congelado, hacia la terma ante las risas de algunos siervos y clientes. Enseguida entré en calor y me dirigí al laconium, donde tomaría un baño de vapor que desincrustara la mugre rebelde que se hubiera negado a separarse de mi piel. Entré en el laconium y quedé envuelto por un denso vaho. Saludé a los cinco clientes que se encontraban en la sauna, y me senté en un banco de madera. Uno de ellos se afanaba en echar agua a un cubo lleno de piedras calientes, con el fin de que brotara más y más vapor, como si el que ya nos envolvía no fuera suficiente.
—Pues yo considero que Ricimero se equivoca favoreciendo a Julio Valerio Mayoriano como emperador —dijo uno de mis compañeros de laconium, un hombre rechoncho y medio calvo.
—Mayoriano es el mejor candidato, eso no lo dudes —replicó un hombre delgado de nariz fina y larga.
—El mejor sería Ricimero, es una pena que la sangre bárbara corra por sus venas y profese la religión arriana —intervino el cliente que echaba agua sobre las piedras, un hombre bajito y orondo.
—Sigo diciendo que el mejor emperador que puede tener Roma es Mayoriano. Es un gran general, apreciado por sus hombres y, sin duda, querido por el pueblo —insistió el cliente de la nariz larga.
—Eso es lo que me preocupa —rezongó el calvo.
Sus amigos le miraron expectantes. Se levantó del banco y le quitó el cazo de madera a su compañero para evitar que siguiera echando agua sobre las piedras. Nos estaba achicharrando con tanto vapor. Le agradecí su prudente gesto en silencio.
—Mayoriano tiene una fijación enfermiza por los pobres y por los desamparados —comenzó a explicar—. Me preocupa que, en un momento determinado, favorezca a la plebe en lugar de a los dignitates.
—Ricimero no lo permitiría —repuso el bajito.
—Quizá cuando Mayoriano sea proclamado emperador, sea demasiado tarde y el suevo poco pueda hacer.
—No desestimes el poder de Ricimero, ya consiguió deshacerse de Marco Mecilio Avito, y estoy seguro de que podría volver a hacerlo —
terció otro de los clientes, que hasta ese momento no había intervenido.
—Y tú, ¿qué opinas? —me preguntó directamente el orondo calvo, señalándome con el cazo.
Todos me observaron con atención. Yo para ellos era un desconocido y naturalmente, ellos para mí también lo eran. Debía ser prudente con mi respuesta, pues desconocía quiénes eran mis interlocutores.
—Mayoriano es un gran general, audaz y valiente en el campo de batalla. Ricimero es un hombre astuto y un hábil estratega. Si ha amparado su proclamación como Augusto, sus razones tendrá —respondí.
A mis odios llegó un leve murmullo de aprobación.
—¿Consideras qué es el mejor de entre todos los candidato para dirigir al Imperio? —inquirió el gordo de nuevo—. ¿Acaso crees que es mejor que Ricimero?
Me levanté de mi asiento y me dirigí al personaje orondo, a quién casi sacaba una cabeza. Le quité el cazo y eché más agua sobre las piedras. El resto de clientes me miraban con atención, e incluso alguno se incorporó para oírnos mejor.
—Ricimero es de origen bárbaro y nunca será nombrado emperador.
Especular sobre su valía para ostentar ese cargo es un ejercicio inútil, pues nunca estaremos en situación de comprobarlo. En cambio, Mayoriano ha demostrado tener dotes de mando y amplios conocimientos militares.
Virtudes muy valoradas en un emperador, y si además, unimos que Ricimero le apoya, ¿qué más pruebas de su valía necesitas?
— Certum est [es cierto] —dijo un cliente, ante el asentimiento de los demás.
En cambio, el hombre orondo y calvo no dijo nada, me miró con desdén y se sentó en un banco.
—¿Cómo te llamas y quién eres? —me preguntó, cuando me disponía a salir del laconium.
Me giré. Apenas pude distinguirle entre el denso vapor. Me hizo un gesto para llamar mi atención, y a él me dirigí.
—Mi nombre es Salvio Adriano, ducenarius de la legio palatina.
—Un hispano y además legionario. Ya entiendo… —gruñó, mirando con desdén a sus amigos.
Sus compañeros de laconium rieron la gracia.
—¿A quién tengo el honor de dirigirme? —pregunté sin amedrentarme.
—Me llamo Metilio Seronato, praefectus classis Ravennatium, comandante de la flota de Rávena —respondió con pomposidad el interpelado, levantándose del banco.
—Ha sido un placer, domini —dije antes de abandonar el laconium.
Intranquilo me dirigí al frigidarium donde el agua fresca y limpia eliminó el sudor y las últimas costras de suciedad impregnadas en mi piel.
Me vestí en el apodyterium con mis ropajes ya limpios y secos, y adecenté mi barba y mi cabello.
La conversación que mantuve con aquellos hombres en el laconium me preocupó. Era evidente que Mayoriano no era del agrado de todos los generales romanos, pero que el comandante de la flota de Rávena hablara tan alegremente de su capacidad o incapacidad en una sauna pública y desconociendo a parte de los presentes, era señal de que algo estaba fallando en la Urbs. La discreción lucía por su ausencia en unos confusos tiempos, donde cada senador, patricio, o miles luchaban por mantener su parcela de poder por ridícula que esta fuera.
Inmerso en mis pensamientos, caminé por la vía Londus hacia el campamento de las scholae palatinae donde, según había sido informado, se encontraba instalado Mayoriano. Mi corazón latió con fuerza cuando distinguí, en la distancia, las murallas del castrum de la guardia imperial.
Nunca olvidaré, ni podré hacerlo, los días de cautiverio que sufrí en los sótanos de aquellos cuarteles, confinado en sus malolientes y oscuras mazmorras. Una profunda emoción y temor me embarga cuando evoco
aquel encierro y los ojos ensangrentados de mis caníbales compañeros de celda. Suspiré hondo intentando alejar de mi mente aquellos aterradores recuerdos.
Me disponía a identificarme al circitor cuando, en lontananza, oí que alguien gritaba mi nombre. Me giré y esbocé una gran sonrisa cuando advertí de quien se trataba.
—¡Adriano, amigo! —exclamó Arcadio, levantando el brazo para llamar mi atención.
—¡Arcadio! —grité, y corrí al encuentro de mi querido amigo.
Nos fundimos en un fuerte abrazo, luego nos separamos unos instantes para poder observarnos, y contemplar las agudas huellas que el paso tiempo había dejado en nuestros sufridos rostros.
—¡Estás como siempre! —mintió amablemente—. Tras la batalla de Placentia, no pude felicitarte como es debido por tu ascenso a ducenarius.
¡Y además del primer regimiento! —añadió, observando más detenidamente mi uniforme.
—A ti tampoco te va mal, veo que te han ascendido a centenarius.
—Sí, bueno, hemos estado un tanto entretenidos los últimos meses, y los centenarii son presa fácil para los avispados e implacables arqueros bárbaros.
—No seas modesto, seguro que te has ganado el ascenso por méritos propios —le dije, señalando una cicatriz que cruzaba el lado derecho de su mejilla.
—¿Te gusta? —me preguntó orgulloso—. Me la causó un mercenario alamán en el transcurso de una dura batalla —de pronto sus ojos se velaron
—. Por desgracia, muchos compañeros murieron aquella aciaga tarde.
—Algún amigo, ¿verdad? —pregunté, temiéndome la respuesta.
Afirmó con la cabeza.
—Arrio Sidonio.
—¿Arrio Sidonio?
—Fue una batalla horrible. Los alamanes eran mucho más numerosos que nosotros y nos rodearon. Nuestro tribuno, Mario Galvisio, no sabía qué hacer y comenzó a impartir órdenes a diestro y siniestro, sin ningún tipo de sentido. Entonces un ducenarius de nombre Cassio Beleno…
—Sí, le conozco. Un gran miles —le interrumpí.
—Así lo demostró aquel fatídico día —prosiguió Arcadio—. Cassio Beleno tomó el mando del ejército y conseguimos poner en fuga a los bárbaros, pero el precio pagado por la incompetencia del tribuno fue considerable.
—¿Y Calero? —le pregunté.
—Está bien, no te preocupes. Se encuentra aquí en Roma con Áyax, a la espera del nombramiento de Mayoriano.
—¿Qué pasó con el tribuno? —pregunté.
Arcadio apretó mandíbula y puños. La cicatriz de su rostro adquirió cierto tono rojizo.
—A pesar de que la victoria fue gracias a la intervención de Cassio Beleno, él se las apañó para llevarse el mérito y la gloria —respondió escupiendo al suelo—. Proviene de una insigne familia y disfruta del apoyo de los senadores, quienes le consideran el nuevo salvador del Imperio, una suerte de Aecio —añadió, riendo con amargura.
Negué con la cabeza irritado, el ascenso en el rango militar o social gracias a la cuna, más que a los méritos personales, era uno de los motivos por los cuales el Imperio se encontraba al borde del precipicio.
—Auténticos ineptos de noble apellido y rancio abolengo —dije con pesar—. ¿Traustila también está aquí? —pregunté, intentando cambiar de tema.
—Sí, estamos todos, junto con los limitanei de Tarraco. Nuestro campamento está montado extramuros, cerca de la puerta de Salaria,
¿ocurre algo? —me preguntó, al advertir mi semblante serio.
—Yo también traigo malas noticias, amigo mío: Optila ha muerto.
—¡Por Dios! —exclamó Arcadio echándose las manos a la cabeza—.
¿Cómo ha ocurrido?
—Fue asesinado a sangre fría por los visigodos.
Arcadio me miró sin entender mis palabras, pues suponía, como el resto de los romanos, que los visigodos eran nuestros aliados.
—Creo que tenemos mucho de qué hablar, será mejor que entremos en alguna taberna y nos desahoguemos relatándonos nuestras respectivas desgracias —propuso Arcadio, señalando un edificio cercano.
—Más tarde, ahora debo informar a Mayoriano —repuse rechazando la tentadora invitación—. Pero en cuanto termine, iré a buscaros al campamento y luego nos iremos juntos al circo Máximo a resarcirnos de nuestras penas con vino y mujeres, ¿te parece bien?
—Mucho has cambiado si accedes a acompañarnos al lupanar —
rezongó con una sonrisa—. Está bien, te espero en el campamento.
Me despedí de mi amigo y entré en el castrum de las scholae palatinae, donde me recibió Mayoriano acompañado por Ricimero. La sala estaba bien iluminada y sobre una larga mesa de madera habían dispuesto varias bandejas con comida y un par de jarras de vino. Un oficial anunció mi llegada y el futuro emperador autorizó mi entrada impaciente.
—Os saludo, magistri militum —dije nada más entrar en la sala, inclinando la cabeza en señal de respeto.
—Seas bienvenido Salvio Adriano, después de tantos meses es un placer volver a verte —dijo afectuoso Mayoriano, dirigiéndose hacia mí.
—Te saludo, ducenarius —dijo huraño Ricimero.
—Bebe algo querido amigo, supongo que estarás exhausto después de tan largo viaje.
Agradecí la invitación de Mayoriano, y me serví un poco de pollo frío y una jarra de vino.
—He sido informado de tu viaje, espero que hayas recibido la hospitalidad que un legado de Roma se merece y que nuestros foederati visigodos te hayan tratado correctamente —dijo Ricimero, cogiendo una jarra de vino.
Casi me atraganto con un pedazo de carne de pollo.
—Los visigodos asesinaron a un senator del Imperio y a mí me dejaron malherido. Esta es la hospitalidad que nos han dispensado nuestros aliados.
—¿Optila está muerto? —me preguntó Mayoriano contrariado.
—Sí, domine, asesinado por los visigodos.
—No puede ser, son nuestros aliados, Teodorico renovó la foedus con Avito…
—Pero Avito ya no rige los designios de Roma —interrumpió Ricimero
—. Esos visigodos son tan fieles como las rameras que infestan el circo Máximo. Un oficial romano no puede ser asesinado y su crimen quedar
impune. El nuevo Augusto deberá castigar tal afrenta con contundencia si pretende ser respetado.
El suevo desvió una mirada severa a Mayoriano, como si su comentario no se tratara de una sugerencia, sino de una orden.
—El nuevo emperador sabrá lo que tiene que hacer —repuso Mayoriano, con decisión—. Actuaremos con determinación pero también con prudencia. Mantener el foedus con los visigodos es indispensable para fortalecer la paz. Tengo ambiciosos proyectos para el Imperio y una guerra contra los visigodos sería nefasto. Teodorico es un rey poderoso y respetado, bastaría una palabra suya para que francos y burgundios se unieran a su causa y cruzaran nuestras limes. Debemos mantener el acuerdo con él a toda costa. Cuando sea proclamado Augusto, enviaré una embajada exhortando una explicación por ese acto de traición y exigiré la entrega inmediata del criminal.
—Espero que en tus prudentes palabras Teodorico no perciba algún atisbo de debilidad —replicó Ricimero, paseando por la sala con gesto altivo y arrogante—. De momento, una vez hubo exterminado a los suevos… —el magister militum apretó las mandíbulas con claro gesto de dolor—, penetró en la Gallaecia y en la Lusitania entregándose a la depredación y devastando las ciudades de Emerita, Asturica y Pallantia con inusitada violencia. Solo los habitantes de Coviacum resistieron el ataque de las hordas visigodas y de sus amigos burgundios y francos. No obstante, la salvaje crueldad derramada sobre los hispanorromanos de aquellas tierras tardará años en olvidarse.
—Hispanorromanos que aceptaron besar el anillo de Requiario, no lo olvides —replicó Mayoriano.
—Sea —aceptó Ricimero—, pero ¿dónde estaban nuestras legiones cuando el suevo cruzó la Tarraconense? Milicianos armados, un puñado de bucelarii y campesinos acarreando hoces y azadas, difícilmente pueden soportar una carga de la caballería sueva. ¿Qué podían hacer sino aceptar al invasor? Si Roma no protege a los suyos, estos buscarán amparo en aquel que les cobije bajo su égida, se llame Requiario, Teodorico… o Mayoriano.
Las palabras de Ricimero eran ciertas. La legio VII Gemina, y las cinco cohortes limitanei asentadas en Hispania, hacía años que fueron disueltas.
Solo en Tarraco persistía un castrum con varios regimientos de milites y un destacamento de auxiliares foederati. Carentes de legionarios que les defendieran, los hispanos se organizaban en milicias armadas o demandaban los servicios de ejércitos privados, los bucelarii. Solo Roma acudía en auxilio de sus ciudadanos cuando la invasión bárbara amenazaba no solo con saquear las ciudades, sino también con conquistarlas, arrebatándoselas al Imperio. En caso contrario, los hispanos eran abandonados a su suerte y debían protegerse con sus propios recursos.
—Esa situación cambiará —aceptó Mayoriano—. Debemos apaciguar a los provinciales hispanorromanos para que entiendan que Roma no les ha olvidado. Solo así conseguiremos que se mantengan fieles al Imperio.
—El senador Magnus tiene una gran ascendencia sobre los hispanos —
intervino Ricimero—, podría ser la persona idónea para viajar a Hispania y hacer partícipes a comites y dignitates de tu ambicioso proyecto.
Las últimas palabras las lanzó al aire cargadas de ironía, pero Mayoriano entendió que, una vez más, el suevo tenía razón y se limitó a asentir en silencio.
—Por cierto —prosiguió Ricimero, mirándome con ojos entornados—, tengo entendido que tú colaboraste con los visigodos en su campaña contra los suevos.
Recordé sus orígenes suevos, y la animadversión que este sentía por los visigodos. No obstante, casi habían esquilmado a su pueblo.
—Me limité a obedecer órdenes, domine —le dije, mirándole a los ojos.
—Como es tu deber —replicó, con una leve inclinación.
El magister militum levantó orgulloso la barbilla y me escrutó con la mirada, intentado sondear hasta que punto era fiel al Imperio o a los visigodos. No le culpo, los traidores infestaban Roma y deambulaban por sus calles con total impunidad. Además, yo luché en Placentia en el bando de las derrotadas legiones de Avito, emperador investido con el paludamentum púrpura gracias al apoyo de los visigodos, lo que no me granjeó precisamente su simpatía.
— Domine, quiero felicitarte por tu inminente proclamación como emperador, deseo que Dios te bendiga con un gobierno largo y próspero —
dije, cambiando de tema.
—Gracias legionario, son tiempos difíciles y espero contar con el favor de Nuestro Señor —dijo Mayoriano.
Ricimero bebió un sorbo de vino y masculló sarcástico:
—De momento cuentas con él.
Mayoriano le miró con recelo. Ambos entendimos perfectamente a qué se refería con sus ofensivas palabras. El futuro Augusto contaba con el apoyo de Ricimero, quien se hacía llamar el señor de Roma. Mayoriano ostentaría las insignias imperiales, siempre que el poderoso Ricimero tuviera a bien que así fuera.
—Ricimero, déjame a solas con Adriano, tiene mucho que contarme de su fatigoso viaje —ordenó Mayoriano, en un evidente gesto de autoridad y mirando fijamente al suevo a los ojos, sin ocultar el desagrado que su comentario le había causado.
El magister militum le aguantó la mirada durante unos instantes, como si se dispusiera a desenfundar su spatha y batirse allí mismo, constatando el profundo odio que ambos se profesaban. Quizá el objetivo común de derrocar a Avito, a quién habían confinado en una prisión de oro nombrándole obispo de Placentia, les había unido, pero una vez derrocado este, los recelos y los odios resurgieron y nada, ni siquiera trabajar juntos por el bien de Roma, les unía. Finalmente, y no sin antes lanzarle una mirada cargada de inquina, el suevo abandonó la sala. Desconocía si Ricimero era tan poderoso como se aseguraba, pero lo cierto es que Mayoriano tendría que andarse con cuidado y proteger sus espaldas si deseaba disfrutar de una larga vida como emperador.
—Ese bastardo asegura que seré ungido gracias a él, y lo peor es que gran parte de Roma piensa igual.
El rostro de Mayoriano fue cincelado por una mueca de desprecio pero también de rebeldía, pues se negaba a ser un títere, un muñeco que gobernase Roma según el capricho del suevo.
—Ten la seguridad de que no es así, domine —mentí.
—He derramado mi sangre y la mis hombres por la defensa del Imperio.
No le debo nada a él ni a sus mercenarios germanos —musitó—. ¡Soy yo quién le ha utilizado, y no él a mí! —exclamó, dando un golpe en la mesa
—. No deja de ser un bárbaro arriano aunque se vista con toga de lana y calcei senatorii —susurró, bebiendo un trago de vino.
Su mirada reflejaba el odio y el desprecio que sentía por el suevo. Se sentó junto a la mesa y se sirvió un poco más de vino. Durante unos instantes no dijo nada, tamborileaba distraído con los dedos en el vaso con la mirada perdida y con un gesto de desagrado marcado a fuego en el rostro.
Su mente estaba inquieta pensando en Ricimero.
—Todo el ejército te apoya, domine. No debes temer.
—Lo sé. —Levantó la vista hacia mí y añadió—: Pero no son pocos los clientes que tiene Ricimero entre los altos dignitates, y temo que incluso en la legión.
—Roma no puede tolerar otra guerra civil…
Las palabras vibraron en el aire dejando un amargo sabor en mis labios, y mi gesto se contrajo de dolor, como si hubiera sido lacerado por las espadas de mil visigodos.
—Y no la habrá, antes abdicaría por quién… Ricimero considerara oportuno —dijo Mayoriano, reconociendo la omnipotencia del suevo. Y
levantándose de la mesa prosiguió:
—Pero olvidemos al bastardo del arriano y cuéntame que le sucedió a Optila.
—Fue asesinado por Walder, capitán de los spatarii, y creo que detrás de todo está la mano de Eurico…
—¿Eurico, el hermano pequeño de Teodorico? —interrumpió Mayoriano.
—Así es, nos odia y creo que esperará agazapado hasta que llegue el momento de lanzarse sobre nosotros.
Mayoriano sonrió.
—Antes tendría que quitarse de en medio a sus hermanos Teodorico y Frederico. No debemos preocuparnos por él.
— Domine, no debes subestimarlo. Teodorico mató a su hermano Turismundo para arrebatarle el poder, y no tenemos la seguridad de que eso no vuelva a suceder. Conozco a Eurico, es un hombre extremadamente ambicioso, si su objetivo es conquistar Hispania, hará todo lo que esté en su
mano para conseguirlo, aunque tenga que matar a sus dos hermanos con su propia espada.
El sol se ocultaba tras las colinas y el frescor del atardecer entró por los grandes ventanales. Mayoriano se acarició pensativo la barbilla y me miró con determinación.
—Con ese fin alimenta a ese perro germano, para que haga el trabajo sucio. Quizá tengas razón. Debemos reforzar nuestra alianza con los visigodos y advertir a Teodorico de las perversas intenciones de su hermano
—aceptó Mayoriano.
—Creo que sería lo más sensato.
—Ahora que Atila ha desaparecido, y los hunos han regresado a sus frías y oscuras tierras del este, los visigodos se erigen como nuestro enemigo más formidable. Será en Hispania dónde se selle el destino de Roma. Cuando terminen los festejos de mi proclamación, parte de la legio palatina de Lugdunum se unirá a los limitanei de Tarraco, y protegerá Hispania de los visigodos. Ahora somos aliados, pero nadie sabe cuánto tiempo durará esta situación.
—Desde Tarraco podemos responder a cualquier ataque visigodo tanto en Hispania como en la Galia. Me parece una buena elección, domine.
Mayoriano se sentó con gesto preocupado, volvió a coger un vaso y lo miró meditabundo. Muchas eran las preocupaciones que se arracimaban en la cansada mente del futuro emperador y poco podía hacer yo por ayudarle.
Pedí permiso para marcharme y abandoné el castrum de la guardia imperial para dirigirme a la puerta Salaria y encontrarme con mis amigos.
La noche amparaba a Roma con su velado manto, y el frio de un invierno que se resistía a dejar paso a la primavera, era el responsable de que las calles permanecieran casi desiertas. El ladrido lejano de un perro vagabundo, las pisadas de las patrullas de vigilancia y el lastimero cántico de un mendigo borracho, me acompañaron hasta la puerta de Salaria. Una vez extramuros de la ciudad, me encontré con un mar de hogueras que rivalizaban con las estrellas del firmamento. Miles eran los legionarios acampados en espera de la proclamación del nuevo emperador. No sin dificultad, y después de preguntar a media docena de milites, llegué a la tienda de Traustila. Tenía el corazón en un puño. A nadie le gusta ser
portador de malas noticias y menos cuando estas le afectan directamente.
Rebrotan los apenados sentimientos causados por la desgracia cada vez que se habla de ella, y el corazón rehecho vuelve a romperse una y otra vez…
Abrí la tienda y me encontré al galo leyendo un legajo bajo la tenue luz de una tea encendida.
—¡Por todos los dioses! —exclamó, dando un salto—. ¡No me lo puedo creer!
—Te saludo, amigo Traustila.
Nos dimos un fuerte abrazo. El galo me sonreía y sus ojos brillaban emocionados. Me senté en su camastro sin encontrar las palabras de duelo apropiadas. Optila y Traustila se conocían desde que eran reclutas. Toda una vida de luchas, guerras, destrucción y muerte a sus espaldas, pero también de amistad, valor y honor. La relación de los galos me evocaba la que compartía con mis amigos Calero y Arcadio. En un instante sentí como mi corazón se comprimía al pensar que yo, algún día, podría ser quien recibiera la noticia de la muerte de alguno de ellos. Traustila se sentó a mi lado y su rostro se ensombreció con mi silencio.
—¿Qué ocurre amigo? —me preguntó tocándome el hombro—. Se trata de Optila, ¿verdad?
Asentí con la cabeza sin tener el valor de mirarle a la cara. Mis ojos se velaron por unas lágrimas que se apresuraron a brotar incontenibles.
Traustila se levantó y apretó los puños.
—¿Qué ocurrió? —preguntó, posando su mano sobre mi afligido hombro.
—Fueron los visigodos. Caímos en una emboscada y mataron a Optila.
Yo conseguí salvar la vida de milagro —respondí, incorporándome de un salto, mostrándole mis cicatrices como una atormentada disculpa por estar vivo mientras el galo estaba muerto. Pretendiendo alegar que nada pude hacer por evitar su muerte.
—Hijos de perra —exclamó furioso—. ¿Quién fue?
—Walder.
—El germano… —musitó, grabando ese maldito nombre en su mente.
Se sentó abatido en el camastro y ocultó su rostro con las manos.
Sacudía la cabeza conmovido, negándose a asumir la tragedia de su pérdida.
Rechazando la evidencia de que un foederatus, un supuesto aliado, había segado la vida de su amigo, de nuestro amigo.
—¡Hijo de la gran ramera! —estalló al fin.
Su gritó de furia debió oírse en todo el castrum, y sin poder aguantar más el dolor, rompió a llorar. Intenté consolarle, pero el galo se encontraba derrotado, exánime. Juntos lloramos la muerte de Optila. No sé de dónde, Traustila sacó una tinaja de vino y dos vasos que llenó con generosidad. Las penas con vino se apaciguan y durante toda la noche no dejamos de beber y de contar historias de nuestro amigo. « Vinum laetificat cor homini» [el vino alegra el corazón del hombre]. Las risas se alternaban con las lágrimas, y Traustila reclamó más vino al calon, que no tardó en traernos dos tinajas.
Iba a ser una noche muy larga y qué mejor que amenizarla con el sagrado elixir del dios pagano Baco. Bebimos, reímos y lloramos hasta que poco antes del amanecer, caímos en los brazos de otro dios pagano, Morfeo.
La mañana nos saludó con un hermoso y fresco día. Nos encontrábamos cansados, pero con mejor ánimo, sobre todo Traustila. Nos lavamos en una palangana y nos preparamos para el desayuno. De camino a los barracones me encontré con Arcadio y Calero. Tenían mal aspecto. De pronto recordé que había acordado con Arcadio acompañarles a los lupanares del circo Máximo. No obstante, parecía que a mis amigos el detalle de mi ausencia no les impidió disfrutar de los infinitos encantos que atesoraban las mujeres que allí ejercían su sacrificada profesión.
—Vaya, si está aquí el desaparecido Adriano —dijo Arcadio, fingiendo enfado—. Bueno, tú te lo perdiste —añadió, dándole un golpecito con el hombro a Calero.
—¡Amigo Adriano! —saludó más efusivo Calero—. Es una pena que no participaras de la fiesta de ayer. ¡Fue épica!
—¡Ja, ja, ja! Viniendo de ti, seguro que vuestra bacanal pasará a la historia —dije, dándole un fuerte abrazo.
—Debéis disculparle, estuvimos toda la noche bebiendo a la salud de Optila —intervino Traustila.
Se produjo un elocuente silencio en recuerdo del oficial galo. Todos sentíamos profundamente su pérdida.
—Vayamos a desayunar algo, tengo un hambre de lobo —sugirió Arcadio, rompiendo el silencio.
Y así hicimos. Por el camino me encontré a Áyax y más tarde al ducenarius Cassio Beleno. Esa misma mañana tropecé con mi amigo Demetrio Tancino, al que al fin, habían ascendido a centenarius. Por suerte, estaba destinado en otro destacamento y no serviría bajo mi mando. El encuentro con mis antiguos amigos me reconfortó y mi mente voló seis años atrás, cuando apenas éramos unos reclutas inexpertos y nos enfrentábamos al formidable ejército del invencible Atila.
Recuerdo con cariño las semanas que permanecí en Roma. No fueron pocas las noches que acompañé a Arcadio a los lupanares del circo Máximo, dónde mi amigo había cogido aprecio por una joven etíope, negra como el ébano y experta en artes amatorias. Yo me limitaba a emborracharme con el rancio vino que me servían en las sórdidas tabernas, ahuyentando como podía a las mujerzuelas que se acercaban mostrándome sus encantos, susurrándome al oído lo que se dejarían hacer, y lo que me harían por solo unas monedas. Más de una vez estuve a punto de caer en la tentación y, quizá se tratase de un disparate, pero el amor que sentía por Alana me impedía yacer con cualquier otra mujer, aunque solo fuera por desfogar toda la energía que los hombres, como bestias que somos, guardamos en nuestras entrañas. No había noche que Arcadio no me reprochara que no yaciera con alguna de las prostitutas, incluso me ofreció a su apreciada etíope. Me aseguraba que la abstinencia no era buena para la salud y que si quería guardar el celibato, vistiera hábito monacal. Yo me reía y cambiaba de tema. Era consciente de que iban a transcurrir muchos años hasta que volviese a verla, si es que esto ocurría, pero mi amor era más poderoso que mis impulsos animales y en Roma no encontré ninguna mujer que pudiera ocupar, aunque fuera en parte, el enorme vacío que la mujer-druida había dejado en mi corazón. Pero, como pude averiguar más tarde, el tiempo y la distancia todo lo curan, y el amor es necesario alimentarlo todos los días si queremos que mantenga su llama con su máximo fulgor. Pasaron varios años hasta que el calor del amor que sentía por Alana comenzó a languidecer. Mas fue una nueva tea, ardiente y sobre todo próxima, la que reavivó en mi corazón un fuego que parecía completamente extinguido.
En Roma permanecimos hasta la proclamación de Mayoriano como nuevo emperador, poco después, parte de la legio palatina de Lugdunum, o como me gustaba llamarla, la legión de Aecio, partimos hacia Tarraco comandados por el magister militum Nepociano.
A la ciudad hispana nos llegaban las noticias del buen gobierno del emperador, que en apenas dos años, había suprimido impuestos, castigado a los funcionarios corruptos y eliminado algunas de las prerrogativas más impopulares de los dignitates. Entretanto, y gracias a la infatigable labor del senador Magno, había afianzado la adhesión a Roma de los provinciales hispanos, y su autoridad fue aceptada tanto por el magister militum Galliarum Egidio, como por los senadores galorromanos clientes de Avito.
La renovación del foedus por burgundios y por visigodos fue celebrada con regocijo por los romanos, que contemplábamos esperanzados como un horizonte de paz y prosperidad se erigía sobre el turbulento cielo del Imperio. Fueron años en los que todos creíamos, confiábamos en que otra Roma, otro mundo, era posible. El Augusto se tornaba como el brazo ejecutor del anhelado sueño del insigne Aecio.
Entrenábamos con nuestras espadas en el castrum de Tarraco cuando Nepociano recibió un inquietante mensaje del comes civitatis de Carthago Nova. Según le habían informado, Genserico planeaba la invasión de la ciudad. Sin tiempo que perder, partimos enseguida hacia el sur de Hispania siguiendo la vía Augusta. Pero antes me despedí de Traustila, pues el galo permanecería en Tarraco dirigiendo la instrucción de los nuevos reclutas.
Nos despedimos con un fuerte abrazo y los ojos emocionados. El recuerdo de nuestro amigo Optila acudió presto a nuestra mente y temimos que aquella despedida fuera la última. Pero no era momento de malos presagios, sino de desearnos suerte y anhelar con esperanza que, como diría el druida Thordor, nuestras calzadas volvieran a cruzarse. En Tarraco dejé a un amigo, pero por suerte, el resto me acompañaba a Carthago Nova.
Cruzamos la ciudad de Dertosa y alcanzamos Saguntum. Hacía años que había dejado a mi familia para alistarme en el ejército y sentimientos ambiguos se atropellaban en mi corazón. Pedí permiso al tribuno y me
dirigí a los muelles acompañado por Calero. El castrum de Saguntum estaba situado estratégicamente sobre un gran risco frente al mar y proporcionaba una visión completa de todo el entorno. Descendimos por un camino mal empedrado y descuidado por la falta de mantenimiento. Poco había cambiado la ciudad desde que marché, es más, creo que aún era más paupérrima y deprimente. Niños descalzos y malnutridos nos asaltaban constantemente mendigando unas monedas. Desde las ventanas, temerosas mujeres con los ojos hundidos por el hambre nos observaban con inquietud.
Muchas casas estaban abandonadas o luchaban denodadamente por mantenerse en pie, las ratas cruzaban las calles con impunidad y unos perros más famélicos que sus dueños, vigilaban indolentes las puertas de las casas. Llegué a mi antiguo hogar. Antes de llamar, observé los desconchones de cal que habían dejado al descubierto los sillares de adobe con los que fue construida. Miré a Calero, mi corazón latía con fuerza.
Golpeé la puerta con el deseo de que nadie la abriera. Nada me unía ni a mis padres ni a mis hermanos, pero un sentimiento de profundo arraigo, o llamémoslo arcanos lazos de sangre, me obligaron a abandonar la protección del castrum y adentrarme en una ciudad decadente y ruinosa.
Volví a golpear la puerta y una voz cavernosa procedente del interior me advirtió que pronto sería abierta.
—¿Quiénes sois? —preguntó un hombre, o mejor dicho, un rostro enjuto y ajado, asomado por el entorno de la puerta.
—Padre, soy Adriano, tu hijo.
Mi padre me miró con desconfianza, acercó su rostro para mirarme más de cerca.
—¿Quién es? —preguntó desde el interior de la casa una voz aguda y estridente que yo desconocía.
—¡Cállate! —gritó mi padre, girando la cabeza—. Parece que te va bien hijo —añadió aguzando los ojos y mirando con detenimiento mi uniforme
—. No eres un simple legionario, ¿verdad?
Advertí la avaricia en sus ojos y sentí una profunda lástima. Calero observaba la escena en silencio.
—Hoy partimos hacia Carthago Nova y quería saludaros antes de marcharme —dije cambiando de tema—. ¿Dónde están mi madre y mis
hermanos?
Mi padre se frotaba las manos observando, con el mayor descaro, la bolsa que colgaba de mi cinturón.
—Entrad —dijo con desgana.
Diez años hacía que no veía a mi padre y a decir verdad, creo que todavía me arrepiento de aquella visita. Los largos años que había trabajado como estibador habían hecho mella en su enjuto cuerpo. Estaba extremadamente delgado, andaba encorvado y los huesos de las manos los tenía rígidos, como si en lugar de dedos tuviese garras. La vida no había sido excesivamente generosa con él, y no debía culparle del lamentable estado en el que se encontraba. Pero fue su mirada avara y mezquina, lo que oprimió mi corazón. Entramos en la casa y tomamos asiento en unos viejos y astillados escabeles.
—¿Quienes diablos son estos? —vociferó una anciana, con el rostro surcado por mil arrugas y vestida con ropajes hechos jirones.
—¡Cállate vieja bruja, es Salvio Adriano, mi hijo!
La mujer enmudeció y me observó con más atención. Su mirada, al igual que le había sucedido a mi padre, se desvió sobre mi bolsa de cuero.
—Te ofrecería algo de vino hijo, pero como puedes ver, soy aún más pobre de lo que era cuando te fuiste —se disculpó mi padre.
—¿Dónde están madre y mis hermanos?
—Tu madre murió hace muchos años y tus hermanos se fueron, dejándome solo.
Debí tener el corazón de piedra porque no sentí la menor pena por la muerte de mi madre. El afecto y el cariño brillaban por su ausencia en mi familia. Éramos como un grupo de desconocidos que tenía la obligación de vivir juntos por distintas circunstancias.
—Pero ¿ni siquiera sabes dónde fueron?
Hizo un gesto de indiferencia.
—Unos fueron al norte, otros fueron al sur, otros se embarcaron en una nave… yo qué sé.
—¿Intentas decirme que desconoces dónde están tus hijos?
—Son ya mayores para valerse por sí mismos, yo tengo otros problemas.
La vieja tomó asiento en un viejo y cojo escabel. No dejaba de lamerse los labios y frotarse las manos mientras nos observaba con atención.
—Ella es Clodia, mi esposa —dijo, señalando a la anciana con un ademán desdeñoso.
Miré a la mujer, no habría alcanzado los sesenta años pero aparentaba cien. Tenía la apariencia de las viejas prostitutas que frecuentaban el circo Máximo y que, despreciadas por la mayoría de los hombres, buscaban a sus clientes entre los mendigos y harapientos. Calero y yo la saludamos con un leve ademán.
—Él es Lucio Calero —dije, presentándoles a mi amigo.
Mi padre y su mujer asintieron en silencio con los labios arrugados.
—¿Cómo te ganas la vida? —le pregunté a mi padre, apartando mi vista de la vieja chillona.
Mi padre hizo un gesto con la cabeza señalando a la anciana. Por desgracia, la vieja no solo tenía la apariencia de una meretriz, sino que además lo era.
—¡Si no fuera por esto! —exclamó la vieja, tocándose los genitales—.
¡Aquí no se comía!
Su voz aguda era aún más desagradable que su presencia y penetraba en nuestros oídos como un cincel sobre la piedra. Calero no pudo evitar un gesto de repugnancia. Mi padre, avergonzado, se abalanzó sobre la mujer y la golpeó con tal brutalidad que la tiró del escabel.
—¡Vieja puta, trata con más respeto a mi hijo y a su amigo! —le espetó con furia.
La anciana se levantó sin protestar: los golpes de mi padre debían ser habituales. Calero y yo hicimos el gesto de ayudarla, pero mi padre nos lo impidió con ademán.
—Es una zorra que solo aprende a base de golpes —farfulló, mirando a la mujer con desprecio.
—Pero tu pan depende de ella —repuse avergonzado—. Debemos irnos
—añadí, dirigiéndome hacia la puerta.
—¡Espera hijo! —Detuve mi paso.
Mi padre miraba la bolsa del dinero con avidez, la anciana desde una distancia prudencial, hacía lo propio.
—No sé si sería posible…
Cogí la bolsa y solté sobre su huesuda mano un puñado de siliquas de plata. Los ojos le brillaron de codicia y el rostro se le iluminó mostrando una sonrisa desdentada. La vieja, con un sorprendente y ágil movimiento, se abalanzó sobre mi padre intentando arrebatarle las monedas, que cayeron estrepitosamente al suelo. Y allí les dejé, pegándose, luchando entre ellos, tirándose de los pelos, arañándose, mordiéndose por unas tristes monedas.
Les di la espalda y me alejé de aquel lugar, dejando muy atrás el eco de la desigual batalla.
Durante el camino de regreso al castrum no abrí la boca y apenas miré a Calero, que permanecía en un respetuoso silencio digiriendo el grotesco espectáculo que acababa de presenciar. La vergüenza y la humillación de encontrarme a mi padre viviendo a costa de una vieja meretriz era superior a mis fuerzas. Por él no sentía amor, ni siquiera algo parecido al aprecio.
Pero una cosa era la indiferencia y otra muy distinta que mi padre fuera un rufián. Me mordí los labios de rabia y apreté frustrado mis puños.
—No te sientas culpable, a nuestros padres no los elegimos —dijo Calero al contemplar mi semblante irritado y huraño.
—Nunca he amado a mi familia: mi padre trabajaba de sol a sol y apenas le veía, mi madre estaba siempre atareada cuidando de sus cinco hijos o bebiendo vino a escondidas. En cuanto a mis hermanos, no eran más que unos brutos salvajes que no hacían más que pegarse entre ellos. En mi familia nunca hubo amor, simplemente convivíamos juntos. Es una pena, pero así fue mi infancia.
—Lo siento amigo —dijo con sinceridad Calero, cogiéndome el hombro.
—Ver así a mi padre… viviendo del trabajo de una vieja prostituta. —
Se me hizo un nudo en la garganta.
Definitivamente no había sido buena idea visitar a mi familia en Saguntum. Me sentía destrozado y humillado. Eché un último vistazo y vi que mi padre entraba en la casa seguido por la mujer, que no dejaba de hacer aspavientos y vociferar como una perturbada. Negué con la cabeza e intenté olvidar para siempre aquel triste recuerdo de mi memoria.
De camino a Carthago Nova revisamos las defensas de las ciudades más importantes que salpicaban la vía Augusta. Así pues, hicimos parada en Valentia, Dianium y Lucentum. Me agradó comprobar que estas ciudades, al no depender de un puerto decadente e inútil, no solo no se encontraban en ruinas, sino que además y según me informaron, habían progresado bajo el gobierno de Mayoriano. A falta de legionarios que las protegieran, se habían pertrechado con bucelarii bien armados y equipados. El senador galo Magno tuvo una gran responsabilidad en la buena disposición de las defensas de las principales ciudades, al facilitarles los recursos económicos necesarios a cambio de su firme adhesión al Imperio.
Durante el viaje, me agradó ver a los campesinos trabajando despreocupados los campos, a los pastores custodiando confiados los rebaños, y a los comerciantes vendiendo sus baratijas en aldeas y villas.
Nada hacía recordar que, pocos años antes, los vándalos cruzaron nuestras limes y desembarcaron en nuestras playas saqueando, matando y dejando un rastro de ruinas y destrucción a su paso. La prosperidad volvía a los campos de Hispania y un sentimiento de felicidad y esperanza se respiraba en nuestros corazones. Era una pena que Saguntum, la otrora gran ciudad portuaria y base del comercio hispano, se hubiera quedado al margen de esa ola de progreso y bienestar. La decadencia de la ciudad debió contagiar a sus habitantes, o por lo menos, así le ocurrió a padre.
Llegamos a Carthago Nova un caluroso día de verano y acampamos extramuros de la ciudad saludados por los gritos de júbilo y alegría de sus habitantes. Montamos nuestras tiendas y, acompañado por Arcadio, Calero, Áyax y Cassio Beleno, crucé la muralla en busca de alguna taberna dónde aliviar mi sed de vino. Carthago Nova me causó una grata impresión. Sus edificios se encontraban en buen estado, el mercado bullía de actividad y no eran demasiados los habitantes marcados por la miseria, como ocurría en la desdichada Saguntum. Caminamos por la vía decumanus y llegamos al foro. A pesar de la evidente cristianización de la ciudad, no eran pocos los templos paganos que aún se mantenían en pie. De todos ellos, el que más me cautivó, por su belleza y su buen estado de conservación, fue el templo
dedicado a la triada capitolina, es decir, a los antiguos dioses romanos Júpiter, Juno y Minerva. Mi buen amigo Arcadio, cansado de pasear y como siempre, mucho más pragmático, preguntó a un transeúnte dónde se podría encontrar buen vino y disfrutar de las más bellas mujeres y este le contestó que debíamos dirigirnos por la vía cardus hacia al puerto. Y allí nos dirigimos. Las calles estaban atestadas de gente que deambulaba de un lado a otro sin rumbo definido. Los mercaderes vociferaban sus productos, los niños correteaban entre los adultos y las mujeres chismorreaban en las jambas de las puertas. Carthago Nova era una ciudad viva y lo que era aún más importante, con deseos de vivir.
—Otra Roma es posible —observó Calero, como si me hubiera leído el pensamiento.
—Esta ciudad es ejemplo de ello —confirmé.
—Julio Valerio Mayoriano conseguirá que el Imperio resurja de sus cenizas y vuelva a ser temido por sus enemigos —intervino un distraído Arcadio, mirando las jambas de las puertas en busca del sello que distinguía a los lupanares—. ¡Mirad, allí hay uno! —exclamó victorioso, y corrió hacia el edificio sin esperarnos siquiera.
—Parece un toro en celo —dijo Cassio Beleno, observando como Arcadio se abría paso a empujones entre el vulgo.
—¿Solo lo parece? —preguntó Calero con una sonrisa.
Bromeábamos sobre Arcadio, a quién ya habíamos perdido de vista, cuando la vi. Apenas fue un instante cuando cruzó a mi lado mirando con indiferencia los tenderetes de los comerciantes. Me quedé quieto, petrificado, embobado. La vi perderse entre la multitud y mi mente comenzó a reaccionar. A empellones logré abrirme paso entre el gentío y dirigirme hacia ella, dejando atrás los gritos de mis amigos que me llamaban sin comprender a dónde me dirigía. Levanté la vista en su busca y advertí que se metía en un callejón, aceleré mi paso y con él, el número de empujones y codazos que propiné a todo aquel que se interponía en mi desesperado camino. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho y mi mente comenzaba a desconfiar de lo que habían visto mis ojos. Llegué al callejón.
Más y más gente se interponía en mi camino. Una auténtica oleada de personas que subían y bajaban indiferentes a mi ansiedad. Miré en derredor
buscando un atajo y encontré una pequeña arcada que comunicaba con una calle paralela. Me agaché y corrí por la calle con temor a perderla. Doblé la esquina y volví a encontrarme en el mismo callejón atestado de gente y tenderetes. Agucé la vista y mi corazón brincó de dicha cuando la vi. Sus ojos negros, sus labios carnosos. Tan bella como una diosa. Me acerqué a ella gritando endemoniado su nombre.
—¡Alana! ¡Alana!
Pero ella no me oyó, a pesar de encontrarme casi a su lado. Aparté con brusquedad a un mercader que le estaba ofreciendo sus productos y la cogí de los hombros.
—Alana, amor mío.
La abracé con fuerza, con el deseo irrefrenable de no separarnos jamás.
Mis ojos vidriosos se hallaban velados por una inconmensurable emoción, y mi corazón saltaba en mi pecho henchido de júbilo, de felicidad, de alborozo, como el de un potrillo salvaje al que acaban de liberar de las riendas. Después de largos años, volvíamos a encontrarnos…
—Disculpa… pero no me llamo Alana… —negó la mujer con voz temblorosa, apartándose de mí con suavidad, pues temía que, en mi locura, pudiera herirla.
Me miraba extrañada, sorprendida, como si nunca me hubiera visto, como si yo fuera un extraño, un desconocido que la había confundido con otra persona.
—Alana… —musité.
—Lo siento… —susurró, negando con la cabeza mientras apartaba mis manos de sus hombros.
Sus ojos, su boca, su rostro eran los de mi amada. ¿Cómo era posible que aquella mujer negara ser Alana? Mi alma se derrumbó entregada a la más despiadada decepción. La mezquina diosa Fortuna lanzaba de nuevo los dados del desencanto y la frustración y, una vez más, fui el objeto sobre el que derramó su inmensa crueldad.
—¿Qué haces legionario? —me espetó un bucelarius.
Arrobado, inmerso en mis disparatadas cavilaciones, no reparé en que varios bucelarii me habían rodeado y, cogiéndome en volandas, me separaron con brusquedad de ella. No pude apartar ni un segundo mi mirada
de aquellos profundos y radiantes ojos negros. ¡Eran los de Alana, debían ser los de ella! La mujer me miró interrogante, inquieta y sacudió la cabeza antes de perderse entre la multitud.
—¿Te has vuelto loco, soldado? —me gritó de nuevo el que parecía ser el jefe de los bucelarii.
El vozarrón del oficial me hizo volver a la realidad y me encontré rodeado de bucelarii amenazándome con sus espadas ante la mirada de los curiosos que habían detenido su errante deambular por los tenderetes, para observar cómo un legionario era retenido por una patrulla de soldados.
—¿Se puede saber qué diablos pretendías? —me espetó a un palmo de la cara. Se trataba de un gigante de casi siete pies de puro músculo y con cara de muy pocos amigos.
—La había confundido con otra persona —balbuceé, todavía sin entender qué había pasado.
—¿Con otra persona?
Un gentío se arremolinó chismorreando, ávido por saciar su malsana curiosidad. Los bucelarii comenzaron a tener dificultad para controlarlos.
—¿Quién es esa mujer? —me atreví a preguntar.
El rostro del bucelarius se relajó.
—¿Qué estáis mirando? ¡Venga, volved a vuestros asuntos manada de chismosas! —gritó a los curiosos, que se dispersaron asustados por la enérgica reacción del gigante—. Guardad vuestras armas, este es inofensivo
—ordenó a sus hombres.
El gigante me cogió del hombro y caminamos alejándonos del bullicio y de los tenderetes. Cinco hombres de armas nos seguían a cierta distancia.
—Por tu uniforme veo que eres ducenarius. Yo también fui legionario hace muchos años, pero nos licenciaron cuando las legiones de Hispania dejaron de ser rentables. Ya no había territorios que saquear y Roma se negaba a sufragar nuestras soldadas —dijo, mirando al cielo, rebuscando en su mente viejos recuerdos casi olvidados—. Provienes de Tarraco, ¿verdad?
—Así es, mi nombre es Salvio Adriano.
—Yo soy Tadio Urso, jefe de la guardia personal del comes civitatis Valerio Aquilio. No eres de por aquí, eso explica porqué no conoces a la joven.
—¿Quién es?
—Es Valeria Aquiliaris, la única hija del comes.
Detuve mi paso y le miré desconcertado.
—¿Es cierto eso que dices?
—¡Pues claro! —exclamó—. Todo el mundo la conoce en Carthago Nova. Es extremadamente hermosa, sí señor.
De pronto me sentí abrumado y busqué asiento en un banco de piedra.
Las esperanzas de volver a ver a Alana se habían esfumado como el humo tras una ráfaga de viento. Pero una extraña desazón brotó en mi interior.
Deseaba volver a verla, escrutar sus rasgos, su sonrisa, el brillo de sus ojos, la calidez de sus manos… Esa mujer no era Alana, pero había despertado en mí un sentimiento dormido, olvidado, aletargado tras permanecer largos años exánime en una sombría y lúgubre esquina de mi corazón.
—Si la habías confundido con alguna amiguita, tengo que felicitarte —
dijo el bucelarius, que había tomado asiento a mi lado—, debió tratarse de una mujer muy hermosa.
—Me gustaría volver a verla.
El gigante me lanzó una mirada que no supe interpretar, pero evidenció que mi sugerencia no fue de su agrado.
—Es la única hija del comes y siente auténtica devoción por ella.
Permíteme que te de un consejo —dijo, mientras se levantaba—. No te acerques a ella, puede ser perjudicial para tu salud —concluyó, dándome unas palmaditas en el hombro.
El bucelarius se perdió entre las callejuelas de Carthago Nova, acompañado por sus hombres.
Me encontraba tumbado en el jergón. Habían pasado varias horas desde que el sol se había ocultado tras el horizonte, pero era incapaz de conciliar el sueño. Me hallaba confuso ante la desconcertante irrupción de Valeria y no podía dejar de pensar en ella. Su enorme parecido con Alana, la forma en la que me miró cuando me apartaron de ella… Mi corazón rugía en deseos de volver a verla. Mi mente bullía con ideas atropelladas y no podía pegar ojo.
Además, los ronquidos de Arcadio y compañía, que habían regresado bien
entrada la madrugada completamente borrachos, no ayudaban a aclarar mis confusos pensamientos. Me levanté y decidí dar un paseo. Salí del castrum con la intención de entrar en la ciudad. En la puerta de la muralla pregunté al circitor dónde se encontraba la casa del legado. El bucelarius me miró con suspicacia, pero finalmente me facilitó la información. Seguí sus indicaciones por calles solitarias y silenciosas, cruzándome en mi camino con un algún borracho desorientado, un par de amantes solitarios y las habituales patrullas nocturnas. La domus donde residía el comes y su familia se encontraba muy próxima al teatro y estaba construida en piedra caliza y mármol. La puerta estaba custodiada por dos indolentes milites, aburridos en una noche tranquila. Me oculté tras una esquina y permanecí varias horas allí, a la espera de encontrarme con la hija del comes.
Sentía un ferviente deseo de volver a verla y de reafirmar si su parecido con Alana era real o simplemente había sido fruto de mi imaginación. Pero, sobre todo, quería aclarar mis sentimientos. A Alana la amaba, de eso no tenía ninguna duda. Habían pasado largos años desde la última vez que estuvimos juntos, pero mi amor por ella no había menguado un ápice en todo ese tiempo. Pero la aparición de Valeria había supuesto un torbellino de sensaciones contradictorias. Necesitaba volver a ver sus ojos negros, oír su dulce voz, oler su embriagador perfume. Solo así sería capaz de ordenar mis emociones y descubrir si la inquietud que había suscitado en mí había sido a causa de su parecido con Alana, o si se trataba de otro sentimiento…
El sol asomaba por el horizonte, iluminando con un color rojizo anaranjado el tejado de los edificios más altos de la ciudad. El ladrido de un perro callejero y algún que otro madrugador vecino vaciando los orinales en los corrales anexos a sus hogares, anunció que Carthago Nova comenzaba a desperezarse de su letargo. No estaba cansado, la impaciencia y la incertidumbre me concederían las energías suficientes para continuar con mi espera indefinidamente.
Por suerte no pasó mucho tiempo hasta que la vi salir acompañada por una esclava. Las seguí a cierta distancia para asegurarme de que no eran escoltadas por el bucelarius o sus hombres. Atravesó el teatro y ascendió por la vía decumanus, parecía que se dirigía al foro. Miré a mis espaldas varias veces temiendo encontrarme con el gigante, pero parecía que el
comes le había asignado otras responsabilidades. En el mercado, los más perezosos montaban aún sus tenderetes y pocos eran los clientes que habían madrugado para efectuar las primeras compras del día. Valeria y su acompañante entraron en una tahona, ese fue el momento que escogí para abordarla. Nervioso, corrí hacia la puerta y esperé a que salieran. No tardaron mucho las dos mujeres en abandonar la panadería portando en un cesto dos hogazas de pan.
—Te saludo, Valeria Aquiliaris, hija del comes civitatis Valerio Aquilio
—dije a sus espaldas nada más salir de la tienda.
La muchacha vestía una túnica tubular color azul cielo y cubría sus hombros con una palla de color blanco. Me hallaba completamente desconcertado ante ella, pues hubiera apostado mi alma a que era Alana la que me miraba con estupor y sorpresa ante mi audaz acometida.
—Permíteme que me disculpe por mi comportamiento de ayer —
proseguí—, mis ojos me traicionaron y te confundieron con otra persona.
La mirada de Valeria se fue sosegando y en sus labios asomó una tímida sonrisa.
—Mi nombre es Salvio Adriano —me presenté con una inclinación de cabeza—, ducenarius de los ejércitos de Roma.
—Encantada —dijo Valeria, reanudando inmediatamente el camino.
—Quizá no hayamos tenido un buen comienzo —comencé a decir, siguiendo apresuradamente sus pasos—, pero tus ojos me dicen que no soy un extraño para ti.
—Lo siento, pero no te conozco —repuso sin detener el paso.
—Espera un segundo, por favor —supliqué.
Valeria se detuvo ante la apremiante mirada de la esclava. La miré a los ojos y sonreí. Ella me devolvió la sonrisa y sus ojos se iluminaron.
—¿Nos conocemos? —me preguntó.
—Ahora sí —respondí atrevido.
—Pero…
—Pero tienes la sensación de que nos conocemos desde hace tiempo,
¿verdad?
Ella asintió.
—Yo también —dije y la acaricié la mejilla.
Una extraña sensación recorrió mi cuerpo. Fue una suerte de hormigueo, una poderosa energía que cruzó mi espinazo y anegó mi ánimo de sentimientos casi olvidados. Durante unos instantes nos miramos sin decirnos nada, no lo necesitábamos. En sus brillantes ojos negros advertí lo mismo que años atrás, contemplé en los ojos de Alana.
— Domina, por favor, debemos irnos —apremió la esclava.
—No lo entiendo —murmuró Valeria—, tengo la sensación de que te conozco desde hace años.
Asentí, entendía perfectamente a qué se refería, pues yo experimentaba las mismas sensaciones. De pronto sentí como una mano oprimía mi hombro como si fuera la garra de un águila. Me giré y un enorme puño golpeó mi rostro haciéndome caer al suelo.
—¡Maldito legionario! —gritó alguien—. ¿No te había dicho que te alejaras de ella?
Desorientado, busqué a Valeria pero no la encontré. Me levanté y otro golpe me hizo caer de rodillas, eché mano de mi spatha en el momento en el que alguien me pateaba el estómago. Me hice un ovillo mientras varias piernas se cebaban conmigo.
—¡Ya está bien! —ordenó la voz.
Mi magullado cuerpo me dolía horrores y no podía levantarme. Alcé la vista y me encontré rodeado de bucelarii. A uno de ellos lo reconocí enseguida. El jefe de aquellos hombres se agachó y me cogió del cabello.
—Mira legionario, me caes bien y por eso te lo advertí. Aléjate de Valeria o el siguiente aviso será el último —amenazó Urso.
—¿Tengo otra opción? —balbuceé, con los labios ensangrentados.
El bucelarius sonrió.
—Sí, pídele su mano al comes —respondió incorporándose—. Quizá hasta te la conceda —añadió, ante las risas de sus compañeros.
Dolorido me levanté y contemplé como Tadio Urso se perdía entre las calles acompañado por sus hombres. A pesar de la paliza que había recibido, mi corazón latía con fuerza y no fue precisamente debido a los golpes sufridos. Sonreí y mi labio roto me dolió. Podría estar equivocado, pero en los ojos de Valeria había reconocido el mismo amor que irradiaban los ojos de Alana. Entre los dos existía una magia, un hechizo, un vínculo
tan invisible como real. Había sido apenas un instante, pero estaba persuadido de que yo no le era indiferente pero… ¿y yo? ¿Cuáles eran mis sentimientos hacia Valeria? ¿Acaso había traicionado a Alana? Habían pasado varios años desde la última vez que estuvimos juntos y no tenía la certeza de volver a verla. ¿Era el momento de rehacer mi vida? Las dudas me embotaban la cabeza, pero de una cosa estaba seguro, quería, necesitaba volver a verla y vive Dios que haría cualquier cosa por conseguirlo.
A duras penas regresé al castrum. Mis compañeros, al ver el estado en el que me encontraba, me acompañaron al valetudinarium. Allí les relaté mis dos encuentros con Valeria y, como no, con el gigante de siete pies.
—¡Pues no hay mujeres en Carthago Nova y tú te encaprichas de la hija del comes civitatis! —exclamó entre risas Arcadio.
—Debes andarte con cuidado, el bucelarius no es de los que se lo piensa dos veces antes de usar los puños —intervino Calero.
—Con ese me las gustaría ver —rezongó Áyax, golpeándose la mano con el puño.
—Tranquilos amigos —dije con una sonrisa—, creo que ella siente algo por mí y eso es lo importante.
—¿Ya te has olvidado de Alana? —inquirió Arcadio.
El recuerdo de Alana volvió a mi mente y mi corazón se entristeció.
—A Alana la amo con locura y siempre la amaré, pero no puedo vivir solo de los recuerdos. Si el destino nos tiene reservado un encuentro futuro, que así sea, pero mientras tanto, debo seguir viviendo sin preguntarme nada más.
Además, en los ojos de Valeria vi el amor y la ternura que solo Alana supo regalarme. Apenas le había visto un par de veces y tenía, teníamos, la sensación de conocernos desde hacía muchos años. Sin duda, algo hermoso y bello había brotado en nuestros corazones. La hija del comes era una nueva oportunidad de ser feliz y esta vez no la iba a dejar escapar por muchos druidas, comites o bucelarii se interpusieran en mi camino.
A veces, la Fortuna se pone de nuestro lado y tres días después de recibir la paliza, fui convocado, como ducenarius de la legio palatina, a una reunión de campaña en la domus del comes. Vestido con mi lorica bien bruñida, con mi rojo sagum colgando de mis hombros y los nervios a flor de
piel, me dirigí a casa de Valerio Aquilio. Allí se encontraban las personalidades más ilustres e influyentes de la ciudad e incluso de la Hispania romana.
Era una noche límpida y cristalina donde las estrellas iluminaban el firmamento con todo su esplendor. El sofocante calor del día había dejado paso a una ligera brisa que traía consigo el aroma del jazmín y las violetas.
Respiré hondo el suave olor de las flores y sonreí. Era una hermosa noche de verano y la esperanza de volver a ver a Valeria me colmaba de alegría y felicidad. Nervioso, llegué al pórtico de entrada de la domus. Me presenté a los milites de guardia y franquearon mi entrada. Crucé el vestibulum y un sirviente me acompañó al atrium y me indicó el triclinio que ocuparía durante la reunión. No tuvo mala idea el comes, era una noche maravillosa y mantener una reunión en el patio central de la domus, bajo la luz de las estrellas y el aroma de las flores, la haría más placentera y, posiblemente, más fructífera.
Debido a mi impaciencia, fui el primero en llegar y me senté en el triclinio en espera de que acudiera el resto de invitados. Los sirvientes, muy diligentes, me colmaban de atenciones y me ofrecían constantemente vino y bandejas con fruta. Uno de ellos, un joven efebo de unos doce años, insistió en ofrecerme una bandeja con uvas, porciones de sandía y dátiles.
Aproveché uno de sus múltiples acercamientos para hacerle una pregunta:
—¿Sabes si la domina Valeria Aquiliaris se encontrará presente en la reunión?
—La domina nunca participa en las reuniones de su padre, prefiere observarlas desde la ventana —respondió, girándose y mirando una ventana que perfilaba una figura femenina.
Hacia allí desvié la vista y la sombra desapareció ocultándose tras la pared. Unos instantes después, surgió la cabeza de Valeria mirando curiosa a través de una ventana entornada. La saludé y ella se volvió a esconder.
—¿Puedes decirle a la señora que deseo hablar con ella?
El siervo arqueó los ojos asustado.
— Domine…
—Creo que ella también desea hacerlo, dile que te indique un lugar donde podamos hablar y que luego te envié a ti para acompañarme.
El joven dudó, no tenía muy claro si debía hacerlo.
—Te aseguro que te estaré eternamente agradecido y la señora, también.
No muy convencido, el siervo se marchó y entró por la puerta que conducía a las habitaciones de Valeria. Aún era pronto y esperaba disponer de tiempo suficiente para poder hablar con ella, aunque solo fueran unos segundos, antes de que comenzaran a llegar los asistentes al consejo. A los pocos minutos apareció la figura del siervo. Me hizo un gesto en la distancia y me apremió para que le siguiera.
Crucé al atrium y entré por una puerta situada en uno de los lados del patio interior. Subimos una escalera de piedra y llegamos a un largo pasillo.
—La segunda puerta a la derecha. Domine, tienes muy pocos minutos antes de que lleguen los invitados —me advirtió suplicante.
—No te preocupes —le dije con una sonrisa.
—Aguardaré en la esquina por si aparece alguien.
Agradecí con un gesto con la cabeza y me dirigí hacia la puerta indicada. El corazón me latía con tanta fuerza que pensé que delataría mi presencia a los guardias del comes. Llamé con cuidado y la puerta se abrió.
Allí estaba ella, vestida con una túnica de lino de blanco. Hermosa, radiante, como una divina Venus surgida de la espuma del mar. Quedé absorto, embelesado ante tanta belleza y me tuvo que coger del brazo para hacerme entrar.
—Estás loco —me dijo en un susurro.
—Loco por ti.
Y sin decir nada más, la besé estrechándola entre mis brazos. Sentí el calor de sus carnosos labios, acaricié su suave cuello y percibí su cuerpo rozando el mío.
—Solo quiero saber si me amas como yo te amo —le dije audaz nada más separar nuestros labios.
—Yo…
Confusa, se apartó de mí dándome la espalda.
—Es algo muy extraño —comenzó a decir—, tengo la sensación de que te conozco desde siempre y eso que apenas nos hemos visto. Quizá… quizá te he visto en sueños… quizá seas un recuerdo de la infancia… no lo sé…
—¿Me amas? —insistí.
Ella miraba por la ventana. Se tocó los brazos como si un escalofrío hubiera recorrido su cuerpo. Se hallaba indecisa, desconcertada. No entendía por qué se hallaba arrastrada por unos sentimientos tan poderosos hacia un hombre al que no conocía.
—No lo puedo entender, pero creo, creo que te he amado toda mi vida… —respondió, girándose con los ojos húmedos.
Una gran sonrisa se perfiló en mi rostro. Me dirigí hacia ella, pero el ruido de unos goznes detuvo mi paso.
—Lo siento domine, pero ya llegan los invitados —me apremió inquieto el sirviente—, debes bajar cuanto antes.
Miré a Valeria y me asintió con la cabeza.
—Te amo —le dije.
Ella me sonrió y asintió con dulzura. Feliz, dichoso por fin, descendí las escaleras como una centella y regresé al atrium, donde ya se encontraban varios de los ilustres invitados. Acompañado por el sirviente, tomé asiento en mi triclinio.
—Siempre te estaré agradecido por lo que has hecho por mí esta noche
—le dije.
—Es un placer servir a la señora.
—¿Cómo te llamas?
—Libio.
Saqué unos de una bolsa y se los di. Intentó rechazarlos pero insistí.
—Amigo, esto es una miseria a cambio de lo feliz que me has hecho, acéptalos, te lo ruego.
Que un oficial de la legión rogara a un siervo no era algo muy usual y mis palabras le debieron causar una gran conmoción, pues cogió las monedas y se marchó con lágrimas en los ojos.
La amaba. Eso le había confesado, yo amaba a Valeria. Y ella también me amaba. Sus ojos y el rubor de sus mejillas así lo revelaban. Pero ¿cómo era posible? Apenas nos habíamos visto… Recordé mi primer encuentro con Alana y mis labios perfilaron una bobalicona sonrisa. Enseguida quedé prendido de aquella enigmática sueva, como ahora me hallaba arrobado por esta hermosa cartaginesa. El amor no requiere de ninguna explicación, solo es preciso dejarse arrastrar dócilmente por él, entregarse a sus designios
para poder disfrutar de sus inmensos favores. El bullicio de los saludos y el ajetreo de los siervos que corrían de un lado a otro portando tinajas de vino y bandejas de comida, me despertó de mis ensoñaciones y observé que en el atrium se encontraban varios oficiales romanos.
—¿Te encuentras bien?
Levanté la vista y me encontré con Severo Naso, el tribuno que comandaba mi legión. Vestido con sus mejores galas, portaba una copa de plata y me miraba con gesto confuso.
—Me encuentro bien, domine -dije, levantándome de un salto.
—Me alegro. Ven —dijo cogiéndome del hombro—, quiero presentarte a alguno de los asistentes a la reunión.
A mi alrededor se encontraba una decena de oficiales romanos. A alguno de ellos ya les conocía: eran ducenarii del primer regimiento de sus respectivas legiones, otros eran primicerii y reconocí a un par de tribunos.
El magister militum Nepociano saludó a Severo Naso levantando huraño su copa y continuó su charla con uno de los primicerii. Nos dirigimos a un grupo de oficiales que charlaban animadamente soltando alguna que otra risotada. Entre ellos se encontraba el jefe de la guardia del comes civitatis, quien fue fácil de reconocer gracias a su altura. Deduje que el padre de Valeria no se encontraría muy lejos. Y así fue. Advertí como Tadio Urso susurraba algo al oído de Valerio Aquilio que me miró con curiosidad.
—Os saludos, señores —dijo Severo Naso nada más llegar al grupo.
Los dignitates saludaron y levantaron su copa.
—Permitidme que os presente a Salvio Adriano, ducenarii del primer regimiento de la legio palatina y veterano de las guerras contra Atila.
—¿Estuviste en Maurica? —me preguntó interesado Valerio Aquilio.
—Así es, domine.
—He oído hablar de ti —dijo mirando a Urso—. Pareces fuerte y sin duda, eres valiente. Espero que la diosa naturaleza también te haya concedido la inteligencia y la prudencia necesarias para evitar que te embarques en infructuosas empresas.
Los oficiales le miraron sin entender a qué se refería, pero yo lo sabía perfectamente.
—Me he enfrentado y vencido al mismísimo Atila. Un honor que pocos de los aquí presentes estamos en disposición de afirmar. Disfruto de una férrea determinación y te puedo asegurar, domine, que ninguna de las empresas en las que me embarco es infructuosa —repliqué, mirándole fijamente a los ojos.
El rostro del comes se contrajo y apretó los puños.
—Veo que el mensaje que te transmitió Tadio Urso no te ha hecho reflexionar. Quizá haya que utilizar otros métodos más contundentes.
—Los moratones que tiene mi cuerpo los curará el tiempo, pero lo que mi corazón siente es tan bello y puro que nadie —miré a Tadio Urso—, por muy grandes que tenga los puños o muy afilada que sea su spatha, podrá dominar.
—¿Acaso te crees digno de ella?
—¿Por qué no lo soy? —le inquirí—. ¿Porque mis orígenes no son ilustres? ¿Porque no poseo ni tierras, ni riquezas? La amo domine y ella me ama, eso es lo que importa.
Todos se miraron sorprendidos por el derrotero que estaba tomando la conversación, y varios oficiales se acercaron intrigados a nuestro grupo. El comes me fulminó con una mirada.
—¡¿Cómo osas decir que Valeria te ama cuando apenas te conoce?! —
me gritó con fuego en los ojos.
— Domine, solo te pido una oportunidad. Pregúntale a tu hija si me ama, si no es así, estoy dispuesto a no volver a verla. En cambio, si soy correspondido, te pido que me concedas la oportunidad de poder cortejarla.
Mi señor —dije conciliador, evitando tensar más una cuerda que amenazaba con romperse—, carezco de riquezas y a Valeria solo puedo ofrecerle mi valor y mi espada, pero soy un buen miles y te demostraré en el campo de batalla o frente a cualquier enemigo, que soy digno de ella.
—Si estás tan seguro de que Valeria no le quiere, pregúntaselo —
intervino Severo Naso.
Los oficiales romanos observaban la escena divertidos. Valerio Aquilio estaba desconcertado y miraba a los presentes en busca de algún apoyo o alternativa para salir del callejón sin salida donde se había metido. Se oyeron un par de voces apoyando la sugerencia de Severo Naso.
—Valeria no puede estar enamorada de él. Es imposible —repuso un oficial.
—Acabemos con esta farsa, que hable Valeria y castiguemos al osado soldado —dijo otro.
El comes desvió la mirada hacia la habitación de su hija y advirtió su sombra traslúcida tras el cristal: Valeria ya estaba al corriente de la discusión. Valerio Aquilio se mesó la barba y ordenó a un sirviente que fuera a buscarla.
Con la cabeza baja y abrumada por la vergüenza, bajó Valeria la escalera de piedra y se puso delante de su padre. Formamos un círculo entorno suyo y la miramos expectantes.
—Valeria, cariño —comenzó a decir su padre—, este miles me ha pedido permiso para cortejarte. Según me ha dicho Tadio Urso, te ha asaltado un par de veces y además tiene la osadía de afirmar que le amas.
Pues bien, dime que no es así y zanjemos esta incómoda situación de una vez por todas.
Valeria respiraba angustiada, sus mejillas se sonrojaron y sus ojos se humedecieron. Durante unos instantes no dijo nada, envolviéndonos a todos con su elocuente silencio.
—Hija mía, puedes hablar con libertad —aseguró el comes con una sonrisa nerviosa. Tadio Urso me lanzó una inquietante mirada que, en esa ocasión, no tardé en reconocer.
Valeria levantó la vista y mirando fijamente al comes dijo:
—Padre, ¿es cierto qué puedo hablar con libertad?
Valerio Aquilio la miró desconcertado. Las miradas de los presentes confluyeron en él. Después de unos breves instantes de indecisión, el comes asintió.
—Sí, le amo.
Un murmullo que no tardó en tornarse en una incontrolada algarabía irrumpió en la silenciosa noche llenándola de risas y de asombro. Los oficiales levantaron su copa y brindaron por la nueva pareja. El magister militum Nepociano me propinó varias palmadas en la espalda felicitándome por la grata noticia. Valerio Aquilio se quedó petrificado y miraba a su hija con estupor sin entender nada. Tadio Urso tenía el ceño fruncido y los
puños muy apretados. Valeria, avergonzada, corrió llorando a su habitación.
Urso susurró algo al oído del comes civitatis y este volvió en sí.
—¡Silencio! ¡Silencio! ¿Debo recordaos que os encontráis en mi casa?
—ordenó iracundo, levantando sus manos. Todos callaron.
El comes comenzó a pasear por entre los oficiales con las manos en la espalda. Desde la ventana de una habitación se perfilaba la hermosa silueta de Valeria. Durante unos instantes Valerio Aquilio permaneció en silencio con objeto de atraer la atención de los presentes. Luego, acompañado por Tadio Urso, se dirigió a mí.
—No tienes riquezas, ni tierras, pero tienes tu espada —prosiguió—.
Dices que con ella te harás digno de Valeria… luchando contra cualquier enemigo, ¿no es así?
Asentí, presagiando la trampa que ocultaban sus palabras.
—Estoy dispuesto a concederte la mano de mi hija —varios oficiales rompieron en gritos y vítores, y el comes levantó la mano pidiendo silencio
—. Pero antes debo estar seguro de que eres la persona adecuada. Si vas a alimentar a mis nietos con el filo de tu spatha, tendrás que demostrar que sabes hacer uso de ella.
—¿Qué sugieres?
—Lucharás contra Tadio Urso.
Un mar de protestas irrumpió desaforado en el atrium. Levanté la vista y busqué a Valeria, pero no la vi.
—¡Los duelos por honor y las luchas de gladiadores están prohibidas!
—exclamó furioso mi tribuno.
—¡Lo que pretendes es ilegal! —bramó un oficial.
—Sería un asesinato —dijo un ducenarii.
—¡Acepto! —exclamé, y un profundo silencio extinguió el fuego de las protestas—. Lucharé contra Tadio Urso, cuándo y dónde quieras. El amor que siento por Valeria me concederá las fuerzas necesarias para vencerlo.
—Pero… —intentó protestar Severo Naso, pero le interrumpí con un ademán.
Una sonrisa de satisfacción brotó en el temible rostro del gigante Tadio Urso y dijo:
— Domine, lo mejor es que esta absurda broma termine cuanto antes. Si nos das tu permiso y el legionario está de acuerdo, nos batiremos en singular combate ahora mismo.
El comes me miró y asentí.
—Sea, formad un círculo —ordenó Valerio Aquilio.
—¡Todo esto es ridículo, el objetivo de este consejo era diseñar una estrategia contra los vándalos, no ser testigos de una lucha a muerte! —
exclamó impotente Severo Naso.
—De ese tema hablaremos después —replicó Valerio Aquilio—. Ahora sois mis invitados, estáis en mi casa y soy la máxima autoridad de la ciudad. Si Nepociano no tiene ningún inconveniente, el combate será esta misma noche.
El magister militum consintió con un gesto con la mano y mirándonos dijo:
—Si ambos contendientes están de acuerdo… —Tadio Urso y yo asentimos—. En tal caso, pueden luchar, pero no a muerte. No nos sobran soldados como para que se maten entre ellos en un descabellado duelo por honor o para ganarse el favor de una mujer… por tanto, quien inflija la primera herida sangrienta al adversario será en vencedor.
—Sea. « Prima sanguinis» [primera sangre] —accedió el comes.
Tadio Urso y yo asentimos de nuevo aceptando las condiciones del combate, pero en los labios del bucelarius asomó una pérfida y ladina sonrisa que sugería que no se conformaría únicamente con herirme.
Valeria, aterrada, contemplaba la escena desde la habitación. Con el corazón encogido por la preocupación, bajó las escaleras como una exhalación y, sumergida en un mar de lágrimas, se arrojó sobre su padre suplicándole que impidiera el combate.
—¡Padre, no le quiero, no le quiero! —exclamó entre sollozos—.
¡Detén esta locura!
Valerio Aquilio miró los suplicantes ojos de su hija y la abrazó con fuerza. Entonces comprendió lo que tenía que hacer.
—Has estado dispuesto a luchar contra mi mejor soldado —comenzó a decir, sin dejar de abrazar a su hija—, para ser merecedor del amor de Valeria, que ha negado que te ama para evitarte un gran peligro —cogió a
su hija de los hombros y sonrió, luego se acercó a mí y me ofreció la mano de Valeria—. Toma su mano, eres totalmente digno de ella. Estoy seguro de que con tu espada mantendrás convenientemente a mis nietos.
—¡Bien por Valerio Aquilio! —gritó un ducenarius, y los vivas y los salves irrumpieron con estrépito en el atrium.
Los saludos, bendiciones y enhorabuenas, se propagaron como el fuego en un trigal y no fueron pocos los que gritaron «vivan los esposos» como si ya nos encontráramos en un convite nupcial. Me sentía dichoso y feliz.
Miré a Valeria, sus mejillas estaban surcadas por lágrimas de felicidad.
De pronto, un desgarrador grito nos distrajo, y desviamos nuestras miradas hacia el jefe de la guardia.
—¡No! —exclamó Tadio Urso. El capitán de los bucelarii desenvainó su espada y se dirigió con gesto amenazante hacía mí—. ¡Valeria debe ser mía!
—Urso ¿qué haces? —preguntó contrariado el comes, interponiéndose en su camino.
El gigante le propinó un fuerte empujón y lo lanzó sobre varios milites, que le agarraron para evitar que cayera al suelo. Me atacó con furia y me lanzó una estocada que con suerte pude esquivar. Un oficial se arrojó sobre él y este le ensartó con su spatha. Llamaron a la guardia que, raudos, le rodearon. Los oficiales observábamos la escena desconcertados. No podíamos creer que el bucelarius más leal entre los leales, hubiera acometido contra su domine. Con los ojos inyectados en sangre, atacaba y se defendía de los guardias, que uno a uno, caían a sus pies manchando de color bermellón el impoluto mármol del pavimento.
—¡Deteneos! —ordené, contemplando el suelo sembrado de cadáveres
—. Está bien Tadio Urso, si así lo quieres, así será.
—¡No! —gritó Valeria, corriendo hacia mí.
Nos fundimos en un fuerte abrazo ante la mirada de odio de Tadio Urso, que permanecía rodeado por varios guardias. La besé y la aparté de mi lado.
Severo Naso se acercó a ella y la consoló entre sus brazos.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo mi tribuno.
Asentí y desenvainé mi spatha. Los bucelarii me abrieron paso y me encontré frente al gigante. Varios soldados retiraron a los heridos y a los
muertos, dejando un reguero de sangre a su paso. Tadio Urso me miraba con los ojos inyectados en sangre. Respiraba con fuerza y sus poderosos músculos estaban tensos, preparados para el combate.
—Así que era eso —le dije—, tú también la amas… pero escondido bajo las temerosas sombras del silencio. Ha debido ser duro para ti. Has pasado horas, días, meses y años junto a ella sin atreverte a desvelar tus sentimientos, ¿acaso nunca tuviste el valor suficiente para confesárselo?
El gigante, enardecido por mis palabras, se abalanzó sobre mí esgrimiendo su espada y profiriendo un aterrador grito. Bloqueé su golpe y con una finta conseguí contraatacar. Tadeo Urso me miró sorprendido, sin duda, me había subestimado. Más prudente y sin bajar la guardia volvió a atacarme una y otra vez. Conseguí detener varias veces sus embestidas, pero se movía rápido y con extrema agilidad impidiéndome contraatacar.
Nuestros cuerpos brillaban de sudor y respirábamos con dificultad, dando fuertes bocanadas con la intención de aspirar todo el aire que reclamaban nuestros exánimes pulmones. Durante unos instantes nos miramos en busca de un punto débil, una guardia baja o algún resquicio donde poder lanzar un mortífero ataque. Jadeábamos exhaustos. Entonces me decidí a atacar. Le lancé una estocada, luego otra. Me encontraba poseído por una energía sobrenatural. El gigante me miraba sorprendido, preguntándose de dónde había sacado esas fuerzas. Con dificultad se defendía retrasando su paso hasta que su espalda se encontró con el frío mármol de una pared.
Acorralado, lanzó un ataque desesperado y bajó la guardia. Fue mi oportunidad. Furioso, con los ojos velados por la excitación, me defendí de su postrera acometida y arremetí contra él en una embestida definitiva. En su desesperación, había descuidado la protección de su costado y le clavé mi spatha, atravesándole de parte a parte hasta que la punta chocó contra la pared. Arqueó los ojos y me miró con sorpresa, entendiendo que pronto rendiría cuentas ante El Todopoderoso. Su espada cayó al suelo y su ruido metálico retumbó en el atrium, un trágico repiqueteo que anunciaba el final del combate. Me aparté de él y extraje mi espada. De su cuerpo brotó un manantial de roja sangre. Tadio Urso, aún desconcertado, se tocó la mortal herida y luego se miró sus ensangrentadas manos. Sus piernas, incapaces de soportar su peso, se doblaron y cayó inerte al suelo.
Valeria corrió hacia mí y me abrazó con fuerza. Jadeante, excitado y sobre todo, agotado, arrojé mi espada al suelo y la abracé. Valerio Aquilio se acercó a mí y me cogió del hombro. Me miraba con orgullo. Pronto me vi rodeado de oficiales romanos que me felicitaron por la victoria.
El consejo se canceló. Después de ese sangriento espectáculo, no tenía lugar la celebración de ninguna suerte de reunión. Finalmente, pocos días después, se reunieron el comes y el magister militum Nepociano.
Como luego nos transmitió el tribuno Severo Naso, nuestros espías les habían informado de que Genserico, el rex Vandalorum, había desistido de su propósito de atacar Carthago Nova. Sin duda, la presencia de las limitanei de Tarraco, arropadas por parte de la legio palatina de Lugdunum, le había disuadido. Roma ya no era tan débil como antaño. No obstante, y para evitar posibles tentaciones del vándalo, Valerio Aquilio exhortó a Nepociano a que dejara parte de sus tropas guarnecidas en Carthago Nova, a lo que este accedió de buen grado pues estaba persuadido del riesgo que suponía la cercana y siempre amenazante presencia de los vándalos. Recibí la noticia de que mi regimiento permanecería en Carthago Nova con una gran satisfacción, pues me permitiría estar junto con Valeria, a quien ya cortejaba desde hacía días con el beneplácito de su padre.
El sol se encontraba en lo más alto del firmamento. Un cielo azul, limpidísimo y bello, nos observaba desde las alturas mientras nosotros, dos enamorados ajenos a todo lo que no fuera nuestro amor, permanecíamos tumbados en una manta sobre la fina y cálida arena de la playa.
El rumor de las olas nos sumergía en un agradable letargo. Nos mirábamos sin decir nada, nuestros ojos brillantes y nuestra sonrisa sincera lo decía todo. La miraba y no podía por menos que recordar a Alana. Si no supiera que era la hija del comes, concluiría que me encontraba ante ella.
Pero no tenía dudas. Yo la quería porque era Valeria no porque me recordase a Alana, aunque su parecido fuera increíble.
—¿En qué piensas? —me preguntó distraída.
Dudé si confesarle mi historia, pero si tenía intención de pasar el resto de mi vida con ella, creí justo que la supiera.
—¿Recuerdas el primer día que te conocí?
—Sí, me confundiste con otra mujer…
Me tumbé boca arriba y observé un cielo azul sin mácula.
—¿Nunca te has preguntado quién era? —le pregunté, girando la cabeza.
Sus ojos se nublaron por la preocupación.
—Creo que no quiero saberlo —musitó, girando el rostro.
—No te preocupes amor mío, no hay nada que temer. A quién quiero es a ti —le dije para tranquilizarla.
Giró su bello rostro y me sonrió.
—¿Quién era?
Volví a tumbarme boca arriba. Necesitaba confesarle todo, pero era incapaz de mirarla mientras lo hacía. Entonces comencé a hablar de Alana sin omitir ni un solo detalle: el exterminio de su pueblo, el ataque de Walder, la aparición del druida… nuestro hijo… la dolorosa separación y, finalmente, su parecido con ella. Cuando hube terminado de relatar la historia, la miré y vi que tenía los ojos vidriosos.
—¿Entonces tienes un hijo? —preguntó entre sollozos.
—Sí, pero al igual que ocurre con su madre, no sé dónde está. Mi presencia les pone el peligro y es mejor que esté separado de ellos.
—¿Eso te dijo el druida?
—Sé que es una historia increíble y en muchos aspectos fantástica, pero así fue como ocurrió. Debo estar apartado de ellos o morirán. Así está escrito.
—¿Y si vuelves a verla? —me inquirió preocupada—. ¿Qué harás?
—La quise con locura, es verdad, pero ahora solo te quiero a ti y siempre te querré. En mi vida no hay ni habrá más mujer que tú.
Se secó las lágrimas con la mano y sonrió no muy convencida. Luego me besó suavemente.
—¿Es tan parecida a mí como dices? —me preguntó.
—Como dos gotas de agua.
Se incorporó y se sentó sobre la manta. Contempló pensativa el mar, embelesada por su suave rumor.
—Yo también he de contarte una historia —confesó de pronto.
Me senté sobre la manta y la miré desconcertado y curioso a la vez.
—Nadie en Carthago Nova lo sabe, pues es algo que ocurrió hace mucho tiempo y muy lejos de aquí —prosiguió—. Mi padre estaba destinado en la cohorte de la Lucensis…
—Conozco la región —la interrumpí.
—Allí había un pequeño castrum que protegía la zona de los ataques de los bárbaros. Al ser un puesto estable, muchos oficiales se casaron y formaron familia. Mi padre se casó, pero mi madre no le dio hijos. Las largas ausencias de mi padre, las campañas militares, la incertidumbre sobre su posible regreso y la profunda soledad, causaron una gran nostalgia en ella. Se sentía culpable por no tener hijos y se arañaba la cara desesperada.
Mi padre la amaba y la consolaba día y noche, pero los ataques bárbaros eran cada vez más usuales y sus ausencias también. Ocurrió una larga noche de invierno. El viento golpeaba con fuerza las ventanas y la nieve impedía transitar por los caminos. Mi padre llevaba más de tres meses de campaña y, posiblemente, no volvería hasta la primavera. Mi madre estaba sola, frente al fuego, bebiéndose sus lágrimas cuando la puerta se abrió de golpe.
Entonces entró mi padre portando un bulto entre sus brazos. Mi madre le miró absorta, pues no le esperaba. Se lanzó hacia él para darle un abrazo pero mi padre la detuvo. Entonces, depositó con cuidado el bulto sobre la cama y se lo mostró a mi madre. Le apartó la manta dejando al descubierto el rostro de una niña de unos tres o cuatro años. Mi madre lloró de felicidad y ambos se fundieron en un abrazo. La pequeña… era yo.
Sus ojos estaban emocionados y se secó una lágrima que corría por su mejilla. La acaricié el pelo y sonreí con tristeza.
—¿Sabes dónde te encontró tu padre?
Valeria negó con la cabeza.
—Un día, cuando ya era lo suficiente mayor para entender, me dijo que él no era mi verdadero padre, pero nunca añadió nada más. Solo que me encontró y que me trató como la hija natural que nunca tuvo. Nunca le pregunté, pues no necesitaba saber. Para mí, mi padre y mi madre fueron mis auténticos padres y nunca me importó que su sangre no corriera por mis venas. Lo único que me dijo fue que mi verdadero nombre era Elena —se detuvo unos instantes y prosiguió con los ojos velados por las lágrimas—.
Yo tenía doce años cuando mi madre murió de una larga enfermedad, desde entonces, mi padre se ha desvivido por mí y jamás nos hemos separado.
—A Alana la conocí en una aldea próxima a Asturica Augusta a pocas millas de la Lucensis…
—Si se parece tanto a mí como dices, puede tratarse de… mi hermana
—arrastró las últimas palabras en un suave susurro, como si temiera haber dicho una insensatez. Pero su suposición no carecía de ciertos indicios de certidumbre.
La observé con más atención, escrutando en su rostro alguna marca, alguna señal que confirmara nuestras sospechas, pero no la encontré. Su parecido era asombroso, pero eso no significaba que fueran hermanas, aunque tampoco negaba lo contrario.
—Alana, Elena… vuestros nombres son muy parecidos… —de pronto, un nombre despertó en mi mente: Lughdyr. Estaba persuadido de que el druida sabría la verdad. Pero negué con la cabeza. Que Alana y Valeria fueran hermanas carecía de importancia. El destino, otra vez el caprichoso destino, por insondables razones, las había separado. Al igual que el fatum me alejó de los brazos de Alana y, ahora, sin conocer el motivo, unía mi calzada a la de Valeria—. Te amo —le dije, desdeñando fútiles conjeturas
—. Para mí, lo importante es estar contigo y vivir el resto de mis días junto a ti. Cualquier cosa que no seas tú, carece de importancia. —Y la besé, dando la conversación por terminada.
Fueron meses maravillosos donde las buenas noticias se sucedían y parecían no tener fin. Valerio Aquilio, carente de jefe que comandara su guardia personal, tuvo a bien que yo ocupase el cargo. No obstante, había vencido al gigante Tadio Urso en singular combate.
Pocas semanas después de mi nombramiento, Valeria y yo nos desposamos y nos mudamos a una pequeña domus próxima al anfiteatro.
Era una hermosa casa constituida por un amplio atrium rodeado de árboles frutales y con un refrescante impluvium en su centro. Por el atrium se accedía a las dos habitaciones, al tablinum, a la cocina y al triclinium, que era lugar donde recibíamos a las visitas. Fue el hogar que nunca tuve y allí viví los años más felices de mi vida.
Recuerdo con gran regocijo y dicha el día que Valeria me anunció que estaba embarazada. La cogí en brazos y giramos dando gritos de alegría.
Mis ojos se emocionaron y ella lloró de felicidad. De pronto, sentí miedo.
Era tan feliz que temía que todo no fuera más que un hermoso sueño. La dejé en el suelo y la abracé con fuerza durante unos instantes. No permitiría que nada, ni nadie me apartara jamás de ella. La amaba con toda el alma.
Ahora que una nueva vida germinaba en sus entrañas, a mis ojos se hallaba más bella y radiante que nunca.
Mas decidí vivir aquel momento con gran intensidad, pues « saepe ne utile quidem est scire quid futurum sit…»[14] [a veces, es mejor no saber lo que pasará].
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