Rusos II
Capítulo 1700
Entonces llegó el golpe definitivo que puso fin a la vieja Rusia.
Para buena parte de la población fue un cataclismo de la misma magnitud que si se hubiera rasgado el firmamento. Aquella terrible señal supuso para Daniel la confirmación de algo que sospechaba desde mucho tiempo atrás: que el fin de los tiempos estaba próximo.
–El Apocalipsis ha comenzado -les anunció con gravedad a Eudoxia, Arina y la pequeña Mariuska, a quienes había reunido con tal propósito-. El Anticristo está aquí.
Aquél fue, en efecto, el inicio de una nueva era.
En diciembre de 1699, el zar Pedro había decidido cambiar el calendario.
Para comprender el alcance de este acontecimiento, hay que tener presente que en Rusia no era el año 1699, sino el 7207 de la Creación, de acuerdo con un sistema de cómputo al que los rusos no habían renunciado nunca desde los tiempos de la antigua Kíev.
Conviene tener presente asimismo que el año no comenzaba en enero, sino en septiembre.
Aquello también era lógico, tal como podría haber explicado cualquier ruso, pues en la historia de Adán y Eva, en el Libro del Génesis, se habla de la manzana del árbol, de lo que cabe deducir que el inicio del mundo se produjo en otoño.
El que el resto del mundo se rigiera por un sistema diferente era tan sólo una prueba más del grado de mal imperante en otros países.
Ése era el calendario que el zar Pedro decidió sustituir en diciembre de 1699. Promulgó un ukaz en el que decretaba que al mes siguiente daría comienzo un nuevo sistema, un nuevo año y un nuevo siglo. De este modo, en enero pasaron a hallarse en el año 1700.
Solamente efectuó una concesión a la sensibilidad rusa. Para entonces los países católicos de Europa habían adoptado ya el moderno calendario gregoriano, mientras que los ingleses, al ser protestantes, mantenían todavía en uso el antiguo calendario juliano. La pequeña diferencia en la asignación de días solares al año hacía que, con el paso de cada siglo, creciera el leve desfase que existía entre ambos calendarios. Por aquella época, el juliano iba ya once días por detrás
del gregoriano. ¡Pero era mejor ir un poco atrasado que coincidir con el papa! Pedro optó, pues, por el juliano, y como consecuencia de ello, hasta 1918 los rusos continuarían llevando casi dos semanas de retraso con respecto a Occidente.
En eso consistió la nueva era que Pedro impuso en Rusia. Además, dispuso en su decreto que la primera semana de enero había que colgar una rama de pino o de enebro en la puerta de todas las casas, en señal de celebración.
Para Daniel, y para muchos como él, aquello supuso la confirmación definitiva de todos sus temores.
La idea de la proximidad del fin del mundo, aunque no era nueva, había cobrado una enorme fuerza en el transcurso de la vida de Daniel.
No sólo los raskolniki eran de este parecer. La colección de obras ucranianas que predicen el fin, denominada Libro de Cirilo, había alcanzado una amplia difusión antes del cisma. Los seguidores de Kapiton, a quien Daniel había conocido en el Volga, llevaban instando a los campesinos de aquella región a prepararse para el Apocalipsis desde la juventud de Daniel. Fue precisamente un monje regular el que le hizo un día la siguiente observación:
–Después del concilio, el propio Nikón empezó a creer que se avecinaba el fin.
El fin estaba próximo. Quedaba sólo por concretar cuándo llegaría.
En la época en que Daniel se trasladó a Moscú, existía la creencia generalizada de que ya había comenzado.
Los raskolniki, sobre todo, se enfrascaban en inacabables cálculos de fechas. Hasta nuestros días han llegado un millar de obras dedicadas al tema. Todas partían de la premisa de que el número del Anticristo era el 666 y, si bien algunas realizaban sus cómputos a partir de la separación entre las iglesias ortodoxa y católica y otras sostenían que el Anticristo permanecía recluido durante mil años aguardando su número, casi todos los cálculos apuntaban a un año comprendido entre 1666 y 1691.
En Russka, Daniel se encontraba dividido. Pese a sus temores, el nuevo gozo hallado en su familia le había hecho concebir esperanzas de que aún no fuera a llegar el fin del mundo. Sus esperanzas se habían evaporado, sin embargo, en Moscú.
Curiosamente, fue un antiguo monje que se había sumado a los
raskolniki quien convenció a Daniel. Era un individuo bajito y apasionado al que había conocido en una de las plegarias clandestinas que se llevaban a cabo en domicilios particulares. Era pintor de iconos, cosa que en principio contribuyó a su acercamiento, y poseía una formidable colección de panfletos. Tenía, además, numerosos grabados en los que se representaba al zar Alejo y a Nikón como los cuernos del Anticristo o a Nikón como la Bestia del Apocalipsis.
Conocía a fondo el Apocalipsis y citaba un pasaje tras otro detallando su relación con los sucesos contemporáneos.
A medida que aumentaba la consternación de Daniel por lo que veía en Moscú, más espacio iban ocupando en su mente las fórmulas y citas del monje. «Es un hombre instruido sin duda -concluyó-. Y a mí me parece cierto lo que dice.»
Pero, si el final había llegado, eso significaba que el Anticristo se hallaba ya en la tierra, tal como creían muchos. Y si tal era el caso…
¿quién era?
Algunos aseguraban que era el zar Alejo. Otros decían que era Nikón, quien, según apostillaba una gran mayoría, tenía que ser, para colmo, judío.
A ese respecto, el pequeño monje disponía también de información más detallada.
–Respondedme a esto: ¿quién fue el verdadero padre de Pedro?
–El zar Alejo.
–Puede. Pero ¿por qué es entonces tan moreno y tan alto? ¿No se os ocurre otro posible progenitor?
Daniel se quedó mirándolo, sin comprender.
–Ay, amigo mío, vos sois un buen hombre y no percibís el mal. El padre de este Pedro, creedme, fue ni más ni menos que el malvado Nikón, y este retoño ilegítimo no es un auténtico zar. ¿Acaso se comporta como un auténtico zar?
Daniel tuvo que admitir que no.
–Es el propio Pedro el Anticristo -afirmó con aire triunfal el monje-.
Es él el que ha venido para iniciar el Apocalipsis. Estad prevenidos.
Dios era testigo de que, cada mes que transcurría, Pedro proporcionaba a sus súbditos razones para pensar que así debía ser. Y
por si precisaban de una prueba irrefutable, ésta llegó con la inaudita e infame decisión de cambiar la manera de contar los años.
–¿No dicen -le recordó el monje a Daniel- que el Anticristo trastocará el tiempo? ¿No dicen que quedarán abolidos los años de Dios cuando se proclamen los años de Satán?
–Todo eso es verdad -concedió Daniel.
–Dad testimonio, pues -lo exhortó su amigo-, de que éste es el Anticristo.
La celebración de la festividad de la Epifanía, que tiene lugar el 6
de enero, siempre estuvo revestida en Rusia de una especial belleza.
Esta festividad de la Epifanía -o la Teofanía, como suelen denominarla los ortodoxos- proviene de la antigua Fiesta de las Luces judía y significa «resplandor». En ella se conmemora, en especial, la adoración de los Reyes Magos y el bautismo de Jesucristo a manos de Juan en el río Jordán.
En esa sugestiva y delicada festividad se evocan imágenes de luz, de agua y de una paloma descendiendo.
En Rusia era costumbre bendecir las aguas, y en Moscú aquella ceremonia tenía una especial hermosura.
Por eso la pequeña Mariuska mostró su entusiasmo cuando su padre anunció aquella mañana que irían todos al río a presenciarla.
La niña había captado la tensión que flotaba en el ambiente desde hacía tres semanas. Había reparado en las consultas que tenían lugar entre sus padres y la señora Eudoxia y escuchado palabras como
«maldad» y «el Segundo Advenimiento». Había visto la decoración de las puertas de las casas y oído decir a la gente que era Año Nuevo, pero, puesto que su padre le había asegurado con gravedad que no era así, llegó a la conclusión de que todos los demás debían de estar en un error.
Aquel día, con todo, las cosas parecían perfectas. Soplaba sólo un tenue viento. Las nubes, altas y delgadas, dejaban intuir al menos la presencia del sol. Las calles estaban concurridas, y cuando llegaron al río ya se había concentrado allí una gran multitud. Había incluso personas sentadas en los tejados de las casas. Ellos atravesaron el cauce helado y se situaron frente a los altos muros del Kremlin.
En medio del río, en una amplia zona rodeada por una barandilla, había un pequeño edificio de madera, como un santuario, con las
paredes prácticamente cubiertas de iconos. Delante de él, la niña vio un gran agujero circular practicado en el hielo, como un pozo, en las proximidades del cual permanecían vanos sacerdotes jóvenes y diáconos.
Mariuska alzó la mirada hacia su padre. Aunque ya comprendía lo que implicaba ser un raskolniki, confiaba en que no hubiera ningún mal en disfrutar de aquellas ceremonias celebradas por la iglesia oficial. La alegró, por ello, ver la expresión de aprobación de Daniel al mirar el río, de modo que se agarró, muy contenta, a la mano de su madre.
Pronto vería al patriarca y al zar, instalados con toda pompa en unos tronos idénticos sobre el hielo para contemplar la bendición de las aguas. Su fascinación era tanta que se olvidó incluso de volver a mirar a sus padres.
Al otro lado del hielo, divisó la cabeza de la procesión: un estandarte ondulante, un tenue brillo de las joyas que ornaban las mitras de los sacerdotes. Ya se acercaban.
De repente se oyó otro sonido: el de las flautas y los tambores, brioso, alegre, pero duro. Entonces, sobre el hielo afluyeron, una tras otra, las columnas de soldados, marchando al paso. Vestían ajustadas chaquetas alemanas de color rojo, verde o azul, polainas y tricornios.
Llevaban fusiles e iban sin barba. A la cabeza de cada compañía había un hombre que transportaba un estandarte y delante de la primera marchaba un alto y corpulento individuo vestido con un uniforme verde. Acompasados a los tambores y las flautas, unos doce mil soldados de apariencia extranjera confluyeron en las proximidades de la zona donde los sacerdotes iban a bendecir las aguas, para formar un enorme cuadrado en torno a ella.
Hasta que las tropas no hubieron ocupado su lugar, no acudieron los sacerdotes.
Ahora llegaban, por fin, en majestuosa y bella procesión. Detrás de una gran cruz de oro, venía una enorme linterna con ventanas de mica, transportada a hombros por una docena de sacerdotes, en cuyo interior ardían unas descomunales velas. A ésta la sucedían unos quinientos religiosos vestidos con esplendorosas túnicas y mitras: arzobispos, obispos, archimandritas, sacerdotes y diáconos. Mientras se
concentraban, se encendieron cientos de cirios. En lo alto de un estrado, un diácono sostenía un gran estandarte con el águila bicéfala de los zares rusos bordada en oro. El patriarca estaba sentado en un trono. Allí se plasmaba de veras todo el boato característico de la vieja Rusia.
Pero ¿dónde estaba el zar?, se preguntó la pequeña. ¿Por qué no había nadie al lado del patriarca?
–¿Dónde está el zar Pedro? – preguntó en voz baja.
–Allí -respondió Arina.
Mariuska escrutó el gentío, sin distinguirlo.
Había dado comienzo la bendición. Un sacerdote tocado con mitra hizo oscilar un incensario sobre las aguas: una, dos, tres veces. Luego sumergieron unos largos cirios en el agua. Habían quedado bendecidas las aguas.
Aquél fue un momento sagrado. En ese instante, tal como ya sabía Mariuska, las aguas del río se transformaban de forma mística en las del río Jordán. Aquélla sí era la sacrosanta Rusia.
Durante todo aquel tiempo, las tropas habían guardado silencio. En cada momento destacado de la ceremonia de bendición, había ondeado en el aire el enorme estandarte con el águila bicéfala, y acto seguido, a manera de respuesta, habían ondeado al unísono los estandartes de los soldados. Al terminar, avanzaron con ellos para hacerlos rociar con agua bendita.
Los sacerdotes se disponían a retirarse cuando de pronto pareció que se resquebrajaba el cielo.
Mariuska tuvo por un segundo la impresión de que el mundo iba a tocar a su fin. Fue como si aquella gran detonación, seguida de un tremendo estruendo, llenara el cielo, el día entero. Fue tal su sobresalto que dio un brinco. Y entonces, cuando aún resonaba a lo largo y ancho del río el ruido de los cañonazos llegado del Kremlin, se produjo otro estrépito, surgido esta vez de los mosquetes que dispararon apuntando al aire los doce mil soldados, al cual siguió el de una segunda andanada, y después el de otra más.
Sobrecogida, la niña se echó a llorar.
Aquélla era la contribución del zar Pedro a la celebración de la Epifanía.
Más tarde sus padres le explicarían que el hombre alto vestido de verde que se mantenía a considerable distancia del patriarca era el zar, y que el rugido de las armas era una manifestación de regocijo festivo.
Daniel, por su parte, creyó ver por vez primera la cara del Anticristo.
Era dura. Era fría. Era distinta de cuanto se había visto hasta la fecha en Rusia, pues, como entonces advirtió, el Anticristo, ese Pedro, era el estado sin religión. Recordó una frase que había oído pronunciar a algunos raskolniki de Moscú tan sólo una semana antes y que no había comprendido del todo.
–Es eso -murmuró-. Cualquier poder es el Anticristo porque todos los hombres están subordinados a él.
Pedro era el nuevo estado, y era el centro del poder.
Al cabo de una semana desapareció su amigo el monje.
Daniel oyó decir que lo habían llevado al Preobrazhenski Prikaz para interrogarlo. Diez días más tarde, supo por la comunidad de
raskolniki que había muerto. Había confesado sin tapujos su convencimiento de que Pedro era el Anticristo e incluso había exhortado a sus guardias para que no obedecieran al zar. Se había negado, sin embargo, a dar los nombres de sus cómplices. Lo castigaron con una muerte que en Rusia se conoce como kopchenie y que consiste en ahumar poco a poco a la víctima, como la cecina o el salmón, hasta que perece.
Una semana después de aquello, Daniel dejó Moscú para regresar a Russka.
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