Rusos II

Edward Rutherfurd · Capítulo 25 de 29

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Rusos II

Capítulo 1910

A primera vista, en los años 1909 y 1910 cualquiera habría pensado que en el hogar del profesor Pedro Suvorin reinaba una armonía perfecta.

Todos sus ocupantes estaban muy atareados. Dimitri tenía dos profesores de música y realizaba grandes progresos. Karpenko había ingresado en la Escuela de Arte y ya se estaba haciendo famoso en los círculos intelectuales. Siguiendo su costumbre, el amable Vladímir le había echado una mano, invitándolo con frecuencia a su casa cuando se reunían personajes destacados del mundo del arte y presentándole a varios artistas. El mismo Pedro Suvorin estaba muy ocupado, pues durante aquellos años redactó un libro de texto, Física para estudiantes,

gracias al cual su nombre sería conocido por toda una generación de escolares rusos.

Aquellos fueron tiempos de sosiego también para Rusia. A menudo, al entrar en el umbroso patio de la manzana donde vivían, a Dimitri lo asaltaba la impresión de que, de los grandes acontecimientos que tenían lugar en el mundo, quedaba sólo un sonido amortiguado cuando llegaban a las estrechas calles arboladas de Moscú. De las actuaciones del zar, de su esposa alemana y sus hijos y de sus palacios privados de San Petersburgo apenas oía hablar.

Dimitri sabía asimismo que Stolipin y la duma proseguían su camino de lentas reformas, si bien cuando leía los periódicos extraía la conclusión de que, a pesar de la paz y la prosperidad que propiciaba, aquel gran ministro tenía pocos amigos.

–Los liberales lo detestan por sus medidas represivas -le explicó Vladímir-, pero los reaccionarios también lo detestan porque su sistema de gobierno parece debilitar la autocracia absoluta del zar. De todas maneras se está saliendo con la suya -añadió.

Para Dimitri el mejor momento del día era la noche, cuando la familia se reunía en torno a la mesa y cada cual hablaba de sus experiencias. Qué deliciosos eran, sobre todo en los meses de primavera y verano, aquellos ratos en que su madre preparaba té, servido con frambuesas, y por la ventana abierta se veía el dulce cielo turquesa y se oían, apagados, los cantos de vísperas llegados de la iglesia de al lado.

Karpenko tenía una conversación siempre animada. En contraste con el carácter íntimo que tenían entonces los estudios de Dimitri, que le hacían pasar semanas enteras inmerso en las sonatas para piano de Beethoven o en una sinfonía de Chaikovski, ahondando en algo que era difícil expresar con palabras, Karpenko se hallaba en un continuo estado de ebullición intelectual y eran pocas las semanas en que no llevaba la noticia de algún nuevo descubrimiento transformador del mundo. A veces se trataba de una nueva escuela de pintura, inaugurada en una exposición con nombres tales como la Rosa Azul o el Vellocino de Oro. Un mes leyó las Confesiones de Gorki y algunos escritos de un nuevo grupo radicado en San Petersburgo que respondía al nombre de los Constructores de Dios, y todas las noches ilustraba a la familia: «¿No lo veis? Durante todos estos siglos los hombres han estado como Prometeo, encadenados a una roca de superstición, pero ahora, Dimitri, el hombre ha erguido la espalda. El pueblo es Dios. El pueblo será inmortal. Fíjese, profesor, primero el pueblo hará la revolución y será libre; puede incluso que llegue el día en que nos adueñemos de otros planetas, del universo entero.» Después, Dimitri y él continuaban hasta tarde aquellas trascendentes discusiones en la habitación que compartían.

Con todo, el descubrimiento de Karpenko que para Dimitri tuvo mayor alcance era algo de naturaleza más modesta. Por aquel entonces había muchos poetas en Moscú y en San Petersburgo, y la poesía era tan popular que los poetas podían hasta ganarse la vida con su oficio.

Una noche, Karpenko llegó con una antología de poemas de varios autores cuya existencia desconocía. «Son de una nueva escuela -

explicó-. En lugar de emplear símbolos e ideas abstractas, escriben de forma más directa, basándose en la experiencia.» A Dimitri le gustaron dos en especial. «Siento como si escribiera sobre esta misma calle, este mismo piso y esta familia», comentó, impresionado. De este modo descubrió, justo en el comienzo de su carrera, a dos de los más grandes poetas rusos del siglo xx: Ósip Mandelstam y Anna Ajmátova.

Pese al brillante protagonismo de Karpenko, durante aquellas veladas Dimitri fue adquiriendo poco a poco conciencia, como nunca la había tenido antes, del valor de otro miembro de aquel pequeño núcleo familiar: su padre.

Pedro Suvorin hablaba poco y se pasaba horas sentado, con las gafas de montura dorada apoyadas casi en la punta de la nariz, leyendo el periódico o revisando las páginas de su manuscrito. Llevaba la cara afeitada, exceptuando una escueta perilla, y pese a las canas y al aire algo cansado de su rostro, en el que se habían acumulado unas finas arrugas, aún no aparentaba los cincuenta y cinco años que tenía. Con su expresión de bondadosa serenidad, habría podido pasar por un pastor sueco.

Con esa afabilidad, lo presidía todo. «¿Sabes a quién me recuerda tu padre? – le había comentado en una ocasión, en broma, Karpenko a Dimitri-. A uno de esos ancianos de los monasterios. Todos nosotros adoramos y hacemos ruido y creemos, pero el anciano eremita permanece callado y sereno, porque, a diferencia de nosotros, él sabe.

Eso mismo ocurre con tu padre y la revolución.»

En realidad, Pedro Suvorin tenía motivos para estar satisfecho de su modesta y firme trayectoria. Durante los dos años anteriores, los bolcheviques habían tenido pocas ocasiones de demostrar su extremismo. Los espías de la policía se habían infiltrado en sus filas, entorpeciendo mucho su capacidad de maniobra. Su solitario líder, Lenin, se había visto forzado a mantener un exilio que parecía permanente en Suiza y el número de sus partidarios había bajado en picado. Los socialistas moderados, los mencheviques, habían experimentado, en cambio, una revitalización, ganándose poco a poco el apoyo en las fábricas, organizando sindicatos, educando y difundiendo publicaciones, dedicados a actividades que en su mayoría entraban dentro de la legalidad. Algunos estaban dispuestos a colaborar con la duma. Se habían planteado incluso cambiar el nombre del partido por el de Partido de los Trabajadores. Pedro Suvorin estaba contento. «Es un progreso», le decía a su familia.

«La nueva era llegará -le gustaba afirmar-, no porque tú lo quieras, Karpenko; ni siquiera por la astucia de personas como Popov. No hay que preocuparse del cuándo ni del cómo, porque ignoramos el momento y la forma en que se producirá. Lo importante es que sabemos que es un proceso inevitable.»

En una ocasión, el profesor había comentado, sonriendo: «El otro día, mientras trabajaba en mi libro, se me ocurrió que la dialéctica

marxista es como las leyes de la física. Pensad en la corriente eléctrica.

Tiene una carga positiva y una negativa, tesis y antítesis, que crean una tensión, la diferencia potencial. Circulan de manera conjunta, generando una síntesis. Cuando Trotski habla de una revolución permanente en el mundo, de un proceso continuo, yo lo imagino como una corriente eléctrica: inagotable, dinámica, capaz de impulsarlo todo.» Escuchando a su padre, Dimitri tenía la maravillosa sensación de que todas las cosas del universo estaban relacionadas de manera científica, y de que su pequeña familia, con las diferentes variantes de expresión de cada cual, avanzaba por la gran vía que los conduciría a un destino magnífico y definitivo.

El profesor parecía inalterable frente a todo. Enseñaba, escribía, atendía a sus alumnos en su casa… Su vida era tan pacífica y ordenada como su mente. Sucediera lo que sucediese, las actividades de Pedro conferían a su hogar un ritmo y una idea de propósito. Era confortante.

Y en el verano de 1910 Dimitri necesitó mucho de ese consuelo, pues por entonces era ya evidente que Rosa Suvorin estaba enloqueciendo.

Después del accidente de Dimitri, pasaron varios meses en que la habitual ansiedad de Rosa parecía haber disminuido. Era como si, habiendo temido algo peor, hubiera experimentado un alivio porque la tragedia se había abatido ya y había quedado atrás. Después, sin embargo, justo en la época en que Pedro inició la redacción de su libro, algo comenzó a cambiar.

¿Por qué se empeñó en mecanografiar ella misma el libro? En más de una ocasión, él le había rogado que le dejara delegar esa labor en otra persona, pero ella siempre había reaccionado con indignada determinación, como si él tratara de violar su acto de apasionada devoción, de modo que había acabado cediendo.

Todas las noches, después de la cena, colocaba la máquina de escribir en el reducido comedor y se ponía a trabajar. Se negaba a hacerlo durante el día, alegando que no tenía tiempo. Página tras página, mecanografiaba lo que Pedro había escrito hasta quedar satisfecha del todo, convencida de que no había el más mínimo error. A veces acababa en una hora, pero a menudo continuaba hasta tarde.

Entonces dejaba de madrugada su ofrenda de amor en la mesa de la entrada y a la mañana siguiente aparecía con unas oscuras ojeras

debido a la falta de sueño. ¿Cuántas noches, se preguntaba Dimitri, se había quedado dormido oyendo el apagado martilleo de las teclas en medio de la oscuridad?

Pero, con todo, peor que aquella conducta obsesiva que la agotaba fue la reavivación de su antigua ansiedad, que retornó como una venganza.

Su angustia revestía extrañas formas. Ante el menor signo de frío que se manifestara en el aire, Pedro debía ponerse un abrigo y un gorro de piel; si calentaba el sol, temía que sufriera una insolación; siempre que había hielo en el suelo, estaba convencida de que había resbalado y se había roto algo. Aquella preocupación pronto se amplió, abarcando también a Dimitri. En ocasiones le hacía sentirse muy incómodo con su insistencia en que Karpenko lo acompañara al colegio por si le ocurría algo por el camino. Sólo lograba tranquilizarse por la tarde, cuando su marido y su hijo habían regresado sin percance a casa.

Después comenzó a seguirlos. Al principio, ellos no se dieron cuenta siquiera, porque tenía excusas perfectamente creíbles -una amiga a la que visitar, unas compras que hacer- para acompañar a Pedro a la universidad o a Dimitri al colegio. No obstante, muy pronto aquellas excusas empezaron a sonar a falsas pronto y se hizo patente que lo único que quería era mantenerlos controlados. Pedro, que sólo iba a la universidad dos veces por semana, decidió seguirle la corriente, pero Dimitri tenía que implorarle que lo dejara solo, y aun así, cuando se volvía con irritación, distinguía su rostro pálido y demacrado unos cien metros detrás de él.

Más embarazosas resultaban todavía sus sospechas.

Aunque parecían surgidas de la nada, la torturaban de continuo. De improviso se le antojaba que un colega de Pedro estaba dispuesto a ponerle la zancadilla o que una vecina con la que mantenía un trato amistoso era una espía de la policía que se dedicaba a vigilar a su familia. Le advertía con ansiedad a Dimitri que había una conspiración soterrada, propugnada por los Cientos Negros, para destruir a todos los judíos y los socialistas. «Cualquiera puede estar implicado -le decía-. Nunca se sabe.» Y nadie parecía hallarse, en efecto, al margen de sus sospechas.

Durante los primeros meses de 1910, Karpenko estaba un tanto nervioso porque, después de permitir cierta apertura cultural en Ucrania, el gobierno recelaba del creciente sentimiento nacionalista que se manifestaba en la zona.

–Dicen que van a cerrar todos los centros culturales ucranianos -les explicó con desaliento-. Los cosacos deberíamos sublevarnos de nuevo igual que hicimos con Bogdán -añadió en tono irónico- y volver a adueñarnos de Ucrania.

Aunque se trató de un comentario inocente, dicho en broma, a Rosa se le ensombreció de repente la expresión.

–¿A qué te refieres con eso? – preguntó-. ¿Qué clase de sublevación sería?

Se pasó diez minutos interrogando con minuciosidad al joven, y luego, cuando Dimitri le preguntó qué ocurría, se volvió hacia él con cara de preocupación para contestarle:

–¿No te das cuenta de que la sublevación de los cosacos representó la mayor masacre de judíos que se ha dado en Rusia?

–Pero no irás a pensar que…

–Nunca se sabe, Dimitri. Nunca se puede estar seguro de nadie.

Dimitri se limitó a sacudir la cabeza con pesar.

Una semana después de aquello, aprovechando un momento en que ambos se encontraban a solas. Rosa lo hizo sentar a la mesa de la cocina.

–Quiero que me prometas algo, Dimitri -le pidió con fervor-. ¿Lo harás por mí?

–Si puedo, sí -respondió él.

–Prométeme entonces que serás músico. Que no te convertirás nunca en un revolucionario, como tu padre, sino que te limitarás a la música.

Dimitri se encogió de hombros. Dado que tenía centradas todas las expectativas en dedicar su vida a la música, no le pareció una promesa difícil de formular.

–De acuerdo -aceptó.

–¿Me das tu palabra?

–Sí. – Sonrió, entre irritado y enternecido, reparando en las grandes ojeras de su cara-. ¿Por qué?

Ella lo miró con tristeza y entonces Dimitri pensó que las adivinas de la Antigüedad, como la Casandra de la tragedia griega, debían de haber tenido un aspecto parecido al de su madre, con unos enormes ojos apenados que parecía traspasar el presente y percibir un futuro terrible.

–No lo entiendes -le dijo-. Sólo los judíos músicos estarán a salvo.

Sólo los músicos.

Dimitri se quedó mudo tras presenciar aquel signo inconfundible de locura.

En más de una ocasión, en la primavera de 1910, Pedro intentó convencer a Rosa para que fuera a ver a un médico, pero ella se negaba en redondo. Habló del asunto con su hermano Vladímir, que acudió un par de veces a la casa y le aconsejó que fuera a Russka para disfrutar de un poco de paz y quietud. Ella también rechazó, sin embargo, aquel ofrecimiento.

–En mayo iré a Alemania -informó a Pedro-. Creo que allí hay un médico que podría ayudarla.

Pero Rosa no quiso ni oír hablar de aquella posibilidad. Nadie sabía ya qué hacer.

A principios de mayo Dimitri oyó una conversación que lo dejó desconcertado durante mucho tiempo.

Él y Karpenko habían pasado la tarde con Nadiezhda. El tiempo había discurrido, como siempre, de manera placentera, y tras una dilatada discusión sobre música, él se había ofrecido a tocarles las

Estaciones de Chaikovski. Al no encontrar la partitura en la casa, había ido a su piso con la intención de cogerla y volver corriendo.

Sabía que su madre estaba sola esa noche, ya que Pedro había acudido a una reunión. Por eso al entrar le sorprendió oír voces procedentes del pequeño salón contiguo al pasillo. Eran de su madre y Vladímir. La de su madre se había reducido a un quedo murmullo, pero la de Vladímir era perfectamente audible.

–Estoy muy preocupado por ti. Esto no puede continuar así. Por el amor de Dios, querida, vente conmigo a Alemania.

Entonces sonó la voz de su madre, demasiado baja para entender algo.

–No le pasará nada a nadie.

Siguió otro murmullo.

–Te repito que el chico está mejor aquí por el momento. En todo el mundo no hay mejores profesores que en Rusia.

Entonces se produjo una pausa más larga, tras la cual su madre dijo algo de una carta. Luego volvió a hablar su tío.

–Sí, sí. Te doy mi palabra. Por supuesto que puedo arreglarlo. Si ocurriera algo, lo sacaré del país. Sí, Dimitri irá a América si es eso lo que quieres.

A continuación hubo un prolongado silencio y luego le pareció oír los sollozos de su madre. En lugar de recoger la partitura, se marchó discretamente y les dijo a sus amigos que no la había encontrado. Esa misma noche, más tarde, tumbado en la cama, mientras oía el ahogado golpeteo de las teclas de la máquina de escribir de su madre, se preguntó a santo de qué tendría que ir él a América.

No había duda al respecto. La señora Suvorin había logrado uno de los más espectaculares golpes de efecto de su carrera social. Un triunfo personal.

A mediados de junio de 1910, recibió en su casa nada menos que a Rasputín.

Este había avisado de que acudiría por la tarde a tomar el té. Se trató, pues, de una reunión íntima que la señora Suvorin había preparado, con la asistencia de familiares, algunos de sus amigos más importantes y unas cuantas mujeres que, con los años, habían herido de forma inadvertida o a propósito su vanidad y que quedarían impresionadas por la visita de alguien que mantenía una estrecha relación con la familia imperial.

Aunque Vladímir seguía en el extranjero, tuvo el detalle de invitar a Pedro y Rosa Suvorin, que asistieron acompañados de Dimitri y Karpenko. De este modo, los dos jóvenes se hallaron en compañía de unas cuarenta personas que aguardaban con ansiedad la llegada de aquel curioso personaje.

Pese a los cinco años transcurridos desde que Rasputín se presentó por vez primera ante el zar, se mantenía aún una aureola de misterio en torno a su persona. La gente lo tenía por un hombre santo, pero nunca fue monje, como suponían algunos. De hecho, aunque casi nunca se preocupaba por verlos, tenía esposa e hijos en la lejana región de los

Urales. A despecho de las voces que se alzaban en la capital denunciando su conducta indecente, muchos le atribuían poderes sobrenaturales. «Es un auténtico eremita de los bosques rusos -le aseguró Karpenko a Dimitri-. Dicen que fue a pie hasta la capital desde Siberia, y también dicen que tiene el poder de ver más allá de las apariencias, ¿sabes? No hay más que mirarle los ojos.» Lo que todo el mundo sabía, sin embargo, y lo que hacía de él una figura codiciada en los salones de las damas de alcurnia, era que la emperatriz era una devota admiradora suya.

Poca gente tenía una idea, en realidad, de lo que había visto en él.

La familia imperial vivía en un mundo aparte, segregada del resto de la sociedad por una cohorte de nobles provenientes de las antiguas familias dedicadas al servicio a la corona, que consideraban una obligación mantener lo más separada posible a la monarquía del bárbaro pueblo ruso. El zar, su esposa alemana, sus hijas y el heredero del trono, el zarevich, permanecían tan ocultos a las miradas de la gente y hasta de prominentes súbditos como la familia de un déspota oriental.

Por ello, ni la rica señora Suvorin sospechaba siquiera que el heredero del trono sufría una terrible enfermedad que suponía una amenaza para su vida y que aquel extraordinario campesino con poderes hipnóticos parecía capaz de curarla.

La señora Suvorin temió por un breve espacio de tiempo que sus esfuerzos por escenificar una memorable ocasión acabaran en nada, pues Rasputín llegó muy tarde. Al final, no obstante, las puertas se abrieron y la conversación cesó de golpe al tiempo que hacían entrar a alguien vestido de negro. Después, todos los presentes se quedaron mirando con asombro al recién llegado, pues no era lo que ellos esperaban.

–Lo imaginaba más alto -susurró, con evidente decepción, Karpenko.

El hombre que era confidente de la familia imperial y que conocía el más terrible secreto médico del imperio ruso no tenía una presencia precisamente impresionante. Era de estatura media, de forma que su coronilla no superaba en altura la base del peinado de la señora Suvorin, de complexión más bien menuda, estrecho de pecho y con los

hombros caídos. Su largo pelo negro estaba dividido por una raya central y la barba, que apenas le llegaba al pecho, era más bien rala. La nariz, algo achatada, presentaba una clara desviación hacia la izquierda. Vestido con una sencilla chaqueta larga de seda negra que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, podría haber pasado por un anodino sacerdote de un pueblo cualquiera. Pese a que llevaba la ropa limpia y la barba peinada, de su cuerpo se desprendía un tenue olor acre que llevaba a sospechar que se lavaba con menos frecuencia que la mayoría de los hombres.

Tras saludar educadamente con una inclinación a todos los asistentes, dio muestras de satisfacción cuando la señora Suvorin lo condujo a un sofá y le ofreció té.

La reunión pronto tomó un agradable cariz. La señora Suvorin, más comedida de lo habitual, permanecía sentada con formalidad dando conversación a su honorable invitado. En ésta no dejó de salir a colación la familia imperial, por la que se expresaron piadosos sentimientos. Diversas personas se acercaron a hablar con Rasputín, que parecía tener palabras amables y sencillas para todos. Cuando le presentaron a Nadiezhda, alabó cortésmente ante su madre el hermoso carácter de la muchacha. A Pedro Suvorin le dijo en respetuoso tono:

«Usted estudia las maravillas del universo de Dios.»

–No parece que tenga nada fuera de lo normal -le comentó Dimitri a Karpenko.

Unos minutos después revisaría aquella opinión, a raíz de que la señora Suvorin lo llamara con un gesto. Entonces, cuando se halló frente a frente con Rasputín, captó el rasgo más extraordinario de aquel hombre tan extraño.

Mientras lo observaba antes, Dimitri había tenido la impresión de que tenía unos ojos como de zorro, que con curiosidad, atención y probablemente astucia, cambiaban veloces de encuadre, mirando ora aquí y ora allá. Entonces, sin embargo, al tener clavada sobre sí aquella mirada, Dimitri experimentó de pleno su efecto.

Era abrasadora: no había otra manera de expresarlo. Aquellos ojos eran como dos focos que traspasaban la oscuridad, y en cuanto uno sentía su asombrosa y primitiva fuerza, se olvidaba del resto de la persona. Sólo a muy corta distancia parecía suavizarse aquella mirada

hipnótica y mostrar cierta afabilidad, pese a la profusión de venillas rojas en los ojos.

–Un músico. Ah, sí.

Eso fue cuanto le dijo Rasputín. Aunque no dio muestras de sentir un interés especial por Dimitri, cuando ya había regresado a su sitio, éste sintió una extraña sensación de hormigueo en la espalda.

Aparte de aquel tenue atisbo del poder de Rasputín, el resto del tiempo transcurrió con relativo sosiego, y habría permanecido en el recuerdo de Dimitri como un mero evento de carácter social, de no haber sido por dos pequeños incidentes que tuvieron lugar poco antes de que aquél se fuera. El primero lo protagonizó su madre.

A Rosa la habían presentado justo después de Pedro, y aparte de una educada inclinación de cabeza, Rasputín no dio más muestras de haber reparado en ella. En realidad, no miraba en su dirección siquiera cuando, de improviso, como impelido por una misteriosa fuerza, se levantó del sofá, se volvió y con rápidos pasos se acercó a ella, la tomó del brazo con una mano y se quedó inmóvil y en silencio, como un médico que le tomara el pulso, por espacio de casi un minuto. Después, sin decir palabra, la soltó con calma y volvió a su lugar, donde reanudó la conversación con la señora Suvorin como si nada hubiera ocurrido.

Rosa, por su parte, pese al embarazo de los demás, no se ruborizó ni tuvo sobresalto alguno. Permaneció muy quieta y ni entonces ni más adelante hizo referencia alguna a aquello.

Pero el incidente más amedrentador se produjo cuando Rasputín se marchaba.

Por alguna razón, después de observarlo un rato, Karpenko había decidido que no quería conocer a Rasputín. Cuando parecía que la señora Suvorin iba a reclamar su presencia, se había escabullido a un rincón apartado del salón, y cuando por fin el ilustre visitante se levantó para despedirse, Karpenko observaba discretamente al amparo de posibles miradas detrás de dos ancianas damas.

Rasputín se encontraba a medio camino de la puerta cuando de repente se detuvo, giró en redondo y se encaminó directamente hacia él.

Las dos damas le abrieron paso, ruborizadas. Rasputín se paró a unos tres metros del joven. Privado de su protección, Karpenko pareció

encogerse bajo la hipnótica mirada de Rasputín. Durante varios segundos siguió mirándolo y luego sonrió.

–Ajá -dijo en voz baja-. He conocido a otros como tú en Siberia y en San Petersburgo. Qué joven cosaco más listo tiene en su casa -añadió, dirigiéndose a la señora Suvorin.

¿Qué demonios quería decir con aquello? La señora Suvorin parecía haberlo entendido, pero sólo dio señales de una leve incomodidad mientras acompañaba a Rasputín a la puerta.

Karpenko, en cambio, se había quedado demudado. Cuando Dimitri llegó a su lado y Rasputín ya se había ido, estaba blanco como el papel y temblaba. Dimitri lo rodeó con un brazo y le preguntó qué le pasaba.

–Ha visto a través de mí -susurró-. Lo ha visto todo. Es el diablo en persona. – Como Dimitri ponía cara de no entender, esbozó una mueca y, tras lanzar una turbada mirada a la señora Suvorin, murmuró-. No lo comprendes. Tú no sabes nada.

Durante varias semanas, el joven cosaco estuvo melancólico y retraído, y Dimitri no logró averiguar por qué.

1911, septiembre

Rosa notó con extrañeza frío en los pechos. ¿A qué se debería? El gélido aire cargado de humedad desprendía un leve olor a humo mientras caminaba por la calle. Había anochecido hacía una hora.

Aquí y allá resplandecía el brillo de una farola.

En la esquina, se detuvo para mirar atrás. El dormitorio que compartía con Pedro era la única habitación del piso que daba a la calle, y por motivos que ella misma ignoraba había encendido una vela y la había colocado en la ventana. Ahora veía su pequeña llama vacilante enmarcada por la oscura masa del edificio, como un extravagante e íntimo centinela, como un mensaje, tal vez, de amor y esperanza. Solamente había dejado una nota en la que decía que había ido a dar un paseo.

Dobló la esquina con una curiosa sensación de liviandad.

Nadie lo sabría: ésa era la clave. Ése era, en realidad, el regalo de amor que les hacía: que no lo supieran nunca. Sólo Vladímir lo sabría, y él estaba con su hijo en París y no regresaría hasta pasado un mes. No

le había escrito: no había ningún mensaje; pero él lo sabría y guardaría el secreto.

Un destacamento de cosacos pasó a caballo de regreso a los cuarteles, protegiéndose del frío otoñal con las capas pegadas al cuerpo.

¿Cuándo había comenzado todo? Desde el mismo principio, quizá: se había casado con Pedro Suvorin cuando aún estaba deprimida. Fue un error por su parte. De todas formas, lo quería con pasión. No, pensó, podía precisar mejor el verdadero comienzo. Fue en 1900, cuando Dimitri tenía cinco años y llegó la carta de América.

Desde su boda, Rosa apenas había tenido contacto con su familia de Vilna. Cuatro años más tarde, su madre murió de repente y entonces su hermano mayor y su familia emigraron a América. Después, en 1899, su otro hermano había seguido sus pasos. No la había sorprendido aquella decisión, pues se contaban por cientos de miles los judíos que partían. En 1914, de hecho, llegaron a dos millones los judíos que emigraron a Estados Unidos, y el gobierno zarista se congratulaba de verlos partir. Rosa se alegró de que sus hermanos cruzaran el Atlántico para hallar un mayor bienestar, pero desde entonces sus vidas parecían muy alejadas de la suya.

Y luego llegó la carta. Era de su segundo hermano, que no tenía ninguna afición a escribir y de quien no había tenido noticias desde varios meses antes de que emprendiera el viaje. En aquella ocasión, sin embargo, se extendía haciéndole un detallado relato de éste y contándole cosas de la familia. Su carta terminaba con una dilatada parte final.

Llegamos a la isla Ellis. Por un momento sentimos miedo. Cuando vi el enorme edificio y las hileras de emigrantes que esperaban para la inspección en aquella gran sala, pensé: Dios mío, va a ser como en Rusia pero peor. Es una cárcel. Pero aquello terminó pronto y salimos.

Y entonces… Por eso tenía que escribirte, querida Rosa. Entonces nos hallamos libres. ¿Te imaginas lo que se siente? Es difícil de describir. Uno sabe que es libre. No hay gendarmes vigilándote en nombre del Ministerio de Interior, ni espías de la policía a la caza de enemigos del régimen. Uno puede ir a donde quiera. Todo el mundo puede votar, y los judíos tienen los mismos derechos que los demás.

Los americanos son como los rusos. Son simples y directos, y hablan con el corazón… ¡Me refiero a la cara buena de los rusos, claro! Pero a la vez son distintos de los rusos, porque son libres y lo saben.

Por eso te escribo ahora, querida Rosa, porque estando aquí no puedo dejar de acordarme de ti. Claro que tú te has convertido y vives en Moscú. Pero ¿estás segura, realmente segura, de que con eso quedas a salvo? ¿Y el pequeño Dimitri? A pesar de tu conversión, que yo sé que fue por motivos prácticos, a los ojos de los judíos el hijo de una judía es un judío. No es que yo sea especialmente religioso, ya sabes que no. Lo único que quería decirte es que, si las cosas se ponen mal en Rusia, ven a América, por el amor de Dios. Por medios legales o ilegales, siempre podremos solucionarlo. Te lo ruego, vente con nosotros aquí, donde toda tu familia estará a salvo.

La carta había causado una impresión profunda y duradera en Rosa. Aun cuando en los años anteriores, con el cambio de vida y el nacimiento de su hijo, apenas había pensado en el pasado, con la carta éste volvió a hacerse presente con avasalladora fuerza. A menudo evocaba con un sentimiento de congoja a su pobre padre y todo lo que él había tratado de hacer por ella. Pensaba en la música, que había abandonado desde que se casó. Recordaba, con tristeza ahora, el dolor que le había causado a su madre, y rememorando a sus hermanos, pensaba: «Ojalá pudiera volver a verlos.»

La carta le produjo preocupación también. Aunque su hermano hablaba de los judíos, no dejó de advertir su velada referencia a los espías de la policía y los enemigos del régimen. Pedro, con sus actividades socialistas, podía correr también peligro. Había estado rumiando sobre el contenido de la carta durante un mes antes de enseñársela a Pedro una mañana.

–¿Qué piensas? – le preguntó.

Ni siquiera ella estaba preparada para la respuesta que recibió.

–Qué terrible -contestó su marido-, querer abandonar Rusia.

Y cuando ella planteó que tal vez sería mejor para ellos trasladarse a América, se limitó a mirarla con cara de incomprensión y sugirió que quizá le conviniera acostarse. Desde ese momento supo que sería inútil volver a hablar del asunto. Había descubierto ya que, aunque era amable y bondadoso, Pedro poseía una curiosa obstinación que lo

volvía ciego a cualquier cosa que no encajara en su noción del universo.

No irían nunca a América: no había nada más que decir.

Entonces no creyó que aquello le provocara resentimiento. Amaba a Pedro, que era bueno y sencillo, y aunque al principio había sido casi una figura paterna, a medida que pasaban los años se iba dando cada vez más cuenta de lo mucho que dependía de ella. Y lo expresaba con una fe conmovedora. «No me imagino cómo hubiera vivido sin ti.» En una ocasión llegó a confesarle incluso: «Ese día en que hablaste de América… fue el peor de mi vida. Por un momento, ¿sabes?, fue como si me dieras a entender que querías volverle la espalda a todo lo que amo. Gracias a Dios que aquel desatino quedó atrás.»

La necesitaba. La adoraba sinceramente. ¿Cómo podía decirle entonces ella lo que le ocurría?

Fue en 1905 cuando comenzaron aquellos terribles sueños. Llegaron de repente, sin previo aviso, y el tema era siempre el mismo: el pogromo.

A menudo veía la cara de su padre, rodeada por la multitud.

Después veía al fornido cosaco, sentado en su carro, compasivo pero dispuesto a abandonarlos a su destino, y le parecía que esa vez los hombres cogían a su padre y se lo llevaban a rastras. Al cabo de un tiempo, el sueño se volvió más complejo. El tiempo se desdoblaba. Se encontraba en el pueblo de Ucrania, pero era una mujer, no una niña.

Su padre se transformaba de improviso en Pedro, y lo que era peor, al volverse bajo un cielo gris retumbante veía al pequeño Dimitri.

Noche tras noche la atormentaban los sueños y se despertaba aterrorizada, bañada en un sudor frío. Eran tan pavorosos que en ocasiones temía incluso volverse a dormir. Y durante las horas de vigilia, en su mente comenzó a tomar forma una nueva y terrible premonición, una corrosiva convicción de la que, por más que lo intentara, no lograría desprenderse: algo iba a ocurrirles a Pedro y a Dimitri.

Pocos meses después del inicio del sueño había comenzado el otro problema. Rosa no estaba segura de si había alguna relación entre ambos. ¿Era por un resentimiento soterrado o un miedo del que no sabía nada? Fuera cual fuese el motivo, la nueva angustia no sólo la asaltó, sino que se quedó de manera definitiva.

No podía soportar que su marido la tocara.

Incluso entonces, cinco años después, podía enorgullecerse de algo: Pedro nunca se enteró. Lo quería, y sabía que él nunca lo entendería. A veces se había acostado con él, como era natural, y mediante un supremo esfuerzo de voluntad, había disimulado la repulsión que le provocaba el acto. De todas formas, con el transcurso de las semanas y los meses iba ideando excusas que le permitieran evitar hacer el amor por las noches, mientras que de día lo colmaba de afecto. Ya fuera porque esos subterfugios hacían que se sintiera culpable o por la recurrencia de los sueños, o por la maraña que formaba todo, comprobó que se acentuaba más y más el opresivo convencimiento de que su marido y su hijo estaban en peligro. En aquel estado se hallaba cuando Dimitri sufrió la agresión y se enteró de que era judío.

Sólo Vladímir había adivinado su secreto. El querido Vladímir. De algún modo, lo había adivinado todo.

Se dio cuenta de que había llegado a la amplia avenida que rodeaba el centro de la ciudad. El viento soplaba, levantando las hojas de los arbolillos que crecían en el borde de la calle para llevárselas hacia el este. Un carruaje pasó con estrépito a su lado.

¿Había pensado en algún momento, de joven, en Vladímir como en un amante? Soltó una queda carcajada. Un amor imposible: un amor que nunca podría ser. De todas formas, incluso un amor platónico como el suyo entrañaba placeres y dolores. Porque, ¿qué representaba para una mujer saber que no era su marido sino el hermano de éste el que realmente la comprendía? Le gustaba estar con él; le producía alegría.

Aun así, lo temía, pues él la devolvía a sí misma; la inducía a tocar otra vez; le mostraba con claridad meridiana lo que trataba de ocultarse de sí misma…, el insufrible abismo que la separaba de su marido. Por eso huía de Vladímir para volver a refugiarse en su prisión. «Debes irte, aunque sólo sea para dormir -la urgía él. Y ella sabía que tenía razón, pero no podía-. Te vas a destruir a ti misma, mi pajarillo.» Qué más daba.

Vladímir le había prometido que llevaría a Dimitri a América. Eso era lo único que le importaba ahora.

Al pasar junto a una tienda donde vendían periódicos, lanzó una mirada al interior. Al lado de la puerta había un pequeño cartel con un

titular. El pobre Stolipin, el leal ministro, había muerto de un disparo en Kíev ese mes. Ahora se descubría que su asesino era un agente doble: un espía de la policía que había cometido el crimen porque el grupo revolucionario en el que se había infiltrado comenzaba a sospechar de él. Rosa sacudió con ademán cansino la cabeza. «Sólo en nuestra desdichada Rusia vivimos semejante locura», murmuró. ¿No sería todo el imperio ruso una mera pesadilla?, se preguntó. Tal vez lo fuera.

Una pesadilla de la que había llegado la hora de escapar.

En la calle por la que torció había carriles de tranvía. Desde comienzos de siglo, había tranvías en Moscú, voluminosos vehículos de dos pisos tirados por un par de caballos, que se movían con pausado y placentero ritmo. Hacía un par de años, habían comenzado a sustituirlos por tranvías electrificados de un solo piso que circulaban a una velocidad mucho mayor. La nueva era estaba al caer, no había duda. Rosa advirtió, un poco más arriba, una intersección de raíles en un cruce de calles y se dirigió allí.

Dimitri iría a América y sería músico. Eso era lo que decía su padre: «Suelen perdonar a los judíos si son músicos.»

Al lado del cruce, en un portal iluminado, había un corro de gente que miró distraídamente a la mujer que se acercaba. Uno de ellos reparó en que tenía una apariencia más bien alegre. «Bastante normal -

como explicó más tarde-. Nada fuera de lo habitual.»

El libro de Pedro Suvorin había sido, naturalmente, el recurso al que se había aferrado durante los ocho meses previos. ¿Cuántas noches había pasado mecanografiando páginas para su marido hasta altas horas, cuando él ya estaba dormido? Ese acto de devoción la mantenía lejos de su cama sin tener que dar ninguna explicación, pero la semana anterior Pedro había acabado el libro, ya estaba listo para ser publicado. Seguramente lo haría famoso, pero a ella la dejaba sin protección.

No fue difícil hacerlo. Como un amigo que la hubiera estado aguardando sólo a ella, el tranvía eléctrico se aproximó veloz en medio de la noche, justo cuando llegaba al cruce. Rosa se detuvo un instante.

Se había quitado los guantes, como si fuera a buscar algo en los bolsillos; entonces volvió a ponérselos con gesto desenvuelto, sin darse

cuenta siquiera de que se había puesto el izquierdo en la mano derecha.

Mientras se acercaba, el tranvía parecía susurrarle: «Por fin. Ven conmigo.» Dos pasos, tres, no hicieron falta más.

Todos lo vieron. No hubo dudas respecto a lo ocurrido. La mujer que estaba parada en el bordillo registrándose los bolsillos alzó la vista y, al volverse, resbaló. Profirió un grito ahogado cuando, luchando por recuperar el equilibrio sobre la húmeda piedra, su pie salió disparado hacia delante. Movió los brazos como si buscara un asidero antes de caer. Entonces ya tenía casi encima el tranvía. Había sido algo absurdo.

Justo cuando el tranvía pasaba por encima de ella, Rosa vio a su padre.

Nadie sospechó ni por un momento, a pesar de las variaciones de humor que la aquejaban, que aquel desgraciado episodio no hubiera sido un accidente.

Dos meses más tarde Dimitri Suvorin terminó los tres Estudios

dedicados a su memoria, compuestos en un estilo similar al de Skriabin, que siempre se han considerado su primera obra importante, preludio de su madurez.

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