Sóniechka
[3] La ciudad más importante de los Urales (actualmente vuelve a llamarse
estallido de la guerra.
Éste fue posiblemente el primer acontecimiento de toda su joven vida que la arrancó del nebuloso mundo de lectura permanente en el que habitaba.
Junto a su padre, que entonces trabajaba en una fábrica de herramientas, fue
evacuada a Sverdlovsk,[3] donde pronto fue a parar al único lugar seguro de
la ciudad: el sótano de la biblioteca…
No está claro si esa coincidencia obedecía a la tradición, arraigada en Rusia desde tiempos inmemoriales, de conservar escrupulosamente en un sótano frío los frutos valiosos del espíritu, al igual que se hace con los de la tierra, o bien se trataba de una vacuna administrada a Sóniechka en previsión de los diez años siguientes que pasaría en compañía de un «hombre del subsuelo», destinado a ser su marido y que se le apareció en aquel primer año de evacuación, desesperadamente difícil…
Robert Víktorovich se presentó en la biblioteca un día en que Sóniechka sustituía a la encargada del préstamo bibliotecario, que se había puesto enferma. Era un hombre de pequeña estatura, cabellos canos, delgadez extrema, y no habría captado la atención de Sóniechka si no le hubiera preguntado dónde estaba el catálogo de obras en francés. La biblioteca contaba con libros en francés, por supuesto, pero el catálogo hacía tiempo que se había extraviado debido a la falta de uso. A esas horas de la tarde, poco antes del cierre, no había más visitantes en la sala de lectura y Sóniechka acompañó a aquel lector inusitado al sótano, rumbo al rincón apartado de la Europa occidental.
Durante un largo rato permaneció aturdido frente a la estantería, con la cabeza inclinada hacia un lado y la expresión hambrienta y maravillada de un niño delante de un plato de pasteles. De pie detrás de él, Sóniechka, que le sacaba media cabeza, se había quedado inmóvil, embargada por la emoción.
Se volvió hacia ella, le besó inesperadamente su mano delgada y le dijo con
una voz baja y trémula, como la luz azulada de las lámparas que velan los resfriados de nuestra infancia:
–Qué maravilla… Qué lujo… Montaigne… Pascal… -Y, sin soltarle la mano, añadió con un suspiro-: ¡Y además en edición de Elzevir!
–Tenemos nueve Elzevir… -indicó con orgullo la emocionada Sóniechka, que había asimilado todo el conocimiento de la bibliología.
Él la miró de una manera extraña de abajo arriba, bueno, de arriba abajo, sonrió con sus labios delgados, revelando una boca mellada, vaciló un poco, como si fuera a decir algo importante, pero, cambiando de idea, dijo:
–Por favor, hágame la tarjeta de lector o comoquiera que se llame…
Sonia retiró su mano, olvidada entre las palmas secas de él, y subieron por la escalera, cuyo frío voraz arrancaba el más mínimo calor de cualquier pie que la rozara… Allí, en la salita minúscula de aquella vieja mansión que había pertenecido a un comerciante, escribió por primera vez, de su puño y letra, ese apellido, desconocido absolutamente para ella hasta el momento, pero que se convertiría también en el suyo exactamente dos semanas más tarde. Y mientras ella escribía unas letras torpes con un lápiz indeleble que le bailaba ligeramente entre sus guantes de lana rezurcida, él contemplaba su frente despejada y sonreía para sus adentros, pensando en el sorprendente parecido que guardaba con un joven camello, animal paciente y tierno. «Incluso el color», pensó él. «Atezado, con la triste opacidad del siena, rosáceo, cálido…»
Sóniechka dejó de escribir, levantó el dedo índice y se subió las gafas, que se le habían deslizado por la nariz. Lo miró con aire benévolo, sin interés, pero expectante: no le había dicho la dirección.
Sin embargo, él estaba sumido en un profundo desasosiego causado por la certidumbre, que se había abatido sobre él de manera tan inesperada como un chaparrón un día de cielo claro y sereno, de encontrarse frente a su destino: comprendió que delante de él estaba su mujer.
El día antes había cumplido cuarenta y siete años. Era una leyenda viva.
Pero esa leyenda, debido a su regreso de Francia a Rusia, repentino y sin motivo -en opinión de sus amigos-, a principios de los años treinta, parecía haberse escindido de él y vivía una vida autónoma, en los mentideros de las galerías de arte moribundas del París ocupado, junto a sus extraños cuadros que habían estado a punto de perderse y que, aunque habían sufrido la denigración y el olvido, conocerían la resurrección y la gloria póstuma.
Pero de todo eso él no sabía nada. Vestido con un chaquetón guateado negro lleno de quemaduras y con una toalla gris alrededor del cuello del que sobresalía una gran nuez, él, el más feliz de los desventurados, que acababa de purgar una pena irrisoria de cinco años y que ahora trabajaba como pintor bajo la dirección de la fábrica, estaba allí, de pie, delante de aquella joven desgarbada, sonriendo mientras comprendía que estaba a punto de producirse una nueva traición, una de tantas que se prodigaban en su vida dispersa: había traicionado la fe de sus antepasados, las esperanzas de sus padres, el amor de su maestro; había traicionado la ciencia y roto despiadada y brutalmente lazos de amistad cada vez que había sentido que representaban un escollo para su libertad… Esta vez traicionaba la promesa de celibato, una promesa que, dicho sea de paso, no iba ligada al voto de castidad, y que se remontaba a la época de su éxito precoz y aparente.
Amaba a las mujeres y no se privaba de su compañía; había bebido abundantemente de ese manantial inagotable, pero preservaba con cautela su independencia, pues temía convertirse él mismo en presa del elemento femenino, tan paradójicamente generoso con los que toman y tan destructivamente cruel con los que dan.
Entretanto, el alma plácida de Sóniechka, envuelta en su capullo de miles de libros leídos, arrullada por el fragor brumoso de la mitología griega, la estridencia hipnótica de las flautas medievales, la melancolía ventosa y neblinosa de Ibsen, el tedio detallado de Balzac, la música astral de Dante, el canto de sirenas de las voces penetrantes de Rilke y Novalis, seducida por la desesperación moralizante, dirigida al corazón mismo del cielo, de los grandes escritores rusos, aquella alma plácida de Sóniechka no había reconocido su minuto de gloria: su pensamiento estaba ocupado en decidir
si estaba asumiendo un riesgo al prestar a ese lector unos libros que sólo podían ser consultados en la sala de lectura…
–¿Su dirección? – le preguntó con dulzura Sóniechka.
–Bueno, verá, estoy destinado temporalmente aquí. Vivo en las oficinas de la fábrica -explicó el extraño lector.
–Entonces déjeme su pasaporte y el permiso de residencia, por favor -le pidió Sóniechka.
Él hurgó en las profundidades de un bolsillo y sacó un certificado arrugado.
Sóniechka lo examinó a conciencia a través de sus gafas, después sacudió la cabeza.
–No, lo siento. No está domiciliado aquí…
Cibeles le sacó su lengua roja, y él pensó que todo estaba perdido. Metió su certificado de nuevo en el fondo del bolsillo.
–Haremos lo siguiente -le propuso Sóniechka con tono de disculpa-. Los sacaremos a mi nombre y antes de marcharse los devuelve.
Entonces él comprendió que todo iba bien.
–Sólo le pido que los trate con cuidado… -añadió ella, con voz suave, y envolvió los tres pequeños volúmenes en un papel de periódico manoseado.
Él le dio las gracias lacónicamente y se fue.
Mientras Robert Víktorovich pensaba con aborrecimiento en las técnicas de aproximación y el hastío del galanteo, Sóniechka acababa sin premura su largo día de trabajo y se preparaba para volver a casa. No se inquietaba ya por los tres valiosos libros que había prestado despreocupadamente a un desconocido. Todo su pensamiento lo acaparaba el camino de regreso a casa a través de la ciudad fría y oscura.