Siempre fuiste tú

Emily Delevigne · Capítulo 15 de 16

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Siempre fuiste tú

Capítulo 12

12

 

 

WILL

—Gracias por todo, Will. Te agradezco de verdad que hayas venido desde Montana para echarme una mano —dijo Raquel, que me dio un abrazo con fuerza.

Sorprendido por la muestra de afecto, le froté la espalda con rapidez.

—No ha sido nada.

—Lamento haberte avisado con tan poco tiempo, pero tomé la decisión de la noche a la mañana.

—Ya sabes que es mi trabajo. Siempre que necesites algo, ahí estaré yo.

Raquel era una clienta mexicana que acababa de iniciar los trámites de divorcio. Se llevaba unos veinte años con su marido, y aunque en varias ocasiones se había echado para atrás cada vez que venía a mi despacho, aquella vez algo parecía haberla empujado. Supuse que podía haber sido su hijo, Henry, o quizá se había dado cuenta de que estar con una persona que te ignoraba y pasaba varias semanas fuera de casa trabajando no era la vida que uno quería.

Habría mentido si hubiera dicho que no me había costado marcharme de Montana.

Pero, a la vez, había sentido que era la única opción que me quedaba.

Había besado a Abbey. Maldita fuera, ni en mis más oscuras fantasías me había sentido tan bien.

Había guardado la esperanza de que ella dijera algo. De que se tirara a mis brazos y se olvidara de Garret de una puñetera vez. Desgraciadamente, eso no había pasado, por lo que, cuando recibí una llamada de mi secretario sobre el caso de Raquel, vi la oportunidad perfecta de poner distancia entre nosotros.

Me separé de mi clienta y contemplé sus ojos negros.

—Llámame para cualquier cosa que necesites, ¿de acuerdo? Te mantendré informado.

—Gracias.

—Todo irá bien —dije con una sonrisa que supe que la ayudaría a calmarse.

Fui hasta el aparcamiento donde tenía mi coche. Me subí y conduje hasta casa. Puse la primera emisora de radio que había y subí el volumen. Todo con tal de no dar cabida a los pensamientos que tenía de Abbey ni a lo mucho que la echaba de menos.

Joder, habría dado todo lo que tenía con tan solo volver a besarla.

Al llegar, entré en la casa en la que vivía y que, según mis padres, era poco glamurosa para un abogado que trabajaba en el centro de la ciudad de Nueva York. Había recibido importantes ofertas de grupos de abogados para trabajar en su bufete, pero mi sueño siempre había sido ir por libre, aceptar los casos que me llenaban y no sentir presión en ningún momento.

Para mí, mi hogar transmitía tranquilidad. Era el sitio perfecto para desconectar de todo.

O casi todo.

Fue directo a la ducha. Me desnudé y me metí bajo el foco de agua.

Me aclaraba el champú del pelo cuando el timbre sonó.

Extrañado, cerré el grifo y cogí una toalla para enredármela a la altura de las caderas. Fui dejando huellas húmedas en el suelo de mármol a medida que me acercaba a la puerta.

El timbre volvió a sonar.

Joder, qué impaciente, pensé de mal humor. Lo que menos me apetecía era tener que atender a nadie fuera de mi horario de trabajo. Más de una vez, algún cliente había venido a mi casa para hablar, cosa a lo que yo me negaba tajantemente.

Esperaba que aquello no fuera por eso mismo.

Abrí la puerta justo cuando llamaban una tercera vez.

—¿Qué demonios…?

Me quedé a la mitad de la frase al ver a Abbey en la puerta, con una maleta pequeña en su mano izquierda. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones vaqueros que le sentaban de maravilla.

Estaba preciosa.

Sus ojos, pardos, brillaban. Habría jurado que estaba nerviosa, ya que se mordía el labio inferior.

Verla provocó que una oleada de felicidad me recorriera de arriba abajo.

—¿Abbey? ¿Qué haces aquí?

Ella me empujó para que entrara en mi casa. Cerró la puerta tras de sí y, tras dejar la maleta a un lado, me cogió el rostro con las manos.

Me besó con ansias, con las ganas propias de una persona que se había estado conteniendo durante mucho tiempo, y yo no pude menos que gemir y rodearla con mis brazos. La toalla que me tapaba cayó al suelo, y nada pudo ocultar que mi pene se endurecía a cada segundo que pasaba.

Los labios de Abbey se volvieron fieros, mordió y lamió los míos antes de quitarse la camisa blanca y tirarla al suelo.

—Te amo, Will —dijo mirándome fijamente.

Quise responderle lo mismo, olvidarme de todo y lanzarme hacia ella. Sin embargo, algo me paraba los pies. Justo cuando iba a preguntarle qué había cambiado, ella continuó:

—Cuando me besaste, todo cambió. Quise más, muchísimo más. No pude dormir nada esa noche. Recordé todo lo que habíamos vivido juntos. De hecho, cada vez que recordaba todos mis malos momentos en el colegio, el único que siempre estuvo a mi lado fuiste tú. —Abbey me agarró de las manos y se las llevó a los labios para besarlas—. Dios, te adoro tanto que me siento como una necia cada vez que pienso en todo el tiempo que he malgastado detrás de Garret. Notaba que entre nosotros había algo. Fue el día en el que me ayudaste cuando me lanzaron por los aires… o cuando me pediste que te diera las gracias a cambio de mi mochila. —Abbey suspiró —. He tenido muchas señales de que eras tú con quien debía estar, con quien yo quería estar, pero las ignoré todas. Viví la fantasía de una niña que va detrás de alguien que la ignora cuando mi verdadero tesoro eras y sigues siendo tú.

Las palabras de Abbey fueron como un bálsamo para mí. Había necesitado durante tanto tiempo oírlas… Que se hiciera real y ella sintiera lo mismo me provocaba una inmensa felicidad.

La rodeé con los brazos y enterré el rostro en el hueco entre su cuello y su hombro.

—Maldita sea, Abbey. He deseado tanto que dijeras esto…

—Te amo —susurró con voz temblorosa—. Temía haber llegado tarde.

—Nunca es tarde si se trata de ti.

—Pensaba que te habías marchado por mí.

—Y así fue —admití, acercando mi nariz a su pelo para olerlo: fresas. Olía a fresas. Un ramalazo de deseo me recorrió todo el cuerpo—. Necesitaba poner distancia de por medio si no quería volver a besarte sin tu consentimiento.

—Lo habrías tenido, cariño —dijo emocionada—. Lo tendrás siempre.

Busqué sus labios con ferocidad y me apoderé de ellos. Penetré en su boca mientras mis manos luchaban por quitarle el resto de la ropa. Lo primero que hice fue acariciar sus pechos llenos, sentirlos en mis manos. Pasé los pulgares por los pezones erectos y la escuché gemir contra mí.

La separé de mi cuerpo y desplacé mis labios desde sus labios hasta su cuello, bajando por sus pechos. Me metí un pezón en la boca y lo lamí una y otra vez, sin salir del enorme gozo que me provocaba estar tocando a la mujer a la que había amado desde que tenía memoria.

Los gemidos de Abbey se iban quedando grabados en mi cabeza como una dulce melodía. El deseo fluía por mis venas como fuego, y sentía el miembro duro y caliente contra su estómago.

Cuando una de sus manos rodeó mi erección, gruñí contra su pecho.

—Joder, Abbey…

—He deseado tanto tiempo hacer esto… —murmuró mientras me acariciaba.

Su pulgar jugaba con mi glande. Hacia círculos sobre él y luego bajaba por todo el tronco. Los movimientos de su mano, rápidos y regulares, no tardarían mucho en llevarme hasta el clímax.

Sin embargo, yo deseaba saborearla.

—Te prometo que luego tendremos más tiempo —juré mientras me desplazaba hasta estar de rodillas y a la altura de la cremallera de su pantalón—. Pero voy a explotar si no te como entera, cariño. Deseo que te corras en mi cara una y otra vez.

Abbey gimió y asintió. Sus mejillas estaban sonrojadas, y supe, al ir a quitarle la ropa, que ya estaba más que lista para mí. El olor de su excitación me volvió loco, y solo pude bajarle los pantalones y la ropa interior hasta los tobillos antes de posar mi boca sobre su sexo.

—¡Will! —gimió, enredando los dedos en mi pelo.

Pasé la lengua por toda su entrada y luego me metí el clítoris en la boca. Me guiaba por los sonidos que hacía, y, cuando introduje un dedo en su interior y lo curvé, supe que no tardaría mucho en correrse. Lo metí y lo saqué varias veces, asegurándome de acariciarla en todo el proceso. Mi lengua tampoco paró en lamerla, y ella apenas tardó un par de minutos en alcanzar el clímax.

Abbey recuperó el aliento unos segundos más tarde y se arrodilló para colocarse encima. Supe que quería meterse mi polla en la boca, lamerla y hacer que me corriera, pero yo no tenía el aguante suficiente como para no penetrarla y sentir su sexo alrededor del mío.

Cuando bajaba por mi cuello, coloqué mis manos en su cintura y di la vuelta cogido a ella.

Ella me miró, extrañada.

—Ya tendremos tiempo para esto —susurré contra sus labios—. Solo déjame que te folle, duro y rápido.

Abbey se mordió el labio inferior y gimió.

—Sí, por favor.

Hice el amago de incorporarme para buscar un condón cuando ella me paró en seco.

Confundido, alcé una ceja.

—Traigo un condón en el bolsillo trasero del pantalón —murmuró avergonzada, como si la hubiese pillado haciendo una trastada.

Aquella confesión me arrancó una carcajada.

—Vienes preparada, ¿eh?

—Digamos que tenía esperanza de salir victoriosa —dijo juguetona.

Estiré la mano para terminar de quitarle el pantalón y la ropa interior. Efectivamente, en uno de los bolsillos había un condón. Me dije que luego la picaría sobre sus sucias intenciones conmigo y rasgué el envoltorio.

Me coloqué el condón a duras penas y alcé una de sus piernas para ver su sexo.

Mojado, rosa e inflamado. Maldita fuera, estaba preciosa; no hacía justicia a las fantasías que había tenido cada mañana desde que había cumplido dieciocho años.

Coloqué la roma cabeza de mi glande en su entrada y empujé con lentitud.

Un gruñido escapó de mi garganta cuando me sentí rodeado por sus músculos. Estaba tan mojada que, para desgracia mía, dudaba que fuera a aguantar mucho.

—Joder, estás muy estrecha, Abbey. Me encanta.

Ella se mordió el labio inferior y alzó las caderas.

—Fóllame, Will. Fóllame ya.

Sus palabras terminaron por resquebrajar mi poco control. Le penetré de una sola estocada hasta que mi polla desapareció en su interior.

Abbey me rodeó con los brazos y me clavó las uñas en la espalda.

Joder, qué bien…

Comencé a moverme, salía y entraba de ella, aumentando el ritmo a medida que el placer amenazaba con alcanzarnos. Veía las muecas de disfrute de Abbey, cómo se retorcía debajo de mí y me alentaba a ir más rápido.

Llevé una de mis manos hasta su clítoris y lo acaricié; sin embargo, supe que no lo necesitaría: se correría en cuestión de segundos, ya que me envolvía con tal firmeza y fuerza que sudaba por no liberarme justo en ese momento.

—Sigue, cariño. Estoy muy cerca…

Su voz, jadeante, hizo que aumentara las embestidas y diera una última que la condujo al orgasmo. Su sexo me apretó como un guante y me arrastró con ella. El olor de nuestros cuerpos nos envolvía como una segunda piel y su sabor en mi boca despertaba en mí la necesidad de volver a saborearla.

Joder, estaba hambriento.

Quería más.

Abbey debió de notarlo, ya que se rio.

—¿Ya estás listo otra vez?

Respondí besando el arco de su cuello y subiendo las manos a sus pechos. Mierda, eran perfectos.

—Llevo esperando desde que cumpliste dieciocho años. Creo que justifica el hambre que te tengo.

Ella asintió y dio la vuelta abrazada a mí con asombrosa rapidez. Sus ojos, pardos y brillantes, me volvían loco.

—Quiero estar así toda la vida. Prométemelo, por favor.

La necesidad de su voz tocó algo muy profundo dentro de mí. La amaba con cada poro de mi ser. Abbey era la mujer con la que quería casarme y tener hijos. La conocía a la perfección. No tenía ni una sola duda al respecto.

Me dije que tendría tiempo de sobra para demostrárselo. No pensaba dejarla escapar.

—Siempre fuiste tú, Abbey. Y siempre serás tú.

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