Siempre fuiste tú
Capítulo 9
9
ABBEY
Algo dentro de mí estalló cuando vi que Will se divertía con una mujer. Estaban en la pista, hablando animadamente. No entendía por qué me afectaba ni por qué sentía que mi corazón iba a explotar de rabia, pero era lo que estaba pasando. Me dio igual que Garret hubiese abandonado a mi hermano en una esquina para irse con una chica de pelo rosa. De hecho, ni siquiera le dediqué más de dos segundos de mi atención.
Lo que sí que captó mi atención fue Will.
¿Por qué demonios esa mujer había colocado una mano en el muslo de él?
Comenzaba a verlo todo rojo.
—Eh, ¿estás bien? ¡Abbey!
Sacudí la cabeza y me alejé un paso de Ava, que pasaba una mano ante mi rostro una y otra vez.
—Sí. No es nada.
—Ya… ¿Tiene algo que ver que Garret se dirija hacia los baños con una chica de pelo rosa?
¿Garret se iba al servicio con…? Aquel hombre no tenía solución. Conseguí encontrarlo a duras penas antes de abrir la puerta y hacerle un gesto a la mujer, que entró tras soltar una risita tonta.
Suspiré y volví a dirigir mi atención a la barra.
Espera.
Will había desaparecido.
Comencé a buscarlo con cierta ansiedad. ¿Habría hecho lo mismo que Garret? No, no era posible. Will no era de los que se acostaba con una mujer en unos baños sucios y malolientes. No. Él era más elegante y cuidadoso. Seguramente la habría llevado a algún restaurante caro para tener más intimidad y conocerla. Hablarían sobre sus trabajos, lo que hacían los fines de semana… Ella caería rendida a sus pies y luego le propondría ir a su casa.
Tendrían una noche de pasión y luego se despedirían.
Sí, Will era diferente. No se tomaba las cosas a la ligera. Era el típico hombre que le presentarías a tu madre con los ojos cerrados. Sería el yerno perfecto: guapo, elegante, educado y con pasta.
Confundida por el cúmulo de sentimientos que se apoderaban de mí, me mordí el interior de la mejilla.
—Necesito ir al baño —dije con voz temblorosa.
—¿Ahora? Pero ¿te encuentras bien? ¿Quieres que nos vayamos?
—No te preocupes. Dame cinco minutos y vuelvo.
Ava asintió y me observó con evidente preocupación.
Pobre… Si hubiese sabido que la razón de mi nerviosismo poco tenía que ver con Garret…
Fui hacia la barra con rapidez, esquivando cuerpos y manos. Mis pies daban unas pisadas seguras y firmes que poco tenían que ver con mi estado emocional. La música martilleaba mis oídos y apenas me permitía oír mis propias reflexiones. Sin embargo, había un pensamiento que se abría paso a través del ruido.
Will.
¿Qué había cambiado? ¿Por qué me importaba que se hubiese ido con otra? A mí me gustaba Garret, estaba enamorada de sus ojos azules y su pelo rubio, de su humor infantil y de la idea de que fuera el futuro padre de mis hijos.
Pero me ardía como una puñalada en el pecho que Will se hubiese ido con otra.
Me paseé por la barra hasta que comprobé que no estaban allí.
Me acerqué al camarero.
—Perdona, ¿has visto a un hombre alto de pelo negro y a una mujer? Estaban tomándose algo aquí, hace apenas unos minutos.
El camarero alzó una ceja, quizá preguntándose cómo demonios me iba a ayudar con tan escasa descripción.
—No, no he visto nada. Lo siento.
—Gracias —musité.
Fui a darme la vuelta para dirigirme hacia donde me esperaba Ava cuando los vi.
Ahí estaban. Bailando, muy cerca mientras la música los envolvía. Ella tenía el trasero pegado a su entrepierna y bajaba con una sensualidad innata. Sensualidad que escaseaba en mí y que nunca tendría debido a la longitud de mis piernas. De pequeña tropezaba una y otra vez, arrancando carcajadas de mis compañeros. Sus insultos y palabras hirientes paraban cuando Will aparecía. Si Stephen no estaba, él se aseguraba de que todos me dejaran en paz. Luego me acompañaba a casa. Escuchaba cómo había ido mi día y luego me distraía con alguna anécdota suya.
Will siempre había estado para mí.
Sin saber qué hacer, me quedé mirándolos. Un amargo sabor de boca inundó mi lengua, y quise vomitar.
Confundida por los pensamientos que tenía sobre Will y sobre mis sentimientos hacia Garret, me di la vuelta y fui hacia Ava.
Mi amiga hablaba con mi hermano.
Fruncí el ceño y me fijé en la comunicación no verbal de mi amiga: leve sonrojo de mejillas, ojos brillantes, se enroscaba un mechón de pelo en el dedo y se mordía el labio inferior… Se movía sobre sus talones con vacilación, como si deseara hacer algo pero se contuviese.
Algo dentro de mí cabeza hizo clic al darme cuenta de que Ava se sentía atraída hacia Stephen.
Mi hermano, al verme, alzó una mano.
—Eh, ¿todo bien?
Ava, que hizo el mayor de los esfuerzos por ocultar su decepción, esbozó una sonrisa. Quería estar a solas con él.
—Sí. Todo bien —me obligué a decir—. Me ha entrado hambre. Voy a salir a comer algo y vuelvo más tarde.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Ava, que dio un paso hacia mí.
—No, no. No hace falta —respondí, y le guiñé un ojo—. Nos vemos en un rato.
—Llámame si necesitas algo —dijo mi hermano.
Asentí vagamente antes de encaminarme hacia la salida. En mi trayecto, vi a Garret, que salía del baño con el pelo revuelto y unas marcas rojas. La chica estaba justo detrás y se recolocaba la falta plateada que llevaba.
Contuve un suspiro y seguí con mi camino. Por algún motivo que desconocía, verlo con esa desconocida no me dolió tanto. Él ni siquiera se había fijado en mí al pasar por su lado. Porque le daba igual. Era un amor no correspondido. Garret apenas recordaría mi nombre si no fuese porque Stephen era mi hermano mayor. Para él nunca había existido la posibilidad de estar juntos.
Mis intentos por hacerme un hueco en la vida de mi amor platónico me parecieron infantiles y vergonzantes.
El aire frío de la noche golpeó mi rostro. Miré a un lado y a otro y decidí que iría a un food truck que había a un par de kilómetros de donde me encontraba.
Me rodeé el cuerpo con los brazos y contemplé lo bonita que se veía la luna aquella noche. Había bastante gente en la calle. Filas y filas de jóvenes esperaban a que les permitieran entrar en los clubes. Un recuerdo cruzó mi mente: la noche que cumplí dieciocho años y Will me llevó al Morgan’s. A mi hermano no le había hecho mucha gracia, pero yo había insistido hasta la saciedad con tal de ver a Garret.
Al final pasé la noche bailando con Will, riéndonos a carcajadas cada vez que lo pisaba. Él bromeaba con dejarme calva si volvía a aplastarle el dedo meñique. También jugamos a los dardos. No gané ni una sola vez, pero consiguió que me olvidase de Garret y disfrutara de mi cumpleaños.
Mi estómago gruñó cuando, una vez cerca del food truck, me llegó el olor a comida: carne, pan, tomate fresco, mantequilla…
Sin pensármelo dos veces, me dije que me sentaría en uno de los bancos para tener una pequeña vista del lago St. Mary’s. Quizá de esa forma ordenara mis ideas y dejara de ver a Will como algo más que ese amigo protector y atractivo que caminaba a mi lado y me tendía la mano cuando lo necesitaba.
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