Stella

Takis Würger · Capítulo 3 de 17

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Stella

Capítulo 1

En 1922, un juez condenó a Adolf Hitler a tres meses de prisión por alterar

el orden público, un arqueólogo inglés descubrió la tumba de Tutankamón,

James Joyce publicó Ulises, el Partido Comunista de Rusia eligió a Iósif

Stalin como secretario general y nací yo.

Me crié en una villa en las afueras de la localidad de Choulex, en

Ginebra, con cedros en la parte delantera, diecisiete hectáreas de tierra y

cortinas de lino en las ventanas. En el sótano había una tarima en la que

aprendí esgrima. En el desván aprendí a reconocer por el olor el rojo

cadmio y el amarillo Nápoles y lo que se sentía cuando te pegaban con un

sacudidor de ratán trenzado.

 

De donde yo vengo, cuando te preguntan quién eres contestas con el

nombre de tus padres. Podría decir que mi padre era la tercera generación

que dirigía un grupo empresarial que importaba terciopelo de Italia. Podría

decir que mi madre era hija de un latifundista alemán que perdió su finca

por beber demasiado armañac. «Se la bebió», diría mi madre, sin que eso

restara un ápice del orgullo que sentía. Le gustaba explicar que la plana

mayor del Reichswehr negro acudió a su entierro.

Mi madre nos cantaba nanas sobre estrellas fugaces y, cuando mi padre

viajaba y ella bebía para combatir la soledad, ordenaba colocar la mesa del

comedor contra la pared, ponía discos de 78 rpm y bailaba valses vieneses

conmigo. Yo tenía que estirar mucho los brazos hacia arriba para apoyarle

la mano en el omoplato. Decía que la guiaba bien. Yo sabía que mentía.

Decía que era el niño más guapo de Alemania, pese a que no vivíamos

en Alemania.

A veces me permitía peinarla con un peine de cuerno de búfalo que le

había traído mi padre, y decía que el pelo debía quedarle como la seda. Me

hacía prometerle que, cuando de mayor tuviera una esposa, la peinaría a ella

también. Yo la observaba en el espejo, sentada delante de mí con los ojos

cerrados y el pelo brillándole. Y se lo prometía.

Cuando entraba en mi habitación y me daba las buenas noches, me ponía

las dos manos en las mejillas. Cuando salíamos de paseo, me cogía de la

mano. Cuando subíamos a la montaña y se bebía siete u ocho copitas de

aguardiente en la cima, me alegraba de poder ayudarla en el descenso.

Mi madre era artista, pintaba. En el recibidor teníamos colgados dos

cuadros suyos, óleo sobre lienzo. Un bodegón, de gran formato, con

tulipanes y uvas. Y un cuadro pequeño, una niña vista desde atrás con los

brazos cruzados sobre el hueso sacro. Yo contemplaba el cuadro durante

largos ratos. Una vez intenté cruzar los dedos como aquella niña. No lo

logré. Mi madre había pintado un giro de las muñecas tan poco natural que

una persona de verdad se rompería los huesos si lograra imitarlo.

Mi madre comentaba con frecuencia que yo sería un gran pintor, pero

rara vez hablaba de cómo pintaba ella. Cuando se le hacía tarde pintando,

explicaba lo fácil que le resultaba durante su juventud. De niña solicitó una

plaza en la Escuela de Pintura de la Academia de Bellas Artes de Viena,

pero no aprobó la prueba de dibujo al carbón. Tal vez también la rechazaran

porque en aquella época apenas había mujeres que pudieran estudiar en las

academias. Yo sabía que no debía preguntar por el asunto.

Cuando nací, mi madre tomó la decisión de que yo iría en su lugar a la

Academia de Bellas Artes de Viena o por lo menos a la Academia de Artes

Plásticas de Múnich. Tenía que andarme con cuidado con todo lo que

quedaba por debajo, como la Escuela de Bellas Artes Feige und

Strassburger de Berlín o la Escuela de Dibujo Röver de Hamburgo, que

eran establecimientos judíos.

Mi madre me enseñó a coger un pincel y a mezclar los colores al óleo.

Yo me esforzaba porque quería hacerla feliz, y seguía practicando cuando

estaba solo. Fuimos a París, vimos los cuadros de Cézanne en la Galerie

Nationale du Jeu de Paume, y me dijo que cuando alguien dibujaba una

manzana tenía que quedar como la de Cézanne. Mi madre me dejaba dar la

primera capa de sus lienzos, iba de su mano por los museos y procuraba

fijarme en todo cuando elogiaba la profundidad del color de un cuadro o

criticaba la perspectiva de otro. Nunca la vi pintar.

 

~ ~ ~

En 1929 colapsó la bolsa de Nueva York, en las elecciones al Parlamento

del Land de Sajonia el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán ganó

cinco de noventa y seis escaños, y por mi pueblo natal pasó un coche de

caballos poco antes de Navidad.

Se deslizaba sobre la nieve gracias a unas cuchillas. En el pescante iba

un forastero sentado, ataviado con un loden de color verde oscuro que le

llegaba a los pies. Mi padre tampoco lo encontró jamás, ni con ayuda de la

gendarmería. Así que quedó sin aclarar por qué ese hombre llevaba un

cuerno de yunque a su lado, en el pescante.

Es probable que fuéramos unos doce muchachos, y estábamos arrojando

bolas de nieve desde la plaza de la iglesia al gallo que había en lo alto de la

torre.

No sé quién fue el primero en lanzarle una al cochero. Las esferas de

nieve se cruzaron en sus trayectorias y estallaron en la madera de la cabina.

Una le dio al hombre en la sien, creí que la mía. Tenía la esperanza de

ganarme la simpatía de los demás chicos. Pero el hombre ni se inmutó.

Frenó al caballo. Se tomó su tiempo, bajó del pescante, susurró algo al

oído del animal y se nos acercó. Cuando llegó hasta nosotros, el agua

derretida le goteaba del cuello de la camisa. Éramos pequeños, no salimos

corriendo. Aún tenía que aprender lo que era el miedo. El cochero llevaba

en la mano algo corto, fraguado, oscuro.

Hablaba en el dialecto del cantón de Uri, creo, era raro oírlo en mi zona.

—¿Quién ha ido a por mí? —preguntó en voz baja mientras nos

observaba.

Oí el crujido de la nieve bajo las suelas de mis zapatos, estaba congelada

y centelleaba. El aire olía a lana mojada.

Mi padre me había dicho que la verdad era un signo de amor. Que la

verdad era un regalo. Por aquel entonces estaba convencido de que era

cierto.

Era un niño. Me gustaban los regalos. No sabía lo que era el amor. Di un

paso.

—Yo.

La punta del cuerno de yunque me penetró en la articulación maxilar de

la mejilla derecha y me abrió la cara hasta la comisura de la boca. Perdí dos muelas y medio incisivo. No tengo ningún recuerdo del momento. Sólo que

vi los ojos grises de mi madre. Estaba sentada en mi cama del hospital,

bebiendo el té con korn que se servía de un termo. Mi padre estaba de viaje.

—Me alegro mucho de que no le haya ocurrido nada a la mano con la

que pintas —dijo mi madre mientras me acariciaba los dedos.

Un hilo lleno de fenol me atravesaba la mejilla. La herida se inflamó.

Durante las semanas siguientes me alimenté del caldo de pollo que

preparaba nuestra cocinera a diario. Al principio, el caldo se filtraba por los

puntos de sutura. Los medicamentos me aturdían. Hasta que no me vi en el

espejo no comprendí que con el golpe del cochero había perdido la

capacidad de ver colores.

Algunas personas no diferencian el rojo del verde, yo los había perdido

todos. Carmesí, esmeralda, violeta, púrpura, azul cielo, rubio, para mí eran

sólo nombres de distintos matices del gris.

Los médicos hablarían de «acromatopsia cerebral», una distorsión del

sentido del color que a veces sufre la gente mayor tras recibir un golpe en la

cabeza.

Dijeron que se iría corrigiendo.

Mi madre me puso un bloc de dibujo en las rodillas y me trajo un

estuche de lápices de colores. Los había encargado en Zúrich para que

pudiéramos seguir con las clases en el hospital.

—Han desaparecido —dije.

Sabía la importancia que le daba ella a la pintura.

Mi madre ladeó la cabeza como si no me hubiera oído.

—Mamá, perdona, yo… Ya no veo los colores.

Avisó a un médico, hicieron que mirara unos cuantos dibujos y me

pusieron unas gotas en los ojos. El médico le explicó a mi madre que a

veces ocurría, que no era tan grave, que de todos modos las proyecciones de

los cinematógrafos eran en blanco y negro.

—Perdona, mamá —dije—. Perdóname, por favor. ¿Mamá?

El médico dijo que era un milagro que la red del nervio facial no hubiera

sufrido daños. De haber sido así, no podría hablar y la saliva me gotearía de

la boca. El médico dijo algo de un chico con suerte. Mi madre estaba

sentada a mi lado. Bebía a grandes tragos.

~ ~ ~

 

Mi madre le envió un telegrama a Génova a mi padre, que condujo durante

toda la noche.

—Es culpa mía —dije.

—La culpa ni siquiera existe —contestó él.

Se quedó en el hospital y durmió en un catre metálico a mi lado.

—¿Qué pensará la gente? —dijo mi madre.

—¿Debería preocuparnos? —contestó mi padre.

Cuando sentía el latido en la cicatriz, me contaba historias que había

oído en sus visitas a los comerciantes de terciopelo de Peshawar. Mi padre

me regaló un cofrecito metálico antiguo, decorado con rosas de Haifa, cuya

tapa se atrancaba y que, según él, concedía deseos si la acariciabas tres

veces por el borde en el sentido contrario a las agujas del reloj. Mi madre

dijo que si esa baratija no desaparecía lo haría ella.

Mi madre ya apenas me tocaba. Si la cogía de la mano cuando salíamos

de paseo, se estremecía. Cuando me daba las buenas noches, se quedaba en

la puerta mirando por la ventana pese a que fuera estaba oscuro. Mi padre

volvió a irse de viaje.

Poco después de mi accidente, un día mi madre bebió tanto que se quedó

tumbada en el comedor y tuve que llevarla a su habitación con la ayuda de

la cocinera.

Mi madre subía sola de noche a los prados alpinos y en casa a veces se

encerraba dos días seguidos con sus lienzos. Yo tenía ocho años y no sabía

si era por mi culpa.

 

~ ~ ~

 

El lago que había detrás del monasterio de los hermanos menores se

convirtió en mi lugar favorito. Por una parte, estaba limitado por un muro

musgoso y por la otra, por una pared de roca.

Me tumbaba junto al lago entre las cañas a fumar cigarrillos hechos con

el tabaco que arrancaba de los puros de mi padre. La cocinera me enseñó a

pescar salvelinos con un palo, un cordel y un clavo doblado. Después ella los limpiaba, los rellenaba con ajo picado y perejil, los poníamos sobre el

fuego en la orilla y nos los comíamos cuando aún quemaban.

La cocinera me enseñó a chupar el néctar de las lilas.

Yo la ayudaba a tejer las trenzas de pan dulce y le llevaba a casa los

recipientes de la sala de ordeño. A veces le quitábamos la capa superior a la

leche y la compartíamos.

En aquellos tiempos, los niños hacían amigos y los llevaban a casa a

jugar. Yo sabía que no podía porque estaba mi madre. Tal vez soporté la

soledad porque no podía echar de menos lo que no conocía. Mi madre bebía

arak, y aunque lo diluía con agua helada, se quedaba aturdida. Yo

imaginaba que bebía leche. En el lago había una pasarela que se adentraba

en el agua y crujía bajo el sol cuando hacía calor. Una vez, en otoño, me

quedé allí mientras oscurecía, en el límite de la pasarela, lanzando piedras

planas sobre la superficie. Cuando ni la cocinera ni mi padre tenían tiempo

para mí y mi madre se pasaba varios días bebiendo, me sentía invisible.

Observé la pared de roca y me pregunté por qué nunca había visto a

nadie saltar.

Fui subiendo por la pared de piedra agarrándome a las hierbas y los

salientes de la roca. Desde arriba contemplé el fondo del lago y vi cómo se

movían las algas. Corrí hasta el final de la roca y seguí en el aire. El choque

contra las suelas de cuero fue duro, el agua me bramó en los oídos y estaba

fría. Cuando salí a la superficie me costaba respirar, pero tuve aire

suficiente para soltar un grito. Vi las olas que mi salto había provocado en

el agua.

Pisé las baldosas de la cocina con las perneras de los pantalones

goteando. La cocinera estaba amasando y me preguntó de quién había sido

la idea. No supe qué decir. Pensé que uno sólo se puede caer solo. Me

apoyé en el horno caliente. La cocinera dio unos golpes con la mano contra

los azulejos y levantó polvo de harina. Me dio una toalla. Mi padre había

dicho que fuera a verlo esa tarde. Cuando estaba en casa, se pasaba las

horas en la biblioteca. Le encantaba leer, durante mucho rato, novelas rusas,

filosofía oriental, haikus.

Yo sabía que mi padre y mi madre no se querían.

Entre los dedos hacía girar una panícula de junco que había cogido en la

orilla.

—Patres dice que has saltado —dijo mi padre.

Asentí.

—¿Por qué? —me preguntó.

Me quedé callado.

—¿Sabes que a veces el silencio es peor que la mentira? —preguntó.

Me atrajo hasta el respaldo de su butaca de lectura.

Estuvimos escuchando el tictac del reloj.

—¿Por qué es bonito caer, papá?

Se quedó pensando mucho rato. Hasta que empezó a tararear una

melodía en voz baja. Al cabo de unos minutos paró.

—Porque somos tontos —dijo.

Nos quedamos los dos en silencio.

Mi padre negó con la cabeza. Sus manos me pesaban en los hombros,

olía como sus libros.

—¿Qué pasa, muchacho? Conozco esa mirada.

—¿Mamá está bien?

—Ella… —empezó a decir. Pero torció el gesto—. Tu madre… No pasa

nada, sé cariñoso con ella.

Entendí a qué se refería y que sería más fácil guardar silencio. El

silencio se convirtió en mi manera de llorar.

—Aguantaremos —dijo mi padre, y me puso una mano en la nuca.

Asentí. Él me miró. Sabía que seguiría saltando.

 

~ ~ ~

 

Cuando pienso en mi hogar, me vienen a la cabeza los campos de girasoles

que se extendían detrás de casa hasta el bosque.

A nuestra cocinera no le gustaban los girasoles porque no olían a nada,

según opinaba ella. Decía que atraían a las abejas con su belleza, pero que

no tenían gotas de néctar en el interior, sólo unas pipas feas.

Yo corría por los campos para detectar el aroma de las flores y, entre

ellas, comprobé que la cocinera se equivocaba. Los días soleados, cuando el calor ardía en el polen, los girasoles olían, era un olor muy suave, pero yo

lo percibía. Cuando lo reconocí, lo notaba a veces cuando dejaba la ventana

abierta por la noche.

Era importante tener buen olfato. Olía el alcohol desde el pasillo cuando

llegaba a casa.

Les pregunté al apicultor y a la jardinera a qué olían los girasoles, pero

no lo sabían. Pensaba que el hecho de que yo pudiera oler las flores

significaba algo.

 

~ ~ ~

 

En 1935 mi madre se bebió una botella entera de aguardiente de patata

cuando anunciaron la adopción de las leyes de Núremberg. No paró de

rellenarse el vaso. Yo estaba sentado a su lado y contaba. Levantó la copa a

la salud de Adolf Hitler, al que llamaba «Adolphe», como si fuera francés.

Aquella noche, mientras ella dormía en el parquet de la sala de baile, yo

fui a la cocina. La cocinera lloraba sentada junto al horno y para consolarse

comía crema de mantequilla recién hecha con una cuchara de madera. Le

acaricié las mejillas, como hacía mi madre cuando era pequeño.

 

Pasados unos días oí una discusión entre mi madre y mi padre en la que ella

exigía despedir a la cocinera, pese a que le encantaba comer su challa por la

mañana. La llamó «cerda judía». Mi padre dijo que no iba a despedir a

nadie.

Mi madre pasaba el tiempo casi exclusivamente con sus lienzos. Cuando

no estaba pintando, los lienzos estaban del revés apoyados en la pared del

desván. Nadie podía verlos.

Por la noche, después de discutir con mi madre, mi padre vino a mi

cama. Yo me hice el dormido, él se sentó con las piernas cruzadas en el

borde y dijo:

—Muchacho, una cosa… —Hizo una larga pausa.

No estaba seguro de que fuera a terminar la frase.

—Dios Nuestro Señor ha hecho todo lo posible, ¿sabes? Los mirlos y los

elefantes… Dios vive en todos los seres, dice san Lucas. ¿Lo entiendes, muchacho? Tenemos que cuidar de esos seres.

La gravedad que transmitía su voz me resultó desagradable. No contesté.

Me pellizcó el pie y dijo:

—Sé que estás despierto.

 

~ ~ ~

 

En 1938 se inauguró en Berlín la exposición itinerante «Arte degenerado»,

en Alemania ardieron en una noche 1406 sinagogas y salas de oración, y a

finales de verano fui con el hijo de la cocinera al campo de girasoles, ya

éramos lo bastante altos para ver por encima de las flores. El hijo de la

cocinera era discapacitado, no sabía contar, no recordaba nada y siempre se

estaba mordiendo el labio inferior. Me caía bien.

—¿Los hueles? —pregunté, y rodeé con la mano, por debajo, la cabeza

de la flor.

El hijo de la cocinera negó con la cabeza.

Aquel día hubo tormenta, un rayo partió un fresno viejo del jardín y la

lluvia tronchó las flores. El jardinero recogió las corolas para salvar las

pipas de girasol, no paraba de maldecir y de decir que Dios era una rata.

Cuando atravesamos el campo me cayeron las primeras gotas tibias en la

frente. Poco antes de llegar a casa había una bifurcación del sendero

trillado. Un camino llevaba a casa, el otro al prado de ordeño.

Desde que tuve uso de razón, en el prado de ordeño pastaba un macho

cabrío que la granjera tenía atado a una valla. En el valle todo el mundo

sabía que se llamaba Hieronymus.

Tenía el pellejo blanco y largo, pertenecía a la raza de las cabras de

cuello negro de Valais. Hacía años que el sol alpino lo había dejado ciego.

Me daban ganas de acariciarlo, pero mordía. Por la mañana, cuando iba a

buscar leche, a veces le lanzaba hojas de nuestras zarzamoras.

Entre los niños del valle nos retábamos a una prueba de coraje que

consistía en tirar a Hieronymus de los cuernos. Una vez vi cómo el hijo del

vaquero le daba una patada al macho cabrío en la blanda barriga.

El día que nos adentramos corriendo en el campo de girasoles, la lluvia

nos golpeaba en la cara. Nos hicimos unos embudos con unas hojas de arce y bebimos el agua de la lluvia. Me alegré de tener nuestra casa, de que

dentro hiciera calor y de que esos días mi padre no estuviera de viaje. Pensé

en lo que me había dicho sobre los seres de la creación y miré a través de la

lluvia hacia el prado de ordeño. Por la mañana, el macho cabrío estaba junto

al vallado. Los primeros rayos centellearon en el cielo. El hijo de la

cocinera lloraba. Lo cogí de la mano y lo llevé hasta la entrada de servicio

de casa. Sin decir nada, di media vuelta y corrí bajo la lluvia.

—¡Truenos! —exclamó el hijo de la cocinera—. ¡Truenos!

La lluvia era cálida. El ascenso no me costó, pero resbalé un par de

veces.

Había aprendido a no fiarme de mis ojos y no me sorprendió ver que en

el prado de ordeño los rayos salían disparados de la hierba hacia el cielo.

Estalló un trueno. Hieronymus estaba en cuclillas en el suelo, junto a la

valla. Tenía el morro metido en la hierba y los ojos cerrados, como si

esperara la muerte. Aunque tal vez sólo estuviera durmiendo porque la

tormenta no le interesaba.

Solté la cuerda que lo ataba a la valla. Hieronymus lanzó un bufido hacia

mí. Me detuve. A veces duele hacer lo correcto.

Hieronymus quiso morderme la mano izquierda. Hacía años que se le

habían caído los dientes. Mordió el vacío, pero luego me mordió la derecha,

porque se la tendí.

—Pero si soy el de las hojas de zarzamora…

La lluvia le caía del pellejo claro e hirsuto en forma de perlas. Tiré de la

cuerda. Le tapé el morro con la mano. Y ya no me volvió a morder, y se

quedó quieto. Pensé que quizá había olvidado cómo andar, de tanto tiempo

como llevaba atado. Me arrodillé delante de él en el prado y me lo coloqué

sobre los hombros. Las costillas del animal me presionaban las clavículas.

El macho cabrío estaba flaco, pero pesaba más de lo que había

imaginado. Apestaba a establo. Me temblaban los muslos.

—Perdona por no haberte protegido cuando te daban patadas —dije.

Aquel día le expliqué lo que no le había contado a nadie. Lo mucho que

añoraba a mi madre, pese a que seguía en casa con nosotros. Que me sentía

invisible. Que no quería mentir porque luego la vida se echaba a perder.

Durante el descenso me caí y me di un golpe en las rodillas.

Mientras recorría el camino de cedros de delante de casa se me

desgarraron los pantalones y el lodo se me pegó bajo las uñas. El macho

cabrío me había mordido el cuello de la camisa.

Mi padre vino a mi encuentro.

—Muchacho.

Cuando me dio un abrazo, Hieronymus intentó morderle.

—¿No has visto los relámpagos?

Me arrodillé en la grava y dejé que la cabra bajara deslizándose de mis

hombros. Mi padre me quitó el agua del pelo. Se me llenaron los ojos de

lágrimas. Me alegré de que no lo viera por la lluvia.

—Un relámpago puede apagarte —dijo mi padre.

Por supuesto que se dio cuenta de que lloraba, porque eso es lo que

hacen los padres.

—Tenemos que cuidar de ellos —dije.

Quería explicarle lo hermosos que se veían los rayos en el cielo, y por

qué me alegraba de que hubiera aparecido el cochero, y por qué a veces

quería más a mi madre que a él. Pero me quedé callado. Luego grité, tan de

repente que me asusté al oír mi voz.

—¡No has cumplido tu palabra, papá!

—¿Qué pasa, muchacho?

—La verdad. Me dijiste que nosotros no mentimos, pero tú sí lo haces

sobre mamá.

Vi el dolor en su rostro. No pretendía hacerle daño. El agua de la lluvia

tenía un sabor suave. Me agarró de la mano y me acompañó a casa. Cuando

estábamos en el pasillo, me preguntó a media voz:

—¿Alguna vez has visto florecer un hibisco? —Se puso en cuclillas

delante de mí, de manera que quedó más bajo que yo—. Así es la verdad,

muchacho, como los hibiscos. Un día lo entenderás. En Egipto hay jardines

enteros. Es maravilloso. Hay jardines enteros. Y florecen mil tipos distintos.

 

Hieronymus pasó la noche en nuestro invernadero, y por la mañana ya se

había comido la mitad de la cosecha anual de calabacines. Durante la noche

fui a verlo. Me dejó acariciarle el pelo del cuello.

El granjero lo recogió al día siguiente por la mañana, me dio la mano, se

disculpó muchas veces y dijo que se ocuparía de que jamás volviera a

ocurrir algo como lo de los calabacines. Dio varios golpes a Hieronymus

con el canto de la mano entre los cuernos.

Ese año, los miembros de la asociación suiza de criadores de cabras se

plantearon qué líneas de sangre seguir, un proceso que llegó a los libros con

el nombre de «depuración de razas». La asociación decidió que la

Sempione, a la que pertenecía Hieronymus, era una raza que no valía la

pena continuar.

A finales de verano, mi padre me contó que, poco después de aquella

noche de tormenta, el granjero puso a Hieronymus al lado de la fosa de

estiércol líquido, lo apuntó con un fusil de repetición a dos metros de

distancia y le metió un tiro en la frente.

Ese mismo año, mi madre pidió cita con un oculista de Múnich. Éste

dijo que mi incapacidad de ver los colores no estaba en los ojos, sino en la

cabeza. Mi madre creía que lo único que tenía que hacer era esforzarme lo

suficiente. Me llevó al desván.

—Ahora todo volverá a ir bien —dijo.

Sus cuadros estaban apoyados en la pared. Dejó una caja con pinturas de

colores en la mesa y desordenó los recipientes. Luego me preguntó qué

color correspondía a cada recipiente. Cuando acertaba, asentía. Cuando me

equivocaba, me decía que por favor me esforzara más. Para esa clase se

puso sus botas de montar, a las que llamaba «botas militares».

Una de las primeras veces que fuimos al desván dijo:

—Por favor, por lo menos el rojo, te lo ruego.

Cuando mi madre había bebido, a veces levantaba el puño, pero se

mantenía fiel en su empeño de no tocarme.

Pero tras varias horas de clase, en un rincón del desván, entre los lienzos,

apareció un sacudidor de alfombras trenzado de ratán. Me decía que a ella

le dolía más que a mí. A veces acababa con la cara en la caja de pinturas

por los golpes.

Mi madre me decía:

—Por favor, lávate antes de salir, nadie debe saber que has llorado.

Una vez me quedé así, con la frente apoyada en los colores. Fue cuando

me di cuenta de que los recipientes desprendían un olor distinto. Los

colores estaban hechos con pigmentos naturales. El azul añil olía a las

papilionáceas del invernadero, el amarillo Nápoles a plomo, el rojo cadmio

a tierra arcillosa en verano, el negro a hollín, el blanco a tiza.

Me gustaba sobre todo el olor a carbón. Mi madre no me daba más

clases que las del desván. Las visitas a los museos quedaron descartadas.

Cuando tenía que reconocer colores para ella, me inclinaba sobre la caja.

A veces cogía el recipiente con la mano para poder olerlo mejor. Mi madre

me pegaba menos. Una vez acerté tres colores seguidos. Mi madre me

acarició el dedo índice.

 

~ ~ ~

 

Todos los sábados, después del sabbat, cuando anochecía, la cocinera me

ponía una compresa de hierba de San Juan en la cicatriz de la cara, y lo

siguió haciendo años después de mi accidente. Decía que me ayudaría a

tener buen aspecto. Algunas de esas noches la cocinera me abrazaba antes

de acostarme. Yo lo esperaba.

La cocinera era la mujer más gorda que conocía. Todos los días hacía

pasteles: con bayas en verano, con manzanas en otoño y con almendras en

invierno. Decía que eran demasiado deliciosos para el personal y, como

siempre había demasiados, por las noches se sentaba delante de la estufa,

hacía solitarios y se los comía.

Una vez, mientras me ponía la compresa en la cara, se sentó frente a mí

en un taburete de ordeñar, me dio dos pedazos de pastel de miel que había

untado con mantequilla y me miró.

—La gente de la casa me dice que siempre eres sincero —dijo la

cocinera.

Yo me quedé callado.

—¿Es verdad?

—Claro —contesté.

—Entonces dime la verdad sobre mí.

La cocinera me puso una mano en la cabeza.

—¿Me dices, por favor, si estoy gorda?

Por los nervios, pinché con el tenedor un pedazo grande de pastel y me

lo metí en la boca. Me atraganté, y cuando la cocinera me dio un vaso de

leche, me puse a toser y me salió la leche por la nariz.

—Ya sé que estoy un poco rolliza, pero me refiero a si estoy gorda.

Asentí con toda la discreción que pude.

Le dolió, lo vi y no me gustó.

—¿Crees que tal vez por eso no encuentro otro hombre? —preguntó.

Bajé la mirada al suelo. Tenía dieciséis años y sabía muy poco de

hombres y mujeres y de por qué se gustaban. Me encogí de hombros. La

cocinera me dio un apretón con su suave mano.

—Por favor, dime la verdad, Friedrich.

—Sí —contesté yo.

—¿Crees que estoy sola porque me gusta mucho comer?

—No estás sola.

—Pero ¿estoy gorda?

—Sí.

Soltó un suspiro.

—Gracias —me dijo.

—Pero duele —respondí yo.

El horno estaba caliente, oímos crujir la leña entre las brasas.

—Es peor el silencio.

Nos quedamos un rato más sentados en los taburetes de ordeñar,

contemplando las llamas del horno, donde en un molde se estaba cociendo

un pastel para el día siguiente que poco a poco se fue dorando hasta que la

costra empezó a humear. Cogí de la pared la pala del horno y subí el pastel

a la encimera.

—Gracias, querido niño, casi se echa a perder, gracias —dijo la

cocinera.

Me dio un abrazo. Fingí no ver sus lágrimas.

 

~ ~ ~

Cuando los tanques alemanes entraron en Libia en la primavera de 1941

porque así lo dictaba la Operación Girasol, mi madre izó una bandera con la

cruz gamada en la torre de casa. Fue la única vez en mi vida que oí rugir a

mi padre. Luego pidió, en tono calmado, a uno de los chicos que por favor

quitara la bandera del mástil, se fue al invernadero, cerró la puerta de cristal

esmerilado y soltó el grito que anunció el fin de su matrimonio.

 

Desde que había empezado la guerra, mi madre se ponía las botas militares

cada vez con más frecuencia y bebía hasta que olvidaba cómo hablar. Una

mañana me la encontré tumbada delante de la puerta de casa, no se movía.

Intenté despertarla llamándola por su nombre. Abrió los ojos, me miró, pero

no estoy seguro de que me reconociera.

—¿Aún me quieres? —preguntó.

Luego me puso los dos brazos alrededor del cuello y me apretó con tanta

fuerza contra ella que me costó respirar.

—Siento todo esto… —dijo—. Todo esto, todo, siento tanto que…

Fue tan bonito que me perdí de camino al colegio.

A veces, durante el día, deseaba olvidar que mi madre estaba sentada en

casa, en la terraza, bebiendo arak.

Sin embargo, sabía que nadie cuidaba de ella y que ése era mi deber. A

veces apoyaba la cabeza en su pecho a escondidas, cuando estaba tumbada

en el suelo y ya no se movía. Escuchaba si aún respiraba.

 

En aquella época, mi padre tuvo problemas con la exportación de terciopelo

debido al embargo comercial. Dijo que se iba a Estambul y que esperaría

allí a que terminara la guerra, y que conservaría la villa de Choulex. Mi

madre quería mudarse a Múnich y vivir de la fortuna de mi padre. Yo quería

viajar y ver algo de mundo. Fue mi padre quien propuso Teherán porque

quedaba muy lejos del conflicto.

En verano oí hablar a los mozos de cuadra de los clubs nocturnos

secretos de Berlín, de chaperos, cocaína, una fuente de marfil en un gran

hotel y una chica negra que cantaba en un carruaje tirado por un avestruz.

Uno de los chicos había trabajado una temporada en la ciudad recogiendo

manzanas para los caballos y decía que se había ido porque ya no aguantaba más a los bocazas berlineses, su forma de hablar, siempre tan descarados,

decía, y que incluso los peluqueros te contaban lo que pensaban.

—¿Es verdad? —pregunté.

—En Berlín son todos idiotas, también las chicas, no tienen cultura —

dijo.

Aquella noche oí por primera vez el rumor. Según el mozo de cuadra,

por la noche un camión de mudanzas recorría el barrio de Scheunen y se

llevaba a los judíos.

—Nunca vuelven —dijo el chico.

—¿Es verdad? —pregunté.

—Eso dicen los rumores.

—¿Dónde está el barrio de Scheunen?

 

Alemania parecía el país de los vencedores. La Wehrmacht controlaba

Europa y estaba a las puertas de Moscú. Los británicos habían suspendido

los ataques aéreos sobre Berlín. La ciudad era otra cosa, pese a todo. Un

lugar donde ni los peluqueros tenían pelos en la lengua.

Le pregunté a mi padre por sus viajes a Berlín y me dijo que leyera a

Fontane. Leí las novelas que teníamos en la biblioteca y su

correspondencia. En una carta dirigida a Heyse en 1860, leí: «Por mucho

que se burlen de Berlín, por mucho que admita que de vez en cuando

merece esa burla, no se puede negar la evidencia de que lo que ocurre y no

ocurre aquí afecta directamente a la actualidad mundial. Para mí se ha

convertido en una necesidad oír pasar ese volante pitando muy cerca, con el

peligro de que a veces se convierta en algo tan monótono como una rueda

de molino».

De noche me quedaba despierto pensando en la palabra «volante» y en el

rumor sobre el barrio de Scheunen. En mi cabeza, los alemanes eran lo que

yo quería ser. Había visto en el cinematógrafo imágenes de soldados

marchando. No quería ser soldado, pero si lo fuera, tal vez se me pegaría

una parte de su fortaleza. Le pregunté a mi padre por el camión de

mudanzas.

—Lo he oído —dijo.

—¿Por qué la gente hace correr rumores?

—No lo sé, tal vez sea una zona gris. Creo que… no lo sé. —La voz de

mi padre sonó insegura cuando me contestó—. Tienen que quedar también

alemanes buenos. Creo que la verdad nunca corre tanto peligro como en la

guerra.

Se volvió hacia mí y me observó.

—Sé lo que estás pensando, muchacho.

Lo miré directamente a la cara. Intenté sonreír, como si fuera fácil. Vi

que tenía miedo.

—No lo hagas —dijo mi padre—, te lo ruego, esta vez no.

 

Pasados unos días, vi a mi padre y a mi madre juntos en la biblioteca,

aunque hacía tiempo que no eran pareja.

—Creo que lo primero que haré será una visita breve a Berlín —dije.

Mi madre respiró hondo.

—Crees —dijo.

—Me voy a Berlín —dije yo.

Mi madre soltó una carcajada.

—¿Y qué se te ha perdido allí? —preguntó.

—Quiero verlo.

—¿Ver qué?

—Y tomar clases de dibujo.

Mi madre enmudeció.

—¿Quieres tomar clases de dibujo en tiempos de guerra? —preguntó mi

padre.

—Sólo unos días.

—Es demasiado peligroso.

—Berlín es seguro.

—Pero estamos en guerra.

—Están en guerra en el este, no en Berlín. Allí hace semanas que no cae

una bomba.

—Aun así, es demasiado peligroso.

—Voy a ir, papá, tengo que verlo. Yo… Esa zona gris.

Mi padre asintió y se acarició la barbilla.

Alguien tenía que separar los rumores de la verdad. Por aquel entonces

me parecía valiente.

—Pero si es una ciudad de judíos… —dijo mi madre.

 

Después de Navidad, un coche oscuro con matrícula alemana se detuvo en

la grava de nuestra entrada. De él bajó un hombre vestido de uniforme. Me

escondí en el henil y vi que ponía una mano en el trasero de mi madre. Más

tarde, la cocinera me dijo que mi madre le había presentado a ese hombre

como su sobrino.

Quería que le enviaran el piano de cola y sus vestidos.

La cocinera me dijo de parte de mi madre que podía continuar con los

ejercicios con la caja de pinturas. A mi madre le había roto el corazón que

no me hubiese despedido de ella en persona.

Dos años después, mi madre murió calcinada en el cobertizo de un jardín

durante un ataque aéreo en Nymphenburg. Su sobrino dijo que había bebido

tanto que confundió el cobertizo con el refugio antiaéreo.

 

Reservé un billete de tren desde Ginebra. La cocinera me dio un gorro que

había tejido ella misma y una cesta de mimbre donde amontonó tartas de

miel. Me dio un abrazo. Yo metí a escondidas mi mejor anzuelo en un

bolsillo de su delantal.

Mi padre me dio un beso de despedida en la frente.

—Que vaya bien —dijo.

Parecía que quería decirme algo más, pero se quedó callado.

Antes de que me llevara a la estación, subí al desván y me acerqué a un

lienzo que estaba apoyado del revés en la pared. Hacía tiempo que me

preguntaba qué pintaba mi madre. Le di la vuelta hacia la luz. Pasé al

siguiente. Sin prisa, fui volteándolos todos. Estaban en blanco.

Encima de la mesa seguía la caja con las pinturas ya resecas. Me la llevé.

Me fui solo al lago, cogí una piedra de la orilla, rompí con ella la capa de

hielo aún fina que cubría la superficie y tiré la caja al agua.

 

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