Stella

Takis Würger · Capítulo 10 de 17

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Stella

Julio de 1942

 

Los alemanes asesinan aproximadamente a diez mil habitantes del gueto de

Slonim, en Bielorrusia. Por orden del Ministerio de Ciencia, Educación y

Cultura del Reich, no se pueden aceptar medio judíos en centros de

secundaria ni en escuelas superiores. Continúa permitiéndose que asistan a

ellos personas con un cuarto de sangre judía. En Múnich se inaugura la VI

Gran Exposición de Arte Alemán, con obras de seiscientos ochenta artistas.

El FC Schalke 04 gana al Vienna por 2 goles a 0 y se proclama por sexta vez

campeón de Alemania. La editorial S. Fischer anuncia que va a publicar las

obras completas de Gerhart Hauptmann con ocasión del octogésimo

aniversario del autor. Cuarenta y cuatro bombarderos Lancaster de la Royal

Air Force bombardean Danzig: mueren noventa personas. Séptimo de los

diez mandamientos del doctor Joseph Goebbels para todos los

nacionalsocialistas: «Si alguien te ataca, responde con un ataque más fuerte.

Si alguien te niega tus derechos, debes luchar para recuperarlos, y sólo lo

conseguirás si te comprometes activamente». Adolf Hitler traslada su

cuartel general de Prusia oriental a Ucrania para unos meses. El cuartel

recién construido recibe el nombre de «Hombre Lobo». Heinrich Himmler,

agrónomo diplomado, comunica a sus colegas que tienen a su disposición,

para experimentar con personas y animales, a los internos del campo de

Auschwitz. En parte de esos experimentos, el doctor Hohlfelder,

especialista en radiología, comprueba hasta qué punto se puede lograr,

mediante la radiación, la esterilización de personas de raza inferior y con

taras.

 

~ ~ ~

 

Bebíamos demasiado, demasiado pronto. Bailábamos sin ganas en el salón

amarillo. Yo pensaba en los padres de Stella. A menudo, ella me planchaba las camisas e insistía mucho en la zona de los hombros.

Le regalé el cofrecito de rosas de mi padre. Primero, no obstante, lo

acaricié por el borde tres veces en el sentido contrario a las agujas del reloj.

Al atardecer paseábamos junto a la orilla del Spree. Hablábamos menos

que antes, mi risa no era del todo sincera. Ella comía más bombones.

Pregunté en una farmacia qué era el Pervitin. La cajita con diez

caramelos costaba dos marcos. La farmacéutica era una mujer joven que

llevaba unas gafas redondas y el pelo recogido en una cola de caballo.

—¿Puedo preguntarle algo? —dije, al tiempo que señalaba las cajitas de

la estantería.

—Para eso estoy aquí.

—¿Qué efecto concreto tiene?

—Reduce el cansancio, el hambre y el dolor. Y uno tiene la sensación de

que está fuerte como un toro.

—¿Y es peligroso?

—Defina «peligroso».

—¿Crea adicción?

—Sí.

—¿Te transforma?

—¿A mí?

—¿Transforma a la persona que lo toma?

—La Wehrmacht acaba de pedir un millón de unidades a Temmler, así

que no puede ser tan malo. ¿Cuántos quiere?

Compré cinco paquetes y les puse un lazo que encontré en una

floristería. Cuando se los entregué a Stella, me acarició con la palma de la

mano desde la frente, pasando por los párpados cerrados, hasta la barbilla.

 

Durante aquellos días, Stella solía decir que necesitaba tiempo para ella.

Para «reencontrarse», lo llamaba. Desaparecía en la ciudad y regresaba al

hotel por la noche.

—¿Qué has hecho hoy? —le pregunté yo un día.

—Nada especial. ¿Confías en mí? —me respondió ella.

Asentí.

Fue sola al teatro y a la ópera y vio La flauta mágica. Yo le di el dinero.

Tarareaba la melodía del pajarero. Una vez me dijo que le parecía bonito el

modo en que se encontraban Papageno y Papagena, dos monstruos que se

reconocían.

Intenté convencerme de que era bueno que viviera su libertad. A veces

se pasaba las horas en la línea circular del tranvía y esperaba a que

transcurriera el tiempo. Me quedaba las tardes junto a la ventana, mirando

la calle y pensando en Cioma Schönhaus. Stella me había dicho que tenía

que hacerlo sola, pero no era cierto.

 

~ ~ ~

 

Caso 28 y 29: Abraham y Moritz Zajdman

Testigos: 1. Abraham Zajdman,

2. Moritz Zajdman

 

El matrimonio Zajdman, ambos residentes ilegales, se encontraban con su hijo y su hija en la

Staatsoper Unter den Linden, donde se sentaron separados para ver la actuación. Después de

la función, la encausada agarró al hijo, Moritz, por el cinturón del abrigo al tiempo que le

decía «Usted es el señor Zajdman». Él se soltó, le dio una bofetada y salió corriendo. La

encausada gritó. «¡Deténganlo! ¡Judío!». Los transeúntes lo persiguieron y lo llevaron

arrastrándolo por el pelo de vuelta al edificio de la ópera, donde estaban la encausada con

Rolf Isaaksohn y un agente de policía. El padre, Abraham Zajdman, que había huido de la

ópera con su esposa, reapareció entre la muchedumbre y golpeó a Isaaksohn en la cara

diciéndole: «No somos delincuentes, somos judíos». Abraham y Moritz Zajdman fueron

trasladados al centro de Große Hamburger Straße. Durante el interrogatorio que les realizó

Dobberke, el director del centro, en el que les preguntó por el paradero de la señora Zajdman,

la encausada se careó con los testigos. Le dijo a Abraham Zajdman: «Yo también he visto a su

esposa, tiene que seguir aquí». Abraham y Moritz Zajdman lograron huir al cabo de dos

semanas.

 

Tomo I/107, 193-194

Tomo I/17, 42, 191-192

 

~ ~ ~

 

En la barra, un cliente estaba hablando de que la Royal Air Force reduciría

Berlín a cenizas. En el vestíbulo y los pasillos se acumulaba el equipaje de

los huéspedes que querían salir del país.

Hubo una noche de julio que no podíamos dormir por el calor y la

humedad.

—Vamos a salir un poco —dijo Stella.

Cogimos las gabardinas y salimos del hotel. Oímos que alguien cantaba

en un bar de Torstraße. Un grupo de soldados vestidos con uniforme oscuro

estaba bebiendo. Stella me cogió de la mano.

—Entremos ahí —dijo.

Yo me detuve.

—Tengo ganas de cantar —insistió.

Dentro, los cristales estaban empañados por el calor de tantos cuerpos.

Toda la ciudad estaba a oscuras, habían cortado la luz. Las lámparas de

aceite iluminaban los bares, pero habían cubierto las ventanas con cartones

para que no se viera desde el exterior. Unos cuantos soldados se habían

quitado la chaqueta y estaban en camiseta en la barra. Parecía que hubieran

ido juntos al peluquero a primera hora de la tarde. Todos llevaban tatuado

su grupo sanguíneo en la parte interior del antebrazo izquierdo. En el bar

había muchas mujeres jóvenes que bebían vermut negro en vasos de agua.

Unas chicas con trenzas servían detrás de la barra.

Stella preguntó a una de las camareras quiénes eran esos hombres, y la

chica le dijo con un brillo en los ojos que pertenecían a la división de

infantería mecanizada Wiking, de las SS, y que al día siguiente a primera

hora partían hacia el frente.

El ambiente olía a sudor agrio y al perfume de guerra de las chicas, a

falso jazmín.

Stella se acercó a la barra y pidió dos Berliner Kindl. Permanecimos

muy juntos y bebimos en silencio. La cerveza sabía a detergente. Era

cerveza de guerra de muy baja graduación.

—Vamos, anímate un poco —dijo Stella.

De vez en cuando, uno de los hombres entonaba una canción. Casi me

había acostumbrado a la imagen de los soldados, pero ésos eran distintos,

bebían más, hablaban a gritos y todos eran más altos que yo. Los uniformes

eran oscuros. Stella se puso a cantar con ellos. En el bar había mucho ruido.

—Cada tiro, un ruso, y después la rata judía será exterminada —dijo un

soldado con voz grave e imponente.

Tenía buen porte y parecía afable, como los ganaderos alpinos del Mont

Blanc. Llevaba tatuadas unas cuantas letras griegas debajo de la clavícula

derecha. Mi griego antiguo no era muy bueno, pero aquéllas podía leerlas

porque conocía la historia. «Molon labe», decían.

Stella se rió y levantó la copa al oír el término «rata judía». Uno de los

hombres rugió «¡victoria!» y estiró el brazo derecho. Stella también gritó

«¡victoria!».

El soldado del tatuaje pidió dos vasos de korn en la barra y brindó con

ella. Le dijo algo al oído que no entendí, Stella rió, y él pidió más korn. A

mí no me dio ningún vaso.

Stella estaba de espaldas a mí. El tatuado me miraba por encima de su

hombro.

Yo estaba al lado de un hombre delgado que sujetaba un vaso de agua

con gas en la mano. Como mucho tendría veinte años, no iba de uniforme,

sólo llevaba una camisa áspera de lino e iba peinado con la raya muy

marcada, fijada con gomina.

Me dio un codazo suave en las costillas y se inclinó hacia mí:

—¿Es tu chica?

Asentí.

—¿Y el tipo?

—Yo… es un soldado —dije.

El joven sonrió.

—¿Quieres que te lo explique?

El hombre era bajo y pálido. Levantó la mano izquierda, con la que

sujetaba el vaso de agua, a la altura del pómulo.

—Campeón de Berlín de peso wélter.

El tatuado se acercó más a Stella.

—¿Boxeador? —pregunté.

—Exboxeador. Ya no participo en combates oficiales.

—¿Por qué no?

—No puedo.

Vi el dolor en su cara.

—Yo soy Fritz —dije, y le di la mano.

—Noah —se presentó él, de manera que todo el mundo pudiera oírlo.

Di un respingo. El tatuado le había puesto una mano en la zona lumbar a

Stella.

Empecé a sentir calor y tenía el estómago revuelto.

—Mejor no diga ese nombre tan alto.

—¿Por qué no?

El techo del bar estaba revestido de madera, en las esquinas había moho.

—Podría ser uno de ellos —dije.

—Pero no lo eres —contestó, y por un momento me rozó el lóbulo de la

oreja con los labios de tan cerca como estaba—: ¿Quieres ver boxear a un

infrahumano? —añadió.

Me dio el vaso de agua.

Se tomó su tiempo para subirse las mangas de la camisa hasta el codo.

Fue doblándolas con cautela, un pliegue tras otro. Le vi las venas oscuras e

hinchadas bajo la piel del antebrazo. Se desabrochó el cinturón y se lo

apretó un agujero más, luego hizo crujir el cuello, a derecha e izquierda.

Cambió el peso al otro pie, movió el pie izquierdo hacia delante y trasladó

el peso a los talones. Se acercó al tatuado. Tenía los pulgares metidos en la

pretina del pantalón.

No dijo ni una palabra. Cuando estuvo lo bastante cerca para tocar al

hombre, que ya tenía las dos manos en el trasero de Stella, levantó las

manos abiertas junto a la cabeza, como si fuera a arreglarse el pelo, cambió

de nuevo el peso hacia atrás y lanzó el puño derecho hacia el rostro del

tatuado sin previo aviso. Sonó como si alguien hubiera dejado caer una

piedra pesada sobre la hierba húmeda.

El soldado soltó a Stella, cayó de espaldas y se dio con la cabeza en el

suelo. Se quedó allí tumbado.

Acto seguido, media docena de soldados se volvieron hacia Noah, que

ya se dirigía a la puerta de la calle. No corría, caminaba con rapidez pero

sin prisa. Un soldado raso se interpuso en su camino, Noah se le acercó y,

cuando el hombre iba a golpearlo, hizo un movimiento apenas perceptible

con el torso y el puño sólo le rozó el pelo. Luego siguió andando.

Cuando Noah alcanzó la puerta, se dio la vuelta y miró en mi dirección.

Nuestros ojos se encontraron. Siempre lo recordaré. Incluso hoy a veces pienso en aquel momento cuando necesito fuerzas. Pienso en Noah y en sus

ojos grises. Llevaba la raya intacta.

Cuando un soldado se le abalanzó, Noah lo tumbó en el suelo con un

gancho de izquierda. El tipo se desplomó de las rodillas delante de él y se

quedó ahí tirado.

Noah se fue sin despedirse. Los soldados salieron corriendo tras él.

Sabía que lo iba a conseguir.

Stella me cogió de la mano.

—¿Quién era?

—¿Por qué te has dejado tocar así?

—¿Lo has enviado tú para liberarme?

—Eres mi mujer, Stella, nadie puede tocarte. Tan sólo yo.

Me puso las dos manos en el cuello. Estaba borracha.

—¿Por qué lo has hecho? —pregunté.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Es que no puedo disfrutar un poco de la vida?

¿Quién era ése?

—Era Noah.

Cogí a Stella de la mano y la saqué del bar. Me sentía victorioso pese a

no haber vencido en nada.

Cuando volvíamos al hotel por el asfalto de Torstraße, Stella me dijo sin

mirarme:

—¿Noah?

—Sí.

—¿Un judío?

—Un amigo.

 

~ ~ ~

 

Caso 35: Samuel

Testigo: Fanny Samuel

 

En 1942, la testigo Fanny Samuel se encontraba en el centro de documentación de judíos de

Pfalzburger Straße. La encausada, que estaba presente, le quitó de la mano la tarjeta de

colaboradora, le pidió que se quedara y cerró la puerta con llave. Ante las preguntas de la

testigo, la encausada le entregó un documento que decía: «La señora Goldschlag está

autorizada a tomar medidas en cuestiones judías. Las autoridades ruegan que la apoyen». En

el reverso del documento había una fotografía y un sello oficial. La testigo Samuel fue liberada

por intercesión del director del centro de documentación, puesto que era «aria». Tres o cuatro

judías más que ya se encontraban en el centro de documentación fueron trasladadas.

 

Tomo II/44, 186a

 

~ ~ ~

 

Stella me dio una bofetada en la cara cuando le conté mi plan. Me pegó más

fuerte de lo que esperaba.

—Nunca te vuelvas a reír de mí —dijo.

Me sorbí la sangre del interior del labio y esperé el golpe siguiente con

la cabeza gacha.

—Criatura —dijo, y se puso a caminar de un lado a otro de la habitación.

Al cabo de un momento se detuvo y me puso una mano en la mejilla. Yo

me estremecí cuando estiró el brazo.

—Está muy rojo —dijo.

—No importa.

—¿Te he hecho daño?

La besé en la frente.

—Tal vez deberíamos intentarlo —dijo—. Pero con Dobberke, el

director del centro, con ése no puedes, Fritz.

 

Mi padre habló con un amigo suyo que era industrial en Franconia. Un

mensajero me trajo un sobre con una carta que decía que Toni y Gerhard

Goldschlag eran requeridos en una tejeduría de Weißenburg por sus

habilidades como sastres. El texto estaba formulado de tal manera que

sonaba como si el trabajo de los Goldschlag en Weißenburg tuviera relación

directa con la victoria final. En el sobre también había una carta breve con

la cruz gamada en la cabecera y firmada por el líder del Reich en la

Franconia central.

Tenía frío y sudaba cuando el taxi llegó a Große Hamburger Straße. Me

acaricié la cicatriz de la mejilla. El viento en contra que entraba por la

ventanilla me revolvía el pelo.

La Große Hamburger Straße era más bien un callejón, tan angosto que

tan sólo se podía transitar en un sentido. Stella me había dicho que el centro

de detención se encontraba al lado de un zapatero, en un edificio claro e

imponente que había sido una residencia de ancianos judía. En el sótano

estaban los calabozos, donde hacía tanto frío que algunas noches los presos

se pasaban todo el rato caminando en círculo hasta el alba, encadenados

unos a otros, a fin de no congelarse.

Junto a la entrada aparcó un camión de mudanzas con un rótulo que

decía «FEINSTEIN E HIJOS».

Un vigilante me pidió los papeles, pero no me saludó hasta que vio mi

pasaporte suizo. Cada vez me ocurría con más frecuencia. Muchos

alemanes no sabían exactamente a qué bando asignarme, y como en aquella

época hacer enfadar al hombre equivocado podía costarte la vida, a menudo

los uniformados se protegían mostrándose sumisos. El vigilante me llevó

hasta Dobberke por un pasillo largo.

Estaba sentado a un escritorio en su despacho; era un hombre

extraordinariamente musculoso, llevaba el pelo afeitado a ambos lados de la

cabeza y raya en medio. Los hoyuelos eran un signo de que le gustaba reír,

las ojeras y la piel fina, de que bebía mucho y dormía poco. Los poros que

tenía en las mejillas me recordaban a mi madre.

Dobberke llevaba una camisa que le iba estrecha en el cuello. Tenía la

oreja derecha más grande que la izquierda y los iris muy claros, nunca los

había visto parecidos.

Delante, encima de la mesa, había una botella de leche con un líquido

claro y dos vasos. Enfrente estaba sentada una mujer joven con un delantal

de enfermera que sonrió cuando entré. Llevaba una cofia almidonada en la

cabeza. El despacho olía a aceite de engrasar armas y a cerdo ahumado. Yo

tenía las manos cruzadas a la espalda para que nadie pudiera ver que

temblaba.

—Ah, maravilloso, muy oportuno —comentó Dobberke.

Se sacó una baraja de cartas del bolsillo de la pechera de la chaqueta de

dril y la dejó caer en la mesa. En el dorso había impresas unas lechuzas

pequeñas.

—Nos falta un tercero.

Yo estaba todo lo erguido que podía.

—Vengo para hablar con usted sobre los presos Goldschlag. Tengo una

carta…

—Alto, camarada. Primero tomaremos una copa y después jugaremos

una ronda. —A Dobberke se le trababa un poco la lengua.

Luego le hizo un gesto con la cabeza a la enfermera.

—Un vaso —dijo.

Ella se levantó, se acercó a un armario y sacó un vaso. En el estante de

encima de los vasos había un látigo perfectamente alineado con la puerta.

Cuando la mujer dejó el vaso en la mesa, Dobberke la agarró por detrás,

por la corva, y descansó la mano ahí un momento.

—Elli prepara los mejores licores clandestinos de todo Berlín. Dile tu

secreto, gatita.

La mujer siguió sonriendo, sin hacer caso de la mano.

—Saco el alcohol puro del quirófano, y luego le añado mucho azúcar —

dijo, con una risita.

Me senté. Dobberke se sacó del bolsillo de la chaqueta un pedazo de

tocino envuelto en tela y cortó unas rodajas gruesas.

—Calidad de antes de la guerra —anunció.

—Qué bien —dije yo.

Dobberke empujó las cartas hacia mí.

—Jugamos al skat sin triunfo. Si en la subasta nadie puja, jugamos tres

manos de ramsch. El que no anota ningún punto pierde el doble.

¿Entendido?

Nunca había jugado al skat.

—En Suiza jugamos al jass —dije.

Dobberke se quedó callado. Cerró los ojos un momento, como si oyera

una voz tenue que le hablaba. La enfermera se revolvió en la silla. Me miró.

Tal vez su mirada fuera una advertencia, también podría haber sido de

desprecio. Dobberke abrió los ojos.

—¿En-ten-di-do? —volvió a preguntar, poniendo énfasis en cada sílaba.

Barajé las cartas.

Una vez, en una fonda en Vorarlberg, donde pasé la noche tras visitar

Viena, jugué al steigerer, un juego que, según me dijeron, se parecía mucho al de los alemanes. Barajé las cartas de nuevo. No sabía cómo repartirlas.

—Hubo uno que se murió barajando. Creo que fue en Övelgönne —dijo

Dobberke.

Luego dio un golpe con la palma de la mano en la mesa y se echó a reír.

La enfermera no se rió. A Dobberke no pareció molestarlo.

Di tres cartas a cada uno. Dobberke las miró y silbó entre dientes. Vi que

la enfermera daba un golpecito con dos dedos en el canto de la mesa. Dejé

dos cartas sobre la mesa. Acto seguido repartí el resto. Dobberke silbó de

nuevo.

—¡Dieciocho! —dijo—. ¡Ocho! ¡Diez! —Parecía que acompañara todas

las sílabas con un signo de exclamación.

—Paso —dijo la enfermera.

Los dos me miraron. La enfermera me hizo un gesto casi imperceptible

con la cabeza hacia la derecha.

—Paso —dije.

Dobberke sonrió, con la boca muy abierta.

—¡Unas cartas estupendas! —exclamó.

Después presionó con el índice izquierdo el pecho derecho de la

enfermera, inclinó la cabeza hacia delante y dijo:

—Con una buena mano juegas el as, si no, cierra el pico.

—Claro, señor Hauptscharführer —dijo la enfermera.

Después jugó una dama de corazones. Yo también jugué corazones.

Dobberke ganó. Miré con el rabillo del ojo a la mujer, que bebía a grandes

tragos. El líquido sabía dulce como un sirope, un poco a membrillo, y

quemaba en el cuello.

—Por la flota de submarinos alemanes —declaró Dobberke, y levantó la

copa.

Brindamos de pie, nos sentamos y seguimos jugando. En silencio.

Durante un rato, lo único que se oyó en el despacho fue el roce de las

cartas, el barboteo del estómago de Dobberke y el choque de los vasos en el

tablero de madera de la mesa. Cuando Dobberke hendía el cuchillo en el

tocino, no hacía ruido. Lamió la hoja. Llamaron a la puerta. El vigilante

abrió.

—Tenemos a Kaltwitz.

Dobberke sonrió y aspiró aire entre los dientes.

—Jolgorio —dijo.

Luego vació el vaso y salió del despacho con el vigilante.

La enfermera y yo nos quedamos mirando por encima de la mesa.

—¿Qué quiere decir con «jolgorio»? —pregunté.

Ella suspiró con calma.

—¿Que qué quiere decir…? Quiere decir que le van a saltar los dientes a

un hombre. La mayoría de las ocasiones sólo necesita un golpe.

No era capaz de leerle el rostro.

—¿Son ustedes pareja? —pregunté.

Suspiró de nuevo y esbozó una sonrisa impecable. Me pareció olerle los

polvos de tocador en la piel. Bebió un trago corto. No contestó. La observé

mientras pensaba.

—Es usted un actor pésimo. Coma algo de tocino o encima dentro de

poco estará borracho —dijo mientras me rellenaba la copa.

—¿Por qué dice «actor»?

—Por qué digo «actor». Le tiemblan los labios todo el rato.

Me los mordí. Empujó la tabla hacia mí. Y yo se la devolví.

—Gracias por la ayuda con las cartas.

—No he ayudado a nadie —dijo, luego observó la tabla y añadió—: Y

no como cerdo.

 

Dobberke regresó, con la chaqueta colgada del brazo y la camisa

arremangada. Se le veían unas gotas de sudor en las sienes. Una vena le

latía en el cuello. Tenía la mano derecha enfundada en un guante de piel.

—En cierto modo también me gustan los judíos —dijo.

Besó a la enfermera en el cuello y me hizo un gesto con la cabeza. Bebió

y levantó la copa para brindar.

—Que muera Judá.

—Salud.

Me miró.

—¿Qué quiere en realidad este idiota?

Saqué la carta de bolsillo del abrigo, que estaba colgado en el respaldo

de la silla.

—Yo sólo soy el mensajero —dije, y le pasé la carta a Dobberke.

La leyó.

Así que era ésa la sensación que se tiene al mentir.

—Olvídelo, camarada —dijo Dobberke antes de terminar de leerla.

—Un momento, por favor —contesté yo—, quien me envía me ha

pedido que le comunique que le gustaría retribuirle en especies su servicio a

la patria.

—Deje de hablar como un imbécil leído. ¿Qué significa eso?

—Como compensación por las molestias, quien me envía quisiera

respaldar su trabajo con cinco litros de ron y seis libras de tocino. Tocino de

Franconia. Panceta.

Estaba sudando tanto que los cercos de sudor habían traspasado incluso

mi chaqueta del traje.

—¿Cómo se llama esa cosa? —me preguntó Dobberke.

—Panceta, ahumada en frío.

No sé cómo se me ocurrió en ese momento. Lo del tocino lo tenía

pensado, pero no sé cómo llegué a la panceta de Franconia.

—Panceta.

Dobberke se rellenó el vaso.

—Por la flota de submarinos alemanes. Salud.

—¿Conoce el salo? —preguntó, ahora con un tono de voz un poco más

suave.

—No, lo siento.

—Así llaman al tocino los del este. Es bueno de cojones. Lo comí

durante mi visita a las obras de equipamiento alemanas en Lemberg.

Blanco, muy fino. Lo dejan madurar un mes en unas bodegas en cajas de

madera. Se deshace en la lengua. Salo.

Dobberke se relamió.

—Salo —repitió la enfermera.

—Le conseguiré el mejor tocino que existe —dije.

—Bah, cierre el pico —soltó—. Diez.

—¿Disculpe?

—Diez libras.

—Nueve —le repliqué yo, para no despertar sospechas.

—Diez, y para de regatear, judío.

Me estudió con la mirada. El sudor me caía por el rostro. Dobberke se

me acercó más.

—¿Por qué sudas tanto, camarada?

Noté que me temblaba el labio pese a que estaba apretando los dientes.

—Yo…

—Aquí hay algo que no cuadra —dijo—, ya lo he pensado antes.

—El ron…

Me sequé con la mano el sudor de la frente.

—He estado todo el tiempo pensando que algo no encajaba, Mulla —

insistió él, y agarró por el cuello a la mujer—. Es la maldita calefacción, ¿la

has vuelto a subir?

—Disculpe, mi Hauptscharführer —dijo la enfermera.

Dobberke se volvió hacia mí sin soltarla.

—Diez.

Quise darle la mano.

—Diez, de acuerdo —acepté.

—Me importa un bledo su apretón de manos sudoroso. Y ahora lárguese.

Asentí con la cabeza, hice un amago de reverencia a la enfermera y la

miré dos segundos a la cara antes de salir de aquel despacho.

Recorrí el largo pasillo cubierto de linóleo hacia la salida y noté que me

temblaban las rodillas a cada paso. No oí que alguien venía detrás de mí.

Cuando una mano me tocó el hombro, di un respingo. La enfermera estaba

tan cerca que las puntas de nuestros pies se tocaron cuando me di la vuelta.

—Ven conmigo —dijo.

Negué con la cabeza.

—Ven, te llevaré con los presos.

Un músculo se le contrajo en el rostro.

—¿Con los Goldschlag?

—Dos minutos, ni uno más.

Subimos por una escalera. De los pasillos colgaban cuadros antiguos y

baratos, paisajes alemanes, que ya debían de estar allí cuando el edificio era

una residencia de ancianos. Cuanto más arriba llegábamos, más penetrante

era el hedor a sudor y orina y a vidas que se acababan. Me sorprendió el silencio. Sobre el suelo de goma sólo se oían nuestros pasos. Me detuve,

agarré a la mujer por el codo y susurré para que sólo me oyera ella.

—¿Y el camión de mudanzas de fuera?

—Chitón —dijo ella.

—Pero el camión de mudanzas… Los rumores…

La mujer me retiró de la frente un mechón de pelo empapado en sudor y

observó mi rostro antes de mirarme a los ojos.

—En este país, sólo las historias bonitas son rumores. Las feas son todas

ciertas —dijo.

Me dio un abrazo. Introdujo los brazos por debajo de mis axilas hasta la

espalda y me estrechó con fuerza.

—Vete corriendo, idiota —me dijo en voz baja al oído.

Me soltó tan de repente como me había abrazado y siguió andando sin

mirarme.

La enfermera habló con un vigilante. El hombre consultó una lista, cogió

un manojo de llaves enorme de la pared y lo seguimos hasta una de las

puertas del pasillo, que estaba atrancada por fuera con un cerrojo de hierro

forjado.

El cuarto tendría unos veinte metros cuadrados, y dentro había tantas

personas que apenas había espacio suficiente para que se tumbaran. Nos

miraron. La ventana estaba medio tapiada, el cristal de dentro, enrejado. En

algunos sitios había paja en el suelo. En el cuarto nos recibió un aire viciado

y caliente.

—¡Goldschlag! —rugió el vigilante con una vara de madera en la mano

que semejaba un palo de escoba.

Cuando el vigilante gritó, la gente que había en el cuarto se estremeció.

Oí palabras quedas, pero no las entendí. Dos cuerpos pequeños y

encorvados avanzaron hacia la puerta, saltando por encima de los demás.

Iban cogidos de la mano.

La madre de Stella tenía el mismo pelo claro que su hija. Los Goldschlag

llevaban abrigos de invierno y se quedaron mirando al suelo delante del

vigilante. El padre de Stella llevaba un fardo mugriento en la mano. No

sabía qué había dentro.

—Somos Toni y Gerhard Goldschlag —dijo, con la cabeza gacha.

—Un paso adelante —ordenó el vigilante, que sonaba aburrido, no

hostil.

Los Goldschlag salieron al pasillo. Cuando le tendí la mano a la madre,

ella retrocedió como si hubiera intentado pegarla.

—Conozco a su hija —dije.

La señora Goldschlag levantó la vista, su marido seguía mirando al

suelo.

—Quieren… —empezó él.

En la pernera izquierda del pantalón apareció una mancha oscura.

Ella estaba tan delgada que se le veían las venas del cuello, negaba

suavemente con la cabeza, como si tuviera un temblor, y se veía que el

cuello de su blusa había sido blanco.

—Stella —dijo, casi sin voz.

—Está bien.

El vigilante se nos colocó al lado para escuchar. Daba unos golpes

rítmicos con el palo de madera en el cerrojo de la puerta. La señora

Goldschlag habló rápido y en voz baja.

—Por favor, ¿le dirá a Stella que nosotros también estamos bien?

—Lo haré.

—Dígale que no pasamos frío. Que está limpio. Que la ropa de cama es

de lino grueso.

Sus palabras se solapaban.

—Dígale que aquí los colchones son de plumas y que todos los días nos

dan sémola de avena con una nuez de mantequilla y que a veces incluso nos

ponen un programa de radio.

El vigilante se rió. Le faltaba un colmillo. «Tac, tac, tac», hacía el palo.

—Quieren… —repitió el señor Goldschlag.

En la celda oí gemir a alguien.

La madre de Stella me agarró de la manga de la chaqueta.

—Esos dedos fuera, judía —dijo el vigilante, que mantenía un tono

tranquilo.

El palo seguía dando golpes. Miré las gotas sobre el linóleo.

—Dígale que me dan acuarelas y que papá puede tocar todos los días a

Schumann en el piano de cola y que el director del centro tiene su mismo sentido del humor. Y que no dude que pronto volveremos a estar libres.

—Pero eso es mentira.

—Stella tiene que dejarlo —dijo la madre.

—Stella… ¿qué?

El palo del vigilante seguía martilleando.

Las lágrimas que rodaban por las mejillas de la señora Goldschlag le

dejaron un rastro claro.

—Él no lo sabe —dijo para sí misma.

«Tac, tac, tac».

—Nuestro futuro —añadió el señor Goldschlag.

—Calla, Gerhard.

—Quieren arrebatarnos nuestro futuro.

—Él no lo sabe —repitió la señora Goldschlag.

—¿Qué no sé?

No tuvo que decírmelo. Tal vez lo supe todo el tiempo. Pero me había

prohibido pensar en ello. El vigilante sonrió, sin dejar el golpeteo. «Tac, tac,

tac».

Agarré el palo con la mano y lo sujeté con fuerza. Sólo un segundo.

 

Al día siguiente le compré al jefe de cocina del Grand Hotel cinco botellas

de ron y diez libras de panceta que no era de Franconia. El precio fue

elevado.

Toni y Gerhard Goldschlag siguieron presos en el centro de detención de

Große Hamburger Straße. Dobberke no cumplió su palabra, sin más, puesto

que podía hacerlo.

De noche, Stella hablaba en sueños, y yo la abrazaba por la barriga,

como le gustaba a ella. Ese día, mucho después de medianoche, dijo algo

que sonaba a «neschume», pero a lo mejor lo entendí mal o lo soñé.

 

~ ~ ~

 

Caso 22: Kurt Cohn

Testigo: Kurt Cohn

El testigo Kurt Cohn circulaba por Rosenthaler Platz cuando de repente vio que la encausada

se acercaba a él. Como sabía que era un topo de la policía, se fue corriendo. Mientras Rolf

Isaaksohn lo perseguía acompañado de numerosos civiles, la encausada entró en una cabina

telefónica. Cohn fue atrapado por sus perseguidores, que lo llevaron de nuevo a Rosenthaler

Platz, donde agentes de la policía secreta lo detuvieron y lo entregaron en el centro de Große

Hamburger Straße. Sin embargo, cuatro meses después logró escapar.

 

Tomo I/15, 112, 188

 

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