Roma Invicta Est
Capítulo II. La embajada de Mansueto.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
CAPÍTULO II
La embajada de Mansueto.
Et Roma misit legatos Gallaeciam pacem petentes[2].
El verano no había exhalado su último aliento, pero una suave y refrescante brisa acariciaba nuestros sudorosos cuerpos mientras nos ejercitábamos con la spatha. Yo me batía con Arcadio, mientras Calero hacía lo propio con un galo llamado Vedio Quirico Nabor, pero al que nosotros llamábamos Áyax, por su extraordinario parecido con el mítico guerrero aqueo descrito por el inefable Homero en la Ilíada. Para no infligirnos heridas más graves de lo que un simple entrenamiento aconsejaba, usábamos espadas de madera.
Nunca había vencido a Arcadio en combate, mucho más diestro y hábil que yo, y esa fresca tarde, no iba a ser distinta. Se empleó con un considerable ímpetu y sudó más de lo normal, pero una vez más, acabé en el suelo con la espada de madera de Arcadio amenazando mi cuello. Cuando me incorporé, advertí que estábamos rodeados de legionarios que, una vez concluido nuestro combate, rompieron en vítores aclamando a Sextilio Arcadio, que levantaba los brazos triunfante, disfrutando de su instante de gloria. Calero, que hacía tiempo que había concluido su particular duelo, se nos acercó mostrando una gran sonrisa.
—¡Menudo combate! —exclamó excitado—. Todos hemos abandonado nuestros entrenamientos para observaros.
Sonreí a mi amigo y repuse:
—Será por ver luchar a Arcadio, yo simplemente he intentado defenderme de sus acometidas.
—¡Ja, ja, ja! —rio el interpelado—. No seas modesto, he sudado para vencerte. Si sigues entrenando así, quizá algún día consigas vencerme.
—Ya, pero yo puedo presumir de esto —le dije con sorna, levantando mi camisola y mostrándole la cicatriz que lucía en mi costado, como un recuerdo indeleble de la batalla de Maurica.
La miró y sonrió.
—Algún día tendré no una, sino decenas de cicatrices como esa surcando todo mi cuerpo y me recordarán las batallas en las que he participado y a todos los enemigos que he matado —replicó, señalando mi cicatriz con la espada de madera.
—Ya son ganas de tener el cuerpo hendido por horribles cicatrices —
farfullé, dándole unas palmadas en el hombro—. ¿Y tú qué tal con el galo?
—pregunté a Calero.
—Mira —me respondió, levantando la manga de su camisa y mostrando un enorme moratón en su brazo izquierdo.
—Uf, eso debe doler.
—Solo cuando me tocan —confirmó Calero con una sonrisa.
Varios milites se acercaron a nosotros para felicitarnos por el combate con palmadas en la espalda y apretones de antebrazos. Arcadio disfrutaba de una gran estima en el castrum. Había demostrado ser fuerte como un caballo y escurridizo como una anguila. Calero también era conocido en el cuartel por su habilidad para recitar a los clásicos o por solucionar ciertos asuntos contables de algún que otro centenarius. En cambio yo, en las pocas semanas que llevaba en el campamento de Aecio, había pasado completamente desapercibido y era simplemente conocido como aquel que acompañaba al sabio de Lucio Calero o al valiente de Sextilio Arcadio. Por tal motivo, me sorprendió ser requerido por el circitor de mi regimiento nada más llegar a mi tienda, pues el general requería mi presencia. Aún recuerdo con agrado el gesto de sorpresa, y quizá de envidia, que esbozaron los rostros de mis amigos.
—El magister utriusque militiae quiere hablar conmigo, no con vosotros, legionarios de segunda —les espeté, henchido de orgullo, mientras buscaba una jofaina para asearme.
—¿Para qué demonios querrá hablar contigo? —preguntó Arcadio rascándose la cabeza.
—En cuanto salgas de la reunión, ya puedes venir aquí inmediatamente y contárnoslo todo —dijo Calero, siguiéndome de un lado a otro de la tienda.
Pero yo no les escuchaba. Ni siquiera recordaba dónde estaba mi catre de lo nervioso que me hallaba. Rápidamente cogí la jofaina, vertí un poco de agua en una palangana y me limpié el sudor que bañaba mi cuerpo.
Luego, me ceñí la túnica con el cingulum militare y protegí mi pecho con la lorica rasgada. Me calé el yelmo y, despidiéndome de mis amigos, partí hacia el praetorium. Froté mis sudorosas manos, temblorosas ante el inminente encuentro con el general. Reunirse con el magister utriusque militiae era un honor a los que muy pocos pedes estaban llamados. Pero una profunda inquietud, semejante a un aciago presagio, tornaba la dicha en incertidumbre. Inmerso en mis pensamientos llegué a la entrada del praetorium. Me identifiqué al circitor y después de una breve espera me hizo pasar a una antesala donde me recibió un oficial galo perteneciente a la guardia personal del general, que respondía al nombre de Traustila.
—¿Eres Salvio Adriano? —me preguntó.
—Sí, domine —respondí.
—Acompáñame —ordenó.
Seguí al oficial de la guardia personal de Aecio, un hombre fornido, curtido en mil batallas, con el cuello de un toro y los brazos anchos como piernas. Portaba el yelmo con penacho en su brazo izquierdo dejando ver un pelo oscuro muy corto y ligeramente cano. Tenía la piel tostada, los ojos claros como la miel y la frente amplia y ajada. Una cicatriz en el cuello atestiguaba lo cerca que había estado de la muerte. Contemplé la cicatriz, y pensé que a Arcadio le habría encantado tener una igual. Mis labios esbozaron una sonrisa y el oficial me miró: mi sonrisa se desvaneció con la misma velocidad con la que había aparecido. Calculé que tendría poco más de cuarenta años y decenas de muertes a sus espaldas. Y las que aún le quedaban por segar.
Atravesamos un largo pasillo hasta que llegamos a una gran puerta de madera. Traustila la abrió y me ordenó entrar, después entró él cerrando la
puerta a su paso. La sala era amplia y luminosa. Estaba sobriamente decorada con varias sillas de madera, una gran mesa en el centro y el busto en mármol de un emperador que no conseguí identificar. Aecio contemplaba distraído el castrum a través de uno de los ventanales que iluminaba la estancia. Vestía uniforme militar y cubría sus hombros con un paludamentum. Observé que calzaba las botas largas de cuero propias de los hunos. A su lado se encontraba el comes Hispaniarum Mansueto. El comes era un hombre maduro, de rasgos recios y mandíbula angulosa. Al igual que Aecio, vestía túnica militar con lorica y colgaba de sus hombros el paludamentum distintivo de su alto rango. Unos postreros rayos de sol iluminaron sus corazas y las lamas de metal refulgieron confiriéndoles rasgos irreales, casi divinos.
—Te saludo, legionario —dijo Aecio, cogiendo un vaso y sirviéndose un poco de vino.
—Te saludo, Salvio Adriano —intervino Mansueto. Me sorprendió que aún recordada mi nombre.
Tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar. Me hallaba sobrecogido ante la presencia de aquellos hombres, y me limité a cuadrarme en un gesto marcial.
—Descansa. ¿Te apetece un vaso de vino? —me preguntó el magister utriusque militiae.
Me sorprendió su ofrecimiento, pues yo no era más que un simple y vulgar pedes. Su amable gesto, en lugar de tranquilizarme, me preocupó: las prerrogativas que conceden los poderosos nunca son gratuitas. Aecio me miró y sonriendo me preguntó:
—¿Acaso no sabes hablar?
—No, domine, quiero decir: sí, domine —balbuceé.
Mi cuerpo temblaba convulso y mi mente se hallaba tan abotagada que temí prorrumpir en alguna otra insensatez.
Unas risas provenientes de una de las esquinas de la estancia llamaron mi atención. Hasta ese momento, estaba tan abobado, tan ensimismado ante la imponente presencia de tan egregios dignitates, que no había reparado en que otra persona se encontraba en la sala. Me sentí azorado ante las risas del desconocido.
—Optila, no ofendas a nuestro invitado —le espetó el general, fingiendo enfado.
—Lo siento —dijo entre lágrimas el desconocido, encaminándose hacia la mesa con la intención de servirse un vaso de vino—. Si tú no quieres, yo sí.
—Gracias, domine, aceptaría de buen grado el vaso de vino.
Mis palabras brotaron de mis labios de forma descontrolada, pero con una autoridad y una confianza que dejaron atónitos a los presentes.
Optila volvió a romper en carcajadas y me sirvió el vino. Cuando se acercó, pude identificarle como otro oficial galo de la guardia personal de Aecio.
—Toma, legionario, y descansa, estás entre amigos —dijo, tendiéndome el vaso de vino con una sonrisa.
Posiblemente compartiría la misma edad que Traustila y sería algo más joven que Aecio. Tenía el cabello corto y rubio, y su encrespada barba ocultaba un rostro de rasgos angulosos. De complexión fornida, sus ojos revelaban una férrea lealtad y una inquebrantable dignidad. El soldado idóneo a quien encomendar las misiones más delicadas y peligrosas.
Tomé el vaso y bebí.
—No es tan dulce como los vinos hispanos, pero no está del todo mal
—dijo Optila.
—No, domine, pero comparado con los vinos de la Bética cualquier otro no es más que agua mezclada con zumo de uva —repliqué, con excesiva audacia.
—Es cierto —intervino Mansueto—. Pero no te hemos hecho llamar para conversar de las virtudes de los vinos hispanos, amigo Adriano.
Los cuatro hombres tomaron asiento junto a la mesa y el comes Hispaniarum, con un gesto, me invitó a hacer lo propio. Tragué saliva y mis entrañas se revolvieron quejumbrosas, como si hubiera bebido vinagre.
Durante unos instantes nadie habló, y quedamos sumidos en un incómodo silencio. Me hallaba desconcertado y algo asustado. Desvié la vista por la sala sin atreverme a mirarles a los ojos. Desconocía qué hacía allí, sentado delante de aquellos aguerridos soldados de mirada recia y profunda. Enlacé
mis dedos para evitar que el temblor de mis manos delatara mi inquieto ánimo.
—En Maurica me salvaste la vida —comenzó a decir Mansueto, rompiendo el espeso silencio, lo cual agradecí soltando un suave resoplido
—. Te dije que jamás lo olvidaría, y yo soy hombre que suele cumplir sus promesas —cogió un vaso y bebió un largo trago de vino—. He hablado con Aecio —dijo mirando al magister utriusque militiae—, y hemos convenido en que tu hazaña merece ser recompensada.
—Tu comportamiento en el campo de batalla no nos pasó desapercibido
—intervino Aecio—, y no me refiero solo al hecho, no por ello menos importante, de salvarle la vida al comes Hispaniarum.
— Domine —dije, azorado—, hice lo tenía que hacer, lo que cualquier miles hubiera hecho.
—¿Acaso no fuiste consciente de lo que ocurrió? —me preguntó Optila, y negué con la cabeza.
A los labios de los cuatro hombres asomó una sonrisa.
—Recuerdo que luchamos contra los bárbaros y que apoyados por los visigodos…
—No, no, no, definitivamente no has reparado en lo que en verdad sucedió durante aquella batalla —me interrumpió Aecio levantándose de la silla.
Le miré desconcertado, sin acertar a comprender sus palabras.
—Después de salvarle la vida a Mansueto —prosiguió—, avanzaste al encuentro de las tropas hunas acompañado por un puñado de milites. Aún desconozco si fue un gesto valiente o insensato, pero lo cierto es que os enfrentasteis a los bárbaros apoyados por los jinetes visigodos. Los hunos advirtieron una magnífica ocasión para aniquilaros y cientos de jinetes de ojos rasgados, cabellos lacios y olor a cloaca os embistieron. Entonces, apareció un legionario romano carente de rango y mando, y comenzó a dirigir tanto a romanos como a visigodos. Los hunos os atacaron con fiereza no una, sino varias veces y vosotros repelisteis cada uno de los envites causándoles numerosas bajas. El legionario parecía intuir por dónde iba a atacar el enemigo y movía las pocas tropas con las que contaba con rapidez y cordura. Cuando nos disponíamos a intervenir, advertimos que Teodorico
se dirigía a socorreros con sus spatharii, entonces ordené a mis tropas que se detuvieran —los brillantes ojos del general se velaron— con la intención de que los bárbaros se matasen entre ellos, que los hunos luchasen con los spatharii y se infligiesen mutuamente una implacable carnicería. Por el bien de Roma, y con el corazón en un puño, tuvimos que sacrificaros. ¡Pero sobrevivisteis, vive Dios! —exclamó, levantando el puño en alto—.
Teodorico murió, pero vosotros salvasteis el honor de las legiones romanas.
Entonces apoyó su mano sobre mi hombro y me dijo:
—Ese legionario eras tú.
Mi mente evocó la batalla. Hasta ese momento no había reparado en que Aecio no acudió en nuestro auxilio cuando más lo necesitábamos, cuando nos hallábamos hostigados por centenares de hunos. Pero nada tenía que recriminarle, pues bien que hubiera sacrificado mi vida por el bien de Roma. La audacia de los jóvenes es tan impetuosa como insensata, y en su ignorancia es difícil ordenar racionalmente ciertas prioridades. Es cierto que recuerdo como daba órdenes a unos y a otros, y como todos las obedecían sin cuestionarlas. Pero no le concedí importancia. Simplemente hice lo que estimé más oportuno, y así se lo transmití a Aecio, que con un asentimiento me dijo:
—Durante la batalla resplandece con todo su fulgor el valor de los héroes o el temor de los cobardes. Es cuando revelamos qué somos y qué sentimientos habitan en nuestros corazones —hizo una leve pausa para que sus palabras asentaran en mi mente como una sólida argamasa, y prosiguió
—: Solo hay dos formas de enfrentarse a la Parca: arrojándose con decisión hacia ella, sin apartar la vista de sus vacías cuencas, o huir como un medroso desprendiéndose de la espada y del escudo.
—¿Esta es la razón por la cual ahora estoy aquí? —pregunté.
—Es uno de los motivos —respondió Mansueto—. Como he comentado antes, tu comportamiento frente los hunos merece ser recompensado. Con tu ascenso, los milites entenderán que Roma premia a los héroes que arriesgan sus vidas por defender nuestras limes.
—¿Mi… mi ascenso? —balbuceé.
—Por tu demostrado valor en combate y por salvar la vida de Mansueto, perfectissimus comes Hispaniarum, te he ascendido a centenarius —dijo
Aecio.
Durante unos instantes permanecí absorto ante las palabras del magister utriusque militiae. Hacía unos meses era un simple tiro que recibía instrucción en las limitanei de Tarraco, y ahora me había convertido en un oficial con cien soldados bajo mi mando. Negué con la cabeza incapaz de asumir tal cargo. No era más que un pedes, un legionario raso con solo una batalla a sus espaldas. No merecía tal distinción, y así lo manifesté.
— Domini, os agradezco la alta estima que me profesáis —comencé a decir mirando a los ojos a aquellos valerosos oficiales—, pero no creo que sea la persona adecuada para dirigir a cien milites. Carezco de la experiencia y de las habilidades de mando necesarias. Sería responsable de la vida de cien hombres y sus muertes caerían sobre mi conciencia como una pesada losa.
—Son más o menos los que dirigiste, sin ser consciente de ello, en Maurica —intervino Traustila—. ¿Y cuántos murieron a pesar de que los hunos os superaban en número? Estás perfectamente capacitado para comandar cien legionarios, incluso doscientos si me apuras. Ten confianza en ti, pues nosotros la tenemos.
Las palabras del galo me infundieron nuevos ánimos. Era consciente de la deferencia que aquellos oficiales me estaban dispensando, pues no era fácil en la legión alcanzar el rango de centenarius. Solo existían tres vías por las cuales un miles podría ser ascendido: después de haber servido durante quince años como legionario; tras diez años de servicio como guardia imperial en las scholae palatinae; y por nombramiento directo al haber servido como magistrado, proceder de una familia ilustre o por méritos militares.
—No obstante, no consideres que somos tan insensatos como para arrojarte a una horda de bárbaros comandando cien milites. No nos sobran precisamente los soldados —matizó Aecio con una sonrisa—. Confiamos en que tu primera misión sea plácida y tranquila.
—¿Mi primera misión? —pregunté.
El comes Hispaniarum bebió un trago de vino y dijo:
—Hace dos años, los suevos y los visigodos establecieron una alianza para contrarrestar el pacto firmado entre el Imperio y los vándalos. Para
reafirmar dicho acuerdo, Teodorico le ofreció al rey de los suevos la mano de una de sus hijas. Requiario fue al encuentro de su prometida y, de camino a Tolosa, arrasó la región de la Tarraconense, sometiéndola al saqueo y a la depredación. Pero en su regreso, aliado con un bagauda de nombre Basilio, atacó Turiasso, acabando con la vida de León, el obispo de la ciudad. No satisfechos con ello, se apoderaron de Ilerda, y capturaron a centenares de hispanorromanos condenándoles a la esclavitud.
—El emperador nos ha encomendado la misión de firmar la paz con los suevos con el fin de que abandonen nuestro territorio y regresen a la Gallaecia, pues tras la batalla contra las huestes de Atila nuestros ejércitos se hallan muy mermados y no pueden abarcar todas nuestras provincias —
dijo Aecio.
—Los territorios del Imperio son inmensos pero nuestras tropas limitadas —intervino Optila—. El emperador ha considerado que es preferible llegar a un acuerdo con Requiario que tener que desplazar nuestras legiones desde la Galia, donde sin duda son imprescindibles para disuadir a los bárbaros del Norte.
Las correrías del rey suevo por nuestras tierras eran conocidas, así como su desmesurada codicia. Hispania, sin legiones romanas que la protegieran, se hallaba a merced de las mesnadas bárbaras, que saqueaban envanecidas nuestras indefensas ciudades, causando una gran devastación y sufrimiento.
—Pronto partirá una delegación diplomática a Bracara Augusta —dijo Aecio—. Estará encabezada por Mansueto y será escoltada por Optila, Traustila y por ti, Adriano, pues así lo ha solicitado Mansueto.
—Mi seguridad no podría estar en mejores manos —terció el comes Hispaniarum, levantando su copa.
Asentí agradecido sin saber muy bien qué decir, abrumado por unos acontecimientos que se sucedían atropelladamente confundiendo mi abotagada mente. Entonces recordé a mis amigos Arcadio y Calero. Junto a ellos me sentía más seguro y confiado, y con voz temblorosa dije:
—Me gustaría solicitar permiso para que mis compañeros de armas Sextilio Arcadio y Lucio Calero me acompañen en esta misión.
Aecio miró a Mansueto requiriendo su aprobación, y este se limitó a alzar la mano con indiferencia.
—Sea. Irás con tus amigos si eso te complace.
—Gracias, domine.
—Es vital que las negociaciones con Requiario sean exitosas y concluyan con la firma de una paz estable —prosiguió Aecio, desdeñando banales peticiones—. Por ello, y para que Requiario entienda que los visigodos, a pesar de su alianza, siguen siendo foederati del Imperio, en esta embajada os acompañará el príncipe Eurico, hermano del rey Turismundo.
Según he acordado con el rex Gothorum, el príncipe terciará por los intereses de Roma, anteponiendo el foedus firmado con el Imperio, al pacto convenido con los suevos.
—Iremos a Tolosa donde Eurico se unirá a nuestra delegación, desde allí atravesaremos Hispania hasta Bracara Augusta, la capital de los suevos
—concluyó Mansueto.
—Seas bienvenido, Salvio Adriano, centenarius de Roma —dijo Optila levantando su copa.
Y los oficiales y los generales levantaron sus copas y brindaron por el éxito de la embajada. Yo apenas bebí un pequeño sorbo, mi garganta estaba seca y bloqueada por un torbellino de emociones. Mis manos todavía temblaban ante la imponente presencia de aquellos ilustres hombres. Exhalé un largo suspiro asumiendo mi nueva condición y rogué al Todopoderoso el estar a la altura de lo que las circunstancias exigían.
Optila me sugirió que marchara cuanto antes a los almacenes y solicitara al biarchus el uniforme propio de mi nuevo rango. Acepté su propuesta y regresé a los barracones ataviado con la lorica y la túnica militar que me identificaban como centenarius. Mis amigos parpadearon confusos nada más reparar en mi presencia, para posteriormente hostigarme con preguntas acerca de los motivos por los cuales había alcanzado tan alto rango en tan poco tiempo. Después de dar las explicaciones oportunas, les hice partícipes de que ellos me acompañarían a Bracara Augusta, noticia que recibieron con satisfacción, pues su sangre era joven y hervía ante la perspectiva de disfrutar de nuevas aventuras.
En dos días encaminamos nuestros pasos hacia Bracara Augusta, en la Gallaecia. La delegación estaba protegida por un destacamento de cien legionarios, entre los que se encontraban el gigante Áyax y varios catafractos sármatas, que cabalgaban en sus poderosos caballos, protegidos hasta la testuz por escamas metálicas. Varios milites, alguno de ellos semissalis, me miraban con desconfianza y sin ocultar cierta animosidad. Se trataba de soldados veteranos con largos años de servicio a sus espaldas que, a pesar de haber derramado su sangre por el Imperio, lo único que habían conseguido era cobrar un salario algo superior al de un simple soldado, siendo relegados de cualquier suerte de ascenso. De entre todos ellos, había uno, de nombre Demetrio Tancino, que no dejaba de lanzarme furtivas miradas de soslayo cargadas de inquina. Tendría unos treinta y cinco años, era un hombre fuerte, de rasgos angulosos y barba espesa. Lucía varias cicatrices en la faz y en los brazos. Era diestro con la espada y con la jabalina, la cual lanzaba con precisión y contundencia. A pesar de tratarse de un gran soldado, su carácter irascible y pendenciero le habían cerrado las puertas de la promoción en no pocas ocasiones. Como supe más tarde, hacía poco tiempo que había solicitado de nuevo un ascenso, pero su petición fue nuevamente rechazada. Demetrio Tancino consideraba que se merecía el reconocimiento de sus superiores, pero, cuando se lo negaron, la ira nubló su razón y perdió todo entendimiento. Según me contaron, ese mismo día acudió a un lupanar y herido en su orgullo, derramó su cólera sobre una prostituta hasta dejarla casi muerta. Y ahora sufría el escarnio de servir a las órdenes de un bisoño que había sido ascendido directamente por el propio Aecio. Supongo que sus vísceras se revolvían inquietas preguntándose a qué era debida tan amarga injusticia.
Nos encontrábamos próximos a la ciudad de Tolosa, anochecía y acampamos en una explanada próxima a un gélido riachuelo. Después de ordenar las guardias, Optila se había sentado solo en uno de los muchos fuegos que encendimos para preparar la cena. Traustila charlaba con varios milites de forma distendida, pues no dejaban de reír. Advertí una inmejorable oportunidad para hablar a solas con Optila, de quien me había granjeado cierta simpatía durante la marcha. Así pues, dejé a mis amigos
calentando pedazos de carne en el fuego y me dirigí hacia el rubio oficial galo.
—Te saludo, domine —dije, golpeándome el pecho con el puño.
—Tranquilo muchacho no estamos en el campamento —dijo Optila, haciendo un ademán con la mano.
—¿Puedo sentarme?
—Por supuesto —concedió el galo.
Tomé asiento junto a él y me ofreció un pedazo de carne que había puesto al fuego. No tenía hambre, pero habría sido una descortesía rechazarlo. Era una fresca noche sin luna y las estrellas nos acompañaban con su débil fulgor, concediendo a nuestras fatigadas almas un instante de paz y quietud. Pero Optila no descansaba. La responsabilidad de ese viaje era inmensurable, y aunque se trataba de un hombre de carácter jovial y alegre, las arrugas de su frente delataban una insoportable preocupación.
Golpeó suavemente el fuego con una rama y pequeñas brasas centelleantes iluminaron sus ojos, que me advirtieron de que su mente se hallaba muy lejos de aquella pradera. Entonces decidí romper el silencio.
—Son numerosos los peligros que acechan al Imperio —dije, sin apartar la vista del fuego—, pero si nuestro magister utriusque militiae ha vencido a los hunos, estoy convencido de que también derrotará a los suevos si estos no aceptan el tratado de paz.
A los labios del galo brotó una áspera sonrisa y dijo:
—No nos engañemos, en Maurica vencieron los visigodos, no nosotros
—sus ojos brillaron reflejando las llamas de la hoguera—. Aecio urdió una proverbial estratagema que nos permitió vencer a las huestes de Atila sin sufrir apenas pérdidas en nuestras filas, cargando en las espaldas de los visigodos el peso de la batalla. Fueron ellos los que se enfrentaron a las disciplinadas tropas del rey ostrogodo Valamiro y a las huestes de Atila, soportando enormes bajas. En cambio, nosotros luchamos contra los agotados gépidos y los burgundios, que eran poco más que salteadores de caminos algo organizados.
Levantó la vista y mirándome a los ojos prosiguió:
—Cuando tus compañeros y tú os encontrasteis en terreno enemigo secundados por un puñado de jinetes visigodos, Teodorico acudió en
nuestra ayuda arropado por sus spatharii, y Aecio advirtió una excelente oportunidad de deshacerse de un buen número de soldados de élite visigodos, dejándoles a merced de hunos y ostrogodos. Con lo que no contaba Aecio era con que Teodorico, el leal aliado de Roma, moriría en el ataque. Entonces, Turismundo, ávido por vengar la muerte de su padre, se lanzó contra los ostrogodos y demás bárbaros mientras nosotros nos limitamos a rematar a los heridos o a perseguir a algún que otro gépido rezagado. Al final del día la victoria había sido nuestra, tanto de visigodos como de romanos, pero las bajas de los primeros fueron infinitamente superiores a las nuestras. La histórica batalla de Maurica fue una encarnizada y despiadada lucha de bárbaros contra bárbaros, al igual que los lobos se enzarzan a dentelladas por ganarse el favor de una hembra o los despojos de un cordero muerto.
Reflexioné sobre sus palabras, y comprendí que Optila había descrito con precisión el devenir de la batalla: nosotros regresamos casi incólumes a nuestro castrum de Lugdunum, mientras los visigodos sacrificaron miles de hombres, incluyendo a su propio rey. Pero una duda ya olvidada resurgió de nuevo en mi mente, y arrojando una rama al fuego pregunté:
—Pero ¿por qué no capturamos a Atila cuando tuvimos una inmejorable oportunidad para hacerlo?
El galo se mesó pensativo la barba como si escrutara en su mente la respuesta adecuada y después de unos instantes dijo:
—A Turismundo no le entusiasmó precisamente el foedus que su padre Teodorico firmó con el Imperio. Para él, Roma no es un aliado, sino un grandioso botín, una presa fácil de apresar y devorar. Es consciente de la fragilidad del Imperio e intuye que un soberano con valor y tropas suficientes podría destruirlo simplemente con proponérselo. Pero antes ha de exterminar a los molestos hunos. Ellos sí que son el enemigo, ellos sí que son peligrosos. Llegaron de lejanas estepas con sus pelos largos, lacios, y sus finos bigotes negros, montados en sus pequeños y veloces caballos, sembrando el terror y el caos allá por donde sus corceles hoyaban la tierra.
Aecio estaba persuadido de que, si los hunos desaparecían, los días de Roma estarían contados y no le faltaría tiempo a Turismundo para organizar sus tropas y cruzar las limes del Imperio, violando la alianza firmada por su
padre. Curiosamente, el magister utriusque militiae necesitaba al rey de los hunos con vida y por eso se negó a lanzar un ataque directo contra su campamento con el pretexto de que provocaría numerosas bajas y que sería preferible asediar a los hunos y forzar su rendición por hambre y sed. Como sabes —continuó diciendo—, Turismundo se negó, y envió a sus tropas al asalto de la empalizada bárbara, pero fueron masacrados por los arqueros hunos. Tras su ataque fallido, el nuevo rex Gothorum entró en razón y aceptó el plan propuesto por nuestro general.
El galo esbozó una gran sonrisa y negando con la cabeza prosiguió:
—Aecio es astuto como un zorro y envió un emisario a Turismundo, informando de que Teodorico, su hermano menor, había abandonado el campamento dirigiéndose a Tolosa. Turismundo, receloso y desconfiado como era, temió que su hermano hubiera marchado hacia la capital del regnum Gothorum con el propósito de proclamarse rey y desmontó el asedio marchando raudo hacia Tolosa. Pero lo cierto es que Teodorico se encontraba en el praetorium invitado por nuestro general. Cuando el joven príncipe supo de la marcha de Turismundo, entró en cólera por no avisarle y Aecio le persuadió para que permaneciera en el castrum donde, sin duda, estaría más seguro.
Nuestro audaz magister utriusque militiae, en la batalla de Maurica, había vencido a los hunos y reprimido la codicia expansionista de los visigodos que, atemorizados por la presencia de Atila, no quebrantarían el foedus alzando sus huestes contra Roma. Curiosamente, el rey huno era más beneficioso para el Imperio vivo que muerto.
—Roma se derrumba y a Aecio se le agota el tiempo… —prosiguió Optila. Sus ojos revelaban un profundo pesar y abatimiento, como si después de intentar cruzar a nado un iracundo río se hundiese en las oscuras profundidades justo cuando su mano se prestaba a alcanzar la orilla—.
Nuestro general ha vencido en cientos de batallas, ha llegado a acuerdos con los bárbaros, ha protegido las limes del Imperio, pero poco más puede hacer. A Roma le faltan milites como tú —dijo, mirándome a los ojos—.
Apenas somos un puñado de legionarios, querido amigo y necesitamos que aflore lo mejor de nuestros hombres para forjar los héroes del futuro.
—¿Acaso ya no hay soldados dispuestos a luchar y morir por el Imperio? —repuse ignorante.
Optila me miró con una mezcla de lástima y ternura.
—La legión de Aecio está constituida por veteranos —prosiguió, mirando a Traustila, a los curtidos sármatas y a los semissalis—, y novatos
—añadió, mirando a Calero, Arcadio, Áyax y al resto de milites que componíamos la delegación—. Ya no hay jóvenes en nuestras filas. ¿Y
sabes por qué? —preguntó de forma retórica, pues no tardó en responder—: Porque están muertos o confinados en monasterios e iglesias. Los bárbaros disponen de innumerables tropas y por cada soldado que pierden otro acude de lejanas estepas o heladas tierras y ocupa su lugar, pero nosotros no.
Nosotros somos incapaces de recomponer nuestros numeri, e inmensamente más débiles después de cada batalla.
Negué con la cabeza sin dar pábulo a lo que estaba escuchando. Que la supervivencia de Roma dependiera de Atila era del todo alarmante, pues el huno, una vez hubiera lamido sus heridas en los cuarteles de la Panonia, regresaría más furioso que nunca. Un rey agraviado es tan peligroso como un jabalí lastimado por la lanza del cazador, ambos se revuelven furibundos descargando su desmesurada cólera contra aquellos a los que hace responsables de su afrenta.
—Si al menos en Rávena gobernara un buen emperador… —masculló entre dientes Optila. Sus mandíbulas apretadas delataban que tuvo que reprimirse para no prorrumpir en un comentario desleal. Durante unos instantes permanecimos en silencio, observando como el fuego lamía los leños tornándolos en incandescentes pavesas. Observé sus vidriosos y tristes ojos, afligidos después de tantos años de estéril lucha, pero que mostraban el incombustible fulgor que concede una remota esperanza. El galo se hallaba exhausto, con el corazón lacerado por la decepción y el fracaso, pero ni mucho menos derrotado.
Desvió la vista y me miró, cogiéndome del hombro como si adivinara en qué estaba pensando, y me dijo:
—Ve con tus amigos y descansa, nos espera un viaje muy largo.
Me incorporé y le saludé llevándome el puño al pecho.
—Salve, Optila.
El galo me miró y asintió con una sonrisa.
—Salve, Salvio Adriano.
Era una noche oscura, pero juraría que su rostro brilló horadado por las lágrimas. Meditabundo, encaminé mis pasos al fuego donde se hallaban mis compañeros. Allí, Calero reclamaba toda la atención, pues estaba declamando un poema de Claudio que versaba sobre las hazañas del general Flavio Estilico y sus innumerables victorias sobre los bárbaros. Varios milites y auxiliares sármatas le miraban en silencio. Escuchar antiguas historia de la otrora gloriosa Roma, reconfortaba tanto a veteranos como a noveles, proporcionándonos la ilusión, aunque fuera efímera, de que otro mundo era posible.
Cruzamos las murallas de Tolosa poco antes del atardecer, cuando el sol se ocultaba tras los altos pinos alargando las sombras y tiñendo el cielo con una tonalidad rojiza similar al color de la sangre. Se trataba de una ciudad formidable, de recias murallas de piedra, altas torres de vigilancia y bien guarnecida de soldados. Las calles estaban atestadas de gente que nos observa con curiosidad, desprecio y temor. Los visigodos eran nuestros aliados, pero en aquellos confusos tiempos las alianzas eran tan volubles como las atenciones de las ingratas hetairas, que siempre acaban dispensando sus esmerados cuidados a quien más paga por disfrutarlos. Y el vulgo que habitaba aquella ciudad bien que lo sabía.
Entramos en el castillo y varios spatharii nos escoltaron a las caballerizas. Allí dejamos nuestras monturas, al cuidado de diligentes palafreneros bárbaros. Después, mientras Mansueto y los galos se presentaban al comes domesticorum, nos dirigimos a los barracones militares, donde los visigodos nos ofrecieron una suculenta cena a base de cerdo asado, pan de trigo y vino galo. De momento, nuestros anfitriones nos estaban agasajando con todo tipo de consideraciones.
Degustaba las viandas sentado con Calero, Áyax y Arcadio en una bancada, cuando, justo a mis espaldas, escuché como alguien eructaba con entusiasmo.
—Sí amigos míos —rezongó Demetrio Tancino al grupo de cuatro semissalis que le acompañaba—. Ahora Roma recompensa a los niños de rasgos agraciados… no sabemos el porqué… —masculló con malicia haciendo gestos obscenos, despertando las risas de sus amigos—, en lugar de premiar a los que en verdad nos lo merecemos. Esto es un asco —
concluyó, escupiendo en el suelo.
—Un ejército de damiselas y de bárbaros… —intervino uno de sus amigos.
—No hay futuro para los verdaderos soldados, para los valientes que hemos sembrado de muertos los campos de batalla —insistió Demetrio Tancino y, levantando intencionadamente la voz, añadió—: ¿Os habéis fijado en el nuevo centenarius? Podría ser mi hijo, de hecho, creo que a su madre la conocí en un lupanar de Lugdunum. ¡Ja, ja, ja, ja!
Las risotadas del veterano y de sus amigos restallaron en el barracón llamando la atención de los visigodos y de los romanos que allí se encontraban. Era evidente que Tancino me estaba poniendo a prueba delante del resto de los soldados que componían la delegación. Después de Mansueto y de los galos, yo era el oficial de mayor rango, y no podía permitir que nadie me faltara al respeto. Si le toleraba tal afrenta, no dudaría en humillarme cuando se le presentara la ocasión, debía cortar cuanto antes todo brote de insubordinación o quedaría atrapado entre las enmarañadas ramas del descrédito y la desobediencia.
—Eres muy audaz con la lengua —le dije, sin levantarme de la bancada
—, y arrojado al atreverte a ofender a un superior…
—Yo aquí no veo ningún superior, solo a un niñato que viste un uniforme que no le corresponde —me interrumpió, y bebió un largo trago de su jarra de vino.
El barrancón quedó sumido en un mar de silencio. Tanto visigodos como romanos nos observaban con atención. Un murmullo y el posterior trasiego de bolsas revelaron que estaban haciendo apuestas, aunque desconocía de qué tipo. Tragué saliva sin saber muy bien cómo responder al insulto. Pero algo tenía que hacer, y lo hice.
—Demetrio Tancino, has ofendido a un centenarius y mereces ser castigado —me incorporé y cogí la pequeña fusta que colgaba de mi
cingulum militare—. Ahora dependerá de ti que recibas unos cuantos latigazos o un castigo mayor.
El legionario se incorporó de un salto seguido por sus amigos. Arcadio, Calero y Áyax hicieron lo propio.
—¿En serio, muchacho? Careces del arrojo necesario para castigar a un veterano —masculló con gesto iracundo.
Visigodos y romanos se incorporaron de sus bancadas para no perder detalle del desafío. Demetrio Tancino se acercó a mí, quedando nuestros rostros a un palmo de distancia. Su mirada era desafiante y confiada, como si esperara que cometiera el más mínimo error para derramar sobre mí las supuestas injusticias padecidas. Pero no le concedí oportunidad. Bastó un golpe seco en la garganta para dejarle sin respiración, un rodillazo en el rostro y una patada en los genitales cuando se agitaba dolorido en el pavimento, para tenerlo a mi merced. Sus amigos echaron mano de sus empuñaduras, pero las afiladas spathae de Arcadio, Calero y Áyax amenazando sus gargantas les disuadieron. Además, en mi ayuda acudieron los soldados sármatas, quienes no sentían un gran aprecio por el veterano legionario.
—Cogedle de los brazos y desnudadle —le ordené a los sármatas, que obedecieron con agrado.
—No serás capaz —repuso uno de los amigos de Demetrio Tancino.
—Cállate o tú serás el siguiente —le advertí.
El semissalis, aún dolorido por los golpes, se revolvía furioso soltando toda suerte de improperios, resistiéndose a que los sármatas le desvistieran.
Pero, finalmente, y no sin esfuerzo, lograron quitarle la lorica y la túnica militar, dejándole únicamente vestido con el subligar y las campagi, toda una humillación para el bravo soldado.
—¡Malditos bastardos! —gritaba—. ¡Os mataré a todos!
Los visigodos reían divertidos y los romanos intercambiaban miradas de complicidad, sorprendidos por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos.
—Tumbadle —ordené, y Demetrio Tancino fue tumbado en el frío pavimento del barracón—. Me has ofendido gravemente, legionario —
comencé a decir—, y recibirás tu castigo.
—¡Bastardo, te mataré! —bramaba fuera de sí.
Me disponía a flagelarle con mi fusta cuando un grito a mis espaldas me detuvo.
—¿Qué diablos ocurre aquí? —preguntó Mansueto, acompañado por los galos.
Se acercó a nosotros y observó como Demetrio Tancino permanecía inmovilizado en el suelo vestido con el subligar y las campagi. Luego desvió la vista hacia mí y reparó en mi fusta.
—¿Qué ha hecho este hombre? —me preguntó.
—Me ha ofendido gravemente, domine —respondí. Mis palabras fueron reforzadas por los asentimientos y los murmullos de varios romanos y de algunos visigodos.
—Es un semissalis… —observó Optila sin ocultar su asombro.
—Y lo tiene a su merced —intervino Traustila esbozando una sonrisa.
El comes Hispaniarum se arrodilló y acercando su rostro al de Demetrio Tancino, le preguntó:
—¿Has ofendido al centenarius? —el legionario no respondió y Mansueto insistió voz en grito—: ¡¿Has ofendido al centenarius?!
—He dicho la verdad, domine —masculló entre dientes Demetrio Tancino, aprisionado por los brazos de los sármatas—. A su madre la conocí en un lupanar de Lugdunum.
Mansueto apretó las mandíbulas con gesto iracundo y se incorporó.
—Castígale como se merece y que su ensangrentada espalda sirva de escarmiento a todos aquellos que osen insultar a un oficial —me dijo, y salió del barracón acompañado por los galos.
No disfruté flagelando al semissalis, pero no tenía más opción. En mi espalda sentía las lacerantes miradas de odio de su contubernio, enfurecido ante la humillante escena. Su amigo, semidesnudo, recibía hirientes latigazos como castigatio a su insubordinación. Ahora se lo replantearían antes de cuestionar mi autoridad. Con mi acto no me labré su aprecio pero sí su respeto.
Dos días después del desafortunado incidente marchamos a Bracara Augusta acompañados por Eurico y su escolta, unos cincuenta spatharii. El príncipe era joven, tenía el rostro rasurado, el cabello castaño y sus ojos,
negros y profundos, irradiaban una fría determinación. Fue un viaje tranquilo, sin excesivos contratiempos, que nos permitió conocer el estado en el que se encontraban las ciudades de la Tarraconense tras las incursiones suevas y la depredación a que fueron sometidas por los bagaudas de Basilio.
Así pues, visitamos Barcino, Ilerda, aún conmocionada por el asalto de los suevos y de los bagaudas, Caesaraugusta donde sus habitantes nos miraban con inquina y desprecio preguntándose dónde nos encontrábamos durante el ataque de los bárbaros, Clunia, Pallantia, Brigaecium y Asturica Augusta, la última ciudad de importancia antes de llegar a Bracara Augusta.
Acampamos en una explanada próxima a la ciudad, llevábamos varias jornadas de infatigable marcha y Eurico y Mansueto convinieron en descansar un par de días antes de reemprender la marcha. Estaba anocheciendo y al amparo de una hoguera nos reunimos varios legionarios entre los que se encontraban los galos Optila y Traustila. Nos hallábamos inmersos en un profundo silencio, reflexionando sobre lo que habíamos visto y oído durante el viaje. Estábamos preocupados y no solo por el estado decadente de muchas de nuestras ciudades, sino por las miradas y la actitud hostil con la que fuimos recibidos en no pocos lugares.
—Una mujer escupió a nuestro paso en Caesaraugusta —dijo Calero—.
Tenía en brazos a un pequeño de tres años… En sus ojos leí un visceral odio y resentimiento.
—Quizá ese niño sea el fruto no deseado del asalto bárbaro —dije con pesar—. Posiblemente su marido fue asesinado y ella forzada, no es de extrañar que nos culpe de sus desgracias.
Arcadio asintió y dijo:
—Un anciano me cogió del brazo y me preguntó dónde estábamos cuando los bárbaros devastaron la ciudad, dónde estaban las legiones que ellos mantienen con sus impuestos.
—En Ilerda —intervino Áyax—, escuché como alguien gritaba que mejor les iría con los bárbaros, al menos sus ejércitos están cerca y pueden protegerles. Ellos sienten en la nuca el aliento de los curatores exigiéndoles el pago de la annona militaris, mientras nuestras spathae se encuentran en la Galia, a cientos de millas de sus hogares.
—Las incursiones suevas y los saqueos de los bagaudas están asolando las tierras de cultivo en la Tarraconense —señaló Optila—, que sin manos que las trabajen se convertirán en estériles eriales.
—Lo que implica más hambre y menos impuestos para Roma —dijo Traustila—, que no podrá recaudar el iugatio capitalino correspondiente a esos cultivos.
—Y, la adiectio sterilium, la asignación forzosa de los campesinos a esas tierras, no ayudará precisamente a granjearnos las simpatías de los hispanorromanos —observó Optila.
—Sinceramente —dijo Traustila—, dudo mucho de la fidelidad de los provinciales y de los dignitates hispanorromanos si se produce una invasión extranjera, pues están sufriendo en sus carnes el abandono y el olvido por parte del Imperio.
—Solo quieren vivir en paz y alimentar a sus familias —repuse—, si Roma no es capaz de garantizar su seguridad, claudicarán ante otro pueblo que sí lo haga. No debemos censurarles por ello, es obligación del Imperio protegerlos.
—Espero que Requiario acepte el tratado de paz —terció Calero—, y los ánimos de los hispanorromanos se apacigüen. Roma necesita a Hispania tanto como Hispania necesita a Roma.
Asentimos ante sus palabras, pero el silencio, un sombrío silencio, nos envolvió con un manto tan negro como la noche que se cernía inexorable sobre las tierras de los suevos.
Al amanecer nos dirigimos hacia una aldea próxima a Asturica Augusta para abastecernos de provisiones. En señal de buena voluntad y para manifestar nuestra intención de pagar las mercancías, dirigían el destacamento Mansueto y Eurico, ambos acompañados por medio centenar de milites, en su mayoría visigodos. Entramos en la aldea ante la atemorizada mirada de los campesinos, poco acostumbrados a ver soldados romanos y visigodos por aquellas tierras. Los perros nos ladraban inquietos y los hombres aferraban con fiereza los aperos de labranza, prestos a hacer uso de ellos si la vida de sus familias fuera amenazada.