Siempre fuiste tú

Emily Delevigne · Capítulo 5 de 16

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Siempre fuiste tú

Capítulo 2

2

 

 

ABBEY

Fue a la mañana siguiente cuando me percaté de que gran parte del lado derecho de mi cuerpo estaba cubierto de una mancha violácea que iba desde la cintura hasta la mitad del muslo. Al parecer, que aquella desconocida me hubiese tirado por los aires me había hecho más daño del que había pensado.

Para ir a correr con mi hermano por Helena, capital de Montana, había pensado ponerme una camiseta de manga larga de color gris, una sudadera blanca que me estilizaba la figura y un pantalón de chándal oscuro. Iba arreglada aunque deportista. De esa forma, si tenía la suerte de encontrarme a Garret en una de sus muchas carreras, podría darle una buena impresión.

Me miré en el espejo del cuarto de baño.

Mi melena castaña se veía algo aclarada por las suaves mechas que me había puesto en verano. Mi piel seguía casi igual de bronceada que en agosto, cuando había ido a visitar a mi abuela por parte de madre. Yo había sido la única en heredar aquel color de pelo y piel y que delataba que por mis venas corría sangre española.

Miré mis ojos color avellana y decidí que aquel día no me veía tan cansada como para maquillarme.

Decidí recogerme el cabello en una coleta antes de colocarme las zapatillas de deporte y bajar al salón, donde un enorme árbol de navidad parecía estar a punto de derrumbarse por todos los adornos que pendían de él.

Escuché unos pasos a mi espalda y me giré.

Era mi hermano.

—¿Preparada para correr?

Stephen me tiró de la coleta con cierta brusquedad. Yo me aparté de su lado con un gemido.

—¿Te importa mantener las manos quietas? ¡Dios! Sigues tirándome del pelo como cuando tenías diez años.

—Sigue siendo muy divertido chincharte. —Se encogió de hombros—. Oh, ¿te he dicho que Garret se ha apuntado a última hora?

Aquellas palabras fueron como música para mis oídos. Mi corazón dio un brinco dentro de mi pecho, y contuve una radiante sonrisa.

—¿En serio?

—¡No! —soltó mi hermano antes de reírse a carcajadas y dirigirse hacia la puerta. La abrió para que yo pasara antes—. Está con la pelirroja con la que salió ayer.

De acuerdo, aquello no me lo había esperado. La súbita alegría que me había invadido desapareció de golpe. Intenté no mostrar lo mucho que me había afectado la información y pasé por delante de él.

—¿Te refieres a la pelirroja de la clase de judo?

—La misma —respondió él, y dio unos cuantos saltos para entrar en calor. Sus ojos castaños se quedaron fijos en mí—. Por cierto, me enteré por Will de que te lanzaron por el aire. ¿Te encuentras bien?

—¿Acaso te importa? —pregunté antes de estirar. Cuello para un lado, luego para otro…, tobillos, muñecas…

Mi hermano se encogió de hombros.

—Solo admitiré que habría sido algo aburrido quedarme sin hermana pequeña.

—Ya, claro… —Lo empujé por la espalda—. Vamos, comencemos ya.

Mis padres tenían la casa en una de las zonas altas de Helena, por lo que sabía que todo aquello que bajábamos con tanta facilidad luego tendríamos que subirlo: colinas y colinas cubiertas de nieve que las máquinas quitanieves retiraban de las carreteras. Desde donde me encontraba en ese momento podía ver la catedral de Santa Helena, grande, impresionante y con un toque gótico que terminaba por hacerla una de las grandes maravillas de la capital. La nieve cubría sus picos altos y afilados y el paisaje de bosque que la rodeaba la hacía parecer sacada de un cuento de hadas.

Allí me casaré yo algún día con Garret. Seguro que sí, pensé sin mucho aliento después de llevar corriendo diez minutos.

El sudor comenzó a perlarme la frente mientras un intenso calor aparecía en mi pecho. El cansancio provocaba que sintiera las piernas tirantes y pesadas. En la facultad no solía moverme mucho. Para qué mentir: ocupaba la mayor parte del tiempo estudiando y hablando sobre guarradas con mi compañera de habitación.

Mientras bajaba una pendiente por la que empezaba a formarse una nueva capa de nieve, a pesar de que apenas unos momentos antes había pasado por allí la quitanieves, ya que veía las marcas, me pregunté si mi hermano seguiría saliendo con esa tal Cindy.

—Eh, Stephen —dije con la respiración entrecortada.

Mi hermano me echó un rápido vistazo.

—Estás roja como un tomate —señaló sin detenerse.

—¿Sigues con Cindy?

—¿Es que no puedes correr sin tener que cotillear sobre la vida de los demás? Eres una vieja alcahueta, Abbey.

¿Por qué demonios sonaba su voz tan estable? La mía era entrecortada.

—Así que esa tal Cindy era solo un polvo.

Stephen sacudió la cabeza.

—No voy a hablar de mis ligues contigo.

—Pensaba que era tu novia.

—No era mi novia. Solo nos divertíamos.

—¿Es que tu grupo de amigos se reduce a eso? ¿Beber, follar y divertirse?

Mi hermano paró de golpe, lo que hizo que me golpeara de lleno contra su espalda. Me llevé una mano a la nariz y me la froté.

—¡Joder, Stephen!

—¿Desde cuándo dices «follar»? —preguntó molesto, como si acabase de darse cuenta de que tenía veintidós años en vez de catorce.

Fui a responderle con un comentario vulgar y malintencionado cuando unas luces nos cegaron. Mi hermano se hizo a un lado y me agarró del brazo para apartarme.

Yo no reconocí el vehículo rojo que se detenía justo a nuestro lado. Él sí debió de hacerlo, ya que dio unos suaves golpecitos en la ventana. Asomé el rostro por un lado del cuerpo de mi hermano y vi a Garret en el coche. Sin embargo, toda la felicidad que pudiese haber sentido desapareció de golpe. Conducía la pelirroja de la clase del día anterior. No hacía falta ser muy inteligente y observador para percatarse de que habían pasado una buena noche. Los ojos de ella brillaban, y su melena estaba despeinada. Él, en cambio, lucía una sonrisa satisfecha que fue directa a mi corazón.

Tragué saliva y forcé una sonrisa que distaba de mostrar cómo me sentía en realidad.

—Eh, no llegues tarde luego, ¿de acuerdo? —le advirtió mi hermano a Garret—. No pensamos esperarte.

—Sí, sí. En casa de Will a las ocho. Entendido. —Garret clavó sus ojos azules en mí—. ¿Cómo te encuentras, Abbey?

—Bien, yo…

—Oh, ¿no eres tú la chica a la que lanzaron por los aires en la clase de judo? —inquirió la pelirroja, que interrumpió mis torpes palabras.

Apreté tantos los dientes que temí rompérmelos.

Lo peor fue cuando Garret hizo el mayor de los esfuerzos por contener una risa. La pelirroja no parecía haberlo hecho con mala intención, pero a mí me sentó como una patada en el estómago. Además, habría jurado que ambas teníamos la misma edad.

—Sí —respondí con acidez.

—¿Y cómo te encuentras? Vuestro otro amigo estaba hecho una furia.

—Will. Ese es Will —le aclaró Garret antes de bostezar—. Vamos a desayunar. Me muero de hambre.

Mi hermano se despidió de ellos mientras yo me quedaba callada. Un mal sabor de boca inundaba mis papilas gustativas mientras veía cómo Garret colocaba una de sus grandes manos sobre el muslo de la pelirroja. Me alejé un paso para no ver cómo se deslizaba por dentro de la falda y ella se tensaba.

El coche rojo arrancó, y se alejaron de nosotros.

Cogí una enorme bocanada de aire en un intento por aliviar el creciente dolor que se había instalado en mi pecho. Me pregunté por qué Garret no se fijaba en mí. La pelirroja y yo éramos de la misma edad, y él debía de saberlo. Sin embargo, nada importaba. Por más que intentara llamar su atención, nunca lo conseguía. Estar enamorada de él y ser testigo de todos y cada uno de sus gestos cariñosos con las mujeres con las que se acostaba era como una lenta tortura en mi alma.

El coche ya no se veía desde mi posición, pero yo era incapaz de retirar la mirada. Dos años colada por él… ¿y para qué había servido? Para salir con chicos de la facultad que fueran parecidos a él: rubios, ojos claros, altos, musculosos… y ese aire de picardía y chulería que me arrebataba el aliento.

—Eh, ¿continuamos? —Mi hermano me frotó un hombro. Se aclaró la garganta, como si se sintiera incómodo—. Deberías dejar de pensar en Garret, Abbey. No es para ti.

Abochornada por haber sido pillada, alcé la barbilla. Sabía que me temblaba, y mi hermano me miró con cierta pena.

—¿Vamos a correr o me voy a casa? —quise saber sin mucha convicción.

Reanudé el ritmo y poco a poco comencé a correr más. El aire frío de la montaña me golpeaba el rostro, cosa que agradecía. De esa forma mi hermano no sería consciente de lo avergonzada y dolida que estaba. La sangre que se me había acumulado en las mejillas comenzaba a dispersarse. Solo en ese momento me enfoqué en la entrada al bosque, en todos aquellos árboles verdes y espesos que me darían la bienvenida y me ayudarían a desconectar.

Recordé esa noche, dos años atrás, cuando fui a recoger a Garret en mitad de la noche. No es que él me hubiese llamado, ni mucho menos. Había sido un verano caluroso, y mi hermano y yo estábamos tumbados en las hamacas del jardín, mirando las estrellas. Él bebía un botellín que debió de ser… ¿el quinto? antes de quedarse dormido y dejar que el móvil se deslizara por su mano hasta el césped.

El teléfono vibró varias veces en una silenciosa petición que mi hermano no respondió. Su pecho subía y bajaba en mitad de la noche, y fue justo cuando se dio la vuelta para dormir sobre un costado que yo estiré la mano. Recordaba lo rápido que había latido mi corazón cuando mis dedos tocaron el acero del aparato.

Lo desbloqueé con bastante facilidad, pues ¿qué hermana no se sabía la clave de su hermano?, y miré sus mensajes. Ignoré todos aquellos que provenían de chicas con las que se había acostado y me enfoqué en el de Garret. La saliva se me había acumulado en la boca cuando me percaté, tras leer el contenido del mensaje, de que aquella era mi oportunidad para dar un pequeño paso.

Sin pensarlo mucho más, le respondí escuetamente y entré en casa para coger las llaves del coche de mi padre. Mis padres se habían ido a pasar el fin de semana a Billings, la ciudad más poblada de Montana, junto con otro matrimonio, por lo que nadie se enteraría de que tomaría prestado el vehículo.

Sin pensarlo mucho más, diez minutos más tarde conducía hacia la dirección que Garret me había facilitado. No había ni una sola alma en Helena, lo que me recordó lo tarde que era. La luna llena se había liberado del confinamiento de las montañas e iluminaba el cielo. Las estrellas eran como pequeñas bombillas de colores fugaces que me señalaban el camino hasta el pub donde Garret se encontraba.

Fue descubrirlo, apoyado sobre la pared del pub, lo que provocó que una enorme sonrisa decorara mi rostro. El corazón me iba a mil, y verlo tan guapo me hizo soltar un suspiro. Llevaba una camiseta de manga corta blanca, y unos vaqueros enfundaban sus largas piernas.

Él se colocó una mano sobre el rostro cuando las luces del coche lo cegaron.

Unos segundos más tarde, se montaba en el coche y me miraba con sorpresa.

—¿Abbey?

Su voz ronca me arrancó un suspiro. Su aliento, mentolado y mezclado con lo que había bebido, llegó hasta mi nariz.

Obligué a mi cerebro a trabajar a la mayor velocidad posible. Tenía que inventarme una buena excusa.

—Mi hermano estaba liado y me ha pedido que viniera a por ti.

Garret sacudió la cabeza.

—Eso es raro. Stephen no quiere que conduzcas de noche. ¿No tuviste un accidente hace un mes?

Que se acordara de que la poca visibilidad de la noche me había jugado una mala pasada y me había hecho llevarme por delante la valla de mi vecino me mosqueó.

—Eso fue un malentendido.

—¿No te llevaste por delante la valla del vecino?

Empezaba perder la paciencia.

—¿Quieres que te deje aquí y me marche a casa? —solté mientras tamborileaba con los dedos contra el volante.

Garret parpadeó durante varios segundos antes de sacudir la cabeza.

—Joder, no. Gracias.

—Bien. Pues abróchate el cinturón —le ordené antes de meter la primera marcha y salir del aparcamiento de aquel pub.

¿Qué demonios hacía allí, solo, con tantos hombres borrachos consumiendo sin parar? Había alguna que otra moto aparcada, iluminadas por el letrero de aquel pub y las escasas farolas. Era tan desolador y frío que me pregunté qué necesidad tendría de ir allí.

Conducía sumida en un ensordecedor silencio que me permitió saber que, una vez más, no pasaría nada.

Me aclaré la garganta y miré de reojo a Garret.

Joder, qué guapo era. Tenía un perfil digno de un modelo.

Me humedecí los labios antes de clavar los ojos en la carretera.

—¿Qué hacías allí?

—¿Eh?

—En el pub. Solo. Ni Will ni Stephen te han acompañado.

Él asintió con lentitud.

—Solo quería divertirme un rato.

—¿Y no puedes divertirte sin tener que beber?

Garret se mordió el labio inferior, y fue la cosa más sexy del mundo. Se me cerró la boca del estómago.

—De acuerdo, tienes razón: había quedado con los compañeros del gimnasio.

—¿Y te han dejado solo?

No pude evitar soltárselo: de ser así, me parecían unos cabrones.

—Se supone que me iba al apartamento de una… chica.

Oh, oh…, quizá fuese mejor no querer saber nada. Tenía pinta de que aquella historia no me gustaría nada. Sin embargo, él pareció coger carrerilla, ya que continuó sin que se lo pidiese.

—Pero se ha marchado.

—¿Te ha dejado tirado? —pregunté, sorprendida y sin creerme aquello. ¿Quién en su sano juicio le haría eso a un hombre tan sexy y arrollador como Garret? Era como una estatua del dios Apolo. Perfecto en todos sus ángulos.

—Me he acabado liando con su compañera —reveló algo avergonzado.

No dije nada, y él debió de percibir mi incomodidad, ya que se quedó callado.

¿En serio? ¿Es que no era capaz de actuar ni una sola vez como un hombre normal? Quise gritarle que era un cerdo, que aunque estuviera soltero y tuviera total libertad para hacer lo que le diese la gana, yo estaba colada por él. Quería que no actuara así. Quería que cambiara, que dejara de verme como la hermana pequeña de su amigo. ¿Acaso pedía tanto?

Imaginar aquellos labios carnosos sobre otros para luego humedecerlos con su lengua… me rompió el corazón. Por completo. Me sentía estúpida, incapaz de cerrar aquel amor juvenil que había comenzado en cuanto yo pasé a la adolescencia y comencé a fijarme en aquel escultural rubio.

Sabía en lo más profundo de mi ser que mi historia con Garret nunca sucedería. Estaba destinada al fracaso incluso antes de empezar. Aun así, no podía admitirlo. Silenciaba aquella voz que me exigía que me olvidase de él y buscase a otro que no fuese a hacerme sufrir tanto.

Unos quince minutos más tarde, dejé a Garret en su casa.

Se oía el canto de los grillos, y yo habría disfrutado de aquel momento de no haber sido por las palabras de él, que me quemaban por dentro.

—Bien, ya hemos llegado. Haz el favor de llevarte coche la próxima vez —le recomendé con premura. Por primera vez en mi vida, quise alejarme de él y pensar en todo lo que había ocurrido esa noche.

Garret me dedicó una de esas sonrisas mojabragas que, en otra situación, me habría arrebatado la respiración.

—Gracias, Abbey. —Garret se desabrochó el cinturón y entornó los ojos antes de mirarme fijamente.

Nerviosa, me percaté de que me recorría con la mirada. Por el brillo que desprendían sus ojos, supe que, a pesar de no estar borracho, tampoco estaba sobrio.

—¿Por qué no te bajas del coche? —me aventuré a preguntar.

—¿Cuándo has crecido tanto?

Puse los ojos en blanco y solté una risa seca.

—Tengo veinte años, Garret. Terminé de ser una niña hace bastante tiempo.

—Eso me dijo Will, sí —musitó más para sí mismo que para mí—. Me dijo que habías cambiado. Tu hermano cogió un cabreo de cojones.

Sacudí la cabeza, sorprendida.

—¿Eso dijo Will?

—Sí, que estabas guapísima. —Garret sonrió—. Tendrías que haber visto a tu hermano. Estaba hecho una furia.

—Pero Will tiene novia.

Él se encogió de hombros.

—Es un secreto a voces que no está enamorado de ella.

—Eso no es excusa —debatí con cierto enfado—. ¿Qué demonios os pasa a vosotros tres? Tenéis cuerpos de hombres pero actuáis como niños.

—Espera, espera, ¿desde cuándo se ha vuelto esta conversación tan seria? Estoy algo tocado por el alcohol y es demasiado tarde para que me regañes.

—Alguien tiene que hacerlo. Actúas como un fuckboy.

Comencé a verlo todo rojo cuando Garret se rio a carcajadas en mi cara. El sonido de su risa era masculino y ronco. Joder, todo en él era así. No había ni una sola parte de él que no me atrajera como una polilla a la luz.

Bueno, sí, su actitud. Pero eso era una historia parte.

—¿Dónde has aprendido ese término?

—¡Por Dios, Garret! Estoy en la facultad y no soy virgen. ¿Podéis parar de verme como la hermana pequeña de Stephen? Soy una mujer y también sé divertirme.

—¿No eres virgen? Como tu hermano…

—¡Deja de mencionar a mi hermano! —estallé.

A él pareció hacerle gracia mi enfado, pues estiró un brazo para agarrarme por los hombros y abrazarme.

—Oh, vamos, Abbey. Esto es muy incómodo.

—¿Tú puedes decir que te has liado con dos tías en una noche pero yo no puedo decir que no soy virgen?

Garret sacudió la cabeza antes de encogerse de hombros.

—Supongo que sí. No sé, me parece cómico. Eres como una hermana pequeña para mí, por lo que imaginarte teniendo sexo es… perturbador…

¿Era yo o acababa de sonar en el coche cómo mi corazón se rompía en mil pedazos? Porque sus palabras fueron como una daga en mi pecho. Certeras y afiladas. Me había dado en mi punto débil y sin tan siquiera proponérselo. Quise contener las lágrimas y mirar hacia otro lado, pero fue justo en ese momento cuando no pude acallar la voz de la razón.

Estoy en el lugar equivocado con la persona equivocada. Siempre lo ha sido.

Tragué saliva. ¿Era consciente Garret de lo mucho que acababa de herirme? Supuse que no, ya que me observó con confusión antes de acercarse a mí hasta casi acortar la distancia entre nuestros rostros.

—¿Estás llorando? Maldita sea, con esta oscuridad no veo una mierda.

Negué con la cabeza y desvié la cara hacia el otro lado. Intenté concentrarme en las casas adosadas.

—No. Solo estoy cansada.

Garret me agarró por la barbilla con cierta torpeza para girarme la cara. Lo hizo con esfuerzo, ya que yo luché hasta el último momento para evitar que me viera sumida en la más profunda humillación.

—¿Qué te pasa?

Nada, solo me has roto el corazón.

Musité una mentira creíble:

—Lo he dejado… con mi rollo de la facultad.

—Vaya…

—Sí. Yo estoy enamorada de él, pero para él no es lo mismo. De hecho, se ha liado con unas cuantas al mismo tiempo que estaba conmigo. —No sé por qué lo hice, pero le estaba contando su historia reflejada en él. Garret no se dio cuenta, y me miraba con cierta tristeza.

—Es un capullo. Búscate a otro.

—Eso haré —expresé sin mucha convicción.

—Déjame decirte algo, Abbey: si un hombre no hace nada por verte ni repara en los más mínimos detalles, lamento decirte que no está detrás de ti. —Sentí su aliento en mis labios, y a medida que lo escuchaba solo pude bajar la mirada y asentir—. Somos muy simples.

—Me he equivocado —murmuré.

—Eres una chica guapa. No te costará encontrar a uno al que le gustes. Eso sí, no se lo digas a tu hermano, ¿de acuerdo? —Garret me dio un pequeño pellizco en la barbilla—. Me cortaría las pelotas.

Mi corazón se saltó un salido cuando él se inclinó para darme un beso en la mejilla. Su torpeza le hizo parar en la comisura de mi boca, y aunque no pareció darse cuenta, para mí fue algo mágico. Suaves y calientes, así eran sus labios. Notaba que aquella zona me ardía en un desesperado intento por calmar mi hambre y volver a sentirlo.

—Gracias, Abbey.

—De nada —musité una vez cerró la puerta del coche.

Regresé a casa con la música de la radio a todo volumen. En vez de aprender de la situación, de leer entre líneas que Garret no me veía más que como la hermana de su amigo, cometí el error de taparme los ojos y centrarme en ese accidentado beso que para él no había significado nada.

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