Stella

Takis Würger · Capítulo 6 de 17

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Marzo de 1942

 

En las salas Ufa-Palast de Berlín se estrena la película El gran rey. Lübeck

arde tras un bombardeo de la Royal Air Force. En el gueto de Varsovia, un

joven crítico de conciertos llamado Marcel Reich escribe reseñas para el

periódico del gueto Gazeta Żydowska. Tercero de los diez mandamientos

del doctor Joseph Goebbels para todo nacionalsocialista: «Todos los

camaradas, incluso los más pobres, son parte de Alemania; ámalos como te

amas a ti». Las tropas francesas del general Charles de Gaulle avanzan con

éxito en la Libia italiana. Para poder disponer totalmente del ferrocarril

alemán para los transportes de guerra, se amenaza con aplicar multas

severas a los viajes privados sin justificación. Reinhard Heydrich ordena

que los judíos marquen sus casas con una estrella blanca de papel. En el

palacio Almeida de Múnich se inaugura una exposición con obras del

ilustrador Alfred Kubin. Goebbels prohíbe que en los teatros alemanes se

represente la obra Los tejedores, de Gerhart Hauptmann, y prohíbe también

comentarla. En el Reich alemán, todos los trabajadores del sector de la

moda son obligados a hacerse miembros de la Cámara de Bellas Artes del

Reich con el fin de que la moda alemana supere a la francesa. Robert

Bosch, industrial alemán, ingeniero e inventor, muere en Stuttgart por las

secuelas de una otitis, pero antes se asegura de que los talleres Bosch

cuenten con suficientes trabajadores forzosos para atender los encargos de

la Wehrmacht.

 

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A mediados de febrero recibí una carta de Estambul en la que mi padre me

preguntaba cuándo continuaría mi viaje, y en la que me contaba las buenas

experiencias que estaba teniendo con el sufismo. Con la carta me mandó

una fotografía en cuyo anverso decía: «Choulex, 1939». En la imagen aparecía mi lago de detrás del monasterio de los hermanos menores. Mi

padre me preguntaba también acerca de cómo me iba con los

nacionalsocialistas. Me bebí media botella de coñac.

 

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Caso 33: Goldstein o Goldberg

Testigo: Harry Askansas

 

El testigo Harry Askansas fue liberado en julio de su detención como preso político y empezó a

trabajar en la empresa Perschner, en Weißensee. La encausada se presentó en la entrada de la

sala de trabajos y exigió a un empleado judío que la acompañara a ver al dueño, Perschner. A

continuación, éste le comunicó al testigo que la encausada le había enseñado un documento de

la policía secreta del Estado con el título de «Jagow». Se desconoce cuál fue el destino del

judío reclamado.

 

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A la mañana siguiente oí a la chica de la limpieza más pronto de lo habitual.

Quería dejar las toallas en el baño, como cada día, y yo me di la vuelta.

Tenía la boca seca y la lengua se me pegaba al paladar.

—Qué bonito es esto…

Kristin estaba en la puerta, con los pies muy juntos, calzaba unas botas

altas y observaba los libros de la estantería. Llevaba en la cabeza un

sombrero tirolés ladeado.

—Sobre la paz perpetua, ése no lo conozco —dijo al tiempo que

acariciaba el lomo de uno de los volúmenes.

Se quitó las botas y los calcetines y prosiguió:

—Será mejor que te lo diga enseguida: siempre tengo que quitarme los

calcetines, de lo contrario me siento muy coartada.

Kristin cruzó la habitación, corrió las cortinas y abrió una ventana. Yo no

llevaba camisa de dormir.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

Se sentó al pie de la cama.

—Señorita Kristin…

—Kristin.

—Kristin… Yo… debo pedirle que se dé la vuelta un momento.

Apareció una sonrisa en su rostro.

—¿De verdad?

Se dirigió a la ventana, apoyó las puntas de los dedos en ella y miró

hacia fuera.

—No miro —dijo.

Noté en su voz que disfrutaba con la situación. Fui al baño dando

grandes zancadas. Cerré la puerta y la oí reír al otro lado.

Me lavé la cara con agua fría, mastiqué un poco de pasta de dientes y me

puse un albornoz. Me pregunté cómo había conseguido acceder a mi

habitación sin decirle al personal que venía a verme.

Cuando volví al dormitorio, Kristin estaba delante del caballete

estudiando mis bocetos. Le quitó el papel de aluminio a uno de sus

caramelos y se apoyó con la pelvis en el antepecho de la ventana.

—Podríamos ir al teatro de variedades de Wintergarten o al Haus

Vaterland, en Potsdamer Platz, a escuchar un poco de jazz, y siempre está el

Melodie Klub. ¿Conoces el Bollinger?

Acarició las cortinas.

—Apuesto a que aquí aún tienen café en grano.

Llamé a recepción y pedí que nos trajeran el desayuno. Normalmente,

por la mañana tan sólo bebía dos tazas de té, pero aquel día, con Kristin al

lado, me oí decirle al camarero que nos trajera de todo lo que tenían.

En 1942, todos los adultos de Alemania recibían al mes una cantidad

limitada de alimentos, jabón, ropa y carbón. Cuatro libras de pan a la

semana, trescientos gramos de carne, doscientos ochenta de azúcar,

doscientos seis de manteca, ciento diez de mermelada y un octavo de libra

de sucedáneo de café de achicoria o cebada malteada. En el hotel, todos los

camareros llevaban unas tijeras pequeñas colgadas de una cadena para

separar los cupones de las cartillas de racionamiento, pero los huéspedes

podían comer sin gastarlos. Si pagaban lo que valían, el recepcionista

conseguía los alimentos en el mercado negro. A mí la comida no me

interesaba, Kristin sí. Y pagué lo que valía.

Dos empleados trajeron a la habitación unas sillas y una mesa, pusieron

un mantel almidonado encima y lo cubrieron con bollos trenzados calientes,

mermelada de escaramujo, carne fría, queso y una cesta llena de manzanas.

Vi cómo Kristin miraba los platos y sonreía. Junto a la mesa, el camarero

dejó un cubo con hielo y una botella de champán, que me mareó sólo con

verlo. Kristin bebió dos copas y se puso a comer. Untaba la mantequilla con

generosidad. Se comió los huevos pasados por agua con sal y mantequilla.

—Ay, querido… —dijo.

Yo bebía té.

—Si te soy sincera, había olvidado por completo lo bien que sabe el café

en grano —dijo Kristin, que se puso la taza en la pierna.

Entendí que era de origen humilde. Mi madre me habría pegado con el

sacudidor si hubiera dejado una taza en algo que no fuera un platillo o si me

hubiera llenado un vaso hasta el borde. Kristin bebía y reía, hablaba de que

pronto iba a ensayar una canción nueva y de que en verano nadaría conmigo

en el Landwehrkanal. Yo la escuchaba con gusto.

Se sirvió café en el vaso del zumo de naranja, asado en la trenza dulce y

bebió de la botella de champán.

Pasados tres cuartos de hora se llevó las dos manos a la barriga. Nunca

había visto a una mujer comer tanto, ni siquiera a la cocinera de casa.

—Ahora, a dormir —dijo.

Se había bebido la botella de champán ella sola. La mesa estaba cerca de

la cama. Kristin se dejó caer sobre la colcha revuelta, boca abajo.

Cogió una novela del montón de libros que había junto a la cama, la

abrió por el medio y se puso a leer. Estuvo así un rato. Yo la observaba y

pensaba si debía dejarla tranquila.

—¿Pides otra, por favor? —preguntó, al tiempo que señalaba el cubo del

champán.

Hasta aquel día mi habitación me había parecido vacía.

 

Me vestí rápidamente. En el bar situado en la planta baja, el camarero me

recibió con la misma sonrisa indiferente y educada de ocasiones anteriores.

Lo llamaban Franz el Gordo. Llevaba un bigote retorcido y estaba delgado.

Pensaba que en el hotel todo el mundo sabía ya que esa mañana había

entrado una mujer en mi habitación. Pedí una botella de champán. Podría

haber llamado desde mi estancia, pero estaba tan nervioso que no se me

ocurrió.

Franz el Gordo se agachó, oí el tintineo del cristal, luego dejó en la barra

la botella por cuya etiqueta caían unas perlas de humedad. Sonrió y dio dos

golpes con la palma de la mano al corcho.

—No tiene por qué ser siempre un Caperucita Roja —dijo, y se puso a

sacar brillo a los vasos. Luego añadió en voz baja—: Cuidado, camarada.

Me cogió por sorpresa.

—Cuidado con el gas —aclaró—, algunos no lo aguantan.

 

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Las puertas dobles de mi habitación estaban entreabiertas. Cuando pienso

en ese momento, lo primero que recuerdo es la luz. La luz de Berlín a

menudo es dura y fría. Sólo hacía sol como aquel día antes de que empezara

la primavera, y unos cuantos días. Probablemente así es como quiero

recordarlo.

Posé la mirada en la cama, en el vestido y la ropa interior revuelta, luego

en la butaca que había cerca del caballete, junto a la ventana. Kristin estaba

sentada en el respaldo. Le pesaban los párpados. Tenía una manzana en la

mano. La puerta se cerró sin hacer ruido.

—No voy a acostarme contigo —dijo, y respiró hondo—. En el colegio

siempre era la mejor corriendo. Por eso tengo unos muslos tan potentes.

Yo sentía el corazón tan acelerado que estaba seguro de que lo oía.

—¿Quieres intentarlo otra vez? —preguntó.

—Yo… ¿Intentar?

—Intentar dibujar la manzana.

Durante unos instantes observó el efecto que tenía en mí su desnudez.

—Ven aquí —dijo.

Le miré los labios mientras me acercaba a ella. Sentada en el canto de la

butaca era más alta que yo. Cuando estuve delante, me puso una mano en el

cuello y me atrajo hacia sí.

—Eres valiente —dijo.

Empezó a frotar su frente en mi cara, olía a la levadura del pan recién

hecho. Agarró la botella de champán y se la puso sobre los muslos. Giró

despacio la cestita de alambre y dejó que estallara el corcho. La espuma

goteó en el tapizado de la butaca y dejó una mancha.

Me acarició las manos.

—No hace falta que siempre cierres las manos en un puño cuando estoy

contigo —dijo, y me agarró los dedos y los abrió.

Esperaba que me estrechara entre sus brazos, y cuando lo hizo supe que

estaba bien.

—¿Puedes llamarme «Puntito»? Me gusta.

No podía negarle nada a esa mujer. Tenía la respiración acelerada y

guiaba mi mano. Estaba caliente y suave.

—Puntito —dije.

Los rayos de sol atravesaron la ventana hasta incidir en nuestra piel.

 

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Caso 34: Von Drewitz-Lebenstein

Testigo: Josef von Drewitz-Lebenstein

 

Cuando el testigo Josef von Drewitz-Lebenstein salió del local Aschinger, en Joachimsthaler

Straße, Rolf Isaaksohn le dirigió de repente las siguientes palabras: «Alto, te tenemos, hace

catorce días que te buscamos». La encausada e Isaaksohn detuvieron al testigo, lo llevaron a la

estación del Zoo y de ahí fueron en tranvía al centro de detención de Große Hamburger Straße.

Al cabo de pocos días, el testigo fue deportado a Terezín, donde permaneció encarcelado hasta

el final de la guerra.

 

Tomo I/39, 200

 

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