Stella

Takis Würger · Capítulo 5 de 17

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Stella

Febrero de 1942

 

La emisora pública estadounidense Voice of America emite su primer

programa en alemán. Escenarios de la guerra marítima de la marina de

guerra alemana este mes: Atlántico norte, Atlántico oeste, Atlántico medio,

Pacífico sur, Pacífico sudoeste, Pacífico central, mar del Norte,

Mediterráneo, Báltico, océano Índico, mar Negro, golfo de Vizcaya. A los

judíos del Reich alemán se les prohíbe tener mascota. Glenn Miller recibe el

primer disco de oro de la historia de la música por la canción Chattanooga

Choo Choo. Segundo de los diez mandamientos del doctor Joseph Goebbels

para todos los nacionalsocialistas: «Los enemigos de Alemania son tus

enemigos: ódialos con toda tu alma». Se entregan los Óscar en el Biltmore

Hotel de Los Ángeles; Walt Disney gana en la categoría «mejor corto de

dibujos animados». El campesino Blasius Diegruber de Russbach y su

esposa, Anna, son condenados a dos años y un año de reclusión,

respectivamente, por el tribunal de Salzburgo por matar animales de forma

clandestina. Una comisión de control del gobierno estadounidense ordena

confiscar todo el aluminio del país. Goebbels anota en su diario: «Debemos

crear la posibilidad de distensión a través de música ligera en la radio,

literatura de entretenimiento y recursos parecidos». Los restaurantes

italianos reciben la orden de servir platos de carne sólo los sábados. Sale de

Beuthen, Oberschlesien, el primer tren cargado de judíos con destino a

Auschwitz.

 

Dejé que el billete a Estambul caducara. Y dediqué los días siguientes a

hacer un ejercicio que me había puesto un profesor de la escuela de bellas

artes. Intenté dibujar una manzana.

La coloqué en el antepecho de la ventana. El profesor había dicho que

era un objeto simple. Intenté encontrar la sombra, los puntos oscuros, para

darle un centro de atención al cuadro. De niño había dibujado docenas de manzanas, es un ejercicio para principiantes, pero yo pensaba en los

cuadros de Cézanne, en cómo pintaba él las manzanas. Al mediodía del

tercer día me la comí.

 

En la secretaría de la escuela de bellas artes pregunté por el apellido de

Kristin.

—¿Es usted uno de sus alumnos de latín? —quiso saber la secretaria,

que ese día llevaba las gafas tan sucias que me pregunté cómo me veía.

La mujer vio el desconcierto en mis ojos.

—La señorita Kristin da clase a unos cuantos muchachos de secundaria,

los ayuda con la gramática.

—¿Está segura?

—No, no estoy segura. Nadie lo está. Pero le hice una prueba. Es un as

de la declinación.

—¿Sabe su apellido?

Se quedó pensando un momento.

—No, lo siento mucho. Nunca me lo había preguntado.

Por la noche fui al Melodie Klub y hablé con la camarera.

—Aquí no canta ninguna Kristin —dijo.

 

Cuando sonó mi teléfono en la habitación y el recepcionista me dijo que el

señor Von Appen me estaba esperando en el vestíbulo, sentí que me latían

las sienes. Habían pasado dos semanas desde la noche en el Melodie Klub.

Tristan estaba apoyado en una de las columnas de mármol del vestíbulo,

leyendo el periódico Das Schwarze Korps.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

Me estrechó la mano con suavidad. Durante los últimos días había

estado tan solo que casi le doy un abrazo. Se había peinado con raya y

llevaba un traje cruzado de lana. Las camareras que pasaban presurosas por

la alfombra del vestíbulo lo miraban de reojo y sonreían cuando él se fijaba

en ellas. Olía a almidón planchado y como el amarillo Nápoles de mi caja

de pinturas. No le pregunté cómo me había encontrado.

—¿Cómo acabaste? ¿Todavía vas dando tumbos? —preguntó.

Bajé la mirada a la alfombra.

—Semejante carga de Pervitin podría tumbar a un elefante —dijo.

—¿A qué te refieres?

—Esos bombones que la pequeña Kristin come sin parar están bañados

con Pervitin.

Tristan me puso un brazo sobre los hombros. Me provocó una sensación

agradable. Pensé que así eran los alemanes.

Cruzamos juntos el vestíbulo y no me soltó hasta que estuvimos delante

de un Volkswagen oscuro. Tristan subió y, desde dentro, abrió la puerta del

copiloto. No sabía a dónde íbamos, pero me gustaba estar con él. Era fácil.

Se movía todo el tiempo un poco como si oyera música.

—Madera de rosal —dijo Tristan, y le dio un golpecito al salpicadero.

Condujo con cautela por las calles vacías de Berlín hasta Savignyplatz;

iba tarareando.

Cuando bajó, se detuvo cerca de la pared de una casa y observó a una

ardilla que estaba en cuclillas en el suelo, inmóvil delante de él. Tristan se

agachó y la levantó.

—Ay, preciosa —dijo.

Las ardillas son animales tímidos, pero ésa no parecía tenerle miedo.

—Dime cómo trata una persona a los animales y te diré si tiene el

corazón en el sitio adecuado —me advirtió.

En el vestíbulo nos saludó un portero que llevaba un sombrerito en la

cabeza. Junto a la puerta de entrada había una placa de esmalte que rezaba:

«ENTRADA SÓLO PARA CABALLEROS».

La vivienda de Tristan era demasiado grande para una persona sola, era

luminosa y estaba decorada con estuco. En la mesa del comedor había sitio

para celebrar un banquete. Sobre el tablero de la mesa descansaba un violín

apoyado en un jarrón vacío. En el pasillo colgaban unas arañas de cristal.

En el guardarropa había unos ganchos con forma de lirios. En el salón, una

pista de esgrima estaba marcada con unos hilos de cobre. Sobre una tabla de

un metro de largo atornillada a la pared había unas lechuzas de barro,

algunas diminutas, las más grandes de tamaño natural. Tristan las había

ordenado por tonalidad.

Nunca había visto unas ventanas tan imponentes en una casa. La luz

vespertina caía en diagonal sobre las tablas del suelo.

Tristan acariciaba con el pulgar la cabeza de la ardilla que llevaba en la

mano.

—Lo tuyo ya lo arreglaremos.

Cogió una caja de cartón en una habitación contigua, la colocó en el

antepecho de la ventana y sentó al animal dentro.

—¿Qué, practicamos un poco?

Me dio una chaqueta imperforable y se desvistió delante de mí para

enfundarse un traje. Dobló los pantalones y colgó la chaqueta en una

percha. Estaba pálido, tenía los músculos largos y delgados.

—No hay nada como la batalla para conocer a un hombre —dijo.

Me pareció absurdo.

—Pensaba que la historia del puñal era un cuento —dije.

En la puerta apareció una mujer con una cofia blanca en la cabeza, miró

la caja de cartón con la ardilla dentro y bajó la vista.

—Bonsoir, mademoiselle —dijo Tristan—, pourriez vous s’il vous plaît

nous apporter un pichet de bière. Et y’a t’il du roquefort dans la maison?

Su francés tenía el sonido áspero del suizo que conocía de casa.

—Ahora mismo, señor Von Appen. Roquefort, bien sûr.

La mujer hablaba alemán con acento francés.

—Et mademoiselle, il y a un bébé hibou sur le rebord de la fenêtre.

Rappelez-vous le demandez? Et faites attention que Muck ne vient pas près

de lui.

—Pardon, monsieur Appen. Permettez-moi de vous corriger.

—Quand vous le désirez, ma chère.

—Vous avez fait une petite faute. En fait ce n’est pas hibou, c’est

écureuil.

—Ah, je vous remercie, ma chère, excusez-moi, je vous prie. Merci de

me dire ça. Écureuil, bien sûr. Merci.

—Avec plaisir, cher maître.

Tristan hizo una señal con la mano izquierda en dirección a la ventana,

hacia la ardilla, con el brazo estirado. Le vi un pequeño tatuaje en el bíceps,

un cero oscuro.

—Et que pensez-vous d’avoir une soirée libre? Il montrent Anushka ce

soir au cinéma.

—Por supuesto, señor Von Appen.

En cuanto la mujer salió de la habitación, Tristan dijo:

—Un ángel. Sabe doblar la ropa de cama con una mano. Y el francés,

maravilloso, así practico.

Me vestí rápido. La chaqueta me iba tan larga que tuve que

arremangarme. Tristan me dio una espada.

—La espada —dijo—. Un metro diez. La he medido. Triangular,

elástica, acero Solinger del mejor.

Le gustaba hacerse el profesor.

—Al principio sólo les estaba permitida a los nobles. Pero los nobles ya

no existen, ¿verdad? En todo caso, es el arma más táctica de la esgrima.

Deslicé los dedos por la punta de la hoja, era roma.

—Y la más mortal.

Al decirlo, Tristan me presionó el pecho con la punta de su espada, justo

donde me latía el corazón. Agarré el arma con la mano izquierda. Me

resultó fácil equivocarme en la técnica de los pasos.

Hicimos tres asaltos, que perdí sin puntuar. Tristan era rápido, tenía

alcance. Durante un rato luchó al ritmo de Schwarzbraun ist die Haselnuss,

la canción popular que entonaban los soldados alemanes durante las

marchas en la guerra.

—Lo llevas en la sangre —dijo al terminar el último asalto.

Luego comimos roquefort y bebimos cerveza en jarras de cerámica. A

Tristan le rodó una gota de sudor por la sien y le cayó en la jarra.

—¿Te gusta el queso?

Asentí.

Tristan dijo que en tiempos de guerra es fácil olvidar quiénes somos.

Que los alemanes son una nación cultural, el país de Heine y Wagner. Dijo

que por eso es tan importante comer bien. Que es una expresión de nuestra

cultura. Algo que no debíamos olvidar sólo porque estuviéramos en guerra.

Dijo:

—Los demás ven la oscuridad. Yo veo la belleza.

Señaló el queso.

—Del Marché des Enfants Rouges.

Vi que estaba orgulloso.

—¿Y el racionamiento? —pregunté.

—Para algunos es más estricto que para otros. —Se quedó pensando—.

Pero guárdate lo bonito para ti, compañero. Y prueba los pepinillos.

El ama de llaves trajo fresas en conserva y azúcar para espolvorear.

Tristan habló de la Atlántida y el yoga, de Madagascar y Carl Schmitt. No

era de extrañar que los israelitas fueran tan feos, dijo, si ya no podían pisar

una peluquería.

Yo no paraba de leer una frase que había escrita en la lata de azúcar:

«Con el azúcar no hay que ahorrar: ¡el cuerpo lo necesita, el azúcar

alimenta!».

Tristan puso un disco instrumental de swing y marcó el ritmo en la lata

con dos cuchillos de plata para la mantequilla.

—No entiendo el discurso en torno a la música de los judíos —dijo—.

Es decir, ¿tú oyes el saxofón?

Lo oí y me alegré de que hubiera hecho ese comentario.

De la pared colgaba una vitrina bien iluminada. Dentro había una pluma

sujeta a la parte trasera con un alfiler. Me levanté a observarla. Brillaba,

muy negra.

—¿Sabes qué es? —preguntó Tristan.

No esperó respuesta.

—Una pluma de gallina. Me la regaló Heinrich Luitpold en persona. De

las que él cría.

Tristan abrió el cajón del escritorio que había al lado del sofá y sacó un

revólver.

—Esto también.

Lo levantó contra la luz de la lámpara.

—¿Alguna vez has disparado a alguien?

Volvió al comedor. Delante de un ventanal que daba a la calle había un

castaño cuyas ramas llegaban hasta el cristal.

—En Suiza también tenéis esa competencia salvaje entre las ardillas

europeas y las ardillas grises, ¿verdad?

Era la primera vez que oía el término «ardillas grises». Tristan me soltó

un largo discurso sobre que unos desconocidos habían introducido en

secreto en Inglaterra la ardilla gris, originaria de Norteamérica, y que ahora amenazaba con desplazar a las ardillas europeas. Para recuperar el

equilibrio natural, Tristan se sentaba por la noche junto a la ventana y

buscaba ardillas grises, a las que disparaba desde el árbol.

—Tengo que superarme cada vez —dijo, con la mirada clavada fuera.

Cogió dos de las sillas de la mesa, luego nuestros abrigos, y nos

quedamos un rato largo sentados, con los pies apoyados en el antepecho de

la ventana, contemplando la noche. No vi ni ardillas europeas ni ardillas

grises. Si hubiera visto alguna, del tipo que fuera, para mí habría sido gris,

pero eso me lo callé porque no quería decepcionar a Tristan.

Abrió el barrilete del arma, sacó una bala y me la dio. La sentí bien en la

mano. Fría, lisa por delante, por detrás se podían seguir los surcos con la

uña.

—De recuerdo —dijo.

—Gracias.

—¿Puedo preguntarte algo?

Asentí.

—¿Qué buscas en Berlín? Quiero decir, estamos en guerra. Podrías

viajar por cualquier parte. ¿Qué estás buscando aquí?

—Es absurdo —dije.

Tristan se echó a reír. El viento se coló entre las ramas del castaño.

—La vida es absurda.

—La verdad —dije yo.

—Claro, la verdad, ¿qué otra cosa podía ser?

—No, me refiero a que busco la verdad.

Dejó de reír.

—Es bonito.

Me agarró una mano y la apretó. En la otra sujetaba el arma.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Y yo? ¿Qué busco yo?

—No, si has disparado alguna vez a alguien.

Miró el revólver. Fuera, en el árbol, algo susurró, procuré ignorarlo.

—El olor a pólvora es maravilloso —contestó.

Luego soltó una carcajada.

Podría haber sido como pasar una velada agradable con un amigo, pero

me entró acidez de estómago por los pepinillos y me fui. Un taxi me llevó

de vuelta al hotel. Quería un amigo como él. Me pregunté por qué había

cogido la espada con la mano equivocada y si eso era mentir.

 

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Caso 14 y 15: Señora Ferber con su hijo

Testigos: 1. Señora Kachel,

2. Elly Lewkowicz

 

Los investigadores judíos Behrendt y Leweck detuvieron a la señora Ferber con su hijo en casa

de Aron Przywozik, que ya había sido evacuado. En el centro de Große Hamburger Straße, las

testigos se encontraron con la señora Ferber, que fue trasladada con ellas a Auschwitz. Cuando

llevaron a la señora Ferber a la cámara de gas, estaba presente la señora Kachel. Ésta

manifiesta que la encausada, que no estaba presente en la detención de la señora Ferber, había

registrado la casa de Przywozik en busca de judíos que vivieran de forma ilegal.

 

Tomo I/162-163

Tomo I/16, 38, 182-184

 

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