Rusos II
Padres e hijos
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
1874
Mientras el tren se aproximaba a la antigua ciudad de Vladímir con un quedo silbido acompañado de un ruido metálico, los dos inesperados visitantes se asomaron a mirar con curiosidad.
Era primavera. La nieve se había fundido casi del todo, pero aún quedaba algún que otro ventisquero y sucios residuos aquí y allá. El mundo entero, desde las blancas paredes medio despintadas de las iglesias hasta los pardos campos contiguos a las aldeas, presentaba un aspecto entre sucio y descuidado. Había enormes charcos por todas partes; los ríos se habían desbordado y las carreteras, convertidas en lodazales, eran poco menos que intransitables.
Con todo, aun cuando en la tierra se hubieran interrumpido momentáneamente las idas y venidas, en el cielo había un considerable tráfago. Por encima de los pelados abedules plateados, en los que habían despuntado casi de un día para otro las tiernas yemas verdes, el aire estaba poblado del estridente piar de los pájaros que revoloteaban en bandadas sobre el bosque. Era primavera, y los grajos y los estorninos volvían a Rusia.
Aunque el trayecto había sido largo, los dos viajeros estaban de muy buen humor. Les había llamado la atención el conductor del tren, un individuo alto y delgado, cargado de espaldas, con las orejas grandes, los pies planos y el extravagante hábito de hacer crujir los nudillos; mucho antes de llegar a Vladímir, el joven Nicolái Bobrov había perfeccionado hasta el virtuosismo la imitación que hacía de aquel hombre.
Nicolái era un apuesto joven de veinte años que tenía las facciones regulares de los Bobrov con una leve reminiscencia turca, y cabello castaño oscuro y ondulado. Llevaba un fino bigote y una barba puntiaguda, y sus ojos azules y su agradable boca acababan de dar un toque varonil a su apariencia.
Su compañero, aun teniendo sólo veintiún años, parecía mayor. Era un individuo algo ceñudo, un poco más alto que Nicolái, con una chocante mata de cabello rojizo. No llevaba ni barba ni bigote. Entre sus labios delgados asomaba una dentadura irregular, algo amarillenta.
Tenía los ojos verdes, pero el rasgo que más llamaba la atención de él, desde el primer momento, era la zona de alrededor de los ojos, afectada de una leve hinchazón, como si al nacer le hubieran dado un par de puñetazos de los que no se había recuperado nunca.
Cuando el tren llegó a Vladímir, los dos jóvenes se apearon y Nicolái fue en busca de un medio de transporte. No les bastaba con caballos, pues llevaban un pesado y abundante equipaje. Transcurrió casi una hora antes de que volviera con un hosco campesino que conducía un carruaje tan baqueteado que más bien parecía un carro.
–Lo siento -se disculpó alegremente-. Es lo mejor que he podido encontrar.
Al cabo de unos minutos se pusieron en camino.
Barro. Adonde quiera que mirase, Nicolái Bobrov tenía la impresión de que sólo había barro. Barro marrón que se prolongaba hasta el horizonte de sembrados; barro que se adhería a las ruedas del carruaje y tiraba de ellos hacia abajo, como un espíritu maligno que tratara de ahogar a un intruso de un estanque. El barro, que les llenaba de salpicaduras la ropa y rebozaba el carruaje, parecía decirles con una firmeza que no admitía réplica: «Esta es mi estación. Nadie se moverá porque yo no lo consiento. Ni caballo ni hombre, ni ricos ni pobres, ni fuertes ni débiles, ni ejércitos enteros y ni siquiera el zar poseen poder sobre mí, pues en mi estación el rey soy yo.» No fue la nieve lo primero que doblegó a Napoleón en su retirada de Moscú, recordó Nicolái: fue el barro.
No obstante, a pesar de su lento avance, el joven Nicolái estaba alborozado, pues tenía la sensación de que los dos últimos años -toda su vida, tal vez- habían sido un preparativo para aquel viaje y para aquella primavera.
¡Y cómo se había preparado! Al igual que los demás estudiantes con quienes compartía casa, había leído, escuchado y debatido intensamente semana tras semana y mes tras mes. Había practicado incluso mortificaciones monacales. Durante un mes, había dormido sobre una madera cubierta con clavos. Por regla general llevaba un cilicio. «Porque no soy todavía tan fuerte y disciplinado como debiera», confesaba a sus amigos. Y ahora se avecinaba por fin la hora en que, de cumplirse sus expectativas, volverían a nacer él y el mundo a la vez.
Y qué suerte la suya, se felicitó Nicolái dirigiendo una breve mirada a su compañero… qué suerte más increíble poder emprender aquella misión precisamente con ese hombre. «Sabe muchísimo más que yo», reconoció con humildad. Nicolái nunca había conocido a nadie como él.
Mientras proseguían a paso de tortuga por aquel interminable barrizal, tan sólo un pensamiento no expresado turbaba la tranquilidad de Nicolái: sus padres, que no sospechaban nada. ¿Qué sería de ellos?
Tendrían que sufrir, por supuesto: era inevitable. «Pero al menos yo estaré allí -pensó-. Seguramente podré evitarles lo peor.»
Muy despacio, el pequeño carruaje se abría camino hacia Russka.
Aquella húmeda mañana de primavera, de pie junto a la ventana de la izba, Timoféi Románov miraba con incredulidad a su hijo Borís.
–Te lo prohíbo -gritó por fin.
–Tengo veinte años y estoy casado. No puedes impedírmelo.
El joven Borís Románov miró las caras de sus familiares. Sus padres estaban muy pálidos; su abuela Arina tenía una expresión pétrea; y su hermana de quince años, Natalia, presentaba el mismo aire de rebeldía de siempre.
–¡Lobo! – tronó Timoféi. Después, en tono casi de súplica, añadió-: Piensa en tu pobre madre.
Borís, sin embargo, no dijo nada, y a Timoféi no le quedó más remedio que observar los estrepitosos pájaros que revoloteaban sobre los árboles, preguntándose por qué Dios había mandado al mismo tiempo todas aquellas complicaciones a la familia.
La familia Románov era reducida. En el transcurso de los años, Timoféi y Varia habían perdido cuatro hijos por causa de enfermedades y malnutrición. De todos modos, aquellas tragedias eran algo previsible. Gracias a Dios, al menos Natalia y Borís gozaban de buena salud. Arina también, aun sin haberse recuperado del todo de la terrible hambruna del año 39, era una fuente de fortaleza: menuda, algo encogida, amarga a veces, pero indomable. Vivían todos, además de la esposa de Borís, en una sólida izba de dos plantas en el centro del pueblo. Timoféi, que ya había cumplido cincuenta y dos años, preveía que por fin podrían comenzar a tomarse las cosas con más tranquilidad.
Tales expectativas se habían truncado cuando, un mes antes, Varia lo dejó estupefacto al anunciarle que estaba embarazada.
–Al principio no podía creerlo -dijo-, pero ahora estoy segura.
–Es un regalo de Dios -observó él con una sonrisa, para apaciguar la incertidumbre que se traslucía en su mirada.
«O una maldición», pensó para sí entonces, cuando Borís acababa de anunciarles que iba a arruinarlos.
La emancipación de los siervos había introducido un cambio en la vida de Timoféi y su familia, pero éste no había sido muy positivo.
Había varias razones para ello.
Mientras que los campesinos de las tierras propiedad del estado habían salido ganando hasta cierto punto, no se podía decir lo mismo de los siervos de los terratenientes. Para empezar, sólo se había transferido a éstos la tercera parte de la tierra, y el resto había quedado en manos de los terratenientes. Además, los siervos tuvieron que pagar por dicha tierra: una quinta parte en metálico o en trabajo y las cuatro quintas partes restantes mediante un préstamo del estado en forma de bonos reintegrables en cuarenta y nueve años, de tal modo que los siervos rusos se vieron obligados a hipotecar sus terrenos. La cosa acabó de empeorar con la artificial subida de precios de la tierra que consiguieron imponer los terratenientes. «Y no sólo hay que pagar esos malditos bonos -se quejaba a menudo Timoféi-, sino que somos los campesinos los que seguimos pagando todos los impuestos. ¡Estamos manteniendo a los terratenientes igual que antes!»
Era muy cierto. Los campesinos pagaban la capitación, de la que estaban exentos los nobles. Pagaban, además, un sinfín de impuestos indirectos y gravámenes sobre la comida y los licores, que suponían una gran carga para los pobres. El resultado último de todo ello era que, después de obtener la libertad, Timoféi el campesino pagaba diez veces más al estado por cada desiatin de tierra que poseía que el aristócrata Bobrov. «Un día echaremos a patadas a esos nobles y nos quedaremos con el resto de la tierra», murmuraba a menudo Timoféi, al igual que la mayoría de los labriegos.
No era que sintiese un odio personal hacia el terrateniente. Al fin y al cabo, él y Misha Bobrov habían jugado juntos de pequeños. Pero, aun así, tenía el convencimiento de que era un parásito. «Dicen que los
zares les dieron la tierra a los Bobrov -les había explicado a sus hijos- a cambio de sus servicios. Pero el zar ya no los necesita, así que pronto les quitará las tierras para dárnoslas a nosotros.» El campesinado de toda Rusia albergaba aquella esperanza, que se resumía en la fórmula:
«Tened paciencia, que el zar proveerá.» De este modo, aguardaban la llegada de tiempos mejores.
El joven Borís Románov era un muchacho de agradable apariencia, fornido y ancho de espalda, como su padre, pero con el cabello de un castaño más claro y unas entradas que se insinuaban ya en la frente. En la mirada desafiante de sus ojos azules había, con todo, un aire de bondad.
Él no quería causarle daño a su familia, pero en los últimos meses, desde su boda, la convivencia se había hecho imposible. La llegada de su esposa -una muchacha vivaracha de pelo dorado- había supuesto un nuevo elemento en la escala de autoridad de la casa. Arina y Varia habían trasladado sus exigencias de obediencia de la hermana de Borís, Natalia, a su esposa «Creen que soy propiedad suya», se quejaba con furia la joven.
Fue, sin embargo, el inesperado embarazo de su madre lo que precipitó su decisión. «Nosotros también vamos a fundar una familia -
aducía la muchacha-. ¿Y adonde iremos a parar, cuando será su hijo recién nacido el más importante de la casa?» Y por si fuera poco, a su padre, Timoféi, malhumorado y tenso a causa de la nueva situación, le había dado por gritarle a la menor ocasión. «¿Son éstas maneras de apilar la leña, mordvano? – vociferaba, por ejemplo.» «Puede que fuera demasiado blando con mi hijo, pero a mis nietos pienso enderezarlos a base de azotes», le había asegurado a la mujer de Borís.
Cuando comenzó el deshielo primaveral, Borís resolvió que aquello era insostenible.
Por eso, aquella mañana efectuó el aciago anuncio de que se iba a vivir a otra casa.
Tenía varios amigos que habían hecho lo mismo en años precedentes. «Es duro cuando uno comienza con su propia izba -le habían advertido-, pero luego mejora todo. Al final es mejor, porque uno no se pelea tanto con la familia.» Él estaba seguro de que era una buena idea.
De hecho, la habría puesto en práctica antes de no ser por su hermana Natalia. Le preocupaba lo que pudiera hacerle la familia a aquella muchacha de quince años, con su permanente expresión enfurruñada y su contenida actitud de desafío.
–La van a destrozar -le comentó con pesar a su esposa-. La harán trabajar como una mula para compensar que nos hemos ido nosotros.
Había propuesto llevarse a Natalia a su casa, pero su mujer se había negado. Natalia, por su parte, había sido tajante también.
–Vete, Borís -le dijo-. No te preocupes por mí.
–Pero ¿qué harás tú?
–Ya me las compondré -respondió con una sonrisa-. Tengo un plan,
¿sabes?
No le explicó, empero, en qué consistía.
Una hora más tarde, Timoféi Románov se encontraba, muy pálido, en el linde de un campo. A su lado estaba el hombre que iba a decidir su destino.
El anciano del pueblo era un campesino bajito de barba gris, voz estentórea y aire decidido, al que Timoféi se dirigía respetuosamente, según la antigua usanza, por el apellido sólo: Ilich.
Timoféi le expuso con nerviosismo la situación al anciano, sin apenas atreverse a mirarlo, pero cuando hubo acabado se volvió de pronto hacia él, incapaz de prolongar por más tiempo la incertidumbre.
–Y bien, Ilich, ¿estoy arruinado? – preguntó.
Fuera cual fuere la respuesta del otro, sabía que sería definitiva y que no podría hacer absolutamente nada al respecto.
Timoféi Románov era libre; y sin embargo, no lo era. En eso se parecía a la gran mayoría de los antiguos siervos de Rusia. La razón se hallaba en que, al conceder los terrenos a los siervos, los consejeros del zar habían previsto un posible problema: ¿y si, libres de la autoridad de sus amos, los campesinos comenzaban a desplazarse de un lugar a otro, dedicándose a lo que se les antojara? «¿Cómo los controlaremos?
– se plantearon-. ¿Cómo podemos asegurarnos de que se cultive la tierra y se recauden los impuestos?» La libertad estaba muy bien, pero no podían consentir que desencadenara el caos. Por ello, las autoridades habían concebido una solución simple. Aunque a efectos legales era libre, el campesino seguiría ligado a su lugar de origen. La
tierra sustraída al terrateniente no se cedía de forma individual a los campesinos, sino a la comuna del pueblo, que se responsabilizaba de los impuestos y de todo lo demás. Si, por ejemplo, Timoféi quería viajar a Moscú, tenía que solicitarle un pasaporte al anciano del pueblo, igual que lo hacía antes con Bobrov. La comuna tenía incluso la responsabilidad de administrar justicia en las cuestiones de importancia menor. Y sobre todo, era el anciano del pueblo el que periódicamente redistribuía las parcelas de tierra dispersa. Timoféi Románov era, en resumidas cuentas, un miembro de un pueblo medieval sin señor feudal o, utilizando la terminología moderna, de una cooperativa campesina cuyo funcionamiento debía acatar.
El problema estaba en que si Borís abandonaba la casa para fundar un hogar propio, habría que efectuar un nuevo reparto de la tierra y Timoféi vería probablemente reducida su parcela. ¿Cómo saldría adelante, si la que tenía ahora no bastaba para mantener a la familia y atender sus obligaciones?
–Tendré que reducir tu terreno -contestó, sin andarse por las ramas, Ilich.
–¿Cuánto?
–A la mitad -respondió, tras un instante de reflexión, el anciano.
Era peor incluso de lo que Timoféi temía.
–Lo siento -prosiguió el anciano-, pero ahora hay más jóvenes en el pueblo y no hay bastante tierra para todos.
Luego, con un irritado encogimiento de hombros, se fue.
Pese a las tribulaciones que lo aquejaban ya esa mañana, Timoféi Románov se habría espantado más aún si hubiera sabido lo que en aquel momento pasaba por la cabeza de su suegra.
Arina tenía sesenta y tres años. Era la mujer de mayor edad de la familia y no permitía que lo olvidara nadie. Por encima de todo, quería a su hija Varia. «No estuve a punto de perder la vida por ella en el treinta y nueve -decía-, para ver que ahora le ocurre algo.» Con el paso de los años, quedó claro que aquel terrible período había dejado una huella indeleble en ella. Ella misma comentaba a menudo: «Ese año viví con un solo nabo al día durante un mes y desde entonces mi estómago no ha vuelto a ser el mismo. Por eso soy más vieja de lo que me correspondería.» Y era cierto que, si bien a primera vista tenía el
aspecto encogido de una apacible babushka, albergaba en su interior una dureza de piedra, un despiadado instinto de supervivencia que hacía de ella un ser formidable.
Ahora su hija iba a tener otro hijo. Había observado en silencio el desarrollo del drama de la familia. Más de una vez, la pobre Varia se había desahogado con ella. «Sabe Dios que sería una bendición que perdiera al bebé antes de nacer», le decía. Viendo el rumbo que tomaban los acontecimientos, Arina llegó a su propia conclusión.
«Si la situación no se arregla -resolvió-, el niño tendrá que morir.»
No era infrecuente ese tipo de cosas. Ella había conocido a una mujer que ahogó a su hijo; abandonarlos era más fácil y discreto. «Si hay que hacerlo, lo haré yo -pensó-. Para eso están las abuelas.»
De todos modos, no comentó con nadie esa decisión. Así que, cuando volvió de hablar con el anciano del pueblo y les informó de las novedades, Timoféi no tenía ni idea del significado de la tétrica mirada de su suegra.
–Quizá tengamos que poner a trabajar a Natalia en la fábrica -le comentó a su mujer-. Dile que venga.
Mientras caminaba detrás de su abuelo Savva, en el cerebro de Pedro Suvorin tomó cuerpo una nueva idea: «Quizá debería suicidarme.»
Aquel pensamiento se le presentó adornado de una extraordinaria belleza. Le faltaba decidir cómo lo haría. Hiciera lo que hiciese, no cabía duda de algo: debía escapar a toda costa de aquella horrible trampa.
Si al menos no hubiera muerto su padre… No queriendo reproducir la severa educación que él había recibido de Savva -y también porque, cuando Pedro tenía sólo diez años, había perdido a su esposa-, Iván Suvorin había sido un padre bondadoso y había tenido la sabiduría necesaria para dejar que sus dos hijos fueran ellos mismos. Vladímir, cinco años mayor que su hermano, era un hombre de negocios nato a quien Iván dejó dirigir una de las fábricas de Moscú cuando sólo contaba diecisiete años. Pedro tenía tendencias intelectuales y, contrariando la opinión del viejo Savva, su padre le había permitido ir a la universidad.
Luego, seis meses atrás, Iván había padecido un ataque fulminante y el luminoso mundo de Pedro se había oscurecido de manera abrupta.
«Estoy completamente a su merced», advirtió. El viejo Savva se había impuesto, en efecto, con extraordinario vigor. En cuestión de una semana, había asumido el control personal de todo. Los estudios de Pedro fueron interrumpidos de inmediato, y si bien dejó que el joven Vladímir permaneciera al frente de las fábricas de Moscú, Savva ordenó a Pedro que lo acompañara de regreso a Russka.
–Es hora de meter a éste en vereda -le dijo el viejo a su mujer.
Para Pedro, aquello había supuesto una revelación. Cuando vivía de niño en la acogedora casa de Moscú, sus abuelos habían sido dos distantes figuras a quienes se trataba con un respeto casi religioso durante sus ocasionales visitas. Su abuelo era el hombre más alto que había visto nunca: con su tupida mata de pelo, su larga barba gris, sus ojos negros de mirada penetrante y su carácter taciturno era un personaje terrorífico. Desde que obtuvo la libertad, Savva había ido vestido con un largo abrigo negro y un sombrero altísimo. De niño, Pedro había soñado que la gran torre del Kremlin de Moscú se convertía en su abuelo y se ponía a caminar por la ciudad a grandes zancadas, como una furia vengadora. Iván les había contado muchas veces a sus hijos con una irónica sonrisa, que Savva le había roto el violín contra la cabeza. Pedro evitaba siempre que le era posible al anciano.
Ahora que se había visto obligado a vivir en casa de sus abuelos, los sentimientos de Pedro habían experimentado una transformación.
Aunque no lo había abandonado el miedo de la infancia, a éste se había sumado algo más: admiración.
Savva Suvorin era más que un simple mortal. Era una ley de cara a sí mismo y a Dios: fijo, inmutable y despiadado. A sus ochenta y dos años seguía tan tieso como a los treinta y se desplazaba a todas partes a pie. Las autoridades habían dictado la disolución de la comunidad de teodosianos a la que pertenecía hacia 1850, y como muchos otros empresarios había tenido que integrarse, cuando menos de manera nominal, a la iglesia ortodoxa. En privado seguía siendo un viejo creyente y aún comía solo con una escudilla de madera y una cuchara de madera de cedro con una cruz grabada. La disgregación de los
teodosianos había eliminado, por otra parte, las ataduras que vinculaban a éstos con las numerosas empresas de los Suvorin, que ahora eran propiedad exclusiva de la familia.
Pedro conocía las propiedades de Moscú: las plantas de teñido contiguas al río, la fábrica para el estampado del percal, la fábrica de cola, la fábrica de almidón y la pequeña imprenta que había fundado su hermano Vladímir. No obstante, hasta entonces no se había formado una idea de lo que había sucedido en Russka.
Russka, que nunca había sido una población bonita, era ahora repulsiva. En la escarpada pendiente que bajaba hasta el río, las cabañas apiñadas, los cobertizos y las desvencijadas vallas parecían despeñarse como desperdicios que hubieran arrojado de la ciudad. En el interior de las murallas, la iglesia quedaba empequeñecida al lado de la enorme fábrica de ladrillo dedicada al algodón, con sus impersonales hileras de ventanas y su chimenea octogonal, que hacía sombra incluso a la antigua torre de vigilancia. Las pañerías eran casi igual de grandes, y luego estaban las largas naves, tipo cuadras, donde se manufacturaba el lino. La gente acudía desde kilómetros a la redonda al reclamo de aquel emporio, que dirigía sin ayuda de nadie el viejo Savva Suvorin.
Producía espanto contemplar la fuerza de voluntad que había erigido todo aquello. «Y está plasmada ahí, en su cara», reflexionaba Pedro. La gran cabeza cuadrada, los ojos de mirada ardiente, las espesas cejas y aquel tremendo promontorio informe que constituía su nariz. ¿Todavía nacía gente con aquella nariz? La de su padre era voluminosa y la suya tampoco era pequeña; pero la propia historia podía haberse detenido, consideraba, ante las facciones de Savva, como un escultor ante una cara granítica que se le resiste. «Dios mío -
concluyó-, es como uno de esos ancianos de los tiempos antiguos, de la otra orilla del Volga, con la diferencia de que él se dedica a las empresas.» Así era Savva Suvorin.
Al principio la vida no le había resultado demasiado desagradable allí. Sus abuelos vivían en una sencilla casa de piedra que no llegaba ni a la décima parte de la capacidad que tenía la de Moscú. Su mobiliario espartano, bastante feo, impresionaba por su maciza apariencia y su superficie pulida al máximo. Con todo, había una pregunta que lo
mantenía en vilo: ¿Qué querría el viejo de él? Cuando llevaba a Pedro en sus recorridos, Savva nunca daba ninguna indicación de cuáles eran sus expectativas, de modo que al cabo de unas semanas Pedro dedujo que le aburría su compañía y que pronto lo mandaría de vuelta a Moscú.
Fue su abuela la que, poco después de Navidad, lo sacó del error.
–Hemos decidido que empieces a trabajar en la fábrica de lino -
anunció con calma-. Así irás conociendo mejor el pueblo.
María Suvorin conservaba en la vejez el mismo perfil redondeado; la nariz se le había afilado, tal vez, un poco. Pese a la riqueza en que nadaban, mantenía la boca apretada, sin sonreír jamás; y tras las estrechas ranuras formadas por los párpados, sus ojos grises conservaban toda su dureza. Llevaba, como la mayoría de las mujeres rusas de condición humilde, el cabello recogido detrás, con raya en el centro y muy pegado a la cabeza. El único lujo que se permitía eran los caros vestidos de brocado de seda, con ahuecadas faldas semejantes a campanas. A menudo se cubría la cabeza con un gran chal que se abrochaba debajo de la barbilla y que le acababa de dar el aspecto de las típicas muñecas rusas. Aquella apacible fachada no casaba, sin embargo, con su implacable carácter.
–Pero si yo no valgo para esa clase de trabajo -adujo Pedro.
–Nosotros creemos que es lo mejor -contestó ella sin inmutarse.
–¿Y mis estudios?
–Eso se terminó. Además, no esperarás que pasados los ochenta años tu abuelo haga todo el trabajo por ti, ¿no?
Y ahora, en esa mañana fría y gris en que los estorninos revoloteaban sobre los tejados, Pedro tenía la impresión de que no podía soportarlo más.
Había intentado poner interés y encontrar algo que estimulara su imaginación. Cuando Savva le comentaba que la guerra civil americana había interrumpido por un tiempo el suministro de algodón y que mientras tanto lo traerían de Asia, Pedro evocaba imágenes de veleros surcando los distantes mares del Nuevo Mundo o de caravanas que hacían la travesía del desierto, y se decía a sí mismo que las empresas Suvorin eran un eslabón de unas maravillosas aventuras que se desarrollaban en un escenario más amplio. Aun así, al enfrentarse
día a día a las mismas lúgubres chimeneas, a las inacabables hileras de máquinas y al monótono y machacón trabajo de las fábricas, aumentaba su convencimiento de que Russka era una cárcel.
Esa mañana estaban haciendo lo que más detestaba: revisar las viviendas de los obreros.
La gente de los pueblos donde los campesinos cultivaban el lino para las telas y producían sus propias piezas artesanales en las izbas no vivían mal. Las viviendas de Russka eran muy diferentes, no obstante.
Había tres largas hileras de casas de madera para las familias de los trabajadores, que no habrían sido inadecuadas del todo de no ser porque en cada una de ellas se hacinaban tres familias. «Somos todos una gran familia -recordaba Savva a aquella gente mientras se movía entre ellos como un severo patriarca del Antiguo Testamento-. Vivimos juntos.»
En cuanto a los dormitorios, al entrar en uno de ellos a Pedro se le encogió el corazón.
No se debía a que el lugar fuera sórdido, pues estaba inmaculado, bien ventilado y caldeado. La larga habitación, pintada de blanco, tenía una hilera de columnas de madera en el centro y camas a ambos lados.
Las camas consistían en una ancha tarima de madera dividida en dos mitades que ofrecían espacio para un estrecho colchón y algunas posesiones. En ellas dormían, pues, dos personas, separadas por un tabique bajo. En cada lado del dormitorio cabían treinta personas.
Debajo de la cama había una caja de madera provista de una cerradura y del techo pendía una percha donde se podía colgar el resto de la ropa. Los hombres dormían en un dormitorio y las mujeres en el otro. Todo guardaba un orden perfecto.
El efecto era deprimente, con todo, y Pedro sabía por qué. La gente era la causa.
Por entonces sólo existía un germen de clase obrera en Moscú y en San Petersburgo. Las personas que vivían en los dormitorios pertenecían a dos tipologías principales. Estaban los hijos de las familias campesinas de pueblos alejados, que volvían con regularidad a sus casas para entregar a los suyos sus modestas pagas; y luego estaban los antiguos siervos domésticos que habían recibido la libertad con la emancipación pero que, al no tener tierra que reclamar en ningún
pueblo, habían quedado en un completo desarraigo. Esas eran las desgraciadas criaturas que se encogían ante la presencia de Pedro y de su abuelo. «Son sólo campesinos -pensaba aquél- que se han perdido.»
La misma pulcritud del lugar acrecentaba su aspecto inhumano.
«Y pretenden que yo viva aquí -se lamentó- y prolongue este horrible sistema. Estas personas y estas horrorosas fábricas darán de comer a mi familia.» Era terrible. Aunque no sabía con certeza qué quería hacer en la vida, se puso a murmurar para sí con una especie de urgencia desesperada: «Lo que sea, lo que sea… Antes tiraría de las barcazas del Volga que dedicarme a esto.»
Justo cuando salían del dormitorio, Pedro Suvorin se volvió un momento y presenció algo que no estaba destinado a ver.
En el otro extremo del dormitorio, de espaldas a Pedro, un joven más o menos de su edad ofrecía una imitación de Savva Suvorin a sus amigos. Teniendo en cuenta que era bajo y más bien escuchimizado, no lo hacía mal. Al darse cuenta de que miraba, los otros le hicieron signos y paró y se volvió.
Pedro se quedó consternado. Había visto un sinfín de expresiones en las caras de las personas, pero nunca había percibido un odio tan descarnado. O bien aquel joven ignoraba lo que se traslucía en su cara o no se molestaba en disimularlo: en uno u otro caso, era turbador.
«Dios mío -pensó-, este individuo cree que soy como el abuelo. ¡Si al menos supiera la verdad!» Entonces cayó en la cuenta de algo más angustiante aún: «¿Qué más le da a él si me inspira simpatía o no, si soy un Suvorin?» Se fue presuroso de allí, como si huyera.
Conocía de lejos al joven. No parecía peligroso. Se llamaba Grigori.
Natalia caminaba a paso vivo por el camino de Russka. En cuanto había visto el sombrío semblante que traía su padre después de su entrevista con el anciano del pueblo, se había escabullido de la casa.
Seguro que ahora estaría buscándola.
Sabía muy bien lo que le esperaba. La mandarían a la fábrica de los Suvorin y le exigirían que se quedara allí mientras la familia necesitara su salario para salir a flote. La espantaba aquella perspectiva. «Seré una solterona y una esclava toda mi vida», preveía.
Estaba decidida a llevar una vida mejor que aquélla. Cuando era niña, debido a la consideración especial que siempre había tenido
Misha Bobrov con su padre, ella y Borís habían asistido tres años a la escuela de Russka, donde habían aprendido a leer. Pese a su pobreza, aquel logro inusitado en la gente de su condición le había otorgado un secreto orgullo, la creencia de que de una manera u otra llegaría a algo.
De todos modos, aun sabiendo las consecuencias que tendría para ella, había alentado a Borís para que formara un hogar aparte. Lo quería y sabía que no tenía otra opción. «Al menos que sea feliz él», pensaba. ¿Y qué había de su plan… el plan del que le había hablado a Borís?
No existía tal plan. No tenía ni idea de qué podía hacer.
Se apretó la bufanda en torno al cuello, notando el escozor del frío en la cara. Sólo se le ocurría una salida.
Iría a ver a Grigori.
Misha Bobrov y su esposa estaban exultantes.
Justo cuando empezaba a ponerse el sol, el carruaje había llegado a Bobrovo. Nicolái había bajado corriendo a abrazarlos.
–Me han dejado marchar antes de la universidad -había anunciado, asombrándolos-. O sea que aquí me tenéis. He traído a un amigo.
–Cuantos más seamos, más alegría habrá, hijo mío -respondió Misha.
Luego, tomando a su hijo del brazo con aquel suave gesto característico de los Bobrov, lo acompañó adentro.
Misha Bobrov siempre se consideraba afortunado por llevarse tan bien con su hijo. Todavía recordaba la pesada atmósfera que rodeaba a su rígido padre, Alexéi y había resuelto no permitir nunca que aquella sensación tan agobiante se asentara de nuevo en Bobrovo. De todas formas, no tenía que esforzarse especialmente, porque era de natural afable y tolerante.
Siempre le había encantado dejar que el chico discutiera con él.
«Justo igual que los tíos Serguéi e Ilia», decía. De hecho, estaba bastante orgulloso de sus dotes para la controversia y no se molestaba nunca, ni siquiera en las ocasiones en que, como era de prever en las personas de su edad, Nicolái se acaloraba un tanto. «El muchacho es muy sensato en el fondo» le aseguraba más tarde a su esposa. Y cuando ella aducía que había dejado propasarse a Nicolái, respondía: «No, debemos escuchar a los jóvenes, Ana, y tratar de comprenderlos. Ellos
son el futuro.» Estaba muy contento porque aquella estrategia le había dado resultados patentes.
Los dos recién llegados estaban cansados del viaje, de modo que después de cenar expresaron su deseo de retirarse pronto.
–Pero seguro que mantendremos espléndidas conversaciones con esos dos jóvenes -le comentó Misha a Ana más tarde, cuando se quedaron solos-. Aunque no nos guste todo lo que ocurre en las universidades, los jóvenes siempre vuelven de ellas rebosantes de ideas.
Tendré que armarme de valor -añadió con una sonrisa de satisfacción.
Había una cosa tan sólo que lo desconcertaba. Era absurdo, pero nada más verlo había tenido la curiosa sensación de que el amigo de Nicolái tenía algo que le resultaba vagamente familiar. No conseguía precisar, no obstante, qué era.
Yevgueni Pávlovich Popov, así se había presentado aquel joven de cabello rojizo. Era un nombre bastante común.
–¿Nos hemos visto antes? – le preguntó Misha.
–No.
No había insistido. Sin embargo, estaba seguro de que ese tipo le recordaba a alguien… Esa noche, en las horas que pasó acostado sin conciliar el sueño a causa de la excitación, aquel pequeño enigma fue una de las muchas cuestiones en las que concentró el pensamiento.
La llegada de su hijo siempre inducía a Misha Bobrov a pensar en el futuro. ¿Qué tipo de finca podría legarle al chico? ¿Qué clase de vida llevaría Nicolái? Se interrogaba, sobre todo, acerca de la opinión que tendría el muchacho sobre distintos asuntos. «Tengo que preguntarle sobre esto y aquello», pensaba. O bien, recordando algún proyecto propio, se preguntaba si a él le parecería bien. De este modo, en la oscuridad se agolpaban en su mente a un sinfín de cuestiones.
Era una característica típica de Misha Bobrov el estar convencido de que, aun cuando en el plano personal las cosas le habían ido más bien mal, en general iban bien. «Yo soy optimista con respecto al futuro», proclamaba. Era una de las pocas cuestiones en que su esposa no estaba de acuerdo con él.
En la finca de los Bobrov la situación era de hecho francamente mala, pues si la emancipación había decepcionado a los campesinos, tampoco había supuesto una mejora clara para los terratenientes.
El primer problema era ya antiguo. En 1861, como casi todos los propietarios que conocía, Misha Bobrov tenía empeñado ya al setenta por ciento de sus siervos a cuenta de préstamos concedidos por el banco estatal. En la década posterior a la emancipación, la mitad del dinero que recibió como compensación fue a parar directamente al banco para liquidar esas deudas. Además, los bonos del estado que le dieron como pago parcial -los mismos que a los campesinos les costaba tantos sacrificios pagar- perdían poco a poco su valor conforme iba subiendo la inflación.
–Esos malditos bonos valen ya dos tercios de lo que valían antes -le había comentado a Ana justo una semana antes.
Debido a su endeudamiento y a su escasa disponibilidad de dinero, a Bobrov le costaba pagar la mano de obra de sus antiguos siervos para que cultivaran la tierra que le quedaba. Una parte la había arrendado a los campesinos; otra a comerciantes; y otra pronto tendría que venderla, se temía. La mayoría de sus amigos estaban vendiendo terrenos. Cada año era, por lo tanto, un poco más pobre.
¿Por qué debía, entonces, mantener el optimismo?
Había varios motivos. El imperio ruso disfrutaba de una fortaleza y una estabilidad superiores a las existentes en su juventud. Tras siglos de conflictos, el vasto imperio parecía llegar por fin a sus fronteras naturales. El extenso territorio de Alaska había sido vendido en 1867 a Estados Unidos, era cierto. «Pero estaba demasiado lejos», decía, restando importancia al hecho, Bobrov. Mientras tanto, Rusia consolidaba su presencia en el distante extremo de la llanura euroasiática limitado por el Pacífico, donde el nuevo puerto de Vladivostok, frente a Japón, prometía un pujante comercio con el Extremo Oriente. En el sur, tras la hecatombe de la guerra de Crimea, Rusia se había asegurado de nuevo el derecho a tener una flota en el mar Negro; y en el sureste estaba absorbiendo poco a poco a los pueblos que habitaban los desiertos del otro lado del mar Caspio, con sus altivos príncipes y ricas caravanas. En el oeste, el último levantamiento de los polacos había sido aplastado y Rusia -estrecha aliada de Prusia ahora- mantenía la paz con sus vecinos de Occidente.
Aunque algunos adujeran que el reino de Prusia y su célebre canciller Bismarck parecían demasiado ávidos de poder, ¿qué importancia podía
tener aquello para el imperio del zar, que ocupaba una sexta parte de la superficie terrestre del planeta?
El auténtico motivo del optimismo de Bobrov radicaba, no obstante, en lo que veía dentro de la propia Rusia.
«En los últimos quince años -destacaba- ha habido más reformas que en todo el tiempo transcurrido desde Pedro el Grande.»
Era posible que, en su fuero interno, la única aspiración del zar Alejandro II fuera mantener el orden en Rusia. De todos modos, una vez hubo resuelto que eran necesarias las reformas, había auspiciado asombrosos avances. Se había llevado a cabo una reforma total del anquilosado sistema legal. Ahora, por primera vez en ochocientos años, había tribunales independientes, con jueces independientes y abogados profesionales, a los que podían tener acceso todas las personas y que se habían librado del secretismo con que funcionaban antiguamente.
Había incluso juicios con jurados. El ejército también había sido objeto de una importante reforma: todos los hombres, nobles y campesinos por igual, podían resultar elegidos por sorteo para prestar servicio militar, pero por un espacio de seis años tan sólo, en lugar de veinticinco. Además, salvo en los regimientos de elite, un soldado de humilde cuna podía llegar al grado de oficial. «Dios sabe que no hay otra posibilidad más que mejorar lo que hicimos en Crimea», le gustaba a Misha responder a los aristócratas como él que se quejaban de aquella mezcla de clases sociales.
Las reformas que más entusiasmo despertaban en Misha Bobrov eran, con todo, las nuevas asambleas locales.
Se trataba de los organismos que pasarían a la historia con el nombre de zemstvos y dumas. Los zemstvos, que significaban «de la tierra, la comunidad», funcionaban en el campo, y las dumas, que habían recuperado el nombre del consejo de los antiguos zares, en las ciudades. En Rusia no se había visto nada igual hasta entonces. En todos los distritos, ciudades y provincias, aquellas asambleas responsables del gobierno local eran elegidas por todos los contribuyentes, nobles, comerciantes o campesinos sin distinción. «Con ello -infería, muy ufano, Misha-, Rusia ha ingresado en el mundo moderno de la democracia.»
Había que reconocer que los zemstvos y las dumas poseían poderes bastante limitados y que los cargos clave, como el de gobernador y jefe de policía, los nombraba el gobierno del zar.
Además, aquellas elecciones presentaban algunas particularidades.
En las ciudades, por ejemplo, a los votos se les otorgaba un valor proporcional a la cantidad de impuestos que se pagaba. Como consecuencia de ello, la gran mayoría del pueblo, que contribuía con una tercera parte de los impuestos, podía elegir sólo a un tercio de los miembros del consejo.
En el campo, la aplicación de una proporcionalidad similar y una serie de votaciones indirectas, garantizaban que en los zemstvos
provinciales más del setenta por ciento de los miembros pertenecieran a la aristocracia. «Pero es el principio general lo que cuenta -
argumentaba Misha-, y todas las clases tienen derecho a voto.»
Por último -y aquello era, quizá, lo que más agradaba a Bobrov-, los
zemstvos procuraban una función en la sociedad a los hombres de su clase. Aunque la nobleza hubiera quedado tal vez obsoleta como clase disponible para el servicio imperial y se hubiera visto despojada de sus siervos, a pesar de las limitaciones de poder que pesaban sobre los
zemstvos, los aristócratas como él podían mantener aún la ilusión de que eran necesarios y útiles para su país. «Nosotros siempre hemos servido a Rusia», podía afirmar todavía con un resto de gran satisfacción.
Justo antes de conciliar el sueño, Misha Bobrov concibió una posible solución al enigma de aquel huésped que tenía algo que le resultaba tan familiar.
Por todos los diablos, pensó. ¿No había dicho que su patronímico era Pávlovich? ¿Y no tenía aquel horroroso sacerdote pelirrojo de Russka un hijo llamado Pablo Popov, un funcionario de tres al cuarto que trabajaba en Moscú? ¿Podía ser aquel joven de cabello rojizo el nieto del párroco?
Divertido por aquella posibilidad, decidió preguntárselo a la mañana siguiente.
Por la mañana, no obstante, cuando Misha bajó al comedor con la intención de desayunar con los dos jóvenes, su criado lo recibió con una insólita noticia.
–El señor Nicolái ha salido con su amigo justo antes del alba, señor -
dijo.
–¿Antes del alba? ¿Y adonde han ido?
–Al pueblo, Mijaíl Alexéievich. Iban vestidos como campesinos, señor -precisó con desaprobadora expresión.
–¿Y para qué demonios se han vestido así? – preguntó.
–Yo no lo entiendo, señor -confesó el hombre-. Han dicho -vaciló un instante-… han dicho, señor, que iban a buscar trabajo.
Misha Bobrov se quedó sumido en el más completo desconcierto.
A sus diecinueve años, Grigori tenía cara de cansancio, y el pelo negro y graso le caía desmayado a ambos lados de la cara. No poseía fortaleza física y Dios le había dado una dentadura que le dolía casi a diario. De todos modos era voluntarioso, a su manera, y estaba decidido a sobrevivir. Por otro lado, Natalia Románov, que estaba enamorada de él lo tenía asustado.
Provenía de una familia de ocho miembros. Su padre, un antiguo siervo doméstico que había ido a parar a Vladímir, donde trabajaba de temporero, había puesto a trabajar a todos sus hijos al cumplir los diez años. Más o menos una vez al mes, ataba a Grigori a un banco de madera y lo azotaba con unas ramas de abedul que había tenido la precaución de mojar previamente. Aun así, Grigori sentía cariño por él.
Su padre no había puesto ningún impedimento cuando, a los trece años, Grigori anunció su intención de irse de casa. De hecho, éste tuvo la impresión de que sus padres se alegraban de librarse de él. Antes de irse, su padre le había dado un consejo que le sirviera de bagaje en su camino por la vida.
–Toma todo lo que puedas de las mujeres, Grigori, pero ten cuidado. A veces parecen buenas, pero en el fondo lo que quieren es hacer daño. Recuérdalo.
No lo había olvidado.
Y ahora tenía que enfrentarse a esa muchacha. ¿Qué habría visto en él? Era bonita, vivaracha, y su padre tenía su propio terreno; para Grigori, los Románov eran ricos. Él la hacía reír, cierto, su humor agudo y más bien cruel divertía a casi todo el mundo. Era capaz de arrancar carcajadas a personas que lo odiaban y a las que odiaba.
¿Qué quería de él?
¿Y por qué, Dios bendito, le había pedido la noche anterior que se casara con ella? La había observado con un asombro cargado de recelo antes de darle una áspera respuesta:
–Tendré que pensarlo.
Cuando los dos jóvenes aparecieron en el pueblo vestidos de campesinos, nadie los reconoció al principio, hasta que Arina salió de su casa.
–¡Ay, señor Nicolái, cómo ha crecido! – exclamó.
Al cabo de un momento, cediendo a la insistencia de la anciana, entraron en la izba de los Románov, donde les sirvieron dulces junto a la estufa.
Cuando oyeron que Nicolái y su amigo querían trabajar en el pueblo, los Románov se quedaron perplejos. ¿Quién podía saber qué se cocía en el cerebro de los nobles? No obstante, después de inquirir con gran discreción si querían recibir paga por ello y averiguar que no querían dinero, Timoféi abrió los ojos como platos, incrédulo ante su buena suerte.
–No tiene que ir más lejos, Nicolái Mijáilovich -dijo-. Yo le daré lo que busca.
De este modo, dos horas más tarde Misha Bobrov encontró a su hijo y al joven Popov ayudando al campesino en el linde de un extenso campo, y a pesar de su estupefacción tuvo el buen juicio de no intervenir. Se marchó de vuelta a casa, sacudiendo divertido la cabeza por aquella excentricidad de los jóvenes.
–Esta noche estarán hambrientos -le dijo a su esposa, antes de irse a leer un libro.
Natalia observó con curiosidad a los dos recién llegados. Cuando Nicolái Bobrov se fue a estudiar fuera ella era una niña, de forma que el hijo del amo no era para ella más que un nombre. Era guapo, pensó, con su barba y su bigote tan cuidados y aquellos ojos azules tan brillantes. Muy guapo. Su amigo pelirrojo era diferente: no acababa de formarse una idea sobre él. Apenas había dirigido la palabra a Natalia y a su familia, dejando que Nicolái hablara por los dos. Natalia llegó a la conclusión de que debía de pertenecer a una clase de personas que
ella no había visto nunca. «De todos modos, a mí me da lo mismo», resolvió. Tenía otras cosas en que pensar.
En Grigori sobre todo.
Natalia quería a su familia y no pretendía hacerles daño, pero cuando Borís dijo que se iba a otra casa, en su interior se rompió algo.
De repente se sintió muy sola. Aunque sabía que sus padres la necesitaban, cuando la tarde anterior Timoféi le dijo, tal como se temía, que quizá tuviera que ir a la fábrica, la invadió un resentimiento involuntario. «Si hago eso por ellos -caviló-, quiero tener también algo que me haga feliz.» Extrañamente, ese algo era Grigori.
¿Por qué él? La realidad era que en el pueblo no tenía muy buenas perspectivas. Los Románov eran pobres, y con el pequeño que estaba por nacer su padre no podría darle dote. Además, como no destacaba por su belleza, podría considerarse afortunada si conseguía casarse con uno de los mejores muchachos del pueblo. En cualquier caso, era el menudo trabajador de la fábrica, con su agudo ingenio, quien la había cautivado. Él tenía algo especial, una especie de instinto que la fascinaba. Cuando se conocieron, ella comenzó a enseñarle a leer y se quedó asombrada por la rapidez con que aprendía. No estudiaba las cosas como las demás personas: atacaba un tema y lo devoraba con ferocidad hasta dominarlo. «Es como un tigre», pensaba ella, maravillada. Pero a la vez era vulnerable: necesitaba que cuidaran de él. Natalia, que encontraba irresistible aquella combinación, llegó por primavera a esta conclusión: «Quizá no sea perfecto, pero no existe en la tierra otro hombre como éste.»
Se había propuesto un objetivo simple, que admitía dos posibilidades: «O bien se viene a vivir con nosotros al pueblo, con lo que ingresaríamos dos jornales en la casa, o, si no lo aceptan, me iré yo a vivir con él a Russka y no recibirán nada.» Aquello le servía, cuando menos, para afirmar su independencia.