Rusos II
Epílogo
1990, junio
Había llegado el día. Paul Bobrov se levantó temprano y antes de las seis ya estaba listo para salir.
El hotel Aurora no era un mal sitio. Relativamente nuevo y situado cerca de la plaza Roja, era un edificio de cemento de nueve pisos cuyas habitaciones había decorado y amueblado una empresa finlandesa. Las camas y mesitas de madera clara formaban una sola pieza, adosadas a una pared a la manera de un banco. Las camas eran duras y estrechas.
Decididamente, pensó Paul, los hoteles rusos no estaban pensados para las relaciones sexuales, pese a las ocasiones que proliferaban en forma de bonitas muchachas que, burlando la vigilancia de los porteros, merodeaban por los salones y bares en busca de clientes.
Un sol pálido entraba por las ventanas mientras se dirigía al ascensor. Bobrov lanzó una mirada al reloj. Dentro de quince minutos estaría de camino hacia la antigua propiedad de los Bobrov.
Paul Bobrov tenía treinta y tres años y era el segundo de los diez nietos de Alexander y Nadiezhda. Era de estatura mediana y conservaba una reminiscencia de rasgos turcos, muy difuminados ya. A veces, como muchos de los Bobrov que lo precedieron, realizaba de manera inconsciente un suave movimiento casi acariciador con el brazo.
Qué contento habría estado Alexander de haber sabido de su viaje, pensó. Su abuela, hermosa todavía a los noventa y dos años aunque bastante delicada, le había descrito con viveza el lugar. «No pienso morirme hasta que vuelvas y me lo cuentes todo», le había asegurado.
La antigua finca constituía un recuerdo palpable de cómo eran las cosas. Nadie lo había olvidado, de todos modos.
La pequeña comunidad de rusos a la que pertenecía Paul Bobrov residía en un barrio del norte de la ciudad de Nueva York. Había varias más en la región, y lo mismo ocurría en otras partes, como Londres y París. El mismo se habría apresurado a puntualizar que no había que confundirlas con las nutridas masas de judíos rusos que habían emigrado a comienzos de siglo; ni con los que huyeron posteriormente de Rusia, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial; ni, sobre todo,
con la reciente oleada de soviéticos que se hacinaban en zonas como Brighton Beach, al sur de Nueva York. No, la comunidad de Paul Bobrov era de los emigrados rusos de clase noble a la que, en sentido estricto, la misma Nadiezhda pertenecía sólo por derecho de matrimonio.
Formaban un grupo muy cohesionado. Algunos tenían dinero pero la mayoría distaban de ser ricos. Llevaban una vida modesta de clase media en calles flanqueadas de árboles, y aunque por su apariencia exterior no se distinguían en nada de cualquier americano, solían casarse entre sí, hablaban ruso además de inglés en casa y, lo que era bastante raro en otras comunidades de emigrados, conservaban una genuina vivencia interior originaria de su país.
El eje central lo constituía la iglesia. Para el viejo Alexander, siempre propenso a mantener como mínimo los formalismos de la religión, aquello era algo natural. Para otros, a quienes en Rusia la religión les tenía más bien sin cuidado, la Iglesia ortodoxa era ahora el último bastión que preservaba su identidad y aportaba una integridad moral a ésta. La Iglesia ortodoxa a la que estaban adscritas las personas como los Bobrov estaba dividida en dos ramas y ninguna de ellas reconocía por el momento la legitimidad del patriarca de Moscú, a quien consideraban sometido a los dictados del KGB.
Todos los sábados, desde un radio de muchos kilómetros, los miembros de la comunidad como Paul, pertenecientes ya a la segunda generación nacida fuera de Rusia, llevaban a sus hijos a la parroquia para las clases de lengua e historia rusas que allí se impartían durante medio día. Todos los domingos podía verse al depositario de algún antiguo apellido ruso de noble abolengo sosteniendo un cirio en la iglesia o cantando con una espléndida voz de bajo en el coro. La anciana que rezaba con un pañuelo en la cabeza delante de un icono, igual que una babushka cualquiera, podía ser una princesa rusa. A los niños los bautizaban sumergiéndolos por completo tres veces en la pila bautismal.
Una vez al año, Paul llevaba a su esposa al Baile de la Nobleza Rusa
-un acto formal en el que no faltaban ancianos caballeros que ostentaban condecoraciones zaristas- o al más animado Baile de
Petrushka. Uno y otro tenían un halo de elegancia y se celebraban en lujosas salas de baile de Nueva York.
De esta forma, con extraordinaria tenacidad, la comunidad rusa había resistido y esperado.
Pero ¿para qué? Paul era el primero de la familia que se aventuraba a regresar. ¿Tenían acaso algunos de sus tíos o primos esperanzas de que se restituyera al zar? Pese a la ejecución de Nicolás y su familia, la dinastía había sobrevivido a través de los grandes duques, por lo que la restauración era en principio posible. Para Paul era, no obstante, difícil de imaginar. Por otra parte, tampoco concebía la idea de abandonar su hogar de Nueva York. «Pero si la situación cambia, si hay una apertura, sería bueno implicarse», decía. Aunque se trataba de una aspiración más bien vaga, estaba alentada por emociones medio inconscientes.
Qué suerte había tenido de encontrar a Serguéi Románov. Se habían conocido en una feria comercial en Nueva York el año anterior.
El ruso buscaba oportunidades para desarrollar programas de software en Moscú con licencia de empresas occidentales. Disponía de un buen equipo de gente, pero tenía pocos conocimientos sobre el negocio y Paul, que comercializaba ordenadores personales, no tuvo inconveniente en ayudarlo a realizar contactos y a suplir su deficiente inglés. El segundo día, Bobrov mencionó que confiaba en ir a la Unión Soviética algún día y visitar las antiguas propiedades de la familia. El problema, explicó, era cómo llegar allí, dado que no se encontraba en ninguna ruta turística.
–Está al lado de una pequeña ciudad llamada Russka -dijo.
–¡Pero, Paul Mijáilovich -exclamó Románov-, si precisamente mi abuelo era de allí! Yo nunca he estado. Vaya a Moscú, amigo mío -lo invitó con entusiasmo-, e iremos los dos juntos.
Y ahí se encontraba ahora, pendiente de que Románov acudiera a recogerlo.
Habían acordado encontrarse delante del hotel a las seis y cuarto.
Era demasiado temprano para tomar el desayuno en el cavernoso comedor, pero Paul había advertido la noche anterior que en el quinto piso había un pequeño bar que abría a las seis, de modo que se dirigió allí.
Era un local pequeño, típico de su género. Bajo el cristal de la barra se exponían platos con lonchas de queso, salami, pirozhi, huevos duros y, por supuesto, pan blanco y negro. Había grandes jarras de zumo de manzana y de mosto, una máquina de café y un samovar. Junto a la ventana había una sección de barra donde se podía comer de pie; aparte, había cuatro pequeñas mesas. En la gran puerta de cristal había un adhesivo con los horarios.
Pasaban cinco minutos de las seis cuando llegó. Dentro, una muchacha rubia de unos veinte años, guapa pero con cara de aburrimiento, preparaba la comida. Detrás de ella, una voluminosa mujer de semblante hosco, de unos cincuenta y pico años, inspeccionaba el pan. Empujó la puerta de cristal y comprobó que estaba cerrada.
La chica levantó la vista hacia él y le dijo algo a la mujer, que no se dignó siquiera mirarlo. Tras consultar el reloj, Paul repiqueteó en el cristal y señaló los horarios. La muchacha lo miró tan sólo. Luego la corpulenta mujer se volvió y le gritó: «Zakrit.» Esa es la palabra que mejor llegan a conocer los turistas en Rusia. «Zakrit.» «Está cerrado».
Y entonces la muchacha sonrió.
– Mnie skuchno. Estoy aburrida.
«Mnie skuchno, skuchno, skuchno.»
Solía murmurar para sí aquellas palabras, todas las horas, día tras día, casi de la misma manera que murmuraban los monjes las letanías.
«Mnie skuchno», repetía ella.
Liudmila Suvorin era inteligente. Su padre, Pedro, también lo había sido hasta que se dio a la bebida, y el padre de éste había sido el compositor Suvorin. Claro que hasta hacía pocos años no se podía mencionarlo, porque lo habían mandado a los gulag. Y aunque su obra, incluida la Suite final, estaba rehabilitada en la actualidad, a ella le servía de poca cosa. Pedro había fallecido cuando Liudmila tenía cinco años. Su madre se había casado con un ferroviario, y vivían en un piso deprimente de cuatro habitaciones que compartían con otra familia, en un gran edificio de cemento de fachada medio despintada situado en los inhóspitos yermos de las afueras de la ciudad. En la calle había cuatro bloques como aquél, dispuestos en hilera, encima de los cuales descansaban unas grandes letras de metal pintadas de rojo que
componían la leyenda: el comunismo construye un mundo mejor. A su edificio le había correspondido la palabra mundo.
Liudmila era, además, perezosa. Podría estar haciendo algo mejor que aquello, pero no había invertido energías suficientes. Le gustaba bailar. Tenía una bonita figura, fuerte y esbelta. A veces se había planteado vender su cuerpo como las chicas de la entrada. Algunas eran estudiantes. Había una casada que ahorraba para comprar una dacha en el campo. Años atrás, aquella clase de chicas soñaban a menudo con cazar a un occidental que se enamorara de ellas y las sacara de Rusia. Ahora eran más sensatas: sabían que aquello nunca ocurría. Se daban por satisfechas con aceptar dinero contante y sonante.
No lo había hecho, sin embargo. De modo que ahí estaba, con Varia.
En ese momento la expresión sombría de Liudmila admitió un toque de hilaridad al observar al americano. El pobre no entendía a lo que había de enfrentarse mientras gesticulaba con impaciencia fuera.
¿Cómo iba a entenderlo?
El caso era que Varia tenía las ideas muy claras sobre la forma en que había que llevar el bar. Su inflexibilidad era especialmente marcada en dos aspectos, el primero de los cuales tenía que ver con los horarios.
Si el bar debía abrirse a las seis, ella interpretaba que ésa era la hora en que ella llegaba. «No le pagan a una por entrar más temprano,
¿no? – argumentaba-. Y antes de abrir hay que prepararlo todo.»
Había, por consiguiente, un espacio de tiempo mientras sacaba la comida de las bandejas y hacía el café, en que no dejaba entrar a ningún cliente, porque le representarían un estorbo. Todas las mañanas, en ese intervalo de entre quince y veinte minutos, explicaba sin reparar en la contradicción en que incurría: «El bar está abierto, pero está cerrado.»
Lo mismo ocurría, por supuesto, por la noche. Veinte minutos antes de las nueve se dejaba de servir a los clientes. «Si no -le advertía con severidad a Liudmila-, tendríamos que cerrar más tarde de la cuenta.»
– ¡Zakrit! – gritó pues a Pablo, que aguardaba irritado fuera.
Sólo cuando pasaban trece minutos de las seis Vana cedió, indicándole a Liudmila que abriera la puerta.
El americano hablaba un ruso extraordinario. Daba gusto escucharlo. Incluso Varia dio ciertas muestras de embarazo y nerviosismo por haberlo hecho esperar fuera. Le sirvieron una taza de café, salami, un huevo y pan, por supuesto.
–¿Es usted ruso?
–Sí, americano -precisó él, sonriendo.
–O sea, que ha vuelto para ver el país.
Había conocido a un par de aquellos emigrados en el hotel. Todos tenían la misma hermosa manera de hablar, que daba casi ganas de llorar sólo de escucharla.
–Queda bien poco de la Rusia que dejaron, según tengo entendido -
añadió.
No se le ocurrió nada más para retenerlo allí. El hombre se instaló en una mesa. Tomó un sorbo de café y luego, al probar el pan, torció el gesto.
–¿Ocurre algo? – se interesó Liudmila.
–Nada grave -contestó él con una leve mueca-. Es sólo que el pan está un poco duro. ¿De verdad no tienen nada mejor?
Liudmila consultó con la mirada a Varia, porque aquello tenía que ver con la otra noción un tanto estrafalaria que ésta tenía sobre la manera de regentar el bar.
Liudmila no sabía bien cuándo había comenzado aquello, porque sólo llevaba seis meses trabajando allí. Lo cierto era que, por algún motivo, un día sobró mucho pan. Cualquier otra persona se lo hubiera llevado o lo habría tirado al día siguiente, pero, por alguna misteriosa razón que sólo ella conocía, Varia se había empeñado en servir el pan viejo al día siguiente, hasta que se acabara, lo cual no se produjo hasta la hora de cerrar. El pan tierno entregado esa mañana quedó, por lo tanto, intacto en la cocina. Al día siguiente repitió la misma operación.
Se sirvió el pan del día anterior, y el tierno, que se entregaba cortado en rebanadas, se quedó en la cocina. Al cabo de poco tiempo aquella curiosa costumbre había adoptado pautas que conllevaban normas propias.
Nadie podía tocar el pan. Si no. Varia se enteraba. Nadie podía avisar tampoco a los encargados de abajo para que no suministraran pan un día y poder así acabar las sobras. «Entonces empezarían a
hacer preguntas.» Ni siquiera se podía emplear el pan tierno si se acababa el seco a lo largo del día. «Utilizamos una cantidad fija al día, ni más, ni menos», sentenciaba con firmeza. De este modo, en el bar del quinto piso se servía siempre pan del día anterior.
Paul se quedó un par de minutos más. Después saludó con una inclinación de cabeza a Liudmila y se fue. Ninguno de ellos sospechó ni remotamente que tenían lazos de parentesco.
El viaje discurrió sin percance. La ancha y larga calle de salida de Moscú pronto dio paso a modestas autopistas de doble calzada, que al cabo de una hora se redujeron a una sola carretera, con espacio suficiente para dos coches por cada sentido, pero sin ninguna clase de marca divisoria de carriles.
–Aquí no tenemos sus autovías -señaló, en tono de disculpa, Serguéi.
–Ni las necesitan -repuso Paul.
De hecho, para tratarse de una carretera principal, el tráfico era muy fluido.
Al igual que la gran mayoría de los rusos, Serguéi conducía su pequeño turismo a una velocidad suicida y no tenía reparo en invadir cualquier parte de la carretera según le apetecía. En un par de ocasiones, pese a que se trataba de una vía importante, la superficie alquitranada se interrumpía de manera repentina, y uno tenía que continuar a la misma velocidad, durante un kilómetro tal vez, sobre barro apisonado, hasta que se normalizaba de nuevo.
El tiempo era excelente. Ninguna nube empañaba el azul del cielo y sólo se advertía una tenue neblina de polvo a lo lejos por el este. Los plateados troncos y las rutilantes hojas de color esmeralda de los abedules que crecían a ambos lados de la carretera parecían casi centellear.
Serguéi Románov tenía la cara redondeada y el cabello rubio, aunque éste empezaba a ceder terreno a una creciente calva. Había viajado en dos ocasiones a Occidente y tenía expectativas de volver a hacerlo. Como muchos rusos de su edad -Paul le calculaba unos treinta y ocho-, era cauto a la hora de hablar de sí mismo, pero demostraba una curiosidad extrema con respecto a Bobrov. Al principio, no obstante, tal como Paul había observado también en otros soviéticos de la órbita intelectual, manifestaba una leve timidez. Para referirse al
viejo Nicolái Bobrov decía, por ejemplo: «Su difunto bisabuelo, el estimado miembro de la última duma», en un tono humorístico que no acababa de disimular del todo cierto respeto hacia el pasado de su familia.
Bobrov se puso a charlar sin problema de su familia, del trasfondo ruso de su educación, de las poesías infantiles y los cuentos que había aprendido de niño… Al cabo de una hora de viaje, Serguéi había abandonado del todo su actitud defensiva.
–Claro que sentimos una gran curiosidad por ustedes -reconoció con franqueza-, porque cuando Rusia perdió a ese sector de la sociedad, nos quedamos sin la parte mejor de nuestra cultura ancestral y ahora apenas sabemos cómo recuperarla.
–Eso depende de lo que deseen, diría yo -opinó Paul-. ¿Qué es lo que quieren?
Serguéi se tomó un momento para reflexionar.
–Antes de la revolución, el país funcionaba en un régimen de capitalismo, ¿no?, con mercados libres.
–Sí. Más o menos.
–¿Y había libertad de expresión? ¿Literatura? ¿Filosofía?
–Desde luego.
–¿Sabe? En los colegios rusos la filosofía se limita a Hegel, Feuerbach y Marx. A Platón, Sócrates, Descartes y Kant apenas se les menciona para nada -se lamentó-. Lo que queremos, por encima de todo, es recobrar nuestra historia -continuó-. Stalin aplicó una reescritura tan minuciosa que ya no tenemos ni idea de qué es verdad.
¿Se imagina qué sensación produce eso? ¿Darse cuenta de que uno no tiene idea de lo que realmente ocurrió, de lo que hizo de uno la persona que es? Tenemos el sentimiento de ser una generación perdida.
Querríamos recuperarlo todo. – De improviso, en un arrebato de pasión, propinó un golpe al volante que mandó al coche al centro de la calzada-. ¡Absolutamente todo!
–¿Y la Iglesia?
–Yo soy ateo -afirmó Serguéi-. No puedo creer. Aunque si otros quieren ser creyentes, no hay por qué impedírselo. Mi madre sí era creyente -explicó con una sonrisa-. Iba a los servicios clandestinos que se celebraban en las casas. ¿Sabía algo de eso?
Paul había oído hablar de aquellas actividades religiosas ilegales.
Nadie sabía exactamente cómo estaba organizada aquella iglesia, llamada de las catacumbas por las similitudes con el culto secreto de los primeros cristianos, pero tenía conocimiento de que desde los primeros tiempos del estado soviético había funcionado una amplia red de sacerdotes, que a menudo se trasladaban de una región a otra y que celebraban servicios clandestinos en cabañas, pajares o escondrijos en los bosques en toda Rusia.
–Quizá si se recupera la cultura rusa, usted llegue a ser creyente también -apuntó con una sonrisa.
–Lo dudo.
Continuaron un trecho en dirección a la ciudad de Vladímir antes de desviarse hacia el sur. En más de una ocasión pareció que Serguéi se había perdido, pero al fin consiguió encontrar la estrecha carretera que en principio conducía a Russka.
Una vez se hubo desahogado en lo tocante a los sentimientos que le producía la situación de su cultura, Serguéi pasó a otras cuestiones.
Habló de lo que había visto en Occidente y le hizo preguntas a Bobrov sobre sus negocios.
–Usted comercializa ordenadores, ¿no? Explíqueme paso a paso cómo funciona.
Aunque no era fácil, Paul hizo lo que pudo, exponiendo el plan de marketing global para un nuevo producto, desde la investigación de mercado hasta la fase de publicidad y las ofertas de paquetes.
–Después -concluyó- tengo que venderlo al representante.
Aquella estrategia era aplicable, con escasas variaciones, a cualquier producto, añadió.
Mientras tanto, Serguéi Románov asentía con la cabeza, diciendo:
–Oh sí, eso es lo que tendría que haber aquí.
A última hora de la mañana llegaron a la pequeña ciudad de Russka.
La decepción fue terrible.
Gracias a la información que le había proporcionado su abuela, allí fue Paul el que hizo de guía. La población tenía un aspecto más bien de abandono. La gran torre de vigilancia, con su alto tejado picudo, se mantenía aún en pie. También seguían en su lugar la mayoría de las
casas, aunque las espaciosas viviendas de los comerciantes situadas junto al pequeño parque habían sido divididas en apartamentos, y sus jardines estaban invadidos de matojos y zarzas. La iglesia de piedra contigua a la plaza del mercado presentaba, sin embargo, un estado lamentable, y saltaba a la vista que no se había utilizado desde hacía décadas.
Una de las fábricas producía bicicletas, pero el negocio textil se mantenía aún en otra, que fabricaba mantas de lana. Una vez concluido el recorrido por la triste y pequeña ciudad. Paul condujo a Serguéi al río y se dirigieron a pie a las fuentes. Éstas, al menos, seguían igual, y fue un placer escuchar el murmullo del agua sentados en el verdor de la orilla.
Para entonces Paul estaba, no obstante, impaciente por ver la antigua casa de los Bobrov, de modo que en cuanto dejaron el sendero de las fuentes, subieron al coche y emprendieron camino por la carretera forestal llena de baches que comenzaba al otro lado del puente.
El pueblo se parecía bastante a la descripción de Nadiezhda. Ya no quedaban Románov allí, y Serguéi no tenía ni idea de cuál era la casa que había ocupado su familia. Paul, con todo, recordando las palabras de Nadiezhda, pudo llevarlo a una bonita vivienda de dos pisos con volutas en los aleros de madera.
–Aquí vivía Borís Románov -le informó.
Algo lo tenía desconcertado, sin embargo: mientras visitaban el pueblo, miraba una y otra vez a lo alto de la pendiente donde por fuerza tenía que estar la antigua casa de los Bobrov, pero no la veía.
Finalmente le preguntó a un hombre del pueblo.
–¿Dónde está la casa solariega?
–Dicen que había una en esa colina de allí, pero yo nunca la vi -
respondió el hombre.
Cuando subieron la cuesta, no encontraron, en efecto, nada. Ni un dintel, ni un cobertizo; nada salvo unas tenues marcas en la hierba y, un poco más arriba, una avenida de árboles algo desdibujada ya.
La casa de sus antepasados había desaparecido. El eslabón de conexión con el pasado se había perdido. Sintiendo que su viaje había sido en vano, se volvió con tristeza para emprender el regreso.
Al acercarse al monasterio, descubrieron que había una novedad.
Desde fuera, se veía solitario. Las paredes estaban medio caídas y el campanario se había desmoronado del todo. Las dependencias no tenían trazas de conservar ni un cristal.
Pese a ello, de improviso aparecieron dos monjes.
Los dos eran jóvenes, de menos de treinta años, e iban vestidos con sencillos hábitos negros. Uno era alto y delgado y llevaba una pequeña barba rubia; el otro tenía una cara ancha que irradiaba inteligencia y unos ojos azules brillantes, bastante separados, que observaban el mundo con una extraordinaria frescura. Los religiosos sonrieron a los ocupantes del coche. Serguéi paró el motor y bajó la ventanilla.
–¿Hay monjes aquí?
Del gran monasterio Danitov habían mandado monjes a vanos lugares, pero no sospechaba que los hubiera en Russka.
–Desde hace tres meses -respondió con afabilidad el monje más alto-. ¿Están bautizados?
–Por supuesto que sí. – Fue Paul Bobrov el que respondió.
–Dios les ha enviado en un momento propicio -declaró el monje de ojos azules-. Vengan y verán.
Los dos monjes se volvieron y los invitaron a entrar con el coche.
Más allá de la verja se encontraron con una escena imprevista.
Junto a la capilla había una docena de monjes. Si bien, como sucedía en el resto del recinto, ésta se había quedado sin cristales hacía mucho, los huecos de las ventanas estaban tapados con grandes plásticos transparentes. Paul observó que habían remodelado y habilitado asimismo varios de los edificios más pequeños.
También vio a unos cuarenta campesinos, mujeres en su mayoría, que permanecían en respetuosa actitud a un lado, y que justo en la entrada de la iglesia había un ataúd cubierto con un paño púrpura.
Salieron del coche con cierto embarazo.
–Me temo que estamos molestando -dijo Paul.
Los dos jóvenes monjes no quisieron ni oír hablar de tal cosa y se fueron corriendo para volver al cabo de un minuto acompañados por un hombre de unos cincuenta años, de expresión inteligente y curiosa, que les dedicó una airosa inclinación como gesto de bienvenida.
–Soy el archimandrita Leónidas -se preguntó-. ¿Me permiten preguntarles a qué se debe su presencia aquí precisamente ahora?
Al oír la explicación de Paul, el archimandrita se mostró emocionado.
–¿Es usted un Bobrov? ¿De la familia que fundó este monasterio?
¿Y dice que se llama Paul? Ya sabe que éste es el monasterio de San Pedro y San Pablo. – Cerró los ojos un instante-. Estos sucesos son señales que nos envían desde arriba -dijo en voz baja-. No se producen por mero azar. Quédense un rato, por favor -los invitó-. Su llegada estaba, por lo visto, predestinada.
Se mirara como se mirase, la coincidencia era realmente extraordinaria, reconoció Paul. Él, un Bobrov, había aparecido en el monasterio justo cuando éste acababa de reanudar su actividad, y no un día cualquiera. El día antes, en su diligente tarea de búsqueda, los monjes habían localizado la tumba de uno de sus más reverenciados predecesores, y ese día, a la misma hora en que llegó Paul, se disponían a llevar sus restos a la iglesia para celebrar un servicio dedicado a su memoria. Se trataba del anciano Basilio, que había llevado largos años una prolongada vida de eremita el siglo pasado, más allá de las fuentes, en compañía de un oso.
La ceremonia, muy sencilla, no se alargó demasiado. El ataúd con los restos del anciano Basilio había sido situado en la esquina nororiental del templo. El interior del edificio tenía una curiosa apariencia. Aparte de los plásticos de las ventanas, sólo la mitad del espacio era, por el momento, seguro, razón por la que habían colgado una gran tela en una cuerda para delimitarlo. Detrás de ésta había una escalera de mano y varios cubos, seguramente destinados a recoger agua de las goteras.
Aunque el archimandrita llevaba una vestimenta de ceremonia, los demás monjes vestían simples hábitos negros, manchados en algunos casos de polvo de yeso. La gente que allí se apiñaba parecía pobre en su mayoría. No había nada de ornamentos, ni grandiosidad, nada que deleitara la vista en aquel humilde servicio ortodoxo.
Cantaron un salmo y un himno. El sermón del archimandrita Leónidas, pronunciado utilizando expresiones de extraordinaria calidez, estuvo en total consonancia con el sencillo carácter del acto.
Todos debían agradecer, les recordó, las manifestaciones de la providencia de Dios, que les hacía llegar señales imprevisibles. Estas nos recuerdan, destacó, que la sabiduría de Dios es grande y que, aunque podamos vislumbrarla, nos es imposible conocer algo más que una parte infinitesimal de sus grandiosos designios. ¿De qué otra manera podía contemplarse, apuntó, el que en esa hora y día precisos, un Pablo, descendiente del fundador de aquel monasterio, apareciera por casualidad a las puertas de éste tras haber recorrido miles de kilómetros? ¿Y no era significativo, señaló, que habiendo acudido en busca de su casa terrenal y no hallarla, hubiera ido a parar sin saberlo a aquella otra, que era su casa espiritual?
Después hizo un repaso de la vida del monasterio, de sus siglos de existencia, para resaltar luego que, después de un breve periodo de muerte, la vida se reanudaba de nuevo. Fueron, no obstante, las palabras que pronunció en relación con el anciano Basilio las que quedaron grabadas para siempre en el recuerdo de Paul.
–Durante muchos años, el anciano Basilio vivió en su ermita, rezando y proporcionando guía espiritual. A él se le atribuyen asimismo diversos milagros. En este día en que tenemos sus benditos restos ante nosotros, quisiera referirme, sin embargo, al inicio mismo de su vida como eremita.
»Siempre se dijo que el anciano Basilio tenía un don para los animales. Muchos se habían fijado en que a menudo aparecía un oso y que él le hablaba como lo haría un bondadoso padre con un niño. Por eso la gente llegó a la conclusión de que poseía un don.
»En realidad ocurría lo contrario. Al comienzo de su reclusión, el anciano tenía mucho miedo cuando se presentaba el oso. Era tanto su temor que la primera vez se quedó encogido en su reducida cabaña y a punto estuvo de volver al monasterio al día siguiente. La segunda noche sucedió lo mismo.
»Hasta la tercera noche, el anciano Basilio no comprendió lo que debía hacer.
»Pues la tercera noche, Basilio se quedó fuera de su cabaña, sentado en el suelo. Entonces le rezó a Jesús: “Señor mío Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de este pobre pecador.” Pero no era la segundad de su cuerpo lo que solicitaba, animado por este razonamiento: «¿Qué puede
hacerme este oso a mí, que por la gracia de Dios dispongo de la vida eterna?»
»De este modo se disipó su temor al oso. Nosotros, hijos míos, tampoco somos inmunes al miedo. Somos conscientes de lo que ha ocurrido en las décadas anteriores en las tierras rusas, pero al reconstruir este monasterio y rememorar el ejemplo del anciano Basilio, sabemos que no debemos temer al oso. Debemos amarlo, pues el amor ahuyenta el miedo.
Justo entonces, Paul advirtió con sorpresa que Serguéi estaba temblando y que a él mismo se le saltaban las lágrimas.
Los monjes les habían dado de comer. Se fueron a media tarde con una extraordinaria sensación de ingravidez.
Durante largo rato circularon despacio, en silencio, en dirección a Moscú.
Al cabo de una hora Serguéi habló por fin.
–Lo conseguiremos. Vamos a reconstruir Rusia.
–Sí.
–Aunque no creo que nos convenga el capitalismo puro. Lo mejor será una especie de economía mixta.
–Yo diría que eso es posible.
Serguéi volvió a permanecer callado durante una hora más.
–¿Cuánto tiempo cree que se tardará? ¿Cinco años? – preguntó, cuando ya entraban en las afueras de Moscú.
–Quizá más.
–Bueno, puede que tenga razón. Pero no serán más de diez. Nos pondremos al día en diez años.
–Eso espero.
–No hay nada que Rusia no pueda conseguir, ¿sabe? Nada.
–No me cabe duda.
–Lo único que necesita son buenos dirigentes -aseguró, con una sonrisa, Serguéi Románov-. Entonces lo conseguiremos. – En ese momento pareció recordar algo-. Por cierto -dijo-. Había algo que quería preguntarle esta mañana, cuando me ha explicado lo de su negocio, algo que no he acabado de entender.
–¿Sí?
Serguéi lo miró con el entrecejo levemente fruncido.
–¿Qué es un representante?
A Paul Bobrov no le apetecía sentarse en el tenebroso comedor del hotel esa noche. Miró el reloj. Las ocho cuarenta y cinco. Todavía faltaba un cuarto de hora para que cerraran el bar de arriba. Se dirigió deprisa al ascensor y al cabo de un minuto se encontraba ya delante de las puertas de cristal. Varia estaba sola en el local. Eran más de las nueve menos cuarto. No tenía nada contra ese tipo de la mañana que hablaba un ruso tan bonito, pero no pensaba variar la costumbre.
– ¡Zakrit! -gritó, antes de desaparecer en la cocina.
El sol se ponía mientras Paul Bobrov miraba desde la ventana los tejados de Moscú. A su izquierda se alzaba una de aquellas altas y recias torres con las que Stalin había decorado la ciudad durante los últimos años de su mandato. Eran símbolos de una nueva era, como el Empire State Building, símbolos de un poder intransigente, como los lúgubres muros del Kremlin.
¿Eran Rusia aquellos edificios? Él no lo creía. Ni siquiera entonces podía decir qué era Rusia. Tampoco le sorprendía. Durante siglos había sido esquiva a las definiciones. ¿Pertenecía a Europa o pertenecía a Asia? ¿Y qué significaban aquellas palabras, de todos modos? Ni uno solo de los comentaristas a los que había leído, había sido capaz de decirle qué era aquella vasta tierra ni en qué se iba a convertir. Una cosa era segura: en el Kremlin nadie lo sabía.
Fuera lo que fuese, tenía la impresión de haber percibido un borroso atisbo ese día, en Russka.
La ciudad estaba tranquila. Desde su ventana, Bobrov siguió observando y meditando hasta mucho después de anochecido.
En el cielo de verano salpicado de estrellas, pasaban de vez en cuando en lenta procesión unas pálidas nubes, iluminadas por el reflejo de la luna creciente que se elevaba por el sur.
Y el viento soplaba con suavidad sobre la tierra.
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