Sóniechka

Liudmila Ulitskaya · Capítulo 5 de 14

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Sóniechka

[5] Antigua medida rusa equivalente a 16,3 kg. (N. de la T.)

inagotable de su biografía.

–Menos mal… Llegué justo en el momento del famoso ataque con gas. Pero estaba en la colina, a sotavento, por eso no me intoxiqué. Un golpe de suerte detrás de otro… Será que tengo buena estrella…

Y para convencerse una vez más de esa suerte excepcional, reservada sólo a los elegidos, deslizó su brazo bajo los hombros de Sonia.

Nunca más volvieron a hablar de literatura rusa.

Un mes antes de que naciera el bebé, la misión de servicio indefinida de Robert Víktorovich, que éste había prolongado por todos los medios, llegó a su fin y recibió la orden de volver lo antes posible a la ciudad bashkiria de Davlekánovo, donde tenía que cumplir su pena de confinamiento, con la esperanza en un futuro que Sóniechka seguía imaginando maravilloso y sobre el que Robert Víktorovich albergaba serias dudas.

El padre y la madre, gravemente enferma de los pulmones, de Sonia habían intentado convencerla para que se quedara en la ciudad al menos hasta que diera a luz, pero Sóniechka estaba firmemente decidida a irse con su marido; además, Robert Víktorovich tampoco quería separarse de su mujer.

Éste fue el único punto donde una sombra de insatisfacción se abatió sobre la relación entre el viejo relojero y su yerno. El anciano, que para entonces había perdido a un hijo y a su otro yerno, se sentía cercano a Robert Víktorovich, sin necesidad de palabras. No es que las diferencias de estatus social, en un mundo en el que se habían invertido todos los valores, carecieran ahora de importancia, pero se había puesto en evidencia el carácter ficticio de los privilegios del intelectual sobre el proletario. Por lo que respecta a todo lo demás, sin embargo, compartían la parte sumergida del iceberg cultural…

La familia preparó la partida de Sonia en veinticuatro horas: el plazo de tiempo concedido a Robert Víktorovich para arreglar todos sus asuntos. Su madre, vertiendo lágrimas amarillas, hacía dobladillos a los pañales

impetuosamente y, armada con una fina aguja preciosa, ribeteaba con ternura camisitas con retazos de sus viejas camisas. La hermana mayor de Sonia, que acababa de perder a su marido en el frente, tricotaba unos patucos diminutos de lana roja, con la mirada fija en el vacío. El padre, que se había procurado un pud[5] de mijo, lo repartía en varios saquitos sin dejar de mirar con aire incrédulo a Sonia que, aunque estaba en su noveno mes de embarazo, había adelgazado tanto en los últimos tiempos que ni siquiera había tenido que correr los botones de la falda y su estado se adivinaba no tanto por los cambios en su figura como por la cara levemente deformada y los labios hinchados.

–Una niña, será una niña -dijo la madre en voz baja-. Las niñas sorben siempre la belleza de la madre…

La hermana de Sonia asentía con apatía mientras Sóniechka sonreía, confusa, y repetía en su fuero interno: «Señor, si es posible que sea una niña… Y si es posible, rubita…»

Un ferroviario que los conocía los instaló en plena noche en un pequeño convoy de tres vagones que estaba a un kilómetro y medio de la estación, en un coche que conservaba como vestigio de sus orígenes nobles unos gruesos paneles de madera de buena calidad. Sin embargo, los asientos mullidos y las mesitas abatibles habían sido arrancados hacía mucho tiempo, y el lujo del pullman fue sustituido por bancos de madera.

Tardaron día y medio en hacer el trayecto de Sverdlovsk a Ufá, en un vagón abarrotado de pasajeros y, durante todo el camino, Robert Víktorovich, quién sabe por qué, se acordó de un viaje alocado que había hecho en su juventud a Barcelona, adonde se precipitó para conocer a Gaudí, en 1923 o 1924, después de haber ganado por primera vez una suma de dinero importante.

Sóniechka durmió serena durante casi todo el trayecto, hundiendo los pies en un bulto de mantas mullidas y con la espalda apoyada sobre el pecho delgado de su marido, mientras él evocaba la calle torcida y en pendiente