Stella

Takis Würger · Capítulo 11 de 17

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Stella

Agosto de 1942

 

Para poder garantizar el abastecimiento, se prohíben los cambios y

traspasos de propiedad en el sector agrícola alemán. Miembros de los

comandos especiales de Auschwitz conducen a la carmelita Edith Stein a

una cámara hermética que a continuación llenan de gas Zyklon B. En India,

la policía detiene al activista Mahatma Gandhi. El mando supremo del sexto

ejército alemán da la orden de atacar Stalingrado. En Estados Unidos se

estrena la película La mujer del año. Cerca de Stalingrado, una unidad de

caballería italiana ataca a los soldados soviéticos, muchos de los jinetes y

caballos mueren. Es la última misión de caballería en esta guerra. Empieza

la producción industrial de penicilina. La policía secreta del Estado detiene

a los integrantes de la organización de resistencia berlinesa Orquesta Roja;

muchos de los detenidos son ajusticiados en Plötzensee. Octavo de los diez

mandamientos del doctor Joseph Goebbels para todos los

nacionalsocialistas: «No seas un antisemita bullicioso, pero protégete del

Berliner Tageblatt». El jefe del gobierno civil alemán en Serbia, Harald

Turner, anuncia: «Serbia es el único país donde la cuestión de los judíos y

los gitanos está solucionada». El director del orfanato del gueto de

Varsovia, Janusz Korczak, acompaña voluntariamente a doscientos niños al

campo de exterminio de Treblinka y se deja matar; Korczak lleva en brazos

a dos de los niños más pequeños. Heinrich Himmler determina que el «gris

de las fuerzas aéreas» será el nuevo color de los vehículos de bomberos

alemanes.

 

~ ~ ~

 

Mi padre insistió en conocer a Stella. Condujo en coche hasta Viena y desde

allí viajó en tren, porque la última vez que había volado habían atravesado una tormenta de nieve y el avión había tenido que hacer un aterrizaje de

emergencia con la cabina del piloto congelada.

La locomotora expulsaba nubes de humo en la estación. Nos dirigimos al

hotel y nos sentamos en dos butacas que había en la habitación de mi padre

y bebimos arak con agua helada.

Mi padre me contó que durante el viaje en tren se había enterado de que

las tropas americanas estaban a punto de entrar en Alemania. Me levanté y

me arrodillé junto a la butaca en la que estaba sentado.

—Tengo miedo, papá.

—¿La quieres?

—Creo que sí.

—Entonces yo también tengo miedo.

 

Stella estaba dejando correr el agua en la bañera cuando entré en nuestra

habitación. Estaba leyendo un libro de Vicki Baum sentada en el borde y

bebía champán con cubitos.

—Mi padre tiene ganas de conocerte.

Me dio un beso largo.

—Me da cosa hacer algo mal —dijo.

—No tienes por qué hacer nada mal.

—Pero no sé hablar de una forma tan distinguida como tú.

Vi una de sus notas en el estante estrecho de granito que había bajo el

espejo del baño: «¿Aún me quieres?».

Por la noche queríamos ir al restaurante del hotel, donde la comida era

buena, pese al racionamiento. En la bodega aún quedaban algunos barriles

de Châteauneuf-du-Pape. El jefe de los botones me había contado que dos

prisioneros de guerra franceses eran los que se encargaban de embotellar el

vino en la bodega.

Mi padre y yo esperamos en el bar. Stella había olvidado la hora.

Cuando salí vestido de esmoquin de nuestra habitación, aún estaba sentada

delante del tocador, desnuda. Nunca había entendido a los hombres que se

quejaban de sus mujeres porque pasaban demasiado tiempo en el baño.

Mi padre me explicó que dos de nuestros mozos de cuadra se habían

enrolado en el ejército alemán voluntariamente. Me dijo que echaba de menos a la cocinera, aunque al final no paraba de entonar cantos fúnebres

en yidis mientras preparaba challa. Nos reímos un poco.

—¿Tienen naranjas? —le preguntó mi padre a Franz el Gordo.

—Por supuesto que tenemos naranjas.

—¿Me prepara un destornillador con zumo natural, por favor?

—Claro —dijo Franz.

Cinco minutos después, Franz vino a comunicarnos con la mirada gacha

que no había encontrado una sola naranja en todo el edificio.

—Disculpe, es la guerra. Desaparecen.

Vi a Stella en el momento en que salía del ascensor. Llevaba el vestido

oscuro y, por primera desde su estancia en Burgstraße, no llevaba pañuelo

en la cabeza en público. Se había peinado con agua y brillantina el pelo que

le había vuelto a crecer y se había hecho la raya al lado. Mi padre se levantó

del taburete. Cuando ella hizo una reverencia, él avanzó un paso y la

estrechó entre sus brazos.

—Hija mía —dijo.

Vi la mirada de sorpresa de Stella.

—Como una princesa yazidí —dijo mi padre.

—Encantada.

Me di cuenta de que Stella intentaba evitar expresiones berlinesas.

—Y ese vestido… —dijo mi padre, acariciando con el pulgar y el índice

la tela de la cintura—. ¿Seda florentina?

La carcajada de Stella fue tan sonora que dos hombres que había en el

vestíbulo se volvieron hacia ella.

—Me lo pilló Fritze.

Mi padre esbozó una sonrisa insegura. A mí me ardían las orejas.

Nos cogió del brazo a los dos y entramos en el restaurante.

—¿Le gustan las ostras? —preguntó mi padre.

—Perdón, ¿qué? —respondió ella.

Mi padre pidió una docena de ostras de Sylt con hielo, y le enseñó a

Stella en qué punto tenía que introducir el cuchillo en la concha. En la

primera vertió unas gotas de vinagreta. A mí me parecía inexplicable que

las ostras no estuvieran sujetas al racionamiento.

—Parece divertido —susurró Stella, y sonrió.

Acto seguido engulló la ostra, y aunque al principio torció el gesto, a

continuación miró a mi padre asombrada.

—Está deliciosa —dijo.

—Las mejores son las de Saint-Malo, directas del mar. Y con zumo de

limón —dijo él.

Tal vez fue bonito porque sabíamos que nunca volvería a repetirse. Mi

padre habló de sus viajes por el Atlántico en el Queen Mary. De Melek

Taus, a quien adoran los yazidíes, que era un ángel caído que apagó el

infierno con sus lágrimas. Stella estaba sentada a su lado, escuchando sus

historias. Describió un cuadro chino del siglo V que había visto en el

Metropolitan Museum. En él aparecía un grupo de monos que trepaban a un

árbol por encima de un lago y estiraban el brazo hacia el reflejo de la luna

en el agua.

—¿Por qué? —preguntó Stella.

—¿Por qué hacemos lo que hacemos, querida?

Un camarero se acercó a la mesa. Mi padre estuvo un rato mirando la

carta que éste le tendió.

—¿Qué es exactamente la carne en salsa?

—Lo que antes se llamaba «ragú», señor.

—¿Y la olla al fuego?

—Los franceses lo llaman pot-au-feu, señor.

—Vaya.

—Se modificó por orden del Ministerio para la Ilustración Pública y

Propaganda, señor.

Pensé en Tristan un momento.

—Porque tenemos que hacerlo —dijo Stella.

—¿Disculpa? —dijo mi padre.

—Los monos y la luna. Hacemos lo que hacemos porque tenemos que

hacerlo.

 

Aquella noche, Stella sonrió mucho, y de vez en cuando tocaba el brazo de

mi padre. Cuando ya se iba haciendo tarde, ellos estaban charlando sobre

los conocimientos secretos de los drusos, pero yo sólo los escuchaba a medias. Ella sonreía y dejaba vagar la mirada por la sala. Sin embargo, de

repente, se quedó tan pálida que incluso yo me di cuenta.

—Niña, ¿has visto un fantasma? —preguntó mi padre, y se rió.

Me di la vuelta y vi que tenía la mirada fija en una mesa de un rincón a

la que estaban sentados una mujer con un vestido de algodón y un hombre

con rizos largos y uniforme.

—Ahí —dijo—, ese… de ahí.

—¿Qué pasa, niña? —insistió mi padre.

El hombre de los rizos se había percatado de que los estábamos mirando.

Levantó su copa de vino tinto a modo de saludo.

—Sácame de aquí —susurró Stella.

Me estaba clavando las uñas en la mano.

Le puse un brazo en la cadera y salí con ella del restaurante.

—Mañana te lo explico —dijo.

Mi padre salió con nosotros y en el vestíbulo me dio una bolsita de

terciopelo.

—Para vosotros —dijo—, para vosotros.

Sonrió de nuevo, inseguro. Yo asentí y entré en el ascensor. Mi padre se

quedó inmóvil delante.

—Buenas noches, niña —se despidió.

Stella apoyaba la cara en mi hombro y no pareció oírlo.

Cuando se cerró la puerta, me dijo una palabra al oído.

—Jardinero.

Entró en el baño de la habitación y se quedó allí un buen rato. Yo abrí la

bolsita de terciopelo. Dentro había dos relojes idénticos, un modelo plano

con mecanismo manual, la esfera clara con números discretos y en el medio

escrito «Precisión».

En una hoja, mi padre me decía: «Los compré para tu madre y para mí.

Tal vez a vosotros os traigan más suerte. Aristóteles dice que el tiempo y la

transformación están unidos por un vínculo inseparable. Si no te gustan,

regálaselos a otro. Papá».

El reloj era un poco grande para Stella. Cuando le di la vuelta vi que en

el dorso había grabados dos anillos que se tocaban.

Cuando Stella salió del baño, tenía las pupilas dilatadas por el Pervitin.

Se sentó a mi lado en la cama. Estaba temblando. La rodeé con el brazo.

Vio los relojes en mi mano y los tocó.

—De mi padre —dije.

—¿Para mí? —preguntó, al tiempo que sorbía por la nariz.

Se puso uno y frotó el cristal con los dedos de la mano derecha.

—Es muy bonito —dijo.

Stella y yo nos pusimos los relojes para dormir. Ella se quedó dormida,

pese al Pervitin, mientras yo la cogía de la mano. Pensé en el hombre de los

rizos. Pensé en Cioma Schönhaus y en los padres de Stella. Eso debía

terminar.

Por la mañana, antes de que mi padre se marchara, fui a su habitación y

miramos juntos por la ventana. Me cogió de la mano. Le dije que había

visto el camión de mudanzas.

—¿Por qué viniste a este sitio en realidad? —preguntó mi padre.

Permanecimos en silencio.

—¿Por qué seguiste tanto tiempo con mamá? —pregunté al fin.

—Porque lo decidí.

—Pero no os queríais.

—Sigo queriéndola.

—Pero tenía sus debilidades.

—Por cada una de ellas.

 

~ ~ ~

 

Caso 30 y 31: Matrimonio Klein

Testigo: Elisabeth Pawelzyk

 

La testigo Elisabeth Pawelzyk era portera en el edificio de Landsberger Straße 32. En la

primera planta de dicho edificio vivía la familia judía Klein. La testigo dijo que una mañana se

detuvo delante de la puerta un automóvil del que bajaron la encausada y dos hombres vestidos

de civil. Poco después, el matrimonio Klein fue trasladado en dicho automóvil. Se desconoce

qué fue de ellos.

 

Tomo I/256

 

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