Sintaxis
4. El método de Apolonio
Hemos hablado de platonismo, de aristotelismo y de estoicismo. Ante esto cabría preguntarse por la verdadera posición filosófica de Apolonio. Y la respuesta no puede ser otra que la de un eclecticismo conciliador ante las grandes cuestiones filosóficas y lingüísticas: naturaleza-convención, analogía-anomalía, racionalismo-empirismo. Dar la razón a Crátilo y a Hermógenes, conducirse como Aristarco y como Crisipo y asistir por la mañana a la Academia y por la tarde al Liceo era una postura muy del momento y a la que tampoco se le puede negar su coherencia y su fecundidad. Así, podemos ver en Apolonio, junto al análisis minucioso de los hechos, su preocupación por el sistema; junto al estudio detallado, la sujeción al método, y el culto a la razón sin despreciar el uso, e incluso que aquella debe ceder ante éste (II 102).
4. El método de Apolonio
Si bien en alguna ocasión la obra y el método de Apolonio han sido, por lo que toca a los tiempos modernos, justamente apreciados, sigue siendo un tópico, junto al de los orígenes estoicos, la afirmación de que en la antigüedad no hay verdadera sintaxis, lo que en mi opinión se debe, por un lado, a la manifiesta ignorancia de los textos originales y, por otro, a la costumbre de repetir sin contrastar las opiniones «autorizadas» como recurso fácil que permite eludir la lectura de primera mano. La negación de la sintaxis antigua
ha tenido tan buenos valedores como Steinthal[36] [37] y Collart, cuyas frases se han repetido sin cesar y han servido para propagar tan discutible suposición. La crítica a la noción de sintaxis en Apolonio se centra en la pretendida ausencia de las categorías o funciones sintácticas admitidas como tales, y por haber estudiado la ordenación de los elementos frásicos y no sus relaciones.
La réplica más inmediata a tales detractores consistiría en preguntarles en virtud de qué principio consideran mejor su concepto de sintaxis que el de Apolonio. Porque puede suceder que, si no encuentran la sintaxis, es porque no es la que ellos buscan; lo cual no es motivo suficiente para despreciar
métodos ajenos[38]. Tratando de obviar este peligro y de no hacer la crítica desde posiciones modernas y anacrónicas —como pueden ser el logicismo de
Steinthal[39] o, por el lado contrario, el generativismo de Householder—, vamos a enfrentarnos a esta cuestión procurando al menos la objetividad que emana de las propias palabras del autor.
El primer hecho que salta a la vista es la voluntad de Apolonio de hallar los fundamentos gramaticales de la teoría sintáctica. Para ello parte de una analogía metodológica básica: la letra es a la sílaba lo que la palabra es a la oración, es decir, de la misma manera que existe una determinación fonética en la constitución de la sílaba, del mismo modo existe una determinación sintáctica o de coherencia (katallelótes) en la constitución de la oración. Por tanto, la sýntaxis es una exigencia que abarca a todos los niveles del lenguaje; si bien, en el presente tratado, el objetivo se centra en el nivel superior, la construcción de la oración. Ya sabemos que Apolonio opera, en cuanto al método sintáctico, dentro de un proceso doblemente orientado de análisis-síntesis. El dominio de la sintaxis lo constituye la oración perfecta, el autotelÈs lógos, que presenta dos requisitos básicos: formación, al menos, por dos elementos (nombre-verbo) y la coherencia (katallelótes). Los elementos oracionales se distribuyen en clases que se definen por un conjunto de categorías, rasgos o variables (accidentes gramaticales), cuyo ensamblaje es lo que determina la perfección oracional. El estudio de las leyes que rigen esas relaciones de ensamblaje correcto de los elementos en la oración es el fin de la sintaxis. Y, contrariamente a lo que se suele admitir, esa coherencia se realiza en el doble nivel de los contenidos y de la forma; pues Apolonio habla de que «la oración perfecta [se constituye] de la coherencia de los significados», significados que son cada uno por sí un elemento de la oración (I 2 y 9; IV 16); pero también dice que «la coherencia o incoherencia gramaticales no reside en los contenidos, sino en la construcción de las palabras, las cuales son susceptibles de ir transformándose en la forma adecuada, manteniéndose siempre los contenidos básicos» (III 10).
Y sigue, en parágrafos sucesivos, demostrando cómo la coherencia oracional se deriva de la adecuación formal (tautótes katà phonén, III 27) de las distintas variables o accidentes que definen los elementos de la oración: géneros, números, casos y personas (III 13 ss.). En consecuencia, «las palabras… distribuidas en la frase según sus funciones peculiares, rechazan en virtud de la propia secuencia a aquellas que aparecen en la función que no les corresponde» (III 22). Vemos, pues, cómo la sintaxis oracional se realiza a un doble nivel: los elementos formales de la palabra (idía thésis) determinan la secuencia adecuada (akolouthía); de la misma manera, el significado, o mejor, la función (idía énnoia) de cada una determina la coherencia (katallelótes) del conjunto. ¿Cuáles son estas funciones? Quizá la originalidad mayor de Apolonio resida justamente aquí, es decir, en dar operatividad sistemática a conceptos tradicionales. Los nombres designan cuerpos, y propio de los cuerpos es el actuar y el sufrir (tò diatithénai kaì tò diatíthesthai), «[y de ellos] nace la propiedad del verbo, esto es, la acción y la pasión» (I 16), que es lo que se denomina diáthesis, traducido por el término confuso de «voz», pero que significa «la disposición» en que se halla un cuerpo o concepto con respecto a la acción, como agente o como paciente. La propia acción del verbo puede ser completa en sí misma (verbos intransitivos), o incompleta y que precisa completarse con un objeto (verbos transitivos) al que «pasa» la acción del sujeto; o ser indiferente a la «disposición», de donde resultan los verbos de existencia o copulativos, cuya función es únicamente poner en relación dos conceptos (III 156 ss.). Al considerar a la acción verbal como el elemento catalizador de la oración, las relaciones sujeto-objeto están entendidas como actividad-pasividad, de ahí su dependencia e intercambio con las «voces»: el nominativo es el caso del agente en la activa, y el acusativo el caso paciente (tò pathetikón), y por eso puede mantenerse esta relación al cambiar la disposición verbal en la pasiva (III 178). Pero no sólo es esto, pues, en definitiva, las distintas construcciones verbales (enklíseis) son una consecuencia de las distintas «disposiciones» con
respecto a la acción[40].
Vemos, por tanto, contra tantas afirmaciones preconcebidas, cómo son operativos en Apolonio el concepto de oración, las relaciones sintácticas, el concepto de función, etc. Pero vayamos por partes.
a) Hemos visto ya que Apolonio se sitúa, como presupuesto básico, en el cuarto y último nivel de descripción lingüística, el de la oración, y su objetivo expreso es la sýntaxis toû lógou. También hemos hablado del doble nivel a que se realiza la oración, el semántico, como expresión de un sentido perfecto o autosuficiente, pero también el funcional: «Los casos oblicuos se conectan con los rectos por medio de un verbo inserto entre ambos, la acción del cual pasa del nominativo recto al oblicuo» (I 137). Los elementos fundamentales de la oración son nombre y verbo y los demás se realizan en relación con ellos (I 36). Por otro lado, el concepto gramatical de oración es algo que ya estaba
operante en el [41] Manual de Dionisio, más de dos siglos anterior. Es mérito de Apolonio el haber superado la concepción semántica tradicional.
b) Se diga lo que se diga, Apolonio tiene muy claras las diversas funciones sintácticas o semántico-sintácticas; así, las de sujeto-objeto se expresan de muy diversas maneras: ho energôn-tò energoúmenon, ho drôn-tò drómenon, ho diatitheís-tò diatithémenon, tò hypokeímenon-tò epige-geneménon (I 72; III 148), y otras variantes; el objeto indirecto es, asimismo, considerado en III 178, y un largo etcétera. ¿Por qué va a ser más noción sintáctica «el sujeto» que «el agente», «el que realiza la acción», etc., que son los que encierran, en definitiva, el concepto gramatical de sujeto? Otro error consiste en suponer que, para los antiguos, los conceptos de caso recto-caso oblicuo, o nominativo-acusativo, etc., designaban formas, y esto no es verdad. En Apolonio la consideración de caso recto-caso oblicuo no es morfológica sino sintáctica: el caso «recto» es el que está «ordenado» o está en «orden coincidente» con la persona verbal (IV 46); es, por tanto, el caso del sujeto y sus aposiciones —el vocativo—, frente al oblicuo, que es el «desviado» o no coincidente con la persona del verbo (IV 18). De ahí que Apolonio utilice normalmente los conceptos y términos de «recto-oblicuo» para designar las funciones, frente a «nominativo-acusativo» aplicados más raramente, y en general, para referirse a formas. Además, los griegos denominaron «partes de la oración» a las categorías gramaticales; por tanto, querían designar funciones, no formas. El propio concepto de función está expresado en el de dýnamis y todas sus variantes, concepto que, a su vez, se subsume en el de significación. Del concepto de función se deriva, asimismo, el de trasposición (metálepsis, metáptosis) o empleo de una parte de la oración en función de otra (II 33). Apolonio intuye también la noción de complemento cuando habla de los acompañantes de los verbos: tà synónta tôn remáton (II 149). De los conceptos de actividad-pasividad y transitividad-intransitividad (y reflexividad) ya hemos hablado. Todo esto es sintaxis per se.
c) También se le ha criticado a Apolonio el no haber distinguido
relaciones sintácticas[42], en particular las de concordancia y rección. Sin embargo, yo pienso que sí y de manera clara. Yo las llamaría «relaciones syn-» y «relaciones epi-», que se expresan en dos verbos clave de la sintaxis apoloniana: symphéro y epiphéro. Con el primero y toda una serie de equivalentes (verbos como symparalambáno, synérchomai, synécho, synodeúo, synypárcho, etc., y sustantivos synépeia, sýnodos, etc.), se designan aquellas relaciones de igualdad, o de acuerdo, como son las de sujeto-verbo, artículo-nombre, etc.; con el segundo se designan las relaciones de dependencia o rección (y sus equivalentes, epidsetéo, epartáo, etc.), como las de verbo-objeto. Ambos tipos responden a dos principios lógicos diferentes a la hora de establecer las relaciones (de conexión y dependencia o de correlación y eficiencia) entre los términos. Cuando dichas relaciones se encuentran organizadas de manera correcta, se produce la katallelótes o coherencia oracional. Es, por tanto, la búsqueda de esta última, así como de las causas que la determinan y excluyen, el principal objetivo de la sintaxis. A propósito del concepto, sus orígenes y significado se han vertido toda suerte de opiniones. Aun a riesgo de hacer excesivo énfasis en el influjo de la filosofía en la gramática, pienso que es necesario remontarse al uso
(discutido) que hace Aristóteles de [43] katáll e los, aplicado a las relaciones sujeto-predicado, lo que se adapta perfectamente a la noción de coherencia sintáctica apoloniana, reconocido ya que para él nombre y verbo son los elementos esenciales de la oración y, por eso, los denomina «los más auténticos», «los fundamentalísimos». En consecuencia, son ellos dos los que catalizan todo el sistema de relaciones de las demás partes: «dado que el resto de las partes de la oración entran en relación sintáctica, ya sea con el verbo, ya con el nombre, de lo que recibieron su denominación, es preciso considerar en cada una de ellas la que se usa con y la que se usa en sustitución de aquéllas, o bien en ambas, como los pronombres que se usan en lugar de los nombres y con los nombres, y lo mismo los participios, en lugar de los verbos
y con los verbos, y así las demás partes de la oración» (I 36)[44]. Es obvio que este tipo de relaciones, que se pueden reducir a dos: conexión y sustitución, son de distinta índole que las anteriores, pero son importantes, porque a partir
de ellas es posible establecer el plan de la obra[45], al que después hemos de volver.
d) Apolonio puede ser considerado, asimismo, el primero que dio un juego importante en su sistema al concepto de elipsis. A través de Prisciano pasaría al Brocense y a toda la tradición gramatical europea. La noción de elipsis se deriva de la consideración sintáctico-semántica oracional como la perfección o «completud» de forma y sentido (autotéleia). Perfección, para un griego, no era la posesión de todo, sino la ausencia de necesidad. Luego la elipsis es lo que debe suplirse para que no haya necesidad de algo. Y lo que va más allá de la suficiencia es exceso. Es ésta una idea básica de la filosofía griega desde Sócrates. La elipsis es considerada por Apolonio a todos los niveles lingüísticos y explicada desde el lenguaje (II 94); no es, por tanto, una
figura poética (III 166), como sigue escribiéndose hoy en día[46]. Sin entrar a discutir tan actual tema, me limito a indicar que el concepto de elipsis es sintáctico (como el contrario de pleonasmo) y presupone el de oración perfecta: lo que se opone a ella puede constituir una figura gramatical (schêma), si posee una motivación consciente y voluntaria, o bien un solecismo, si es inconsciente e involuntaria, por ignorancia de la gramática. Lo retórico o estético que pueda haber en ella es secundario. En relación con esto hay que poner la clara distinción apoloniana entre gramaticalidad y aceptabilidad (III 9 ss.).
Otro punto de partida de muchas críticas injustificadas es resultado de la ignorancia de los medios en que desarrollaba su actividad y de los fines a que destinaba su obra. En primer lugar, Apolonio se mueve en un medio escolar superior. La escuela es, en buena medida, la causante de la asociación de gramática y estudios literarios. La finalidad de la escuela es enseñar a hablar y a escribir correctamente, o sea, enseñar la gramática, y su medio es el conocimiento de la literatura clásica. De ahí que la escuela haya condicionado el modelo gramatical. Por ejemplo, privilegiando lo descriptivo o morfológico sobre lo sintáctico, de ahí que el concepto de oración quede diluido en el de sus componentes, lo que produjo como consecuencia una indistinción, por falta de planteamiento, de categorías morfológicas o descriptivas y de funciones sintácticas. Agravado ello, quizá, por el hecho de que ya desde antiguo se había producido en la filosofía tal confusión, al designar con ónoma y rêma («nombre» y «verbo») las palabras que funcionan como sujeto y como predicado oracionales, las únicas que poseen significado independiente. Pero que no haya una distinción clara y tajante entre formas y funciones tampoco implica la negación pura y simple de la sintaxis, en la antigüedad, desde planteamientos exclusivistas modernos, pues la sintaxis no existe, sino teorías sintácticas con principios y objetivos muy distintos. Por ejemplo, un requisito sintáctico legítimo puede ser la construcción de una oración empíricamente perfecta, lo que explica toda la complejidad del entramado de relaciones con que tiene que vérselas Apolonio, dado que las posibilidades de conexión de las «partes de la oración» son muy numerosas y, hasta cierto punto, imprevisibles. Estamos, pues, ante una obra marcada por la escuela superior, como otros muchos indicios hacen suponer, desde los ejemplos y los nombres que aparecen en ellos hasta el propio estilo de la obra,
todo lo cual «parece evocar el ambiente del aula»[47]. Otro indicio interesante de lo escolar y que ha pasado desapercibido es que Apolonio denomina, en una ocasión, a sus «reuniones» pedagógicas o seminarios synagogé (I 13), esto es, sinagoga, que puede ser un uso genérico, pero cuyo sabor judío no extraña en una ciudad importantísimo centro hebreo y si tenemos en cuenta, además, que nos encontramos en los años posteriores a la destrucción de Jerusalén. Todo hace pensar, pues, en las lecciones orales de un profesor que enseña la literatura al más alto nivel, lo cual nos lleva a ocuparnos de la finalidad de su obra.
Apolonio es, ante todo, un filólogo de fines y de contenidos, y como tal se siente en la tradición alejandrina: el escribir su obra «por ser de la más absoluta necesidad para la interpretación de los poemas» (I 1); el paralelismo que establece entre la sintaxis y la ortografía (I 8), y no con la dialéctica estoica; sus citas incomparablemente más numerosas, sean elogiosas o polémicas, son de filólogos alejandrinos: Zenódoto, Aristarco, Trifón, Habrón y tantos otros; en fin, como todo el mundo puede ver, el cierre de toda teorización viene a resultar la exégesis homérica; es Homero, sobre todo, el punto de arranque, el que ilustra y concluye todo razonamiento. Esta finalidad filológica tenía que condicionar decisivamente su método. Le vedaba, ante todo, el nivel de generalización y el de abstracción lingüística que pudieran
llevar a hablar de su obra como filosófica, especulativa o universalista[48]. Los griegos carecieron de la noción de «lenguaje»; para ellos, existía «su» lengua con desprecio de todas las demás, incluida la de sus dominadores; quizá la abstracción más próxima a su concepto de lenguaje sea, precisamente, el de gramática. Por tanto, no puede hablarse de gramática filosófica en cuanto válida para todas las lenguas porque pretenda fundarse en las leyes del pensamiento discursivo. Cuando Apolonio habla de lógos no se refiere a la razón del sujeto gnoseológico, a sus categorías mentales, sino a la racionalidad del método. Su mérito consiste en haber superado el nivel filológico elemental, el nivel del texto (anágnosma) y haberse elevado a la investigación de las causas (epexergádsomai —II 59), y en haber aplicado un método de razonamiento sistemático (tòn emmethódos apodeichthénta lógon —II 113) con vistas a una fundamentación teórica, y no sólo basada en la auctoritas de los hechos literarios (II 49). Y cuando ambos, uso y teoría, entran en conflicto, es ésta la que debe prevalecer y lo superior (II 102; III 46, 158), sin que ello signifique que Apolonio mantiene una postura antiempírica radical, máxime cuando él mismo se siente en la tradición gramatical helénica (I 60), y, eso sí, en un nivel superior (la sintaxis) y con un método racional y sistemático que consiste en la sujeción a la teoría, constituida a su vez sobre el principio analogista. Lo cual es la prueba más contundente del aristotelismo y el alejandrinismo de Apolonio. Aunque la analogía es un método universal de argumentación y conexión de términos, el primero que plantea un análisis formal del método analógico es Aristóteles. Y no hay ningún motivo