Sóniechka

Liudmila Ulitskaya · Capítulo 7 de 14

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Sóniechka

[7] Escuela religiosa hebrea. (N. de la T.)

Se podía decir que Robert había abandonado la pintura. Aquellos juegos con los que había intentado divertir a Tániechka dieron origen a una nueva forma de arte. Como siempre, la suerte le sonrió: en el tren local para Aleksándrov se encontró con Tímler, un famoso pintor al que había conocido en París y con el que había mantenido el contacto después de regresar a Moscú, hasta su arresto. Este pintor con reputación formalista -

quién nos explicará algún día lo que la mediocridad de los ambientes oficiales entendía con esa etiqueta- se había refugiado aquellos años en el teatro. Tímler visitó a Robert Víktorovich, permaneció hora y media en el cobertizo de madera mirando algunas composiciones sobre las cuales estaban inscritas una serie de cifras arábigas y letras hebreas y él, que era hijo del carpintero judío de un pueblo y había estudiado dos años en un kheder, [7] a la vez que apreció su extraordinaria calidad, no se atrevió a preguntarle al autor el significado de esos extraños signos. Por su parte, a Robert no se le ocurrió que fuera necesario explicar lo que para él era la obvia conexión entre el alfabeto cabalístico -reminiscencia vaga de su entusiasmo adolescente por el judaísmo- y sus audaces juegos sobre descomposición y distorsión del espacio.

Durante un buen rato, Tímler bebió su té en silencio y, justo antes de irse, le dijo bruscamente:

–Robert, aquí hay mucha humedad, puede llevar sus obras a mi taller.

Esta proposición extremadamente generosa equivalía a un reconocimiento absoluto, pero Robert Víktorovich no la aprovechó. Aquellos objetos inclasificables, llamados a una existencia fortuita, volvieron a la nada, y acabaron pudriéndose en los sucesivos cobertizos, sin sobrevivir a los múltiples traslados.

Justamente allí, en ese cobertizo, el célebre Tímler confió a Robert Víktorovich un encargo para diseñar su primera maqueta teatral. Poco tiempo después sus maquetas se hicieron famosas en la escena teatral de Moscú, y los encargos escenográficos se sucedieron sin pausa. En un escenario de medio metro recreaba el refugio nocturno de Gorki, el estudio

de un difunto sin herederos o los inmortales almacenes de grano de Ostrovski.

La extraña Tániechka merodeaba entre los cobertizos de madera, los palomares y los columpios chirriantes. Le gustaba ponerse los vestidos viejos de su madre. Alta y delgada, la niña se perdía en las batas holgadas de Sóniechka, que se ceñía a la cintura con un pañuelo de cachemir descolorido. Alrededor de la carita alargada, como una semilla de diente de león madura que todavía no ha sido mecida por el viento, sobresalían unos cabellos recios y ensortijados, reacios al peine e imposibles de trenzar. Iba y venía por el aire denso, cargado de olores a viejos barriles, muebles de jardín podridos y las sombras espesas, ¡ay!, demasiado espesas, que envuelven las cosas decrépitas e inútiles, y de repente, como un camaleón, desaparecía en ellas. Se quedaba inmóvil mucho rato y temblaba cuando la llamaban. Sóniechka se preocupaba, se quejaba ante su marido por los nervios a flor de piel de su hija y su extraña languidez. Él le ponía la mano sobre el hombro y le decía:

–Déjala. No querrás que vaya marcando el paso, ¿no?

Sóniechka intentaba inculcarle el amor hacia los libros, pero a Tania, mientras escuchaba la lectura expresiva de su madre, los ojos se le ponían vidriosos y viajaba a lugares lejanos, cuya existencia Sonia ni siquiera sospechaba.

Durante años de matrimonio, Sóniechka se había transformado de joven idealista en pragmática ama de casa. Deseaba ardientemente tener una casa normal con agua corriente en la cocina, una habitación para su hija, un taller para su marido, croquetas de carne, compota de frutas, sábanas blancas y almidonadas, no cosidas a partir de tres retales desiguales. En persecución de esa gran meta, Sonia había cogido un segundo trabajo, cosía por las noches con su máquina y, a escondidas de su marido, ahorraba dinero.

Además, soñaba con que su padre, viudo, se fuera a vivir con ellos. Se había quedado prácticamente ciego y estaba muy débil.

A fuerza de su trajín en autobuses suburbanos y trenes locales

desvencijados, Sonia envejeció rápido y mal. La suave pelusilla sobre el labio superior se le fue convirtiendo en una espesura descuidada y asexual, los párpados se le cayeron, confiriendo a su rostro una expresión perruna, y debajo de los ojos las sombras de cansancio se le hicieron crónicas, no desaparecían ni después del descanso dominical ni de las dos semanas de vacaciones.

Pero la amargura del envejecimiento no emponzoñaba la vida de Sóniechka, como les ocurre a las mujeres orgullosas de su belleza. Su marido era inmutablemente mucho mayor, lo que le proporcionaba la sensación de gozar de una eterna juventud, impresión que corroboraba el insaciable ardor conyugal de Robert Víktorovich. Y cada mañana se teñía del color de una felicidad de mujer que sentía no merecer, tan intensa que era imposible llegar a acostumbrarse. En el fondo del alma esperaba secretamente a cada instante perder esa felicidad, como si le hubiera tocado por mera casualidad, equivocación o descuido. También Tania, su dulce hija, le parecía otro regalo fortuito, lo que el ginecólogo le confirmó un día: Sóniechka tenía un útero, como se suele decir, infantil, poco desarrollado y no apto para dar a luz. Después de tener a Tániechka, jamás volvería a quedarse embarazada, lo que la afligía hasta el punto de hacerla llorar. Le parecía que no era digna del amor de su marido si no podía darle más hijos.

A principios de los años cincuenta, los enormes esfuerzos y trajines de Sóniechka se vieron recompensados cuando la familia medio intercambió, medio compró una nueva vivienda y se trasladó a la cuarta parte de una casa de madera de dos plantas, uno de los pocos edificios que todavía permanecían en pie en el parque Petrovski, por entonces casi completamente demolido, cerca del metro Dínamo. Era una casa maravillosa, la antigua dacha de un abogado famoso antes de la Revolución.

También les correspondía una cuarta parte del jardín anexionado a la casa.

Los sueños de Sonia se habían hecho realidad. Tania tenía una habitación para ella, una buhardilla en la primera planta, el padre de Sonia, que entonces vivía su último año, ocupaba la pequeña habitación de la esquina, y Robert instaló su estudio en la terraza, protegida contra el frío. Tenían espacio para respirar e incluso iban más holgados de dinero.

La suerte quiso que, con ese cambio de vivienda, Robert Víktorovich fuera a parar cerca del Montmartre moscovita, a diez minutos a pie de una verdadera colonia de pintores. Para gran sorpresa suya, en ese lugar que había creído desértico e inculto, descubrió si no a almas gemelas, sí al menos a interlocutores: Aleksandr Ivánovich K., un barbizoniano ruso, protector de gatos abandonados y pájaros heridos, que pintaba sus fastuosos lienzos sentado sobre la tierra húmeda, afirmando que, como Anteo, el gigante mítico hijo de Gea, el contacto de sus posaderas con el suelo le infundía fuerza creativa; Grigori L., un budista zen ucraniano y calvo que lograba un efecto de porcelana traslúcida y seda cubriendo diez veces las capas de acuarela alternativamente con té y leche; Gavrilin, un poeta con la nariz rota y cabellos abigarrados, dotado de un talento innato para el dibujo: sobre grandes hojas de papel de embalar cortadas irregularmente, dibujaba, entre motivos alambicados, sus poemas palíndromo, criptogramas de nombres y cifras que fascinaban a Robert Víktorovich.

Todos esos personajes estrambóticos, que se descubrieron a principios del falso «deshielo», se sentían atraídos hacia Robert Víktorovich y poco a poco su casa, que un día había sido privada, se convirtió en una especie de club donde el anfitrión representaba el papel de presidente honorífico.

Seguía siendo, como de costumbre, un hombre lacónico, pero una sola observación suya expresando escepticismo o una simple sonrisa era suficiente para encauzar una conversación extraviada o reconducirla por nuevos derroteros. Rusia, sumida durante años en un silencio pesado, ahora volvía a hablar, pero la libertad de palabra tenía lugar de puertas adentro, tenían todavía el miedo en el cuerpo.

Sóniechka remendaba las medias de Tania estirándolas con un huevo liso de madera y prestaba oído a la conversación de los hombres. Las cosas sobre las que hablaban -los gorriones en invierno, las visiones del Maestro Eckhart, las técnicas para preparar té, la teoría del color de Goethe- no tenían relación con las preocupaciones de los tiempos que corrían, pero Sóniechka se calentaba piadosamente al fuego de aquella conversación universal y seguía repitiéndose: «Dios mío, Dios mío, qué he hecho yo para

merecer todo esto…»

Gavrilin, el tipo de la nariz aplastada, amante de todas las artes, tenía la costumbre de curiosear entre las revistas. Un día, en la biblioteca, encontró un artículo extenso dedicado a Robert Víktorovich en una revista de arte americana. La breve reseña biográfica concluía con una noticia exagerada sobre su muerte en un campo penitenciario estaliniano a finales de los años treinta. La parte crítica del artículo estaba redactada en un lenguaje que excedía los conocimientos lingüísticos del poeta Gavrilin, pero, a pesar de no poder entenderlo todo, por lo que alcanzó a traducir resultaba evidente que Robert Víktorovich era considerado prácticamente un pintor clásico y, en cualquier caso, el pionero de una corriente artística que entonces causaba furor en Europa. El artículo se acompañaba de cuatro reproducciones a todo color.

Al día siguiente, Robert Víktorovich se acercó a la biblioteca de Moscú en compañía de su amigo barbizoniano, encontró el artículo y estalló en una cólera indescriptible al constatar que una de las cuatro reproducciones no tenía nada que ver con él, puesto que era una obra de Morandi, y que otra estaba impresa al revés. Cuando acabó de leer el artículo se puso todavía más furioso.

–Ya en los años veinte América me dio la impresión de ser un país de perfectos idiotas -resopló Robert Víktorovich-. Por lo visto no ha mejorado.

Gavrilin, de todos modos, proclamó a los cuatro vientos la noticia del artículo. Las maquetas teatrales de Robert Víktorovich fueron recordadas incluso por los escenógrafos más curtidos y avispados, que no tardaron en llamar a su puerta.

La consecuencia inesperada de todo aquel revuelo fue la admisión de Robert Víktorovich en la Unión de Artistas, lo que le daba derecho a un lugar donde trabajar. Le concedieron un buen estudio, con ventanas que daban al estadio del Dínamo y no era en absoluto peor que su último estudio de París, una buhardilla en la calle Gay-Lussac con vistas a los jardines de Luxemburgo.

Sóniechka rondaba ya la cuarentena. Su pelo se había vuelto cano y había engordado mucho. Robert Víktorovich, delgado y ligero como una langosta, apenas había cambiado de aspecto y la diferencia de edad entre ambos poco a poco parecía desvanecerse. Tania se avergonzaba un poco de que sus padres fueran tan viejos, así como de ser tan alta y del tamaño de sus pies y pechos. Todo era desproporcionado, fuera de medida respecto a aquella década que todavía no conocía el crecimiento acelerado de las jóvenes generaciones. Pero Tania, a diferencia de Sonia, no tenía un hermano mayor que se burlara de ella. Al contrario, desde todas las paredes la miraban con benevolencia sus maravillosos retratos, que la inmortalizaban en las diferentes etapas de la infancia. Y aquellos retratos mitigaban un poco la insatisfacción de Tania consigo misma. A partir de séptimo curso comenzó a recibir muestras convincentes de su atractivo por parte de sus compañeros de clase, aún inmaduros, y de chicos mayores.

Desde bien pequeña, Tania había visto satisfechos todos sus deseos. Sus padres, rebosantes de amor, se empleaban a fondo en ese cometido, anticipándose incluso a sus caprichos. Pececitos, un perro, un piano…

hicieron acto de presencia casi el mismo día en que la niña los mencionó por primera vez.

Desde su nacimiento había estado rodeada de juguetes maravillosos, y los juegos solitarios, aquellos que no exigían otros participantes, constituían el elemento esencial de su vida. Así fue como, al abandonar las distracciones de una infancia prolongada y pasar dos años de letargo durante el cual experimentó la transición de la pubertad, en cuanto comprendió cuál era el juego favorito de los adultos, se entregó a él con la plena conciencia de su propio derecho al placer y la libertad de una personalidad que nunca había sido reprimida.

Tania no experimentó nada ni de lejos comparable al amor humillante de Sóniechka por Vitka Stárostin. Si bien no respondía a los cánones clásicos de belleza y carecía por completo de lo que se entiende comúnmente por gracia, su rostro alargado con una sutil nariz aquilina, enmarcado por rizos rebeldes y sus ojos rasgados, claros y vítreos, ejercían una extraña

seducción. Los niños de su edad estaban igualmente fascinados por la manera que tenía de jugar con cualquier cosa: un libro, un lápiz, su gorro.

Entre sus manos siempre se desarrollaba un pequeño espectáculo que sólo disfrutaban sus compañeros más cercanos.

Un día, mientras jugaba con los dedos y los labios de su amigo Borís, por cuya casa había pasado a copiar los deberes de matemáticas, descubrió un objeto que no le pertenecía y que le interesó vivamente. A esa hora de la tarde, la puerta de la habitación de los padres de Borís se había quedado entreabierta y la ancha rendija luminosa con las dos sombras grandes frente al televisor parecían también formar parte de un juego, cuyas reglas observaban a la perfección, intercambiando réplicas que no tenían nada que ver con lo que estaba pasando. Aunque la sesión había comenzado con un cruce inocente e infantil de preguntas: «¿Lo has probado ya?», «¿Y tú?»; seguido de una proposición de Tániechka, que nunca había conocido una negativa: «¿Lo probamos?», la susodicha sesión acabó con una breve introducción, en el sentido literal y figurado de la palabra, del nuevo objeto de estudio.

En el momento culminante, desde la habitación vecina llegó una invitación intempestiva para ir a cenar y la continuación de la experiencia tuvo que ser postergada a un momento más apropiado.

Los siguientes encuentros tuvieron lugar sin presencia de los padres. Para Tania, lo más fascinante era la nueva conciencia del propio cuerpo.

Descubrió que cada parte -los dedos, el pecho, el vientre, la espalda- estaba dotada de una sensibilidad diferente al contacto, que le permitía acceder a toda clase de sensaciones deliciosas, y esta experimentación compartida les proporcionó a ambos una fuente de placer inagotable.

El chico, un flacucho pecoso con unos enormes dientes salidos y boqueras en los labios, manifestó también un talento extraordinario, y en el curso de dos meses los jóvenes experimentadores, aplicándose con pasión desde las tres a las seis y media de la tarde, es decir hasta la hora en que volvían a casa los padres de Borís, asimilaron a la perfección todo el aspecto mecánico del amor, sin experimentar en el proceso la más mínima emoción

que traspasara los límites de una colaboración práctica y amistosa.

Después surgió un conflicto entre los dos, se podría decir que de carácter profesional: Tania le cogió a Borís un cuaderno de geometría y lo perdió.

Luego se lo comunicó muy despreocupada, sin pedirle disculpas siquiera.

Borís, que era un chico meticuloso e incluso maniático, se lo tomó a la tremenda, no tanto por la pérdida del cuaderno en sí como por la total incapacidad de Tania para comprender la inconveniencia de su conducta.

Ella lo tildó de pelmazo, él de mal bicho. Riñeron.

Borís dedicaba tiempo, ahora libre, entre las tres y las seis y media de la tarde a hincar los codos con las matemáticas, cimentando una clara vocación por las ciencias exactas, mientras Tania, que no tenía prisas por labrarse un futuro, se quedaba en la buhardilla, tocaba una flauta de madera arrancando algunas notas mediocres, se comía las uñas y leía… ¡Ay, pobre Sóniechka, que había extinguido la luminosa juventud en las cimas de la literatura universal! Su hija, ignorante del mundo de las humanidades, leía ciencia ficción, sólo ciencia ficción, ya fuera rusa o extranjera…

Entretanto, el sonido vacilante de la flauta de Tania atraía a un regimiento de pretendientes. El aire en torno a ella estaba cargado de tensión, sus rizos electrizados y erizados soltaban pequeñas descargas en cuanto se le acercaba una mano. A Sóniechka apenas le quedaba tiempo, con el constante abrir y cerrar la puerta a jóvenes vestidos con jerséis zoológicos adornados con ciervos angulosos y chaquetas y guerreras militares gris azulado, el anacrónico uniforme de los estudiantes de finales de los años cincuenta, inventado en un acceso de nostalgia por algún ministro de Educación senil.

Vladímir A., un célebre músico que más tarde desataría un gran escándalo al quedarse en Europa en una época en que ese tipo de actos se consideraban desde el lado soviético un crimen político, describiría en sus memorias, publicadas a finales de los años noventa y que revelaron sus excelentes dotes para la escritura, las veladas musicales en la habitación de Tania, su piano vertical con un sonido maravilloso que necesitaba ser afinado a diario. Recordaría con ternura aquel desusado instrumento que

reveló el misterio de la personalidad de los objetos al músico debutante.

Hablaría de él como podría hablar de una vieja parienta, muerta tiempo atrás, que obsequiara al autor en su infancia con inolvidables pasteles rellenos de cereza…

Según el testimonio de Vladímir A., fue precisamente en la habitación de Tania, cuya ventana intrincada daba al jardín y a un viejo manzano con el tronco escindido, mientras él acompañaba el sonido inseguro de la flauta de Tania, donde había experimentado por primera vez la emoción de la compenetración artística y la alegría de anularse musicalmente, para dar a la tímida flauta un mayor protagonismo.

Vladímir A., que en aquellos tiempos era un niño bajo y gordito, parecido a un tapir, estaba enamorado de Tania. Le dejó una huella indeleble en su vida y en su corazón, y sus dos esposas, tanto la primera, moscovita, como la segunda, londinense, pertenecían incontestablemente al mismo tipo de mujer.

El segundo interlocutor musical era Aliosha el petersburgués, apodo con el que se dio a conocer en Moscú. A la formación clásica de Volodia, él contraponía la improvisación de la guitarra y el completo dominio de cualquier objeto capaz de producir un sonido, desde la armónica hasta las latas de conserva. Además era poeta y entonaba con una voz aguda de petrushka las primeras canciones de la nueva cultura de la disidencia.

Había también otros chicos, espectadores más que participantes, pero también ellos eran imprescindibles, puesto que constituían el público entusiasta que necesitaban las dos futuras celebridades.

En su juventud, Robert Víktorovich también había sido el centro de un torbellino de corrientes invisibles, pero eran corrientes de otra naturaleza, intelectuales. Ellas también, como la flauta de Tania, atraían a un tropel de jóvenes. Sorprendentemente, ese círculo de adolescentes judíos precoces, teenagers como se diría ahora, estudiaba, en los años cruciales de preguerra, no el marxismo, entonces en boga, sino el Sefer ha Zohar, el Libro del esplendor, tratado fundamental de la cábala. Estos chicos de

Podol, el barrio judío de Kiev, se reunían en casa de Avigdor-Melnik, el padre de Robert Víktorovich. La casa era colindante a la de Swartsman, padre de Lev Shéstov, con el que Robert Víktorovich trabaría amistad veinte años más tarde en París.

Ninguno de esos jóvenes que sobrevivirían a los años de la guerra y la revolución llegaría a ser un filósofo judío tradicional o predicador. Todos se habían vuelto apikorsim, es decir librepensadores. Uno de ellos se convirtió en un brillante teórico -y un practicante ligeramente menos exitoso- del floreciente arte de la cinematografía, otro se convirtió en un músico famoso, un tercero, en un cirujano de manos prodigiosas, y todos se habían alimentado de la misma leche, de la joven electricidad que se acumulaba bajo el techo de Avigdor-Melnik.

Lo que se producía alrededor de Tania, como intuía Robert Víktorovich, era de la misma naturaleza que lo que había alimentado su propia juventud, pero bajo el signo de otro elemento, el femenino, tan hostil a él, y además con la marca de una generación decadente, empobrecida…

Robert Víktorovich fue el primero en darse cuenta de que los visitantes nocturnos de Tania se marchaban a veces de madrugada. Un día en que, fiel a su costumbre matutina, había salido hacia las cinco de la madrugada de la parte de la casa donde dormían para ir a su estudio-terraza y aprovechar las primeras horas del día que él consideraba las más puras, Robert Víktorovich descubrió sobre la nieve fresca unas pisadas que iban del zaguán a la cancela. Algunos días más tarde volvió a detectar pisadas y preguntó a Sóniechka con cautela si su hermana se había quedado a pasar la noche en casa. Sóniechka, sorprendida, dijo que no, Ania no se había quedado a dormir allí…

Robert Víktorovich no tuvo que realizar pesquisas, puesto que a la mañana siguiente vio a un hombre joven y alto vestido con una cazadora delgada cruzar el jardín. No le dijo una palabra a Sonia de su descubrimiento. Por la noche, Sóniechka apoyaba su cabeza pesada sobre el hombro de su marido y se quejaba:

–No estudia… No hace nada…, en la escuela la riñen…, y esa Raísa Semiónovna lanza insinuaciones maliciosas…

Robert Víktorovich la consolaba:

–Déjalo, Sonia, no te preocupes. Todo está muerto y emite un hedor repugnante… Que deje esa maldita escuela. De todas maneras, no le servirá para nada…

–Pero ¿qué dices? – se alarmó Sonia-. ¡La educación es indispensable!

–Cálmate -la interrumpió su marido-. Deja a la chica en paz. Si no tiene ganas lo mejor es no presionarla. Que toque la flauta, eso también es útil.

–Pero, Robert, esos chicos… Me preocupa tanto… -protestó tímidamente Sonia-. Tengo la impresión de que uno de ellos se quedó toda una noche y a la mañana siguiente no fue a la escuela.

Robert no hizo partícipe a Sonia de sus observaciones matutinas, guardó silencio.

Desde que Tania le había dado pasaporte a Borís, aquello era una auténtica bacanal. Jóvenes con las hormonas revolucionadas se arremolinaban a su alrededor, sin tregua, de modo inoportuno. Con algunos de sus pretendientes Tania experimentó la nueva diversión. Borís salía airoso de cualquier comparación, desde todos los puntos de vista.

Con la llegada de la primavera se hizo evidente que no pasaría de curso. El suplicio escolar se había hecho insoportable y Robert, sin decir nada a Sonia, matriculó a Tania en una escuela nocturna, una decisión que acarrearía consecuencias muy graves para toda la familia y, en primer lugar, para él.

El omnipotente capricho del destino que antes había dictaminado que Sóniechka se convirtiera en la mujer de Robert Víktorovich ahora intervenía en la vida de Tania. El objeto de su pasión amorosa era la chica

de la limpieza de la escuela que también era su compañera de clase en el turno de noche, Yasia, una polaca menuda de dieciocho años con el cutis tan fino como un huevo recién puesto. Su amistad se consolidó lentamente en el pupitre de la penúltima fila. La robusta y vigorosa Tania miraba con adoración a Yasia, frágil y transparente como un frasquito de farmacia reluciente, y languidecía de timidez. Yasia era retraída, respondía con monosílabos a las raras preguntas de Tania y tenía un aspecto entre distante y altivo. Era la hija de unos comunistas polacos que habían huido de la invasión fascista, cada uno, forzados por las circunstancias, hacia una dirección diferente: el padre hacia el oeste, la madre con su bebé hacia el este, a Rusia. Esta última no había logrado fundirse en la masa de millones de habitantes presentes en un país tan grande y había sido caritativamente deportada a Kazajstán, donde después de vivir con penurias durante diez años murió, sin perder sus ideales sublimes y absurdos.

Yasia fue a parar a un orfelinato, donde manifestó un apego a la vida extraordinario, sobreviviendo a unas condiciones que parecían especialmente diseñadas para asegurar la lenta agonía del cuerpo y el alma, y se había salido con la suya gracias a su talento para aprovechar al máximo las oportunidades que se le presentaban.

Sus cejas altas arqueadas por encima de sus ojos grises y su delicada boca de gatita parecían pedir protección y, de hecho, la protección no tardó en aparecer. Entre sus protectores había tanto hombres como mujeres, pero su naturaleza independiente la empujaba a preferir a los hombres, porque desde una edad temprana había aprendido a saldar sus deudas de una forma poco costosa.

Uno de sus más recientes protectores, aparecido después de que la ingresaran en una horrible escuela de artes y oficios para huérfanos y de donde estaba planeando fugarse, era un tártaro gordo y cuarentón, Ravil, el revisor de tren que la había llevado hasta la estación de Kazan, en la ciudad de Moscú, donde ella tenía la intención de emprender el vuelo. En el bolsillo lateral de su bolsa a cuadros guardaba su pasaporte -robado del despacho del director y expedido a su nombre hacía poco tiempo- y veintitrés rublos de antes de la reforma sustraídos a Ravil mientras éste

dormía, cuando el tren se aproximaba a Orenburgo. Aquel dinero robado no quitaba el sueño a Yasia por dos motivos: sólo había sisado unos pocos billetes del grueso fajo y además sentía que ese dinero se lo había ganado con creces durante los cuatro días de viaje.

Ravil no se dio cuenta del robo y se sintió muy apenado cuando la chica no se presentó al día siguiente ante el vagón número siete para volver a Kazajstán como le había prometido.

No sin una leve sonrisa de condescendencia hacia sí misma, hacia la ilusa que había sido en un pasado no muy remoto, Yasia le explicó a Tania cómo, después de humedecer la toalla gris del tren en el lavamanos del lavabo público de la estación de Kazan, se desnudó ante la mirada atónita de las asiáticas que atestaban ese lugar nauseabundo, se lavó de pies a cabeza, sacó de la misma bolsa a cuadros una blusa blanca con un volante alrededor del cuello envuelta en dos periódicos, que había estado guardando mucho tiempo para la ocasión, se cambió y, después de arrojar la toalla a la papelera de hierro oxidado, se lanzó a la conquista de Moscú, partiendo desde la posición estratégica donde la había situado el azar, es decir, desde la famosa plaza de las tres estaciones.

Su bolsa a cuadros contenía dos pares de pantalones, una blusa azul sucia, un cuaderno con poesías copiadas a mano y un paquete de tarjetas postales de actores famosos. Era decidida, despierta y, con toda honestidad, ingenua a más no poder: soñaba con llegar a ser actriz de cine.

Todo apuntaba a que Yasia se convertiría en prostituta profesional, pero eso no fue lo que pasó.

Durante sus dos primeros años en Moscú había obtenido resultados considerables: disponía de un permiso de residencia temporal y un alojamiento provisional en el trastero de la escuela donde trabajaba como mujer de la limpieza y donde de vez en cuando la visitaba el comisario de policía del barrio, Malinin, benefactor entrado en años con una cara roja, por medio del cual había obtenido todos aquellos obsequios temporales del destino. Las visitas de Malinin eran breves, no suponían gran cosa para

Yasia y no tenían demasiado atractivo para el propio Malinin, pero él tenía vocación de extorsionista y sobornador, y como a Yasia no podía sacarle nada en absoluto tuvo que conformarse con lo que ella le ofrecía.

Fue en ese mismo trastero, sobre una colchoneta de gimnasia que hacía las veces de cama, donde Yasia le contó a Tania su historia. Tania la escuchó con toda el alma, experimentando un sentimiento muy intenso y complejo que era una mezcla de pena, envidia y vergüenza por su insulso bienestar.

Yasia, después de relatar sus recuerdos, impasible y con todo lujo de detalles, sintió una náusea tan violenta que no volvió a compartir aquella verdad con nadie más. Inventó un nuevo pasado, con una abuela aristócrata, una finca familiar en Polonia y parientes franceses que, a su debido momento, como por arte de magia, aparecerían en su vida…

Además del trastero de Yasia, había otro recinto habitado en la escuela, cuya inquilina era Taisia Serguéyevna, una viuda de guerra que impartía clases de lengua y literatura rusa. Desaprobaba sin paliativos las visitas de Malinin, lo que no le impedía pedir a Yasia que cuidara de sus hijos pequeños y le hiciera la colada. A cambio de esos servicios de buena vecindad, Yasia estaba autorizada a utilizar sus estanterías de libros y tenía su consentimiento para ausentarse de las clases de literatura. Taisia Serguéyevna prefería que a esa hora Yasia cuidara de los niños.

Una vez cumplidas todas las tareas a su cargo, Yasia se tumbaba sobre la colchoneta de cuero impregnada de sudor y aprendía de memoria las fábulas de Krilov, que, desde siempre, eran un requisito indispensable para ser admitido en las escuelas de arte dramático. O bien leía Shakespeare en voz alta, desde el primer al último volumen, interpretando con un hilo de voz trágico todos los personajes femeninos: desde Miranda, hija de Próspero, hasta Marina, hija de Pericles.

Los profesores de la escuela nocturna, que antes de la hora de comer ya estaban fatigados de dar clase a los hermanos más jóvenes de sus alumnos de tarde, no los agobiaban demasiado. Además, la mitad de la clase estaba compuesta por los residentes de una escuela de policía que se encontraba en las inmediaciones de la escuela, y aquellos jóvenes cansados dormitaban

apaciblemente en la penumbra del aula, recibían sus calificaciones mediocres y proseguían sus estudios con éxito: algunos como juristas, otros subían peldaños en el Partido… Yasia era la única de la clase a la que el pupitre le iba a la medida, los demás quedaban empotrados en esos armatostes de madera especialmente diseñados para torturar a los jóvenes…

Tania, brusca y vigorosa, se movía estrepitosamente con la libertad indómita de un potro. Cuando se sentaba al pupitre, lo retiraba de tal manera que la cabecita ligera de Yasia pegaba un bote. Yasia, en cambio, se levantaba del pupitre sin hacer el menor ruido, apartando la tapa y ejecutando un movimiento escurridizo y delicado con las caderas. Mientras avanzaba por el estrecho pasillo que conducía a la pizarra, la parte inferior de su cuerpo quedaba un poco rezagada respecto a la parte superior y la pierna sobre la que se apoyaba quedaba ligeramente atrás, se quedaba inmóvil sobre la punta del pie y movía las rodillas como si empujara el tejido pesado de un vestido de noche y no una faldita raída. La flexión de su cintura tenía una gracia particular, cada parte de su cuerpo parecía realizar movimientos autónomos y cada uno de ellos -la danza ligera de los pechos, el balanceo de las caderas, la oscilación de los tobillos- no tenía nada que ver con las maniobras estudiadas de una coqueta, era la música femenina del cuerpo que exigía atención y admiración. Churilin, un policía de treinta años con una cara grande acribillada de marcas de guerra, movía la cabeza al verla pasar y farfullaba: «Eh, tú…, mmm…» Y no quedaba claro si ese mugido denotaba repulsión o placer. En cualquier caso, Yasia se comportaba con tanta dignidad que con los policías las cosas no fueron más allá del mugido de Churilin.

Camino de casa, Tania intentaba atravesar la oscuridad nocturna del parque imitando aquel paso, interpretando la música de Yasia con las rodillas, la cadera y los hombros. Estiraba el cuello, arrastraba la pierna, contoneaba las caderas. Le parecía que su altura excesiva le impedía ser tan fascinante y flexible como Yasia, entonces encorvaba la espalda: «Tiene algo de elfo», pensaba Tania, y, cansada de sus ejercicios de bailarina, corría hacia casa dando grandes zancadas y haciendo movimientos desiguales de acompañamiento, ahora con el brazo derecho, ahora con el izquierdo, levantaba bruscamente la cabeza para echarse hacia atrás los cabellos en los

que se enredaba la niebla nocturna y Robert Víktorovich, que a menudo iba a su encuentro al parque a aquella hora tardía, reconocía a lo lejos sus andares y todo su carácter inscrito en aquellos movimientos desproporcionados y sonreía ante el ímpetu y la torpeza de su hija, que le sacaba media cabeza.

A los dos les gustaba el parque nocturno, saboreaban la complicidad mutua silenciosa, la confirmación secreta de un pacto tácito contra Sóniechka.

Tanto Robert Víktorovich, por un sentido de superioridad innato, como Tania, por su juventud y la herencia paterna, aspiraban a la posición privilegiada del intelectualismo, dejando para Sóniechka las tareas despreciables de la vida cotidiana.

Pero a Sóniechka no se le pasaba ni siquiera por la cabeza quejarse por su posición ni envidiar sus sueños de grandeza: fregaba platos y cacerolas, cocinaba con fervor apasionado, siguiendo las recetas copiadas con una tinta violeta pálida del libro de Yelena Molojovets que le había prestado su hermana, hervía tinas con la colada, blanqueaba la ropa y la almidonaba, mientras Robert Víktorovich, de vez en cuando, observando por detrás de la ancha espalda de Sóniechka el añil, la sémola, el jabón casero en escamas y las judías verdes, constataba con esa agudeza de espíritu que lo caracterizaba el innegable valor estético, el sentido sublime y la belleza de la creación doméstica de Sóniechka. «Sabio, sabio es el mundo de la hormiga…», pensaba al pasar, y cerraba la puerta de su cálida terraza, donde se acumulaban papeles austeros, el blanco de plomo y los pocos ingredientes que admitía para sus ejercicios severos.

A Tania no le interesaban lo más mínimo los quehaceres domésticos de su madre: su vida transcurría entonces en la niebla del enamoramiento. Al despertarse por la mañana, se quedaba largo rato acostada con los ojos cerrados, veía a Yasia, se imaginaba viviendo junto a ella situaciones fantasiosas y agradables: galopando a través de un prado joven sobre unos caballos blancos, o bien navegando en un yate por el mar, por ejemplo el Mediterráneo.

Su forma de tratar los instrumentos sagrados de la naturaleza, libre e incluso

descarada, había desviado un poco sus instintos, y mientras compartía con esbeltos jóvenes los placeres alegres de la carne, su alma anhelaba una relación sublime, una unión, una fusión, una reciprocidad de afectos que no tuviera límites ni fronteras. Su alma había escogido a Yasia y con todas sus fuerzas intentaba fundamentar esa elección, encontrarle una explicación racional.

–Ay, mamá, parece débil y etérea, ¡pero tiene una fuerza extraordinaria! –

exclamaba Tania, hablando a su madre sobre su nueva amiga, el cruel orfelinato, las fugas, los azotes, las victorias. En sus relatos, Yasia, obedeciendo a su prudencia innata, había omitido algunos detalles: el confinamiento de la madre, el miserable comercio de su cuerpo infantil, la costumbre arraigada de cometer pequeños hurtos…

Pero Sóniechka había escuchado suficiente para compadecer de antemano el sufrimiento de aquella niña e intuir lo que había escondido a Tania.

«Pobre, pobre niña», se dijo. «Y pensar que nuestra Tániechka podría haber conocido lo mismo, con todo lo que hemos pasado…»

Repasó las numerosas ocasiones en que Dios les había salvado de una muerte prematura: el día en que arrojaron a Robert Víktorovich del tren local de Aleksándrov, aquel otro cuando una viga cedió en el edificio donde ella trabajaba y la mitad de la habitación, de la que había salido un minuto antes, quedó sepultada bajo viejos ladrillos ennegrecidos, o la vez que estuvo a punto de morir de apendicitis en la mesa de operaciones… «Pobre criatura», suspiraba Sóniechka, y aquella niña desconocida adquiría los rasgos de Tania…

Hasta el día de Año Nuevo Tania no logró que Yasia se decidiera a visitar su casa. Yasia siempre rechazaba sus invitaciones, encogiéndose de hombros, sin dar ninguna explicación a su insistente rechazo.

En realidad, Yasia abrigaba hacía tiempo el presentimiento, vago pero intenso, de que se abría ante ella un nuevo espacio rico en promesas y, como un comandante antes de una batalla decisiva, se preparaba en secreto y con sumo cuidado para aquella visita en la que ponía sus esperanzas más

indefinidas.

Había comprado en la tienda de tejidos de Nikítskie Vorota un retal de tafetán de color tostado, frío al tacto pero cálido a la vista, y todas las noches, con un punto minúsculo, confeccionaba a mano un vestido elegante, en silencio y soledad, con fervor y recogimiento, como una mujer encinta que siente el vago temor de atraer malos augurios y poner en peligro al bebé que viene en camino por coser con anticipación el ajuar de la canastilla.

Llegó el 31 de diciembre hacia la medianoche. La mesa estaba puesta y a su alrededor se sentaban el pintor barbizoniano, el poeta y un director de cine con nariz de pájaro y boca de rana. Yasia todavía no había tenido tiempo de observar sus caras expresivas, pero ya se regocijaba para sus adentros, comprendiendo que estaba a un paso del objetivo que se había fijado. Eran esos hombres adultos e independientes precisamente los que ella necesitaba para tomar carrerilla y alzar el vuelo hacia una victoria definitiva.

Dirigió una mirada dulce y llena de gratitud a Tania, que había ido a su encuentro alegre y radiante con las mejillas rosas de maquillaje. Hasta el último momento Tania había dudado que Yasia se presentara y ahora se enorgullecía de su belleza, como si fuera ella quien la hubiera inventado y modelado.

El vestido de Yasia emitía un susurro sedoso, y su cabello castaño claro, denso y compacto, como moldeado con resina clara, le caía sobre los hombros, exactamente igual que a Marina Vlady en La bruja, una película de moda aquel año. El escote del vestido era generoso y sus pechos caprinos, apretados el uno contra el otro, formaban una seductora línea descendente. Su cintura era fina, y la había exagerado dándole forma de copa. Los tobillos se le veían delgados bajo unas pantorrillas firmes y la redondez de sus antebrazos acentuaba la delicadeza de sus muñecas. Nada que ver con la vulgaridad de una guitarra, había pensado fugazmente Robert Víktorovich, sino el encanto cristalino de una pequeña copa.

Sóniechka estaba un poco decepcionada. Conmovida de antemano por el

duro destino de la amiga de Tania, no esperaba ver, en lugar de una cenicienta miserable, a una elegante belleza de ojos pintados, dotada de todo el encanto de la delicada gracia eslava.

Yasia respondía a las preguntas con monosílabos y mantenía la mirada baja, no levantaba los párpados cargados de rímel si no era para implorar -así mismo, implorar- con el tono de humildad regia de su difunta madre: «No, gracias… Sí, es muy amable…» En sus breves respuestas un oído fino podía detectar el acento polaco en las «l» y las «v» arrastradas.

Sóniechka llenaba el plato de Yasia, enternecida. Yasia suspiraba, declinaba, pero acababa comiéndose un ala de pato, una loncha de galantina o un poco de ensalada de cangrejo.

–No puedo más, se lo agradezco -decía Yasia con un tono de voz encantador y casi lastimero, pero Sóniechka no lograba ahuyentar la compasión de su corazón: pobre chica, sin padres y después el orfanato…

Señor, ¿cómo es posible…?

Aleksandr Ivánovich, el barbizoniano, cantaba ya con su tenebrosa voz de diácono arias de óperas italianas; Gavrilin, un poco achispado, representó una imitación locamente divertida de un perro buscándose una pulga.

Poniendo los ojos en blanco, a veces gruñía de rabia, a veces de placer, hundía la cabeza debajo de la axila y hacía morirse de risa a todos los presentes. Robert Víktorovich sonreía, haciendo centellear el metal de sus ojos y el de su dentadura recién puesta.

A las dos llegó Aliosha el petersburgués, el fogoso admirador de Tania, con el halo de gloria futura que ya se ejercitaba en pasear, y una bolsita de hierba gris: era uno de los primeros aficionados al alucinógeno asiático de las orillas del Neva. Sin hacerse de rogar, Aliosha sacó la guitarra del estuche y cantó varias canciones a la vez divertidas y tristes, llenas de garbo, gesticulando con furia y retorciendo su boca de petrushka como un actor de teatro de feria.

Aliosha estaba enamorado de Tania, Tania estaba enamorada de Yasia,

mientras que Yasia, aquella noche de Año Nuevo, se enamoró del hogar de Tania. Al amanecer, cuando los invitados se marcharon y las chicas ayudaron a recoger la mesa, Sonia preparó una cama en la habitación de la esquina que estaba desocupada: fue allí donde Robert Víktorovich, que había entrado en busca de un rollo de papel gris, la descubrió a la mañana siguiente.

En la casa reinaba el silencio. Sonia, después de limpiar la casa, en total desbarajuste tras el paso de los invitados, se había ido a casa de su hermana y Tania dormía en la buhardilla. Yasia, despertada por el sonido chirriante de la puerta, abrió los ojos y se quedó un largo rato observando a Robert Víktorovich rebuscando detrás del armario y maldiciendo en voz baja. Lo miraba por la espalda e intentaba recordar a qué actor americano se parecía.

Había visto la misma cara, los mismos cabellos plateados cortados a cepillo en la revista polaca Przeglad artystyczny que se sabía de cabo a rabo. No le venía a la cabeza el apellido del actor, pero le parecía incluso que la camisa a grandes cuadros de aquel americano era idéntica a la suya.

Se incorporó en la cama. La cama crujió. Robert Víktorovich se volvió. Del enorme camisón de Sonia asomó una cabecita clara sobre un cuello corto.

La chiquilla se relamió los labios, sonrió, estiró de las mangas del camisón que se deslizó sin esfuerzo hacia abajo. Con un movimiento del pie empujó la manta al suelo, se levantó y el camisón cayó al suelo. Con sus pasitos de niña avanzó por el frío suelo pintado para llegar hasta Robert Víktorovich, le quitó el rollo de papel, que finalmente había encontrado, y, como si se intercambiara con él, acabó en los brazos de Robert Víktorovich.

–Si quieres uno, pero rapidito -dijo la ninfa diligente sin la más mínima coquetería, como le decía por costumbre a su benefactor, el policía Malinin.

Pero en ese caso sabía por qué lo hacía, y ahora no era ni por interés ni por estrategia. Ni ella misma se lo podía explicar. Por agradecimiento a aquella familia… Además, se parecía tanto a aquel actor, americano, famoso…

Peter O'Toole, tal vez…

La posibilidad de que un hombre pudiese rechazar los favores que ofrecía, sus muestras de gratitud y atención, era algo que simplemente no

contemplaba. Pequeña y como si hubiera acabado de salir de un torno, esculpida en la madera más blanca y cálida, le acercaba su carita festiva…

Robert Víktorovich retrocedió un poco hacia el armario y le dijo con voz severa: «¡Métete rápido bajo la manta, te vas a resfriar!» Y salió de la habitación, olvidando el rollo de papel. Nunca había visto un cuerpo que emitiera un brillo tan lunar, tan metálico.

Yasia se acurrucó bajo la manta todavía caliente y en un minuto se quedó dormida. Durmió con deleite, ni siquiera dormida olvidó la dulzura de ese sueño doméstico en aquella casa acogedora, y el camisón de Sonia, ahora debajo de su mejilla, desprendía un olor celestial.

Entretanto, Robert Víktorovich, como alma que lleva el diablo, recorría la habitación vecina, y sacudía la cabeza. El crepúsculo prematuro del año apenas iniciado despuntaba por la ventana, y Sonia no volvía, y Tania no descendía por la escalera crujiente. Abrió con cautela la puerta de la habitación de la esquina y se aproximó a la cama sin hacer ruido. La muchacha estaba tapada casi hasta la cabeza, sólo un mechón de cabellos castaños de su nuca asomaba a la superficie. Deslizó las palmas secas de sus manos bajo el montón de nieve cálido de la manta. La intromisión de sus manos no interrumpió el sueño de Yasia, no echó a perder nada. Yasia se volvió para entregarse a sus caricias y una nueva vida, la última, comenzó para Robert Víktorovich.

Al anochecer, el frío honesto del Año Nuevo se recrudeció. Los vestigios del festín del año pasado se resecaban sobre la mesa. Robert Víktorovich no probaba bocado. La comida de la víspera le repugnaba, y pensaba en sus sabios antepasados que quemaban las sobras de la comida de Pascua, evitando así que se degradara…

Sóniechka removía estúpidamente con la cuchara su té sin azúcar, se disponía a decir algo importante a su marido, pero no encontraba las palabras adecuadas.

Robert Víktorovich, con aire pensativo, aguzaba el oído a los ecos sordos

de un rumor de alegría que resonaba en la médula de sus viejos huesos y trataba de recordar cuándo había sentido algo parecido… De dónde procedía aquella extraña impresión de déjà vécu… Quizá había sentido algo parecido en su infancia cuando, después de jugar hasta el agotamiento en las aguas turbulentas del Dniéper, se arrastraba por la arena crujiente y recalentada, hundía los pies en ella y disfrutaba de ese baño arenoso hasta sentir un dulce eco en los huesos… Se parecía también a la aguda revelación de su infancia cuando, al salir de noche para hacer una pequeña necesidad, el joven Ruvim, hijo de Avigdor, que con los años se convertiría en Robert Víktorovich, levantó la cabeza y vio que todas las estrellas del universo le miraban desde lo alto con sus ojos vivos y curiosos, un tenue tañido cubrió el cielo con un manto plisado, y fue como si él, que no era más que un niño pequeño, sostuviera con sus manos todos los hilos del mundo, y en el extremo de cada uno sonara una campanita de sonido sutil y penetrante y él estaba en el centro de esa gigantesca caja musical, todo el universo hacía eco sumisamente a los latidos de su corazón, al flujo de su sangre y a la efusión de su orina tibia… Dejó caer su camisa de dormir zurcida y, lentamente, levantó los brazos en ademán de dirigir aquella orquestra celeste… Y la música le penetró hasta lo más hondo, propagándose en olas deliciosas por la médula de sus huesos…

La había olvidado. Había olvidado aquella música, sólo su recuerdo había sobrevivido durante largos años…

–Robert, ¿qué te parece que la chica se quede a vivir con nosotros? La habitación de la esquina está libre -dijo en voz baja Sóniechka, dejando la cuchara inmóvil dentro del vaso.

Robert Víktorovich miró a su mujer sorprendido y dijo lo que decía siempre cuando se trataba de problemas que no tenían nada que ver con él:

–Si te parece conveniente, Sonia. Haz lo que te parezca conveniente.

Se levantó y se fue a su habitación.

Yasia se instaló en la casa de Sóniechka. Su presencia silenciosa y

encantadora deleitaba a Sonia y además la colmaba secretamente de orgullo: acoger a una huérfana era una mitsvá, una buena acción, y para Sóniechka, que con el paso de los años apreciaba más y mejor sus raíces judías, era a la vez motivo de dicha y el agradable cumplimiento de un deber.

Se despertaba en ella el recuerdo del Sabbath y algo la empujaba hacia la vida ritual y bien reglada de sus antepasados con sus fundamentos inquebrantables, la sólida mesa con patas macizas cubierta con un mantel de fiesta almidonado, con las velas, el pan hecho en casa y ese misterio familiar que tenía lugar en toda casa judía en la vigilia del Sabbath.

Apartada de esa vida ancestral, ponía todo su inconsciente fervor religioso en las recetas de guisos de carne con cebolla y zanahoria, en el blanqueamiento de las servilletas almidonadas, en el cuidado impecable con el que organizaba la mesa donde los recipientes para los condimentos, los soportes de los cuchillos y los platos pequeños eran distribuidos a izquierda o derecha, como exigía un canon moderno, el de la burguesía. Pero Sonia no sospechaba ni siquiera de lejos todo eso.

Durante los últimos años, años de relativa opulencia, sentía que su familia era demasiado reducida y en secreto se apenaba de que su destino no hubiera sido dar a luz a un montón de niños, como era costumbre en su estirpe. No paraba de comprar salseras desparejadas en hierro forjado y platos de cerámica inglesa a precios de ganga en una tienda de segunda mano de la calle Nízhnaya Maslovska, como si se estuviera preparando para la numerosa descendencia futura que tendría su hija Tania.

La religión de Sonia, como el Antiguo Testamento, se dividía en tres libros.

Sólo que en lugar de la Torá, el Neviim y el Ketuvim estaban el Primero, el Segundo y el Postre.

La presencia de Yasia en la mesa le daba a Sóniechka la ilusión de que la familia había aumentado y de que adornaba las comidas. Se comportaba con toda naturalidad y dulzura, y parecía comer poco, pero con un hambre insaciable hasta encontrarse cómicamente exhausta, porque el recuerdo del hambre que había acompañado toda su infancia era imborrable.

Reclinándose contra el respaldo de la silla gemía con suavidad:

–¡Oh, tía Sonia! Estaba tan bueno…, he vuelto a comer más de la cuenta…

Sóniechka sonreía con aire de beatitud y ponía sobre la mesa los cuencos de vidrio para servir la compota de fruta.

Pasaron dos meses. Gracias a su capacidad felina de adaptación y a su delicadeza innata, Yasia no sólo tomó posesión de la habitación de la esquina, sino que además adquirió casi el estatus de una pariente en la familia.

Por las mañanas temprano corría a fregar el suelo áspero de los pasillos y los retretes fangosos de la escuela, adonde volvía por las tardes junto a Tania para seguir las clases. A veces, no llegaban a cruzar la puerta de la escuela y se saltaban aquellas lamentables clases que impartían profesores somnolientos. La relación entre las dos chicas se transformó en fraternal.

Además, con el traslado de Yasia, Tania, aunque era la menor de la casa, adoptó sin darse cuenta el papel de hermana mayor y su pasión por Yasia dejó de ser tan arrebatada e intensa.

Las chicas se encerraban a menudo en la buhardilla de Tania. Ésta, adoptando la posición de loto, tocaba con la flauta su música vacilante, mientras que Yasia, hecha un ovillo a su pies, leía en un murmullo sibilante las obras agonizantes de Aleksandr Ostrovski. Se preparaba para el examen de ingreso en la escuela de teatro.

A Sonia le conmovía la afición de Yasia por la lectura. Además le daba la impresión de que Tániechka se familiarizaría al mismo tiempo con la gran cultura. Pero se equivocaba.

Cuando las chicas hablaban de algo, Yasia se limitaba a su papel de oyente bien educada. Escuchaba a Tania relatar sus aventuras amorosas, pero sin demasiado interés y sin compartir sus emociones. El entusiasmo de su amiga le resultaba completamente incomprensible, y Tania relacionaba equivocadamente el desinterés de Yasia con la insignificancia de las

experiencias de ésta en comparación con las ricas y variadas vivencias de la amiga. No se le pasaba ni siquiera por la cabeza que Yasia desde los doce años se había liberado por la necesidad de dejar penetrar su cuerpo totalmente indiferente por «las cositas repugnantes de ellos»…

Robert Víktorovich se sentía desfallecer en presencia de Yasia. El episodio de la habitación de la esquina, durante el crepúsculo prematuro del primer día del año, le parecía una alucinación, la incursión en un sueño que no era el suyo. Ahora sólo dedicaba a Yasia algunas miradas con el rabillo del ojo, dándole placer a la vista de manera furtiva con aquella blancura silenciosa y fundiéndose en el fuego del deseo juvenil. Si no se permitía hacer el más mínimo movimiento hacia ella, no era porque se lo impidieran ínfimos principios morales. El deseo le pertenecía, pero aquella mujer no…

Además, ocupando por el empeño de Sonia una posición tabú al lado de su hija, no podía pertenecerle.

Se pasaba horas mirando por la ventana la blancura de la nieve que cambiaba sutilmente según la luz y la humedad, examinaba el perfil blanco y liso de la jarra de porcelana, los recortes de papel Whatman granulado sobre la mesa, el blanco mate de los moldes en yeso de antiguos bajorrelieves con las letras apenas perceptibles de un alfabeto antiguo.

Al final del segundo mes comenzó a pintar de nuevo, veinte años después de los ejercicios que había realizado en el campo penitenciario: copias kitsch de aquella gente completamente tediosa.

Ahora Robert Víktorovich no pintaba otra cosa que naturalezas muertas blancas donde sintetizaba sus complejas reflexiones sobre la naturaleza, la forma y la consistencia del blanco, que subyuga el principio de la pintura, y las sílabas, las palabras de sus meditaciones eran azucareras de porcelana, toallas blancas de nido de abeja, leche en un tarro de vidrio, todo aquello que parecería simplemente blanco para un ojo ordinario, pero que para Robert Víktorovich representaba un camino doloroso en su búsqueda del ideal y del misterio.

Una mañana temprano en que el invierno se estaba batiendo ya en retirada y