Siempre fuiste tú

Emily Delevigne · Capítulo 11 de 16

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Siempre fuiste tú

Capítulo 8

8

 

 

WILL

¿Que había disfrutado como un niño cuando Abbey le había dado like a una de mis fotos? Sí. ¿Que había disfrutado aún más cuando, un par de horas más tarde, al irme de su casa, me había fulminado con la mirada? También. Había captado el movimiento de sus ojos, desde mi rostro hasta mi entrepierna.

Abbey me deseaba. Estaba seguro de ello. Algo dentro de ella se prendía cada vez que me veía. Solo necesitaba que dejara a un lado sus tonterías con Garret y se diera cuenta de que la amaba. Estaba enamorado de ella desde que había cumplido los diecisiete años. Recordaba verla salir del instituto cada vez que Stephen y yo íbamos a recogerla, con la mochila colgada de un asa y aquellas Converse rosas que tan bien le sentaban.

Me gustaba cómo se preocupaba por todos y preguntaba por cómo había ido nuestro día, o cómo se llevaba un mechón de su pelo detrás de la oreja y sonreía con cierta timidez. Su risa, que pocas veces se escuchaba, era una melodía dulce y relajante. Nada exagerada ni fingida como muchas otras adolescentes.

No. Abbey era diferente. Por dentro y por fuera.

Sobre las ocho de la tarde nos fuimos al pub Stephen y yo. Allí nos esperaba Garret, con la bebida preparada y algo enfadado por no haberlo avisado de que llegaríamos más tarde. Él se había quedado dormido, y yo había estado muy cómodo sabiendo que Abbey descansaba en la planta de arriba.

—Eh, ¿estás aquí o en tus paranoias mentales? —quiso saber Garret, que pegó un buen trago a su cerveza antes de soltarme una palmada en la espalda.

Sacudí la cabeza.

—Pensaba en el trabajo.

—Ya, seguro. Y en tu rubia secretaria con tetas enormes —soltó Garret, que daba un buen repaso a todas las mujeres del club con la mirada, quizá en busca de su próximo rollo de la noche.

—Te olvidas de que mi secretario es un hombre. Y está casado.

—¿Ves? Por eso eres raro de cojones. ¿Quién querría un hombre cuando puedes tener una rubia para alegrarte las mañanas?

—Al contrario que tú, yo no mezclo negocios y sexo. —Mi voz sonó bromista, pero se palpaba un deje despectivo que no pude evitar sacar.

Stephen se percató, ya que alzó una ceja en mi dirección. Sin embargo, permaneció en silencio.

—Lo que tú digas, tío. —Garret me rodeó los hombros con un brazo—. ¿Otra ronda? A esta invito yo.

Tanto Stephen como yo asentimos, y lo vimos alejarse en dirección a la barra.

Cuando nos quedamos solos, noté que me daban un suave puñetazo en el hombro.

—Eh, ¿qué demonios te pasa a ti?

—¿A mí? —pregunté antes de encogerme de hombros. Eché un vistazo al club. Estaba hasta arriba de gente—. Nada.

—Y una mierda. La relación entre Garret y tú está rara, y no es precisamente porque él haya hecho algo malo.

Me tensé de forma repentina al percatarme de que aquello era cierto. Me frustraba como un adolescente cada vez que la imagen de Abbey y su estúpido enamoramiento con Garret se me venía a la cabeza.

Tenía que recordarme que, por mucho que yo llevara años enamorado de la hermana pequeña de mi mejor amigo, eso no significaba que fuera correspondido. Sí, quizá luchaba por crearme un hueco en sus pensamientos e inducirlo a ver que disponía de más posibilidades que el fuckboy de Garret.

—Es el estrés —terminé por decir. Me esforcé al máximo por ocultar lo poco convincente que sonaba mi respuesta.

—Si eso es verdad, haz el favor de calmarte. En caso de que fuese otro motivo… —Stephen movió la cabeza, indicándome que Garret se acercaba —. Soluciónalo. Garret te quiere. Eres como un hermano para él.

Asentí a sabiendas de que llevaba razón, y cogí aire un par de veces para relajarme. Garret no tenía culpa de que Abbey se hubiera enamorado de él. De hecho, la ignoraba por completo. Para él no existía. A veces se olvidaba de saludarla cuando llegaba a la casa de los Winters.

Garret nos pasó un botellín a cada uno y luego los chocó para brindar.

—Por nosotros.

Le di una palmada.

—Por nosotros.

Él me dedicó una sonrisa y señaló hacia la barra.

—¿Ves a esa belleza de ahí? La morena. —Volví a asentir al percatarme de que una mujer de pelo negro y ojos verdes me miraba fijamente—. Pensaba acercarme a ella e invitarla a una copa cuando me ha soltado que le gustas tú. Cabrón suertudo…

Alcé una ceja en dirección a Stephen, que bebía para ocultar una sonrisa.

—Creo que pa…

Justo cuando iba a decir la palabra «paso», vi que dos chicas entraban en el club. Una de ellas rubia y otra castaña. No necesité mucho tiempo para saber que se trataba de Abbey. Era alta de por sí, por lo que con los tacones destacaba aún más. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo que exponía su largo y elegante cuello.

Joder, me moría de ganas por lamer esa delicada zona.

Abbey, que miraba a todas partes, quizá en busca de Garret, dio un pequeño traspié cuando sus ojos se encontraron con los míos.

—Me acercaré —solté sin dejar de observar a Abbey.

—Genial, tío. Ve y pregúntale si tiene una amiga para mí.

Las palabras de Garret fueron tragadas por el ruido del local. Mi determinación se fue al traste cuando, en el camino a la barra, perdí de vista a Abbey. Apoyé el codo en la barra al llegar y le di un trago a mi cerveza. Joder, si no hubiera sido porque aquel lugar estaba atestado, habría jurado que la hermana de Stephen huía de mí.

Quizá tenía que cambiar de táctica. Para Abbey no era más que el amigo de su hermano, el que siempre estaba allí, dispuesto a salvarla y a recomponer sus pedazos.

Era un puerto seguro en el que descansar cuando Garret hacía una muesca más en su corazón.

Una mano elegante y delgada se posó sobre mi antebrazo. Al alzar la vista, vi que se trataba de la atractiva mujer de la que Garret me había hablado antes.

—¿Puedo sentarme?

Sus ojos verdes brillaban, y destacaban aún más con el maquillaje que llevaba.

Esbocé esa sensual sonrisa que tantos buenos resultados me había dado con las mujeres y asentí.

—Por supuesto.

—Soy Sabrina —dijo con voz pausada y dulce. Sus carnosos labios escondían una hilera de dientes blancos y perfectos.

—Will.

Sabrina se estiró para darme un beso en la mejilla, bastante cerca de la comisura de los labios. Me gustó su atrevimiento, la forma en la que apretaba sus pechos contra mi brazo…, pero eso era todo. No despertaba deseo en mí, ni la más mínima necesidad de explorar sus labios.

Alcé la mirada y capté los ojos de Abbey.

Brillaban, furiosos y confusos.

Que empiece el espectáculo.

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