Rusos II

Edward Rutherfurd · Capítulo 4 de 29

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Rusos II

Capítulo 1677

Había llevado una vida intachable. ¿De dónde provenía, pues, el temor de Arina?

Tenía veintitrés años y no se había casado ni había tenido tampoco nada parecido a un noviazgo. Sabía muy bien que se quedaría soltera para siempre. La madurez había acentuado su falta de atractivo. Le había crecido la verruga de la barbilla y, aunque no era horrorosa, de cerca era imposible no fijarse en ella. Aquélla era, se decía, la voluntad de Dios, que en su infinita sabiduría fomentaba de ese modo su humildad. Rezaba todos los días y ayudaba a sus semejantes. No tenía ningún enemigo en Russka ni en el Lugar Sucio. Aun así, experimentaba un miedo corrosivo. Temía que le arrebataran su iglesia.

Aquel miedo no carecía de fundamento, teniendo en cuenta su adscripción a las filas de los raskolniki.

El desarrollo del cisma religioso siguió en Russka los típicos derroteros de muchas poblaciones rurales: es decir, fue lento.

Los nuevos libros de oraciones del patriarca habían tardado dos años en llegar al monasterio, y entonces, el abad los guardó discretamente en su habitación, como si no los hubiera recibido. Los monjes no supieron de su existencia.

El abad admiraba a Nikón en muchos aspectos. Reconocía que había procurado la dignidad de la Iglesia y que se había enfrentado al zar cuando éste trató de limitar los donativos en tierras que pudiera recibir la Iglesia. Había sido un gran eclesiástico, no cabía duda. El abad tenía, sin embargo, amigos entre la facción contraria a las reformas y al talante despótico de Nikón. Además, desconfiaba de los ucranianos y los otros eruditos que éste había llevado a Rusia. Estaba celoso de su influencia y los consideraba demasiado católicos, demasiado polacos, para su gusto.

Prefería aferrarse a sus viejas lealtades, tanto desde el punto de vista personal como litúrgico. En el pequeño monasterio de San Pedro y San Pablo los monjes continuaron, por consiguiente, celebrando el servicio según la antigua fórmula y santiguándose con dos dedos, y

como eran muy pocas las personas de Moscú que acudían al lugar, nadie se enteró siquiera de la anomalía.

Hubo dos monjes que, incluso en aquel provinciano rincón, no tardaron en enterarse de que se habían dictado cambios en la liturgia y consultaron al abad al respecto. Aun así, éste dejó transcurrir un año antes de enseñar los nuevos libros a los hermanos de mayor edad, a quienes exigió una obediencia absoluta. Cuando Nikita Bobrov o algún eclesiástico visitaban el monasterio, utilizaba la nueva variante en los servicios, y en cuanto se marchaban, volvía a la antigua. Así siguieron las cosas hasta la celebración del gran concilio de 1666.

Entonces, ni siquiera en el pequeño monasterio de Russka fue posible seguir postergando el cumplimiento de la normativa. La autoridad era la autoridad. El concilio iba a la par con el zar. Todos debían obedecer sus dictados.

El Lugar Sucio fue una excepción.

Nadie se percató de ello, sin embargo. El abad, si se enteró, no dijo nada. Nikita Bobrov, propietario del pueblo, no tenía ni idea. Los campesinos del lugar lo sabían, pero, al fin y al cabo, nadie se dignaba hablar con ellos.

La pequeña comunidad del Lugar Sucio seguía el liderazgo de Silas el sacerdote.

Era un hombre tranquilo, nieto del hijo de Esteban el sacerdote, a quien mató Iván el Terrible. Desde entonces, Silas era el primero de la familia que retomaba la tradición del sacerdocio. Su padre había sido un modesto comerciante.

Se parecía a su antepasado en el semblante, pensativo y seno, y en los ojos, que eran azules, pero era sólo de estatura mediana y un accidente de infancia le había dejado una leve cojera. Pese a carecer de magnetismo físico, tenía un temperamento apasionado y decidido que le había procurado una posición de autoridad entre los campesinos.

Cuando estuvo en Nizhni Nóvgorod estudiando para sacerdote, entró en contacto con los clérigos opuestos a las reformas. Aparte de ser un importante centro comercial, aquella antigua ciudad ubicada en la confluencia del Volga y el Oká tenía todavía algo de frontera. Más allá de Nizhni Nóvgorod, se hallaban las vastas y solitarias regiones boscosas del noreste. Allí vivían toda clase de remotas comunidades y

eremitas; allí vivían los auténticos y simples rusos, que construían sus casas en el bosque a golpe de hacha, dedicados a la gloria del Señor.

En las proximidades de Nizhni Nóvgorod se había instalado, además, la familia del gran abanderado de los raskolniki, el sacerdote Avvakum. El azar quiso que, mientras servía de diácono allí, Silas conociera a una pariente de aquel ferviente activista y se casara con ella.

No era un hombre instruido. Aun cuando en Nizhni Nóvgorod le habían enseñado a leer, no habría sido capaz de esgrimir elaborados argumentos en contra de la reforma. De hecho, de no haber sido por el parentesco de su esposa con Avvakum, le habría costado decidir quién tenía razón en muchos de los puntos que suscitaban su desacuerdo con el patriarca.

La inquietud de Silas era instintiva y hundía sus raíces en el corazón profundo de la Iglesia rusa y de la misma Rusia. Era la sensación de que se había invadido y pervertido el alma de Rusia; y aquello era obra de los forasteros. «¿Para qué necesita tantos extranjeros el zar? – planteaba-. ¿Por qué ponen a alemanes al frente de nuestras tropas? ¿Por qué hace venir el zar a artesanos de otros países y permite que los boyardos tengan instrumentos musicales en sus casas?»

Si al principio le causaban confusión los detalles técnicos de la controversia eclesiástica, cuando se celebró el gran concilio de 1666

Silas ya no tenía dudas de dónde radicaba el mal. «Primero dejan que los polacos y los griegos introduzcan cambios en la liturgia -le comentaba con disgusto a su mujer, y luego añadía bajando la voz, horrorizado-: Dicen incluso que algunas de las nuevas traducciones están hechas por judíos.»

«Para los rusos, para los simples cristianos como nosotros, hermanos y hermanas en Cristo -declaraba ante la congregación del Lugar Sucio-, sólo hay una cosa que tiene importancia. No se trata del conocimiento mundano, pues ¿adónde nos conduce el conocimiento mundano y la astucia del extranjero sino a un pecado aún mayor? No se trata de sutiles argumentos, pues ¿qué pueden conocer las personas en su humilde capacidad, al lado de la sabiduría de Dios? Lo importante es el amor, la devoción, la bendita cualidad, el sagrado

ardor que cada uno de nosotros pone en servir fielmente a Dios, con reverencia, tal como nos enseñaron Nuestro Señor y los santos. Eso es lo que cuenta. – Y entonces utilizó una palabra que los rusos tenían en gran estima-. Nuestra vida debe estar impregnada de blagochestie.

Blagochestie significaba piedad, devoción ardiente, lealtad, fidelidad. Estuvo siempre relacionada con el zar de la antigua Moscovia, el piadoso zar, y para las personas como Silas significaba ante todo fidelidad a lo antiguo, a la sagrada tradición. Significaba el humilde amor y fervor religioso del campesino ruso, por oposición al orgulloso mundo occidental, racional y legalista hacia el que intuían que pretendían arrastrarlos las autoridades. Significaba el mundo del icono y del hacha.

En el Lugar Sucio, Silas siguió, pues, apegado a los antiguos usos: decía dos Aleluyas y efectuaba la señal de la cruz con dos dedos.

Aquélla era una actitud peligrosa, dada la determinación que tenían de erradicarla las autoridades de Moscú. En el lejano norte, junto al mar Blanco, las tropas habían asediado el gran monasterio de Soloviets y matado a los monjes porque el abad había ordenado no aplicar la nueva liturgia ni rezar por el zar.

Nadie sabía cuántas comunidades continuaban haciendo lo mismo en secreto, pero todo indicaba que el movimiento clandestino ganaba cada vez más adeptos. Algunos de ellos, como Silas, se adscribían a él por motivos puramente religiosos; otros se quejaban de los elevados tributos impuestos por el zar y de las duras condiciones de vida. Entre unas y otras motivaciones, el clima de sorda protesta se estaba acentuando y Moscú lo sabía. Era inevitable que estallara el conflicto.

Hasta el momento, la pequeña comunidad del Lugar Sucio no había atraído la atención oficial, pero, si lo hacía, ¿qué harían entonces Silas y su congregación? Nadie poseía una respuesta, pero Arina tenía fundados motivos para preocuparse.

En un frío y húmedo día de la primavera de ese año, llegó a Russka un forastero.

Como un viajero cualquiera, fue al monasterio, donde los monjes le procuraron comida y alojamiento. Aunque dijo que se llamaba Daniel, se mostró reticente a explicar nada más sobre sí mismo, y cuando los monjes le preguntaron de dónde venía, contestó: «De Yaroslavl.»

–Concuerda con su aspecto -comentó con una sonrisa el abad, cuando le informaron de ello-. Allí todavía hay rusos auténticos.

Yaroslavl era una ciudad antigua. Al igual que otras de la zona nororiental, como Vladímir, Rostov o Súzdal, su historia se remontaba a los tiempos de la capitalidad de Kíev. Quedaba en el semicírculo del gran río Volga, más allá del cual se extendía la inmensa taiga hasta la tundra ártica. Su escudo exhibía el apropiado símbolo de un oso blandiendo un hacha.

En aquellas regiones norteñas habitaban hombres fornidos: las mismas personas sencillas y resueltas que habían descendido con sus hoces y hachas para expulsar a los polacos de Moscovia, en la calamitosa época posterior al reinado de Iván el Terrible.

El forastero se ajustaba a aquel molde. Era enorme, con el pelo enmarañado, una poblada barba cana y una abultada nariz que, con el curso de los años, se había hecho más voluminosa, de tal modo que ocupaba el centro de su cara a la manera de una gran mancha. Con frecuencia permanecía sentado, muy quieto, con la mirada perdida ante sí o tendiendo una de sus manazas para dar de comer a un pajarillo. Pese a la suavidad de sus gestos, resultaba evidente que poseía una fuerza tremenda.

¿Qué había ido a hacer allí? Nadie tenía la menor idea. Llevaba algo de dinero y no parecía un campesino fugitivo. En su equipaje figuraba un diminuto icono, ennegrecido por los años, y un pequeño libro de salmos que, al parecer, podía leer. Había dicho, con todo, que no era sacerdote.

El tercer día de su estancia en el monasterio cayó enfermo. La grave fiebre que lo aquejó hizo temer por su vida a los monjes, pero se recuperó y pronto comenzó a dar largos paseos por el campo.

Una semana después del primero, mantuvo una conversación a solas con el abad. Del contenido de ésta, trascendieron a la comunidad de monjes dos revelaciones. La primera era que, durante las fiebres, una voz le había ordenado que se quedara en Russka. La segunda, que sabía pintar iconos y le había pedido al abad que le dejara instalarse en la ciudad y trabajar con los demás pintores. El abad le había dado su consentimiento.

De este modo, Daniel inició su vida en Russka.

Pese a que era un buen artesano, pintaba sólo algunas partes de los iconos, bajo la dirección de otros, y renunciaba a plasmar las figuras de personas, aduciendo que no tenía capacidad suficiente. Aunque los iconos en cuestión eran tan sólo meras copias destinadas a la venta que distaban mucho de ser grandes obras de arte, su modestia complacía a los otros pintores.

Hablaba poco. Aparte de sus aptitudes para pintar, era un excelente carpintero. Observaba de manera estricta los ayunos y pasaba varias horas todos los días rezando de rodillas. Siguiendo al pie de la letra el Antiguo Testamento, no comía ninguno de los alimentos prohibidos, como la ternera, el conejo y la liebre.

La gente advirtió asimismo que Daniel iba los domingos a la pequeña iglesia del Lugar Sucio, donde oficiaba el servicio Silas. No obstante, como también iba al monasterio, nadie vio nada de particular en ello.

Los habitantes del Lugar Sucio pronto se acostumbraron a aquel callado y extraño individuo que aparecía entre ellos. Los hombres no tenían nada en su contra; las mujeres profesaban una simpatía declarada por él porque tenía fama de trabajador y porque captaron algo tierno, casi reverente, en su actitud hacia ellas. Le atribuyeron una especie de halo de santidad. «Es un vagabundo -señaló una vieja-. Un día de éstos, nos daremos la vuelta y se habrá ido.» De lo que no cabía duda era de que tenía algo especial.

En su veredicto influyó en gran medida la laudatoria opinión de Silas, al que habían visto conversar más de una vez con el descomunal forastero y que se pronunció sin ambages: «Es un hombre de bien.

Posee la auténtica blagochestie. »

Durante dos años siguió acudiendo todas las semanas al Lugar Sucio, mientras se mantenía a prudente distancia, casi sin hablar con nadie. Apenas habían averiguado nada de él. Lo único que sabían, y que les procuraba satisfacción, era que para santiguarse utilizaba dos dedos.

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