Sóniechka
[8] V. I. Lenin. (N. de la T.)
la espléndida nieve del parque Petrovski se había marchitado y encogido, se encontraron en el zaguán: Robert Víktorovich llevaba dos bastidores y un rollo de papel kraft, y Yasia dos libros de texto dentro de una bolsa de tela roja.
–Aguánteme esto un momento, por favor.
Robert Víktorovich le puso el rollo entre las manos con la vaga sensación de que algo parecido había pasado antes.
Yasia se apresuró a coger el rollo, mientras él intentaba coger mejor los bastidores.
–Si quiere, le ayudo a llevarlo -le propuso la chica sin levantar la mirada.
No contestó, ella levantó la mirada y, por primera vez durante el tiempo que llevaban viviendo bajo el mismo techo, él zambulló su mirada penetrante hasta el fondo de sus ojos serenos. Él asintió y ella bajó la cabeza, cubierta con un pañuelo blanco y suave, en señal de aprobación, y le siguió pisando con sus botas de agua infantiles las huellas que él dejaba en la nieve, como si cumpliera un ritual mágico.
Robert Víktorovich no se volvió durante el breve trayecto. Así, caminando uno detrás del otro, llegaron a la entrada de un edificio donde detrás de las puertas que se alineaban a lo largo de los pasillos se creaba con gran aplicación y diligencia un arte socialista bien remunerado, sacando de vez en cuando a los desangelados pasillos engorrosas variantes del gigante del
pensamiento calvo…[8]
Con la espalda apoyada contra un monumento de granito, aguantó torpemente la puerta con el pie para dejar pasar a Yasia. En el momento en que la puerta se cerró de un portazo, Robert Víktorovich sintió latir su corazón con golpes violentos y sordos, pero no en el pecho, sino en algún lugar en lo más profundo del vientre. Esas palpitaciones trepaban por él
como el sol sobre el horizonte, un rumor de mar llenó su cabeza, las sienes e incluso las puntas de los dedos. Dejó en el suelo los bastidores, cogió el rollo de las manos de Yasia. Fue entonces cuando recordó todo lo que había pasado.
Él puso su mano sobre la pelusa ahora humedecida del pañuelo y sonrió mientras Yasia se desabrochaba ya con diligencia los botones grandes del improvisado abrigo cortado a partir de una manta vieja, que había pasado largas tardes cosiendo junto a Sóniechka. Aquel año estaban de moda los botones grandes. La falda y la blusa de Yasia se cerraban con enjambres de botones marrones y blancos y, después de quitarse el abrigo, los desabotonó uno por uno, seria y concentrada, haciéndolos salir de los ojales cuidadosamente ribeteados.
Las palpitaciones, que habían alcanzado la potencia de una alarma e invadido hasta el más ínfimo de sus capilares, cesaron bruscamente, y en un silencio deslumbrante ella se sentó en el sillón roto sobre sus piernas, pequeñas y firmes. Después se soltó el pelo que llevaba recogido en la coronilla con una goma mientras esperaba que él saliera de su pasmo y tomara aquella insignificancia que a ella no le costaba nada…
Desde aquel día, Yasia pasaba a verle por el estudio casi a diario. Su relación era apasionada y extrañamente silenciosa. Normalmente, ella llegaba, se sentaba en el sillón que había escogido desde el primer momento y se soltaba el pelo. Él ponía el hervidor en el hornillo, preparaba un té cargado y disolvía cinco terrones de azúcar en una jarra de esmalte blanco -
marcada por el recuerdo del orfelinato, no podía saciarse de dulce- y ponía frente a ella el azucarero de porcelana blanco porque no sólo le gustaba beber el té azucarado, también le gustaba bebérselo mordiendo y chupando un terrón de azúcar.
Se la quedaba mirando mucho, mucho rato bebiendo su jarabe, y analizaba su blancura, que brillaba con más viveza ante él que los colores del arco iris sobre el fondo blanco mate de la pared desnuda. Y el brillo del esmalte de la jarra en su mano rosada y al mismo tiempo blanca, los grandes trozos de azúcar en porciones cristalinas y el cielo blanquecino detrás de la ventana,
toda aquella gama cromática ascendente culminaba con sabiduría en su carita blanca como un huevo, milagro de blancura, calidez y vivacidad, y aquella cara era la tonalidad principal de la que todo derivaba, surgía, interpretaba y cantaba el misterio del blanco muerto y el blanco vivo.
La admiraba, ella lo notaba y se elevaba bajo su mirada, se derretía en una vanidad femenina y saboreaba su poder absoluto porque sabía que no tenía más que decirle con su tono impúdico e infantil: «¿Quieres uno rapidito?», y él asentiría con la cabeza y la llevaría en sus brazos hasta la otomana recubierta con un tapete viejo, pero si ella no decía nada, se quedaría así, devorándola con los ojos, pobre tonto, tan extraño, tan especial, y locamente enamorado de ella.
«Locamente», se repetía Yasia en su fuero interno, y una sonrisa de orgullo afloraba en sus labios, y él percibía ese aire de triunfo un poco bobo, pero continuaba observándola, más y más, hasta que ella decía…
–Bueno, ya está… Me voy.
Él nunca le hacía preguntas, y ella tampoco le contaba nada. No era necesario. La atracción irrefrenable que sentía por ella, igual que el deseo persistente que ella tenía de estar a su lado, no necesitaba una confirmación verbal. En su presencia, Yasia tenía la impresión de haber cumplido la carrera con la que tanto había soñado: era rica, guapa y libre. Ya no necesitaba entrar en una escuela de teatro.
A mediados de abril Robert Víktorovich empezó a pintar un retrato de ella.
Primero le hizo uno con una tetera y unas flores blancas. Después otro. Fue el principio de una hilera de rostros blancos, de manera que uno desaparecía a la sombra del siguiente para emerger de nuevo y todos aquellos rostros estaban unidos entre sí por un curioso efecto óptico.
Pintaba deprisa. Y aunque ella estaba a su lado y eso era importante para el pintor, no trabajaba del natural. Era como si estuviera impregnado de ella y se limitaba a lanzar de vez en cuando una mirada a lo más recóndito de su alma. Trabajaba durante todas las horas de luz y cada vez pasaba más
tiempo en su estudio. Siempre le había gustado escaparse allí bien temprano, ahora a menudo se quedaba a dormir.
Al mismo tiempo, mientras la atracción hacia su hogar se debilitaba y la vida de Robert se iba trasladando a su estudio, que ejercía de alcahueta acogiendo cómodamente a su silenciosa concubina, nubes amenazantes se cernían sobre su casa.
Su pequeño barrio fue condenado a la demolición. Después de años de rumores reiterados pero poco convincentes, un buen día se hicieron realidad en un miserable trozo de papel con un sello borroso que ordenaba la demolición de las casas y el reasentamiento de los inquilinos. Esa notificación no les fue entregada en mano, como procede en esos casos, sino por correo, y al mediodía, después del reparto de la mañana, Sonia advirtió aquel papel de mal agüero en el buzón.
Agarrando el papel entre sus dedos, Sonia corrió hacia el estudio de su marido, donde no solía ir, respetando una prohibición tácita que resultaba clara para ella. Robert Víktorovich estaba solo, trabajaba. Sonia se sentó en una butaca, que soltó una protesta con su peso. Su marido, silencioso, estaba sentado frente a ella. Durante un largo rato Sonia miró las pinturas de mujeres pálidas con ojos blancos y entendió quién era la verdadera reina de las nieves. Y Robert Víktorovich se dio cuenta de que ella lo había entendido. No se cruzaron palabra.
Sonia permaneció sentada en silencio, luego dejó la triste notificación sobre la mesa y se fue del estudio. A la salida del edificio se detuvo de golpe, asombrada. Le parecía que todo tenía que estar cubierto de nieve, pero en el exterior se arremolinaba y ondulaba el verde del mes de mayo en todas sus tonalidades y los largos timbrazos de los tranvías hacían eco a los diversos matices del verde.
Caminaba de vuelta a casa, a su querida y feliz casa que, por alguna razón, debía ser reducida a una montaña de troncos, y las lágrimas le resbalaban por las mejillas largas y arrugadas, mientras murmuraba con los labios resecos:
–Tenía que haber pasado hace mucho, mucho tiempo… Siempre supe que era imposible… No podía ser…
Durante los diez minutos que empleó en llegar a su casa fue consciente de que los diecisiete años de feliz matrimonio habían tocado a su fin, que nada le pertenecía, ni Robert Víktorovich -¿pero cuándo le había pertenecido?-, ni Tania, que era por completo diferente de ella, tal vez tenía algo de su padre o de su abuelo, pero en cualquier caso no tenía su naturaleza tímida, ni la casa, cuyos suspiros y crujidos oía por las noches, como los ancianos sienten que sus cuerpos se convierten en extraños con los años… «Es justo que tenga a su lado a una mujer joven y bella, dulce y refinada, igual de excepcional y extraordinaria que él, y con qué sabiduría la vida le ha enviado en la vejez este milagro que lo ha impulsado a volver a lo más importante para él, su arte…», pensaba Sonia.
Desolada, ligera, con un zumbido transparente en los oídos, entró en casa, se acercó a la biblioteca, cogió un libro al azar y se echó abriéndolo por la mitad. Era La señorita campesina de Pushkin. Liza había salido a comer, palideciendo su rostro con polvos blancos hasta las orejas, mucho más maquillada que Miss Jackson. Alekséi Bérestov hacía su papel de distraído y pensativo, y aquellas páginas alumbraron a Sonia con la silenciosa felicidad de la palabra perfecta y la nobleza personificada…
Los preparativos de la mudanza duraron varios días. Sóniechka hacía fardos, llenaba viejas cajas de cigarrillos con cacerolas y trapos, y vivía en un estado de ánimo extrañamente solemne: le parecía enterrar su vida pasada, empaquetar en cada una de aquellas cajas los minutos, los días, las noches y los años de su felicidad, y acariciaba con ternura aquellos féretros de cartón.
Sin mover un dedo, Tania deambulaba ensimismada por la casa, tropezando con los muebles que habían cambiado de lugar como si hubieran adquirido vida propia. Las puertas de los armarios se abrían de improviso, las sillas ponían la zancadilla.
Tania no ayudaba a su madre. Entregada exclusivamente a sus propias emociones, se abandonaba en cuerpo y alma al inmenso rechazo que le provocaba aquella situación.
Había además otra circunstancia que la deprimía profundamente: de naturaleza cerrada y sin haber desarrollado todavía su capacidad de expresarse, recorría ante Yasia todos los recodos de su corazón desordenado, y Yasia, con su silencio inteligente, resultó el único interlocutor que aceptaba todos sus sufrimientos perfectamente superficiales con una neutralidad benévola tan fecunda para Tania, que gracias a aquellas conversaciones, que más bien eran monólogos, aprendió a formular sus pensamientos y cazar imágenes al vuelo y eso le producía un placer enorme.
Sus otros amigos -Aliosha, greñudo y subversor de todo lo existente, y Volodia, con su talento oceánico, su memoria omnívora y los conocimientos que almacenaba sobre todos los temas posibles e imaginables- la arrastraban a la fuerza a sus mundos fascinantes, y sólo Yasia le brindaba la oportunidad de ser ella misma, de pensar en voz alta, de escoger a tientas aquellos detalles a partir de los cuales una persona traza a su gusto el esbozo inicial que determinará su visión del mundo. Era eso precisamente lo que daba a Tania la impresión de estar cerca de Yasia y suscitaba en ella un vago sentimiento de gratitud.
Durante los raros intervalos en que Tania descansaba de su autocontemplación, se daba cuenta de que Yasia tenía su propia vida. Pero todos los intentos por penetrar en aquel espacio vedado del día, durante las horas que no pasaba ni en la escuela ni en casa, tropezaban con un silencio afectuoso pero evasivo o con respuestas ambiguas. La primera hipótesis plausible -una relación secreta- había despertado en Tania una duda acuciante: ¿quién es él?
La pregunta encontró respuesta de la manera más casual. Tania se topó con su padre y Yasia en la entrada del metro, fue testigo, sin ser vista, de una escena inverosímil: comían un helado y se reían. El helado resbalaba en densas gotas y Robert Víktorovich limpió a Yasia una mancha blanca y pegajosa con un movimiento de dedos que a Tania, gran especialista en
materia de caricias, la hizo estremecerse con un sentimiento desconocido hasta entonces: los celos.
No fueron los intereses femeninos de la madre ni las consideraciones de orden moral lo que turbó a Tániechka. La única cosa que realmente la indignó era el infame encubrimiento de una historia que, por otra parte, no era de su incumbencia…
Tania le montó una escena a Yasia. Ésta, que esperaba ser descubierta tarde o temprano, recogió sus cosas a toda prisa y se escabulló por el zaguán esculpido, dejando a Tania desconsolada y confusa. Creía que su relación con Yasia era más importante que cualquier aventura amorosa…
En ese momento Robert Víktorovich estaba desmontando una estantería que había hecho con sus propias manos y tardó en darse cuenta de la ausencia de Yasia.
Finalmente llegó el día de la mudanza. A la luz de ese radiante día de verano, los muebles gastados, tan acogedores y familiares, comprados en el mercado de Preobrazhenski con un frenesí propio de cazadores, tenían un aspecto desolador. Lo cargaron todo en un furgón cubierto y lo trasladaron al deprimente barrio de Lijobori, a un piso incómodo de tres habitaciones donde todo era de una miseria decididamente humillante: las paredes delgadas, la cocina minúscula donde Sonia se daba con los codos, el baño sin acabar.
Robert Víktorovich fue colocando los muebles con ayuda de Gavrilin. Los objetos oponían una resistencia tozuda, reacios a ocupar el lugar asignado: sobresalían rincones inútiles por doquier, faltaban centímetros por todos lados. Robert Víktorovich tuvo que arrancar un zócalo para que un pequeño armario pudiera encajar en el espacio que le había sido destinado. Poco faltó para que Tania no se pusiera a llorar sobre el baúl abombado con herrajes que corría el riesgo de no caber en la nueva vivienda.
Sonia mandó colocar el diván de Yasia y la cama de Tania y dijo: