Sintaxis
6. La herencia de Apolonio
La lectura de Apolonio y la apreciación de su superioridad intelectual permiten sospechar la trascendencia que su obra iba a tener para la historia de la gramática. Por eso, no extraña que sus huellas puedan seguirse de inmediato en todo lo concerniente al tema lingüístico, tanto en el ámbito griego como en el latino: en Sexto Empírico, Aulo Gelio, Macrobio, Pompeyo, Mario Victorino y otros gramáticos latinos de origen griego; y no sólo en la gramática, sino también en la filosofía, por ejemplo, en los comentaristas de Aristóteles, cuyo capítulo aún está sin escribir en las historias de la lingüística, y que más tarde revertirá en la gramática.
El hecho que más decisivamente marcaría la supervivencia de Apolonio
fue el uso que Prisciano (s. [55] VI) hizo de él, pues, al traducirlo al latín en sus Institutiones, modelo durante muchos siglos de todas las gramáticas latinas, lo asentó en los fundamentos de la gramática occidental. De ahí el que incluso Prisciano proporcione una ayuda en absoluto desdeñable para el editor y el traductor modernos de Apolonio. Es obvio que en ocasiones no entiende lo que traduce y se limita a poner palabra por palabra en latín el texto griego, pero esto no niega lo anterior, máxime cuando este mismo mal sigue afligiéndonos en nuestro siglo.
Por la vía griega, el papel desempeñado por Apolonio fue también decisivo; por un lado, en la implantación definitiva e interpretación minuciosa del Manual de Dionisio Tracio a través de los Escoliastas, de Querobosco y de las reelaboraciones posteriores de Moscópulo y Crisolaras; en los dominios de la sintaxis, de manera clara y general, en las obras conservadas de Miguel
Sincelo (s. [56] [57] IX) , Gregorio Corintio (entre el X y el XII), o el resumen de
Máximo Planudes (ss. [58] XIII-XIV ), que, a su vez, conocía la obra de Prisciano; y, ya en pleno Renacimiento, Teodoro de Gaza (1400-1475), profesor de griego en Italia y el primero en incluir la sintaxis en su manual; y, finalmente, Constantino Láscaris (1434-1501), cuya gramática fue el primer libro impreso en griego totalmente (1476) y uno de los últimos en servirse de nuestro
Apolonio sin intermediarios[59].
Esta doble vía griega y latina que confluyó en el Renacimiento instauraría, para siempre, los logros de Apolonio en la tradición gramatical europea en un grado más alto del que, a primera vista, pudiera parecer. Y del Renacimiento a las épocas subsiguientes hasta la modernidad. No es éste el lugar para estudiar a fondo el tema, pero unos pocos ejemplos que nos conciernen directamente pueden dar idea de su importancia. Si tomamos la Gramática de la lengua castellana de Nebrija y la abrimos por el libro IV, que trata de la sintaxis, veremos que empieza: «En el libro passado diximos apartadamente de cada una de las diez partes de la oración. Agora, en este libro cuarto diremos cómo estas diez partes se an de aiuntar y concertar entre sí. La cual consideración, como diximos en el comienzo de aquesta obra, los griegos llamaron sintaxis; nos otros podemos dezir orden o aiuntamiento de partes». Un comentarista de la obra del nebrisense dirá que está traduciendo a Prisciano, XVII 1 y 2, y, aunque Prisciano no oculta sus fuentes («in plerisque Apollonii auctoritatem sumus secuti»), tendrá en parte razón, pero también Prisciano estaba traduciendo a Apolonio, como se podrá comprobar, a su vez, comparando nuestra traducción.
No puedo seguir detallando, pero éste es el tenor general. Apolonio es reutilizado a través de Prisciano y los gramáticos bizantinos, sin que la obra
del alejandrino sea, salvo excepciones, conocida[60]. Lo conocieron
directamente algunos helenistas del siglo [61] XVI , como F. de Vergara y M. J.
de Ledesma; Vives lo nombra para decir que es oscuro, pero quien sí lo conocía y bien fue el Brocense. El maestro Sánchez lo cita en griego para que no haya duda, si bien de su deuda con Apolonio no se ha dicho aún la última
palabra[62], pues no es sólo la deuda directa, sino la indirecta, más difícil de calibrar; por ejemplo, otra fuente importante del Brocense es Linacro, que sigue, a su vez, a Apolonio. Otra prueba de que se apreciaba a Apolonio en el círculo del autor de la Minerva es que su yerno, el maestro Baltasar de
Céspedes, en su [63] Discurso del Humanista , lo cita con admiración. Y, al hablar del Brocense, se habla de la trascendencia de su obra para la Gramática de Port-Royal y, en esta línea, llegaríamos hasta Chomsky que recoge los ecos de la Minerva, aunque no la leyera. Sirvan estos pocos ejemplos para apreciar la importancia de Apolonio y su lugar en los fundamentos de la tradición gramatical.
El gran momento de Apolonio fue el del Renacimiento de las letras clásicas. Tres ediciones: la Aldina, incunable de 1495; la de Felipe Junta, de 1515, en Florencia, que es la de Aldo corregida, y, todavía en el XVI, la de Federico Sylburg, de Francfort, 1590, con la traducción latina del cretense Francisco Porto (1511-1581). Siguen dos siglos de silencio casi absoluto para Apolonio, silencio que quizá se explique, como otros silencios no menos elocuentes, por la corriente antirracionalista y la crisis general del humanismo. El siglo XIX y el gran impulso de la filología clásica alemana le dan nueva vida.