Sóniechka

Liudmila Ulitskaya · Capítulo 4 de 14

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Sóniechka

[4] Protagonista de la novela en verso Eugenio Oneguin de Pushkin. (N. de

No se puede decir que esos ojos especiales femeninos que, como el tercer ojo místico, se abren en las niñas a una edad extraordinariamente temprana, en el caso de Sonia estuvieran cerrados por completo, no, más bien los tenía entornados.

En la primera adolescencia, en torno a los catorce años, como para acatar el programa ancestral de su especie, según el cual durante milenios se entregaba a las muchachas en matrimonio a esa tierna edad, Sóniechka se enamoró de Vitka Stárostin, un compañero de clase agraciado y de nariz respingona. Ese enamoramiento se expresaba exclusivamente con el deseo incontrolable de mirarlo y sus ojos inquisidores no tardaron en captar la atención no sólo del propietario de la encantadora carita de muñeca, sino también del resto de la clase, que descubrió esa curiosa atracción antes de que la propia Sonia se diera cuenta.

Ella se esforzaba por dominarse e intentaba dirigir su mirada hacia otro lugar -el rectángulo de la pizarra, sus cuadernos, la ventana polvorienta-, pero sus ojos, con la obstinación de la aguja de una brújula, regresaban por sí mismos a la nuca castaño claro y se empeñaban en cruzarse con aquellos imanes azules, fríos… Incluso Zoya, que se compadecía de su desgracia, le murmuró que parara de comérselo con los ojos. Pero Sóniechka no podía evitarlo. Sus ojos exigían, codiciosos, la ración de su nuca favorita.

Todo esto acabó de la manera más horrible e inolvidable. Cansado de

soportar el peso de aquella mirada enamorada, el brutal Oneguin[4] citó a

su silenciosa admiradora en el paseo lateral de una pequeña plaza, y allí le

estampó dos bofetadas indoloras, pero mortalmente humillantes,

acompañadas de las carcajadas aprobatorias de cuatro compañeros

escondidos en los arbustos, a los que se les habría podido reprochar su

corazón despiadado si los jóvenes espías no hubieran muerto todos durante

el primer invierno de la guerra que se acercaba.

La lección magistral infligida por el caballero de trece años había sido tan

convincente que la chica cayó enferma. Guardó cama con fiebre alta durante dos semanas. El fuego del amor se extinguió innegablemente a la manera clásica. Cuando se restableció y volvió a la escuela con la expectativa de recibir una nueva humillación, su aventura tragicómica había quedado totalmente eclipsada por el suicidio de la chica más bella de la escuela, Nina Borísova, que se había colgado en el aula después de las clases de la tarde.

Por lo que respecta al héroe con corazón de piedra, Vitka Stárostin, para fortuna de Sóniechka, se había ido a vivir con sus padres a otra ciudad, dejándole la amarga convicción de que su biografía como mujer se había agotado, lo que la liberaba para el resto de su vida de la necesidad de gustar, seducir, fascinar. Hacia las compañeras de clase con más éxito ni le carcomía la envidia ni la cegaba el resentimiento. De nuevo se dio en cuerpo y alma a su ardiente pasión: la lectura.

… Robert Víktorovich volvió dos días más tarde, cuando Sóniechka ya no trabajaba en la sala de lectura. La mandó llamar. Ella subió del sótano, emergiendo a trompicones de aquel agujero oscuro, le llevó un rato reconocerlo con sus ojos miopes, después lo saludó con la cabeza como a un viejo conocido.

Él le acercó una silla:

–Siéntese, por favor.

En la pequeña sala había varios lectores bien abrigados. Hacía frío y la calefacción apenas funcionaba.

Sóniechka se sentó en el borde de la silla. Un gorro con orejeras de tejido deshilachado reposaba en un rincón de la mesa, al lado de un paquete que el hombre desenvolvía sin prisa, con mucho cuidado.

–Dos días ha olvidé… -dijo, con su voz luminosa, y Sóniechka sonrió ante la agradable expresión «dos días ha», que hacía mucho tiempo que había caído en desuso en el habla cotidiana-, olvidé preguntarle su nombre.

Discúlpeme.

–Sonia -respondió, escueta, observando cómo desenvolvía el paquete.

–Sóniechka… Sí -dijo él, como si diera su aprobación.

Cuando por fin hubo abierto el envoltorio del todo, Sonia vio ante sí el retrato de una mujer pintado sobre un papel poroso y burdo, con suaves tonalidades pardas y sepia. El retrato era maravilloso, el rostro de la mujer noble y delicado, un rostro de otra época. Era el suyo, el rostro de Sóniechka. Tomó un poco de aire… y percibió el olor del mar frío.

–Es mi regalo de bodas -dijo él-. De hecho vengo a proponerle matrimonio.

– Y le dirigió una mirada llena de expectación.

Sóniechka lo observó entonces por primera vez: cejas rectas, nariz ligeramente aguileña, la boca seca con labios finos, profundas arrugas verticales que le surcaban las mejillas, ojos apagados, inteligentes y tristes…

A Sóniechka le temblaron los labios. Bajó la mirada y guardó silencio.

Sentía un deseo fortísimo de mirar una vez más esa cara, tan expresiva y atractiva, pero a sus espaldas se perfiló el fantasma de Vitka Stárostin, y ella miró fijamente las líneas ligeras y sinuosas del dibujo que, de repente, habían dejado de representar algo femenino, cuanto más su propia cara, y le dijo con una voz apenas audible, pero fría y distante:

–¿Está bromeando?

Y, entonces, él tuvo miedo. Llevaba mucho tiempo sin hacer planes: el destino lo había conducido a aquel lugar tétrico, en la antesala del infierno.

Su sentido animal de supervivencia estaba casi agotado y el crepúsculo de la existencia terrenal no le parecía tan atractivo. Y he aquí que había encontrado a una mujer radiante, con una luz interior auténtica, y presentía en ella a una esposa cuyas manos frágiles sostendrían su vida extenuada, todavía aferrada a la tierra; veía también que era una dulce carga para sus

espaldas, que nunca habían soportado el peso de una familia, por su virilidad cobarde que esquivaba la carga de la paternidad, los deberes del cabeza de familia… Pero cómo había podido pensar…, cómo no se le había ocurrido antes…, tal vez ya pertenecía a otro, ¿a algún joven teniente o a un ingeniero de jersey remendado?

Cibeles lo desafiaba de nuevo con su lengua roja y puntiaguda, y su alegre séquito, compuesto por mujeres obscenas y monstruosas, pero que él conocía perfectamente, se contoneaba entre reflejos purpúreos.

Dejó escapar una risa ronca y fingida, le extendió el retrato y dijo:

–No, no es una broma. Simplemente no me paré a pensar que usted podía estar casada.

Se puso en pie y cogió su gorro indescriptible.

–Perdóneme.

La saludó a la manera de un oficial zarista, inclinando su cabeza rasurada con un golpe seco, y se dirigió a la salida. En ese momento Sóniechka gritó:

–¡Espere! ¡No, no! ¡No estoy casada!

Un hombre viejo sentado en una mesa de la biblioteca con una colección de periódicos les miró con desaprobación. Robert Víktorovich se volvió, sonrió con sus labios finos, y la confusión que hacía poco se había apoderado de él al sospechar que la mujer se le escapaba dio paso a otra confusión, todavía más profunda: no tenía la menor idea de qué decir o hacer ahora.

En medio del desierto yermo de la vida de evacuación, en medio de aquella miseria, de aquel abatimiento y del frenesí de eslóganes que a duras penas disimulaban el horror latente del primer invierno de guerra, de dónde sacaron energías Robert Víktorovich, al límite de sus fuerzas, y Sóniechka, de naturaleza frágil, para iniciar una nueva vida, aislada y solitaria como

una torre suana, logrando armonizar sin el menor desacuerdo unos pasados tan diferentes: la vida de Robert Víktorovich, quebrada como el vuelo de una ciega mariposa nocturna, con sus giros repentinos y alegres del judaísmo a las matemáticas y, luego, por fin, al trabajo de su vida, la afición inútil y fascinante de embadurnar lienzos -como él mismo definía su oficio-, y la vida de Sóniechka, alimentada de invenciones librescas de otros, falsas y seductoras.

Sóniechka aportaba a su vida en común una falta de experiencia sublime y sagrada, una sensibilidad ilimitada hacia todo lo importante, elevado, y no del todo comprensible, que volcaba sobre ella Robert Víktorovich. Por su parte, éste no cesaba de sorprenderse al constatar hasta qué punto su pasado adquiría una luz nueva y diferente después de sus largas conversaciones nocturnas. Como por contacto con la piedra filosofal, esas noches que pasaba charlando con su mujer ponían en marcha un mecanismo mágico de depuración del pasado…

De los cinco años en el campo penitenciario, Robert Víktorovich recordaba los dos primeros como especialmente duros. Después, la situación se había mitigado: empezó a pintar retratos de las mujeres de los dirigentes, realizaba por encargo copias de copias… Los originales eran ejemplos lamentables de un arte degenerado y Robert Víktorovich, mientras pintaba, solía entretenerse con trucos técnicos de toda clase, como pintar con la mano izquierda. En el proceso descubría que el cambio temporal de mano repercutía en su percepción de los colores…

Por naturaleza, Robert Víktorovich tenía un carácter ascético y siempre se las había arreglado para pasar con lo estrictamente necesario, pero, privado durante muchos años de lo que incluso él consideraba imprescindible -pasta de dientes, una buena cuchilla y agua caliente para afeitarse, un pañuelo y papel higiénico-, ahora se alegraba con cada pequeña bagatela, con cada nuevo día iluminado por la presencia de su mujer, Sonia, con la relativa libertad de un hombre liberado milagrosamente de un campo penitenciario, cuya única obligación era presentarse una vez a la semana en la comisaría local…

Vivían mejor que la inmensa mayoría. Al pintor de la fábrica industrial le habían asignado una habitación sin ventana cerca de la caldera en el sótano del edificio administrativo. Hacía calor. Casi nunca cortaban el suministro eléctrico. El fogonero les asaba las patatas que les llevaba el padre de Sonia, el cual conseguía hacerse con más comida gracias a su impecable trabajo artesanal.

Un día Sonia dijo con aire soñador y un vago matiz de afectación, que no le era característico:

–Cuando la guerra acabe, cuando hayamos ganado, entonces sí que seremos felices…

Su marido la interrumpió, con un tono seco y mordaz:

–No te hagas ilusiones. Ahora vivimos muy bien. En cuanto a ganar… Tú y yo siempre estaremos en el bando de los perdedores, poco importa quiénes sean los monstruos que ganen. – Y terminó su frase de modo oscuro-: Mi maestro me enseñó a no ser ni verde ni azul, ni parmularius ni scutarius…

–¿De qué hablas? – le preguntó Sóniechka, inquieta.

–No es mío, es de Marco Aurelio. El azul y el verde eran los colores de los equipos en el hipódromo. Lo que quiero decir es que nunca me ha interesado qué caballo llega el primero. Para nosotros no es importante. En cualquier caso es aniquilado el ser humano, su vida privada. Duerme, Sonia.

Se enrolló una toalla alrededor de la cabeza -había adquirido esa extraña costumbre en el campo penitenciario- y se durmió al instante. Sóniechka, en cambio, permaneció mucho tiempo despierta en la oscuridad, atormentándose por aquella falta de entendimiento y tratando de desechar una sospecha todavía más espantosa que la falta de entendimiento: su marido poseía un saber tan peligroso que era mejor no tentarlo. Así, desvió el curso agitado de sus pensamientos hacia los suaves y sordos rasgueos en su bajo vientre, intentando imaginar cómo unos deditos de la medida de un cuarto de cerilla, en la misma oscuridad que en ese momento la rodeaba a

ella, tocaban ligeramente la pared blanda de su primer habitáculo, y sonreía.

Entretanto, el talento que Sóniechka tenía para percibir de una manera vivida y realista el universo de ficción se atrofiaba, se empañaba, y, de pronto, el más mínimo incidente que se produjera fuera de la página impresa -la captura de un ratón con una trampa de fabricación casera, el florecimiento de una rama seca y muerta en el interior de un vaso, un puñado de té chino que Robert Víktorovich había conseguido por casualidad- era más importante, más significativo, que el primer amor o la muerte de otro, e incluso que el descenso a los infiernos, ese punto extremo de la literatura donde convergían los gustos de los recientes cónyuges.

Sólo una semana después de su precipitado matrimonio, Sonia descubrió algo terrible acerca de su marido: era totalmente indiferente a la literatura rusa, la encontraba vacía, tendenciosa e insoportablemente moralista. Sólo con Pushkin hacía una excepción, pero a regañadientes… Se enfrascaron entonces en una discusión en la que Robert Víktorovich se enfrentó al ardor de Sóniechka con una argumentación rigurosa y fría que ella no entendió del todo, y la conferencia doméstica acabó entre lágrimas amargas y dulces abrazos.

Entrada la madrugada, el obstinado de Robert Víktorovich, que siempre tenía que decir la última palabra, aún tuvo tiempo de soltar a su mujer, que ya estaba medio dormida:

–¡Una peste! Eso es lo que son todas esas autoridades, desde Gamaliel hasta Marx… Y esos escritores tuyos… Gorki, tan engreído, y Ehrenburg, muerto de miedo… Y Apollinaire, también es un engreído…

–¿A Apollinaire también lo conociste?

–Sí -respondió él con desgana-. Durante la guerra… Vivimos dos meses bajo el mismo techo. Después me trasladaron a Bélgica, cerca de la ciudad de Ypres. ¿La conoces?

–Sí, la iperita, me acuerdo -musitó Sóniechka, admirada por la riqueza