Sóniechka
[1] Natasha Rostova y el príncipe Andréi Bolkonski son personajes
Desde pequeña, salida apenas de la primera infancia, Sóniechka se zambulló en la lectura. Su hermano mayor, Yefrem, el bromista de la familia, le repetía incansablemente la misma chanza, que ya sonaba pasada de moda en el momento de su invención: «¡A Sóniechka, de tanto leer, se le ha puesto el trasero en forma de silla y la nariz de pera!»
Por desgracia, aquella burla no pecaba de exageración: su nariz tenía verdaderamente la forma difusa de una pera y Sóniechka, larguirucha y ancha de espaldas, con unas piernas flacas y un trasero plano poco memorable, la única forma bien definida que poseía era la de un busto opulento de mujer, desarrollado precozmente y añadido, como sin venir a cuento, a una figura esmirriada. Sóniechka encogía los hombros, se encorvaba y se ponía vestidos talares, avergonzada de la abundancia inútil por delante y la planicie desoladora por detrás.
Llena de compasión, su hermana mayor, casada desde hacía tiempo, realzaba con generosidad la belleza de sus ojos. Pero eran unos ojos de lo más corrientes, pequeños y marrones. Bien es verdad que tenía unas pestañas de una exuberancia insólita, que le crecían en tres filas y le estiraban hacia arriba el borde abultado de los párpados, pero esto, más que ser un rasgo atractivo, representaba incluso un estorbo, puesto que Sóniechka, miope, llevaba gafas desde la más tierna infancia…
Durante veinte años, de los siete a los veintisiete, Sóniechka había leído casi sin tregua. Cuando se sumía en la lectura era como si entrara en trance y sólo volvía en sí al pasar la última página del libro.
Atesoraba un talento excepcional, tal vez una suerte de genialidad, para la lectura. Su empatía con la letra impresa era tan grande que confería a los personajes de ficción la misma categoría que a las personas de carne y hueso, parientes y amigos, y el sufrimiento sublime de Natasha Rostova
junto al lecho del moribundo príncipe Andréi[1] era para ella tan auténtico
como el dolor desgarrador experimentado por su hermana cuando perdió a
su hija de cuatro años como consecuencia de una estúpida distracción.