Rusos II

Edward Rutherfurd · Capítulo 2 de 29

Páginas del PDF

Rusos II

Capítulo 1670

Era verano y en la pequeña localidad de Russka reinaban un frenesí y una agitación diametralmente opuestos a la habitual calma del lugar.

La razón era que se preveía la llegada de los rebeldes.

Los monjes, no sabiendo qué postura adoptar, buscaron la orientación del abad, pero ni siquiera él había decidido si convenía defender el monasterio o abrirles las puertas de par en par. En el pueblo y en la cercana aldea del Lugar Sucio, también había división de opiniones. Muchos jóvenes pensaban que sería una liberación. «Van a eliminar el yugo de los campesinos -afirmaban-. Ahorcarán a los Bobrov y la tierra pasará a nuestras manos.» Entre la gente de más edad dominaba en general el pesimismo. «Si vienen esos rebeldes -

predecía un pequeño comerciante-, serán como una plaga de langosta.»

Nadie sabía siquiera a ciencia cierta dónde se encontraban los rebeldes. Al otro lado del Volga, creían algunos; cerca de Nizhni Nóvgorod, apuntaban otros; en aquella misma orilla del Oká, declaraban los más alarmistas.

¿Y qué cabía decir de su cabecilla, el osado cosaco Stenka Razin?

En el transcurso de unos pocos años su nombre se había convertido en una leyenda. «Asentará su gobierno en Moscú -vaticinaban-, como un auténtico zar.»

Entre toda aquella excitación, los niños del Lugar Sucio encontraron una nueva forma de diversión: mofarse de una callada y seria muchacha de dieciséis años. Aunque ésta fingía no hacerles caso, sus insistentes preguntas, acompañadas de risitas y carcajadas, le causaban más dolor del que creían. La joven se llamaba Arina, y la pregunta que le hacían era siempre la misma. «Arina, ¿de verdad es Stenka Razin tu padre? ¿Va a venir a salvarnos? Dinos, Arina, ¿de verdad va a venir tu padre?»

Le dolía porque desconocía la respuesta.

¿Quién era su padre? Nadie se lo decía.

Hasta los cinco años, supuso que era el administrador: al fin y al cabo, vivían con él. Era un hombre severo y de carácter agrio que, aunque a veces la sentaba sobre sus rodillas, le producía un sentimiento de tristeza porque percibía que no la quería. Ella debía de tener la

culpa, pensaba. Pero cuando tenía cinco años, él murió y ella y la vieja Elena se trasladaron a la espaciosa izba de su tío. Poco después, una niña le dijo:

–Tu padre era un cosaco.

No entendió nada, y cuando le preguntó a su abuela, ésta se limitó a contestarle:

–Qué tontería.

Aun así, Arina no tardó en advertir, instintivamente, que había algo raro en ella, algo malo. Suscitaba murmuraciones y risas sofocadas.

Por fin, a los siete años, Elena le dijo la verdad con brusquedad.

–El administrador no era tu padre. Tú eres hija de un cosaco. Eso es todo. No se hable más del asunto.

No volvió a mencionarlo. Desde ese día comprendió, no obstante, que para la gente del pueblo aquella extraña e invisible figura del cosaco era como una marca que la diferenciaba de los demás.

Un cosaco. ¿Qué significaba? Nunca había visto ninguno, pero sabía que eran unos tipos salvajes y terroríficos, que llevaban un solo mechón de pelo en medio de la cabeza rapada y largos bigotes y que cabalgaban por la estepa igual que los tártaros. ¿Podía ser que uno de aquellos diablos fuera su padre? En una ocasión preguntó, vacilante, a su abuela, qué aspecto tenía.

–El de un cosaco. Era moreno. Olvídalo -le contestó concisamente Elena.

Tuvo que transcurrir un año antes de que Arina se atreviera a formular otra pregunta:

–¿Cómo se llamaba mi padre?

–No lo sé y no tiene ninguna importada. – En la voz de la vieja Elena había un asomo de irritación-. ¿De qué serviría saberlo? Lo más probable es que esté muerto, y aunque no lo esté, tampoco lo verás nunca. – Luego, al ver la decepción de Arina, agregó moderando el tono-: No te preocupes, palomita. Gracias a Dios, tienes aquí a toda la familia que necesitas.

Era cierto. Aparte de su tío -que era el hermano de su madre-, casi la mitad del pueblo tenía algún lazo de parentesco con ella. Hasta el sacerdote que iba a la pequeña iglesia de madera del Lugar Sucio era

primo lejano suyo, e igual sucedía con dos de los comerciantes de Russka. No, reconoció Arina, no tenía ninguna razón para sentirse sola.

La vida en el pueblo era a menudo dura. Los campesinos estaban hechos al sufrimiento; sus padres recordaban aún los últimos días del reinado de Iván el Terrible y los años catastróficos que siguieron a éste.

En dos ocasiones ya durante la corta vida de Arina, se había echado a perder la cosecha y habían pasado un hambre terrible. Un año llegó la noticia de que la ciudad de Smoliensk, en el oeste, se había visto invadida por una población de tres o cuatro mil lobos que vagaban por las calles en busca de comida.

El peor azote era, con todo, la guerra. No parecía que fueran a terminar nunca las batallas. Tal como se temía, en cuanto el zar tomó Ucrania bajo su protección, estalló una nueva guerra con Polonia.

Durante trece años, no había habido ninguna estación en que no abandonara Russka otra tanda de hombres para engrosar el ejército del zar. Muchos no regresaban.

Fue una mala suerte para el pueblo que Nikita Bobrov se casara con un buen partido -aquello sucedió justo después de nacer Arina-, pues lo que era bueno para el amo no lo era para el Lugar Sucio.

–Ahora tiene otras propiedades -se lamentaba Elena-. ¿Qué le importa que maten a la mitad de nuestros hombres? Él los pone sin más en manos de esos alemanes y herejes que los llevan a luchar como si fueran ganado. Le tienen sin cuidado.

Anheloso de complacer al zar, Nikita era, en efecto, generoso a la hora de suministrarle siervos de su pueblo -al que no iba apenas- que estarían a las órdenes de los oficiales extranjeros, tan comunes en el ejército del zar. A lo largo de toda la infancia de Arina, la aldea había vivido en una especie de letargo, aguardando el regreso de quienes no habían de volver jamás.

Su propia familia había salido, no obstante, bien parada de la guerra. Por algún motivo, el tío de Arina no había sido reclamado para ir al frente. La suerte quiso que, al llegar a la mayoría de edad, sus tres hijos varones no fueran seleccionados tampoco. La familia prosperó. El tío de Arina era el único del pueblo que no estaba endeudado con los Bobrov a cuenta del pago de los tributos y hasta tenía un trabajador a su cargo que los ayudaba en las labores del campo.

Poco a poco, Arina se fue dando cuenta de que su tío sobornaba al administrador. El antiguo administrador era un campesino, pero, a su muerte, Nikita Bobrov mandó a un esclavo para ocupar su lugar. La razón por la que sus primos se habían librado de ir a la guerra era que su padre podía permitirse sobornar a aquel hombre. Cuando por fin lo comprendió, quedó un tanto escandalizada.

–¿No es una mala acción? – preguntó a la vieja Elena.

–Puede -admitió ésta-. Pero debes alegrarte de que lo haga.

–¿De dónde saca el dinero el tío?

–No preguntes.

–Pues no es justo -insistió Arina.

–Ya conoces el dicho -contestó, con una pesarosa sonrisa, Elena-:

«El lobo está cerca, pero en una fría y oscura noche, el zar se halla bien lejos.» Deja de pensar en lo que está bien y lo que está mal y ocúpate sólo de salir adelante.

La familia era amable con Arina, y ella por su parte colaboraba en todo lo posible. Preparaba la gran cazuela de barro que ponían sobre la estufa para que se cociera la comida durante la noche y salaba los alimentos para conservarlos durante los largos inviernos. Cuando uno de sus primos hacía un molde para las galletas de jengibre, era ella quien lo ayudaba a dibujar el pavo real que le servía de guía para tallar la madera. Bordaba, además, bastante bien.

Era extraño, teniendo los padres que tenía, que fuera tan poco agraciada. De Andréi había heredado el cabello moreno y de su madre cierta gracia de movimientos, pero aquí acababa todo el parecido. Era de tez pálida; todo el mundo convenía en que tenía la nariz demasiado larga; bizqueaba un poco y en el lado izquierdo de su barbilla sobresalía una nada estética verruga. Esa falta de belleza física quedaba paliada, sin embargo, cuando sonreía, pues lo hacía con una extraordinaria dulzura.

Para compensar sus vergonzosos orígenes, Elena la había criado con gran rigor. Abuela y nieta acudían prácticamente a todos los servicios religiosos que se celebraban en el Lugar Sucio, Russka y el monasterio, recorriendo a paso rápido los caminos con la cabeza envuelta en un pañuelo, cabizbajas, sin apenas alzar la vista para

hablar cuando se santiguaban en el umbral de la iglesia, en cuyo interior encendían velas y rezaban delante de todos los iconos.

A Arina le gustaba sobre todo cantar en el pequeño templo de madera del Lugar Sucio. A los quince años se le manifestó una preciosa voz de contralto que apreciaba mucho el sacerdote. «Es nuestro ruiseñor -solía decir-. Ved como Dios -aleccionaba, poniéndola como ejemplo, a sus parroquianos-, habiendo decidido no bendecir a esta muchacha con una belleza externa, le ha dado en cambio una voz y un alma de gran hermosura, mediante las cuales recibe alabanza.»

No era mala cosa que Arina tuviera inclinaciones religiosas, porque, tal como le decía sin rodeos su abuela: «Nunca te casarás.» La anciana estaba convencida de ello. Por culpa de la guerra con Polonia, en la zona de Russka había cinco mujeres por cada hombre. «Y de todas las chicas, me temo que tú eres la última que elegirían -remachaba Elena-, de modo que ya te puedes ir haciendo a la idea.»

Si Arina experimentaba alguna vez amargura por lo que le había deparado el destino, nunca lo exteriorizaba. «Doy gracias a Dios -

confesaba Elena a la gente, delante de la muchacha-, de que al menos no sea tan terca como su madre.» La sumisión, le había enseñado su abuela,, la sumisión y la obediencia eran su única esperanza.

De niña, Arina se hacía a menudo preguntas sobre su madre. ¿Qué clase de persona era?

Por suerte, la vieja Elena hablaba con frecuencia de Mariuska. La había querido tanto que no podía evitarlo. De hecho, el recuerdo de la joven desaparecida parecía ejercer, al cabo de todos aquellos años, una marcada fascinación sobre la corpulenta anciana. «Era guapa, hay que reconocerlo», le comentaba a Arina, sacudiendo la cabeza.

El delito de su madre no fue, según descubrió Arina, su relación con el cosaco. Aunque no estaba bien, era algo que ocurría a veces. Su delito fue su rebeldía, su obstinación.

–El administrador no sabía que no era tu padre -le explicó Elena-.

Al menos no al principio. – Tal vez no se habría enterado nunca si no le hubiera propinado continuas palizas a Mariuska.

»Siempre que le irritaba algo, la emprendía a puñetazos con ella -

rememoró con aflicción Elena-. Tu madre tenía que haberlo aguantado en silencio, como hacen la mayoría de mujeres, pero no, ella tuvo que

estallar un día, poco después de haber dejado de darte el pecho. Le dijo lo que pensaba de él y le espetó que no era tu padre.

»Ay, Mariuska, mi palomita -suspiró-. “Esta vez la he hecho buena”, me dijo. “Sí”, le dije yo. “Esperará el momento oportuno y me matará. Lo conozco.” “Sí, me parece que tienes razón.” “¿Te quedarás con Arina?”, me preguntó. A la mañana siguiente vi que se había ido, sin siquiera despedirse de mí.

Entonces Elena había tenido que irse a vivir con el administrador.

Él le había hecho ver con crudeza que, puesto que su hija lo había abandonado de ese modo, le convenía cuidar de él, y como tenía poder para perjudicar a su familia, se plegó a su demanda.

–Pero no intentes pegarme -le advirtió-. No soy tu mujer.

Incluso entonces, la gente del pueblo dio por sentado que la impulsiva Mariuska había huido a causa de la crueldad del marido, y nadie habría sabido nada del cosaco si el propio administrador no lo hubiera divulgado durante sus ocasionales borracheras.

–¡Maldito sea! – se indignaba Elena-. No le importa deshonrarse a sí mismo, con tal de manchar el nombre de mi pobre Mariuska.

–¿Adónde fue? – le preguntaba la niña.

–¿Cómo voy a saberlo? A la estepa, o quizás a la otra orilla del Volga.

–¿Y aún sigue allí?

–Quizá. Si no la mataron los lobos.

–¿Va a volver? – preguntaba a veces, esperanzada, Arina.

En realidad, Elena estaba segura de que Mariuska había muerto.

¿Qué posibilidades tenía de sobrevivir una mujer sola en un territorio desconocido? En el mejor de los casos, la habría capturado algún señor que la habría retenido como sierva en sus propiedades.

–No. No va a volver -respondía con amargura-. ¿Para qué?

No obstante, aunque no se atrevía a confesárselo a nadie, la niña siempre había creído que su madre regresaría un día. A veces, durante la siega, observaba la larga hilera de mujeres que, empuñando las hoces, se encorvaban para cortar los tallos en el campo e imaginaba que, sólo por una vez, aunque sólo durara un momento, una de ellas dejaría la hilera, se acercaría sonriendo a ella y le diría: «¿Ves, palomita? Al final he vuelto para verte.»

Al concluir la siega, le gustaba adentrarse en el gran campo que parecía llegar hasta el horizonte y contemplar los chatos almiares diseminados por él. Entonces la asaltaba el convencimiento de que su madre estaba allí, escondida detrás de uno de los almiares, y corría de uno a otro, inspeccionándolos, con la esperanza de encontrar a una mujer desconocida y a la vez familiar que la estrecharía entre sus brazos. Cada vez que se entregaba a aquel solitario y quimérico juego, en el silencio del inmenso prado encontraba sólo el rastrojo recién cortado y el olor dulzón de los almiares. Y así, mientras las sombras iban alargándose, su aguda imaginación infantil la llevaba a creer que Dios había ocultado el rostro detrás de una nube y la había dejado completamente sola.

Con todo, cuando cumplió los diez años, los del pueblo se habían olvidado del asunto de sus padres, o al menos nadie se molestaba en hacer comentarios al respecto. Entonces su vida discurrió con cierta tranquilidad.

Pero ahora el ejército de Stenka Razin estaba al caer y nadie sabía qué repercusiones tendría aquello.

Si bien no fue aquélla ni la primera ni la última sublevación que vería Rusia, ninguno de sus diversos protagonistas alcanzó la talla legendaria a la que fue encumbrado Stenka Razin en 1670, tal vez porque se trató del último grito genuino surgido de la antigua Rusia libre de las tierras fronterizas.

La revuelta se había iniciado en las lejanas regiones habitadas por los cosacos del Don, tan amantes de la libertad, que para entonces veían desaparecer su sistema democrático de vida con el surgimiento de una nueva clase de cosacos ricos a quienes les tenía sin cuidado la suerte de sus hermanos menos afortunados. En torno a 1665, estos cosacos y campesinos pobres se unieron a un arrojado cabecilla llamado Stenka Razin, que operaba en la zona meridional comprendida entre el Volga y el Don.

Aquello podría haber acabado en una mera serie de correrías de corto alcance que apenas habrían tenido resonancia más allá de la estepa, de no ser por el carácter especial de Razin. Las incursiones pronto se convirtieron en una revuelta que desembocó en rebelión a gran escala. Con la promesa de crear asambleas populares siguiendo la

manera tradicional de organización de los cosacos, ascendió por las riberas del Volga tomando una ciudad tras otra. En el verano de 1670, el nutrido ejército rebelde se había apoderado de la mitad del sureste de Rusia y parecía en condiciones de atacar Moscú y el centro neurálgico de Rusia.

Entonces, de improviso, los del pueblo se acordaron del padre de Arina.

«Va a venir el padre de Arina», gritaban los niños. Y los mayores, más astutos, le decían: «¿Cuánto ha sacado Razin del botín, Arina? A ver si te va a hacer rica.»

Las mortificadoras pullas duraron tres semanas.

Luego todo acabó de repente. A principios de otoño, el zar envió un ejército que aplastó a los rebeldes. El democrático héroe huyó a la región del Don, donde los cosacos ricos lo capturaron y lo entregaron al zar. En junio del año siguiente, lo ejecutaron en la plaza Roja. Así terminó, definitivamente, el antiguo modo de vida aferrado a la libertad que habían llevado los cosacos.

«El zar mató al padre de Arina», gritaban ahora con regocijo los niños.

Ella intentaba no prestarles atención. De todas formas, su tristeza perduraba mucho después de que ellos hubieran dejado de provocarla.

Había acusado la muerte del deslumbrante Razin como una pérdida más que avivó el recuerdo del otro cosaco, su padre, desaparecido de su vida tanto tiempo atrás. Un día de comienzos de primavera, volvió a preguntarle a Elena por él.

–El cosaco, mi padre… ¿sabía que mi madre iba a tenerme?

–Puede -repuso con desgana Elena.

–Y después -prosiguió-, ¿no volvió nunca para verla? ¿No mostró tampoco ningún interés por verme a mí?

Al principio, tuvo la impresión de que su abuela no había oído la pregunta, porque tardó bastante en dignarse responder.

–No -contestó por fin.

Arina no dijo nada. No pensaba volver a hablar más del asunto.

Estaba claro que ni su padre ni su madre la habían querido.

Seguramente, por alguna causa, ella no lo merecía.

No se le ocurrió pensar que si Elena había tardado tanto en responder era porque no le había dicho la verdad.

OceanofPDF.com