Sintaxis
Alejandría y los orígenes de la gramática
En el año 330 a. C. y siete antes de su muerte, Alejandro Magno fundó en el delta del Nilo una ciudad, como tantas veces hizo a lo largo y ancho de sus empresas. Pero ésta no iba a ser una de tantas Alejandrías, porque ella estaba destinada, también, por su carácter y logros imperecederos a dar su nombre y
marcar con su impronta intelectual y cultural a una época[2].
Alejandría era la segunda ciudad griega de Egipto, después de la antiquísima Náucratis, que, en un reino rígidamente centralizado y de absolutismo burocrático como el de los Tolemeos, podía gozar de autonomía local; después las siguieron Tolemaida en el valle del Nilo, la oscura Paretonio en Libia, y Antinoópolis, un capricho del emperador Adriano. Eran estas ciudades griegas autónomas, esto es, con su pritaneo, magistrados e instituciones propias que intentaban mantener las marcas distintivas de lo helénico. Con la batalla de Accio y la anexión romana del último reino diádoco el 30 a. C., estas ciudades siguieron conservando en apariencia su status invariable; pero, pasado el tiempo, la administración fue cayendo en manos romanas, quedando para aquéllas la parte cultural y religiosa, es decir,
gimnasio y templos, enseñanza, festivales y juegos[3].
Es la época helenística un período de la historia griega bien diferenciado de los demás en el que las nuevas condiciones políticas, sociales y económicas van a conformar su personalidad cultural distinta. Algunos de sus rasgos definitorios son los siguientes: la expansión e implantación del griego como lingua franca, al tiempo que recurso político de unificación cultural, y su consiguiente degeneración; el aticismo como reacción conservadora, a la vez que fenómeno estético-literario; causa y consecuencia de todo ello, el nacimiento de la filología como ciencia y el paso definitivo de una cultura básicamente oral a otra escrita, letrada, de libros; por último, los principios metodológicos que informan la ciencia helenística, que son, dentro del eclecticismo generalizado en todas las manifestaciones espirituales, aristotélicos o, para matizar más, peripatéticos de corte teofrasteo: separación de las ciencias particulares de la filosofía y especialización por ramas; frente al dogmatismo apriorístico y metafísico de Aristóteles, observación del objeto y consideración únicamente de los datos proporcionados por la observación; por ello, un hecho o proceso están estudiados cuando lo están todas sus
concomitancias[4]. Si pensamos en el dominio de la gramática, estas características de especialización, empirismo y exhaustividad saltan particularmente a la vista.
Todavía en los comienzos del siglo III a. C., los primeros representantes de la dinastía tolemaica crearon en Alejandría y pusieron bajo su patronazgo dos obras trascendentales para lo que iba a venir: el Museo y la Biblioteca. Era el Museo una institución científico-religiosa en que los hombres de ciencia presididos por un sacerdote de las Musas, de ahí su nombre, vivían en comunidad y ejercían su labor. Aneja al Museo estaba la gran Biblioteca. Ni una ni otro eran novedades absolutas en el mundo griego, pues respondían, aunque sin comparación en las dimensiones, a modelos peripatéticos. Sabemos, en efecto, que los primeros Tolemeos se asesoraron, para la fundación de estas instituciones, de Demetrio Falereo, discípulo de Aristóteles y político ateniense que tuvo que huir a Egipto. El objetivo de la Biblioteca era recoger y conservar la totalidad del patrimonio cultural de Grecia, labor ardua si pensamos en el estado de corrupción, variantes, interpolaciones y demás en que debían encontrarse los textos, debido sobre todo al carácter fundamentalmente oral de su transmisión. La tarea, por tanto, consistía en la recuperación del original, que es lo que define en esencia a la filología y a la actividad del gramático.
Filología y gramática se instituyeron en Alejandría en un proceso de mutua interacción. Por un lado, la crítica textual tenía que comparar, ordenar y clasificar formas lingüísticas: una edición crítica se basa en la confrontación de variantes tradicionales, y, en consecuencia, llegar al establecimiento de paralelismos, a la distinción de clases de palabras y de regularidades en la flexión, y de ahí a la determinación de que el lenguaje se halla gobernado por la ley general de la analogía. Por otro, la defensa y aceptación de una forma dada sólo podía mantenerse sobre el conocimiento fijo de las reglas gramaticales y de los usos a que respondía. La obra de Apolonio sirve muy bien para ilustrar este proceso de doble dirección: los textos literarios plantean interrogantes filológicos y críticos; tales interrogantes se resolverían si dispusiésemos de una ley gramatical a la que se sometiesen; es preciso inferir una ley de aplicación general; dicha ley revertirá, a su vez, en la crítica y corrección de los textos (cf. I 60; II 49, etc.). Por último, este proceso exigía
la creación del aparato conceptual y terminológico en que expresarse[5].
Ahora bien, los orígenes y constitución de la gramática están básicamente mal planteados por establecer dicotomías absolutas e irreales y pretender reducirlas a sistema, de lo que no resulta, a la postre, sino un cúmulo de contradicciones. Se suele partir de la existencia, en la antigüedad, de una doble corriente de interés lingüístico, una filosófica o teórica y otra práctica o filológica, que acabarían constituyendo dos sistemas gramaticales opuestos: el estoico y el alejandrino. Uno y otro sistema se asentarían en dos principios antitéticos, consistentes en la consideración del lenguaje como sometido o bien a la ley de la anomalía, en que el uso se instituye como norma, o bien a la ley de la analogía o regularidad de los hechos de lengua. La primera dificultad grave surge al preguntarse cómo puede constituirse una gramática sobre el principio reconocido de la anomalía, es decir, establecer la norma de la antinorma, la regularidad de lo que no se somete a ley, en una palabra, cómo podía ser esa «gramática estoica». Por otro lado, cabe también la posibilidad de hacer una crítica de la validez del principio analógico para la gramática, crítica que hizo Sexto Empírico (ss. II-III). De todo ello se dedujo la existencia de dos gramáticas, una empírica y otra técnica, la primera
defendida por los anomalistas y la segunda por los analogistas[6]. Si a continuación se identifican la postura de Sexto con la del estoico Crates de Pérgamo, el que habría mantenido el criterio anomalista frente al analogista
del alejandrino Aristarco[7], el círculo queda aparentemente cerrado; pero, en realidad, es insostenible, pues para ello se necesitaría reducir antítesis irreductibles y calificar a los estoicos de empiristas y, a la vez, de teóricos dogmáticos, de defender el lógos y la synétheia, la razón y el uso. Pero lo más grave de la cuestión consiste en suponer que el sistema gramatical alejandrino se formó a partir de la dialéctica estoica. Es éste un prejuicio secular que, según mi punto de vista, debe ser superado para acercarse a los orígenes de la gramática, dado que ésta ha de ser considerada como un sistema propio y autónomo de fines y de medios con respecto a los demás, aunque en cuanto sistema se halle integrado en unas dimensiones históricas que constituyen la condición-marco para que aquél se desarrolle.
Existe una corriente de opinión de algunos filólogos, los menos, y sobre todo filósofos e historiadores de la filosofía, que, ya sea por hacer depender la gramática de la lógica o por querer conceder un papel preponderante a la gramática romana, pretenden hacerla una consecuencia de la dialéctica estoica. Para ello necesitan superar el último obstáculo sin el cual no es posible que se mantenga dicho punto de vista, y lo superan negándolo: para ellos la Gramática de Dionisio Tracio es una falsificación tardía. Naturalmente no podía ser auténtica una gramática de mediados del siglo II a. C., que representa el instrumento conceptual y terminológico de la filología alejandrina desde Zenódoto hasta Aristarco, si los supuestos padres de la gramática, Crisipo o Crates, son posteriores o contemporáneos de los grandes
alejandrinos[8]. No se puede hablar de lógica o dialéctica estoicas y mezclarlas con gramática, como si una y otra no pertenecieran a dos esferas distintas de actividad, con unos presupuestos gnoseológicos distintos: lengua como lógos, lektón («lo decible», esto es, proceso creador) para los estoicos, frente a lengua como texto tò legómenon («lo dicho», o sea, algo dado para siempre) según los alejandrinos. Sin que ello quiera decir que no hubiera interferencias
recíprocas[9]. Pero no hay gramática estoica, sino filosofía y lógica del lenguaje por un lado y gramática por otro, pues lo que define a una ciencia no son sus préstamos, que a todas afectan, sino la combinación de todos los elementos en un nuevo sistema.
En conformidad con lo que dijimos antes, la filología alejandrina puede entenderse como el tratamiento sistemático de los textos literarios, es decir, el «manipular» una serie de objetos (los textos) de acuerdo con una teoría: una teoría se define como un mecanismo de conceptos - términos organizados en un sistema de relaciones para operar sobre el campo - objeto. Frente al filósofo estoico, al filólogo alejandrino se le ofreció un campo de conocimiento nuevo y autónomo con respecto a los demás, su esfera filológica de reconstrucción e interpretación textuales, ayudado para ello del mecanismo gramatical. El hecho constitutivo de la gramática alejandrina se basa en la consideración de la lengua como un proceso analógico, es decir que entre los elementos lingüísticos existen correspondencias matemáticas del tipo A = B; A : B = B : C; A : B = C : D, etc., de manera que dichos elementos forman un sistema tal que pueden ser definidos por sus relaciones de semejanza mutua. La analogía es un método de deducción (y de reducción) lógica que podemos denominar «regla de sustitución». Euclides emplea la expresión homoíos deíksomen, esto es: «análoga o proporcionalmente demostraremos», queriendo significar que, en el proceso demostrativo llevado a cabo con unas ciertas magnitudes, pueden ser éstas sustituidas por otras sin que el proceso deductivo cambie. Esto mismo puede ser trasplantado a la gramática: una forma dada puede ser explicada por o reducida a otra forma conocida o base, en virtud de sus relaciones de semejanza; o sea: las sustituciones en el proceso demostrativo o explicativo han de ser de cosas «iguales» entre sí. Por eso, los gramáticos alejandrinos, desde Aristófanes de Bizancio y Aristarco, tuvieron que definir esos criterios de comparabilidad, es decir, la condiciones bajo las cuales se producen las relaciones de igualdad
entre los elementos lingüísticos para que pueda establecerse la proporción[10]. Por tanto, el principio analógico constituye el requisito previo a cualquier intento de sistematización y clasificación de una lengua, sobre todo con vistas al establecimiento de los modelos o cánones de la flexión y conjugación. La consecuencia necesaria es que existen formas que no se dejan reducir, esto es, que no se someten a la norma de la regularidad general: son formas anómalas. Para los estoicos, lo constitutivo del lenguaje es la anomalía, y de ahí la famosa querella con los alejandrinos, defensores de la analogía. Una vez más vemos que el principio estoico de la anomalía significa la negación de la gramática en su concepción más antigua, esencialmente clasificación de formas y descubrimiento de los mecanismos de la flexión. Luego defender los orígenes estoicos de la gramática es contradictorio en sí mismo. De todo lo dicho podemos concluir que, de la misma manera que la gramática es condición de la filología, sin el imperativo filológico tampoco se hubiera creado la gramática en Alejandría y en la forma en que se hizo.
Es ésta una idea que se ha reconocido desde antiguo. Consideremos dos
citas significativas al respecto. M. Müller[11] se expresa así:
Los primeros que dieron a las formas lingüísticas reales una ordenación segura fueron los
eruditos alejadrinos. Su tarea principal era establecer textos correctos de los clásicos griegos, principalmente de Homero. Se vieron, por tanto, obligados a observar del modo más escrupuloso las formas de la gramática griega. Los manuscritos enviados a Alejandría y Pérgamo desde las diversas partes de Grecia mostraban notables variantes, y sólo mediante la cuidadosa observación podía verificarse qué formas podían, o no, ser admitidas en Homero. Sus ediciones no eran simples ekdóseis, editiones, eran al mismo tiempo diorthóseis, es decir, ediciones críticas. Había, además, escuelas distintas enfrentadas entre sí en sus respectivos puntos de vista sobre la lengua de Homero. Cada conjetura que Zenódoto o Aristarco admitían tenía que ser justificada, y esa justificación sólo podía ser sostenida, si se disponía de reglas generales sobre la gramática de los poemas homéricos.
Y la comparación de K. Lehrs[12]:
El esfuerzo que, tras el despertar del interés por nuestros monumentos literarios
altoalemanes, les dedicaron Lachman y Grimm en crítica textual, en exégesis y explicación de la estructura lingüística, ese mismo esfuerzo se le dedicó también entonces al griego, y estudios acumulados a lo largo del tiempo fueron llevando poco a poco, a unos materiales casi inabordables, integridad y comprensión, orden y regla.
Es obvio que la filología alejandrina tampoco partía de cero; contaba con el bagaje de siglos de estudios lingüísticos, de observaciones gramaticales, de modelos ajenos ya organizados pero extrapolables, de una serie de conceptos todavía sin sistematizar. Lo decisivo fue que en Alejandría se llevó a cabo ese proceso de sistematización gramatical. Así pues, ¿cuáles fueron los elementos y los logros del quehacer filológico alejandrino?
1) Ediciones críticas de textos. El proceso se llama diórthosis, o sea, emendatio, y ékdosis, editio. Por «edición» en Alejandría no debe entenderse nada parecido a lo que sucede desde la invención de la imprenta, sino, sencillamente, la fijación del texto con una serie de signos críticos en los márgenes que reenviaban, a su vez, a los comentarios, independientes del propio texto por regla general.
2) Comentarios completos o hypomnémata. Mediante el signo crítico correspondiente del texto, permitían estos comentarios el paso alternado de uno a otro. Consistían en exégesis textual e interpretaciones del carácter más heterogéneo, pues no sólo se comentaba a Homero y demás poetas, como a los bucólicos, sobre todo a Teócrito (Teón), también se comentaba a Platón y a Aristóteles, a Arato (Hiparco), y a Nicandro, etc. Para dichas ediciones y comentarios, el crítico por antonomasia es Aristarco, que desarrolló su labor en la primera mitad del siglo II a. C.
3) Monografías parciales: syngrámmata. Se referían a temas concretos y de una entidad suficiente como para ser incluidos en los comentarios generales; por ejemplo, «Sobre el catálogo de las naves» (Apolodoro) o «Sobre la copa de Néstor» (Asclepiades de Mirlea).
4) Léxicos, glosarios, diccionarios de todo tipo: de palabras raras, de un autor, de un género literario, dialectales (del ático, sobre todo), de vocabulario técnico (medicina); los llamados Onomásticos, que ordenaban el vocabulario por dominios o campos, etimológicos, léxicos, retóricos (aticistas), etc.
5) Toda suerte de monografías técnicas y manuales escolares, tanto puramente gramaticales: el Arte de Dionisio Tracio, la Sintaxis de Apolonio Díscolo, las Prosodias de Herodiano, como de historia literaria, así el tratado de Dídimo Sobre los líricos.
Tarea ingente, como se ve, la llevada a cabo por los alejandrinos en volumen y calidad técnica. Son cientos los nombres que han quedado de gramáticos de estos siglos helenísticos y primeros imperiales, y miles las obras que, en su mayoría, han desaparecido sin dejar rastro, pero lo conservado sirve de indicio para imaginar el alto nivel de técnica y método alcanzado. El momento de mayor esplendor de la filología alejandrina es ese siglo y medio de sus comienzos y está protagonizado por sus grandes bibliotecarios y filólogos Zenódoto (285-270), Aristófanes de Bizancio (-185) y Aristarco (-145). Problemas políticos surgidos a la subida al trono de Tolomeo VII llevaron al destierro a los intelectuales alejandrinos, entre ellos a Aristarco y su discípulo Dionisio Tracio; ello hizo que la ciencia de la ciudad del Delta se extendiese por el Mediterráneo: Dionisio enseñó en Rodas, otros en Roma, y hasta provincias más occidentales llegó la influencia, por ejemplo a España, donde enseñó Asclepiades de Mirlea, autor de diversas obras gramaticales y geográficas, entre otras una Descripción geográfica de los pueblos de la Turdetania que utilizó Estrabón. Discípulos de Dionisio Tracio son Tirannión el Viejo, el romano Elio Estilón (maestro, a su vez, de Varrón) y, quizá, el ya mencionado Asclepiades. Del siglo I a. C. son Filóxeno de Alejandría y Dídimo, que recoge en sus comentarios y léxicos toda la labor filológica anterior, y es de los autores más prolíficos de la historia de la humanidad, pues se le atribuyen más de tres mil quinientas obras y debió de morir ya en los primeros años del Imperio. Discípulos de Dídimo son Heraclides Póntico, Teón y Apión, de la época de Augusto y Tiberio. De esta época es, asimismo, Trifón de Alejandría, que escribió sobre cada una de las partes de la oración por separado y sobre sintaxis, entre otras muchas obras, algunas conservadas; pasa por maestro (indirecto) de nuestro Apolonio, que lo cita, como veremos, más de cincuenta veces. Discípulo de Trifón es Habrón, citado ocho veces por Apolonio. Con éste nos encontramos ya en el siglo I de nuestra era. Otros gramáticos del momento son Aristónico, Tolomeo Quenno, Claudio Dídimo, Epafrodito de Queronea, Heraclides de Mileto, Lesbonacte,
Elio Dionisio, etc.[13]. Con ellos llegamos a los finales de siglo, años que verán nacer a Apolonio Díscolo.
Llegados a este punto, hemos de retroceder y considerar una cuestión teórica importante. Hemos hablado de la primera gramática como el proceso del descubrimiento empírico de los tipos de formas y mecanismos de la flexión con su clasificación sistemática, siempre de la mano de la filología. Es la fase que podemos denominar morfológica. Pues bien, el cierre cronológico de la gran exégesis alejandrina hay que situarlo virtualmente en la persona y obra de Dídimo a fines del siglo I a. C. Aquí se abre para la gramática y la filología una nueva fase con presupuestos metodológicos distintos: se trata de saber cuáles fueron las condiciones que provocaron el salto metodológico a la fase sintáctica. En realidad, no es necesario recurrir a factores externos, ya que el propio mecanismo lógico del sistema determina la evolución del proceso del análisis a la síntesis y viceversa. Por eso, no choca que Dionisio Tracio abra el estudio de las partes de la oración (fase analítica) con la definición de oración, es decir, su síntesis. Y Apolonio concibe su obra como una exigencia filológica: hay problemas filológicos que trascienden la morfología y hacen necesario el estudio de la sintaxis (cf. I 6). Es posible, sin embargo, referirse a dos factores externos, que son la educación y el fenómeno aticista. A ello contribuyó el amplio conocimiento de la literatura clásica del siglo ateniense propiciada por la labor alejandrina y canonizada por ellos.
La educación, como necesidad histórico-social, obligaba a todos a aprender a escribir en ático, no sólo con su vocabulario sino en su «construcción», el uso ático en definitiva, para el que valía, además, la autoridad de Homero, considerado ateniense de nacimiento en la época helenística y después. Aristarco y Dionisio Tracio así lo creían y lo mismo Apolonio Díscolo, como veremos. Por otro lado, y en relación con lo anterior, la retórica había seguido un proceso metodológico paralelo. Tal vez no sea
una casualidad que el sistema retórico de un Dionisio de Halicarnaso[14], por estos mismos años de comienzos del Imperio, esté planteado en los términos equiparables de selección-combinación de elementos (eklogé-sýnthesis), entendiendo por lo segundo —la composición— la ordenación y ensamblaje de las palabras, claro está que desde el punto de vista rítmico-musical conforme a los fines literarios a que se destinaba. Cambiado dicho punto de vista por el morfosemántico, tendremos constituida la sintaxis. Además de la proximidad conceptual entre sýnthesis y sýntaxis, proximidad que llega a hacerlos intercambiables y, por tanto, sinónimos, llama la atención el hecho de que los términos katállelos y katallelótes («coherente» y «coherencia»)
[15], claves para el concepto sintáctico de Apolonio, también lo eran para la crítica literaria del momento y, en concreto, para Dionisio de Halicarnaso. Incluso Cicerón, contemporáneo de éste, habla de «congruenter loqui» y «congruentes litteras» en el De oratore. Por tanto, podemos conjeturar que, en
el siglo [16] I d. C., la cuestión sintáctica «estaba en el ambiente».
En un primer momento, fueron los estudios sobre las figuras, que no son de origen retórico, sino gramatical; los problemas sintácticos, concebidos como problemas de solecismo o de desviación literaria (figura); los tratados Perì soloikismoû, Perì schemáton, es decir, sobre las construcciones especiales, las que se apartan de la norma ordinaria, o sea, las figuras. Pero, poco a poco, se van suscitando cuestiones de mayor alcance, desde Trifón, como se puede deducir del uso que de él hace Apolonio, pasando por Teón de Alejandría, de la primera mitad del siglo I, cuya obra Zetémata perì syntáxeós lógou (Cuestiones de sintaxis de la oración) debió de ser antecedente
obligado de la gran sistematización apoloniana[17]. Sin embargo, la cuestión de los orígenes y desarrollo iniciales de la sintaxis es una cuestión no resuelta todavía.
Con la llegada al poder de los emperadores Antoninos se crean unas condiciones favorables para el desarrollo general y, especialmente, el cultural. No se olvide que los reinados de Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio —el siglo II de nuestra era hablando grosso modo—, llamados la Edad de oro del Imperio Romano, son justamente los de la vida y actividad de