Stella

Takis Würger · Capítulo 4 de 17

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Stella

Enero de 1942

 

 

Aquel mes se inicia la construcción de las autopistas del Tercer Reich. En

un llamamiento al pueblo alemán por Fin de Año, el canciller del Reich,

Adolf Hitler, hace hincapié en su predisposición a la paz y llama «belicista»

al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt. Todas las

competiciones de esquí, incluido el campeonato del mundo de Garmisch-

Partenkirchen, quedan canceladas para que los esquiadores estén a

disposición de la Wehrmacht. La temperatura en Múnich alcanza treinta

grados centígrados y medio bajo cero. Primero de los diez mandamientos

del doctor Joseph Goebbels para todos los nacionalsocialistas: «Ama a

Alemania sobre todas las cosas, y demuéstralo con hechos más que con

palabras». En los restaurantes berlineses se introduce un plato de la cocina

de campaña elaborado a base de alubias y carne de caballo; supuestamente

se parece a lo que comen los soldados en el frente. Benno von Arent se

convierte en delegado de la moda del Tercer Reich: la falta de tejidos

convierte este departamento en todo un reto. La Comisión Estatal del Pan

Integral pone un anuncio en la prensa con el texto: «El pan integral es mejor

y más sano». En Louisville, Kentucky, una joven sirvienta tiene un hijo y lo

llama Cassius Marcellus Clay Junior. A 7290 kilómetros al nordeste de allí

en línea recta, en Wannsee, el Obergruppenführer de las SS, Reinhard

Heydrich, convoca una reunión. En ella, el ingeniero mecánico Adolf

Eichmann explica cómo hay que matar a los judíos de Europa. Cuando el

plan está listo, los hombres beben coñac mientras contemplan el lago.

 

~ ~ ~

 

Llegué a Berlín a primera hora un día después de Año Nuevo. Los huevos

del desayuno que me sirvieron en el vagón restaurante estaban duros y

sabían a pescado. Fui de la estación a la Puerta de Brandeburgo. Las calles eran anchas y no se veía adónde conducían. Berlín olía a carbón, a jabón

sólido, a lo que huelen las estufas de leña portátiles, a cera para el suelo y

nabos cocidos. Cuando entré en un restaurante y pedí un vaso de Chasselas,

la camarera dijo: «¿Cómo?».

La fuente de marfil del hotel era más pequeña de lo que esperaba. El jefe

de los botones me saludó tratándome de «excelencia». Sentí alivio cuando

vi que no hacía el saludo de Hitler. En el vestíbulo había dos vendedores de

prensa y un florista en sus puestos. El encargado de la recepción llevaba

levita y el pelo ondulado peinado hacia atrás, tenía unas arrugas que le

bajaban rectas por las mejillas y me saludó por mi nombre y con un suave

apretón de manos.

Los botones vestían frac y corbata impolutos. El ascensorista sólo tenía

un brazo. Le regalé la cesta con las tartas de miel. Cuando el hombre se

volvió para darme la mano, vi que llevaba en el brazo una banda de tela con

la cruz gamada. Entré en mi habitación y coloqué el caballete junto a la

ventana que daba al sur. Había hecho que me lo enviaran por medio de un

transportista junto con un baúl. Los carboncillos los llevaba en la bolsa de

viaje, en una vieja caja de puros de mi padre forrada con algodón.

Esa misma tarde fui al barrio de Scheunen. Observé a los judíos

ortodoxos con sus sombreros y abrigos negros, y me quedé hasta la noche a

la sombra de las farolas. Al día siguiente me tomé un café de achicoria en

un restaurante del Hackescher Markt y observé por la ventana los coches

que pasaban. Al otro día me quedé sentado en el rellano de la escalera de la

Bolsa de Berlín hasta que los dedos de los pies se me quedaron fríos. No vi

ningún camión de mudanzas.

El primer lunes del año fui, cargado con una mochila de piel lisa, a la

Escuela de Bellas Artes Feige und Strassburger, en Nürnberger Straße,

detrás de los grandes almacenes Kaufhaus des Westens. La fachada estaba

decorada con estuco, que con la humedad se había descascarillado en

algunos puntos de las paredes.

Antes de entrar me quedé un momento en la acera de enfrente, pensando

en mi madre. Pensé también en mi padre y en las palabras de despedida que

no había pronunciado.

El pomo de la puerta era de latón.

La mujer de la secretaría llevaba unas gafas con los cristales sucios. Le

dije que me gustaría aprender a dibujar.

—¿Le apetece unirse al grupo y dibujar?

—¿Así, sin más?

—Hoy hay taller abierto de dibujo, un estudio de desnudo. No es difícil.

Sólo tiene que decidir cómo quiere dibujarla.

En una sala que olía a colores al óleo había cinco personas sentadas

frente a unos caballetes, dibujando. Me quedé un momento en la puerta,

mirando la clase.

En un rincón había una estufa de azulejos, fría por la falta de carbón.

Con el aliento formaba nubes por la condensación. En los toscos tablones

del suelo vi manchas de pintura gris, los intentos de otras personas de captar

la realidad en esa sala. Los tablones crujieron, pero nadie me miró. Me

quedé con el abrigo puesto cuando me senté ante un caballete libre.

Tenía las puntas de los dedos entumecidas, me los soplé y, pese al frío,

noté calor en la cara. Todos miraban al frente.

La piel sobre la que ella estaba tumbada era oscura y demasiado valiosa

para tenerla en una sala de aquella escuela de dibujo y para los tiempos que

vivíamos.

La mujer estaba tumbada de costado, apoyaba la barbilla en una mano y

miraba al vacío de la clase, más allá de todos. De vez en cuando tosía.

La contemplé. Cómo le caía el cabello. Las líneas que se le dibujaban

entre los hombros y los anchos huesos de la cadera contra la pared pintada

de oscuro, cómo su piel atrapaba la luz.

Estaba un poco más rellena que el ideal de belleza, sobre todo en la zona

de las rodillas.

Pensé en un cuadro de Peter Paul Rubens, en la mujer desnuda que

representaba. Lo había visto de pequeño con mi madre en el Louvre, pero se

me había olvidado el título.

La mujer tumbada sobre la piel sonrió un momento, y le vi la mella entre

los incisivos. Sin embargo, en un cuadro, su rostro no quedaría bien con una

sonrisa. Cuando más bello se mostraría ese rostro sería en el llanto.

A mi lado, ante los demás caballetes, estaban sentados los alumnos,

dibujando. El carbón se me derretía entre los dedos. Cerré brevemente los ojos y procuré mirar a la mujer como forma y superficie. Me gustaba su

naricita. Intenté recordar cómo funcionaba eso de dibujar. Pasados unos

segundos me la quedé mirando sin más. Oculté la cicatriz tras el caballete.

Cuando terminó la clase, la mujer se levantó y cogió una toalla de

algodón que le tendió un hombre. No se envolvió en ella, la dobló y se la

puso sobre el brazo. Salió desnuda de la sala.

Enrollé la hoja de papel Ingres en blanco y la metí en mi mochila de piel

lisa.

Más tarde la vi fuera, vestida y rodeada de tres hombres que bromeaban

a voces. Fumaba y miraba al otro lado de la calle. Me despedí con un gesto

de la cabeza. No me vio.

Cuando me dirigía a la parada de metro, el viento soplaba a través de mi

abrigo, pero apenas me molestaba. Empezaron a caer unos copos finos.

Por el camino vi un cartel en la pared de un edificio en el que se veía a

una mujer de cabello claro, y pensé que se parecía a la chica de la escuela

de dibujo. El letrero decía: «¡LA MUJER ALEMANA NO FUMA, LA MUJER

ALEMANA NO BEBE Y LA MUJER ALEMANA NO SE MAQUILLA !».

 

~ ~ ~

 

Caso 2 a 13: Señora Steiner con cuatro hijos

Señora Katz con dos hijos

Señora Gelbert con un hijo

Señora Herschendörfer con un hijo

Testigos: 1. Gerda Kachel,

2. Elly Lewkowicz

 

Las testigos Gerda Kachel y Elly Lewkowicz trabajaban junto con las encausadas en la

empresa Siemens, pero vivían de manera ilegal. De día se alojaban en casa de Aron Przywczik,

en Schönhauser Allee 152. Se dirigieron a Lothringer Straße 24-35 para visitar a una tal

señora Steiner. Encontraron la casa sellada. Willi Israel, que vivía enfrente, les informó de que

la encausada y Rolf Isaaksohn habían estado observando mucho tiempo la casa de Steiner,

frecuentada por numerosos judíos que vivían de forma ilegal. Un día, la policía secreta del

Estado fue a la casa a buscar, en presencia de la encausada y de Rolf Isaaksohn, a los

siguientes judíos:

 

Señora Steiner con cuatro hijos

Señora Katz con dos hijos

Señora Gelbert con un hijo

Señora Herschendörfer con un hijo

 

Estas personas fueron deportadas a Auschwitz. Cuando la testigo Kachel llegó a Auschwitz

poco después y preguntó por ellas, supo que todos habían sido asesinados en la cámara de gas.

 

Tomo II/162-163

Tomo I/16, 38, 182, 184

 

~ ~ ~

 

El coche traqueteaba y chirriaba, los cristales estaban empañados. Me senté

al lado de la ventanilla, me hice una mirilla con la palma de la mano y

apoyé la frente en el frío cristal. Fuera vi a hombres vestidos de uniforme y

con botas militares, mujeres con abrigos que llegaban hasta el suelo,

columnas publicitarias llenas de carteles que promocionaban el Persil

(«LAVAR LA ROPA SUCIA PROPORCIONA BIENESTAR»), cámaras fotográficas

(«FOTOGRAFÍE SIN ATADURAS CON LAS PEQUEÑAS CÁMARAS ZEISS IKON») y algo

que no conocía y que servía para aumentar el tamaño de los pechos

femeninos («UN BUSTO BONITO GRACIAS A RONDOFORM»).

En todos los mástiles y en muchas casas ondeaban banderas con la cruz

gamada. Nos cruzamos con un autobús de dos pisos que llevaba escrito

«Coca-Cola». Por la tapa de la alcantarilla salía vapor. A mi lado, en el

tranvía, iba una mujer con una estrella en el abrigo. Viajaba de pie, pese a

que apenas había pasajeros y quedaban muchos sitios libres.

—Por favor, siéntese —le dije.

Ella se negó con un gesto de la cabeza.

—Se lo ruego —dije yo.

—No puedo —contestó.

Me dio vergüenza poder sentarme yo y ella no, y ya no la miré más.

Me sentí lejos de ella y me pregunté cómo iba a superar esa sensación de

soledad que me había invadido desde que había subido al tren nocturno. Las

banderas, los edificios altos, la gente con la estrella, el ruido, el olor, todo

me resultaba extraño. De lejos, los alemanes parecían grandes, de cerca tan

pequeños como yo. Sólo eran grandes los decorados, sobre todo las banderas. Las banderas alemanas eran enormes. Me propuse seguir mi viaje

cuanto antes.

 

Se sentó sin hacer ruido a mi lado, tan cerca que la piel del abrigo me hacía

cosquillas en la mano.

Me volví y la miré a los ojos. Era joven, casi una niña.

Desde su ángulo no podía verme la cicatriz. Eché un vistazo rápido al

otro lado y vi mi reflejo en el cristal de la ventanilla. No me atrevía a

volverme del todo hacia ella porque me vería la cara. Tenía los hombros

caídos hacia delante, como si tuviera frío. El aliento le olía a kirsch. Me

acarició la manga.

—Qué bonito, tan suave… —dijo.

No supe qué contestar. Estuvimos sentados en silencio un rato.

—¿Puedo ver cómo me has pintado? —preguntó.

Hablaba con acento berlinés. Al principio no me moví, me quedé

sentado y luego negué con la cabeza. Ella llevaba un paquete de café en

grano en el regazo, lo sujetaba con fuerza con ambas manos.

—Mira, me han dado un paquete entero por hacer de modelo.

Se quitó una pelusa del abrigo. Pensé en la hoja de papel enrollada, en

blanco, que sobresalía de la mochila. No había podido pintarla y ahora no

me atrevía a hablarle. Ella se había dirigido a mí como si tal cosa. Me

incliné hacia delante poco a poco, apoyé la frente en el respaldo del asiento

delantero y noté la madera barnizada.

Me agarró el hombro con la mano. Me tocó como si lo entendiera todo.

Cuando me levanté, demasiado pronto, para apearme en mi parada, ella

también se puso en pie. Era más baja que yo. En los asientos quedábamos

muy igualados.

—Adiós —dije, y me abrí paso por delante de ella.

Le rocé el muslo con la rodilla. Caminó detrás de mí por el vagón,

agarrándose al borde de los asientos. En el pasillo, junto a la mujer con la

estrella de David, se detuvo, miró el paquete de café que tenía en la mano,

dio un vistazo a su alrededor y le puso el paquete a la mujer contra el pecho.

No dijo ni una palabra y siguió andando hasta que llegó a mi lado, delante

de la puerta.

—¿Conoce a esa mujer? —pregunté.

Ella negó con la cabeza.

—Pero ¿no es peligroso?

—¿El qué?

—Ayudar a un judío.

Lo pensó un instante. Sonrió, pero sólo un segundo, luego puso el

semblante serio.

—Soy Kristin.

Me tendió la mano.

—Friedrich.

Nos quedamos un momento uno delante del otro dándonos un apretón.

El tren traqueteaba. Se me estaba humedeciendo la palma de la mano.

Kristin me miró de arriba abajo. Yo me miraba los zapatos.

Hice un amago de darle un beso en la mano y dije:

—Disculpe que no me haya presentado. Hola, mademoiselle.

Ella sonrió y luego hizo una reverencia.

—Mira por dónde, un suizo. Hola.

Sentí cierto orgullo cuando asentí con la cabeza.

—¿Con pasaporte suizo de verdad?

Nunca me lo había preguntado nadie. Asentí de nuevo. A Kristin se le

transformó el rostro, algo en los ojos, tal vez la dilatación de las pupilas.

Dio un paso hacia mí.

—Un suizo en Berlín —dijo, y continuó—: ¿Por qué no me has dicho

que me habías pintado? Estabas sentado al fondo a la derecha. Me fijo en

esas cosas.

Me había visto.

Se tambaleó un poco cuando el tren se paró y me cogió de la mano.

—Encantada de conocerla —dije yo—, me bajo aquí.

—¿Lo haces mucho, eso de no contestar preguntas? —preguntó.

Se agarró a mi hombro en los escalones y bajó conmigo. El abrigo le iba

grande, las manos le quedaban ocultas en las mangas, había subido el

dobladillo varias vueltas y quedaba justo sobre la nieve. Apretó mi brazo

contra su pecho. Dijo que a veces a ella también le daban esos vahídos,

como cuando yo había apoyado la cabeza en el respaldo del asiento, era por el traqueteo del tren. Insistió en llevarme la mochila y dijo que me

acompañaba a casa. Nunca se me había ofrecido nadie.

—Pero usted es una señorita —dije yo.

—¿Qué significa eso?

—Que yo debería acompañarla a casa a usted.

—No seas bobo —dijo ella.

 

~ ~ ~

 

Cuando atravesamos la Puerta de Brandeburgo, la nieve caía con fuerza y

los estandartes con las cruces gamadas chasqueaban contra el viento.

Kristin caminaba dando pasitos a mi lado. La observé con el rabillo del ojo.

—¡Carnets de identidad!

Un guardia urbano nos cortó el paso. Delante del hotel había controles

de pasaporte con frecuencia porque los judíos no podían entrar en el barrio

del Gobierno. «Prohibido judíos», había dicho el recepcionista, al tiempo

que se encogía de hombros.

Kristin suspiró cuando nos detuvimos.

El policía miró dos segundos mi pasaporte.

—He dicho el carnet de identidad.

—Soy suizo, sólo tengo pasaporte.

—Un extranjero en el Reich… —dijo el policía, y acercó la cara a la mía

—. El carnet de identidad, pero ya.

—Disculpe…

Kristin metió su carnet de identidad entre nuestras caras.

—Empiece por el mío, señor comisario.

Miré su bolso abierto, dentro llevaba un libro de Benjamin Constant.

Más tarde me enteraría de que estaba prohibido. El policía se volvió hacia

ella. En ese momento, Kristin se quitó la capucha de piel y el cabello rubio

resplandeció a la luz de las farolas.

—Venga —dijo ella, ladeó un poco la cabeza y sonrió al policía.

El hombre cambió el peso de un pie al otro. Se dio un golpecito en la

gorra.

—¿Cree que eso va a funcionar conmigo, querida? —Puso una mano en

la porra—. He dicho los carnets de identidad.

Kristin me agarró los dedos. Respiró hondo y dijo:

—¿De verdad no sabe a quién tiene delante de las narices?

—¿Ha bebido, señorita?

Me sentí pequeño al lado de ellos dos. Kristin alzó la voz. Y pronunció

las frases siguientes casi sin acento berlinés.

—Tiene ante usted al Obersturmbannführer de las SS Franz Riedweg.

Médico en la oficina central de las SS.

—¿Médico? —preguntó el policía.

—En la oficina central de las SS.

El policía no paraba de mirarnos. Procuré aguantarle la mirada, pero

siempre apartaba los ojos. Tenía el pasaporte en la mano, con mi nombre

verdadero.

—Pero… —dijo el policía.

—Dígame su nombre —le ordenó Kristin.

—¿Mi nombre?

—Informaré de lo sucedido. Es usted una vergüenza para la patria.

Tratar así a un oficial de alto rango. Qué vergüenza.

—Pero… —El policía se volvió hacia mí—. Pero, señor

Obersturmbannführer, ni siquiera lleva uniforme. ¿Cómo iba a saber…?

—Por supuesto que no lleva uniforme —afirmó Kristin—, hoy es lunes.

Luego pasó junto al hombre y me arrastró tras ella. Yo no entendía qué

estaba haciendo. No era ilegal ser suizo y estar en Berlín. Ese policía sólo

podía intimidarnos. Sin embargo, hacerse pasar por miembro de las SS sin

serlo era poner en peligro la vida.

—Le enseñaré mi pasaporte —le dije en voz baja a Kristin.

Ella tiró de mí.

—Tú sigue andando con calma —me ordenó.

—Pero nos va a detener…

—Aquí no van a detener a nadie.

Tenía la esperanza de que Kristin no notara que me sudaban las manos.

Tras dar unos cincuenta pasos, cuando estuvimos seguros de que el

policía nos dejaría en paz, Kristin me dio un codazo suave en las costillas. Me sonrió. Le cayó un copo de nieve en la nariz y se derritió.

—¿Por qué no llevan uniforme los lunes? —pregunté.

Sonrió de nuevo y se encogió de hombros.

—¿Dónde vives en Berlín? —preguntó.

Señalé al otro lado de Pariser Platz, hacia el Grand Hotel. Ella se quedó

quieta y me soltó. Me sequé a toda prisa las palmas de las manos en las

perneras.

—No lo dirás en serio… —Tosió con la boca cerrada y me agarró del

brazo—. ¿Estás de vacaciones?

Asentí.

—¿En el hotel?

—Sí.

—Un poco caro, ¿no?

Me quedé callado.

Kristin se despidió en la puerta giratoria con un gesto de la cabeza.

—¿La próxima vez me enseñarás el dibujo que has hecho de mí,

pequeño? ¿Y vendrás el sábado al Melodie Klub? Canto ahí.

Dijo «pequeño» con mucho acento berlinés, sonó absurdo porque ella

era más pequeña que yo, pero me pareció bonito.

—Pero no sé bailar.

—¿No sabes bailar?

—No.

—¿Y eso?

—Sólo bailaba de pequeño con mi madre.

Kristin me acarició la manga.

—¿De pequeño?

—Sí.

—Bueno, lo sigues siendo en cierto modo.

Se dio la vuelta, dispuesta a irse.

—No la he pintado —dije, a toda prisa.

Soltó una carcajada y se volvió de nuevo hacia mí, con una mirada

curiosa y afable.

Se hizo el silencio un momento.

—¿Qué quieres decir?

—No he podido.

—¿Por qué no?

—Tan sólo he podido mirarla. —Tenía el corazón acelerado—. Yo…

Me rozó la mejilla con los dedos. Yo enmudecí. Tenía la mano seca.

—No pasa nada.

Me acarició la ceja con el pulgar, hizo una reverencia, dio media vuelta y

se fue.

—¡¿Puedo acompañarla un trecho?! —le grité.

Se dio la vuelta de nuevo y dijo:

—No, pequeño.

Se puso un Juno entre los labios y lo encendió con una cerilla. Sostuvo

el cigarrillo entre el dedo índice y el pulgar.

Se fue andando por el paseo bajo los árboles pelados, por el medio, entre

la grava y la nieve. Daba pasos pequeños, no lograba caminar en línea recta.

Sacó una botella del bolsillo interior del abrigo y bebió mientras andaba.

Con las puntas de los pies un poco giradas hacia dentro. Cuando estaba

seguro de que ya no lo haría, se volvió y me saludó con el brazo derecho

estirado.

Cambié de acera y caminé tras ella, quería verla un poco más. Ella se

volvió otra vez, miró hacia la entrada vacía del Grand Hotel y me buscó. Se

detuvo unos segundos como si respirara hondo, sacó del bolsillo del abrigo

un espejo pequeño, lo abrió, se miró y se colocó bien los rizos. Bajó la

cabeza y se quedó quieta. Dejó caer el cigarrillo.

Fue como si Kristin se quedara dormida de pie. Luego despertó de

nuevo. Levantó la cabeza, irguió la espalda, echó los hombros hacia atrás y

levantó la barbilla. Recorrió el paseo hacia el oeste, dando pasos largos y

seguros.

 

~ ~ ~

 

Caso 16: Schiller

Testigo: Gerhard Schiller

 

Georg Schiller visitó el centro de documentación de Grunewald. En la puerta de dicho centro se

encontraba la encausada, que le explicó: «Todo está en orden. Sólo tiene que esperar la tarjeta

en la sala, se la harán enseguida». Sin embargo, Schiller fue detenido junto con otros judíos a

petición de la encausada, trasladado a las dependencias de Große Hamburger Straße y luego

asesinado en Auschwitz.

 

Tomo I/2

Tomo I/158, 15

Tomo II/158

 

~ ~ ~

 

Estuve yendo durante dos semanas a la escuela de dibujo, practiqué en la

habitación del hotel, visité museos, intenté no pensar en Kristin y aun así

pensaba en ella. Pasaba mucho tiempo en el barrio de Scheunen.

Transcurridas esas dos semanas compré un billete de tren a Estambul y

decidí que quería despedirme de Kristin.

Le pregunté al ascensorista manco si conocía el Melodie Klub. Él me

preguntó si sabía que ese tipo de establecimientos eran ilegales.

—Ponen música de negroides, señor —dijo el ascensorista—, está lleno

de judíos, señor.

—La música es música —dije yo.

—Si el señor lo dice… —contestó el ascensorista.

Cuando esa noche entré en mi habitación del hotel, bajo el pisapapeles

del escritorio había una hoja con el nombre de una calle, un número y la

palabra «moabit». «¡Cuidado!», decía al lado.

El sábado por la noche me presenté en esa dirección. En una columna

publicitaria delante del hotel había colgado un cartel del Comité de Guerra

que decía: «AHORRA JABÓN, ESTÁ HECHO CON GRASA Y ACEITES Y AHORA SON

MUY NECESARIOS. ¡NO LO SUMERJAS EN EL AGUA DE LAVAR! ¡NO LO PONGAS BAJO

EL GRIFO! ¡EVITA ENJUAGADOS INNECESARIOS! ¡MANTÉN LA JABONERA SIEMPRE

SECA! ¡NO TIRES LOS RESTOS DE JABÓN! ¡UTILIZA CEPILLOS, ARENA, PIEDRA

PÓMEZ, CENIZA DE MADERA, HIERBA PARA FREGAR (COLA DE CABALLO), CENIZA

DE TABACO Y LAVA A MENUDO CON AGUA CALIENTE!».

Corrían tiempos de signos de exclamación.

Berlín era ruidoso. El toque de medianoche de la iglesia del Redentor, el

sonido de los cascos del caballo de un coche. De un bar salían la música de un violín y los pisotones de las suelas de los que bailaban, los coches

pasaban con sus motores de leña estridentes.

Sin embargo, mi camino me llevó por una calle silenciosa cubierta de

arena y bordeada de castaños. Inspiré el aire nocturno.

Más adelante había unas naves industriales de ladrillo. El edificio donde

en principio se encontraba el club estaba oscuro. Si uno se ponía justo

delante, se oía un ruido sordo. Acerqué la oreja a la puerta. No estaba

cerrada. Atravesé un vestíbulo y bajé una escalera a cuyos pies había una

puerta de acero. En una placa atornillada al metal se leía: «PROHIBIDO

BAILAR SWING, CÁMARA DE CULTURA DEL REICH». De dentro me llegó el

sonido de un saxofón. Las bisagras estaban engrasadas.

Dentro tocaba un pequeño conjunto de jazz: un pianista, un batería, un

contrabajo y un hombre con un saxofón. La gente bailaba una canción lenta.

En la penumbra vi una barra de metal galvanizado. La atendía una mujer

con camisa blanca y tirantes, de figura delicada y erguida. Cuando me

acerqué vi que, pese a ser invierno, tenía la cara moteada de pecas. El

ambiente estaba cargado. Ése era el Berlín que esperaba. En el club no

había ventanas.

Me sentía mucho más a gusto en espacios oscuros.

Me senté a una mesa en un rincón a cuyos pies descansaba un galgo.

Al cabo de un rato se abrió la puerta. Entró un hombre. Era tan alto que

tuvo que agachar la cabeza. Llevaba un sombrero de fieltro en la cara, el

abrigo parecía hecho a medida. En la mano sujetaba algo envuelto en papel.

Vi que el galgo abría un ojo. El batería cambió a un ritmo rápido, tal vez fue

casualidad.

El hombre esbozó una media sonrisa. Todos lo miraron. Se dirigió al bar

al ritmo de la música, y la mujer pecosa se acercó a él. Él aprovechó el

impulso para hacer girar a la chica en la pista de baile. Los músicos tocaron

toda una canción sólo para aquel hombre, o eso me pareció. Bailó con los

ojos cerrados, luego besó a la mujer, dejó caer la mano de la chica, dio

media vuelta y se acercó a mí. El corazón se me desbocó. Cuando estuvo

más cerca vi que, bajo el sombrero, el cabello claro le caía sobre la frente.

Era mayor que yo, tendría unos treinta años, pero su sonrisa me recordaba

la de un colegial. No tenía ninguna cicatriz en el rostro.

Se arrodilló en el suelo delante de mí y sacó del papel un pedazo de

carne de vacuno cruda y nervuda. En una funda que le colgaba del cinturón

llevaba una pistola. El galgo engulló la carne. El hombre echó un vistazo a

la sala, luego posó su mirada en mí.

—¿Puedo? —preguntó, al tiempo que señalaba con una mano la silla que

había a mi lado.

Me llamó la atención su voz aguda, frágil, que no encajaba con el

cuerpo. Se sentó muy erguido.

—¿Alguna vez le han dicho que tiene unas pestañas increíblemente

bonitas? —preguntó, y me señaló los ojos.

Asentí sin querer; por supuesto, nunca nadie me lo había dicho.

—También es un aficionado de la música prohibida, ¿verdad? —

preguntó.

No pude evitar mirarle las manos. Se limpió la sangre con un pañuelo

blanco.

—Del jazz, quiero decir. ¿Le gusta el jazz?

—Sólo he quedado con una conocida.

—Maravilloso —dijo el hombre, y levantó su copa.

Debía de llevarla medio llena en el bolsillo del abrigo. Era un vaso de

coñac de cristal.

—Por la conocida —dijo.

Cuando bebió, me guiñó un ojo por encima del borde del vaso. Tenía

sangre pegada bajo la uña del anular izquierdo.

Nos quedamos sentados uno al lado del otro escuchando un poco a los

músicos. Una mujer con pinta de ser del sur cantaba con voz aguda.

 

When dawn comes to waken me,

You’re never there at all.

I know you’ve forsaken me

Till the shadows fall.

 

—¿Sabe que hace años que Porter no escribe? ¿Verdad? Desde que tuvo

el accidente montando a caballo. —El hombre hablaba bajo, como si

temiera que lo espiaran—. ¿Toca algún instrumento?

—Antes tocaba la viola, pero no demasiado bien —dije yo.

Observó mis dedos, luego me agarró las yemas. Hacía mucho tiempo

que no tenía una viola entre las manos.

—Tenemos que tocar juntos sin falta. ¿Es usted suizo?

Asentí.

—¿De dónde? —preguntó.

—De Ginebra.

—Ah, Ginebra, el Grand Théâtre, brindemos por ello.

El hombre pidió una botella de coñac, me explicó que había tenido una

niñera suiza y que por eso le gustaba mi acento. En ese momento tenía

contratada un ama de llaves de Lausana. Luego me empezó a contar que

Cole Porter había estudiado Derecho en Harvard, y que si la forma de su

nariz revelaba algo sobre su inteligencia… Ese hombre hablaba mucho.

Pero en algún momento paró para preguntarme:

—¿Qué hace usted?

—¿A qué se refiere?

—¿Qué hace usted en la vida?

—Viajar —dije—. Viajo.

—Estupendo —contestó—. ¿Y qué más?

—Nada.

—Pues debería hacer algo.

—Dibujo un poco. ¿Y usted?

—No tan rápido. ¿Por qué lo hace?

—¿Por qué estoy aprendiendo a dibujar?

—Sí, joven, por qué está aprendiendo a dibujar, sí.

Me quedé un momento ahí, sentado, reflexionando. Mientras el hombre

me observaba.

—Ya no podía más, y me siento seguro dibujando —dije—, con los

cuadros, me siento seguro. ¿Me entiende?

Me agarró por los hombros.

—No.

Nunca había conocido a una persona con semejante mirada. El hombre

me acarició la clavícula.

—Podría llegar a gustarme —me dijo.

Yo sabía que era superior a mí en todo.

Cuando salió del sótano para airearse fuera, delante de la puerta, la

camarera pecosa se acercó a mi mesa.

—¿Eres amigo de Von Appen?

Von Appen. Negué con la cabeza.

—No —dije.

—¿Es verdad que es un príncipe de Moravia? —preguntó.

—Lo siento, no lo sé.

—Por lo que me han dicho, como mínimo es barón.

—No lo sé.

—¿Y qué sabes?

—Yo…

—Pero ¿y la historia de los caballos?

Negué con la cabeza.

—Tienes que conocer la historia de los caballos.

—Lo siento.

Me agarró con una mano la solapa de la americana y se acercó tanto a mi

rostro que le noté el calor de la piel.

—Pues ésta es la historia de los caballos, atento: de pronto, en algún

lugar de Prusia oriental, cuando la Segunda División acorazada disparaba a

los últimos y sólo quedaban unos cuantos, apareció con los polacos. Esos

polacos son unos perros asquerosos. Según me han contado, esconden

granadas en calcetines, los untan de resina y los pegan bajo los tanques. Son

unos cerdos cobardes. En fin, que una noche se presenta Von Appen. Y

ahora viene lo bueno: aparece montado a lomos de un caballo negro en el

campamento de la Segunda División acorazada como si fuera la muerte con

la guadaña. Algunos dicen que el caballo era blanco, como si eso tuviera

importancia. En todo caso, como la muerte con la guadaña. Sin uniforme ni

arma, salvo por un puñal que lleva oculto en el cinturón. Dice que ha

llegado para ocuparse de los partisanos. Él solo. El hombre de la guadaña

con su caballo y su puñal. Por lo visto, de noche tiene la vista de una

lechuza. Y sabe montar a caballo. Y baila el vals vienés como un duende. Y

toca el violín como un concertista. Así que se planta delante de la tienda del

capitán y dice…

Von Appen me puso una mano en el hombro. La camarera pecosa dio un

respingo.

—¿Qué, contando batallitas? —preguntó, y guiñó un ojo—. Era

comandante. Capitán es quien pilota un barco.

La camarera le dio un beso en la mejilla y regresó a la barra.

—¿Es cierto? —pregunté.

—Lo del duende, sí —dijo Von Appen.

—¿Y lo del puñal?

—Por supuesto que no.

—Entonces ¿por qué va contando eso?

—A la gente le encantan esas cosas.

—Pero es mentira.

—Sí. Precisamente.

No nos fijamos enseguida en Kristin cuando salió al escenario.

Susurraba las canciones. En algunos momentos no entonaba bien. Cantaba

en inglés con acento de Berlín. Llevaba una pluma de pavo real en el pelo y

un vestido de puntitos que se le tensaba en las caderas. Después de la

tercera canción nos miró.

—Cáspita —dijo Von Appen—, no será ésa, ¿verdad? Es fenomenal.

Daba golpecitos con los nudillos en la pata de la silla siguiendo el ritmo.

—Soy Tristan.

—Friedrich.

—Tiene unas tetas como para atrapar ratones —comentó.

—Por favor, no hable así de ella.

—Éste es Muck —dijo Tristan como si nada, señalando el perro con el

índice—. Galgo italiano.

Asentí. No entendí qué quería decir y no me atreví a preguntar por qué

su perro estaba tumbado solo en el club. Tristan se agachó y le rascó las

orejas.

—Así se llama la raza, es joven, un galgo italiano. Una de las mejores

razas. Tienen que correr veinte kilómetros todos los días. ¿Te gustan los

perros?

—No —contesté.

Tristan se rió como si fuera una broma.

—¿Puedo preguntarle algo yo también, señor Von Appen?

—Tristan. Lo que quieras.

—¿Qué hace usted? —pregunté.

—Absolutamente nada —dijo—, sólo vivir.

 

Kristin bajó del escenario y se acercó a nuestra mesa. Me saludó con un

beso en la cicatriz. Se me puso la piel de gallina.

—Has venido —me susurró al oído.

Y percibí un aroma a gasolina y regaliz, era el olor del Ballistol, un

aceite para engrasar armas que conocía de casa, pero tal vez me lo imaginé.

Kristin se colocó detrás de la oreja un rizo rubio, pero le volvió a caer

enseguida hacia delante.

«Has venido».

Delante de Tristan, Kristin hizo una reverencia que me pareció irónica.

Él le cogió la mano entre sus dedos delgados de manicura cuidada y le dio

un beso. La sangre que tenía bajo las uñas había desaparecido.

—Yo ya la he elogiado en numerosas ocasiones —dijo.

—Gracias —contestó ella.

—¿Era Moonglow? —preguntó Tristan.

Kristin se llevó el índice a los labios entreabiertos.

—Prohibida —susurró, y se echó a reír.

—Maravilloso —dijo Tristan.

Me pasé el resto de la noche escuchando. Era feliz mirando de cerca los

hoyuelos de Kristin y me pareció bonita la elegancia con que Tristan movía

las manos y el modo con que hablaba de los ritmos del swing. No paraba de

darme golpes en el hombro, como si nos conociéramos desde hacía años.

Kristin me pidió en la barra un bocadillo de jamón y se lo comió ella. Me

puso los dedos sobre las rodillas. Nadie me había tocado nunca así.

Comía bombones que sacaba de su bolso de mano. Le torció a Tristan el

ala del sombrero. Bebió con prisa y dejó que pagáramos nosotros. Tristan se

emborrachó. Tuvo que apoyarse en el canto de la mesa.

Era una mañana fría.

Cuando salimos del club había escarcha en los cristales de las naves

industriales. Kristin nos agarró del brazo. Tristan se tambaleaba. Kristin caminaba muy erguida. El perro trotaba a pasos cortos junto a nosotros.

Tristan se había vuelto a esconder el vaso de coñac en el bolsillo del abrigo.

Se subió a su coche, que había aparcado delante del club, se puso el perro

en el regazo y le acarició el pelo de detrás de las orejas.

—Aut viam invaniam aut faciam —dijo, y me señaló con el índice—.

¿Quién lo dijo?

Yo me quedé callado. Tristan puso en marcha el motor.

—Aníbal —respondió.

Luego puso una mano sobre la mía y la acarició.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.

Se fue sin esperar respuesta. Y con el parabrisas cubierto de hielo.

—¡Que duermas bien, borracho! —le gritó Kristin.

Me arrastró por la arena de la calle congelada y me besó tres castaños

después. Mantuve los ojos abiertos. Ella se agarró con las manos a mis

tirantes.

—Inveniam, no invaniam —dijo—. Menudo fanfarrón.

Me acarició el cabello de la nuca. Sabía a humo y alcohol, y tenía la

nariz fría. Tuvo un ataque de tos. No me molestó porque al toser apoyó la

barbilla en mi hombro. Sabía abrazar. Yo estaba mareado del coñac, pero

quería que esa noche durara para siempre. Kristin me acarició una mejilla.

—Mi suizo… —dijo.

—Antes a veces me sentía invisible —dije yo.

—Eres muy peculiar.

—Como si no estuviera.

No sé por qué hablé de eso en aquel momento. Noté que ella subía las

manos por debajo de mi abrigo hasta el cuello.

—Ahora estás conmigo.

La rodeé con mi abrigo para que no tuviera frío. Antes de que me diera

un último beso aquella mañana le pregunté lo que llevaba horas pensando.

—Moonglow —dije.

—Sí.

—¿Por qué está prohibida?

—Es de Benny Goodman.

—¿Y…?

La mano que tenía en mi cuello me agarró con fuerza.

—Es judío —dijo.

Sacó las manos del abrigo, retrocedió un paso, se llevó el índice a los

labios y luego lo apoyó en los míos. Se fue sola en la mañana.

 

~ ~ ~

 

Caso 18 a 21: Chaim Horn con esposa y dos hijos

Testigo: Else Weidt

 

La encausada llegó al Taller para Ciegos Weidt de Berlín C2, en Rosenthaler Straße 29, donde

principalmente trabajaban judíos que se ocultaban ahí. Al día siguiente, la policía secreta del

Estado los capturó a todos a petición de la encausada y los trasladó al centro de Große

Hamburger Straße; entre ellos se encontraba Chaim Horn, que estaba escondido con su esposa

y sus dos hijos en un cuarto secreto al que se accedía a través de un armario ropero. La familia

Horn fue trasladada junto con otros judíos a Terezín o Auschwitz, y desde entonces está

desaparecida.

 

Tomo I/10, 217, 218

 

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