Roma Invicta Est

Alfonso Solis · Capítulo 18 de 22 · parte 1/3

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Roma Invicta Est

Capítulo XVII. Una amarga despedida.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

CAPÍTULO XVII

Una amarga despedida.

Amicus, adiuta me, quo id fiat facilius[21].

Estaba bien agradecido a Tallos, pues sin su sorprendente habilidad no hubiéramos conseguido escapar del desastre de cabo Mercurio, pero fue otro magister navis el que guio nuestro barco a Carthago Nova, así pudimos ahorrarnos su fétido olor y repugnante aliento. Atracamos el barco en el muelle ante el alborozo y la sorpresa de los nuestros, que ya nos daban por muertos. Por desgracia, no todo fueron lágrimas de felicidad por nuestra llegada, pues fueron muchos los compañeros que dejaron sus vidas en África. Hombres y mujeres se acercaron preguntando insistentemente por sus seres queridos obteniendo respuestas negativas en la mayoría de las ocasiones. Así pues, la alegría de quién podía abrazar a su padre, marido o hermano, quedaba empañada por la tristeza de otros que, con el corazón destrozado, se rasgaban las vestiduras rotos de dolor, siendo difícilmente consolables. Fue un día de deseados encuentros y tristes confirmaciones.

Descendí por la pasarela y busqué con la mirada a Valeria, a quién no tardé en encontrar acompañada por nuestros hijos y por Calero, que se santiguó nada más vernos. Corrí a su encuentro y nos fundimos en un fuerte abrazo.

—Pensé que habías muerto —sollozó, abrazándome con fuerza.

—Estoy aquí cariño —dije, antes de besarla.

—¡Papá! ¡Papá! —gritaron al unísono Annia y Salvio Alexandros, levantando los brazos, reclamando mimos y caricias.

Me agaché y los estreché entre mis brazos. Las lágrimas corrían sin control por mis mejillas. Envuelto en el calor que solo puede conceder un

profundo y entregado amor, permanecí unos minutos, tratando de desdeñar de mi mente las escenas de muerte y sangre que germinaban incontrolables en mi recuerdo como los brotes verdes de un campo de trigo. Con los ojos velados por las lágrimas, miré a Valeria. Sus labios dibujaron una afligida sonrisa. Su rostro aún se hallaba castigado por la angustia que conlleva una atormentada espera.

—Gracias a Dios habéis vuelto —dijo Calero, abrazando a Arcadio—.

¿Dónde está Cassio Beleno?

Arcadio negó con la cabeza.

—Dios lo tenga en su gloria —deseó con tristeza el monje santiguándose.

—Ha sido un infierno, nosotros podemos contarlo de milagro, pero la mayoría han muerto —dije, incorporándome con los niños en brazos.

—¡Adriano! —exclamó Flavino Proto, dirigiéndose a nosotros, abriéndose paso entre la multitud—. ¡Qué alegría que estés vivo!

—¡Opino lo mismo! —exclamé.

Dejé a los niños en el suelo y abracé al magistrado.

—Ha debido ser horrible —dijo con pesar.

—Un infierno. La playa de cabo Mercurio estará teñida de sangre durante años.

El magistrado asintió con pesar.

—Hablaremos más adelante, de eso y de otros temas… Ahora, ve con tu familia y descansa. Cuando estés dispuesto acércate por el Senado —dijo serio, sus ojos estaban velados por la preocupación.

—Así haré.

Nos dimos un abrazo y Flavino Proto se perdió entre el vulgo. A pesar de no haber participado en la campaña, se le advertía cansado y alarmantemente preocupado. Algo no iba bien en Carthago Nova.

—Adriano, te dejo. Mi garganta está seca y reclama atención urgente. Si necesitas algo de mí, ya sabes dónde encontrarme —dijo Arcadio.

—¿En la iglesia de Calero? —le pregunté con sorna.

—¡Ja, ja, ja, nos vemos amigo! —exclamó, alejándose acompañado por una hermosa joven.

—Este hombre nunca cambiará —intervino Calero con una sonrisa.

—Dios sabrá perdonarle todos sus pecados, ¿no crees?

Calero se encogió de hombros no muy convencido y dijo:

—Debo irme. Por desgracia, hoy serán muchos los que busquen consuelo en la iglesia y recen por los seres queridos que ya no están entre nosotros. Me alegro mucho de que hayas vuelto —añadió sincero, cogiéndome de los antebrazos.

—Gracias amigo.

A mi mente asomó el recuerdo de Cassio Beleno. Sentí una presión en la garganta, y mis ojos se humedecieron. Nos despedimos con un abrazo y marché con mi familia a la domus.

Durante dos días permanecí encerrado en casa disfrutando de la compañía de Valeria y de mis hijos. Anhelaba olvidarme de las guerras, de los amigos fallecidos, de los miembros mutilados flotando en un mar rojo de sangre… Me hallaba hastiado, cansado de tanta muerte y desgracia.

Odiaba que mis hijos crecieran en un mundo tan cruel y desdichado. Pero por desgracia, nada podía hacer por evitarlo y la implacable derrota contra los vándalos solo acarrearía más problemas y dificultades.

Una noche me desperté entre sudores fríos. Había tenido un sueño recurrente pero no por ello menos aterrador. En él, me encontraba rodeado de barcos envueltos en llamas y era atacado por demonios con los ojos rojos de sangre. Desde que volví de Sicilia todas las noches sufría la misma pesadilla. Entonces recordé las palabras del druida: «Cuando los barcos naden en el fondo del mar y los demonios amenacen las murallas de la ciudad, marcharás con tu familia hacia el norte. En caso contrario, morirán».

—¿Te encuentras bien cariño? —me preguntó Valeria, incorporándose en la cama—. ¿Ha sido la misma pesadilla?

Asentí entre jadeos.

—La primera parte de la profecía del druida se ha cumplido, el cabo de Mercurio fue un infierno de fuego y muerte. Centenares de barcos descansan ahora en el fondo del mar…

—¿Y quiénes son los demonios que amenazan las murallas? —Hacía tiempo que a Valeria le había hecho partícipe de mi pesadilla.

—No lo sé, quizá sea el ataque definitivo de los bárbaros.

A la mañana siguiente, sin poder retrasar más mis obligaciones como comes civitatis, me dirigí al Senado donde me esperaba un impaciente Flavino Proto. Le encontré sentado en su escaño acompañado por varios curiales. Todos tenían el semblante serio y preocupado. Me acerqué a ellos y me saludaron afectuosamente con una cálida sonrisa, dando gracias a Dios por permitir mi regreso sano y salvo.

—Me alegro de que ya estés plenamente restablecido —me dijo el magistrado—. Salgamos fuera y demos un paseo, el otoño se acerca y no quiero desaprovechar un día tan hermoso como este.

Salimos del Senado y caminamos por las calles de la ciudad.

—La derrota contra los vándalos va a tener consecuencias inimaginables —comenzó a decir—. Ahora somos más débiles que nunca y los bárbaros lo saben. Vive Dios que lo saben. Pero eso no es lo más grave.

—¿Qué quieres decir?

—No son pocos los dignitates hispanorromanos que se han arrastrado hasta la corte de Eurico con caros regalos rindiéndole pleitesía. Rezongan que no aceptan a un emperador griego impuesto por el emperador León y, que además, les ha conducido a una desastrosa derrota frente a los vándalos.

Aseguran que es él, Eurico, quien debe dar el primer paso y desligar sus territorios de Roma.

—¡Pero eso es alta traición! —exclamé indignado.

El magistrado asintió.

—Temen perder sus dignidades y riquezas, y se venden al mejor postor.

Roma es débil y Eurico es el rey más poderoso de entre los bárbaros.

Muchos nobles ya han decidido a quien dispensar su fidelidad cuando llegue el momento.

—¿Sabemos quiénes son?

—Son muchos, pero el caso más odioso y aberrante es el de Arvando, el praefectus praetorium Galliarum. El traidor ha sido arrestado y se encuentra en los calabozos de Rávena. Se le acusa de preparar el reparto de

la Galia entre visigodos y burgundios. Si él ha traicionado al Impero ¿qué no hará el resto de provinciales y dignitates?

—Se arrastrarán como babosas a los pies de los reyes extranjeros —

reconocí con pesar.

Tomamos asiento en un banco de piedra. Hacía sol pero una suave brisa refrescaba nuestros cansados rostros.

—¿Tenemos alguna noticia de Genserico o de Eurico? —le pregunté.

—Que Eurico cruce el Loira y ataque las ciudades romanas de la otra orilla es cuestión de tiempo. Luego, probablemente, se dirija hacia el sur y atraviese los Pirineos. En cuanto a Genserico, esperamos ver sus tropas amenazando nuestras murallas en cualquier momento.

—No parecen noticias muy halagüeñas.

—No, no lo son.

Me levanté del banco y me puse en pie.

—Posiblemente no resistamos otro ataque vándalo —admití.

—Lo sé. Además, Genserico no se conformará con saquear la ciudad, la querrá anexionar a su territorio. Estamos en una carrera contra el tiempo. Es como un juego —explicó el magistrado, levantándose del banco—. Hay un gran pastel sobre la mesa y cinco niños corren endiablados hacia él con la intención de comerse todo lo que puedan. Lo que uno no se coma, se lo comerá el otro.

—Entiendo.

—El pastel es Roma, y los cinco niños son los visigodos, vándalos, ostrogodos, burgundios y francos. Lo que no nos arrebate uno, nos los robará el otro. Es un juego infame en el que todos ganan y solo uno pierde: Roma.

—El Imperio será depredado por cinco manadas de lobos hambrientos.

Lo que me complace —añadí con una sonrisa torcida—, es que una vez hayan satisfecho sus estómagos, se lanzarán los unos contra los otros como bestias rabiosas. La infinita ambición que invade las entrañas de los codiciosos bárbaros los destruirá.

Durante el invierno las campañas militares se detienen, pues los caminos están anegados por las lluvias dificultando la marcha de tropas y carruajes.

Abrigados junto a la chimenea y preparando nuestras defensas para un futuro ataque, pasamos los largos y fríos días de invierno. Fueron apenas unas semanas de tranquilidad, donde conseguimos olvidarnos de guerras, muertes y destrucción. Pero la paz no era más que un deseo, un sueño efímero que terminaba con la vigilia y, pocas semanas antes de que las plantas florecieran, esperando con ansiedad el vuelo de las infatigables abejas, llegaron a nuestra ciudad inquietantes noticias: los vándalos habían desembarcado con miles de soldados en las Columnas de Hércules y tomado las ciudades de Carteia y Malaca. A su paso, no dejaron un rastro de fuego y destrucción, sino todo lo contrario. Los mensajeros, completamente perplejos, nos informaron de que el rey Genserico les había ofrecido la oportunidad de rendirse. En tal caso, la ciudad no era saqueada ni incendiada y la vida de sus habitantes respetada. Pero las prerrogativas del vándalo no eran gratuitas. Su Senado debía desprenderse públicamente de la autoridad de Antemio y, por lo tanto, de Roma, rindiéndole total sumisión y obediencia. La decisión era bien sencilla: destrucción y muerte, o rendición y vida.

La llegada de la primavera supuso el principio del fin. De nuestro fin.

Las huestes bárbaras tomaron posiciones y atravesaron nuestras limes, arrebatándonos las ciudades sin encontrar apenas resistencia. En el norte Eurico, por fin, se había desprendido de la falaz máscara de errático aliado de Roma apoderándose de las ciudades de Avaricum y Tours. El rey visigodo había invadido la Galia, devorando un pedazo importante del apetitoso pastel, anticipándose a las acometidas francas y burgundias. En el sur, era Genserico el que reclamaba su parte del festín invadiendo la Carthaginiense. Entretanto, en el ordo decuriorum, en el Senado de Carthago Nova, nos encontrábamos los curiales discutiendo sobre la dramática primavera que nos aguardaba, invadidos por una abrumadora sensación de desánimo y temor.

—Avanzan muy rápido, ya han tomado Gades, Anticaria y la villa de Iliberri. En estos momentos se dirigen a Abdera —dijo el curator Flaco

Mutio, un hombre de rostro enjuto, frente despejada y nariz aquilina. Un hombre de una honorabilidad y falta de valor incuestionables.

—Pero no están destruyendo las ciudades o villas, ni quemando las cosechas o asesinando a los campesinos —añadió un censor.

—Efectivamente, Genserico solo les exige que le juren lealtad y renieguen del poder de Antemio, a quién considera un usurpador de origen griego —explicó Flaco Mutio en tono excesivamente condescendiente, como si las peticiones del rex Vandalorum fueran una nimiedad, una menudencia plenamente asumible.

—¿Y cuál es tu opinión respecto a las buenas maneras del vándalo? —

le preguntó Flavino Proto al curator, levantándose del escaño.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el interpelado, algo confuso—. Si te refieres a…

—No, no hace falta que me respondas —le interrumpió Flavino Proto con un ademán—. Muchos de los aquí presentes nos tememos cuál será tu postura en cuanto se vislumbren en lontananza las enseñas del invasor. No, no quiero escucharte, sería extremadamente doloroso para mí que un clarissimus de Carthago Nova pronunciara determinadas palabras —el magistrado comenzó a pasear por el Senado, negando apenado con la cabeza. Flaco Mutio le contemplaba con los labios apretados y rojo de ira

—. Genserico no pretende enriquecerse con esta campaña —prosiguió—, su objetivo es otro; conquistar la Carthaginiense y anexionarla a sus territorios.

Por lo tanto, es muy probable que nos conceda el privilegio de rendirnos.

Una rendición incondicional, humillante, servil… Bueno, si a cambio respeta nuestra vida y nuestras posesiones… ¿verdad? —desvió la mirada sobre los curiales con el propósito de escrutar sus pensamientos. No tardó en reconocer lo que ocultaban las mentes de muchos de ellos—. Alguno de vosotros concluirá que Genserico es un bárbaro generoso, magnánimo, justo… —prosiguió—. Tal vez, incluso haya cruzado por su mente que Carthago Nova sería más rica y próspera bajo su patrocinio. Al fin y al cabo, sus huestes se hayan más cerca de nuestras limes que las legiones de Roma. Entonces… ¿le aceptamos como rey y renegaremos del griego? —

preguntó de forma retórica—. Tengo la impresión de que, en esta sala, hay senadores que no ven con malos ojos la invasión del bárbaro… al fin y al

cabo, no ha destruido ciudades, no ha esclavizado a los hispanorromanos, no ha quemado los campos… —miró fijamente a Flaco Mutio que incapaz de aguantarle la vista, fijó los ojos en el pavimento—. Pero insisto

¿queremos seguir siendo romanos o mejor besamos la mano del vándalo y nos convertimos en uno de ellos? ¿Qué es lo qué vamos a hacer, senadores de Carthago Nova? —algunos curiales se dispusieron a responder, pero el magistrado alzó la mano. Aún no había terminado con su discurso—. Solo os pido una cosa. Solo una. Pensad bien vuestra respuesta, pues de ella dependerá el futuro de nuestros ciudadanos, de nuestras familias.

Flavino Proto regresó a su escaño y fue felicitado con palabras de aliento y palmadas en la espalda por los curiales más afines.

—¡Roma nos ha abandonado, no tenemos posibilidad de sobrevivir a un ataque bárbaro! —exclamó un anciano y temeroso decurión, levantándose de su escaño—. Será mejor vivir como un bárbaro que morir como un romano —susurró, volviendo a tomar asiento.

—¡Debemos rendirnos! —exclamó otro, apoyando sus palabras.

—¡¿Habláis de rendiros cuándo todavía no os han dado esa oportunidad?! —exclamó con vehemencia otro más—. Sois tan cobardes que huis solo con oír nombrar al enemigo.

—Efectivamente, estamos especulando —espeté, intentando poner algo de orden en aquel avispero—, discutiendo por una circunstancia que todavía no ha sucedido. Desconocemos si Genserico negociará la paz o enviará a sus soldados a asaltar nuestras murallas. Este es un debate inútil, centrémonos en los hechos y no en las conjeturas.

Un murmullo atronador resonó en la sala. Los curiales se encontraban divididos y muchos de ellos, verdaderamente asustados. No les culpo.

Muchos teníamos mujer, hijos y algunos, nietos. Nuestra vida nos importaba muy poco, pero muy distinto era pensar en la suerte que correrían nuestros seres queridos si Genserico tomaba la ciudad a sangre y fuego.

—Después de conquistar Abdera. ¡Después de conquistar Abdera! —

proseguí, procurando hacerme oír en aquella barahúnda. El murmullo se fue apagando y, aunque no se extinguió completamente, al menos su apaciguamiento permitió que continuara con mi intervención—. Es seguro que el rey vándalo se dirigirá a Carthago Nova. Si es cierto que le

acompañan decenas de miles de soldados, defender nuestras murallas supondrá una colosal empresa de muy improbable éxito —varios decuriones asintieron, convencidos de mis palabras—. El ordo decuriorum es el máximo responsable de la protección de nuestros ciudadanos y debemos actuar con prudencia y sabiduría. Bien, no vamos a seguir divagando sobre supuestos y conjeturas. Es un esfuerzo inútil y, como vuestros rostros revelan, agotador. Ya discutiremos de este tema más adelante. Pero sí voy a expresar mi opinión, para que nadie, absolutamente nadie en este Senado, tenga duda sobre cuál será mi determinación llegado el momento —la sala quedo sumida en un profundo silencio—. Soy hispano… y romano, y lo seré hasta el fin de mis días. No puedo interpretar lo uno sin lo otro. ¿Acaso vosotros sí? —mi pregunta retórica fue seguida de una breve pausa para que mis palabras fueran asentando en las mentes de los curiales—. Si es así —proseguí—, considero que no merecéis recibir ni un nombre ni otro. —Un nuevo murmullo comenzó a recorrer la sala. Alcé las manos y continué—. No, curiales de Carthago Nova, no lo merecéis. No merecéis llamaros hispanos, porque ser hispanos conlleva el deber de defender nuestras tierras de nuestros enemigos, y no merecéis llamaros romanos porque si renegáis del emperador, si renegáis de Roma, también debéis de renegar de todo aquello que Roma representa. ¡Empezando por vuestros nombres, orígenes y antepasados! —el murmullo se tornó en feroz vendaval, y varios curiales vociferaron insultos y levantaron amenazantes sus puños, pero yo no me amedrenté. Aún no había terminado—. ¡Si despreciáis a Roma, os despreciáis a vosotros mismos! —los rugientes gritos de los senadores debieron oírse en las mismísimas puertas de la Urbs.

Levanté nuevamente los brazos y proseguí, una vez se hubieron calmado levemente los ánimos—. Rechazáis a vuestro emperador y os entregáis dócilmente a los brazos de un rey bárbaro —continué, con voz serena pero decidida—. Y, yo os digo, yo os digo senadores de Carthago Nova, que no distingo diferencia alguna entre vosotros y las prostitutas que cambian de cliente a su antojo, guiadas únicamente por la codicia. ¿O es vuestro miedo lo que os impulsa a comportaros como cobardes?

—¡Esto es intolerable, no voy a consentir este ultraje! —gritó un curial, echando mano de un puñal escondido en su toga.

—Guarda tu puñal —le dije señalándole con el dedo—, o bien utilízalo contra los vándalos que se encuentran a las puertas de Carthago Nova, pero jamás oses alzarlo contra un hispanorromano que pretende ser fiel a sus principios. Si eres tan audaz como para blandir un arma en este sagrado lugar, no dudo de que te encontrarás a mi lado, en primera línea de combate, cuando Genserico asalte nuestras murallas. Confío en que así sea. Serás bien recibido.

Mis palabras despertaron algunas carcajadas y el curial, avergonzado, ocultó la daga y volvió a tomar asiento.

—Bien, muy bien —proseguí, una vez se fue apagando el fuego de la ira que amenazaba con calcinar el ordo decuriorum—. Estoy satisfecho de lo que hoy aquí, en el Senado de Carthago Nova, donde litigamos los representantes del pueblo, he visto. Sí, domini, estoy muy satisfecho —

desvié mi vista sobre los confusos rostros de los curiales—. Pues he sido testigo de como honorables y dignos curiales se han sentido gravemente ultrajados por unas palabras que muchos han interpretado como graves insultos. Y han gritado, levantado puños e, incluso, exhibido armas —añadí, mirando al decurión que extrajo su puñal—. Bien, estoy muy satisfecho porque… si vosotros, nobles curiales, habéis respondido con inusitada furia ante mis palabras, desatando vuestra ira, vuestra rabia, vuestra ofuscación…

¿qué no haréis ante las espadas bárbaras? Todos aquellos que levantasteis vuestros amenazantes puños contra mí, contra un hispanorromano como vosotros, ¿qué no alzaréis contra un invasor que amenaza con destruir todo aquello en lo que creéis? Espero, deseo, que todo vuestro encono lo desatéis contra los vándalos, el verdadero y único enemigo, y no contra vuestro comes civitatis. En caso contrario, como os he dicho antes, seréis tan de fiar como las prostitutas que venden sus servicios en los sórdidos lupanares.

Tomé asiento dejando al Senado sumergido en la más formidable de las tormentas. Recordé las palabras de Flavino Proto cuando me aseguró que las batallas que se libraban en el ordo decuriorum no dejaban un pavimento sembrado de muertos, pero no por ello eran menos cruentas. Hasta ahora, no había sido consciente de cuanta razón tenía. Después de largos minutos, en los que las discusiones, insultos y amenazas se sucedieron de forma atropellada, quizá debido al cansancio de los decuriones o a la constancia de

que, dicho maremágnum no llevaba a ninguna parte, el silencio, un placentero y reconfortante silencio, fue adueñándose de la sala. Entonces volví a tomar la palabra:

—He enviado equites para que informen del número de tropas de Genserico y confirmen si es cierto que el vándalo respeta las ciudades y la vida de quienes le rinden pleitesía —comencé a decir—. No obstante, aún no sabemos si Genserico será tan benevolente con nosotros como lo está siendo con el resto de las ciudades conquistadas. Recordad que ya resistimos a su asedio. Quizá ahora sus intenciones para con nosotros sean bien distintas y no sea suficiente con abrir las puertas de Carthago Nova y besar sus sucios pies de bárbaro arriano para salvar nuestras lamentables y cobardes vidas —dije, mirando con desprecio a los curiales favorables a la rendición. Un murmullo cargado de imprecaciones, insultos y recriminaciones recorrió la sala—. Ahora —proseguí, reclamando silencio con un gesto—, ahora, debemos obrar con calma y prudencia. En primer lugar esperaremos la llegada de los equites y sus informes. Entretanto, reforzaremos las murallas e instruiremos a nuevos tires. Es inútil discutir durante más tiempo sobre el futuro de Carthago Nova mientras no tengamos más información y sepamos a fe cierta, cuáles son las intenciones del bárbaro. Flavino Proto os ha formulado una pregunta —proseguí mirando al magistrado—. No os pido que la respondáis ahora. No es el momento. Lo que sí os ruego, lo que os imploro desde lo más profundo de mi corazón es que meditéis largamente sobre vuestra decisión, pues de ella dependerá nuestro futuro como romanos —y para concluir, añadí—: Si los curiales están de acuerdo, levantaré esta sesión, y os convocaré a una nueva cuando hayan regresado nuestros jinetes. Será el momento de expresar vuestro parecer.

Los curiales aceptaron mi sugerencia y abandonaron el Senado inmersos en un confuso arrullo de opiniones encontradas. En los ojos de muchos de aquellos clarissimi leí que, a pesar de mis duras palabras, no dudarían en cuál sería su decisión cuando Genserico se encontrase a las puertas de la ciudad.

Llegué a casa con la preocupación marcada a fuego en el rostro. Mi hija Annia se lanzó sobre mí nada más abrir la puerta, mientras Salvio Alexandros leía un pergamino ayudado por Valeria. Besé a la pequeña y la dejé en el suelo entretenida con una muñeca de trapo. Mi mujer me miró y se acercó a mí dejando al pequeño inmerso en la lectura de un hexámetro de la Eneida de Virgilio. Una obra extremadamente complicada para un adulto y que Salvio Alexandros leía sin entender absolutamente nada, pero como herramienta de aprendizaje en la lectura, tenía un valor incalculable.

—¿Qué es lo que ocurre? —me preguntó Valeria preocupada.

Durante unos instantes dudé si confesarle la verdad o no, al fin y al cabo no merecía la pena preocuparla.

—Los vándalos han tomado varias ciudades y pronto se dirigirán a Carthago Nova, pero no te preocupes, recibiremos refuerzos de Roma y les podremos hacer frente —mentí con una sonrisa, intentando ser lo más convincente posible.

Valeria arrugó el entrecejo, era evidente que no lo había conseguido.

—Dime la verdad, no intentes ocultarme nada o estaré aún más preocupada.

La miré a los ojos. Cada día era más hermosa. Me acerqué al pequeño Salvio Alexandros y detuvo su lectura para regalarme una gran sonrisa. La pequeña Annia simulaba dar de comer a la muñeca de trapo con una cuchara de madera. Eran mi familia, los amaba más que nada en el mundo y no permitiría que corrieran ningún peligro. Miré a Valeria, que permanecía con sus bellos ojos negros fijos en mí, esperando una respuesta. Suspiré y le conté todo lo que había sucedido en la curia.

—¿Qué vais a hacer cuando los vándalos se encuentren frente a nuestras murallas? —me preguntó.

—Antes de que eso ocurra, el Senado habrá tomado una decisión.

—¿Entonces? —insistió.

—No lo sé —reconocí, sentándome abatido en un escabel.

Instintivamente me eché mano del colgante y apreté con fuerza la mandrágora de plata que colgaba de mi cuello.

—Quizá el druida pueda ofrecerte la respuesta —me dijo Valeria, tocándome el hombro. Pensaba que el colgante me lo había regalado

Lughdyr. No sé muy bien por qué, pero nunca le dije que fue Alana quien lo hizo.

—Lughdyr está muy lejos de aquí —repuse, levantándome del escabel

—. Pero tienes razón, necesito consejo y sé quién puede dármelo.

En una iglesia anida una paz que difícilmente se puede hallar en otro sitio. El olor a incienso y a cera, el silencio, las imágenes representadas en techos y paredes, el Cristo crucificado y la sobriedad y dureza de los sillares confieren a los templos una magia, un hechizo capaz de aguzar la mente y despertar sentimientos dormidos. Con tal esperanza tomé asiento en un frío banco de piedra con el deseo de encontrarme con Calero. Pocos minutos pasaron hasta que el monje, antes guerrero, hizo su aparición. Mi presencia le sorprendió y, sonriendo, se acercó. Había anochecido y la iglesia se encontraba vacía. Mejor así, prefería hablar con Calero y pedirle consejo a solas en ese ambiente tan espiritual.

—Te saludo, amigo Adriano. He de reconocer que es toda una sorpresa encontrarte a estas horas en la iglesia, ¿va todo bien?

—Necesito hablar contigo.

—Entiendo —dijo, sentándose a mi lado—. Amigo mío, si lo que necesitas es hablar y ser escuchado, te puedo asegurar que no hay mejor lugar que este —añadió con una sonrisa.

Asentí y comencé a relatarle la discusión que habíamos mantenido en el Senado. Calero me observaba con atención, sin perder un solo detalle de mis palabras. Cuando hube concluido, el monje se levantó, y con un gesto me invitó a que le acompañara a dar un pequeño paseo por los pasillos de la iglesia.

—Necesito de tu consejo.

—No sabes qué hacer cuando los vándalos sitien la ciudad, ¿verdad? —

me preguntó.

—Una parte de mí quiere luchar, morir con la espada en la mano defendiendo el Imperio, pero otra teme por Valeria y los niños. No quiero que les ocurra ninguna desgracia —respondí con los ojos empañados.

El monje asintió arrugando los labios.

—Debemos vivir para honrar a Dios, muertos no le somos útiles.

—¿Quieres decir que debemos besar la mano de Genserico y vivir como bárbaros? ¿Cómo herejes arrianos? —le pregunté confuso.

—Son arrianos, es cierto, pero la base de sus creencias son las mismas que las nuestras: ellos creen en la existencia del Dios único y de su hijo Jesucristo, con la única, pero no menos importante salvedad, de que niegan su divinidad. Para ellos Jesucristo fue creado por Dios para cumplir su plan; la redención del mundo. A Jesucristo se le puede llamar Dios por su relación con el Creador, pero no deja de ser una criatura más. En él no hay nada de divino, es solo un hombre. También niegan la Santísima Trinidad y solo creen en Dios Padre. Tanto Jesucristo como el Espíritu Santo fueron creados por Dios para servirle de intermediarios con los hombres, y ayudarle a cumplir su sagrado plan. Esta es la gran diferencia entre los arrianos y los católicos.

—¿Crees qué debemos rendirnos a los vándalos? —le pregunté, más interesado en conocer su opinión sobre los bárbaros que en recibir una clase de teología.

—Eres comes civitatis, y miembro del ordo decuriorum, de vuestra decisión depende la vida de miles de personas, entre ellos la de tu familia.

El monje se detuvo y me miró fijamente a los ojos.

—¿Cuánto tiempo llevamos luchando contra los bárbaros? —me preguntó—. ¿Cuántos buenos hombres han muerto en esta guerra interminable? —recordé a Arrio Sidonio, a Optila, a Áyax, a Cassio Beleno y a tantos y tantos más…—. Tarde o temprano Roma caerá, ¿acaso tiene sentido alargar más la agonía? ¿Existe alguna esperanza de victoria por remota que esta sea? —negué con la cabeza—. Entonces ¿tiene sentido que haya más derramamiento de sangre?

—Pero dejaríamos de ser romanos…

—Solo somos hombres, hijos de Dios. Si puedes criar a tus hijos en paz, si puedes recoger las cosechas sin temor a que sean quemadas o levantar una casa sin miedo a que sea destruida ¿qué importancia tiene que tu señor se llame Genserico, Eurico o Antemio?

—¿Estás impartiendo una lección de resignación cristiana? —le pregunté, sin ocultar mi enojo—. ¿Estás sugiriendo que seamos

condescendientes y pongamos la otra mejilla, pues disfrutaremos de nuestra recompensa en el reino de los cielos?

En su rostro advertí que mis palabras le habían herido.

—Debes pensar con el corazón, no con las vísceras —respondió.

Comencé a pasear por el pasillo acompañado por Calero. Durante varios minutos medité sus palabras. Mi amigo me pedía que claudicara ante el enemigo y humillase mi cabeza para poder salvarla. Desconocía que futuro nos aguardaba si Carthago Nova era conquistada por los vándalos. ¿Quién me aseguraba que no seríamos esclavizados o asesinados? ¿Quién tenía la certeza de que no nos obligarían a convertirnos a la fe arriana? Yo era romano, mi familia era romana y si Roma caía, quizá no merecía la pena seguir viviendo.

—No —dije casi sin pensar, todavía sumido en mis cavilaciones. Calero me miró con expresión confusa.

—¿Qué quieres decir?

Suspiré hondo.

—He tomado una decisión.

—Espero que el buen Dios te haya iluminado y tu decisión sea la correcta —deseó mi amigo, con los ojos velados por la tristeza.

Los equites regresaron pocas semanas después de que se reuniera la curia en asamblea, confirmando las palabras de Flaco Mutio: las ciudades, municipios y villas arrodilladas a los pies de los vándalos fueron respetadas, pero aquellas que se negaron a reconocer a Genserico como su señor, fueron exterminadas y sus habitantes sacrificados. Poco después llegó a la ciudad un oficial del rex Vandalorum. Traía consigo un mensaje con sus condiciones. Se convocó una nueva reunión del ordo decuriorum y tras varias horas de viscerales y agotadoras discusiones, se llegó a un acuerdo.

El sonido de los tambores y de las tubas de guerra precedió la llegada de los vándalos. El sol se ocultaba tras el horizonte y el crepúsculo se cernía sobre nuestra lánguida ciudad tiñéndola de rojo. Desde mi atalaya, observé como los bárbaros, en formación, a paso lento pero de forma inexorable, se acercaban amenazantes hacia nuestras murallas. Enarbolaban antorchas

encendidas, cuyas llamas se reflejaban en sus corazas, yelmos y ojos, vistiéndoles con el color de la sangre. El ejército de Lucifer surgido del más profundo de los avernos. La cadencia de los tambores penetraba en nuestros oídos encogiéndonos el corazón, mientras el suelo gemía ante la marcha de las invencibles tropas. Se detuvieron a pocos cientos de pasos de las murallas, lejos del alcance de nuestros arqueros. Serían decenas de miles de soldados a los que, como humillante muestra de obediencia, se habían unido centenares de bucelarii de las ciudades sometidas. El sol desapareció, y una plateada luna llena emergió por el horizonte tras el enemigo, que reverberaba ahora iluminado por sus rayos argentados. El viento soplaba haciendo ondular las llamas de las antorchas, como si de un mar de fuego se tratara. El sonido de los tambores y de las tubas cesó, y un siniestro silencio envolvió la sombría noche. Desde nuestra elevada posición, observábamos la escena, conscientes de que no habríamos tenido ninguna posibilidad. A mi lado, Arcadio miraba a los bárbaros con gesto serio y preocupado.

—Ha llegado el momento —dije, y descendí por las escaleras de la muralla acompañado por mi amigo.

A mi mente llegaron las palabras del druida: «Cuando los barcos naden en el fondo del mar y los demonios amenacen las murallas de la ciudad, marcharás con tu familia hacia el norte. En caso contrario, morirán».

No tenía dudas, sabía que hacía lo correcto. Me dirigí a la domus, allí me aguardaban Valeria y los niños. Ya estaban preparados. Subidos en un carro con nuestras pertenencias, marchábamos en silencio ante la mirada empañada por las lágrimas de varios vecinos. De las callejuelas, como si de afluentes se trataba, comenzaron a aparecer decenas de ciudadanos que bien a pie, a caballo o en carros, se unieron a nosotros formando un río humano.

Flavino Proto se unió con su familia, otros decuriones hicieron lo propio.

Flaco Mutio observaba la triste procesión desde la azotea de su domus.

Nuestras miradas se cruzaron y se despidió con un gesto con la cabeza. Sus ojos brillaban emocionados. Pasamos cerca de la iglesia de Calero. El monje nos bendijo con agua, rezando un Padrenuestro. Tenía los ojos empañados y por sus mejillas corrían desbocadas las lágrimas. Me despedí de él sin bajarme del carro, tenía un nudo en la garganta. En la puerta de la ciudad aguardamos hasta que todos estuvimos preparados. Poco a poco, se

nos unieron más compañeros de viaje. Arcadio, sobre su poderoso caballo de guerra, tomó la decisión, junto con puñado de legionarios y bucelarii, de acompañarnos en nuestra diáspora. A pesar de que en las calles se arracimaban cientos de personas, el silencio era casi total, siendo únicamente roto por el ladrido de un solitario perro y el llanto de un niño.

Ninguno de nosotros quería abandonar Carthago Nova, pero no teníamos otra opción. Esperé la llegada de algún rezagado y finalmente di la orden:

—¡Abrid las puertas!

El crujido seco de la madera precedió la aterradora visión de los soldados vándalos portando sus amenazantes antorchas. Muchas mujeres y niños rompieron en llanto y los hombres, instintivamente, echamos mano de nuestras empuñaduras. ¿Cumpliría Genserico su palabra? La vida de mi familia y de tantos y tantos hispanorromanos más, dependía de ello.

Encabecé la procesión subido en un carro. A mi lado se encontraban Valeria y los niños, que miraban con terror a los bárbaros. Annia, presa del pánico, hundió su rostro en el pecho de su madre intentando apartar de su mente la imagen de aquellos demonios. La procesión me seguía con paso lento.

Genserico, montado en su caballo, nos observaba con atención. Me detuve frente a él. Asintió y me hizo un ademán para que prosiguiéramos con nuestro camino. Azucé a los bueyes y reemprendimos el viaje. Cuando ya me encontraba a varias decenas de pasos de las murallas, me detuve y miré atrás. De la puerta de la ciudad salió un senador, se acercó a Genserico y besó su mano. Era Flaco Mutio.

En la oscuridad, iluminados por antorchas, poco más de cien familias y cincuenta soldados abandonamos Carthago Nova y, siguiendo la vía Augusta, nos dirigimos hacia el norte, hacia la ciudad de Tarraco, con la esperanza de que la capital de la Tarraconense permaneciera a salvo de los ataques bárbaros. Después de varias horas de silenciosa marcha, tomamos descanso en un pequeño claro cerca de la vía. Aún no había amanecido, pero ya nos encontrábamos a una distancia prudencial de los vándalos y no debíamos temer su ataque. Genserico había cumplido su palabra.

Encendimos unos fuegos y calentamos algo de comida. El reflejo de las llamas jugaba caprichoso con los rostros de los huidos, haciendo brillar sus emocionados ojos.

— Domine —dijo un niño de unos doce años que se encontraba delante de mí—. ¿Crees qué hemos hecho bien al abandonar la ciudad?

Diez rostros levantaron sus distraídas miradas del fuego y las dirigieron hacia mí. Recordé la reunión celebrada en el Senado poco después de la llegada de los equites y del mensajero del rex Vandalorum. El ambiente era tenso y después de varias horas de enconado debate, llegó el momento de la ingrata votación. Mi mente voló, evocando aquel momento: Los curiales acudieron al Senado en un profundo y elocuente silencio.

Más parecían encontrarse en las exequias de un personaje ilustre y querido que en una sesión del ordo decuriorum. Poco a poco y con paso cadencioso y derrotado, fueron tomando asiento en sus respectivos escaños. Desvié mi vista sobre aquellos hombres. Muchos de ellos rezumaban nerviosismo y temor, sus ojos así lo revelaban. Pero, en cambio, había otros cuyas miradas y gestos constataban una férrea determinación. Sus ojos no estaban emponzoñados por el miedo y la duda, sino que transmitían una lealtad inquebrantable hacia Roma. Entre los primeros se encontraba Flaco Mutio, el curator, y, entre los segundos, el magistrado Flavino Proto. El resto de los senadores se hallaban divididos. En aquella sesión del Senado se dirimiría el futuro de Carthago Nova. La decisión no era fácil, pues de aquella votación dependía la vida de miles de personas. Hacía calor en el Senado, un insoportable y sofocante calor. Nuestros corazones se agitaban alocados y nuestros rostros estaban desfigurados por la preocupación y la angustia. Fuera como fuera, a partir de aquel día nuestras vidas, nuestro mundo, cambiarían irreversiblemente. El Senado permanecía en silencio y los senadores me miraron impacientes por que se iniciara el infausto cónclave. Así pues, me incorporé del escaño y comencé a hablar:

— Clarissimi senadores de Carthago Nova, hace unos días tuvo lugar una asamblea en la que os hice partícipes del avance de Genserico por tierras hispanas, así como de su proceder con las ciudades conquistadas. En aquel momento tomamos la prudente decisión de esperar a que dichas informaciones fueran contrastadas para inclinar nuestro voto hacia una de las dos únicas alternativas posibles. Pues bien, como muchos de vosotros ya sabéis, los exploradores han regresado y con ellos la confirmación de que Genserico no destruye las ciudades que se humillan a sus pies. En cambio,

es implacable con aquellas que persisten en su determinación de mantenerse fieles al Imperio. Además, hemos recibido la visita de un mensajero de Genserico con sus condiciones —en los ojos de los curiales leí que también estaban al corriente de este hecho, así como del contenido de la misiva. Así pues, decidí ser breve para abrir el debate lo antes posible—. El rex Vandalorum nos ofrece la paz a cambio de la rendición y entrega incondicional de la ciudad, aseverando que si aceptamos someternos a su regia autoridad, respetará la vida y posesiones de cada uno de los cartaginenses.

Un leve rumor seguido por asentimientos y labios contraídos se propagó por la sala. Desplacé mi mirada por aquellos clarissimi con el propósito de escrutar sus ánimos e intenciones, pero en ellos solo reconocí el miedo de quién contempla con impotencia como su mundo se desmorona, devorado por las insaciables fauces de la codicia y la ambición.

—El rex Vandalorum se encuentra a las puertas de Carthago Nova. En pocos días o incluso horas vislumbraremos sus enseñas ondear en el horizonte —proseguí—. Estos son los hechos, esta es la infame realidad que nos hostiga. Ahora, el pueblo, nuestro pueblo, confía en el criterio de este ordo decuriorum para resolver con sabiduría esta situación y evitar que la desgracia se ensañe con nuestra amada ciudad.

Los senadores se miraron entre ellos. Estaban asustados, confusos, desconcertados. Unos, abandonados a la derrota, otros, los menos, mantenían la mirada firme y digna, dispuestos a inmolar su vida y la de sus suyos antes que someterse al bárbaro.

—En la última sesión de este noble Senado, el magistrado Flavino Proto nos formuló una pregunta —continué, mirando al decurión—. Esta asamblea ha sido convocada para dar respuesta a la misma. Os recuerdo, clarissimi decuriones, que el magistrado nos preguntó si, ante la inminente llegada de los bárbaros, rendiríamos la ciudad o lucharíamos por ella. Todos sabemos lo que conllevaría nuestra elección. En aquella sesión os rogué que meditaseis profundamente vuestra decisión, pues de ella dependerá nuestro futuro. Bien, confío en que así haya sido. No voy a ahondar más en las consecuencias de nuestra determinación, pues para ello se ha convocado esta asamblea. En este Senado existen dos opiniones, dos pareceres bien

distintos sobre como arrostrar la llegada de Genserico. Ambas corrientes son totalmente contrapuestas: una aboga por inclinarnos ante el bárbaro, mientras la otra opta por luchar. Flaco Mutio defenderá la primera opción; la rendición ante el invasor, y Flavino Proto, la segunda; la defensa de la ciudad. Ahora escucharemos los argumentos de ambos clarissimi y después, procederemos a la votación. Os reitero, senadores de Carthago Nova, que reflexionéis vuestro dictamen y que no os dejéis arrastrar por sentimientos confusos o viscerales. La vida y el futuro como hispanorromanos de miles de ciudadanos dependen de lo que este sabio cónclave acuerde. Qué Dios nos ilumine.

—Qué Dios nos ilumine —repitieron los senadores en apenas un susurro.

— Clarissimus Flaco Mutio, cuando desees, puedes proceder —dije con un gesto al curator.

Flaco Mutio asintió, se incorporó pesadamente del escaño y se encaminó al centro de la sala. Su enjuto rostro estaba desdibujado por la preocupación y un profundo pesar. Se relamió sus resecos labios y después de carraspear un par de veces, dio comienzo a sus argumentos.

—Muchas gracias comes civitatis por revelarnos la situación con desoladora exactitud —dijo paseando por la sala, con una voz fuerte, grave, confiada, que contrastaba sorprendentemente con su semblante débil y derrotado—. Es bueno saber con qué nos enfrentarnos sin enmascararlo con palabras confusas y delicadas. Es bueno no divagar en conjeturas o suposiciones, si no en realidades confirmadas, por muy adversas que estas sean. Y los hechos que nos ha manifestado nuestro comes civitatis no pueden ser más nefastos, no pueden ser más desesperanzadores, no pueden ser más penosos —hizo una pausa y desvió la mirada sobre los curiales, que le contemplaban en un tenso silencio—. Pero detrás de cada ruina, oculto bajo los escombros de todo desastre, siempre surge una esperanza. La vida, el futuro, invariablemente se abre paso tras la desgracia. Siempre lo hace, nobles clarissimi. Siempre. Pero no voy a negar que sea fácil. No, no es fácil. Y la vida se abrirá paso en Carthago Nova tras la llegada de los vándalos, sea cual sea nuestra decisión. Y aquí, en esta sagrada sala, lo que en verdad estamos discutiendo es el tributo que deberemos pagar los

cartaginienses para que Carthago Nova perdure más allá de nuestra existencia. Y, yo, solo acierto a apreciar dos tipos de tributo: sacrificar nuestra fidelidad al Imperio, o —detuvo su paseo y miró con severidad a Flavino Proto— la vida de nuestros ciudadanos.

Flaco Mutio se acercó a su escaño y un sirviente le acercó un vaso de agua. Entretanto, el Senado quedó sumido en un rumor de conversaciones confusas, pero por los gestos de unos y de otros, era evidente que el curator se estaba ganando el favor de la mayoría de los decuriones.

—Dentro de diez, cincuenta o incluso mil años, Carthago Nova seguirá existiendo. Quizá sea reconocida con otro nombre, quizá bajo el dominio de otros pueblos, pero pervivirá. De eso no tengo la menor duda —prosiguió

—. Pero divago. Disculpadme, senadores, pues me he desplazado demasiado lejos en el tiempo. Lo que ahora nos ocupa no es la Carthago Nova de dentro de diez, cincuenta o mil años, si no la Carthago Nova de ahora. Pero… —el curator se acarició el mentón y entornó los ojos pensativo—, pero ¿qué será de nuestra ciudad si hoy es devastada por los vándalos? ¿Cuánto tardará en recuperarse de la sangre derramada? ¿Cómo juzgará la Historia a los curiales que decidieron emprender una resistencia insensata aún estando persuadidos de que la victoria era imposible? No, clarissimi, yo me niego a manchar mis manos con la sangre de mi pueblo, de mi familia. —El curial se miró las palmas de las manos y negó con la cabeza—. Roma, nuestra amada Roma, ha sido derrotada —prosiguió, deambulando de nuevo por la sala—. Desde hace largos años las batallas entabladas por nuestros legionarios se cuentan por derrotas. Los bárbaros cruzan nuestras limes sin encontrar resistencia, las ciudades hispanas se rinden a su paso, muchos dignitates e incluso altos oficiales del ejército sirven ahora bajo las órdenes de los reyes bárbaros. Hace años que las legiones abandonaron Hispania. ¿Qué fue de la legión VII Gemina? ¿Dónde se encuentran la segunda cohorte Flavia Pacatiana, la cohorte Lucensis, la primera cohorte Celtiberorum, y la primera y la segunda cohorte Gallica?

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