Sintaxis
Libro II
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
1. A la anterior exposición sobre la construcción del artículo, estimo 95 que debe seguirle el estudio de la construcción de los pronombres; pues aquéllos se emplean en la oración acompañando a los nombres, éstos a su vez en lugar de los nombres, no tolerando ser construidos con artículo
precediéndoles por las causas que ya dejamos expuestas[144].
2. Está claro que la razón por la cual los pronombres admiten casos, es para que puedan sustituir al nombre en toda ocasión, y son distintivos de todas las personas, para que puedan llenar, al sustituirlo, esta deficiencia del nombre, es decir, la distinción de las personas, y así tengan del nombre el caso, del verbo la persona.
3. [145] De ahí que se flexionen al completo, adoptando las dos formas de flexión más genuinas, y no mezcladas, sino de acuerdo con una distribución precisa: incluyendo en su parte final la flexión según el caso, 96 el principio asignándoselo a las personas; pues es evidente que si las dos formas de flexión se produjeran sobre la misma parte, sucedería que en el cambio de caso borraría la distinción de la persona, e inversamente, al cambiar la persona se corrompería la forma particular del caso. Por eso, para distinguir el caso hacen: ἐμοῦ, ἐμοί y ἐμέ (de mí, para mí, a mí), y para la persona: ἐμοῦ - σοῦ (de mí - de ti) y para persona y caso: ἐμοῦ -σοί (de mí - para ti). Así, en las mencionadas formas queda hecha la distinción precisa gracias a la forma específica que incide en cada una de las dos partes. (Cuando ambos tipos de flexión se aplican por separado a las partes de la oración, es decir, al nombre y al verbo, se flexiona sólo el final: καλός, καλοῦ; γράφω, γράφεις, γράφει, usando el pronombre muy razonablemente de la supresión de la σ- como rasgo distintivo de la
tercera persona[146] σοί οἵ, en paralelismo con λέγεις λέγει).
4. Por otro lado, considero una simpleza que alguien se plantee por qué, en los pronombres, la terminación no se aviene mejor que el principio para indicar la persona, igual que en los verbos. Pues bien, era necesario que el final le fuese asignado en exclusiva para una única parte de la oración y, si es lícito hablar así, lo fue con toda razón para el
nombre, dado que éste precede al verbo, como ya demostramos[147], y es obvio que la marca específica del nombre, es decir, el caso, obtuviese con todo derecho el final. Junto con esto, el pronombre es lo que se usa en 97
lugar del nombre y lo que representa al nombre, y está claro que el significado del pronombre es la persona contenida en él. Por tanto, si la desinencia es lo dominante en las partes de la oración y la desinencia del pronombre es un caso, será entonces por la terminación por lo que obtenga la denominación de «pronombre», aunque encierre también una marca del verbo, o sea, la persona.
5. Considero razonable que antes de entrar en la construcción de los pronombres en particular, expliquemos las propiedades que les son inherentes, con lo cual se comprenderá mejor la prometida enseñanza de su construcción.
6. Pues bien, ya hemos hablado de su exclusiva forma de flexión en una y otra parte; también es propia de ellos una deixis de dos tipos: una absoluta, «me pegó» (pues es evidente que hay deixis, pero sin valor intensivo ni opositivo); y otra contrastiva: «me pegó a mí», donde efectivamente hay intensificación en la deixis, como puede observarse cuando se trata de cualidades: «blanco» expresa una cualidad absoluta, pero en «más blanco» está intensificada con relación al objeto cualquiera de que se trate. Del mismo modo, «a mí» al tener la deixis intensificada
reclama otra persona a la que oponerse[148]. La razón de por qué no sucede lo mismo con todos los otros pronombres, en su lugar se dirá.
7. Los pronombres que están en su forma plena y con acento agudo se llaman ortotónicos, por ser en cierto modo sinónimos «recto» e
«íntegro»[149] 98 ; los que trasponen su acento como si fuera un peso a la
manera de los que «inclinan» su carga contra otro cuerpo, se llaman «enclíticos». Así, encontramos, en
σοί μέν ἐγώ, σὺ δ᾿ ἐμοί (Δ 63) (yo a ti y tú a mí),
las formas plenas y su acento propio, pero, en
καί μοι ταῦτ᾿ ἀγόρευσον (ν 232)
(dime lo siguiente…),
tenemos la forma reducida y el acento traspuesto.
8. En la tercera persona [a la deixis] se le añade la anáfora, gracias a la cual se puede hacer referencia a nombres previamente mencionados mediante el pronombre como sustituto:
Ζεὺς δ᾿ ἐπεὶ οὗν Τρῶάς τε καὶ Ἕκτορα νηλασσεν… αὐτὸς δὲ πάλιν τρέπεν ὄσσε φαεινώ (Ν 1 s.) (Una vez que Zeus permitió a los troyanos y a Héctor acercarse a las naves… él mismo volvió sus brillantes ojos).
9. [150] En el libro anterior hemos mostrado que dichos pronombres
no se emplean, sin más, en sustitución del nombre puro y simple, sino que se usan en lugar de los nombres que llevan artículo, pues no se trata sólo de sustituir al nombre, como puede deducirse del resto de los pronombres, sino que también indican anáfora, cosa que no es propia del nombre a no ser que se le añada el artículo.
10. Se podría incluso decir lo siguiente: sólo en la medida en que un pronombre pueda ponerse en lugar de un nombre previamente nombrado será portador de la anáfora, puesto que lo peculiar de la anáfora es una segunda mención de la persona anteriormente nombrada, lo que es expresado por el αὐτός (él mismo) del ejemplo.
11. [151] [152] 99 En lo sucesivo se mostrará que los deícticos , no es que se
empleen en sustitución de nombres, sino donde no puedan usarse
nombres. Así, se dividen en deícticos y anafóricos[153], aunque caigan todos bajo la rúbrica de pronombres, pues, a pesar de sus respectivas diferencias, en una cosa coinciden: llamar en lugar del nombre, ya que se usan, bien cuando el nombre no puede ser empleado, o bien cuando, dicho ya una vez, no puede volver a repetirse. Así, en el ejemplo anterior: «él mismo volvió sus brillantes ojos», si se sustituye «él mismo» por «Zeus», no podrían reunirse en una sola las dos oraciones sobre el mismo Zeus [como sujeto], sino que lo convertiría en el comienzo de una nueva oración. Otro tanto puede decirse de todos los pronombres así empleados, pues, aunque sea posible poner los nombres en lugar de ellos, se altera el enunciado.
12. Ahora bien, cuando ἐκεῖνος (aquél) y οὗτος (éste) no señalan algo a la vista, sino que son anafóricos, hay que pensar que su deixis se refiere a algo mental, de suerte que unas deixis son de lo que está a la vista y otras de lo que está en la mente; según esto, al ser ambos deícticos por naturaleza, no pueden construirse con un artículo que les resultaría antitético.
13. Más aún, y de manera especial las terceras personas, pueden realizarse de distintas maneras y con distintos pronombres, mientras que los verbos, con una sola forma [por persona], convienen a los más diversos entes, por ejemplo, «Dionisio escribe», o «Trifón», o cualquier otro que sea susceptible de admitir tal acción. Esto no es aplicable a los pronombres, ya que, por un lado, αὐτός ([él] mismo) es anafórico, ἐκεῖνος (aquél) por otro, es deíctico, igual que οὗτος (éste, ése), que se distingue 100 de ἐκεῖνος por el menor alcance de su deixis, y lo mismo vale para ὅδε (éste).
14. [154] Y aunque dijimos que los deícticos, en general,
intensificaban su deixis, estos últimos[155] no pueden admitir la doble forma de acentuación a la manera de ἐμοῦ, ἐμοί y sus afines, debido a su sílaba final no acentuada; por eso, recurren al añadido de la -ι, arrastrando consigo el acento agudo hacia el final para indicar su mayor intensidad igual que los antes mencionados, los personales de primera y segunda persona: ἐκεινοσί , οὑτοσί, ὁδί (aquél de allí, ése de ahí, éste de aquí). (Es, pues, obvio que αὐτός, por carecer de valor deíctico, se vea al mismo tiempo privado de ese añadido que tiene como finalidad producir una deixis más intensa). Y no me parece que haya que considerar dicho añadido como algo anómalo, ya que esta -ι es la forma base del
nominativo del pronombre de tercera persona[156].
15. Cómo, entonces, no va a resultar necio que Habrón censurara a Aristarco por no haber acertado al definir los pronombres como co-
conjugados por personas[157], «en cuanto que dicha definición es aplicable a los verbos, y a ellos de manera preferente. Las palabras, en efecto, se
corresponden[158] según la clase de letras, el número de sílabas y parece que también por la cantidad vocálica y el acento; pero en los pronombres esto no se da, ya que la mayoría no presenta esa correspondencia de formas, como le resulta patente al que declina los pronombres». Ahora 101 bien, lo que parece cierto es que Aristarco, al definir el pronombre, no se refería a la forma, sino a lo indicado por ella, como todas las definiciones hacen. Por otra parte, se llama a estos pronombres «sin artículo»; sin
embargo, tomados sólo en cuanto a forma[159], no se puede decir que no lo lleven, pues decimos: «el ἑγώ (yo) se acentúa sólo con agudo», «el ἔγωγε (yo por mí mismo) es ático».
16. Por tanto, pronombre es la parte de la oración que hace las veces del nombre en forma deíctica o anafórica, y que no se acompaña de artículo. Y téngase en cuenta que la definición de pronombre abarca hasta
la tercera persona[160], pues también se realizan como anafóricos según que las personas sean conocidas de antemano, y como deícticos si la persona está a la vista. Esto es lo que constituye la clase correlativa de los pronombres, mientras que en los verbos no hay tal correlación, ya que mientras la primera y segunda personas están definidas, la tercera es
indeterminada, si exceptuamos casos como «relampaguea»[161] y similares, en cuanto que la acción de los mismos se atribuye exclusivamente a Zeus, de modo que aquí no es el verbo lo determinado, sino el que realiza la acción que expresa el verbo.
17. De este modo se hace patente la diversidad de formas pronominales [de tercera persona], para que mediante una forma única no tuvieran que significarse varias personas, pues lo que se seguiría de ello sería que las terceras personas fuesen indeterminadas, ya que la causa de que la indeterminación irrumpa de la frase es una palabra que signifique muchas cosas.
18. Por otro lado, el resto de las palabras declinables forman, a partir de un nominativo tomado como base, el genitivo y los otros casos analógicamente con el nominativo, sin exceptuar el artículo, pues ya se ha 102
mostrado[162] que también se flexiona siguiendo la norma analógica.
Ahora bien, los pronombres primitivos[163] de que venimos tratando se declinan más por temas independientes, no pudiendo a un ἑγώ (yo) corresponder un genitivo ἐμοῦ (de mí) si nos sujetamos a la analogía de la declinación, ni al ἐμοῦ el ἐμοί o el ἐμέ, y los números correspondientes se forman, asimismo, según temas distintos, pues es imposible que, si el genitivo no se declina sobre la base del nominativo, informe analógicamente los otros números, ya que sólo si el genitivo sale del nominativo se flexionan regularmente los números y demás casos.
19. Por eso, en los heteróclitos, al decidir el genitivo la forma para los demás casos, les corresponde un nominativo distinto; así, como del genitivo μεγάλου sale el μεγάλοί, de dicha forma base se restituye un nominativo μεγάλος. Lo mismo sucede con ὔδατος y con γυναικός, o con πολλοῦ, pues de éstos salen πολλοί, ὔδατα y γυναῖκες; por eso, coexisten
las formas [de nominativo] [164] πολλός , γύναιξ e ὔδας.
20. Por eso, el ἐμοῦ, al no flexionarse analógicamente con el nominativo y reducirse a su único tema, no podría determinar la analogía de los otros casos y números. Por su parte, ἐκεῖνος y los de su clase, al flexionarse regularmente el genitivo sobre el nominativo, forman también los otros accidentes según la norma analógica.
21. Por tanto, desvarían claramente los que ocupan su tiempo en despreciar estas voces en cuanto anómalas e irracionales comparándolas a la analogía de los nombres, cuando ni esto siquiera se les puede conceder, o sea que cualquier nombre sea equiparable analógicamente a cualquier 103 otro; por el contrario, las subdivisiones en tal sentido son infinitas. Las palabras pueden compararse en razón a la analogía, y si esto es así, ¿cómo no va a resultar inútil comparar partes de la oración distintas? Nada impide, sin embargo, puesto que el pronombre es distintivo de personas,
compararlo con el verbo[165], pero circunscribiendo los pronombres a la clase que les corresponde.
22. Quizá se pudiera pensar en la causa por la que los pronombres no se sujetan a la norma analógica y por qué no todos. La institución de los nombres fue pensada para significar cualidades comunes o propias, como «hombre», «Platón», y dado que dichos nombres no tienen poder deíctico ni anafórico, la necesidad de los mismos se hacía infinita para que la figura del nombre pudiese atribuir su propia cualidad a cada una de las
sustancias[166]. (Por eso, no es poco lo que las denominaciones
coincidentes[167] hagan confundir las significaciones, tanto en nombres comunes como en propios, hasta el punto de carecer de determinación la entidad significada por el nombre). Por esta razón, el nominativo, con una forma peculiar para cada uno de los entes a que se aplicaba, exigía que los
casos oblicuos se acomodasen a la forma peculiar del nominativo[168].
23. De ahí que por necesidad se introdujeran además los géneros, para que, al tiempo que se significaba la cualidad, se distinguiese también el sexo. Y, asimismo, el que se idease la adjetivación para que se diese cuenta de los accidentes, tanto de los nombres concebidos en común 104 como propiamente; así, del caballo el ser, casualmente, «blanco» o «rápido», y de Platón el ser «sabio» o «bueno», y tantos otros susceptibles de atribuírseles. Y de ahí también que se pensase en la composición nominal: «misántropo», «portapenas», «filólogo», que son el resultado de la concurrencia de accidentes.
24. Los pronombres, por su parte, que, debido a la fuerza deíctica que les es inherente, no pueden apuntar a ninguna otra cosa que a la sustancia correspondiente, llevan implícitos los atributos cualitativos, me refiero a los que pueden ser reconocidos a simple vista: «blanco» o «negro», «grande» o «pequeño». (No cayendo lo anímico bajo el dominio de la deixis, tampoco pueden encerrar los pronombres sus accidentes). De ahí que los pronombres hayan desechado la mayor parte de los rasgos característicos [del nombre]: cada uno de ellos puede ser usado, en cualquier caso, en sustitución de cualquier nombre, y, si esto es verdad, es entonces natural que rehúyan la flexión regular de los nombres, para que, al ser usados como sustitutos suyos, no pareciese que eran uno de ellos en virtud de la idéntica terminación. (Por eso, tampoco han acuñado terminaciones propias para cada género, sino que mediante una misma sílaba se determina la función idónea para los tres, dado que su deixis designa sólo la sustancia).
25. Y si una desinencia propia de nombre coincidiese con otra pronominal en el mismo número, el pronombre se aparta de la analogía de 105 la flexión correspondiente, como sucede con ἑγώ y ἐμοῦ. Para esta última los distintos dialectos no cuentan con la misma desinencia, presentando formas diferentes de las del genitivo nominal, a saber, ἐμεῖο y ἐμεῦ, no como Ἀτρείδεω y Ἀτρείδαο, o καλοῖο. (Por cierto que el posesivo homófono, al adoptar la desinencia del nombre al que se refiere, hizo también en los dialectos el reajuste oportuno: ἐμοῖο, como καλοῖο).
26. Así pues, como queda dicho, los pronombres, por ser anafóricos o deícticos, no precisan de los accidentes del nombre, excepción hecha de ἐκεῖνος y αὐτός (pues οὗτος entra como sufijo de derivación, no de pronombre, como τημοῦτος [entonces, en tal momento], un adverbio derivado del mismo). No es una incongruencia que esos dos pronombres sean excepción a la norma a la que todos los demás se sujetan; tal vez fuera éste el recurso lógico que contribuyera, mediante la forma, a determinar el objeto, pues el alejamiento por ellos significado implica un poder deíctico más impreciso, de ahí que se les añadiese el género, no para que significasen la sustancia, sino para distinguir su sexo. (Así, los llamados «del género común», a nombres me refiero, cuando son percibidos en la lejanía no es posible distinguir su sexo; decimos, por ejemplo, «un caballo», o «una persona», pero, una vez que están cerca y son reconocibles en cuanto a su sexo, ya se les agrega el artículo determinado). Cuanto más en el caso de αὐτός, pues, al referirse 106 anafóricamente a terceras personas en ausencia, mediante la forma nos advierte de su sexo.
27. Falta por tratar el asunto siguiente: por qué acaban éstos en -ος, siendo la más numerosa de las terminaciones nominales. Sin duda porque la desinencia -ος es la más común. Por eso, también los artículos, al ir apuestos a todo nombre, adoptan dicha terminación, e incluso los pronombres derivados de los personales, los posesivos como ἐμος (mío) y los de su clase, y casi todos los interrogativos declinables, a los que responde cualquier nombre: ποῖος, πόσος, πηλίκος, ποδαπός. Y dije «casi», por el τίς (quién), que tampoco está totalmente excluido de la terminación en -ος, puesto que en eolio el τίος tiene el nominativo en -ος, por influjo tal vez de su equivalente, me refiero a ὅς, con el cual se asocia, por ejemplo en
ὅστις ἐμὸν παρά σῆμα (CALÍMACO, Ep. 21) ([tú] cualquiera que junto a mi tumba),
y en el
ὅστις ἐπὶ δεῖπνον ὀψὲ κληθεὶς ἔρχεται
(cualquiera que, convidado, llega tarde al banquete).
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28. Hemos de ocuparnos, asimismo, de los que, siendo artículos en cuanto a la forma, por un cambio en su función se convierten en pronombres:
ὁ γὰρ ἧλθε θοὰς ἐπὶ νῆας Ἀχαιῶν (Α 12) (pues él se dirigió a las rápidas naves de los aqueos),
en lugar de οὗτος (éste), y
tὸν δ᾿ ἀπαμειβόμενος (Α 84, etc.) (y respondiéndole a él…),
ὢς ἡ ῥίμφα θέουσα (ν 88)
(así, la nave corriendo rápida…),
εἵνεκα τῆς ἀρετῆς ἐριδαίνομεν 107 ( β 206)
(lucharemos por la excelencia de ella),
aquí el τῆς está en lugar de ταῦτης y, además, ha de suplirse el
artículo[169]. Esto es todo lo referente a tales casos.
29. Los nombres en nominativo y los pronombres que se usan en sustitución de ellos se construyen del mismo modo en relación con el verbo, por ejemplo: «Trifón enseña» y «éste enseña». Los casos oblicuos, por su parte, adoptan la construcción en conformidad con los nominativos-sujetos, determinando el verbo que llevan interpuesto la
función de cada uno[170], por ejemplo: «Trifón enseña a Teón, yo amo a éste, Teón ama».
30. También es cierta aquella razón que dábamos de que los nombres en cuyo lugar se usa el pronombre llevan artículo, por no significar éste magnitudes, cualidades u otras incidencias propias del
nombre, lo mismo que dijimos referente a los pronombres[171]. Así pues, igual que οὗτος (éste, ése) puede usarse para la entidad que sea, también puede usarse el artículo con cualquier palabra que le sirva de soporte: el grande, el pequeño, el blanco, el dorado.
31. Siendo esto así, cuando el artículo se usa sin un nombre y adopta
la construcción de un nombre, a la que acabamos de referirnos[172], se convierte obligatoriamente en un pronombre, dado que, aunque no acompañe a un nombre, funcionalmente es usado en lugar del mismo, y en consecuencia su construcción se convierte en pronominal. Sea un ejemplo como el siguiente: Χρύσης γὰρ ἧλθε θοὰς ἐπὶ νῆας Ἀχαιῶν, y a 108 continuación con artículo: ὁ γὰρ Χρύσης ἧλθεν θοὰς ἐπὶ νῆας
Ἀχαιῶν[173]; es evidente que la elipsis del nombre hace que su función en
la construcción pase a ser desempeñada por el artículo[174], de suerte que éste no podrá ser otra cosa que pronombre que hace las veces de cualquier nombre, puesto que también va acompañando a todo nombre, siempre que no lo impidan la cualidad o algún otro de los accidentes del nombre, como
ya dijimos[175] [176] . Más abajo se mostrará cuándo las oraciones rechazan el uso de los nombres, reclamando los pronombres en lugar de aquéllos.
32. Es la construcción del tipo que acabamos de ver, con nombres previamente conocidos de los cuales el artículo representa la anáfora, la que permite su transformación pronominal. Ahora bien, cuando no es éste el caso, sino que el artículo se usa en anticipación de la persona futura,
tiene lugar la conversión de dichos artículos en indefinidos[177], como en los ejemplos: ὁ περιπατῶν κινεῖται (el paseante se mueve), y lo mismo con artículo pospositivo [relativo]: ὃς ἂν παραγένηται ἀναγινωσκέτω (el que llegue, que lea); y con toda razón, pues pudiendo ir el artículo con cualquier nombre, podrá también referirse a todo lo contenido en el
nombre[178] que es lo propio de la indefinición. Es lógico, por tanto, que se use el artículo, bien para personas determinadas, es decir, como pronombres [demostrativos], o bien para significar lo más indefinido, o sea, el τίς (alguno); en efecto, la frase «el paseante se mueve», no dista mucho de «si alguien pasea, se mueve»; como tampoco «el que venga» de «si alguno viniera»; según esto, si se añadiese un nombre cualquiera a las 109
frases anteriores, se devolvería al artículo a su clase[179] específica: ὁ Διονύσιος περιπατῶν κινεῖται, Τρύφων κοιμᾶται ὃς μενεῖ με διαναστάς (Trifón duerme, el cual me esperará una vez levantado).
33. Y necesariamente habrían de ser llamados pronombres a la hora de asignarlos a una parte de la oración, igual que otras palabras que, transferidas de su propia función sintáctica a cumplir las específicas de otras, adoptan, por su parte, la denominación de estas últimas, como sucede con los adverbios de origen nominal πυκνά (a menudo), κάλλιστα (muy bien), ἤδιστα (estupendo), ἰδίᾳ (en privado), δημοσίᾳ (en público), τόνῳ (intensamente), κύκλῳ (alrededor), o cuando los participios entran como nombres en una frase, como «la amada», «el hado», en cuyos casos sólo hay que hacer notar el cambio [de función], pues, en cuanto a la atribución a una clase dada, no lo decide tanto la forma como lo significado por ella.
34. Y de igual modo el οὗτος derivado del ὅς, pero no en
construcción articular sino pronominal [relativo][180], se incorpora a los pronombres (pues no es una voz primitiva, como algunos creyeron). Lo que se deduce de sus concomitancias.
35. Todo masculino, primitivo o derivado, que acaba en -ος se hace femenino cambiando la terminación en η o en α larga, con la sola excepción del susodicho derivado, pues tales derivados, para formar los 110
distintos géneros, se remiten a la forma primitiva de base[181]: τηλίκος τηλικοῦτος - τηλίκη τηλίκαύτη (tan grande), y lo mismo en el neutro. Otro tanto puede decirse de τοσοῦτος (tanto) y τοιοῦτος (tal). Lo que se deduce igualmente de οὗτος, ya que no hace el femenino en οὗτη sino en αὔτη, y como el neutro, o sea, el τό, comienza por τ, también τοῦτο comienza por τ.
36. Y la derivación alcanza, asimismo, a los casos, pues de τηλικαῦται no hacemos un genitivo τηλικαύτων, o de τοιαῦται τοιαύτων, como cabría deducir de cualquier genitivo; porque decimos αὐται, αὐτῶν
y también del no reforzado[182] τοῖαι τοίων, τηλίκαι τηλίκων. Y es evidente que de τηλίκαι sale τηλίκαῦται, mientras que de τηλίκων sale τηλίκούτων. Lo mismo sucede con αἱ - αὔται, y dado que pertenecen al tipo de derivación anterior, no tenemos un αὔτων como sucede con los oxítonos αὐται, αὐτῶν. Así, el τούτων, por su parte, sale del genitivo primitivo τῶν con la inserción de τ, que no se admite en el nominativo, pero sí en el genitivo; por tanto, las formas-base son αἱ y τῶν.
(37. A la anterior forma de derivación se añade una segunda mediante el -δε, más usual entre los poetas: τοῖος τοιόσδε, τόσος τοσόσδε, en las que se produce un cambio de flexión al tipo de -ουτος: τοιόνδε τοιοῦτον, τοσόνδε τοσοῦτον. Y también tenemos el ὅδε, que puede alternar con οὗτος y que se ha formado a partir de la sintaxis del 111
ὁ[183]).
38. No se puede, entonces, estar de acuerdo con Habrón en que el οὗτος se deriva del artículo, en igual medida que del adverbio ὀψέ (tarde) sale el adjetivo ὀψινός (tardío). En otros casos de derivación el hecho es indiferente, pero en el mencionado es imposible que la forma primitiva pueda dar lugar a una parte de la oración distinta, puesto que, como
hemos mostrado[184], no sólo se exige pertenecer a la misma parte de la oración, sino también al mismo género, al mismo caso y al mismo número. Muy justamente, pues, decíamos que la derivación de οὗτος y ὅδε era el resultado de la construcción pronominal del artículo, y que era poético el uso de τηλίκος, τοῖος, y ordinario el de τηλίκοῦτος, τοιοῦτος, del mismo modo que es poético el de ὅς, en
ὅς γάρ ῥα μάλιοτα
ἥνδανε κηρύκων (ρ 172)
(pues de los heraldos, era él el que más gustaba),
frente al uso ordinario, que sería sustituyéndolo por οὗτος γάρ.
39. Hay que añadir también que el nominativo carece de τ-, como ya
mostramos al tratar del artículo[185]. Los dorios, por su parte, no es que la incluyan redundantemente en ταῦται y τοῦτοι, sino que con ello dan razón de la forma auténtica, como quedó indicado también respecto al
artículo[186]. Asimismo, los casos oblicuos lo confirman al comenzar por τ-, lo mismo que el nominativo neutro y la aspiración de los nominativos. Pues ¿cuándo, si no, se aspira el diptongo ου, ya que en otros casos el 112 espíritu áspero originario se convierte en suave: ὅλος οὗλος (todo), ὅρος οὗρος (límite)? Y, al revés, se aspira el οὕνεκα porque viene de τούνεκα. Por tanto, no podría de otro modo aspirarse el οὗτοι, si no fuera defendible la supresión de la τ-.
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40. Los pronombres se construyen en lugar de los nombres, y no, como algunos opinan, por desconocimiento de los nombres, pues ¿qué desconocimiento de los nombres podría haber en «yo para ti y tú para mí» (Δ 63)? Al contrario, es evidente que la causa es que los nombres no pueden estar en primera y segunda persona, como después
mostraremos[187].
41. Alguien dirá: «¿Es que no decimos también “tú” y “a ti” cuando desconocemos los nombres?» A lo que se puede responder que esto es
una consecuencia accidental[188], ya que también cuando los nombres nos son conocidos se exige la construcción pronominal, y no por eso el pronombre sustituye en menor medida al nombre. En efecto, el nombre propio es percibido en potencia mediante el pronombre, y cuando digo nombre no me refiero a la expresión, sino a lo indicado por ésta, es decir, la cualidad propia del sujeto.
(42. Por este motivo, los pronombres [de primera y segunda persona] para nada sirven despojados de la persona que señala y de la que es
señalada[189]; por eso, cuando están escritos, los pronombres personales son totalmente indefinidos, puesto que se encuentran desligados de su
propio soporte material[190]. De ahí que me parezca a mí muy razonable que, si en los encabezamientos de las cartas no se pusieran los nombres, 113
no se daría sentido a las mismas[191], porque, al estar los pronombres escritos en virtud de las acciones acaecidas tanto a la persona que hace la declaración sobre sí misma, como a la persona que va dirigido el mensaje, se hace del todo necesario anteponer los nombres para que los pronombres puedan cumplir su función deíctica en relación con ellos. Así, en «yo te escribí ya hace tiempo…», mediante el «yo» se designa al nominativo del encabezamiento, y mediante el «te» al dativo correspondiente. Es, por tanto, obvio que, suprimidos los nombres propios, la referencia pronominal resultaría indefinida).
43. La causa de que los nombres no puedan usarse en primera y segunda persona es que la denominación no puede hacerse en primera ni
en segunda persona[192]; porque el hecho de dirigirse a los presentes no
puede supeditarse al conocimiento de su nombre[193], para lo cual es específica la segunda persona; ni tampoco nos llamamos a nosotros mismos, que es, a su vez, la función de la primera persona. En consecuencia, es forzoso que todo nombre, en el caso que sea, se retire hacia las terceras personas, excepto el vocativo, pues él únicamente puede transferir la denominación desde la tercera a la segunda persona mediante la designación directa efectuada por él de la persona que recibe el nombre.
44. También resulta evidente que, cuando nosotros mismos nos 114 dirijamos a alguien, debemos distinguir las personas; y está claro que no sería posible servirse de nombres, dado que éstos pertenecen a la tercera persona, mientras que el diálogo exige una segunda persona en correspondencia con la primera. Por eso se introdujeron los pronombres: para suplir lo que el nombre no podía realizar, por ejemplo, cuando
decimos «yo te escribí». Ya hemos anticipado[194] la causa por la cual un solo pronombre es susceptible de ser usado en lugar de todos los nombres.
45. ¿Se ha de entender por ello que los pronombres de tercera persona no sirven para nada, puesto que para ello pueden usarse los nombres? «Si cupiera el empleo de los nombres en primera y segunda persona, quizá no habrían tenido que inventarse los pronombres». Contra esto puede aducirse lo siguiente: una vez instituidos los pronombres para sustituir al nombre, poseyeron al mismo tiempo el poder deíctico como algo concomitante, pues las personas designadas por ellos estaban a la vista y por eso a esta parte de la oración le correspondió, a ella en especial, la deixis, que se amplió, para formar una serie correlativa, de la primera y segunda personas hasta la tercera. Por tanto, los pronombres se instituyeron no porque los nombres no pudieran usarse en las tres personas, sino porque carecen de poder deíctico, que es justamente lo característico de los pronombres. Por eso, en «ése es el gigante Áyax» (Γ 115 229), pueden aparecer juntos y con estricta necesidad, pues si se emplea el deíctico es porque Áyax está a la vista, y si el nombre de Áyax, es porque se preguntó por su identidad propia.
46. Si esto es así, es evidente que «Apolonio escribo», y cosas por el estilo, son a todas luces incoherentes, y no por otro motivo que por la incoherencia de personas, puesto que el nombre es de tercera persona y el verbo de primera; lo coherente, pues, es que los dos sean terceras personas: «Apolonio escribe».
47. Ahora bien, lo anterior no es siempre válido, ya que los verbos que significan existencia o atribución de una cualidad propia permiten esa aparente incoherencia: «Soy Odiseo», «Me llamo Trifón», y ejemplos similares a éstos. Pero, al revés, no es posible que la denominación propia sea desempeñada por una palabra común aplicable a la generalidad de los sujetos; por ejemplo, si dijéramos «me llamo yo». (Es claro que «soy yo» puede decirse, pues significa existencia, no denominación de la cualidad propia, sino de la común, a la que es aplicable el «yo»). Lo mismo se puede decir de las demás personas. Está claro, por tanto, que verbos que no pueden eludir el ser completados con un nombre propio, los arrastran de la tercera a la primera persona, por ejemplo, «me llamo Trifón», pero no sucede lo mismo en «Trifón soy maltratado», pues el ser maltratado, 116 no es propio de Trifón de igual manera que lo es su nombre, de ahí que se emplee el pronombre, que vale para todo nombre.
48. A continuación vamos a tratar de la construcción de los pronombres con el verbo. Los casos oblicuos de los pronombres dependen enteramente del verbo, y según dicha construcción se entiende la función inherente a la persona del pronombre; pero no al revés, pues no todos los verbos exigen casos oblicuos de nombres o pronombres, puesto que los
verbos, unos son completos en sí mismos y otros incompletos[195]; así, «pasea», «es rico», «vive», o similares, no requieren caso oblicuo; de ellos haremos un detallado análisis cuando lleguemos a la sintaxis verbal
propiamente[196].
49. No se me oculta que la gran mayoría sostiene que la construcción verbal queda más completa si se le añaden los pronombres: «yo escribí», «yo hablé», y lo mismo de ejemplos semejantes. Como prueba de lo anterior aducen que frases como la siguiente no puedan constituirse si no llevan los pronombres: «yo estuve presente, tú no». «La oración, dicen, quedaría inconstructa». Yo, por mi parte, no admito que tal aserto sea del todo verdadero, y no me baso para ello en ejemplos poéticos, puesto que la sintaxis poética gusta de elipsis y pleonasmos, sino en la dicción ordinaria, cualquiera que sea, o en la más fina composición en prosa, y, 117
ante todo, en el poder de la razón[197], la que es preciso aplicar en todo tipo de construcción por evidente que sea.
50. A ciertas partes de la oración les es inherente el significado de
otras, así, a Áyax, «uno»[198]; a «Crónida», el genitivo singular de la
forma de base más «hijo» en nominativo singular[199]; a Λεσβόθεν (de Lesbos) la preposición ἐξ, (de) más el significado nominal; a Αἴαντε (dual: los dos Áyax) el «dos»; a ταχύτερος (comparativo: más rápido) el «más»; los ejemplos de esta índole que pueden ofrecerse son innumerables. Y nadie podrá decir que en «Crónida» hay elipsis de «hijo de…», pues si se le añadiese se produciría una denominación redundante.
Nos oponemos a que se diga [200] ἐξ οἴκοθεν, aunque se lo perdonemos a los poetas, entre los cuales las preposiciones unas veces faltan y otras sobran, por ejemplo:
ἀλλ᾿ ὑμεῖς ἔρχεσθε καὶ ἀγγελίην ἀπόφασθε (Ι 649) (pero vosotros id y comunicad el mensaje),
donde hay elipsis de ἀπό (ἀπέρχεσθε marchad), y en
ἐξ οὐρανόθεν προΐαλλε (Θ 365) (me enviaba desde el cielo),
donde el ἐξ (de, desde) es pleonástico. Ahora bien, en Αἴας, aunque esté en singular, no hay elipsis de «uno».
51. También en los verbos hay numerosos casos de tales significados implícitos; en indicativo la propia idea de declaración, y la de ella derivada de afirmación, por lo cual a las preguntas respondemos con «sí» o «no», o el verbo en indicativo, en cuanto que la afirmación está implícita en el indicativo: «¿estás escribiendo?», pregunto, y la respuesta 118 es «sí» o «no», o «estoy escribiendo»; de ahí también que la negación «no», al responder lo contrario, niega sólo lo declarativo: «no estoy
escribiendo». Pero tendremos ocasión de volver más adelante[201] sobre estos temas. A «estoy escribiendo» le es implícito, además, el número singular, y, sin embargo, no requiere el «uno». Está claro, asimismo, que lleva implícito el nominativo del pronombre de primera persona. Y si ninguno de los anteriores significados implícitos ha de suplirse, tampoco precisa el «estoy escribiendo» que se supla el pronombre «yo».
52. ¿Es que no se puede decir «yo estoy escribiendo» y no cometer
con ello ninguna incorrección? Yo mismo advertí más arriba[202] que no siempre era posible, pues considérese que en los ejemplos que venimos viendo, cuando el sentido lo exige, se explicitan todas esas partes de la oración que están implícitas:
ῥηΐτεροι γὰρ μᾶλλον Ἀχαιοῖσιν (Ω 243)
(pues todavía más fáciles para los aqueos…) [203],
pues habiendo que hacer una intensificación doble, y una se podría hacer con el comparativo ῥηΐτεροι (más fáciles), para la otra habría que recurrir necesariamente al μᾶλλον (más). También decimos: «sí, estoy escribiendo», queriendo hacer la respuesta más firme mediante el empleo simultáneo de la doble afirmación. E, igualmente, decimos que «un único hombre paseaba», en oposición a una posible pluralidad y a la negación total, es decir, «ninguno pasea», «a ninguno encontré». Del mismo modo, cuando se trata de una expresión pura y simple diremos «soy filólogo», «eres filólogo»; ahora bien, si quisiéramos mostrar claramente un contraste frente a alguien, incluiremos el pronombre, cuya función propia es la oposición entre las distintas personas, pues es sabido que no sólo 119 sirve para distinguir la persona, pues en esto también participa el verbo. Por lo mismo, los infinitivos precisan ineludiblemente de la construcción
con aquéllos [204], puesto que carecen por naturaleza de personas.
53. Sin embargo, dice Habrón que una frase como «yo por mi parte estuve presente» no tendría sentido si se le suprimiera el pronombre, sin pararse a pensar que la partícula μέν (por mi parte), al anticipar el añadido de una segunda oración, reclama la presencia del pronombre para que tenga lugar el necesario contraste con la otra persona que está expresada
en la oración subsiguiente. Por eso, acentuamos con acento tónico[205]:
ἡ δ᾿ ἐμὲ χειρὸς ἑλοῦσα (μ 33) (pero ella cogiéndome la mano),
en razón del contraste con la persona de los compañeros [de Ulises].
54. En resumen: el nominativo de los pronombres personales indica por sí mismo que su empleo es sólo en función contrastiva, pues no podrían eludir la énclisis si se empleasen superfluamente, es decir, si su función estuviese cumplida por la desinencia verbal; por el contrario, se
mantienen en la frase a causa de su carácter específico[206].
55. Así pues, ningún pronombre personal en nominativo puede admitir la énclisis, y esto no solamente lo demuestra el uso, sino que también lo atestigua, además del uso, su forma, dado que los pronombres que comienzan por ε- cuando van enclíticos pierden dicha ε- inicial, lo que no sucede con ἐγώ (yo) por no admitir la construcción enclítica. Por 120 eso son ortotónicos estos pronombres entre los eolios, por la permanencia
de la [207] ε- aun cuando aquéllos no acentúan la sílaba final. Cómo, pues, no van a merecer la risa los que sostienen que el ἐγώ puede ser enclítico cuando es justamente su función específica lo que preserva su acentuación aguda, puesto que la ε- añadida es lo que hace que las formas enclíticas del pronombre pasen a acentuarse con agudo, las cuales no podrían ser enclíticas de otro modo que suprimiéndoles la ε- que es propia de la forma tónica solamente. En consecuencia, pienso yo que el pronombre τύ (tú) en dorio puede ir enclítico sólo porque la propia anormalidad de ir enclítica la forma de nominativo lo excluye del nominativo y lo convierte
en su afín el acusativo[208], con el cual coexiste y coincide en los duales, en algunos plurales y en todos los neutros.
56. Ahora bien, es del todo necesario que las terceras personas verbales lleven al lado, bien los pronombres mismos, o bien aquello que sustituyen, es decir, los nombres; y no para que se vea el caso, puesto que el nominativo-sujeto está implícito [en la desinencia verbal], ni tampoco por la persona, pues se entiende que es la tercera, sino justamente por causa de su indefinición. En efecto, siendo infinitas las terceras personas han de contentarse con una sola forma verbal; y es evidente que si una 121 forma única es aplicable a una infinidad de seres, ello implica una persona indefinida, al tener que dirigirse la mente a toda la diversidad de los mismos. Por tanto, como los pronombres designan personas determinadas, necesariamente han de acompañar a los verbos, para que, gracias a su compañía, pueda eludirse la indefinición de la noción expresada por el verbo; por ejemplo, «escribe» puede ser «éste», «ése», «aquél», «él».
*
57. Hemos explicado que los pronombres personales en nominativo tienen que ser necesariamente ortotónicos. A continuación, vamos a pasar
al resto de los casos a los que es inherente la forma doble del acento[209]
en virtud de la sintaxis que subyaga a la oración[210], a no ser que el carácter propio de la forma excluya la posibilidad de ser acentuada de las dos maneras.
58. El uso más común en que aparecen las formas tónicas tiene lugar cuando se trata de hacer énfasis de una persona frente a otra; así se dice:
παῖδα δ᾿ ἐμοὶ λύσαιτε (Α 20) (soltadme a mi hija),
por el contraste con
ὑμῖν μὲν θεοὶ δοῖεν (Α 18) (que los dioses os concedan a vosotros).
Resulta evidente que el «que los dioses os concedan a vosotros», mediante la acentuación del ὑμῖν (a vosotros), anticipa el contraste con la persona que va a venir a continuación. Este uso a que nos estamos refiriendo suelen subdividirlo, a su vez, en otros muchos, pero todos, al fin de cuentas, vienen a reducirse al anterior.
59. Todo pronombre, dicen, cuando está conectado con una copulativa a otra palabra, es tónico: «nos habló a Dionisio y a mí», «nos estima a Dionisio y a mí»; sin embargo, si el pronombre queda fuera de la cópula no podrá ser tónico de ninguna manera: «te hizo el favor y también 122 a Dionisio», «te honró y también a Dionisio». Dicen también que en los
siguientes ejemplos la conectiva no afecta al pronombre[211]
καί μ᾿ ἐφίλησε (Ι 481)
(y me amó),
καί μοι ὑποστήτω (Ι 160)
(y que se me someta).
Es evidente que si uno no buscase las causas de estos hechos, parecería que sólo se conforma con el texto transmitido y daría motivos a los que gustan de trastornar los textos, puesto que no los detiene ninguna teoría que pueda mostrarles la justa coherencia y su transgresión.
60. Según las razones anteriores, las llamadas conjunciones
copulativas toman en común un nombre o un verbo[212], por tanto no
precisan de signo de pausa de lectura[213], dado que tanto la oración añadida como la que sirve de base están íntimamente unidas. Valgan como ejemplos, del lenguaje común: «Dionisio pasea y también Apolonio», que tiene en común «pasea»; y del poético: «De los beocios eran jefes Peneleo y Leito, Arcesilao y Protoenor y Clonio» (B 494 s.), que a su vez, tiene en común el «eran jefes». Con esto no quiero decir que
en tales casos haya indistinción total entre los miembros[214] 123 , sino que los
tomados en común se encuentran de este modo conectados, es decir que es lo que expresan «y» y sus equivalentes.
61. [215] Más adelante mostraremos que δέ y sus equivalentes impiden que se tomen dos términos en común, provocando una diversificación de los casos de las palabras y aun de los verbos. Por tanto, al resultar las oraciones independientes una de otra, se hace necesaria la interpunción, como, por ej.: Διονύσιος μὲν ἔγραψεν, Τρύφων δέ ἀνέγνω (Dionisio escribió, y [pero] Trifón leyó), a no ser que algo tomado conjuntamente se distribuya: φιλολογήσωμεν σήμερον σὺ μὲν κατὰ σχολήν ἐγὼ δέ ἐν οἴκῳ (estudiemos hoy, tú en la escuela y [pero] yo en casa).
ἀλλ᾿ ἤτοι μὲν ταῦτα ἐπιείξομεν ἀλλήλοισιν
σοὶ μὲν ἐγὼ σὺ δ᾿ ἐμοί (Δ 62 s.)
(cedamos uno a otro en estas cosas, yo a ti y tú a mí).
Este uso, por ser muy genuino, lo explicaremos en el apartado
correspondiente[216]. Volvamos ahora a lo que estábamos tratando.
62. Si un nombre está copulado con otro, no podrá ser el nombre el que esté tomado en común, sino el verbo; y, al revés, si es el verbo el que está copulado con otro, nunca podrá ser el verbo el tomado en común, sino el nombre acompañante. Sean los ejemplos: «Trifón y Apolonio conversan». No puede ser «Trifón» el tomado en común, sino «conversa»; y al revés, «Trifón conversó y leyó», en cuyo caso es «Trifón» el tomado en común. La misma construcción realizará el «y» tratándose de 124 pronombres.
63. Ahora bien, si el primer miembro no está copulado, entonces es indiferente cuál de los otros va a ser tomado en común: «Trifón pasea y también Apolonio», «Trifón pasea y conversa», pudiendo tomarse en común uno u otro. Si a dicha frase le añadimos la conjunción al comienzo, su forma tendrá que establecerse de acuerdo con el miembro copulado: «Trifón y Apolonio pasean», «Trifón pasea y conversa», pues no sería correcta en la forma siguiente: «Trifón pasea y Apolonio».
64. Estamos de acuerdo, entonces, en que un nombre copulado exige necesariamente otro nombre, y además en el mismo caso, como salta a la vista del ejemplo:
εἰπὲ καὶ ἡμῖν (α 10)
(cuéntanos también a nosotros),
pues se sobreentiende «y a los otros». O, como Aristarco, se puede rechazar la conjunción como no pertinente para que no haya que sobreentender, a causa de ella, a otras personas en el mismo caso.
65. En consecuencia, pues, los pronombres personales, si están copulados, son tónicos en virtud del elemento nominal que llevan 125
conectado. Por tanto, en[217]:
καί μοι ὑποστήτω (Ι 160), καί μ᾿ ἐφίλησεν (Ι 481),
la copulativa no afecta al pronombre, sino al verbo; y además hay hipérbaton en las frases. Pues téngase en cuenta que, en estos ejemplos, la copulativa no introduce otra persona en el mismo caso para ser conectada con los pronombres. De ahí que, al no presentar los pronombres ningún contraste de personas, pierdan su acento propio por no estar afectados por la conjunción.
66. Lo mismo habría que decir cuando se tratase de disyuntivas, sean pronombres o, en general, cualquier palabra susceptible de entrar en construcción nominal. Digo esto, porque una conjunción como ὅτι (que, porque) sólo puede entrar en relación con verbos, de ahí que tampoco tenga que provocar necesariamente la ortotónesis de los pronombres si la propia oración no lo exigiese. Así pues, es posible decir: ὅτι σε ἐτίμησα ὑβρίσθην (porque te alabé fui injuriado), ya que, en general, la conjunción nada tiene que ver con el pronombre. Ahora bien, si lo decimos acentuado tónico: ὅτι σε ἐτίμησα (porque te alabé a ti), es evidente que no es por la conjunción, sino por el contraste que se sigue de ello.
67. [218] La conjunción ἕνεκα, por su parte, que rige siempre un genitivo, provoca la acentuación tónica del pronombre cuando va conectada a formas del mismo en genitivo:
εἵνεκ᾿ ἐμῖεο κυνός (Ζ 356) (por culpa mía, perra de mí).
Pues ¿qué griego se atreverá a pronunciar enclítico el [219] ενεκ᾿ ἐμοῦ? Es sabido que los pronombres son ortotónicos, sólo porque, copulados 126 contrastivamente con un elemento nominal, forman parte fundamental de la oración.
68. Afirma Habrón que el pronombre va enclítico indebidamente en
ἤ μ᾿ ἀνάειρε ἢ ἐγὼ σὲ (ψ 724) (levántame tú a mí o yo a ti),
puesto que va conectado por una disyuntiva; como tampoco se podría decir contra él que la frase correcta sea ἢ ἀνάειρε με, igual que καί μ᾿
ἐφίλησεν[220], en lugar de καὶ ἐφίλησέν με. Él mismo lo habría aceptado, si no hubiera pasado por alto la explicación que acabamos de dar, esto es, que el pronombre está realmente en una disyuntiva clara, en contraste con la oración que se le opone, ya que sigue un «o yo a ti». Es evidente, en efecto, que si la disyuntiva se refiriese al verbo, no seguiría un acusativo,
sino un verbo, como ya expusimos al tratar de la copulativa[221]. Por otro lado, los que no admiten esta lección les choca que el pronombre sea monosilábico, pronombre que hemos de admitir necesariamente como
bisilábico[222], aceptando que se ha producido una elisión del tipo de la crasis igual que en
τὠμῷ κεχαρισμένε (δ 71)
(¡oh tú, grato a mi corazón!),
τἡμῇ κλισίῃ (Ι 654)
(ante mi tienda).
Es claro, por tanto, que no deberá transponer su acento a la conjunción ἤ, sino que lo conservará sobre sí:
ἢ ἒμ᾿ ἀνάειρ᾿ ἢ ἐγὼ σέ,
igual que cuando es electiva[223]:
ἢ ἐμοί, ὅς πέρ οἱ θαλερὸς πὸσις εὔχομαι εἶναι (Θ 190) (…que a mí, que me jacto de ser un joven esposo para ella…),
en contraste con
ὑμῖν πὰρ προτέροισι μελίφρονα πυρὸν ἔθηκεν (Θ 188) (os echaba a vosotros el delicioso trigo antes…).
Sin embargo, la frase correcta, en 127
καί τοι ἐγὼ συνέριθος (ζ 32),
es una vez más: κἀγώ σοι συνέριθος ἔσομαι (y yo seré tu compañera), claro está, con las que la acompañaban a los lavaderos. Es patente que, en todos los ejemplos de este tipo, nuestra teoría permitirá restablecer la sintaxis correcta.
69. También las preposiciones apuestas a los pronombres se realizan
de la misma manera[224]: παρ᾿ ἐμοί, διὰ σοῦ ἀφικνεῖται παρὰ σέ. Por eso, en el ejemplo de Teócrito:
σὺν καὶ τρίτος ἁμὶν Ἀμύντας (VII 2) (y con nosotros, el tercero, iba Amintas).
Con toda razón juzgaron algunos que fuese tónico. Estando la construcción clara por demás, me parece superfluo aducir más ejemplos. Pero lo que sí resulta forzoso es investigar si esto sucede según algún principio analógico real. La construcción en sí misma no requiere explicación, por ser de sobra clara, pero las causas no son fácilmente perceptibles en todos sus aspectos.
70. Los casos oblicuos de los pronombres que están construidos con verbos y que hacen referencia a dos personas, la del agente y la del objeto, mediante la acentuación ortotónica vienen a hacer referencia, además, a una tercera persona, puesto que hay diferencia en decir τύπτω σε ([yo] te pego) y σὲ τύπτω ([yo] te pego a ti [y no a otro]). Así, mediante el acento se distinguen las dos construcciones, puesto que la absoluta, al exigir el 128 pronombre pospuesto, transpone con ello el acento, es decir, los convierte en enclíticos, mientras que en la otra, cuando el pronombre está en contraste con algo, tal pronombre va al principio y en su forma plena y la grafía pertinente. Lo que se hace evidente con los ejemplos: δός μοι (dame) y ἐμοὶ δός (dame a mí).
71. Por otro lado, también es cierto aquel principio de que las preposiciones pueden entrar en composición con nominativos y
verbos[225] [226] , pero con los casos oblicuos van apuestas. Con los pronombres es algo evidente; pero los nombres parecen contradecir lo anterior, pues decimos Hipérbolo, Epicuro. Si se analiza con detenimiento, se hallará que no hay caso oblicuo en tales formas de composición, sino que se trata de la flexión de un nominativo
compuesto[227]. Los casos oblicuos, en efecto, se construyen con la preposición que les es propia, con lo cual queda claro si se trata de un giro preposicional o no, como en κατὰ Κτησιφῶντος (contra Ctesifonte), πρὸ