Rusos II

Edward Rutherfurd · Capítulo 6 de 29

Páginas del PDF

Rusos II

Capítulo 1698

Procopio era un entusiasta. Pese a que tenía ya treinta y un años, sobre todo a ojos de su madre a veces parecía un niño. «Fue la peor equivocación de mi vida mandarlo a Preobrazhénskoie», se lamentaba a menudo la dama. Y cuando la agradable y sensata esposa que ella misma le había elegido se quejaba de que la tenía relegada, Eudoxia exhalaba un comprensivo suspiro antes de señalar: «Haré lo que pueda, querida. Pero es ese maldito Pedro quien tiene la culpa.»

Así se refería, en privado, al zar.

Preobrazhénskoie era un lugar placentero, un modesto pabellón de caza con amplios establos, situado sólo a cinco kilómetros de las murallas de Moscú, cerca de otro núcleo de población dependiente de la ciudad, el barrio alemán. A su alrededor se sucedían, salpicados de plateados abedules, los prados; un poco más allá se alzaba una iglesia de paredes blancas cuya alegre cúpula azul se miraba en el otro azul, más pálido, del cielo. Allí, a los dieciséis años, Procopio Bobrov conoció a un sorprendente niño de doce que ya entonces lo igualaba en altura.

El entramado de relaciones de las mujeres de la familia de Eudoxia funcionó a la perfección. La joven madre del zar recibió con gratitud la propuesta de que su hijo tuviera por amigo a un vástago de la sólida y antigua familia de los Bobrov. Se hallaba en una penosa situación: nadie prestaba la menor atención a Pedro, salvo cuando se requería su presencia en ceremonias públicas; su asignación económica era tan ínfima que había tenido que rogar al patriarca que la complementara con otros ingresos; el temor por la seguridad de ambos le hacía aceptar gustosa su discreta reclusión en Preobrazhénskoie.

«¡Ni una cosa buena, ni una, puede decirse de Pedro! – exclamaba, desdeñosa, Eudoxia-. ¡No es más que un… un patán alemán, eso es!» Se arrepentía de haber enviado a Procopio a Preobrazhénskoie. Allí empezaron los problemas. La madre de Pedro tenía su parte de responsabilidad, porque en lugar de vigilar como era debido al muchacho, lo dejó corretear a sus anchas y frecuentar compañías de toda clase. Comía como un campesino… hasta Procopio lo reconocía. Y

se pasaba la vida jugando a soldados con sus amigos, entre los que, por culpa de su locura se contaba Procopio.

Preobrazhénskoie. El zar había puesto el nombre de su pueblecito a uno de los nuevos regimientos de su casa, la Guardia Preobrazhenski, en la que figuraba como oficial Procopio. ¡Qué desprecio le inspiraban a ella, con sus uniformes extranjeros! Y además, los constantes juegos infantiles de Pedro con soldaditos se habían convertido en guerras reales ahora.

Y pensar que ella había dado por sentado que no podía haber nada peor que el gobierno de Sofía y de aquel terrible Golitsín, conocido como el Polaco.

Sus guerras en el extranjero habían desencadenado su caída. Ese Golitsín, con sus modales extranjeros… él era el que quería que Rusia fuera amiga de los polacos. A cambio de otro tratado de paz con ellos, cometió la imprudencia de comprometer su ayuda contra los turcos y su vasallo el kan de Crimea.

Una guerra contra los tártaros en la estepa. Fue un desastre y un gran dispendio. Los grandes hombres de estado volvieron su atención hacia Pedro y en 1689 Sofía y su favorito fueron desbancados del poder: a ella la mandaron a un convento; a Golitsín, al exilio.

Pedro tenía diecisiete años. Aunque formalmente aún compartía la corona con Iván, había llegado para él la hora de asumir el mando.

«Pero ¿se dedica a gobernar? ¿Se comporta como un hombre? –

preguntaba furiosa Eudoxia-. ¡Qué va! Sigue con sus juegos, como el niño malvado que es.»

En resumen, que ella había abrigado grandes esperanzas. El viejo patriarca, libre por fin de Golitsín, estaba decidido a liberar a la sagrada Rusia de todas aquellas influencias extranjeras, pero entonces murió y comenzó el extraño régimen de Pedro.

Y en verdad fue extraño. Mientras que un pequeño consejo, entre cuyos miembros se contaba su madre y algunos otros Narishkin, asumía de manera informal las funciones de la regencia, el muchacho no demostraba el menor interés por su imperio. A menudo permanecía en Preobrazhénskoie. Lo peor de todo era que cada vez pasaba más tiempo en el barrio alemán, entre extranjeros. Pronto su proceder dio que hablar.

«¡El barrio alemán! ¿A qué clase de gente se puede encontrar allí? –

comentaba, indignada, Eudoxia-. A saber a qué clase de juegos son

aficionados esos herejes.»

No es posible negar que el comportamiento de Pedro y sus amigos, algunos de los cuales habrían podido ser por edad sus abuelos, era escandaloso. Cuesta entender la tendencia de los historiadores a disfrazar esta faceta como bufonadas propias de la adolescencia o como un proceder calculado mediante el cual pretendía transmitir un mensaje político.

La médula de todo era la llamada «alegre compañía», un grupo de amigos que en un momento determinado podían sumar doce o doscientos. Algunos eran rusos, pero había muchos extranjeros. Entre éstos descollaron un genial aventurero suizo, Lefort, y un viejo general escocés, Gordon, que en otras vertientes de su vida era una persona absolutamente juiciosa.

No eran las fiestas regadas con alcohol, que podían durar varios días seguidos, lo que motivó las murmuraciones, pues aquello no tenía nada de particular en Rusia. Ni siquiera fue el hecho de que irrumpieran en casa de un mercader o de un noble y destrozaran todo el mobiliario, ya que los rusos estaban más bien orgullosos de los zares que, como Iván el Terrible, provocaban por mero capricho destrucciones de vendaval. Los rusos podían perdonar la fascinación de Pedro, cuando estaba sobrio, por los artefactos extranjeros y su estudio de los rudimentos de las matemáticas y la navegación, aunque consideraran excéntricos tales intereses.

Lo ultrajante era su actitud de abierta burla hacia la religión.

Por aquellos años, el joven zar formó lo que dio en llamar el Sínodo de los Borrachos, el Burlón y Beodo Sínodo de Idiotas y Bufones. Uno de sus compañeros de correrías -su antiguo preceptor- fue nombrado príncipe-patriarca para pasar luego a ser príncipe-papa. Ataviado con la vestimenta eclesiástica, elegía un sínodo de borrachos cardenales, obispos, abades y otras dignidades. Después, parodiando la liturgia, prodigando continuas bendiciones de cariz obsceno a la compañía, bajo la dirección de Pedro, el príncipe-papa conducía al Sínodo de los Borrachos en sus juergas nocturnas. Estas no tenían lugar sólo en espacios cerrados del barrio alemán. El joven zar y sus amigos recorrían con frecuencia las calles de Moscú, incluso en Cuaresma, hiriendo a conciencia la sensibilidad religiosa del pueblo que debía

gobernar. A tal extremo llegaron las cosas que los embajadores de Occidente, aun acostumbrados como estaban a las francachelas de los jóvenes aristócratas y a las ocasionales provocaciones de los estudiantes, llegaron a la conclusión de que el joven zar tenía escaso interés por su pueblo y que, ingenioso o no, resultaba vulgar sin ser divertido.

Este extraordinario régimen se prolongó varios años. Nadie podía controlar al díscolo joven. Su madre, tal como hizo Eudoxia con Procopio, le buscó una esposa, pero él raras veces la visitaba. Después, su madre falleció, pero él continuó con su curiosa adolescencia.

¿En qué pensaba el zar?, se preguntaban todos.

Con el tiempo, Eudoxia dedujo que, cuando estaba sereno, el joven Pedro tenía sólo dos ideas fijas. Una era la guerra.

–Y la otra son los barcos. ¡Barcos!… ¡Este hombre sólo se ocupa de los barcos! – se quejaba.

Entonces Procopio le recordaba, entre risas, que Rusia era un país de ríos.

–Sabes muy bien a qué me refiero -contestaba ella con irritación-.

Son esos malditos barcos que van al mar. Ningún ruso ha necesitado nunca ir al mar.

–Te equivocas. Los antiguos rus iban al mar. Atravesaban el mar Negro hasta Constantinopla. Y eso es lo que vamos a hacer nosotros.

–Primero el kan de Crimea y los tártaros, y ahora pretendéis atacar al mismo sultán turco -dijo con aspereza.

–Exacto.

Pese a la conducta estrafalaria de Pedro, no había duda de que acariciaba sueños de conquista, lo cual no dejaba de tener su lógica.

¿Quiénes eran, al fin y al cabo, los héroes de Rusia? ¿No eran grandes hombres como Vladimiro el Santo, Yaroslav el Sabio y el poderoso Monómaco, que tuvieron su capital en la vieja Kíev? ¿Acaso en su tiempo no comerciaba sin traba el estado de Rus desde el Báltico hasta las templadas aguas del mar Negro? ¿No aplastó a las tribus de la estepa? ¿No mantuvieron los antiguos rus una base junto a la desembocadura del Don, en la vieja Tmutarakán? ¿No había una colonia de gentes de rus en la misma ciudad imperial de Constantinopla? Pese a ello, Rusia poseía ahora sólo un miserable

rincón por el que asomarse al helado mar Báltico, mientras que los ricos puertos de aquellas latitudes seguían en manos de los suecos y los alemanes. En el sur, guardada por el puerto turco de Azov, la desembocadura del Don estaba vedada para los rusos, y la flota turca tenía el completo control del mar Negro. Lo más insultante de todo era que, varios siglos después de que Moscú se hubiera deshecho del yugo tártaro, el kan de Crimea seguía mandando nutridos grupos de guerreros que cruzaban la estepa para robar eslavos de los pueblos de Ucrania y venderlos en los mercados de esclavos de Oriente Medio. Su impertinencia llegaba incluso a reclamar tributo del zar, y si bien nadie atendía tal petición, era humillante que el gobierno ruso todavía considerara prudente enviarle espléndidos regalos.

No era, pues, de extrañar que, igual como hiciera antes Iván el Terrible, Pedro quisiera expandirse por el norte y por el sur.

Barcos, ésa era la clave. El joven Pedro había descubierto los barcos

-los verdaderos barcos- gracias a los extranjeros de los barrios alemanes. Había construido su propio barco. Había visto, en el norte, los navíos extranjeros que llegaban a la remota Arjánguelsk o hacían el recorrido del mar Báltico.

Eso era lo que necesitaba, una flota para bajar por el majestuoso Don e irrumpir, más allá de Azov, en el cálido mar Negro. Era hora de convertir sus juegos de guerra en realidad. Construirían primero galeras, para el Don; después vendrían los barcos auténticos para el mar.

Lo extraño era que el entusiasmo que provocaba tal empresa en Procopio Bobrov se veía igualado por el de su padre. A sus sesenta y cinco años, aquella campaña en la que ya no tenía que participar había dado nuevas fuerzas al antiguo oficial. El joven zar necesitaba madera para su flota. Necesitaba, sobre todo, fresnos para los mástiles.

–Traen una parte de Tula, pero nosotros los tenemos en abundancia en nuestras fincas -declaró con alborozo, antes de regalar al zar uno de sus bosques.

La noticia de la caída de la fortaleza turca de Azov, llegada en 1696, lo dejó exultante.

–¿No lo notas? – le dijo a Eudoxia-. Yo sí. Noto un viento cálido que penetra en nuestros bosques norteños, un viento cálido del sur.

Durante la campaña de Azov se produjo otra novedad: el hermanastro discapacitado de Pedro falleció. Aunque no fue un acontecimiento importante, representó que, tras su regreso triunfal a Moscú, el zar Pedro ocupara solo el trono a la edad de veinticuatro años.

–Puede que se exceda un poco -vaticinó Nikita ante su esposa-, pero ahora seremos testigos de grandes hechos.

No obstante, lo que ocurrió a continuación lo dejó atónito incluso a él: la entrada triunfal de Pedro en la capital.

Ésta tuvo lugar un soleado día de octubre de 1696. Junco al río Moskova se había erigido un arco triunfal al estilo romano, flanqueado por enormes estatuas de Marte y de Hércules. Debajo había una reproducción del pacha turco encadenado.

Al frente de la procesión iba, vestido con armadura, el preceptor de Pedro, el mismo hombre que había representado el papel de príncipe-papa en el infame Sínodo de los Borrachos. Luego, en un carruaje dorado, venía el suizo Lefort. Tras él había más carruajes. Después, un carro que transportaba a un traidor que había cometido la torpeza de ayudar a los turcos durante la campaña. A su lado se mostraban los instrumentos que iban a utilizarse en su posterior tortura y ejecución.

Por fin, hacia el final del cortejo, que tenía varios kilómetros de largo, llegó Pedro. A muchos de quienes no habían tenido ocasión de verlo de cerca, los llenó de estupor su estampa. Tenía la complexión de un atleta, una espesa mata de cabello negro, un bigote como los de los cosacos, unos ojos de mirada directa y penetrante y una estatura que rozaba los dos metros.

Aquel joven gigante ruso no vestía, sin embargo, a la usanza rusa.

Llevaba un uniforme alemán, con chaqueta negra y un enorme sombrero negro de tres picos al que había añadido una larga pluma blanca.

Y no se veía ningún sacerdote por ninguna parte.

No había ningún icono ni insignia religiosa precediendo el cortejo.

No hubo ningún discurso de bienvenida del patriarca; no repicaron las campanas. Había llegado un cesar romano ataviado con un uniforme alemán; una procesión pagana entraba en la capital de la sagrada Rusia.

–Si hasta los romanos tenían sus dioses -murmuró Nikita-. E incluso Gengis Kan, aun siendo pagano, no despreció a la Iglesia. – Mientras contemplaba el paso de la comitiva, creyó percibir un nuevo y crudo sol que haría desaparecer con su ardor todas las sombras.

Eudoxia, por su parte, miraba con airado gesto de repulsa.

–Cuando se moría su madre y él ni siquiera se dignó quedarse junto a su cama, ya dije que era una persona contra natura -señaló-. Ahora digo que he visto la misma cara del mal.

Aquel horror, no obstante, no fue nada en comparación con lo que había de venir.

En 1698, Pedro volvió a hacer algo que no tenía precedente en ningún gobernante de Rusia.

Viajó al extranjero. Y para colmo, se llevó a Procopio con él.

Durante su ausencia, Eudoxia apenas residió en Moscú, pues la capital se había convertido en un sitio detestable para ella. Pasó mucho tiempo sola en Russka, donde continuaba compartiendo una parte considerable de su tiempo con el sacerdote Silas y Daniel y su familia.

Pero ahora habían regresado Pedro y su hijo. Y en Moscú parecían haber quedado sueltos todos los demonios.

Daniel se aproximaba a la capital con una mezcla de curiosidad y de miedo.

¿Sería posible, se preguntaba, que fueran ciertos los rumores que circulaban desde el precipitado regreso del zar Pedro? Hacía muchos años que no iba a la capital, pero al recibir la petición de aquella piadosa dama, Eudoxia Mijáilovna, sin dudarlo se puso en camino junto con su esposa y su hijita.

Aunque a menudo lo llenaba de estupor que Dios les hubiera concedido tal don en aquellos tiempos rebosantes de mal, tras casi quince años, cuando hacía mucho que habían abandonado toda esperanza, él y Arina habían tenido una hija. Había nacido en 1693, cuando Arina tenía treinta y nueve años y él pasaba de los sesenta. Y

ahora había emprendido aquel viaje, a los setenta años, con una esposa y una niña de seis años.

Al principio, al observar a aquella pequeña que se había presentado de manera tan imprevista, les llenó de estupor que no se pareciera en nada a ninguno de ellos.

La vieja Elena, con una sonrisa de regocijo, resolvió enseguida el misterio.

–Quién iba a pensar que, en mis últimos días, se me iba a conceder tal maravilla -murmuró-. La niña es mi Mariuska vuelta a la vida.

Ése fue, pues, el nombre que le pusieron: Mariuska. Y durante los últimos tres años de su vida, la vieja Elena se sentaba todos los días con la niña en el regazo, con el mismo orgullo que si se hubiera tratado de su propia hija.

De todas formas, aunque la pequeña Mariuska hubiera aparecido como un rayo de luz en sus vidas, aquéllos eran tiempos tenebrosos. En toda Rusia, pero sobre todo en el norte, el gobierno había seguido persiguiendo a los raskolniki. Algunos se prestaban a acceder a la condición de mártires provocando a las autoridades. Otros continuaban practicando el culto a escondidas.

Los primeros años posteriores al terrible edicto habían sido especialmente difíciles. Nadie sabía qué hacer. Silas y Daniel habían consultado a los amigos de Avvakum y habían llegado con ellos a una sensata conclusión.

–No tiene nada de meritorio provocar al gobierno y atraer sus iras -

comunicó Daniel a su pequeña familia-. El edicto es injusto, pero quizá lo cambien más adelante. Seguiremos rezando, en secreto, tal como nos han enseñado. No buscaremos problemas, pero si tuviéramos que afrontar la persecución, debemos sufrirla lo mejor que podamos, encomendándonos a Dios.

Ésa era la vía por la que habían optado cientos y hasta miles de congregaciones diseminadas por el vasto país. Nadie, ni el gobierno ni los mismos raskolniki, tenía una idea aproximada de su número.

Daniel experimentaba un comprensible recelo al aproximarse a Moscú, pues aparte de ser el centro de operaciones de la represión religiosa, en la capital gravitaba entonces un clima de peligro. Ese verano, mientras el estrafalario zar permanecía aún en el extranjero, los streltsí habían vuelto a sublevarse.

¿Habría sido Sofía quien había inflamado sus ánimos desde su exilio en el convento? Nadie lo sabía. Por fortuna para Pedro, sus consejeros habían logrado sofocar la rebelión con gran rapidez. De todos modos el zar se apresuró a regresar y ahora, un mes después de

su retorno, toda Rusia esperaba anhelante la próxima actuación de su joven dirigente.

Cuando Daniel entró en los barrios de extramuros, la inmensa ciudad transmitía, sin embargo, una sensación de calma. Tras abrirse camino despacio hacia la muralla exterior, la traspuso y por fin llegó al Kitái Górod, donde tenían su lujosa residencia los Bobrov. Allí, con el cálido sol de la tarde a su espalda, entró con su esposa y su hija en un espacioso y polvoriento patio.

Era una gran casa de madera de dos pisos, con una escalera exterior. En torno al patio había diversas edificaciones más pequeñas, en una de las cuales se alojarían ellos.

Con la mano en el corazón, dedicó una profunda reverencia a Nikita, que apareció con su barba gris para saludarlo en persona. Un momento después bajó del piso de arriba Eudoxia; delante de ella iba una criada que llevaba pan y sal como símbolo de bienvenida.

–Sé bienvenido, fiel patriarca -dijo la dama.

El corazón del anciano se alegró al oírla, y su cara, habitualmente seria, se iluminó con una sonrisa. Aquella palabra, «fiel» significaba mucho para ambos. Significaba que, a pesar de sus diferencias de clase, eran amigos. Significaba que ella confiaba en él y dependía de su apoyo emocional. Él lo sabía. Significaba asimismo algo más, de lo que nunca se hablaba en presencia de su marido.

–Mi señora Eudoxia Mijáilovna -la saludó con fervor al tiempo que le hacía una reverencia.

Hasta entonces la había visto siempre en Russka. Allí vestía con sencillez, pero en Moscú iba engalanada con un magnífico vestido de brocado rojo y un tocado adornado con perlas. Pese al desprecio que le inspiraban todos los signos de riqueza terrenal, el viejo Daniel tuvo que reconocer que tenía un aspecto espléndido con aquellos atavíos.

Aun en pleno centro de Moscú, la tarde presentaba una absoluta placidez. Por la calle no pasaba casi nadie. En un rincón del patio, una morera daba una sombra que apenas era necesaria en aquel agradable día otoñal. Presintiendo el final del viaje, el caballo había bajado la cabeza y de vez en cuando se sacudía para espantar las moscas que se posaban sobre él.

De este modo, como viejos amigos, el rico propietario y los humildes artesanos se pusieron a charlar en voz baja, intercambiando novedades, pues incluso Nikita, ahora que se hacía viejo, encontraba extrañamente reconfortante la presencia de aquellas sencillas personas.

Mientras conversaban, justo cuando Daniel pensó que era hora de desenganchar el caballo del carro, Eudoxia envaró de repente el cuerpo al tiempo que el semblante de Nikita se sonrojaba. En ese momento Daniel reparó en que por detrás de él entraba alguien.

–¡Ah, ahí viene mi hijo Procopio! – oyó decir, con forzada alegría, a Nikita Bobrov.

Cuando se volvió para mirar, Daniel se quedó horrorizado.

Procopio era encantador e inteligente, y el zar siempre le había reconocido tales cualidades.

Entre los amigos que tenía el joven zar en Preobrazhénskoie se contaban toda suerte de personas. Había hombres de las antiguas familias principescas y boyardas; había hijos de la nobleza, como Procopio; había miembros de la pequeña aristocracia e incluso plebeyos, como su favorito Ménshikov, de quien se decía que había vendido pasteles en la calle de niño.

Una cosa los unía a todos: su devoción por Pedro.

Luego estaban, cómo no, los extranjeros del barrio alemán.

Procopio tuvo la suerte de que, gracias a su vivo ingenio, Pedro lo incluyera no sólo en el regimiento militar que mantenía en el pueblo, sino en las frecuentes fiestas que tenían por escenario el barrio alemán.

Aparte de estrechar su vínculo con el joven zar, aquello le abrió la mente a la existencia de otro mundo.

El barrio alemán era radicalmente distinto del resto de Moscú. Sus anchas calles seguían un trazado cuadriculado y sus casas, a menudo de ladrillo holandés o de piedra, lucían primorosos jardines. Sus pequeñas iglesias protestantes daban una sensación de claridad y apertura comparadas con las iglesias moscovitas, oscuras pese a los dorados. Se trataba, en suma, de un pequeño oasis de Europa, de orden y cultura burgueses, pulcritud y disciplina, aislado en medio de campos de la inmensa, desordenada y exótica mezcolanza asiática de Moscú.

Algunos de los miles de comerciantes y soldados que vivían allí eran inmigrantes de segunda o tercera generación. Pero para los rusos eran

despreciables, extranjeros tontos, a menos que se convirtieran a la ortodoxia y se esforzaran por asimilarse del todo a su modo de vida. En el argot de la época, se solía llamar al barrio alemán el kokuy, que era el nombre del barrio de prostitutas de la capital.

Allí residían, sin embargo, ingleses entendidos en armas y tácticas de la guerra moderna; allí se podía encontrar a alemanes que, contradiciendo el mote de «tontos» que les habían puesto los rusos, hablaban múltiples lenguas. Allí había holandeses que sabían de barcos y del arte de la navegación.

Los rusos no sólo no tenían conocimientos sobre aquellos prodigios, sino que ni siquiera sentían curiosidad por ellos. El mismo Procopio estaba presente el día en que un fiel general, con la intención de complacer al muchacho que era el zar, le presentó un astrolabio traído del extranjero, mediante el cual, según expuso, los astutos extranjeros podían navegar orientándose con el sol y las estrellas. Pedro estaba encantado. Nadie había visto una cosa igual.

–¿Cómo funciona? – inquirió.

–¿Cómo? – contestó, atónito, el general-. No se me ocurrió preguntarlo.

Ignoraban que por entonces hacía casi dos mil años que venía utilizándose el astrolabio.

Lo que más impresionó a Procopio, con todo, fue que el zar localizara a un holandés capaz de explicárselo y que estudiara aplicadamente, con un libro de ejercicios, día tras día y semana tras semana, hasta dominar las operaciones matemáticas necesarias para el manejo del aparato.

–Yo lo admiro como zar -le decía a su padre- porque detrás de su desenfreno hay algo formidable. Además, le tengo afecto como hombre.

No es sólo por su curiosidad, que supera cuanto he visto, sino por cómo se esfuerza. Lo vi aprendiendo matemáticas. Le costaba, pero no se rendía. Eso es lo que me gusta. Se equivoca, pero no se da por vencido.

Procopio había llegado a conocer muy bien el barrio alemán y, aun careciendo de la impetuosa pasión por el conocimiento que tenía Pedro, se había formado cierta idea de la riqueza que representaba. De hecho, había comenzado a considerarse un hombre progresista, avanzado para su época.

Esa noción le duró sólo hasta que salió al extranjero.

La gran embajada que llevó Pedro de Rusia a Europa occidental ha quedado incrustada hasta tal punto en el folclore de la historia mundial que con frecuencia su verdadera naturaleza queda olvidada.

El folclore afirma que, sediento de cultura occidental, Pedro visitó Europa y luego volvió para civilizar su propio país y hacerlo lo más parecido posible al resto de Europa.

En realidad no fue así.

En primer lugar, no debe haber sombra de duda en cuanto al motivo del viaje. Era para preparar la guerra, por el momento, contra Turquía. En el terreno diplomático, la embajada debía convencer a los países occidentales para formar una alianza contra los turcos. Otro propósito práctico del recorrido por Europa era aprender las técnicas de construcción de barcos, con el fin de que Rusia pudiera hacerse con su propia flota de embarcaciones marítimas.

Ya en 1696, poco después de su victoria en Azov, Pedro había enviado a cincuenta horrorizados rusos, sin sus familias, a Europa occidental para aprender navegación y el arte de la construcción de barcos. Entre ellos se encontraba Tolstói, que por entonces tenía cincuenta y dos años y que, a pesar de los estrechos vínculos que lo unían a los Miloslavski, había logrado ganarse el favor de Pedro.

La embajada en la que él participó fue el siguiente paso.

Pero ¿por qué fue Pedro en persona y por qué fue de incógnito, haciéndose pasar por un joven miembro de la comitiva al frente de la cual estaban sus embajadores?

No lo sabemos con certeza. Es probable, con todo, que su intención fuera disfrutar de una mayor libertad para vagar a su aire por los muelles de Occidente. De hecho, pasó meses trabajando como carpintero de embarcaciones y aprendiendo con gran minuciosidad el oficio.

También es posible que pensara que así dispondría de más espacio para las bufonadas de la Alegre Compañía, que debieron de ser sonadas. En Londres estaban instalados cerca del puerto, en la casa del distinguido diarista John Evelyn, y se dieron tanta maña en destrozar tanto la casa como el jardín que el gran sir Christopher Wren, que inspeccionó con posterioridad el lugar, cifró el valor de los desperfectos

en ciento cincuenta libras, una suma asombrosa para la época. Entre otras cosas, hubo que cambiar el suelo; habían arrancado los azulejos de las estufas holandesas, roto las manecillas de bronce de las puertas, reventado los colchones de plumas, arrasado el césped y el seto de acebo, que con sus ciento veinte metros de largo y dos setenta de altura era una de las piezas horticulturales más destacadas de Londres.

Así fue como, entre 1697 y 1698, el zar Pedro entró en contacto con la civilización de Europa.

El Báltico, el puerto de Riga, los estados alemanes de Brandenburgo y Hanover, Holanda, Inglaterra, la Viena de los Habsburgo, Polonia.

Procopio repetiría en años posteriores que, más que desplazarse a otras tierras, se había desplazado a otro siglo.

Nunca llegó a formarse una idea cabal de las diferencias abismales que había entre uno y otro mundo, y no fue por falta de inteligencia. La enorme tradición, preservada a lo largo de dos mil años, de indagación filosófica, desde Sócrates hasta Descartes; el esplendor del Renacimiento; los inicios de la ciencia moderna; y, sobre todo, las complejas y flexibles sociedades occidentales con sus antiguas instituciones, profesiones, códigos legales y morales, y su brillante cultura… A pesar de unos cuantos libros y muebles importados que había en la corte del zar, sólo un puñado de rusos se hallaban en condiciones de asimilar de todo aquello. Nadie del séquito de Pedro comprendió realmente lo que vieron. Ni el mismo Pedro lo entendió; no podía.

No obstante, aun sin entenderlo, a Procopio le dejó una profunda impresión lo que vio, y su intuición suplió en buena medida sus carencias.

Al igual que a Pedro, lo habían maravillado los barcos y los extensos puertos. También había compartido el mismo entusiasmo que el zar por los cañones que había a bordo de las naves y por el descubrimiento de la superioridad de la pólvora que se utilizaba en Occidente.

No obstante, cuando su padre le preguntó a su regreso qué país le había producido mayor admiración, respondió:

–Creo que Holanda.

–¿Por qué? – quiso saber Nikita-. ¿Por sus barcos, su comercio?

–No. Es… -se tomó un instante para buscar la palabra adecuada-, es su orden. – Aviniendo el desconcierto de Nikita, prosiguió-: Han domesticado incluso el mar. Vi grandes murallas, no como las de madera que construimos aquí para contener a los tártaros, sino enormes muros de piedra que mantienen a raya al propio mar. Los llaman diques. Han arrebatado tierra al mar y dentro de esos diques han dispuesto campos, miles de campos, en pulcros cuadrados y rectángulos. Cuesta creer que los hombres hayan podido conseguir algo así. Y tienen canales, rectos como flechas, que se prolongan hasta perderse de vista.

–En Rusia no necesitamos ese tipo de cosas -respondió, sin dejarse impresionar, Nikita-. Tenemos tierra de sobra.

–Lo sé. Pero no es eso lo importante -continuó con vehemencia Procopio para exponer algo que llevaba rumiando desde la primera vez que vio aquellos prodigios-. Lo importante, padre, es que han conquistado la naturaleza. Han impuesto una forma, un orden, a la tierra e incluso al mar. – Calló un momento y luego, alumbrado por un repentino fogonazo de clarividencia, añadió-: Es como si, en sus propios corazones y mentes, se hubieran ordenado a sí mismos.

–No veo yo a los rusos ordenándonos a nosotros mismos -contestó, con una carcajada, Nikita-. ¿Tú sí?

–No -concedió Procopio-. Pero las autoridades podrían obligarlos a ello. Ésa es la única manera posible. El zar me lo ha comentado muchas veces.

–¿Quieres decir que tú y el zar habéis vuelto con el propósito de imponerle vuestra voluntad a la Madre Naturaleza? – preguntó con ironía-. Mi pobre Procopio, la naturaleza es en Rusia más poderosa que cualquier zar. No se le puede imponer nada. La tierra es infinita.

–Espera a ver cuando el zar Pedro lo haya intentado -replicó con sequedad su hijo.

Si bien aquella declaración de intenciones deprimió a Nikita, porque la consideraba imposible de llevar a la practica, su reacción no fue nada al lado de la de Eudoxia.

–Dios creó la naturaleza y yo digo que quien pretenda imponerle un orden está dominado sólo por el orgullo -le advirtió a su hijo-. Tú y tu zar sois malvados.

Procopio constató con gran pesar que aquello lo alejaba de su madre.

Lo curioso era que las tres partes implicadas en aquella disputa reflejaban una postura representada con igual hondura en el alma rusa: Eudoxia con su conservadurismo religioso; Nikita con su fatalismo; y quizá con mayor fuerza, el joven Procopio con su optimismo. Tras percibir el mundo exterior y su orden, aunque sin captar los complejos puntales sobre los que se asentaba, Procopio había dado por supuesto que, de la misma manera que los campesinos de Rusia pueden construir una casa en un día, con un enérgico líder y un esfuerzo titánico, se podía imponer un nuevo orden desde arriba. Esta ingenua creencia es la perenne tragedia de Rusia.

¿Qué se había logrado, pues, con la embajada?

Bastante, de hecho. Pedro quería estudiar el arte de la fabricación de barcos, y lo había hecho a conciencia junto con otros compatriotas.

Quería nuevo armamento, pólvora que no fallara de continuo e información sobre los modernos métodos de combate, sobre todo en el mar, y lo había obtenido. Además, había abierto nuevas vías para el comercio.

La misión diplomática rusa fracasó. Nadie deseaba enfrentarse al sultán de Turquía por aquel entonces. No obstante, pese a recibir una negativa en su propuesta de abrir una brecha en los cálidos mares del sur, Pedro descubrió en sus viajes que podía llegar a otras alianzas capaces de granjearle el acceso a la segunda ruta comercial que necesitaba: el mar Báltico del norte.

Ante todo, las consecuencias más vitales de la embajada se dejarían sentir a largo plazo. Algunos participantes, como el viejo Pedro Tolstói, que no habían aprendido gran cosa de barcos como se les ordenó, regresaron, sin embargo, con un gran bagaje de observaciones, conocimientos de lenguas extranjeras y algunas nociones, cuando menos, sobre el sistema educativo y la cultura europeas. Ellos fueron los primeros rusos europeizados -el grupo del que fue precursor Golitsín, el consejero de Sofía- y quienes abrirían con el tiempo las ventanas de Rusia hacia el oeste.

Procopio Bobrov no acababa de ser uno de ellos. Aun así, pese a que carecía del deseo de aplicarse a fondo para adquirir una sólida

educación, no dejó de percibir que su patria sufría un atraso de siglos.

Este convencimiento le reportó una triste consecuencia, ya que además del distanciamiento por cuestiones religiosas con su madre, entre su padre y él se erigió, sin que pudiera evitarlo, una barrera más sutil.

Para Nikita, su hijo se había convertido en un extraño. No eran su forma de vestir a la occidental ni sus viajes la causa. Nikita advertía, en la leve pero inconfundible reserva de los modales de Procopio, en su mirada distante, que su hijo ya no se entusiasmaba con el mismo tipo de cosas, que sabía algo que su propio pueblo desconocía. Nikita había visto a los oficiales alemanes e ingleses mirar de esa misma forma a las tropas rusas.

«Ya no es un verdadero ruso», pensaba. Y con la comezón que aquello provocaba en alguien que siempre había considerado su nivel de educación por encima del normal entre la nobleza, añadía para sí:

«Aunque no lo diga, me desprecia.»

Ése era, pues, el joven que acababa de entrar en el patio y que había sumido en el estupor a Daniel.

Procopio llevaba un elegante y ajustado uniforme verde con chaqueta abotonada por delante, a la usanza alemana, y las piernas enfundadas en calzones y medias. Aparte de eso, haciendo omisión del bigote, iba afeitado.

En sus tiempos de cosaco allá en Ucrania, cuando sus compañeros le llamaban el Buey, Daniel estaba acostumbrado a ver caras sin barba.

¡Pero allí, en el norte, que el hijo de Nikita Bobrov hiciera tal cosa era inaudito!

Advirtiendo el motivo de su asombro, Nikita esbozó una sonrisa, casi como si pidiera disculpas.

–Los amigos del zar volvieron de su viaje con la cara rasurada -

explicó.

–El propio zar ha afeitado las barbas de los boyardos de la corte -le recordó Procopio-. Asegura que no tolerará a nadie en su corte con un aspecto tan primitivo. Hoy mismo me lo ha dicho.

¡Primitivo! Daniel pestañeó al oír la palabra. Vio que Eudoxia se crispaba como si la hubiera abofeteado y luego desviaba la mirada.

Aquello era un insulto premeditado.

Nikita Bobrov, que parecía preocupado por algo, no dio muestras de haber acusado aquella rudeza.

–¿Vienes de Preobrazhénskoie? – le preguntó a su hijo. Procopio asintió con la cabeza.

–¿Y bien? – inquirió.

–Está decidido. Disponemos de algunas confesiones. Mañana comienzan las ejecuciones. Ven, que te lo explicaré -dijo, tomando a su padre del brazo para entrar en la casa.

Sólo entonces Eudoxia volvió la cara hacia Daniel y su familia.

Tenía lágrimas en los ojos.

–Gracias a Dios -sollozó en voz baja-. Gracias a Dios que habéis venido.

Daniel tardó un poco en percibir en toda su crudeza el horror de lo que sucedía. Según transcurría el invierno fue comprendiendo la razón de la terrible necesidad que la señora Eudoxia había tenido de su presencia, aunque no estaba seguro de poder aportarle consuelo.

Tal como había anunciado Procopio, las ejecuciones de los streltsí

amotinados se iniciaron al día siguiente de su llegada.

De hecho, habrían comenzado antes si los interrogatorios -que tuvieron lugar en Preobrazhénskoie- no hubieran sido tan difíciles.

Eran pocos los soldados rebeldes que se mostraban dispuestos a hablar, incluso con los métodos de persuasión que les aplicaban.

Por aquel entonces en Rusia era un procedimiento habitual en todos los casos de esa clase utilizar el knut para arrancar una confesión. Si bien el uso de la tortura en los interrogatorios era normal en aquella época en la mayoría de los países y todavía sigue vigente en algunos hoy en día, es preciso realizar una aclaración sobre las particularidades del sistema ruso.

Se ha considerado a veces que el famoso knut ruso era una variante más de látigo, como el «gato de nueve colas» inglés. La diferencia está en que, mientras que en la Marina inglesa, en el siglo pasado, se castigaba a un hombre con cien latigazos previendo que sobreviviría a ellos, la veinteava parte de esa ración con el knut lo habría matado.

Además, cuando un noble como Bobrov azotaba a un campesino de su finca por alguna falta, solía utilizar las varas llamadas batogs, no un

knut.

El knut tenía un metro de largo y era de cuero, mucho más grueso que los batogs y también más pesado. Por eso, cuando el verdugo descargaba un golpe con toda su fuerza al tiempo que saltaba hacia delante, provocaba una herida de un centímetro de profundidad más o menos. La piel quedaba completamente pulverizada. Con cada latigazo, saltaba sangre y tejido. Si el verdugo se aplicaba en la espalda, en la segunda ronda topaba ya con huesos.

Para formarse una idea clara de la saña con que procedían los rusos en esta cuestión, hay que tener en cuenta, además, que el método más severo era atarle primero las manos a la víctima a la espalda y luego colgarla de ellas a una viga, con lo cual no sólo no tocaba el suelo con los pies mientras lo azotaban sino que tenía los brazos dislocados.

Cuando lo bajaban, volvían a juntar las articulaciones.

Ése era el knut ruso, empleado en los interrogatorios de la gran mayoría de los prisioneros.

El zar Pedro estaba muy afectado por el motín de los streltsí. De niño había visto cómo despedazaban a su tío y sabía que eran capaces de derrocarlo y volver a poner a Sofía en el poder. Los interrogatorios eran, pues, una cuestión de la máxima prioridad. Aparte de los streltsí,

se infirió también tortura con el knut a dos de las doncellas de Sofía, aunque Pedro tuvo el detalle de dejar que liquidaran a una de ellas con una simple ejecución cuando se enteró de que estaba embarazada.

Además del knut, el mismo Pedro en persona supervisó el tormento en el potro que padecieron algunos prisioneros y mandó asimismo asarlos en un fuego en presencia suya. Los streltsí mantenían, no obstante, un silencio tan obstinado que en una ocasión el zar intentó vencer el mutismo de uno partiéndole las mandíbulas con un palo.

Procopio Bobrov estuvo presente en bastantes de los interrogatorios.

Su presencia tenía un motivo concreto. A su regreso, Pedro había incorporado al joven al recién formado ministerio de gobernación. Se llamaba el Preobrazhenski Prikaz y era, a todos los efectos, un cuerpo de policía secreta que suscitó un miedo acusado ya desde el principio.

–Los streltsí no hablan casi, ni bajo tortura -le confesó Procopio a su padre-. Pero sabemos que planeaban derrocar a Pedro y matar a todos

los extranjeros que hay en Rusia. De todos modos, acabaremos con ellos.

Las ejecuciones se prolongaron tres semanas, desde finales de septiembre hasta el 18 de octubre.

El 12 de octubre cayó una repentina e intensa nevada que sumió de lleno a Moscú en el invierno, pero que no interrumpió las ejecuciones públicas diarias.

Daniel presenció varias. Ejecutaban a los condenados empleando diversos métodos, aunque los más comunes eran la decapitación y la horca. Pedro exigió también que sus boyardos y amigos intervinieran en las ejecuciones.

–El zar -oyó Daniel que explicaba una noche Procopio a su padre-siente curiosidad por ver cómo decapitan a algunos hombres a la manera europea, con una espada en lugar de un hacha. ¿No tendrás una buena espada, contundente, para prestármela?

Daniel vio a Procopio utilizando la espada de esa forma al día siguiente. Otro de los espectadores le contó que había visto cómo el mismo zar decapitaba a varias personas.

Daniel presenció con pena aquellos sucesos, aunque no con horror.

La tortura y las ejecuciones eran el castigo previsible para los streltsí

sublevados.

El horror comenzó a hacer mella en él la mañana en que sacaron a los sacerdotes del regimiento.

Fue en la plaza Roja. Allí, ante los grandes y exóticos pináculos de la catedral de San Basilio, habían erigido un enorme cadalso en forma de cruz. Mientras los conducían hacia él, Daniel se preparó para ser testigo de una monstruosidad.

De todos modos, lo que ocurrió a continuación le cortó la respiración. Para ahorcarlos, había acudido el bufón de la corte, vestido de sacerdote.

El mismo día, en los jardines del convento Novodevichi, fueron colgados en sendas horcas ciento noventa y cinco streltsí más, cerca de la ventana de Sofía.

Todos aquellos cadáveres quedaron balanceándose allí, como extraños espectros helados, durante los cinco largos meses de invierno.

¿Qué postura podía adoptar Daniel ante todo aquello? Creía saberlo. A medida que transcurría el tiempo, aumentaba su certeza, pero incluso entonces no deseaba dar plena forma a aquel pensamiento.

¿Por qué lo había hecho ir Eudoxia? Para hallar consuelo en su presencia, porque, tal como pronto constató Daniel, no había nadie más en quien sintiera que podía confiar.

Su hijo era un impío. Su marido, interesado ante todo en el éxito de la familia, no decía nada.

–Ya veis cómo están las cosas -le dijo en privado-. Ayudadme, buen Daniel, porque no sé qué debo hacer.

De cara a los demás, estaba allí como carpintero, y de hecho realizó bellos trabajos de ebanistería en la casa, de tal forma que el mismo Nikita pronto se olvidó de la irritación que le había producido que su esposa lo mandara llamar.

El noble enseñaba con orgullo la obra de Daniel a las visitas, y de no haberse negado a trabajar para nadie más, Daniel habría recibido numerosos encargos.

En cierto modo, tanto el marido como la mujer hallaron al final su compensación por aquella ampliación del personal de su casa, pues si su esposa estaba encantada con los padres, a Nikita le entusiasmaba la presencia de la niña.

Mariuska era, en efecto, una pequeña encantadora. Con su alegre cara pecosa y sus brillantes ojos, parecía dar por sentado que todo el mundo debía ser amigo suyo.

–Es una preciosidad -la elogiaba, maravillado, el viejo Nikita-.

Debería ser bailarina.

Incluso Procopio, que no siempre disimulaba su impaciencia con Daniel, solía tenerla en brazos cuando iba a la casa, pese a que tenía dos hijos pequeños propios.

–Tú serás mi cariñito -le decía.

–¿Dónde está tu barba? – le preguntaba siempre ella-. ¿Por qué no tienes barba?

–El zar me la arrancó -respondía, riendo, él.

La niña adoraba a su padre. Sabía que era más viejo que los padres de los otros niños, pero, percibiendo el respeto con que lo trataban en Russka, suponía que era una persona fuera de lo común. Cuando era

muy pequeña, durante un tiempo creyó que él y el Dios Padre eran lo mismo.

Mientras Nikita se divertía con Mariuska, Eudoxia encontró el consuelo que buscaba en Daniel y Arina. Todos los días acudía discretamente a rezar con ellos. A menudo, cuando Daniel trabajaba en la casa, se quedaba cerca, mirándolo en silencio. Daniel advirtió de inmediato que lo necesitaba.

–He sido una mujer fuerte toda mi vida, pero en este nuevo mundo me siento como si me quitaran todo lo que conocía -le confesó un día-.

No me dejéis todavía, fiel amigo.

Cuando podía escabullirse sin llamar la atención, se ponía incluso una sencilla capa de campesina e iba con Daniel y su familia a algún servicio religioso clandestino. «Pensarán que sois mi esposa -comentaba con una sonrisa Daniel-, y que Arina es nuestra hija y Mariuska nuestra nieta.»

Ella misma se quedó asombrada cuando se enteró de lo que Daniel había averiguado en tan sólo una semana: que aquellos servicios para

raskolniki se llevaban a cabo en todo Moscú, casi siempre en domicilios particulares más que en las iglesias. Allí, a veces en la habitación de un modesto artesano, sacaban sus iconos ennegrecidos por el humo y el tiempo, los ponían en las paredes y rezaban con fervor juntos, santiguándose con dos dedos.

No obstante, aunque Daniel proporcionaba consuelo a Eudoxia, él no lo hallaba en ninguna parte.

Mientras proseguían las ejecuciones de los streltsí de día., Pedro se dejaba ver por las noches en las casas de sus amigos del barrio alemán.

Lo acompañaba, como era de dominio público, su amante Ana, mientras que su esposa, que le había dado un hijo varón, apenas lo veía nunca. A finales de octubre, pararon de momento los ajusticiamientos.

Pedro abandonó la capital para ir al río Don, donde de nuevo se había emprendido la construcción de una flota. Las siete semanas de ayuno previas a la Navidad dieron comienzo y durante un tiempo en Moscú reinó la calma. Pero Pedro volvió por Navidad, y él y el Sínodo se pasearon por la ciudad y el barrio alemán en doscientos trineos prodigando un desenfrenado concierto de villancicos que afortunadamente Daniel se perdió por estar rezando.

Con enero y febrero llegó la tradicional celebración de la Epifanía y el Carnaval precursor de la Cuaresma. También se reanudaron las ejecuciones públicas. El 3 de febrero, Pedro insistió en que todos los extranjeros de Moscú debían asistir a la ejecución de los trescientos

streltsí que habían intentado asesinarlo.

Fue asimismo entonces cuando Pedro inició su ardiente campaña para obligar a los miembros de su corte a vestirse al estilo occidental, cortando personalmente los largos caftanes de los boyardos en un banquete, igual como les había cortado las barbas unos meses atrás.

Para completar sus innovaciones políticas y personales, Pedro forzó a Sofía a profesar como monja y mandó a su propia esposa, que tanto lo aburría, a un convento de Súzdal. Su hijo, al que apenas veía, quedó a cargo de su hermana y de un preceptor alemán.

Aun así, hasta la semana de Carnaval Daniel no fue testigo de la horrorosa exhibición del Sínodo de Borrachos de Pedro.

Los juerguistas se dirigían a la suntuosa mansión de Lefort, encabezados, como de costumbre, por el viejo preceptor de Pedro vestido de patriarca. A su lado iba un hombre que representaba a Baco, dios del vino.

Lo único que llevaba, como los demás, era una mitra de obispo que lógicamente no cubría su desnudez. Algunos de los componentes del grupo llevaban vino y aguamiel; otros, grandes bandejas de la ofensiva e impía planta llamada tabaco, que habían encendido. Había alguno que hacía oscilar unos incensarios donde, según advirtió Daniel, no se quemaba incienso sino tabaco. Había oído comentar al joven Procopio que, durante su estancia en Inglaterra, el zar había concedido a lord Carmarthen un monopolio para importar aquella maligna planta a Rusia. ¡Era el colmo que los compañeros del zar agitaran su humo en incensarios!

Cuando, al poco tiempo, tuvo noticia de que el amigo del zar, Lefort, había fallecido de manera repentina, no pudo por menos de comentar:

–Ha sido el veredicto de Dios.

Daniel comprendió, no obstante, que aquellas exhibiciones eran sólo señales de aviso de males peores.

Hasta ese momento, el zar había centrado la atención en su propia corte y los streltsí, pero durante los meses siguientes dirigió su temible mirada hacia el pueblo. Entonces el asombro y la pena de Daniel dieron paso a la desesperación.

La nueva fase comenzó una tarde en que Procopio apareció en el patio y, al ver a Daniel, le dirigió la palabra con desenfado.

–Mañana te afeitarás la barba, ¿no, Daniel? – Al ver la expresión sorprendida del carpintero, añadió-; ¿No te has enterado? Sí, mañana vas a tener el mismo aspecto que yo. El zar va a promulgar un ukaz

mañana por la mañana.

El ukaz: el edicto. Todos los zares se habían valido de ellos, pero a partir de Pedro iban a sucederse en cascada. El ukaz promulgado en 1699 era devastador. Todos los hombres -no sólo los boyardos, sino las personas del pueblo llano como Daniel e incluso los campesinos- debían afeitarse la barba.

–No pasa nada -puntualizó con una sonrisa Procopio-, puedes pagar una multa si no quieres hacerlo.

El ukaz era muy simple: debían quitarse la barba todos a excepción de los sacerdotes. El que se negara a ello, debía pagar una multa y llevar un medallón de bronce colgado del cuello.

La proporción de las multas estaba cuidadosamente calculada. Para los campesinos sujetos a servidumbre era tan sólo de medio kopek. Para los hombres libres, como los artesanos o los cocheros incluso, era de treinta rublos; para los comerciantes, de sesenta; para un noble como Bobrov, de cien.

Daniel no se podía permitir ni de lejos tal suma.

Pese al estupor que le había causado la imagen de Procopio, para él los nobles de la corte siempre habían constituido un mundo aparte.

Aquello era, en cambio, diferente.

–No sé para los nobles -le dijo a Arina-, pero para el común de los hombres no cabe duda de que afeitarse la barba es pecado mortal. No puedo hacer tal cosa.

–No debes hacerlo -convino Arina.

La pequeña Mariuska los observaba con asombro, pues no podía imaginar la adorada cara de su padre sin su barba gris.

En el seno de la familia Bobrov, el ukaz provocó también un alboroto.

–¡Jamás! – gritó Eudoxia-. Es impensable. – Y cuando Nikita se lamentó con irritación del gasto que supondría, zanjó la cuestión afirmando, furiosa-: Antes daría todo lo que tengo que aceptar algo así.

Al día siguiente, con aire triunfal y contrito a la vez, Nikita se presentó de repente ante su esposa llevando sólo bigote. Ella le volvió la espalda y no le dejó acercarse durante un mes.

–Puedes pegarme -replicaba cuando él se quejaba-, si es que eres lo bastante hombre, pero no conseguirás nada más de mí.

Mientras tanto, fue en secreto a comprar un disco de bronce para Daniel e insistió en que éste lo aceptara.

–Al menos tendremos a alguien en esta casa que demuestre con su cara que es una persona temerosa de Dios -declaró con firmeza.

De este modo prosiguió aquel terrible año, hasta que, hacia el final, se produjeron los acontecimientos que pusieron a Daniel al borde del abismo.

Procopio estaba contento, y también muy ocupado. Los streltsí

habían sido reducidos por completo y ya no pesaba ninguna amenaza sobre el poder de Pedro.

Su propia posición era buena, en su condición de amigo del zar.

–Cuando confía en alguien -le comentó a su padre-, es el hombre más amable del mundo.

Había que reconocer que, a pesar de su brutalidad, Pedro podía ser tolerante con las debilidades humanas.

–Lo perdona casi todo con la condición de que nunca se le mienta -

prosigue Procopio-. Una vez que llegué tarde a un desfile, lo vi tan enfadado que pensé que iba a mandar que me azotaran, pero cuando le conté que había bebido la noche anterior y que acababa de despertarme, se echó a reír y me dijo simplemente que no volviera a repetirse.

Procopio estaba contento, sobre todo porque Pedro se estaba preparando para una gran aventura: iba a apoderarse de los puertos del Báltico.

Aquello era aún un secreto, pues la fortaleza de los suecos aconsejaba recurrir al factor sorpresa. Brandenburgo, Dinamarca,

Sajonia, todos querían atacar a los suecos y repartirse los ricos territorios bálticos de los letones, los estonios y los lituanos. Pedro, sin embargo, no podía embarcarse en una ofensiva en el norte hasta no tener la certeza de que no padecería, a su vez, un ataque de los otomanos por el sur. Por eso, a lo largo de aquel año aseguró a los delegados suecos que contaban con su amistad, mientras su propio enviado, en Constantinopla se esforzaba por culminar un tratado satisfactorio con el sultán.

Entre tanto, Rusia se armaba.

Los nuevos fusiles de chispa ingleses supusieron un gran adelanto respecto a los viejos mosquetes de los streltsí, que a menudo fallaban.

Igualmente impresionantes eran las bayonetas llegadas de Francia.

–Fijaos qué adelanto -dijo un día Procopio delante de su padre y Daniel, alabando el arma-. En lugar de disparar y luego volver a calar la bayoneta en el cañón, para después tener que quitarla si se quiere disparar otra vez, a estos sagaces franceses se les ha ocurrido encajar la bayoneta en el exterior del cañón, de modo que se pueda disparar con la bayoneta fija.

Ninguno de los dos había visto uno de aquellos fusiles, e incluso Daniel, que había sido cosaco, reconoció que era un buen invento.

Lo principal para el estado era conseguir dinero.

–Vamos a imponer tributos sobre todo lo concebible -anunció Procopio-. Incluso la barba de la gente -agregó con una carcajada-. Y

puesto que el comercio mejorará cuando tengamos los puertos del Báltico, obligaremos a los mercaderes a hacer un buen desembolso.

–¿Cómo? – se interesó Nikita.

–Muy sencillo -respondió su hijo-. Con una reforma administrativa.

Entonces pasó a explicar que Pedro se proponía liberar a todos los comerciantes locales del control de los gobernadores provinciales y dejar que eligieran a sus propios representantes.

–Eso les complacerá -apuntó Nikita, que, aunque en un tiempo aspiró a ejercer de gobernador, sabía muy bien el grado de corrupción que existía en ese sector de la administración.

–No, no les va a gustar -contestó con picardía Procopio-, ¡porque les vamos a doblar los impuestos!

De hecho, aunque muchas de las reformas de Pedro acabarían siendo beneficiosas para Rusia, es innegable que la mayoría fueron ideadas como formas de aumentar los ingresos del estado.

Éste no reclamaba sólo dinero, sino hombres. Procopio insistía en que Nikita debía enviar un buen contingente de siervos de sus propiedades, incluida Russka.

–Y asegúrate de que vayan todos afeitados -señaló. Cuando su padre observó que, por su parte, no veía qué importancia tenía que los reclutas campesinos fueran afeitados o no, Procopio se apresuró a intervenir-: Por supuesto que la tiene. De esa forma se identifica de inmediato a los desertores.

Había otro modo de conseguir soldados, aparte de exigiéndoselos a los propietarios de tierras.

–Vamos a disponer las cosas de tal forma que los campesinos liberados por sus amos no se escabullan -explicó Procopio-. Tendrán que presentarse obligatoriamente en las oficinas de reclutamiento; si no, perderán su libertad.

–O sea, que su libertad dependerá del ejército.

–Eso es.

Nikita se limitó a sacudir la cabeza frente a tan implacable eficiencia.

Lo que tenía intrigado a Nikita eran las consecuencias que traerían a la larga aquellos cambios.

Él no estaba escandalizado, como Eudoxia y Daniel, y aunque le dolían los aires de superioridad de Procopio, procuraba mantener un interés activo en las novedades. Veía regimientos enteros uniformados como alemanes. Veía que su hijo sacaba a su mujer a la calle enfundada en un nuevo vestido alemán que ella parecía llevar con cierta vergüenza. Veía que la Iglesia era blanco de burlas y que el hijo único del zar era apartado de su madre para quedar al cuidado de extranjeros.

–Lo único que quiero saber -le confesó a Procopio, aprovechando un rato que estuvieron a solas el día antes de Navidad-, lo que quiero que me digas es adonde nos dirigimos. ¿Debemos dejar de ser rusos?

¿Es ése el objetivo? He oído decir incluso que el zar preferiría que habláramos todos holandés.

Su hijo lo sorprendió tranquilizándolo sobre aquella última cuestión.

–Aunque yo diría que al zar le encantaría que habláramos holandés, no va a intentar algo así -afirmó, riendo, Procopio-. Pero, verás, padre -prosiguió-, para entender lo que ocurre no hay que mirar Rusia, sino fuera de Rusia.

–¿Para qué?

–Porque en Rusia nadie se da cuenta de lo atrasados que nos hemos quedado. Si fueras a Londres o a Amsterdam, lo verías enseguida.

¿Acaso el zar Alejo no importó oficiales y métodos extranjeros en tu tiempo? Y él era un buen ruso, ¿no?

–Lo era -corroboró con fervor Nikita.

–Los rusos debemos utilizar, pues, lo que nos parezca conveniente para nosotros y rechazar el resto -continuó Procopio.

–Pero ¿por qué ese odio del zar por la religión?

–No es odio. Lo que sucede es que la Iglesia es tan retrógrada, tan supersticiosa, tan opuesta a cualquier cambio, que no puede soportarla.

– Calló un instante-. El zar Pedro es como un gigante que arrastrara a un gran ejército por la pendiente de una montaña. Lo malo es que el ejército está encarado al revés y tira de él hacia abajo. Por eso tiene que ser fuerte. Debe actuar, por así decirlo, como Iván el Terrible para conseguir algo. Sólo de este modo hará de Rusia un país fuerte.

–Entonces, ¿no tenemos que transformarnos en occidentales?

¿Podemos seguir siendo rusos en cuanto superemos el atraso?

–Por supuesto -aseguró Procopio, al tiempo que apoyaba la mano en el brazo de su padre-. Te contaré lo que me dijo el zar hace tan sólo una semana. Me dijo: «Procopio Nikítievich, necesitamos a Europa durante veinte años. Después podremos volver a darle la espalda.»

OceanofPDF.com