Roma Invicta Est
Capítulo III. El exterminio de los bagaudas.
Lugdunum, La Galia.
Anno Domini 454, ab Urbe condita 1207.
CAPÍTULO III
El exterminio de los bagaudas.
Quae apud alios iracundia dicitur, in bagaudis crudelitas appellatur[3].
La oscuridad me abrazaba con su oscuro manto y desconocía si era de día o de noche. Ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba allí. Oí toses lejanas, alguien suplicaba que le dejasen salir, otro sollozaba… Quizá algún pobre desgraciado había recibido la visita de un carcelero impaciente por desatar sus más inconfesables perversiones. Hacía frío. Cubierto únicamente con un sucio y raido subligar, intenté darme calor frotándome los brazos y las piernas. Se oía un goteo… cayó una gota, luego otra, luego otra… El ruido del agua al chocar contra el pavimento fue mi única compañía desde que me encerraron en aquel sucio calabozo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?
¿Semanas? ¿Acaso meses? ¿O fueron años? El tiempo pasa lentamente en la más absoluta oscuridad.
Estaba sentado, intenté incorporarme pero no pude, mis músculos no me respondían. Acaricié mi encrespada barba y mis flácidos huesos. A mi lado había un plato vacío, pues ya había dado buena cuenta del mendrugo de pan duro que me había dado un carcelero. Aecio accedió a las demandas de Turismundo, y yo sufrí las consecuencias.
El magister utriusque militiae entendió que maté al spatharius en defensa propia y me eximió de la pena de muerte, pero no por ello mi condena fue menos despiadada y cruel: veinte latigazos y encerrado hasta morir en los calabozos del castrum.
De Alana no volví a saber nada… En todo ese tiempo solo me permitió recibir la visita de uno de mis compañeros, Calero. Él me dijo que Alana se había marchado hacia el oeste, hacia la Gallaecia. Quizá había ido en busca del druida, su única familia. No hubo palabras de amor o de consuelo, simplemente le pidió que me recordara que no olvidara las palabras del druida… las palabras del druida… ¿Cómo olvidar la maldita profecía del hechicero? Pero ¿qué sentido tenía en una celda lóbrega y húmeda? No tenía fuerzas ni para llorar… No hubo palabras de amor ni de consuelo…
De profundis clamavit cor meum, sed cor tuum non respondavit et anima mea non requievit. [De las profundidades clamó mi corazón, sin embargo tu corazón no contestó, y mi alma no descansó].
Se oyó un ruido de pisadas, los carceleros se disponían a liberar o a encerrar a alguien. Se abrió la puerta de mi celda y la refulgente luz de las antorchas hirió mis ojos como si me hubieran clavado afiladas agujas. Me protegí de la claridad con las manos y sentí como dos soldados me cogían en volandas.
—¡Vamos, bastardo, alégrate, hoy es tu día de suerte! —exclamó uno de los carceleros, sacándome de la celda.
Su vozarrón taladró mis tímpanos y me tapé los oídos con las manos.
Cerré los ojos, la luz de las antorchas abrasaba mis pupilas. Se oyeron los gritos de los presos implorando agua y comida, pero los carceleros golpearon las puertas de las celdas ordenando silencio e insultado a los desgraciados que estaban allí encerrados. Entorné los ojos y advertí que me llevaban por un pasillo, subimos unas escaleras y llegamos al exterior. Era de noche y lo agradecí. Aspiré una bocanada de aire fresco y un olor limpio y puro, casi olvidado, entró en mis pulmones, reconfortando mi lánguido espíritu.
—Lleváoslo a los baños, así no puede ser presentado ante Aecio —dijo una voz familiar, que no logré identificar.
Estaba débil y me dejé hacer; los esclavos frotaron con esparto la mugre acumulada en mi cuerpo tiñendo de negro el agua de la bañera. Me rasuraron el rostro y cortaron mis cabellos, me perfumaron y vistieron con una túnica de lino blanco y unas sandalias de cuero. Un esclavo me ofreció
una manzana que comí con avidez y otro más me ayudó a caminar. Apenas podía sostenerme en pie.
—Así está mejor, yo lo llevaré en presencia del magister utriusque militiae —dijo la misma voz que había ordenado que me adecentaran.
Delante de mí se encontraba un oficial romano. Tardé un poco en reconocerlo… el tiempo había hecho mella en mi memoria… y en él.
—¿Optila? —pregunté en un susurro.
—Te saludo, Salvio Adriano —respondió con una sonrisa.
Asentí sin poder proferir palabra alguna, me hallaba exhausto y terriblemente débil. El galo no quería cansarme con vanas cuestiones y, en silencio, cruzamos un eterno pasillo y llegamos al praetorium, donde tomamos asiento en sendos escabeles. No tardó en aparecer un esclavo con una bandeja de comida. Dejó en la mesa una escudilla de sopa de gallina, un pedazo de pan y una jarra. Bebí un poco de vino caliente con miel y sentí su calor recorrer mi cuerpo, confiriéndome renovadas energías.
—Tienes mejor aspecto —me dijo el galo con una sonrisa, observando como el color de la vida teñía mis macilentas mejillas.
—¿Por qué me han sacado de la celda? —pregunté, con la voz quebrada por la falta de uso.
—Eso te lo tendrá que revelar Aecio, ¿qué tal te encuentras?
—Mejor que hace unas horas —sonreí—. ¿Volveré a la prisión?
Optila advirtió el terror que reverberaba en mis ojos, pero calló. Por si acaso, me serví otro vaso de vino caliente y me lo bebí en pequeños sorbos.
—¿Cuándo vendrá Aecio? —pregunté impaciente por conocer mi futuro.
—Pronto.
—¿Qué día es hoy? ¿Cuánto tiempo llevo encerrado?
—Poco más de un año —respondió el galo mirándome a los ojos.
—Es horrible —musité—. Aecio me ha infligido un duro castigo, casi peor que la muerte —añadí con pesar.
Optila me tocó el hombro.
—A veces, nuestro general se ve obligado tomar duras decisiones. Pero te puedo asegurar que ha sufrido mucho por tu encierro. Ha advertido en ti el honor y la valentía que caracterizaba a los antiguos legionarios romanos.
Pero vivimos tiempos difíciles donde la diplomacia y la política tienen un papel más importante que las spathae y los scuta —dijo levantándose del asiento.
—Me encerró para satisfacer a los visigodos —el galo bajó la vista al suelo, confirmando mis palabras—, solo espero que mi sacrificio no haya sido en vano —dije con pesar.
En ese momento se abrió una puerta y Aecio hizo acto de presencia acompañado por Traustila. Tenía el semblante serio y un profundo sentimiento de culpa marcado a fuego en la frente. Estaba muy envejecido.
Intenté levantarme pero no pude, Aecio hizo un gesto con la mano indicándome que no era necesario. Se sentó en la mesa enfrente de mí, con Traustila protegiendo su espalda. Optila permaneció a mi lado.
—Te saludo, Salvio Adriano. Eres fuerte, pocos son los que han logrado sobrevivir tanto tiempo en una de mis celdas —dijo el general.
—Te saludo, magister utriusque militiae. Deseo de corazón no ser devuelto a los calabozos y que mi condena haya sido satisfecha —imploré.
Sonrió, y negando con la cabeza respondió:
—No, eres libre.
Suspiré aliviado al escuchar sus palabras y levanté la vista dando las gracias al Dios de los cristianos, o a los antiguos dioses romanos por tan grata noticia.
—Gracias —musité con los ojos vidriosos.
—¿Quieres volver al ejército? —me preguntó Traustila.
—Estoy impaciente por hacerlo —respondí—. ¿Dónde están mis compañeros?
—Si te refieres a los milites que acompañaron a la delegación de Mansueto, se encuentran aquí en el castrum.
A mi mente acudieron el comes Hispaniarum, y la embajada de paz.
—¿Firmaron los suevos el tratado? —pregunté.
—Así fue —respondió Traustila—. Requiario se retiró de la Tarraconense y de la Carthaginiense y hasta ahora, no ha vuelto a cruzar nuestras limes. Mansueto y Eurico fueron muy… persuasivos.
—Pero por desgracia el comes murió hace unos meses de una grave enfermedad —intervino Optila.
Sentí la muerte del bravo perfectissimus. Estaba persuadido de que había hecho todo lo posible por evitar mi encarcelamiento, pero doblegarse a las exigencias de los visigodos era más conveniente para los intereses de Roma que impartir justicia.
—El Impero ha perdido a un gran hombre —dije con pesar, mirando el pavimento.
—Así es —reconoció Aecio.
Levanté la vista y añadí:
—Quiero estar con ellos, con mis compañeros.
Los tres hombres sonrieron.
—Así será, pero permanecerás en el praetorium hasta que estés plenamente restablecido —dijo Aecio, levantándose de la mesa.
—¿Por qué me has liberado? —le pregunté.
El magister utriusque militiae comenzó a pasear por la sala con aire pensativo y respondió:
—El rey visigodo Turismundo ha sido asesinado por su hermano Teodorico o, mejor dicho, por uno de sus spatharii —en mi mente brotó la terrible imagen del germano Walder—, y se ha proclamado rey. A Teodorico Roma no le debe lealtad, pues todavía no ha renovado el foedus que en su momento pactó su padre y que su hermano ratificó tras su muerte
—detuvo su paseo y mirándome a los ojos añadió—: Tu delito murió con Turismundo.
Optila y Traustila sonrieron, y la mirada de Aecio revelaba que sentía una gran satisfacción por mi liberación.
—Ahora descansa, diré a mis sirvientes que te acompañen a tu habitación, serás mi huésped hasta que tengas fuerzas suficientes para dirigir tu centuria —dijo Aecio con una sonrisa.
Acompañado por Optila y Traustila me dirigí a la habitación que Aecio me había dispensado en el praetorium. Me encontraba cansado pero feliz, mi cautiverio había finalizado y pronto me reuniría con mis compañeros.
Pero el recuerdo de Alana surgió de golpe en mi mente y mi corazón se entristeció. ¿Dónde se encontraba? ¿Por qué no dejó dicha una sola palabra de aliento? Mis piernas flaquearon, y ayudado por los dos galos, entré en mi alcoba.
Era una noche fría y tormentosa. Desde que me tumbé en el jergón no había dejado de llover ni de tronar en un solo momento. A pesar de estar agotado, era incapaz de conciliar el sueño, pues mi mente se hallaba profundamente inquieta. Finalmente, el cansancio superó el parapeto de mi desazón y me entregué a un placentero y reparador descanso.
El sol despuntaba por el horizonte, cuando un siervo me ofreció pan con aceite de oliva y leche. Una vez hube terminado con el ágape, me visitó el físico de Aecio quien después de auscultarme, confirmó que sufría de desnutrición, pero que en general, mi estado de salud no era excesivamente precario. Poco después entraron en la estancia Traustila y Optila. Les imploré ver a mis compañeros, pero se negaron.
—Adriano —comenzó a decir Optila, que se había sentado a mi lado en un viejo escabel—, tus amigos han sido informados de tu liberación y saben que estás al cuidado de Aecio…
—Te puedo asegurar que se volvieron locos de alegría cuando se enteraron de la noticia —le interrumpió Traustila con una sonrisa—, y más cuando supieron que volverías con ellos al ejército.
Sonreí complacido.
—Ten paciencia, en pocos días estarás listo para el combate —dijo Optila—. Hasta entonces, tendrás que descansar.
Desde que fui liberado de mi confinamiento, una pregunta barruntaba mi mente y decidí que era el momento de plantearla.
—¿Por qué permanezco en el praetorium? ¿Por qué Aecio no me envía a los barracones para que me cuiden los físicos de la tropa?
Optila me miró con simpatía.
—El magister utriusque militiae te aprecia —respondió Optila.
—Te ha visto luchar contra los hunos, y arriesgaste tu vida por proteger a una sueva —intervino Traustila—. Aceptaste tu condena con una encomiable dignidad, y lo hiciste por el bien de Roma, a pesar de ser terriblemente injusta.
—Eres querido y respetado por tus compañeros —continuó Optila.
—No por todos —le interrumpí, pensando en Demetrio Tancino.
Los galos sonrieron.
—Es imposible caerle bien a todo el mundo —repuso Traustila soltando una carcajada.
—Aecio nos relató la conversación que mantuvo contigo antes de encerrarte —señaló Optila—. El honor y la justicia son valores carentes de sentido en los tiempos que corren, pero soldados como tú, como el general, como nosotros —dijo mirando a Traustila, que le asintió con una sonrisa—, podremos erigir una nueva Roma más fuerte y temible, cuyo fulgurante resplandor ciegue los ojos de los bárbaros, que la acechan desde sus sucias madrigueras como hambrientas alimañas.
—Para ello debemos extirpar la corrupción, la injusticia, la vileza existente en el corazón del Imperio, en la corte de Rávena —dijo Traustila.
—¿Os referís a Valentiniano?
Los galos miraron a sus espaldas temiendo ser escuchados. Desde hacía años, los emperadores tenían espías ocultos en el rincón más insospechado.
—No solo es Valentiniano, son todos —susurró Optila.
—Los emperadores se han olvidado del pueblo, preocupándose solo por amasar colosales fortunas y por mantener sus prebendas —explicó Traustila, ante el asentimiento de su compañero—. Han perpetrado los crímenes más abominables e infames, quedando impunes de todos ellos.
—Han ignorado las leyes romanas y despreciado a los antiguos dioses… —dijo Optila.
—¡Espera! ¿Pretendes que volvamos a adorar a Marte, a Apolo o a Mitra? —pregunté escéptico.
El galo negó con la cabeza.
—No es tan simple. Que la irrupción del cristianismo ha debilitado al Imperio es algo innegable, pero adorar a Marte, Júpiter o a Mitra no es la solución.
—No entiendo porqué dices que el cristianismo ha debilitado al Imperio.
—La Iglesia malgasta inconmensurables modios de oro en engalanar sus templos y en mantener un ejército de monjes y obispos —intervino Traustila—. Valiosísimos sólidos que podrían ser empleados para contratar y equipar milites.
—Ha dejado de ser prioritaria la defensa del Imperio. Los romanos están más interesados en alcanzar la vida eterna que en blandir una spatha para proteger las fronteras o a sus propias familias. Los sacerdotes anhelan guiar a un rebaño de borregos condescendientes que no protesten, que no molesten al poderoso bajo la amenaza de sufrir los más horrorosos tormentos en el más profundo de los infiernos —se lamentó con vehemencia Optila.
—Los jóvenes se inclinan por tonsurarse y vestir el hábito, en lugar de armarse con una espada y luchar por su patria —rezongó Traustila.
Me hubiera gustado escuchar la opinión al respecto de mis amigos Lucio Calero o del clarissimus Petronio Quinto. Seguro que hombres tan piadosos tendrían una percepción bien distinta sobre, según los galos, los efectos perjudiciales del cristianismo en el devenir del Imperio.
—Lo siento, pero sigo sin saber qué tengo que ver yo en todo esto —
repuse algo cansado, las discusiones eclesiásticas no me interesaban lo más mínimo.
Optila lanzó un suspiro y dijo:
—Turismundo quería tu cabeza por haber asesinado a uno de los suyos, pero Aecio le persuadió para que aceptase verte encerrado en un calabozo de por vida, con la esperanza de que el rex Gothorum, algún día, se apiadara de ti y te levantara el castigo.
—Los visigodos tienen espías por todas partes y Aecio se vio obligado a tratarte como a un prisionero más. Te puedo asegurar que le dolía el alma verte allí encerrado —dijo Traustila—. Así pues, nada más ser informado de la muerte del rey, ordenó que te liberaran.
—Creo que le recuerdas a él, cuando era joven, claro —intervino Optila. A sus labios asomó una sonrisa—. Ha advertido la honestidad y la generosidad que resplandece en tu mirada —y cogiéndome del hombro, añadió—: Tiene grandes esperanzas puestas en ti.
—¡Uf! Menuda responsabilidad… ¡Casi prefiero que me devolváis a la celda! —exclamé, ante las carcajadas de los galos.
Me levanté del escabel y me acerqué a la ventana. Un cielo azul casi impoluto saludó al nuevo día dejando atrás la furiosa tormenta que se abatió sobre Lugdunum. Miré por la ventana y observé el castrum. Algunos
soldados practicaban con la spatha o el spiculum mientras otros desfilaban o bruñían sus armas. De pronto recordé que Atila había vuelto a cruzar las limes y se dirigía imparable hacia Roma.
—Llevo mucho tiempo encerrado y sin noticias del exterior, salvo alguna breve charla con un carcelero. Lo último que me dijeron fue que Atila había regresado destruyendo todas las ciudades que encontraba a su paso, incluida Aquileia. ¿Qué es lo que ha ocurrido desde entonces?
—Muchas cosas, mi querido amigo —contestó Traustila.
—Después de destruir Aquileia, Atila se dirigió a Roma, su verdadero objetivo. Devastó todas las ciudades que encontró en su camino salvo Mediolanum, a la que se limitó a saquear hasta que no quedó nada de valor dentro de sus murallas… —dijo Optila.
—Pero perdonó la vida de sus habitantes, algo que no había hecho con el resto de ciudades atacadas —interrumpió Traustila, continuando con el relato—. Después de saquear la ciudad, prosiguió su camino hacia Mantua, donde tuvo un encuentro con el papa León.
—Se ha especulado mucho sobre la reunión que mantuvieron el rey huno y el Obispo de Roma a orillas del Mincius —terció Optila—, pero lo cierto es que Atila se dio la vuelta y regresó a sus frías tierras de la Panonia.
Que Atila renunciara a su anhelado sueño de conquistar Roma gracias a una conversación con el papa era difícil de creer. León debía de ser un santo o un implacable negociador.
—¿Se fue así, sin más? —pregunté confundido.
—Como te he dicho, mucho se ha especulado desde entonces. Unos dicen que León le ofreció una verdadera fortuna a cambio de que regresara a la Panonia con sus huestes, dejando indemne la ciudad. Otros dicen que los soldados del rey huno se encontraban exhaustos tras la larga campaña y que, al no estar muy acostumbrados al fuerte calor del sur, cayeron enfermos y muchos murieron. En definitiva, que las huestes del huno no se hallaban en condiciones idóneas de soportar un largo asedio.
—Hay quien dice que Atila, supersticioso como es, advirtió en el papa a un hombre santo y temió que, atacando Roma, su poderoso Dios le castigara, tal y como muchos creen que sucedió con el rey visigodo Alarico, muerto poco después de saquear la ciudad —apuntó Traustila.
—Incluso los hay que aseguran que fue la aparición de un ángel lo que evitó el desastre. Lo cierto es que dio media vuelta y Roma, una vez más, se salvó —concluyó Optila.
Era conocida la debilidad de Atila por los augurios, vaticinios y demás supersticiones. No obstante, siempre consultaba a oscuros nigromantes y hechiceros antes de tomar importantes decisiones. Quizá el huno advirtió en el papa a un enviado del Todopoderoso, a una suerte de divinidad o, simplemente a un audaz brujo o hechicero… quién sabe. Pero, si he decantarme por un motivo más verosímil, y terrenal, lo haría por el hecho de que el rey huno regresó a la Panonia con las mulas y los carros colmados de oro y joyas, supuesto pago de León para que no destruyera Roma. Pero los romanos deseaban, necesitaban creer que su ciudad estaba protegida por la égida del mismísimo Jesucristo y que nunca sucumbiría por muy fuertes y poderosos que fueran sus enemigos. La reunión del papa León con Atila, y la posterior marcha de este, les concedió argumentos para fortalecer tal pretensión.
—Pero volverá… —musité, apartando de mi mente las confusas o milagrosas conjeturas sobre la salvación de Roma, y convencido de que no había oro en el mundo ni ángeles en el cielo capaces de saciar la voraz codicia del huno.
Pero, para mi sorpresa, los galos soltaron una estruendosa carcajada y Optila dijo:
—No lo creo… ¡Está muerto!
—¿Cómo? —pregunté con las cejas arqueadas por el estupor.
—Sí, amigo mío —respondió Traustila—, y bien muerto que está.
—Pero…
—Fue poco después de regresar a la Panonia —comenzó a explicar Optila—. Durante su noche de bodas con la goda Ildico. Según cuentan, durante los festejos comió y bebió en exceso y cayó dormido en el jergón completamente borracho, muriendo poco después ahogado en su propio vómito…
—Otros dicen que fue asesinado por sus lugartenientes, que no aceptaron de buen grado la orden de retirarse a la Panonia y no asaltar las
murallas de Roma —interrumpió Traustila—. Sea como sea, el Imperio se ha librado de su mayor enemigo.
—Sus hombres —prosiguió Optila—, al hallar su cadáver, se cortaron los cabellos y se hirieron con las espadas, pues el más grande de los reyes no podía ser llorado con lágrimas, sino con la sangre de sus soldados. Eso al menos es lo que se dice.
La muerte del huno era la mejor noticia que podría haber escuchado.
Imaginé a los ciudadanos de Roma bailando y bebiendo dichosos, regocijándose por el fallecimiento de su más despiadado enemigo.
—Ahogado en su propio vómito… una muerte indigna para tan bravo guerrero —observé.
—Se ahogó en la pestilencia que él mismo había propagado. Fue el justo final para un salvaje sediento de sangre —repuso Traustila.
No estaba de acuerdo con sus palabras, pero tampoco me sobraban energías como para entrar en estériles debates. Atila poseía todas las virtudes que refulgían en los grandes guerreros: era valiente, hábil con la espada, justo con sus hombres e implacable con sus enemigos. Si el rey huno hubiera luchado a favor de Roma, quizá nuestras limes no estarían tan amenazadas. Pero eso es algo que, naturalmente, nunca sabremos.
De pronto acudió a mi mente la muerte de Turismundo, otro rey bárbaro enemigo de Roma que falleció al tiempo que Atila, y pregunté:
—¿Cómo murió Turismundo?
—¡Uf! —exclamó Traustila—. De eso tampoco hay mucha información. Lo cierto es que el rey visigodo apareció una mañana en su cama sobre un charco de sangre. Lo habían degollado.
—Se comenta que fue su hermano Teodorico. No obstante, es el más beneficiado por su muerte… junto con Roma… —intervino Optila, derramando las últimas palabras como una reveladora insinuación.
—Como sentenció Séneca: « Cui prodest scelus, is fecit» [a quien beneficie el crimen, ese es el autor] —dijo Traustila.
Optila soltó una gran carcajada y añadió:
—Cristalino como un gélido arroyo de montaña…
—Pero no son pocos los que aseguran que le degolló uno de sus spatarii
—continuó Traustila. A mi mente acudió la imagen de Walder, el comes
spathariorum de Turismundo—. Lo cierto es que fue asesinado y el nuevo rey no se preocupó en exceso por buscar a los culpables.
—¿Creéis que Roma tuvo algo que ver en la muerte del rex Gothorum?
Los galos intercambiaron una mirada de complicidad y se encogieron con indiferencia de hombros.
—¡Vaya, pues sí que me he perdido importantes acontecimientos durante mi encierro! —exclamé, ante las risas de los galos.
Un mes después de mi liberación, ya me encontraba en condiciones de volver al ejército. Pertrechado con mi casco, con la lorica y con la spatha, me dirigí al campamento donde se encontraban mis compañeros. Aecio, acompañado por sus oficiales galos, me observaba satisfecho desde el praetorium. Respiré hondo y en mi rostro se dibujó una amplia sonrisa. Mi corazón latía agitado, me hallaba impaciente por encontrarme con mis amigos, pero el destino estimó oportuno que, en mi camino, me cruzara antes con otros elementos.
—Vaya, parece que ha regresado el traidor —le dijo un semissalis a un legionario que se encontraba a su lado.
—Los hay con suerte, a otros por mucho menos seguro que les habrían cortado la cabeza —rezongó el miles, afilando su espada con una piedra.
—Lo que ha cambiado Roma —continuó el semissalis soltando un bufido—, ahora el asesinato, en lugar de castigarse, se premia. ¡Pues no me han dicho que los esclavos de Aecio le han tratado como si fuera el propio emperador!
—Matar a un aliado por una zorra —intervino otro, lanzando un escupitinajo al suelo.
—¡Yo habría sabido qué hacer con ella! —exclamó el semissalis, levantándose y agarrándose los genitales con ambas manos, ante las risotadas de sus amigotes—. ¿Qué me decís amigos? —preguntó en alto, buscando la complicidad de los soldados.
Hablaban entre ellos sin mirarme, pero sus emponzoñadas palabras llegaron a mis oídos cargadas de desprecio. Varios soldados abandonaron
sus quehaceres para ver cómo respondía a sus insultos. No eran pocos los que conocían la simpatía que me despertaba el bueno de Demetrio Tancino.
—Ahora que lo preguntas, apreciado Tancino, podría decirte que lo que estás agarrando con las manos, solo sirve para metérselo en el culo al miles que tienes a tu lado —comencé a decir, acercándome a él—, podría decirte que tu madre se come todos los días siete u ocho como esas en el lupanar donde trabaja o, si me apuras, mucho más gordas, podría decirte que la última vez que fornicaste con una hembra, lo hiciste con una cabra y fue porque la confundiste con tu hermana.
El rostro de Tancino adquirió un enardecido tono bermellón, como el de un volcán a punto de estallar. Y las carcajadas que tronaban en el campamento ayudaban a precipitar la erupción.
—Podría decirte muchas cosas, soldado, pero solo te voy a decir una: soy un centenarius y, como las marcas de tu espalda atestiguan, no pienso tolerar el mínimo atisbo de insubordinación. Esta tarde te haré llamar y te presentarás ante mí junto con esos dos —le ordené, señalando despectivamente a los dos milites que le siguieron la gracia—, para que os comunique qué castigo pienso infligiros. ¿Has entendido?
Tancino me miró con los labios muy apretados. La ira que consumía su interior era tan voraz como las larvas que devoran los despojos de una rata muerta.
—¿Has entendido, soldado? —le volví a preguntar, acercando mi rostro al suyo.
—Sí, centenarius —respondió entre dientes.
—Mejor así, podéis continuar con vuestra charla de alcahuetas —le dije, mirándole a los ojos.
Tancino, a regañadientes, se giro y se perdió en su contubernio seguido por sus dos amigotes.
—¡Vaya, ahora entiendo por qué Aecio no ha permitido que regreses al campamento hasta que no estuvieras plenamente restablecido! —exclamó a pocos pies un sonriente Arcadio con los brazos levantados, acompañado por Calero.
—¡Necesitas gozar de toda tu bizarría para poder hacer frente a mierdas como esa! —bramó un no menos sonriente Calero.
Nos dimos un fuerte abrazo. Les miré de arriba a abajo y advertí que apenas habían cambiado. Quizá Arcadio estaba aún más fuerte y Calero algo más delgado, pero ambos lucían un buen aspecto. Charlamos durante varios minutos mientras caminábamos hacia los pabellones. Me dijeron que Arrio Sidonio y Áyax estaban encuadrados en nuestra misma unidad, y que llevaban un año acuartelados en espera de unos refuerzos que no llegaban y que posiblemente no llegarían.
—Te has recuperado justo en el mejor momento —dijo Arcadio, dándome una fuerte palmada en el hombro.
—¿A qué te refieres? —le pregunté.
—Pronto nos pondremos en marcha. En la Tarraconense se han alzado varias bandas de bagaudas, y están devastando la provincia —dijo Calero.
—Cuando atacan una villa, matan a los amos, y a los sirvientes y a los esclavos les conminan a seguirles o los ejecutan allí mismo. La elección es bien sencilla —intervino Arcadio.
—Arrasan las aldeas asesinando a sus habitantes de forma cruel y despiadada. A los hombres les torturan para que desvelen dónde esconden el dinero, pero peor suerte sufren las mujeres: las violan y luego las matan delante de sus hijos —explicó Calero, sacudiendo la cabeza consternado.
—Solo a los más jóvenes les dan la opción de seguirles o morir.
—Ya han asolado varias villas y aldeas, dejando un rastro de fuego y destrucción a su paso —dijo Calero.
—¿Quiénes son? —pregunté.
Arcadio escupió al suelo.
—Parias, esclavos huidos, campesinos arruinados, sirvientes que han asesinado a sus señores y han encontrado cobijo entre ellos… quién sabe, cualquier desagraciado a quién la suerte le haya abandonado se puede convertir en uno de ellos.
—Además están apoyados por los suevos. No hace muchos años Requiario, en colaboración con el bagauda Basilio, saqueó Ilerda y Turiasso matando al obispo León.
—Por tal motivo, Valentiniano envío a la Gallaecia la embajada de paz encabezada por Mansueto —dije.
—Recordad el ataque bagauda que sufrimos en aquella aldea sueva…
—intervino Arcadio.
—¡Cómo olvidarlo! —exclamé, recordando una experiencia que guio mi destino por un insospechado derrotero.
Los bagaudas eran proscritos que saqueaba aldeas y haciendas. Estaban constituidos principalmente por campesinos incapaces de hacer frente a los impuestos, esclavos, desertores y toda suerte de bandidos. Pero también por un gran número de descontentos, que sintiéndose abandonados por el Imperio, y asfixiados por las desproporcionadas cargas fiscales impuestas por los curatores, se habían rebelado aliándose en no pocas ocasiones con los suevos. Asolaban la región de la Tarraconense, y debido a la crisis económica y social que padecía Hispania, su número ascendía de forma alarmante.
—Son tan sanguinarios como una hambrienta manada de lobos —
observó Calero.
Me agradó la perspectiva de volver a participar en una campaña militar, estaba deseando ejercitar mi spatha. Además, regresar a Hispania quizá me permitiera volver a ver a…
—¿Tenéis alguna noticia de Alana? —pregunté.
—No tenemos más información de la que te transmití cuando te visité en los calabozos. Se marchó a la Gallaecia y no hemos vuelto a saber de ella —respondió Calero con tristeza.
—¿Seguro que no hay nada más? —insistí anhelante, cogiéndole de los brazos.
—Simplemente me dijo que recordaras las palabras del druida. Lo siento.
Suspiré con pesar exhalando bocanadas de tristeza y dolor. De pronto me sentí cansado y tomamos asiento en unos bancos cercanos.
—Por cierto, ¿qué eso de «las palabras del druida»? —preguntó Arcadio.
Y les conté toda la historia, profecía incluida. Mis amigos me lanzaban miradas de extrañeza y de incredulidad, pero finalmente creyeron mi fabuloso relato.
—Es un hechicero, un ser maligno proveniente de los infiernos —
rezongó Calero—. Ya Cristo nos advirtió de que nos desprendiéramos de los falsos profetas y videntes. Quizá deberías olvidarla, querido amigo, mucho me temo que ella también sea una bruja pagana.
—Pero todavía la quiero y nunca podré olvidarla.
—Se ha ido, y posiblemente nunca vuelvas a verla. Encontrarás otras mujeres, con tanto hombre muerto en el campo de batalla, hay de sobra —
dijo Arcadio con una media sonrisa.
No dije nada. Quizá mi amigo Arcadio tuviera razón y lo mejor sería olvidarla. Ella había tomado su decisión y así debía aceptarlo. Con el corazón encogido, llegué a nuestro campamento, donde fui recibido con gran entusiasmo por Arrio Sidonio, Áyax y varios de mis antiguos compañeros, auxiliares sármatas incluidos.
—¿Te han dicho que estamos encuadrados en la legio palatina? —me preguntó un sonriente Áyax—. ¡Estamos con los mejores y tú tendrás bajo tu mando a cien aguerridos legionarios!
Las palabras de Áyax me preocuparon. En la legio palatina servían los soldados más valerosos y experimentados. Si nosotros, jóvenes milites, estábamos incluidos en ella, significaba que el ejército romano estaba pasando por una complicada situación.
—El tribuno Livio Asinio quiere conocerte. Vamos, se encuentra en el barracón de los oficiales —dijo Arrio Sidonio.
Y hacia allí nos dirigimos. Durante el camino observé a los legionarios de Lugdunum, y comprobé que la indiferencia y el agotamiento habían hecho en mella ellos, erosionando su coraje y estima. En sus miradas contemplé la desesperanza que habita en el corazón del derrotado.
Llegamos al barracón y allí me encontré con quien sería mi superior directo.
Se hallaba sentado en una mesa disfrutando de una jarra de vino junto a varios oficiales.
—Así que tú eres el famoso Salvio Adriano. La verdad es que tampoco pareces gran cosa —fue el amable saludo que me dispensó. Sus compañeros de mesa alzaron la vista indiferentes.
El tribuno tendría alrededor de cincuenta años y estaba próximo a la licencia, pues había servido en el ejército durante más de veinte años. Era
un hombre robusto, de cejas bien pobladas y rostro rasurado. Había combatido durante años con Aecio, lo que entrañaba toda una garantía.
Además, era el comandante de la legio palatina, cargo que solo se podía desempeñar demostrando un gran valor y arrojo en el campo de batalla.
—Te saludo, domine, es un gran honor servir en la legio palatina —dije, ignorando su frío recibimiento.
Livio Asinio sonrió.
—Salgamos fuera y demos un paseo.
Me despedí de mis compañeros y comenzamos a pasear por el castrum.
—Aecio me ha hablado mucho de ti, cree que eres un gran soldado y que tienes un gran futuro en el ejército, por eso te ha destinado a la palatina. Pero debo advertirte que, hasta ahora, a los oficiales de mi regimiento los he elegido personalmente y me he basado en su valentía, lealtad y honor. Eres el primer centenarius que se me ha impuesto en todos los años que llevo sirviendo como tribuno y, espero por tu bien, que lo merezcas.
—Estoy seguro de que nunca tendrás queja mía, domine. Lucharé por Roma y la legión hasta derramar la última gota de mi sangre.
Livio Asinio sonrió y dijo:
—Espero que no sea necesario, centenarius. Ahora vete y prepárate, pronto marcharemos de campaña.
—¿Contra los bagaudas? —pregunté.
—Así es. En Hispania veremos de qué estás hecho y si eres digno de tener a cien soldados bajo tu mando.
Me dio un golpe en el hombro y regresó al barracón de los oficiales dando la breve conversación por terminada. Tragué saliva mientras observaba como se perdía entre los milites, que se cuadraban a su paso llevándose el puño derecho al pecho. Exhalé un soplo de aire alimentado por la inquietud y el temor. Una vez más, mucho se esperaba de mí, de un inexperto legionario que la caprichosa diosa Fortuna o los avatares del fatum habían tenido a bien erigirlo como centenarius antes de tiempo. Pero poco más se puede hacer salvo plegarse a la voluntad de quien maneja los hilos de nuestro destino y, ahora, el mío es imponer un justo castigo a aquellos que habían insultado a su superior.
Limpiar las letrinas del cuartel es un trabajo exclusivo de esclavos, una labor humillante para cualquier legionario y mucho más para tres semissalis con varios lustros de servicio a sus espaldas. Después de mi conversación con el tribuno, hice llamar a Demetrio Tancino y a sus dos amigos. Les comuniqué el castigo sin ocultar la inconmensurable satisfacción que me causaba el imaginármelos bañados de todo tipo de inmundicias y anegados con el pútrido olor que emanaba de la cloacas del castrum. Los ojos de los semissalis ardían como terribles llamas en señal de protesta, pero callaron y aceptaron la sanción con relativa sumisión. Tampoco les sobraban las opciones. En el ejército, los castigos estaban para ser cumplidos, en caso contrario, las consecuencias podrían ser dramáticas y, con toda seguridad, inmensamente más lesivas para la integridad del castigado. Tancino y los suyos debían resignarse y tragarse su orgullo, y más cuando Arcadio me informó de que estaban ubicados en la legio palatina. Así pues lucharían bajo mis órdenes hasta que se licenciasen o encontrasen la muerte en el campo de batalla. Lo que antes sucediera.
Salvo un puñado de soldados pertenecientes a las tropas limitanei de Tarraco, hacía años que las legiones romanas habían abandonado definitivamente Hispania y, cuando estallaba alguna revuelta o invasión bárbara, el Imperio respondía enviando a las tropas acantonadas en la Galia.
Pero a Roma no le sobraban soldados y para sofocar a los insurrectos bagaudas, Valentiniano requirió el auxilio de los federados visigodos. Así pues « ex auctoritate romana», en nombre de Roma, los visigodos bajo el mando del príncipe Frederico, hermano de Teodorico, cruzaron por vez primera las limes romanas de Hispania. Nuestra legión, unos mil milites, les acompañaba para evitar ocasionales desmanes y saqueos por parte de los visigodos y, sobre todo, para asegurar su regreso a Tolosa una vez exterminado el enemigo.
Atravesamos la Galia por la vía Domitia y llegamos a Iuncara. De allí marchamos a Barcino, Ilerda y Caesaraugusta, donde descansamos un par de días. Durante el camino, fuimos informados de que los bagaudas habían asolado varias villas y haciendas próximas a Allabone, y hacía allí partimos
con la esperanza de exterminarlos antes de que causasen más daño. Pero llegamos tarde. Unas columnas de humo negro teñían el cielo augurando el aciago presagio de la destrucción de Allabone. El espectáculo era desolador: la ciudad había sido reducida a escombros y sus habitantes pasados a cuchillo. Ríos de oscura sangre discurrían por las embarradas calles y miembros mutilados y cabezas cortadas nos dieron un nefasto saludo. Algunos perros abandonados se unieron a las alimañas provenientes de un cercano bosque para darse un festín con los despojos de la población.
Un arquero, asqueado al ver a un zorro devorando el exánime cuerpo de un niño, disparó su arma de forma certera y el raposo cayó al suelo con una flecha clavada en el costado.
Enterramos a los muertos y Frederico ordenó que prosiguiéramos la marcha lo antes posible. El príncipe se hallaba impaciente por abandonar aquel desolado lugar, tocado por la tenebrosa y mortífera mano de Lucifer.
Por sus huellas, los bandidos se dirigían a Calagurris. Debíamos darles alcance o el municipium correría serio peligro. Recordé a Petronio Quinto, el clarissimus que vivía en una villa cercana a la ciudad, y temí por él.
Durante el camino nos acompañó un profundo silencio: las espeluznantes escenas que contemplamos en Allabone quedaron grabadas en nuestras mentes junto con el acre olor a carne quemada. Solo deseábamos encontrarnos con aquellos salvajes y devolverles al infierno del que habían huido. Aligeramos nuestra marcha y en pocas jornadas nos encontrábamos a las puertas de Calagurris. Su poderosa muralla había disuadido a los bandidos, que se inclinaron por asaltar las villas y haciendas más cercanas, mucho peor protegidas y más fáciles de saquear. Servilio Elerio, el magistrado de Calagurris, nos informó de que unos tres mil bagaudas se encontraban en los alrededores. Me alarmé aún más por la suerte de Petronio Quinto y así se lo transmití a Livio Asinio, que me autorizó a inspeccionar la zona. Acompañado por Arcadio y Áyax, partí a galope hacia la villa del clarissimus.
El sol se ocultaba tras las montañas tiñendo el crepúsculo con el color rojo de la sangre. Azucé mi montura intentando desdeñar los negros presagios que revoloteaban en mi mente como moscas hambrientas.
Recordé al clarissimus y el buen trato que nos dispensó cuando recalamos
en su villa durante el regreso a Lugdunum. Éramos extraños, pero nos abrió las puertas de su casa y de su corazón, agasajándonos con exquisitos manjares y deliciosos vinos. Al igual que dos viejos y apreciamos amigos que se encuentran casualmente después de una larga y penosa separación se regocijan y ríen recordando tiempos pasados, con el clarissimus disfrutamos de una inolvidable velada, reímos, comimos, declamamos poemas y cantamos olvidadas melodías como entrañables e inseparables amigos, aunque no éramos más que simples desconocidos. Petronio Quinto era un gran hombre que no merecía morir bajo el hierro de aquellas alimañas. Pero un penacho de humo negro que se confundía con la oscuridad de la incipiente noche, y unas lejanas luces que simulaban bailar según el capricho del viento, auguraban que los bagaudas ya habían visitado la hacienda dejando su tristemente célebre rastro de fuego y muerte.
—¡Vamos! —grité, fustigando a mi caballo con el corazón latiendo angustiado en mi pecho, ante la ya esclarecedora y terrible imagen de las llamas que se erigían poderosas devorando implacables la villa.
A caballo y con nuestras spathae desenvainadas, cruzamos los ardientes rescoldos en los que se había convertido la recia puerta de la muralla que circundaba la hacienda. Los cadáveres de los esclavos aparecían diseminados por una villa asolada, abandonada al saqueo y a la destrucción.
Los bagaudas se habían ensañado con las mujeres, cuyos cuerpos desnudos yacían exánimes cubiertos de cuchilladas y golpes. Dirigimos nuestras monturas hacia la domus y descabalgamos aún con nuestras espadas desnudas. Entramos con precaución, pues era muy probable que aún permaneciera en el edificio algún que otro bandido ebrio de vino o sangre rebuscando entre los muertos y las dependencias algo interesante que saquear. En silencio, con el corazón encogido, atravesamos el vestibulum y llegamos al atrium. Las esculturas habían sido destrozadas y sus pedazos estaban esparcidos en un pavimento sucio de escombros y sangre. En el impluvium flotaban mansamente los cadáveres de dos esclavos y otros más aparecieron diseminados por el patio. El fuego devoraba la villa alimentado por una suave brisa, embalsamando el aire con el olor a madera quemada.
—Mirad —dijo Áyax, señalando a un hombre crucificado.
Corrimos hacia él con la certeza de que se trataba del clarissimus, pues los bagaudas solían ensañarse con el dueño de la propiedad que asaltaban.
Y, para nuestro pesar, así fue. Petronio Quinto había sido torturado y crucificado. Su toga estaba empapada en sangre y su rostro tumefacto y desfigurado por los golpes recibidos. Debajo de la cruz prendieron una hoguera que no llegó a arder con la virulencia que los salvajes hubieron deseado. Le liberamos y comprobamos que aún permanecía con vida. Le puse en mi regazo y le di un poco de agua. Sus ojos reflejaban el horror del que había sido testigo.
—A… amigo Adriano, sabía que vendrías, una voz interior me lo aseguró —susurró el anciano.
—Tranquilo clarissimus, todo ha terminado, ahora estás a salvo —le dije.
—Pronto me reuniré con Jesucristo, espero que mis pecados sean perdonados y el Todopoderoso consienta que mi alma cruce las puertas del Paraíso.
Petronio Quinto cerró los ojos y murió. Como él bien hubiera deseado, enterramos sus despojos y coronamos su tumba con una tosca cruz de madera. Lloré quedamente su muerte y juré venganza. Los bagaudas se encontraban cerca y era hora de dar con ellos. Henchidos de odio, abandonamos la arruinada villa y cabalgamos hasta que dimos con los asesinos del dignitate. Ocultos tras unos matorrales, advertí que habían acampado en un claro del bosque. Confiados, no habían construido ni empalizadas ni fosos. Allí estaban, unos tres mil bagaudas y suevos, pues los bárbaros, como bien nos temíamos, se habían aliado con ellos con el propósito de depredar la provincia de la Tarraconense bajo la promesa de un cuantioso y fácil botín. Los bagaudas, armados y adiestrados por oficiales suevos, se habían convertido en un temible e implacable ejército, que asolaba las ciudades y las haciendas con la ferocidad de una manada de lobos hambrientos.
Sus perversas carcajadas se escuchaban a varios estadios de distancia, resonando en el aire como si fueran los chillidos de insaciables cuervos pugnando por los despojos de un animal muerto. Bebían, jugaban a los dados o copulaban como animales ante la indiferente mirada del resto. Era
la degeneración del ser humano llegada a su grado más vil y abominable.
Evitando hacer el más mínimo ruido, regresamos a nuestro campamento. En cuanto informé a Livio Asinio, y después de solicitar la preceptiva autorización del príncipe Frederico, se organizó un destacamento constituido por romanos y federados visigodos. El tribuno lo comandaba.
Para evitar hacer excesivo ruido, cubrimos los cascos de nuestros caballos con trapos y marchamos hacia el campamento enemigo. Llegamos sin ser vistos ni oídos. Muchos de ellos dormitaban medio borrachos mientras otros fornicaban tanto con hombres como con mujeres. Los pobres desgraciados, persuadidos del terror que provocaban, confiaban en que nadie osaría hacerles frente. Tal era su soberbia que ni siquiera se habían molestado en apostar vigías. Amparados por la noche, nos acercamos a los bandidos en silencio, y usando nuestros pugium, les degollamos sin hacer el más mínimo ruido. Ocultos entre los árboles, varias decenas de arqueros hacían blanco fácil sobre los inmóviles cuerpos de los que dormían.
—¡Despertad, nos atacan! —gritó una voz, antes de ser acallada por el certero flechazo de un arquero.
Echamos mano de nuestras spathae matando y cercenando a todo aquel bulto que encontrábamos a nuestro paso, en una orgía de sangre y muerte.
Los legionarios, con la imagen aún fresca del cruel exterminio de los habitantes de Allabone, asesinaron a hombres, mujeres y niños sin hacer distinción.
—¡Mátalo, las larvas se convierten en piojos! —ordenó un semissalis a un legionario, que dudaba si ensartar con su espada a un niño de unos cinco años. Poco después yacía el puer en un charco de sangre y con el rictus de la muerte reflejado en su rostro.
Pocos fueron los que lograron escapar ocultándose en la espesura del bosque. El sol saludaba un nuevo día cuando Frederico llegó al campamento bagauda. Algunos rematábamos heridos, mientras que otros se adentraban en el bosque en busca de algún prófugo. El espectáculo que saludó al príncipe visigodo fue desolador. Centenares de muertos bagaudas y suevos estaban diseminados por el suelo, muchos de los cuales habían sido torturados y desmembrados. Los milites se aplicaron con saña con los últimos bandidos y se habían entretenido cercenándoles miembros,
cortándoles orejas y quemándoles los ojos. Frederico ordenó que los muertos fueran amontonados e incinerados, debíamos evitar cualquier tipo de pestilencia o enfermedad.
Observaba como los soldados prendían fuego a los bandidos cuando Livio Asinio, desde su caballo me dijo:
—Has hecho un buen trabajo, quizá no haya sido mala idea que Aecio te haya reclutado para la palatina.
—Gracias, domine, ya te dije que no te arrepentirías.
—Esto es solo el principio, todavía tienes veinte años para demostrar de lo que eres capaz. Los desarrapados y confiados bagaudas no son dignos para la spatha de un centenarius. Pero es indudable que han sido muy útiles para tu adiestramiento.
Herido en mi orgullo, me disponía a responder que también había luchado en Maurica frente a las temibles hordas hunas de Atila, pero el tribuno debió leer mis pensamientos porque añadió:
—Sé que este no es tu primer combate, pues luchaste contra los hunos con Aecio, y con gran valor debo añadir, al menos así he sido informado, pero tu carrera militar no ha hecho más que comenzar. Ya conoces cómo luchan los hunos, los bagaudas y… —se detuvo y miró en derredor evitando que sus palabras fueran escuchadas por oídos inapropiados— los visigodos. Observa con detalle a nuestros foederati, son guerreros formidables. Aprenderás mucho de ellos, y sus enseñanzas te serán muy provechosas en el futuro. De eso no tengas la menor duda. —El tribuno azuzó su montura y la dirigió hacia Frederico, que departía con varios de sus oficiales.
Mis labios mostraron una amarga sonrisa mientras contemplaba como Livio Asinio me lanzaba una discreta mirada y asentía con la cabeza. Su
«sugerencia» no sería desdeñada.
Un ejército de bagaudas aún más numeroso y temible que el que habíamos exterminado en los alrededores de Calagurris, depredaba sin oposición las tierras hispanas fronterizas con la Gallaecia. Así pues, dejamos atrás las
villas de Vareia, Virovesca y marchamos hacia Segisamo, última ciudad importante antes de llegar a Pallantia, nuestro objetivo.
La calzada transcurría a través de un profundo y conocido bosque. Sin saber muy bien el por qué, me distancié de la columna en la que marchaba, y me perdí entre los fresnos y las hayas. Pronto me encontré en un robledal surcado por infinidad de riachuelos. Cabalgué despacio buscando entre las zarzas y los helechos algún rastro que me guiara al enorme tejo donde se nos apareció el druida. No había olvidado a Alana y estaba seguro de que el anciano mago tenía las respuestas para todas mis preguntas. Entre la espesura reconocí el camino que guiaba a la casa del druida. Mi corazón latió con fuerza.
Estaba atardeciendo y debía encontrarme con el hechicero antes de que anocheciera o correría el riesgo de perderme. El graznido de una corneja me sobresaltó, y poco después, un pájaro negro voló sobre mi cabeza para posarse en el hombro de un anciano.
—Eres testarudo como una mula —masculló Lughdyr, negando con la cabeza.
—¿Dónde está Alana? —le pregunté desde mi caballo.
—Ella no pertenece a tu mundo.
—¿Qué quieres decir?
Bajé del caballo y me dirigí hostil hacia el anciano. La corneja, creo que asustada, remontó el vuelo posándose en una rama cercana.
—Su padre fue un gran médico, pero la diosa naturaleza no tuvo a bien iluminarle con el poder de los druidas, en cambio Alana…
—¿Es una mujer-druida?
Me tocó el hombro y me miró con ternura.
—Sé que la amas. Tus ojos lo delatan y tu aura lo confirma, pero ella tiene que seguir su propio camino.
—¿Dónde está?
—En una isla muy lejana llamada Hibernia, allí está recibiendo la instrucción necesaria para canalizar su poder.
Si era cierto lo que el mago me estaba diciendo, podría olvidarme para siempre de mi amada. Nunca había creído en augurios, premoniciones o auspicios, pero ahora tenía que aferrarme a la profecía del druida si quería
tener alguna esperanza de volver a verla. Brotaron de mi boca las palabras de Lughdyr.
—Encontraré un amor puro y bello, un amor bendecido por la Madre, un amor forzado a abandonarme para regresar en el momento que más lo necesite, cuando mi cuerpo yazca herido y exánime, cuando mi último aliento esté a punto de expirar, y la Parca se disponga a arrancarme el alma para arrastrarlo a su mundo de sufrimiento y desolación, entonces, mi amada volverá para liberarme de sus garras y jamás nos separaremos —dije con lágrimas en los ojos.
La corneja, más tranquila, volvió a posarse en el hombro de Lughdyr.
—¿Ella me ama? —pregunté, con el corazón en un puño.
—Te ama y tiene el alma rota por estar separada de ti. Pero la Naturaleza le ha concedido su excelsa gracia, bendiciéndola con la magia de los druidas. No puede escapar a su destino, no está en disposición de elegir. Es una mujer-druida y debe arrostrar su propia realidad.
—¿Relegada a una vida de soledad y misticismo? ¿Ese será el futuro que le espera? —le pregunté iracundo.
Lughdyr me miró con pesar, y sacudiendo la cabeza dijo:
—Tu ignorancia y prejuicios te impiden ver más allá de tus propios ojos. Nosotros, los druidas, curamos a los enfermos, instruimos a los físicos y ayudamos a los necesitados, ¿hay algo más bello que salvar la vida a un hombre, formar a un médico o ayudar a quién más lo necesita? Nuestro hogar es el bosque porque aquí habita nuestra Madre, y se manifiestan los espíritus que guían nuestros augurios. Sí, nuestra vida es solitaria y sacrificada. Ser druida es una pesada losa que, conforme ayudas a los necesitados, se va aligerando hasta que finalmente agradeces haber sido bendecido con el favor de la Madre Naturaleza.
La noche nos cubrió con su oscuro manto, y advertí que el camino desaparecía perdido en la espesura del robledal. No podía regresar con mis compañeros.
—Acompáñame a la cabaña, mañana volverás con los tuyos —me dijo, como si supiera en qué estaba pensando.
Caminamos varios minutos hasta que llegamos a su hogar. Allí me preparó una sopa muy especiada de pan y cebolla. Yo tenía la mirada
velada, estaba convencido de que jamás volvería a ver a Alana.
—Ha nacido para ayudar a los demás, piensa en las vidas que salvará cuando regrese. Será venerada entre los suyos como una diosa. Ten por seguro que volverás a verla, así está escrito —aseguró el anciano con una sonrisa.
—Creo que ella ha tomado su decisión. Si Dios, o los dioses estiman oportuno que volvamos a vernos, que así sea, pero mientras tanto, haré lo posible por olvidarla. Su recuerdo me es amargo como la hiel.
Ni siquiera intenté reprimir el llanto y las lágrimas afloraron con virulencia. Una imagen un tanto penosa para todo un centenarius. Lughdyr se compadeció de mí e intentó consolarme.
—Alana te ama, y siempre te amará —dijo convencido, luego se acercó a un pequeño caldero, vertió un líquido verdoso en una escudilla y me la acercó—. Toma, bebe esto, te ayudará a dormir.
Sequé mis lágrimas y bebí de la escudilla sin preguntar siquiera qué era.
Poco después sentí como mi cuerpo se relajaba, liberándome de la angustia que anidaba en mi alma. Los párpados comenzaron a pesarme como si fueran de hierro, obligándome a cerrar los ojos…
Y mi menté voló. Surcó inmensos prados y profundos acantilados dejando atrás encrespadas montañas. Floté sobre un bravío y espumoso mar de olas infinitas hasta que quedé envuelto en una espesa niebla. Desconocía si me dirigía hacia el norte o hacia el sur, hacia el este o hacia el oeste, pero una cuerda invisible, una extraña energía conducía mi vuelo hacia un destino incierto. De pronto la niebla se desvaneció, mostrando varias pequeñas islas que defendían un accidentado acantilado. Una tierra verde y hermosa se abrió ante mis ojos. A lo lejos, pude ver un montículo coronado por colosales dólmenes formando varios círculos concéntricos. Varios druidas, vestidos con largas túnicas blancas, oraban alrededor de un gran fuego. Estaba a punto de amanecer. Me acerqué y comprobé que Alana se encontraba entre ellos. Detuve mi vuelo enfrente de mi amada. Me sonrió y toqué su suave mejilla con mis manos. Sin decir palabra, se quitó un cordón de cuero que engarzaba un muérdago de plata, y me lo colgó del cuello.
—Amor mío, este es mi sitio, este es el pueblo al que pertenezco.
Cuando llegue el momento… volveremos a estar juntos —azorada bajó la
vista al suelo, como si aquellas últimas palabras le hubieran producido más dolor que dicha—. Ahora debes irte y volver con los tuyos —y con los ojos sumergidos en lágrimas, añadió—: Te quiero…
El traqueteo del carro me despertó. Miré a mi alrededor confuso, no sabía dónde me encontraba. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, intenté serenarme y comprendí que me hallaba en uno de los carros que transportaban a los heridos. Asomé la cabeza a través de una lona.
—Vaya, por fin te has despertado —dijo el miles que conducía el carro.
Me senté a su lado. Sin saber cómo, me encontraba con mis compañeros legionarios. Habíamos dejado muy atrás el robledal y marchábamos por un campo de trigo.
—¿Qué me ha pasado? —balbuceé, todavía confuso.
—Te trajeron esta mañana poco antes del amanecer, por lo visto, te habías caído del caballo. Debes tener más cuidado, esas caídas pueden resultar fatales.
¿Qué había sido de mi conversación con Lughdyr? ¿Y de mi viaje hasta aquellas inhóspitas tierras? ¿Era todo producto de una alucinación provocada por la caída del caballo? De pronto, recordé que Alana me había entregado su colgante. Raudo, me eché la mano al pecho y, fascinado, contemplé la argentada figura de una hoja de muérdago.
Las lejanas murallas de Pallantia, perfiladas en un ocre y almenado horizonte, nos revelaron la llegada a nuestro destino. Desde allí partiríamos en busca de los bagaudas y de sus aliados suevos. Acampamos extramuros de la ciudad y así permanecimos durante dos días, reponiéndonos del fatigoso viaje. Ya bien descansados, visigodos y romanos marchamos hacia el sur con el fin de aniquilar la peste que se había esparcido por toda Hispania, contagiándola con el miasma de la muerte y la desolación.
Nos dirigimos hacia la ciudad de Septimanca. Los federados formaron la vanguardia y, cubriendo la retaguardia, nos hallábamos los legionarios de Roma. Según las últimas informaciones, los bagaudas habían hecho de las suyas por la comarca.
Atardecía y acampamos cerca del rio Pisoraka, en un monte de encinas y chaparros. Hacía calor y acompañado por Calero, me dirigí a refrescarme al río.
Durante toda la campaña me había olvidado de él y de sus largas melenas y rubios bigotes. Tan numeroso era el ejército y tantos los visigodos barbudos y melenudos, que habría sido imposible encontrármelo.
Pero para mi desgracia, él sí consiguió localizarme.
—¡Vaya, vaya, romano, parece que volvemos a vernos! —exclamó Walder acompañado por varios spatharii.
Me encontraba de cuclillas refrescándome, cuando la áspera voz del germano resonó a mis espaldas. Me levanté echando mano de mi empuñadura y Calero hizo lo propio.
—Me dijeron que te libraste de la muerte de Rodrik —así debía llamarse el germano al que maté en la aldea sueva—, bueno bien merecido se lo tenía. No se debe subestimar al enemigo, por muy afeminado que parezca.
El comes spathariorum soltó una gran risotada que fue jovialmente acompañada por su séquito. No caí en la provocación y permanecí observando como daba vueltas a nuestro alrededor como si buscara algún resquicio por dónde atacarnos.
—¿Dónde está la zorrita? —preguntó, deteniéndose enfrente de mí.
—Muy lejos de tus sucias zarpas.
El germano volvió a romper a carcajadas.
—Tú y yo tenemos varios asuntos pendientes y creo que por fin ha llegado el momento de liquidarlos —rezongó, desenfundado su espada.
—¡Quieto! —ordenó una voz desde un imponente alazán.
—Mi señor, este romano y yo tenemos una cuenta que saldar —repuso el interpelado.
—Los romanos son nuestros aliados y no voy a permitir pendencias entre nosotros.
El germano obedeció con desgana y enfundó su arma, perdiéndose entre las encinas no sin antes lanzarme una furibunda mirada. Sus ojos ambarinos gozaban de la prerrogativa de aterrar al más valeroso de los soldados.
—Mi oficial es un hombre bastante temperamental, pero nada has de temer mientras permanezca bajo mis órdenes.
Quien habló fue el príncipe Frederico. Hombre joven y apuesto, tenía el pelo negro y el rostro rasurado. Si no fuera por los ropajes visigodos, hubiera concluido que se trataba de un tribuno o de un curial romano.
—Nos conocemos desde hace tiempo, y entre nosotros… digamos se han suscitado diferencias irreconciliables —dije.
El príncipe sonrió.
—Estoy más o menos informado —dijo desde el caballo.
Me sorprendió que Frederico supiera de mi existencia y más que estuviera al corriente de mi enemistad con Walder.
—Debo decirte que tienes que andarte con cuidado. El spatharius es un gran guerrero y tozudo como una mula, no cejará en intentar terminar lo que mi hermano Eurico le impidió en la aldea sueva.
—Agradezco tu consejo, domine —dije con un asentimiento.
—Tu acto fue muy noble y lamentaría tu muerte. Cuídate, centenarius
—añadió el príncipe, poniendo al trote su montura.
Calero y yo le miramos hasta que se perdió tras las encinas.
—Me han dicho que Teodorico se ha vuelto igual que él —dijo Calero.
—¿Qué quieres decir?
—Que se ha romanizado. Ahora se corta el cabello, se afeita e incluso, según se rumorea, lee a los clásicos romanos.
—Vuelven a ser fieles aliados de Roma, eso es lo importante.
Poco después de su coronación como rey de los visigodos, Teodorico ratificó el foedus firmado por su padre con el Imperio. El rex Gothorum, al igual que Frederico, consideraba a Roma como el centro de la cultura y del saber, y lógicamente, no les faltaba razón. Turismundo estaba persuadido de nuestra debilidad y no habría dudado en luchar contra nosotros si hubiera tenido la más mínima oportunidad. En cambio, el nuevo rey adoraba Roma y anhelaba empaparse de los conocimientos y la sabiduría que nuestro inmenso acervo cultural atesoraba. Pero Eurico era completamente distinto y, al igual que ocurría con Turismundo, en Roma no advertía más que un inmenso territorio que conquistar o saquear. Rogué por que Teodorico
disfrutara de un reinado largo y próspero, pues el destino del Imperio, de una u otra manera, estaba ligado al del rey visigodo.
Nos encontramos con nuestro enemigo a pocas millas de los espesos pinares que circundaban la ciudad de Cauca. En esta ocasión, no se trataba de los desarrapados y malolientes bagaudas que masacramos en Calagurris. A estos los dirigía un oficial suevo que respondía al nombre de Agilulfo. El bárbaro había desertado junto con varios cientos de soldados, en busca de mayor fortuna en tierras hispanorromanas. Se había asentado en un viejo castrum abandonado próximo a Cauca, y su ejército había sido preocupantemente incrementado con desheredados, desertores, proscritos y con todos aquellos que acudían al amparo del suevo bajo la promesa de un gran botín, como las golosas moscas acuden raudas a la miel.
Los bagaudas de Agilulfo se habían hecho fuertes en el antiguo castrum. Reforzaron sus murallas, levantaron empalizadas y construyeron un profundo foso. Más de tres mil hombres se protegían tras los muros del viejo campamento. Sin duda el vándalo sabía lo que hacía. Nosotros acampamos en un prado alejado del bosque, a pocas millas del fuerte bagauda para evitar emboscadas nocturnas. Como medida habitual de protección, levantamos un vallum circundado por un foso de diez pies.
Todavía no había amanecido y ya formábamos en la explanada.
Frederico departía con los oficiales al tiempo que los visigodos en el flanco derecho, y los romanos en el flanco izquierdo, permanecíamos firmes, expectantes ante las órdenes de nuestros generales. Ese día marcaría el final de los bagaudas en tierras hispanas. No tardamos en ponernos en marcha y, en pocas horas, nos encontrábamos frente al castrum bagauda. Desde el adarve Agilulfo impartía órdenes a diestro y siniestro a unos soldados que se movían con dirigencia y rapidez, conociendo exactamente cuál era su cometido.
Los primeros en avanzar fuimos los romanos. Formamos un muro de escudos y, protegiendo el ariete, marchamos la legio palatina con la misión de distraer a los defensores, mientras los federados, apoyados por los sagitarii, colocaban escalas sobre los muros del castrum. No habíamos
avanzado mucho cuando una lluvia de flechas cayó sobre nuestros scuta.
Bien protegidos, superamos los dardos enemigos sin sufrir ninguna baja, pero los bagaudas no iban a permanecer de brazos cruzados en espera de ser atravesados por nuestras espadas. Un ruido sordo nos sobresaltó, luego se oyó otro y un último estruendo nos confirmó nuestros temores. Una enorme piedra cayó sobre nuestra columna causando un gran número de muertos. El desconcierto en nuestras filas fue aprovechado por los arqueros que hicieron blanco fácil sobre nosotros.
—¡Corred y protegeos bajo la muralla! —gritó el tribuno.
Y así hicimos, pero ya en las murallas fuimos recibidos con aceite hirviendo y brea. Nuestra legión estaba siendo diezmada. Por suerte, varios visigodos habían alcanzado la muralla y colocado las escalas. Sin más opción que subir por ellas, o morir calcinados, trepamos por los muros con la esperanza de alcanzar el adarve. Así hicimos, y apoyados por un puñado de infantes y arqueros visigodos, los milites de la legio palatina fuimos los primeros en coronar el adarve. Allí nos recibieron a mandoblazos cientos de suevos y bagaudas. Vi a Arcadio luchar con valor rodeado de varios enemigos. Me dirigí hacia él, pero varios bagaudas me cerraron el paso.
Vestían con mugrientos harapos y estaban armados con grandes mazas y bastones. Eran tres y me miraban con aviesas intenciones. No tuve problemas en deshacerme de uno de los desarrapados haciéndole una finta y estocándole el muslo derecho. Pero sin concederme el mínimo descanso, me atacó otro con una enorme maza de madera. Logré esquivar varios de sus golpes, pero el salvaje también era diestro y se protegía bien de mis acometidas. Miré a Arcadio y advertí con horror como un suevo le clavaba una lanza por la espalda, haciéndole caer inerte al interior del castrum.
Impelido por la preocupación, logré zafarme de mi adversario y salté sobre el tejado de la armería cayendo rodando al suelo, muy cerca de donde yacía mi amigo. Me acerqué a Arcadio y comprobé que, aunque malherido, aún respiraba. De pronto advertí que estaba completamente rodeado de bagaudas. Uno de ellos corrió hacia mí enarbolando su pica, profiriendo en desgarradores aullidos. Fue lo último que hizo antes de ser atravesado por una flecha disparada por uno de los sagitarii.
—¡ Centenarius aquí está la legio palatina para patear los culos de estos piojosos! —gritó el soldado, mientras saltaba sobre el tejado de la armería seguido por varios milites.
Un fuerte estrépito nos confirmó que el ariete había hecho su trabajo, y la puerta principal del castrum cedió. Cientos de visigodos, cabalgando sobre corceles de guerra, irrumpieron en el campamento arrasando a todo suevo y bagauda que se encontraron a su paso. Ordené a varios legionarios que llevaran a Arcadio al valetudinarium, en tanto el resto de milites nos disponíamos a aniquilar a tan molesto enemigo. Corría hacia los desarrapados cuando sentí un fuerte golpe en la espalda que me hizo caer al suelo. Cuando me incorporé, advertí que había sido golpeado por un jinete, pero no se trataba de un suevo o de un bagauda. Su sonrisa maliciosa exhibió una ristra de dientes amarillos. Descabalgó y se acercó hacia mí, blandiendo su espada.
—¡Llegó el momento! —gritó Walder, lanzándome una estocada.
Aprovechando la confusión del combate, el bárbaro pretendía acabar de una vez por todas conmigo. Pude detener su primer ataque y, además, le lancé un par de mandoblazos que bloqueó con dificultad. Pero el germano volvió a la carga lanzándome una fuerte estocada que conseguí desviar. Era fuerte como un toro. A nuestro alrededor luchaban romanos y visigodos contra bagaudas y suevos sin reparar en nuestro particular combate. La caída del castrum era cuestión de tiempo, pero yo tenía otras preocupaciones y el fuerte golpe que me propinó en el costado, así me lo confirmó. Me encontraba completamente exhausto, casi sin aliento, pero advertí en los ojos amarillos de Walder y en sus bocanadas de aire, que no se encontraba mucho mejor. Durante unos instantes nos mantuvimos frente a frente, sin atacarnos, estudiándonos mutuamente, buscándonos un punto débil, una guardia baja que nos permitiera poner fin a nuestra eterna disputa. Entonces advertí un movimiento a la espalda del germano, aferré con fuerza mi pugio y lo lancé haciendo blanco en el pecho de un bagauda que se disponía a degollarle. En los labios de Walder asomó una terrible sonrisa. El germano estaba persuadido de que había errado el ataque, pero sintió en su espalda el cuerpo inerte del bagauda atravesado por mi puñal y entendió. Me miró con el ceño fruncido, y apretó los puños desconcertado.
Si no hubiera sido por mi certera intervención, su cuerpo estaría rígido en el suelo y con la lengua asomándole de forma grotesca por el cuello.
Finalmente, extrajo mi ensangrentado pugio del pecho del bagauda y lo arrojó a mis pies.
—No consideres romano que esto impedirá que algún día acabe contigo, pero los dioses me castigarían si hoy matase al hombre que ha salvado mi vida. Tendré que esperar otra ocasión —dijo, antes de descargar toda su ira sobre un desafortunado suevo.
Han pasado muchas décadas y aún desconozco por qué no permití que el bandido me librara del terco germano. No entiendo cómo en mi mente brotó la insensatez de arrojar mi puñal sobre aquel harapiento, acabando con su vida en lugar de esperar a que este acabara con la de Walder. Han pasado muchos años y no he dejado un solo segundo de maldecir aquella errónea decisión…
Jadeando y agotado por el esfuerzo, caí de rodillas. En derredor todo era muerte y destrucción. Conseguí levantarme y, como si fuera un fantasma, caminé entre los cadáveres y los heridos. Una vez más, el olor a miseria humana impregnó con su miasma cada palmo de mi piel. Varios visigodos torturaron a un suevo antes de cortarle la cabeza, mientras otros sacaban a rastras a varias mujeres de una casa y las ultrajaban una y otra vez, ante las bromas y risotadas de sus compañeros. Tenía la sensación de que todo aquello era irreal, como si las escenas que mis ojos contemplaban fueran un sueño o, mejor dicho, una horrible pesadilla. Los gritos de dolor se confundían con las súplicas de piedad, las carcajadas de los vencedores con los lamentos de los vencidos y los gemidos de los violadores con los llantos de las violadas. Me acerqué a un abrevadero con la intención de refrescarme, pero el agua estaba teñida de sangre. La Parca había cubierto con su sombrío manto cada palmo de aquel castrum.
No hubo prisioneros, todos los bagaudas y los suevos fueron ejecutados.
Su líder, Agilulfo, como escarmiento a su insensata rebeldía, fue desollado vivo y sus restos arrojados a las alimañas.
Me dirigí al valetudinarium preocupado por el estado de Arcadio. A mis espaldas dejé un castrum devorado por las llamas, oculto por una espesa cortina de humo negro anegado con el acre olor a carne quemada.
Una gran sonrisa me saludó nada más entrar en la tienda. Allí me esperaban Arrio Sidonio, Áyax, Calero y naturalmente, Arcadio.
—Vaya, veo que luces una hermosa herida de guerra —dije nada más entrar.
—Es más grande que la tuya.
—Y creo que más dolorosa.
Arcadio exhibía un aparatoso vendaje que le cubría el torso, su faz reflejaba las huellas de un profundo dolor.
—Otro combate más y aún podemos contarlo —observó Arrio Sidonio.
—Gracias a Dios seguimos vivos —intervino Calero.
—A Dios y a nuestras espadas —añadió Áyax tamborileando en la empuñadura de su acero.
Una mueca de dolor desdibujó del rostro de Arcadio, impidiéndole compartir nuestro júbilo. Al poco, nos marchamos, dejándole descansar. Lo importante era que estaba vivo y que la herida no le dejaría ninguna secuela grave, salvo una estremecedora cicatriz en la espalda.
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