Sóniechka
[6] «Señor», en polaco. (N. de la T.)
donde se encontraba su hotel, la pequeña fuente redonda y sencilla bajo la ventana, la tez morena y la nariz cincelada de la prostituta extraordinariamente bella con la que había estado de parranda a lo grande durante toda aquella semana en Barcelona. Hurgaba en la memoria y encontraba con facilidad recuerdos claros y vívidos: la cara de mochuelo del camarero del restaurante del hotel, los magníficos zapatos trenzados de piel de ternero color paja que se había comprado en una tienda coronada por un rótulo de color azul, «Homero», e incluso recordó el nombre de aquella chica de Barcelona: Concetta… Era italiana, una emigrante originaria de Abruzos… Gaudí no le había gustado en absoluto… Ahora, un cuarto de siglo después, veía todavía con precisión aquellas construcciones extrañas, completamente vegetales, todas ellas artificiales e inverosímiles…
Sóniechka estornudó, medio se despertó y musitó algo. Él apretó contra sí su mano dormida, volvió a los alrededores de Ufá, a los remotos parajes de la salvaje Bashkiria, y sonrió meneando perplejo su cabeza gris: «¿Fui yo el que estuvo allí? ¿Soy yo el que está ahora aquí? No, la realidad no existe…»
La maternidad adonde Robert Víktorovich llevó a Sóniechka cuando salió de cuentas, a la primera señal de que el parto era inminente, estaba situada en las afueras de un pueblo grande y plano, en un terreno baldío sin árboles.
El edificio estaba construido con ladrillos de arcilla mezclados con paja, era sórdido y tenía unas pequeñas ventanas opacas.
El único médico era un hombre rubio de mediana edad con una piel blanca y fina que se ruborizaba con facilidad, pan[6] Zuwalski, un refugiado polaco, que en un pasado reciente había sido un médico reputado en Varsovia, un hombre de mundo y amante del buen vino. Estaba de espaldas a los pacientes que acababan de entrar, resplandeciente en su bata de un blanco azulado, incongruente con aquel lugar, pero tranquilizadora, mordisqueaba el extremo de sus bigotes rubios y limpiaba los cristales de sus grandes gafas con una gamuza. Varias veces al día se arrimaba a la ventana y contemplaba la tierra informe cubierta de matojos sucios en lugar de la armoniosa avenida Jerozolimskie, a la que daban las ventanas
de su clínica de Varsovia, y se secaba los ojos llorosos con un pañuelo inglés a cuadros rojos y verdes, el último que le quedaba…
Acababa de examinar a una bashkiria de edad madura que había recorrido cuarenta verstas a caballo, gritó a la enfermera: «Lave a la señora», y ahora estaba allí, intentando controlar un involuntario temblor de resentimiento en el pecho, recordando con melancolía a sus pacientes de piel satinada, el olor dulzón a leche de sus preciados y cuidados genitales.
Se volvió al notar la presencia de alguien detrás, y descubrió, sentada en el banco, a una mujer joven de constitución robusta con un abrigo claro y gastado, y a un hombre canoso de rostro afilado con una cazadora remendada.
–Me he tomado la libertad de molestarle, doctor… -comenzó a decir el desconocido, y pan Zuwalski, intuyendo desde los primeros sonidos de su voz que el hombre pertenecía a su propia casta, la de la intelligentsia europea pisoteada, fue a su encuentro con una sonrisa de complicidad.
–Se lo ruego… Por favor. ¿Es su mujer? – le dijo pan Zuwalski con un tono ligeramente interrogador, reparando en la gran diferencia de edad que invitaba a suponer que había otro tipo de vínculo entre aquellas dos personas aparentemente mal combinadas. Señaló hacia la cortina, detrás de la cual se ocultaba una consulta diminuta.
Un cuarto de hora más tarde, ya había examinado a Sóniechka y confirmó la inminencia del parto, pero les pidió que se armaran de paciencia hasta las diez de la noche, si todo discurría bien y a su debido tiempo.
Colocaron a Sonia en una cama cubierta por un hule frío y rígido, pan Zuwalski le dio unas palmadas en el vientre en un gesto más propio de un veterinario y se fue junto a la mujer bashkiria, la cual como supieron, había dado a luz a un bebé muerto tres días antes, luego todo había ido bien, pero ahora había comenzado a encontrarse mal.
Dos horas y media más tarde, el doctor, con grandes lágrimas sobre sus mejillas bien afeitadas, salió al soportal donde Robert Víktorovich, que no se había alejado ni un momento, esperaba con aire sombrío, y le confesó con un susurro trágico al oído:
–Tendrían que fusilarme. No tengo derecho a operar en estas condiciones.
No tengo nada, literalmente nada. Pero tampoco puedo no operar. ¡Dentro de veinticuatro horas morirá de septicemia!
–¿Qué tiene? – le preguntó Robert Víktorovich con la boca seca, al imaginarse a Sóniechka agonizante.
–¡Ay, Dios mío! ¡Perdóneme! Todo va bien con su mujer, tiene contracciones, me refería a esa pobre bashkiria…
Robert Víktorovich rechinó los dientes y maldijo para sí: no soportaba a los hombres emotivos que se dejan llevar por el deseo irrefrenable de expresar sus sentimientos. Se mordió los labios y miró para otro lado…
La pequeña de dos kilos que Sonia trajo al mundo durante el cuarto de hora que pan Zuwalski se pasó hablando en el soportal, era rubia y con la carita alargada, exactamente igual a como Sonia se la había imaginado.
Todo cambió para Sóniechka de una manera tan completa y profunda que fue como si su vida anterior hubiera invertido su curso, llevándose consigo todo su mundo de libros, que tanto había amado, para dejarle a cambio los inimaginables sufrimientos de una existencia precaria, la miseria, el frío y la preocupación cotidiana por la pequeña Tania y Robert Víktorovich, que se ponían enfermos por turno.
La familia no habría podido salir delante de no ser por la ayuda regular del padre de Sonia, que se las ingeniaba para conseguirles y enviarles todo lo imprescindible. A todos los intentos de sus padres para convencerla de que regresara a Sverdlovsk con su hija en aquellos tiempos tan difíciles, la respuesta invariable de Sonia era: «Robert y yo tenemos que permanecer juntos.»
Después de un verano lluvioso, semejante a un otoño interminable, llegó sin transición un invierno riguroso. Desde la casita inestable de adobe húmedo que ahora habitaban, recordaban el sótano de las oficinas de la fábrica como un paraíso tropical.
La preocupación principal era el combustible. La escuela para tractoristas donde Robert Víktorovich trabajaba de contable, le prestaba a veces un caballo y, desde otoño, partía a menudo a la estepa a cortar altas hierbas secas, parecidas a juncos, cuyo nombre nunca supo. Una carreta llena hasta arriba permitía calentarse dos días, lo sabía por la experiencia adquirida en aquel pueblo durante el invierno que había pasado allí, antes de irse a Sverdlovsk.
Prensaba las hierbas formando briquetas artesanales con las que llenaba el cobertizo. Desmontó una parte del suelo que él mismo había instalado previamente sin pensar que necesitaría algún lugar donde guardar las patatas. Cavó un subterráneo que secó y apuntaló con tablas robadas.
Construyó una letrina y su vecino, el viejo Raguímov, meneaba la cabeza y sonreía: en aquellas latitudes, una tabla de madera perforada se consideraba un lujo innecesario; desde el principio de los tiempos la gente se limitaba a utilizar un lugar no lejos de casa que llamaban «al aire libre».
Robert Víktorovich era resistente, musculoso, y el cansancio físico era un consuelo para su alma, que sufría una violenta repugnancia hacia aquellas cuentas absurdas con cifras manipuladas, la elaboración de informes falsos y actas ficticias relativas al combustible sustraído, repuestos robados y verduras vendidas en el mercado local, procedentes del huerto de la fábrica gestionado por un horticultor rufián, un ucraniano alegre y desvergonzado con el brazo derecho mutilado.
Pero cada tarde, al abrir la puerta de casa, a la luz viva de la llama que vomitaba la lámpara de queroseno y enmarcada en un halo centelleante irregular, veía a Sonia, sentada en la única silla, que él había transformado en un sillón y, como adherida a la punta afilada de su seno en forma de cojín, grisácea y ligeramente despeinada, como una pelota de tenis, la
cabecita del bebé. Todo aquel cuadro oscilaba y latía de la manera más silenciosa: las ondas de la luz difusa, las de la leche tibia e invisible, además de otras corrientes imperceptibles, que le dejaban inmóvil y olvidaba cerrar la puerta. «¡La puerta!», decía Sonia en un susurro alargado, toda sonriente para recibir a su marido, y, colocando a la niña de través sobre la única cama, sacaba de debajo de la almohada una olla que ponía en medio de la mesa vacía. Los mejores días había una sopa espesa de carne de caballo, patatas del huerto de la fábrica y mijo enviado por su padre.
Sóniechka se despertaba al alba con el menor movimiento de la niña, y la estrechaba contra su barriga, sintiendo la presencia de su marido en su espalda dormida. Sin abrir siquiera los ojos, desabotonaba la camisa de dormir, sacaba su pecho, endurecido de madrugada, se presionaba dos veces el pezón y dos chorritos largos manchaban el trapo abigarrado con el que se secaba el pecho. La niña comenzaba a revolverse, avanzaba los labios, besando el aire, y mordía el pezón como un pececito mordería un gran anzuelo. La leche de Sonia era abundante y fluía fácilmente, y el amamantamiento de su bebé, acompañado de apretones, tirones y mordisquitos de sus encías sin dientes, le procuraba un placer que misteriosamente transmitía a su marido, que se despertaba infaliblemente a esa hora temprana. Él abrazaba la espalda ancha de Sonia, la apretaba celosamente contra él, y ella desfallecía bajo el doble peso de aquella felicidad inaguantable. Sonreía a la primera luz del día, y su cuerpo, silencioso y alegre, saciaba el hambre de aquellos dos seres preciosos que eran inseparables de ella.
Esta sensación matinal iluminaba todo el día. Las tareas de casa parecían hacerse solas, con facilidad y destreza, y cada día nuevo que Dios creaba se grababa en la memoria de Sóniechka por su singularidad, sin fundirse con los otros: uno por su lluvia perezosa caída al mediodía, otro por un imponente pájaro de patas torcidas y color orín, que se había posado en la cerca, o aquel otro que observó la primera línea serrada de un diente de leche prematuro en la encía inflamada de su hija. Sonia conservó para siempre -¿a quién le hacía falta ese ejercicio de memoria minucioso y absurdo?– el dibujo de cada día único, con sus olores, sus matices y, en particular, el peso inmenso de cada una de las palabras pronunciadas por su
marido en todas las situaciones de la vida corriente.
Muchos años después, Robert Víktorovich se sorprendería más de una vez ante la memoria exhaustiva de su mujer, que había depositado en un fondo secreto un sinfín de fechas, horas, detalles. Sóniechka incluso recordaba uno por uno todos los juguetes que Robert Víktorovich había construido a mansalva, con alegría creadora olvidada hacía tiempo, para la hija a medida que ésta crecía. Más tarde, Sóniechka se llevó a Moscú una infinidad de pequeños objetos -animales tallados en madera, pájaros hechos con cuerdas retorcidas, muñecas de madera con caras inquietantes-, pero tampoco olvidó nada de lo que le dejaron a los hijos y nietos de Raguímov, una bandada alegre de idénticos y delgados gorriones: la fortaleza desmontable para un rey-muñeco, con su torre gótica y su puente levadizo, el circo romano poblado de esclavos y animales en cajas de cerillas, y una construcción bastante voluminosa provista de un mango y multitud de tablillas de colores, que se movían, crujían y producían una música divertida, bárbara…
Esas fantasías superaban con creces las posibilidades lúdicas de una criatura. La niña, dotada de una memoria portentosa y que, como su madre, conservaba una infinidad de recuerdos de aquella época, no guardaba ninguno sobre los juguetes, tal vez en parte porque una vez en Aleksándrov, donde la familia, abandonando los Urales, se instaló en 1946, Robert Víktorovich le construyó ciudades fantásticas enteras con astillas y papel pintado, suntuosas anticipaciones de lo que más tarde se llamaría arquitectura de papel. Estos juguetes frágiles desaparecieron en el curso de los numerosos traslados de la familia a finales de los años cuarenta e inicios de los cincuenta.
Si la primera parte de la vida de Robert Víktorovich había transcurrido entre desmesurados y estrambóticos saltos geográficos, de Rusia a Francia, luego a América, los Balcanes, Argelia, de nuevo a Francia, para volver, finalmente, a Rusia, la segunda parte, marcada por el campo penitenciario y el confinamiento, transcurrió entre desplazamientos mínimos: Aleksándrov, Kalinin, Púshkino, Lianózovo. Así, empleó toda una década en acercarse a Moscú, una ciudad que a sus ojos no tenía nada de Atenas o Jerusalén.
Durante los primeros años de posguerra fue Sóniechka la que mantuvo a la familia: había heredado la máquina de coser de su madre y la temeridad inocente de una costurera autodidacta que sabía coser una manga a una sisa.
Sus clientes no eran exigentes, y Sonia ponía todo su empeño y les hacía buen precio.
Robert Víktorovich trabajaba en empleos más apropiados para un semiinválido, de vigilante en un colegio o contable en una cooperativa que fabricaba unas grapas metálicas monstruosas destinadas a un uso desconocido. Después de haber probado en París las mieles de la libertad, Robert Víktorovich no lograba siquiera imaginarse desempeñando una actividad profesional al servicio de un Estado aburrido y siniestro, ni siquiera en el caso de que hubiera podido reconciliarse con su ferocidad obtusa y mentiras deshonestas.
Daba rienda suelta a su imaginación creativa sobre unas planchetas de un blanco níveo, donde levantó la tercera generación de aquellas construcciones de papel y astillas con las que en el pasado había entretenido a su hija. Con el paso del tiempo, reveló un talento especial para visualizar las estructuras geométricas, un sentido bien calibrado para las relaciones entre espacio y materia, y resultaba imposible apartar la mirada de aquellas figuras estrambóticas, que recortaba de una gran hoja, enseguida las arrugaba por aquí y por allá, las doblaba, les daba la vuelta, montando unos objetos que no tenían nombre y que nunca habían existido en la naturaleza.
Ese juego, inventado en otro tiempo para su hija, se había convertido en el suyo.
La confianza femenina que Sonia le profesaba no conocía límites. Aceptó el talento de su marido con una fe ciega y admiraba con veneración religiosa todo lo que salía de sus manos. No comprendía los complejos problemas espaciales y todavía menos las elegantes soluciones que él les encontraba, pero en esos juegos extraños percibía el reflejo de su personalidad, el movimiento de fuerzas secretas, y repetía en su fuero interno, feliz, un pensamiento recóndito: «Dios mío, Dios mío, qué he hecho yo para merecer tanta felicidad…»