Siempre fuiste tú
Epílogo
DOS AÑOS MÁS TARDE
WILL
Regresábamos a Helena para pasar la navidad con la familia de Abbey. Mentiría si no admitiese que me moría de ganas por ver a Stephen y a Ava, quienes habían formalizado su relación hacía apenas un año. Recordaba con precisión aquellos años en los que Stephen y yo habíamos tenido que dar un rodeo para acompañarlas a casa, ya que Abbey tenía la mala costumbre de desviarse e irse a sitios nuevos para explorar y jugar con sus amigas.
Salíamos del aeropuerto regional de Helena cuando Abbey alzó la mano y llamó a un taxi.
—¡Bien! Ese es nuestro, cariño —dijo con alegría antes de guiñarme un ojo.
Su entusiasmo, igual e intacto al que había tenido de niña, me sacó una sonrisa.
—Todo nuestro —añadí yo antes de saludar al taxista y guardar las maletas.
El trayecto fue cómodo y silencioso, y solo estuvo interrumpido por los comentarios de Abbey, que golpeaba el cristal para señalarme cualquier cosa que llamase su atención. Su melena castaña, recogida en una coleta, estaba más larga de lo usual, y aunque ella decía una y otra vez que pensaba cortársela, yo sabía que no lo haría.
Por mí. Porque me encantaba jugar con los mechones y perderme en su olor.
La amaba con cada poro de mi ser, como si de un fuego imposible de extinguir se tratara. Se propagaba por cada miembro de mi cuerpo y prendía el deseo y el hambre de devorarla.
Como me estaba pasando en ese momento.
Ansiaba colocar mi mano en su muslo y subir hasta su entrepierna. Quería cubrirla, apretar y sentir el calor que desprendía su sexo.
Joder, ¿es que nunca iba a dejar de babear por ella?
Abbey, quien me conocía como la palma de su mano, se mordió el labio inferior.
—¿Tienes hambre? —preguntó con voz aterciopelada, y separó las piernas.
El taxista nos ignoraba, pues para cualquiera aquella no sería más que una simple conversación entre una pareja.
Tragué saliva y me fijé en sus labios rosados.
—Mucho.
—Bien… Porque te tengo algo preparado para más tarde.
Abbey extendió su mano y la colocó en mi rodilla. Me tensé de inmediato y maldije en voz baja.
—Joder.
—Vale, ya paro… —Esbozó una pequeña sonrisa—. Tengo ganas de ver qué han preparado mis padres para comer.
Yo asentí. Sin lugar a dudas, algo lo bastante bueno como para que todos repitiésemos y acabásemos por llevarnos las sobras.
No fue hasta que el taxista nos dejó frente a la puerta de los Winters que sentí un pellizco en el estómago. ¿Estaría allí Garret? ¿Cómo reaccionaría Abbey? La miré de reojo y contuve un suspiro.
No tenía ni la menor de las dudas sobre sus sentimientos hacia mí: se había mudado conmigo desde Helena, alejándose de su familia y de Ava. No tenía ni una sola razón para dudar de ella. Sin embargo, la devoción que había visto en sus ojos desde niña cuando veía a Garret provocaba que una sombra de incertidumbre se cerniera sobre mí.
—¿Estás bien?
Sacudí la cabeza y me tragué el nudo de nervios que me atenazaba la garganta.
—Por supuesto.
—Ya verás que bien lo pasamos —me aseguró.
Pagamos el taxi y, justo cuando sacábamos nuestras maletas, Margaret abrió la puerta.
—¡Aquí estáis! ¡Por fin! ¡Stephen, ayúdalos con las maletas!
Unos quince minutos más tarde, las maletas descansaban en la entrada de la casa. Los padres de Abbey me abrazaron con cariño mientras repetían una y otra vez lo contentos que estaban de vernos.
Stephen me dirigió una mirada cargada de intenciones antes de darme un puñetazo suave en el hombro.
—¿Qué? ¿Te ha hecho mi hermana el viaje muy pesado?
Abbey, que lo escuchó, le sacó la lengua. Luego pasó de él y fue con Ava y su madre a la cocina.
—Tu hermana es fantástica —aseguré.
—Ya…, bueno, siempre has estado enamorado de ella. —Se encogió de hombros—. ¿Cómo lleva vivir en la gran ciudad?
—Bastante bien, la verdad —admití. Escuché a lo lejos las risas de Abbey en la cocina. Debía de estar bebiendo algo—. Ha hecho un grupo de amigas con las que sale los jueves después del trabajo.
—¿Karaoke?
—Sí. Karaoke.
—Joder, aún sigue con esa manía de cantar todo lo que…
—¡Te estoy escuchando! —saltó Abbey, que salió de la cocina con dos cervezas. Me pasó una—. Toma, cariño.
—Gracias.
—Y no canto tan mal.
—Por supuesto que no —la apoyé. Por nada del mundo le diría que sus berridos eran poco diferentes a los maullidos de un gato moribundo.
Abbey fue hasta su hermano y le dio un codazo entre las costillas.
—Y tú, ¿cuándo te vas a casar con Ava?
Pude ver cómo mi amigo se tensaba involuntariamente y sus ojos perdían cierto brillo. Al parecer, pocas cosas habían cambiado. Seguía esquivando el matrimonio. Stephen huía de la idea de tener su propia familia. Para él, no había nada que disfrutara más que viajar junto a su novia. No es que me lo hubiera dicho cara a cara, pero, por otras veces que habíamos hablado, pude adivinar que la idea de compartir a Ava con un bebé no le hacía la más mínima gracia.
Y aún menos cuando se había comprado una autocaravana tres meses atrás para viajar.
—Eso es algo de lo que me niego a hablar.
—Pues que sepas que a Ava le encantaría —susurró Abbey, que le guiñó un ojo—. Solo para que pienses en ello.
—¿Will? ¿Te ha dado Abbey algo de beber? —preguntó Margaret, que asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
Alcé mi cerveza y asentí.
—Estoy servido. Gracias.
—Pues venid aquí y comed algo —nos ordenó con cariño. No fue hasta ese momento que me di cuenta de que se había teñido el pelo de un tono más rojizo. Le quedaba bastante bien.
Fui a moverme con Abbey para dirigirnos a la cocina cuando Stephen me paró en seco. Extrañado, asentí hacia Abbey para hacerle saber que me quedaría atrás con él.
—¿No vienes?
—Tengo que decirle algo —saltó Stephen—. De hombre a hombre.
Abbey puso los ojos en blanco.
—Quiero que me lo devuelvas en cinco minutos —advirtió con el dedo alzado.
Observé con detenimiento el rostro de Stephen. Inescrutable y grave, supe que se iba a tratar de algo serio. Rara vez actuaba de esa forma, y aún menos cuando estábamos en navidad. Quise recomponerme y acallar las voces que gritaban en mi cabeza que lo que iba a contarme no me iba a gustar en absoluto.
¿Sería de Garret? ¿Se iba a pasar por la casa de los Winters antes de ir a la de sus padres? Miles de preguntas sobrevolaban mi cabeza, y cada una de ellas hacía más grande la angustia que crecía en mi estómago.
Se me habían quitado las ganas de seguir bebiendo.
—¿Qué sucede? —pregunté, ocultando mi desesperación.
—Garret me ha mandado un mensaje hace una media hora. Se pasará por aquí para desearnos feliz navidad.
Apreté los dientes y asentí. Desde que Abbey y yo habíamos oficializado nuestra relación, Garret, en un intento por no perjudicarnos, se había mantenido completamente al margen. Sabía con certeza que nunca había sentido nada por ella. De hecho, si hubiese querido, en esos momentos él estaría ocupando mi sitio. Abbey cogería su mano y lo miraría con la misma adoración con la que me miraba a mí.
—¿Estás bien? —inquirió mi amigo, quien seguramente leía el malestar que reflejaba mi cara.
—Sí. Todo bien.
Sin embargo, los minutos pasaron con rapidez, y, ante la ausencia de Garret, el nudo que se había formado en mi garganta desapareció. Me dije que no tenía motivos para sentirme así. Abbey no se merecía que yo estuviese enfrascado en mis pensamientos y malhumorado mientras pasábamos la navidad con su familia.
En un esfuerzo por mejorar mi estado anímico, esbocé una sonrisa y miré a Margaret.
—Esto está riquísimo —la halagué, señalando la carne.
—Me alegro. He estado todo el día cocinando con la ayuda de Peter. — Señaló a su marido, que le guiñó un ojo—. Hacemos muy buen equipo en la cocina.
—Y en todas partes —añadió Peter.
—Vale, de acuerdo, demasiada información —los interrumpió Abbey —. Por cierto, yo…
El timbre sonó.
Stephen me miró.
Yo apreté las manos hasta convertirlas en puños al mismo tiempo que sentía un repentino sudor frío recorriéndome la espalda.
Abbey frunció el ceño.
—¿Quién será?
—Voy yo. No os preocupéis —dijo Ava, que con una sonrisa se levantó y fue a abrir.
—¿Quién será? Estamos todos… —Abbey me miró y se estiró para besarme en la mejilla. Aquello mejoró mi malestar—. Estás guapísimo, ¿lo sabías?
Fui a responderle cuando Garret hizo acto de presencia. Sus ojos azules pasaron por todos y cada uno de los que estábamos allí, hasta que recayeron en mí. Me sentí como un verdadero desgraciado al comprobar que se alegraba de verme.
Me levanté con cierto esfuerzo y acepté el abrazo que me dio.
—¿Qué tal, Will? Feliz navidad.
—Felices fiestas, Garret. Me alegro de volver a verte.
—¡Garret! Siéntate y tómate algo con nosotros —dijo Margaret, que se incorporó para hacerle un hueco en la mesa.
Garret, levemente incómodo, sacudió la cabeza.
—No quiero causar molestias…
—Vamos, quédate. —La voz de Abbey resonó a mis espaldas. Luego, como si ella supiese que lo necesitaba, colocó una de sus manos sobre mi hombro e hizo círculos con lentitud y cariño, como si quisiera relajar mis nervios—. Will tiene muchas cosas que contarte. Y seguro que tú a él también.
Garret, que llevaba un traje de chaqueta bastante formal, me dirigió una mirada dubitativa. Era su forma de saber si era bienvenido o no, a pesar de que aquella no era mi casa ni tampoco mis normas. Y aunque lo fuesen, yo no habría sido tan capullo como para echarlo de una patada en el culo.
Era mi amigo.
Tarde o temprano tendría que enfrentarme a mis inseguridades, y quizá ese fuera un buen momento.
—Claro, quédate con nosotros un rato.
Durante unos treinta minutos, Garret se tomó un par de cervezas y picó algo. Nos contó que había conseguido un préstamo para abrir un gimnasio en Helena y que seguramente lo haría con un compañero. Parecía tan entusiasmado como un niño en la noche de navidad. Hablaba con todo lujo de detalles mientras sus ojos brillaban como dos faros en la oscuridad.
Durante la conversación, estuve atento de los gestos de Abbey, que sonreía y lo escuchaba, al igual que el resto de la mesa. Pero eso era todo. No mostraba ni el más mínimo interés amoroso que pudiese haber sentido años atrás.
Poco a poco, mi cuerpo se fue relajando y terminé por disfrutar de la velada. Me despedí de Garret con la promesa de que quedaríamos antes de que volviésemos a Nueva York. Lo acompañé hasta la puerta y esperé hasta que su coche no fue más que un punto blanco en la oscuridad.
Suspiré y vi el vaho que salía de mis labios.
Sí que ha cambiado la vida, pensé mientras contemplaba la decoración navideña de los Winters.
—¿Te encuentras bien?
No me hizo falta girarme para saber de quién se trataba. Reconocería su voz y su olor en cualquier parte del mundo. Para mí, Abbey era única.
Me di la vuelta y la miré.
—Me encuentro genial.
Una enorme sonrisa surcó su rostro antes de venir hacia mí y abrazarme.
—Pues entonces continuemos comiendo y disfrutando.
Y eso hicimos.
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