Rusos II

Edward Rutherfurd · Capítulo 5 de 29

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Rusos II

Capítulo 1684

Para Nikita, todo aquello había sido un desastre.

Habría podido salir bien, a pesar de todo, si no se hubiera peleado con aquel condenado Tolstói. Ése era el problema. «Y ahora hemos perdido por completo el favor de la corte», se lamentaba hablando con su mujer.

Mientras se planteaban qué podían hacer, ella hizo una curiosa propuesta.

La situación era doblemente mortificadora porque la familia había prosperado de forma constante desde la ascensión de los Románov al trono. El primer zar de la dinastía había recompensado al abuelo de Nikita de dos formas. Le había permitido convertir de nuevo la antigua propiedad, disfrutada en modalidad de pomestie condicional bajo Iván el Terrible, en votchina hereditaria que no le podían arrebatar. Aparte, le había regalado más votchina, de la fértil tierra negra situada junto al monasterio. Nikita, por su matrimonio, había aumentado sus propiedades con nuevas fincas, que mantenía en buen orden. Sus campesinos trabajaban tres días en modalidad de barshchina y le pagaban modestas rentas en metálico y en especie. Su situación, en opinión de Nikita, no era ni mejor ni peor que la de la gran mayoría de los campesinos. Además, había comprado pequeñas parcelas de terreno al sur del río Oká, en la provincia de Riazán, en los límites de la estepa donde había buena tierra; allí, sus administradores utilizaban mano de obra esclavizada, compuesta por hombres que no podían pagar sus deudas y tártaros que habían sido capturados en sus incursiones. Los ingresos eran excelentes.

A Nikita le habían ido bien las cosas. De hecho, su familia nunca había gozado de mejor posición, pues aunque el zar había abolido por fin las tablas de preeminencia del mestnichestvo, que a pesar de las complicaciones que causaban habían garantizado cierta categoría a los Bobrov, Nikita había conseguido ascender hasta las codiciadas filas de la nobleza moscovita. Como consecuencia de ello vivía en Moscú, cerca del zar, y soñaba incluso con ser candidato para el puesto de gobernador de provincia. Si hubiera logrado dar un paso más en la consecución del favor del zar, podría haberse hecho rico.

Si bien él y su esposa habían conocido en carne propia la triste experiencia, por desgracia muy común en Rusia, de perder varios hijos, en 1668 nació, gracias a Dios, un robusto varón que tenía todas las trazas de sobrevivir. Le habían puesto por nombre Procopio.

Apunto de cumplir los cincuenta, Nikita albergaba un lógico optimismo. Gozaba de buena salud y de una buena posición. Aunque estaba engordando, era elegante. Lo único que le faltaba era atraer la atención del zar favorablemente.

El ambiente había cambiado mucho en la capital. La corte de Alejo se había vuelto más cosmopolita, más occidentalizada. Personalidades preeminentes, como Matveev, el amigo del zar, alentaban los usos de Occidente y algunos miembros del círculo más selecto de la corte incluso se afeitaban la barba.

En su condición de hombre ambicioso y con cierta educación, las aspiraciones de Nikita apuntaban a esos círculos. El gran Matveev le tomó simpatía y se convirtió en su mentor. Pese a que mantenía aún un sano recelo hacia los extranjeros, Nikita sustituía de vez en cuando su caftán por una chaqueta de corte polaco. Había oído tocar a músicos alemanes en casa de Matveev. Algunas veces acudía a una iglesia donde un coro interpretaba música armónica, a la manera occidental. En 1673

llegó a obligar a su esposa a asistir a uno de los nuevos entretenimientos importados por el zar, una representación teatral.

A ella no le gustó nada.

Se llamaba Eudoxia Petrovna Bobrova. El apellido Bobrova era la variante femenina del de su marido, Bobrov, y el de Petrovna derivaba del nombre de su difunto padre, Pedro, por quien profesaba una gran devoción.

Era una mujer fuerte de pelo castaño, de complexión robusta y una cara redonda cuya placidez desmentía su carácter. De estricta mentalidad conservadora, era muy consciente de su riqueza y de la elevada posición ocupada por su padre, que era comandante militar.

Cuando tenían invitados en casa, no se dejaba ver hasta que la llamaban para servir el coñac a los hombres después de la comida; luego, después de saludarlos, se retiraba discretamente. En privado, no obstante, con otras mujeres o a solas con su marido, no tenía el menor reparo en expresar sus opiniones. Ningún tema suscitaba mayor

vehemencia en ella que los cambios impulsados por la corte. Los extranjeros sin barba, le decía a Nikita, eran como pollos recién desplumados. La música y las obras de teatro occidentales eran sacrílegas: «Yo voy a la iglesia a oír la palabra de Dios, y no unos gimoteos de estilo polaco», apostillaba.

Haciendo honor a la memoria de su padre, el blanco predilecto de su desdén era el ejército zarista con sus oficiales extranjeros. «¿Esos alemanes, ¿qué saben? Saben dar órdenes. Perfecto. – Entonces se ponía en pie e imitaba a los infortunados campesinos que escuchaban, sumidos en la más absoluta confusión, con el mosquete en mano-. Yo los he visto -exclamaba-. El oficial da una orden. Nadie lo entiende. Vuelve a intentarlo… Ah, ahora lo han entendido. Así que uno se vuelve hacia la izquierda. El otro se encara a la derecha. El de más allá dispara el arma. Uno avanza, otro retrocede. No saben qué hacer. ¿Y por qué?

Porque el oficial que les enseñó instrucción la semana anterior tenía un método totalmente distinto. ¡Imbéciles!»

Nikita reía a mandíbula batiente porque era la pura verdad: los oficiales a menudo traían los libros de instrucción de sus distintos países, que no concordaban con los de los demás, y se negaban en redondo a sustituirlos.

Eudoxia solía despachar aquella cuestión, igual que muchas otras, con esta frase: «Las cosas iban mejor en tiempos de Iván el Terrible. Él les habría enseñado lo que es bueno.»

Era extraño, sin embargo, que no aprobara las guerras del zar.

Para Nikita, la absorción de Ucrania y la expansión al oeste por territorio polaco aumentaban la gloria de Rusia. Su práctica mujer, en cambio, pensaba lo contrario. «La guerra representa la ruina para los pobres campesinos», se lamentaba.

Incluso Nikita reconocía que no le faltaba su parte de razón. Había por aquel entonces cien mil hombres sobre las armas. Los militares se llevaban el sesenta por ciento del presupuesto del estado y, como siempre, los impuestos recaían sobre el campesinado. «Si continuamos así -pronosticaba Eudoxia-, tendremos otra rebelión como la de Stenka Razin.»

Comenzó a insistir todos los años en ir a inspeccionar sus pueblos, labor que Nikita consideraba de lo más tediosa, y allí hacía

personalmente preguntas a los campesinos y muchas veces les daba dinero. «Es una suerte que seamos ricos, con tantos campesinos para alimentar», comentaba él con ironía. Su esposa no le hacía, sin embargo, el menor caso.

Dadas sus tendencias conservadoras, a Nikita no le extrañó que en cuestiones de religión las simpatías de Eudoxia se decantaran hacia los

raskolniki. Tampoco era la única noble que se alineaba con ellos. La primera esposa del zar había sido un precedente, y un pequeño grupo de relevantes damas, entre las que se encontraba una perteneciente a la gran familia boyarda de los Morozov, no sólo habían apoyado a los seguidores de Avvakum sino que habían ido a la cárcel por ello. No obstante, tales actitudes estaban de baja entre la aristocracia y constituían un peligro cada vez mayor, por lo que Nikita le había indicado a Eudoxia que debía ser discreta y no propagar sus opiniones.

Los problemas de Nikita Bobrov comenzaron con un cambio en la corte, a raíz de la imprevista muerte del zar Alejo, que dejó la corte dividida en dos facciones.

De su primer matrimonio dejaba varias hijas y dos varones: Fiódor, agradable pero enfermizo, e Iván, un pobre muchacho, retrasado mental y medio ciego por tener una anómala capa de piel sobre los ojos.

De su segunda esposa, una mujer de modesta extracción, Alejo dejó dos hijos, una pequeña de meses y un varón de tres años.

El niño se llamaba Pedro.

A la familia de la primera esposa de Alejo, los altivos Miloslavski, no le había sentado bien la aparición de la familia de la segunda esposa, los humildes Narishkin. Uno de los principales blancos de su odio era el amigo del zar, Matveev, que había presentado a la pareja.

Ocurrió lo que era de prever, de acuerdo con los usos moscovitas. El joven Fiódor fue coronado zar; Pedro y su madre recibieron un trato benévolo, pero los Miloslavski tomaron las riendas del poder. No tardaron en hallar un pretexto para arrestar a Matveev. Aquel instruido aristócrata cometió la imprudencia de llevar un libro de álgebra en una bolsa de viaje, lo cual se interpretó, por supuesto, como una prueba de práctica de magia negra. Hasta Nikita, cuando se enteró del arresto de su mentor, reconoció con pesadumbre: «El mismo se lo ha buscado. ¿Qué hacía con ese tipo de libro, que no sirve para nada?»

Aunque había perdido a un poderoso defensor, aquellas alteraciones en la corte no significaron el final de Nikita Bobrov. No era lo bastante importante para llamar la atención de los Miloslavski. Tenía amigos.

Con el tiempo, podría tal vez seguir escalando posiciones.

Si no se lo impedían las consecuencias de la fatal reacción que había tenido con el joven Tolstói.

El palacio de Kolómenskoie quedaba relativamente cerca de Moscú, en unas suaves lomas junto al río.

Era una extraordinaria combinación de edificios. Residencia de verano de los zares durante generaciones, Alejo había añadido a sus iglesias y campanarios de piedra una extensa colección de casas y mansiones de madera tan exóticas y llamativas como los retorcidos pináculos de la catedral de San Basilio, en la plaza Roja. Con sus grandes cúpulas acabadas en punta, sus altos tejados cónicos con ventanas, sus enormes aguilones en forma de cebolla y sus amplias escaleras exteriores, aquel lugar era un derroche de tendencias arquitectónicas rusas llevadas al extremo. Al igual que buena parte de los monumentos religiosos del reinado de Alejo, era exuberante y recargado. Era como si, viendo por primera vez su arquitectura con una mirada occidentalizada en parte, algunos de los constructores de Rusia hubieran decidido adoptar sus formas tradicionales y jugar con ellas, retorciéndolas, acumulándolas, hasta lograr un tremendo escenario de exotismo, un gigantesco e impresionante panal moscovita.

Precisamente en los jardines del palacio de Kolómenskoie, cuando el zar Fiódor llevaba ya unos años en el trono, Nikita se encontró una soleada mañana de verano con Pedro Tolstói.

No sabía por qué, pero aquel individuo le inspiraba una profunda antipatía. Tolstói era un hombre fuerte -de eso no cabía duda-, de espesas cejas negras y penetrantes ojos azules. Era inteligente. Quizá demasiado inteligente, demasiado astuto. Aunque tenía unos diez años menos que Nikita, sabía más que él y ambos eran conscientes de ello.

«Su familia no es mejor que la mía», pensaba Nikita con enojo; y sin embargo, algo le decía que Tolstói iba a llegar a la cumbre.

Cuando el joven Tolstói se puso a caminar a su lado, Nikita se sintió invadido por una oleada de irritación. Sin mostrarse maleducado, hizo lo posible por restar importancia a su presencia. Prestó oídos muy

vagamente a lo que le decía. De este modo transcurrieron tres o cuatro minutos, hasta que, de repente, advirtió con asombro que el condenado estaba hablando de Eudoxia, su esposa.

Entonces se puso a escuchar con atención. ¿Qué decía Tolstói?

¿Cismáticos? ¿Peligro? Lo que oyó era para echarse a temblar.

Eudoxia se había ido de la lengua, al parecer. Sólo delante de otras mujeres, gracias a Dios, pero había hablado más de la cuenta, desplegando con el calor que la caracterizaba argumentos en favor de los raskolniki.

Con gran discreción, como el perfecto cortesano y diplomático que era, Tolstói lo avisaba de ello. No eran más que conversaciones de mujeres, claro, pero la gente hablaba, y si aquello llegara a oídos de determinadas personas…

–Los hombres somos siempre los últimos en enterarnos -señaló con una sonrisa Tolstói.

Aun así, se hubiera dicho que todo Moscú estaba al corriente.

Observando el imperturbable semblante de Tolstói, Nikita sintió una repentina furia. ¿Por qué le decía todo aquello? ¿Era una buena acción, o era una amenaza, una información que se reservaba para utilizar en el futuro? ¿Pretendía obtener un ascendiente sobre él por algún motivo? La respuesta no estaba clara.

Lo peor era que él estaba quedando como un estúpido. Tenía pocas dudas de que Tolstói no dijera la verdad. Eudoxia lo desobedecía y ese joven le estaba diciendo, sin inmutarse, que era incapaz de controlar a su propia esposa. De todos modos, quizá no hubiera dado rienda suelta a su mal humor de no haber sido por un insignificante detalle.

Habían parado de andar. Nikita, lleno de resentimiento, tenía la mirada clavada en el suelo cuando, notando que Tolstói lo miraba, alzó los ojos y se encontró con los de aquél.

Nada hay más desatinado que dedicar una mirada expresiva a una persona a la que no se conoce bien, pues es seguro que será malinterpretada, ya que el otro ve por lo general el reflejo de sus propios pensamientos. Así les ocurrió a Nikita y Tolstói. Con la mirada de desenvuelto cinismo que le dedicó, Tolstói quería expresarle: «Ay, amigo mío, no hay forma de prever lo que comentan entre sí las

mujeres.» Nikita, en cambio, entendió: «Por Dios, qué tonto sois. Los dos lo sabemos.» Aquélla fue la gota que colmó el vaso.

–Rastrero bribón -estalló con brusquedad-. ¿Creéis que no sé desde hace tiempo lo que sois? Si queréis propagar habladurías sobre mi esposa, os saldrá el tiro por la culata, os lo garantizo. – Luego, muy bajo, añadió-: Llevad cuidado, no sea que tengáis que lamentarlo.

Fue una insensatez. Lo supo casi antes de terminar. Aun así, al ver que a Tolstói se le alteraba la expresión por efecto de la sorpresa, volvió a cometer un error de interpretación y, tomándolo como una muestra de desdén, giró sobre sus talones y se fue.

En cuanto a Tolstói -que en realidad sólo pretendía hacerle un favor a una persona útil-, concluyó de inmediato que debía considerar a Nikita un enemigo; un enemigo de importancia suficiente para representar un peligro y al que tal vez debería neutralizar un día.

–¿Cómo he podido ser tan idiota? – se reconcomía más tarde Nikita.

Aunque pertenecían a la pequeña aristocracia, los Tolstói habían establecido lazos de matrimonio con la poderosa familia de los Miloslavski.

Nikita continuó sirviendo al zar sin renunciar a sus expectativas.

Hizo amigos en las altas esferas. Llegó incluso a conocer al gran príncipe Vasili Golitsín, un influyente noble occidentalizado cuya protección deseaba granjearse. No volvió a saber nada de Tolstói, de modo que se olvidó del incidente de Kolómenskoie. En cuestión de unos años, con un poco de suerte, quizá podría hacerse todavía con el cargo de gobernador.

Se encontraba ausente, visitando una lejana propiedad, cuando a comienzos del verano de 1682 le llegó la noticia del repentino cataclismo que había tenido lugar en Moscú. Todo fue tan rápido que, pese a que partió sin dilación, a su regreso los acontecimientos ya se habían decantado.

El pobre zar Fiódor había muerto. Dado que no dejaba hijos, había dos herederos posibles: el desdichado Iván, el último hijo que le había dado a Alejo su primera esposa, una Miloslavski; y el guapo Pedro, que aún no tenía nueve años, hijo de la joven Narishkin. Un tullido

bobalicón y medio ciego o un niño; el potente clan de los Miloslavski o los advenedizos Narishkin.

Había, no obstante, otro factor en juego que Nikita no había tomado en consideración: el pobre Iván tenía una hermana.

La princesa Sofía no era precisamente una belleza. Estaba gorda, tenía la cabeza desproporcionada y la cara bastante peluda, y con el paso del tiempo le habían aparecido derrames en las piernas. En su condición de princesa, se esperaba de ella que viviera recluida en el palacio real. Sofía, sin embargo, era inteligente y ambiciosa, y no pensaba quedarse encerrada ni permitir que los Narishkin desbancaran a los Miloslavski.

En un asombroso encadenamiento de sucesos, aprovechando la súbita revuelta de los poderosos regimientos de streltsí de Moscú, Sofía había hecho despedazar a los Narishkin en el mismo palacio del Kremlin. Fue un acto sobrecogedor que tuvo lugar ante los ojos del pequeño Pedro y de su madre, un terrible recordatorio de que aquello era aún la vieja Moscovia, igual de macabra y tenebrosa que en los tiempos de Iván el Terrible.

Después hizo que nombraran a Pedro y al desgraciado Iván cozares, al tiempo que se reservaba las funciones de regente para ella.

La extraña coronación se llevó a cabo a finales de junio. Nikita Bobrov, que ya había vuelto, asistió a ella. Los dos herederos -uno ciego y medio mudo y el otro un niño tan sólo- ataviados con resplandecientes ropajes recamados en oro y perlas, fueron coronados con solemne pompa cotí el llamado Gorro de Monómaco. Detrás de ellos movía los hilos Sofía. Por primera vez en la historia de Rusia, una mujer tenía las riendas del poder.

Mientras miraba, Nikita pensó en algo más, que le suscitó un agudo temor. Cuando Sofía inició el pulso para hacerse con el poder, dos hombres habían acudido a los cuarteles de los streltsí para soliviantar sus ánimos. Uno era Alejando Miloslavski. El otro era Pedro Tolstói.

–Mi querido Nikita Mijáilovich, mi estimado amigo. Tenemos que hablar.

No había hombre más educado en toda Rusia que el nuevo primer ministro del gobierno de Sofía, el príncipe Vasili Golitsín. Algunos aseguraban que era, además, su amante. Nikita no podía saber si era

verdad o no. De lo que no cabía duda era del gran poder que tenía aquel hombre, con cuyo favor creía contar.

Cuando lo mandaron llamar para una audiencia con el príncipe en el Kremlin, se atrevió a concebir halagüeñas esperanzas. Y luego, al ver avanzar hacia él a tan relevante personaje pronunciando palabras tan agasajadoras, apenas reparó en el resto de personas que había en la estancia ni en la expresión de sus caras. Se fijó sólo en Golitsín y en el hecho de que sonreía.

El atractivo del príncipe ejercía un efecto deslumbrador incluso en hombres de cierta importancia, como Bobrov. Él fue, en realidad, el primero de los grandes aristócratas rusos de tendencias cosmopolitas que impresionarían hasta a los grandes de Europa a lo largo de los dos siglos siguientes. De haberse tratado de cualquier otro, Golitsín habría escandalizado incluso a Nikita. No era únicamente porque hablara latín; ni siquiera porque bebiera sólo con moderación y en su mansión palaciega tuviera cuadros y muebles occidentales y hasta tapices gobelinos; sino porque, para colmo, recibía a extranjeros en su casa, entre ellos los temidos jesuitas, tal como había oído decir horrorizado Nikita. Sin embargo, nadie podía negar que Golitsín fuera un auténtico ruso. No había en el país una familia más noble ni más antigua que la suya. Y aparte de todo eso, al tenerlo cerca, Nikita no pudo por menos de reconocer la magnífica cualidad que Dios había concedido a casi todos los miembros de aquella destacada familia: un encanto fuera de lo común.

En lugar de un caftán, Golitsín llevaba una ceñida chaqueta de corte polaco, con botones delante. La barba, en lugar de caerle en toda su amplitud sobre el pecho, aparecía pulcramente recortada. Su sereno semblante, de facciones con leves reminiscencias turcas, transmitía una impresión de sutil inteligencia, algo dada tal vez al disimulo.

–Como sabréis, mi querido amigo -dijo en voz baja, tras llevarlo del brazo a un lado del gran salón-, confiaba en veros en el cargo de gobernador de provincia. – A Nikita dejó de latirle un instante el corazón. ¿Adónde quería ir a parar? ¿Le iban a otorgar quizás otro cargo? Captando su agitación, Golitsín exhaló un suspiro-. Desearía, amigo mío, por el bien de todos, que mantengáis la calma -murmuró-.

Como decía, en eso había cifrado yo mi confianza, pero por desgracia

no va a ser posible. Ya sabéis que la administración local rusa dista de ser perfecta.

A pesar de su nerviosismo, Nikita no pudo reprimir una sonrisa al oír aquella velada insinuación. La administración local era un desbarajuste regido a golpe de sobornos.

–Como consecuencia de ello -prosiguió el príncipe-, debemos depositar grandes expectativas en los gobernadores, pues son lo único que tenemos. Por desgracia, hasta la más tenue sombra que empañe a un candidato, en determinados círculos, hace imposible el nombramiento. – Abrió una pausa-. También sabréis que una de las tareas más urgentes que deben acometer los gobernadores es colaborar con la Iglesia para erradicar a esos herejes, esos raskolniki. La regente Sofía es tajante al respecto… -Calló un momento para dar tiempo a que Nikita reflexionara.

»Corren rumores… que sean verídicos o infundados, ni que decir tiene, carece de importancia… corren rumores en ciertas esferas que indican que, si tuvierais que perseguir a los raskolniki, os hallaríais en una situación algo apurada -declaró con refinada soltura-. Estoy seguro de que lo comprendéis. – Calló de nuevo y luego sonrió-. No debéis desesperar, Nikita Mijáilovich, pues mañana podríais escalar posiciones. Y yo, por ejemplo, podría caer en desgracia. No obstante, hoy por hoy no puedo ayudaros.

Nikita tragó saliva. Tenía la garganta reseca.

–¿Qué puedo hacer?

–Nada.

–Siempre estaré dispuesto a prestar mis servicios -afirmó Nikita con la dignidad que logró rescatar.

Golitsín guardó silencio.

–Podríais, desde luego, preferir residir en Moscú -dijo al cabo de unos segundos-, pero no os sintáis atado ni dejéis de ir a visitar vuestras propiedades cuando lo deseéis.

De modo que aquél era realmente el fin. No lo quería en Moscú. Por espacio de un segundo, sin que pudiera evitarlo, las lágrimas se le agolparon en los ojos, pero consiguió contenerlas con un pestañeo.

–Venid, estimado amigo, dejad que os acompañe a la puerta -se ofreció con afabilidad Golitsín.

Sólo entonces, en el recorrido hacia la salida, Nikita alzó la vista y tomó conciencia de que en la estancia había unas treinta personas mirándolo. En el mismo instante advirtió asimismo que, en un rincón, lo observaban con plácida expresión dos miembros de la familia Miloslavski. A su lado estaba Pedro Tolstói.

Entonces comprendió que aquello había sido una ejecución pública.

Así fue como el distinguido antepasado del gran novelista ruso dio al traste con las aspiraciones de Nikita Bobrov.

En los días posteriores, siguiendo una tendencia muy propia de la naturaleza humana, Nikita centró su resentimiento no tanto en su enemigo manifiesto como en el amable Golitsín. «Me ejecutó para complacer a Tolstói y los Miloslavski», se repetía con irritación. Claro que aquel hombre haría cualquier cosa por el poder. Entonces se ponía a imaginar, con todo lujo de detalles, las supuestas relaciones entre Golitsín y la regente Sofía, regodeándose en las conocidas imperfecciones de la dama y en otras que añadía por su cuenta.

Nikita estaba acabado; su carrera había terminado. ¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer para proteger los intereses de la familia y, en especial, los de Procopio?

Su hijo era un agradable joven. Se le parecía mucho; tenía la misma frente ancha y el cabello negro; tenía, también un carácter muy alegre, demasiado quizá. De todas formas, su contagioso entusiasmo le confería un gran encanto. Sería una tragedia que la nube que se cernía sobre la familia entorpeciera su futuro.

Nikita se llevó una gran sorpresa cuando Eudoxia despejó aquellos interrogantes.

–No sacaremos nada de la princesa Sofía -declaró-, de forma que nuestra única esperanza es apostar por el siguiente reinado. Lo mejor es poner a Procopio al servicio del pequeño Pedro.

¿Pedro? ¿Quién prestaba la menor atención a aquel niño? Lo más probable era que Sofía y los intrigantes Miloslavski le impidieran acceder al poder.

–Es nuestra única esperanza -insistió Eudoxia-. Deja el asunto en mis manos.

Nikita también se quedó sorprendido cuando, al poco tiempo, la llamaron para ir a ver a la madre del pequeño zar y regresó con una

invitación para que Nikita visitara a Pedro.

Debía ir, no al Kremlin, sino a un pueblo situado junto a la capital, llamado Preobrazhénskoie.

Dos meses después, cuando comenzaban a caer las hojas de los árboles,– Nikita Bobrov y Eudoxia llegaron a Russka.

Habían colocado a Procopio en la casa de Pedro, tal como era su deseo, y puesto que nadie deseaba la presencia de Nikita en Moscú, éste había decidido realizar la ronda de sus propiedades.

Se encontró con que su casa del pueblo necesitaba arreglos y pidió que acudieran obreros para hacerse cargo de ellos. Fue al monasterio y les dio a los monjes un poco más de dinero para que dijeran misas por su padre. Después se dedicó a pasar revista al Lugar Sucio. Eudoxia, por su parte, se puso a inspeccionarlo todo también, tal como hacía siempre en el campo. De este modo descubrió a «la persona perfecta», según su expresión, para efectuar los trabajos de carpintería más complicados que había que hacer en la casa.

–Es un pintor de iconos -explicó- y al mismo tiempo un carpintero extraordinario. Tienes que conocerlo, Nikita. Se llama Daniel. Su mujer es también una maravilla.

Nikita los conoció. El hombre era enorme, y la mujer, bastante anodina. Eudoxia no paraba, sin embargo, de hablar de ellos. De hecho, al cabo de un par de semanas era como si bebiera el sol a través de sus ojos, aunque personalmente él no entendía qué veía en ellos.

El silencio confiere poder al hombre, al decir de algunos. Ése parecía ser el caso de Daniel, pues aunque hablaba poco y no reclamaba la consideración de nadie, se había ganado un prestigio unánime entre las gentes de Russka.

Su aprecio no se debía a que lo conocieran, ya que al cabo de siete años seguía siendo un misterio. Aun así, a la manera de un gigantesco y viejo roble del bosque, su presencia evocaba permanencia, una agradable estabilidad que parecía salida de la misma tierra.

Tenía incluso el aspecto de un árbol, pensaba con afecto su esposa.

En los meses de invierno, se envolvía en una gruesa túnica oscura que le llegaba a los tobillos, semejante al hábito de un monje. Tocado con un alto gorro cónico ribeteado de piel, hacía pensar a su mujer en la

vieja torre de vigilancia, con su puntiagudo tejado. «¿Para qué necesitamos una torre teniendo a mi marido aquí?», se decía.

En otras ocasiones, cuando aparecía con tranquilo porte entre los remolinos de nieve, presentaba la apariencia de un antiguo dios invernal surgido de los infinitos vapores grises del bosque.

En presencia de él tenía siempre una impresión de paz completa. Lo conocía tan bien como se puede conocer a otro ser; sabía que, en el corazón de aquel potente roble, habitaba un hombre dotado de una tremenda sabiduría. Cuando dormían juntos, muchas veces experimentaba no sólo aquel oceánico sentimiento sino la sensación de que, como todas las personas verdaderamente sencillas, él poseía una vida eterna.

Lo raro era que no conocía nada de su pasado. Sabía sólo que, por algún motivo que nunca le explicó, no se había casado hasta entonces, y que, gracias a Dios, había cambiado de parecer.

Sabía asimismo que Daniel padecía una honda preocupación.

No tenía ninguna intención de casarse cuando llegó a Russka. «Soy demasiado indigno -se decía-. ¿Cómo puedo pedirle a alguien que comparta la vida conmigo, si estoy sumido en la confusión y en el pecado?» Tampoco se habría quedado allí de no haber sido por Silas.

No era el único mérito de Silas realizar la señal de la cruz con dos dedos. El sacerdote parecía comprender de manera instintiva su atormentada alma.

–Recuerda -lo amonestaba con suavidad- que estamos aquí para sufrir, pero tenemos prohibido caer en la desesperación. Si el mundo te genera conflictos, más necesidad tienes de regocijarte en el Señor resucitado.

Poco a poco, en la pequeña iglesia de madera, mirando a los sencillos lugareños a la vez que sentía la intensidad emocional tan propia de la iglesia rusa, Daniel descubrió que, por primera vez desde hacía años, no tenía ya la urgencia de ir a otra parte. «Será siempre igual, me lleven adonde me lleven mis pasos», concluyó. ¿Qué podía haber más, al fin y al cabo, aparte de la calidez de la reducida comunidad, acurrucada en congregación, desnuda ante el Señor, en la inacabable llanura rusa?

Un domingo, cuando se cumplían ya dos años de su estancia allí, el viejo Silas se había acercado a conversar con él.

–Es hora, creo, de que te cases.

Pese al gran respeto que le profesaba al sacerdote, no pudo por menos de llevarle la contraria.

–Soy demasiado viejo… Tengo más de cincuenta años -alegó-. Y no soy digno para el matrimonio.

–Te equivocas -replicó con firmeza Silas-. No te corresponde decidir a ti si eres digno o no.

–Pero… Yo no pensaba… ¿Con quién voy a casarme? ¿Quién me aceptaría?

–Si ésa es, como creo, la voluntad del Señor, lo sabrás. –

Percatándose de la absoluta confusión de Daniel, prosiguió-: Deberías casarte con una mujer que es hermosa, no ante los hombres, sino ante Dios. Deberías casarte con una mujer que dedica cumplidas alabanzas a Dios. – Esbozó una sonrisa-. Recibirás orientación para localizarla.

Daniel pasó esa semana y la siguiente cavilando sobre aquello.

Sentía una incertidumbre mezclada con una leve dosis de excitación.

Repasó mentalmente todas las mujeres de Russka y el Lugar Sucio sin llegar a ninguna conclusión.

El tercer domingo, en la iglesia del Lugar Sucio, su atención se vio atraída por alguien en concreto. ¿Por qué había vuelto la cabeza en aquella dirección? Porque ella cantaba, por supuesto; cantaba con una voz de extraordinaria belleza. Después, observando su poco atractiva cara con aquella antiestética verruga -una cara pálida que habría resultado casi fea de no ser por la encantadora expresión de embelesado fervor religioso que la iluminaba-, comprendió lo que le había querido dar a entender el sacerdote.

Habló con su tío y su anciana abuela justo después de la misa.

Y así fue como, para pasmo de la vieja Elena, y a la insólita edad de veinticinco años, Arina se casó con Daniel.

El día de la boda, Elena hizo entrega solemne a su nieta de una pulsera de oro que llevaba engastada una gran amatista, sin precisar su procedencia. Después, junto al resto de la familia, acompañó a Arina hasta la casita que Daniel tenía en Russka.

Tanto al marido como a la mujer les llenó de estupor su reciente felicidad. A ambos les sorprendía hasta el hecho de haberse casado; dado que ninguno tenía el más mínimo asomo de vanidad, sólo podían intentar con humildad hacerse felices el uno al otro, de tal forma que su amor progresó con extraordinaria rapidez.

A Daniel le conmovía profundamente la visión de aquella mujer poco agraciada que no se había atrevido a concebir esperanzas de ser amada.

La ternura natural que siempre se había visto contenida por las dudas sobre su propia valía, halló de repente un canal de expresión.

Nada la contenía entonces, puesto que el sacerdote le había dicho que su deber era amar.

A la ternura sumó la voluntad de triunfo. Escrutó a su mujer, observó sus secretas dudas y su necesidad de afirmación hasta advertir con alborozo que, como un árbol tras el invierno, se llenaba, trémula, de vida.

Al igual que muchos rusos, no se llamaban por el nombre sino a la antigua usanza, por el apellido. Al principio aquello generó una pequeña discusión.

–Mi verdadero padre -confesó, ruborizada, Arina- era un cosaco y no sé su nombre, pero mi supuesto padre se llamaba Iván.

El padre de él se llamaba Pedro. De este modo, puesto que para entonces se hacía un uso generalizado del apellido completo, él pasó a ser para ella Petróvich, en tanto que él la llamaba Ivánovna.

Daniel ansiaba poder considerar su goce personal como un presagio de mejores tiempos para todos.

Había vagado durante años por toda Rusia, atormentado por los pecados de su pasado, en pos de una paz que nunca encontraba.

Buscaba hombres santos, pero los halló sólo en el tiempo que pasó en Yaroslavl. Allí, en las agrestes Tierras Negras, conoció a los espartanos eremitas del Transvolga y a sus seguidores. Aquellos hombres austeros y piadosos que vivían en los bosques eran la verdadera reserva de la fe rusa. A la manera de los antiguos israelitas, sentía su vida cotidiana conectada a Dios. Algunos eran profetas, huidos del mundo maligno que percibían a su alrededor. Al igual que Avvakum y los demás

raskolniki, repudiaban los cambios introducidos en la Iglesia y, con

mayor certeza que aquél, afirmaban que esas manifestaciones del mal anunciaban la llegada del Anticristo. «Preparaos con oración y ayuno -

aconsejaban-, pues se acerca el fin de los tiempos.»

A veces, influido por su reciente felicidad, Daniel se preguntaba si no estarían en un error los eremitas del otro lado del Volga. Por casualidad, después de muchos años de crudísimos inviernos, el clima del norte de Rusia se suavizó el año posterior a su boda: la estación fría duró menos y mejoraron las cosechas. Entonces pensó que podía ser un signo esperanzador. No obstante, cuando al cabo de cuatro años de matrimonio su mujer seguía sin quedarse embarazada, llegó a una triste conclusión: «Seguramente es señal de que el mundo se está transformando en un lugar demasiado plagado de mal para que los fieles tengan hijos.»

En 1684, por si era precisa alguna confirmación de la maldad del mundo, cayó el mazazo.

Un edicto de la regente Sofía declaró proscritos a los raskolniki. Los sospechosos de posiciones cismáticas podían ser torturados y quien les diera cobijo se arriesgaba a perder sus propiedades. El castigo para los recalcitrantes era la pena de muerte. El día en que llegaron a Russka las noticias de aquellas terribles disposiciones, Silas fue a casa de Daniel y pasó una hora hablando enfebrecidamente con él. Al salir, tenía el semblante ensombrecido.

Arina, que se había quedado fuera mientras conversaban, no se atrevió a entrar hasta más tarde. Cuando lo hizo, Daniel estaba tan absorto rezando que no advirtió su presencia. Nunca lo había visto tan alterado.

Con lágrimas en los ojos, se postraba ante el ennegrecido icono colgado en un rincón, golpeándose la frente en el suelo al tiempo que murmuraba:

–Señor ten piedad. Aparta de mí ese cáliz.

Sintiendo su presencia como una intrusión, Arina se dispuso a abandonar la habitación. En ese preciso instante, sin embargo, su marido dijo algo que la dejó de piedra.

–¿Y quién soy yo, Señor -exclamó de improviso, levantando la mirada hacia el icono con desesperado ademán-, para pedir piedad?

¿Yo, que he asesinado no una vez sino muchas?

Arina lo observó, consternada. ¿A qué se refería? No podía interpretar al pie de la letra aquellas palabras, pues era difícil imaginar a su marido matando siquiera una mosca. ¿Qué había querido decir, entonces?

Con mayor fuerza que nunca, tomó conciencia de lo poco que sabía de la vida de aquel hombre a quien profesaba un amor sin reservas.

«¿Cómo podré ayudarlo en esta hora de necesidad si permanezco en la ignorancia?», preguntó.

Esa noche, Daniel le habló de la visita de Silas. Ante la terrible amenaza del edicto, hasta el viejo sacerdote había vacilado.

–Me ha hecho el honor de pedirme consejo -le explicó con gravedad Daniel.

–¿Y qué le has dicho, Petróvich?

–Por mis pecados, le he aconsejado seguir. – La miró con preocupación-. Pero si continuamos, aunque sea a escondidas, podrían caer grandes desgracias sobre nosotros… sobre ti también, Ivánovna -

admitió.

Ella abatió la cabeza. Por más sufrimientos que pudiera depararle el futuro, sabía que su único deseo era compartirlos con él.

–Esta fe es lo único que tenemos -exclamó de pronto Daniel-. Llevo vagando toda la vida en busca de la verdad, Ivánovna. No puedo echarme atrás ahora.

Entonces, Arina creyó llegado el momento oportuno de preguntar.

–¿Querrás contarle algo a tu esposa de tu vida pasada, Petróvich?

Daniel desgranó el extraño relato de un solitario vagabundeo que parecía haberlo llevado a todos los rincones de Rusia. Le habló de los ancianos que había conocido en Yaroslavl.

–Antes, estuve un tiempo en un monasterio, como hermano laico.

Allí aprendí a leer.

Entonces Arina le confió lo que le había oído decir antes.

–¿A qué te referías, Petróvich -le preguntó con dulzura-, con eso de que habías asesinado?

–Sí, es verdad -reconoció para su sorpresa-. He matado.

Tras aquella confesión permaneció en silencio un rato antes de continuar.

–Verás, Ivánovna, ya desde niño sentía pasión por la justicia. En mi infantil discernimiento, me ofendía tanto por lo que me parecía injusto que llegué a hacerme pasar por tonto, a fingir que no comprendía. Por eso los otros niños muchas veces pensaban que era un poco retardado.

– Esbozó una triste sonrisa-. Hoy en día sé, por supuesto, que sólo a Dios le corresponde impartir justicia y que el bien reside únicamente en la oración. Pero en mi juventud creí que podía hallarse la justicia verdadera en el gobierno de los hombres y, al no encontrarla, me indignaba.

–¿Y qué hacías?

–Luchar. Me uní a Stenka Razin.

–¿Participaste en su rebelión?

–Sí. Y matamos, Ivánovna. En nombre de la justicia matamos no sólo a soldados y corruptos oficiales, sino a un sinfín de inocentes también. Entonces lo consideraba acertado. Ahora sólo puedo arrojarme a los pies de Dios y suplicar piedad.

–¿Fuiste un cosaco, entonces?

–Así es. También estuve a las órdenes de Bogdán. En aquella época no tenía escrúpulos en matar. – Abrió una pausa-. Más tarde, deseaba tanto romper con el mal de mi vida pasada que, como si hubiera adoptado el hábito, me cambié el nombre por el de Daniel.

–¿Cuál era el de antes?

–Stepán. Aunque mis compañeros cosacos, viéndome tan grande y tan simplón, me pusieron un apodo. Me llamaban el Buey.

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