Stella
Noviembre de 1942
El Ejército Rojo cerca al sexto ejército alemán en Stalingrado.
Cuatrocientas noventa y dos personas mueren en un incendio en el club
nocturno Cocoanut Grove de Boston por la chispa de una lámpara
estropeada que hace que la decoración arda. El combatiente de la resistencia
polaca y mensajero apodado Jan Karski lleva al gobierno polaco en el
exilio, en Londres, informes acerca de las deportaciones de Varsovia y los
campos de exterminio; también se reúne con Anthony Eden, el ministro de
Asuntos Exteriores británico. La selección alemana de fútbol gana a
Eslovaquia 5 a 2; es el último partido que disputará hasta 1950. Un
armisticio pone fin a los combates entre los aliados y las tropas de Vichy en
el norte de África. Tras un ataque aéreo británico a Berlín, arde, entre otros,
el edificio del Deutsche Bank. Desobedeciendo la orden de Hitler de
defender la posición alemana en el norte de África a cualquier precio, el
mariscal de campo Erwin Rommel retira a sus tropas tras la derrota en El
Alamein. Hans Moser interpreta el papel protagonista en la película Einmal
der liebe Herrgott sein. En el velódromo Vigorelli de Milán, el ciclista
italiano Fausto Coppi recorre 45,871 kilómetros en una hora y supera en
treinta y un metros el récord mundial. En Leipzig se inaugura un despacho
para resolver trámites matrimoniales para «mutilados graves de guerra,
ciegos por la guerra e invidentes en general». Heinrich Himmler ordena
crear en la Universidad de Estrasburgo una colección de cráneos y
esqueletos judíos. A tal fin, unos cien judíos viajan de Auschwitz a
Estrasburgo.
~ ~ ~
Encontré el revólver de Stella entre mis camisas en el armario. Me acerqué
a la mesita de noche y saqué del cajón la bala que Tristan me había regalado. Escondí el arma cargada en la pretina de los pantalones, fui al
número 28 de Burgstraße y esperé frente a la entrada de la sección de judíos
hasta que el Jardinero terminó su jornada. El edificio estaba a orillas del
Spree, justo en la esquina del viejo circo Busch, y era muy anodino. Frente
a la puerta de entrada había un vigilante con uniforme de las SS y un
mosquetón al hombro.
El Jardinero salió por la puerta a las 16.32 h, conversó con un
compañero y rió con tanta fuerza que lo oí desde el otro lado de la calle.
En Münzstraße, el Jardinero ayudó a una mujer a subir un cochecito los
peldaños de la entrada de su casa. Se despidió de su compañero con un
abrazo y entró en una fonda. Lo seguí. Estaba bebiendo una infusión en la
barra, charlaba con el camarero. En un rincón me comí un potaje ligero de
alubias para no llamar la atención. Cuando el camarero desapareció en la
cocina, me levanté y me senté en el taburete vacío que había a su lado.
Sujetaba el revólver en el bolsillo de la chaqueta y tenía el dedo en el
gatillo.
El Jardinero me miró por encima de la montura de las gafas.
—Saludos —dijo.
—Mire mi mano derecha —dije demasiado rápido—, es un arma.
El Jardinero sonrió.
—¿Qué quiere de mí?
Hablaba en bávaro.
—¿Por qué torturó a Stella?
—¿Torturar?
—¿Por qué?
Parecía que aquel hombre estuviera hablando con un amigo.
—En realidad, estuvimos hablando de las dalias.
—¿Qué?
—Las dalias, esas flores tan majestuosas…
Me quedé sin habla por un momento.
—Hay que diferenciarlas según el tipo de cultivo.
El camarero salió de la cocina y se nos quedó mirando. Saqué el revólver
del bolsillo y se lo puse al Jardinero bajo el cuello. El camarero dio un salto hacia atrás, en dirección a la cocina, y volcó un vaso de huevos en
salmuera, que se hizo añicos en el suelo tras la barra.
—¿Por qué le hizo daño?
—Qué lástima de huevos. ¿Hacerle daño? —preguntó el Jardinero.
—Stella Goldschlag.
—Ah —dijo, y sonrió—, el veneno rubio.
—¿Qué significa eso?
—Así la llaman los judíos de Berlín. ¿No lo sabías?
Me miró. Le aguanté la mirada.
—¿Cómo puede hacerlo?
—¿El qué?
—Pegar a alguien con una manguera.
—Ah, eso. —Reflexionó—. Bueno…
Estiró con cuidado el brazo hacia la taza.
—¿Puedo? —preguntó.
Bebía manzanilla. Tenía el revólver clavado en el cuello cuando tragó.
—Hace siglos que los judíos de todo el mundo están en guerra con
nosotros. Ahora les devolvemos el golpe, es lógico.
—Pero ¿cómo es capaz de dormir por las noches?
Se rió y chasqueó dos veces la lengua.
—A ver, payaso, ¿sabes por qué me llaman «el Jardinero»?
Su risa se me hacía insoportable.
—¿Crees que a alguien le gusta arrancar las malas hierbas?
—¿Qué?
—A todo el mundo le gusta sentarse en el jardín a contemplar los
saúcos. Las margaritas, las setas y las begonias. Es obvio. Pero las malas
hierbas no las ha plantado nadie, nadie se ocupa de ellas. A algunos idiotas
les parece fácil, pero no bonito. Yo digo que no deben estar ahí, estropean la
naturaleza y son una amenaza para los jardines y bosques locales.
—¿Y Stella qué…?
—Mira, eso de ahí es balsamina. Y la naturaleza no quiere que crezca
ahí. En mi opinión, la naturaleza debe seguir un orden. Pero ahí está. Y
ahora, ¿qué? ¿Debo ponerme unos guantes, sacarla del suelo alemán con
cuidado, conservando las raíces, y enviarla de vuelta a India en barco? Tampoco sobreviviría. Por eso agarro el cuchillo. Porque es lo mejor para
todos. Para la balsamina, porque ése no es su sitio. Y para la naturaleza,
porque vuelve a ser bonita y pura, del todo lógica.
No dejaba de sonreír.
—¿Amas a tu patria?
—Yo… Mi patria… Soy suizo.
—¿Amas a tu patria?
—No.
—Pues esta noche rezaré por ti —dijo—. Y ahora levántate. Esconde
otra vez tu juguete. ¿Entendido? Retrocede hasta la puerta y te largas, no
quiero volver a verte. —Habló con calma.
—Y a la Goldschlag nadie la obliga. A su maldita manera es más fiel a
su patria que tú y yo juntos.
El Jardinero levantó con cautela los dedos, me quitó una pestaña de la
mejilla y añadió:
—Puedes pedir un deseo.
Me hizo un gesto con la cabeza.
—Puedes estar contento de que hoy esté de buen humor. Y ahora lárgate.
Tal vez ese día, otro le habría pegado un tiro en el cuello. Otro le habría
dado un puñetazo en la cara y le habría roto la mandíbula o habría cogido
un cristal del recipiente de los huevos y le habría cortado la aorta. Tal vez
Tristan hubiera actuado así.
Yo había llegado a este país porque quería que se me contagiara la fuerza
de los alemanes. Los admiraba. Admiraba a Tristan.
Me levanté despacio y retrocedí hasta la puerta.
Yo no era alemán, no era Tristan, y si eso era la fuerza, no quería ser
fuerte.
Tal vez es la debilidad la que nos lleva a hacer daño a otros.
Yo era un joven suizo que echaba de menos a su padre, que amaba a una
judía y cuyo acto más valiente había sido bajar a un macho cabrío de una
montaña. No entendía qué estaba pasando en Alemania, por qué caían
bombas, por qué odiaban a los judíos ni cómo había ido a parar yo a esa
guerra.
Sin embargo, ese día supe que nunca había sido invisible.
—Espera, payaso —dijo el Jardinero.
Me detuve. Él levantó el índice.
—Tu loción para el afeitado. ¿Cuál es? Me gusta.
Corrí. Escondí el revólver en el bolsillo de la chaqueta y corrí como
alma que lleva el diablo. El Jardinero se quedó sentado bebiendo su
infusión.
Stella me saludó con un beso en el cuello. Yo tenía la espalda de la camisa
empapada de sudor. Me duché y ella me secó la piel. Cuando me tumbé a su
lado en la cama, le pregunté:
—¿Cómo conseguiste sacar a tus padres de la lista?
—¿Qué quieres decir?
—¿Cómo, Stella?
Ella lo entendió, se lo vi en la cara. Se le tensaron los músculos.
—Hice lo que había que hacer.
—Ya lo sé.
—Tú no sabes nada.
Se levantó, sacó un Juno de su estuche y se quedó delante de la ventana
cerrada mientras fumaba.
—Tu reloj ya no funciona —dijo.
—Stella, necesito saber la verdad.
—¿Por qué no funciona?
Cogí la lámpara con el pie de porcelana de la mesita de noche y la lancé
contra el papel de seda. Stella me miró. Rodeó la cama, recogió los pedazos
de porcelana y los tiró en el cubo de la basura. Luego se sentó a mi lado.
Con un pedazo de porcelana en la mano.
—Te lo contaré todo ahora mismo. —Respiró hondo—. Y luego me
dejarás.
Le miré los labios y esperé. Ya no tenía miedo.
—Luego me dejarás —repitió, y asintió con la cabeza.
Fue como si me atravesara con la mirada mientras hablaba.
Al final dijo:
—Y ahora lárgate.
Me levanté. Su voz apenas se oía.
—Háblales a tus hijos de mí algún día, por favor. ¿Lo harás?
Stella tenía las manos en el regazo, cerradas alrededor del pedazo de
porcelana, los hombros caídos hacia delante, se había quedado sin fuerzas.
Me desplomé de rodillas delante de ella y la miré a los ojos desde el
suelo. Stella dejó caer la cabeza hacia delante y me rozó. Desde la pubertad
tenía la frente un poco hacia dentro, apenas se veía. Creo que hay otras
personas que la tienen igual.
Stella apoyó su frente en la mía. Encajábamos como si hubiéramos sido
moldeados el uno para el otro.
—Yo… —dije.
Pero comprendí que no hacía falta decir nada. Estábamos juntos.
Esa mujer interpretaba muchos papeles: la modelo de pintura, la cantante
de voz tenue, la belleza en mi bañera, la penitente, la mentirosa, la víctima,
la delincuente. Stella Goldschlag, la confidente de la policía, mi mujer.
No sé si está mal delatar a una persona para salvar a otra.
No sé si está bien delatar a una persona para salvar a otra.
Tenía ganas de esconderme en algún lugar porque sabía que no estaba a
la altura del destino, pero notaba que con esa sensación se mezclaba otro
sentimiento. Estaba ligado a Stella. Había hecho algo por lo que otras
personas la odiaban, y yo había estado a su lado. No la entendía, pero había
estado allí.
Para todos los demás ella interpretaba un papel. Conmigo estaba en casa.
Éramos los únicos habitantes del mundo.
—Peor que el miedo era la soledad —dijo en algún momento.
Tenía las manos en mi cuello.
—Esto no puede seguir así —contesté yo.
Noté en la frente que negaba ligeramente con la cabeza.
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