Te vigilo
Noviembre
Estamos sentados en mi salón, Aina, Vijay y yo. Fuera ha anochecido y una de las primeras tormentas otoñales arrecia sobre Estocolmo. Las ramas de los árboles golpean con furia contra las ventanas de mi dormitorio. He encendido la pequeña estufa de hierro colado que hay en una de las esquinas de la estancia. A lo largo de las ventanas he colocado las tres cajas de mudanzas, donde he metido lo más imprescindible. Finalmente, he decidido rendirme e intentar encontrar alguna vivienda temporal, hasta que hayan detenido al asesino de Sara.
Mis amigos están contentos por mi decisión. Yo, en cambio, me siento como un niño que ha capitulado, a regañadientes, ante los argumentos pertinaces de los padres. Una parte de mí tiene ganas de rebelarse contra todo esto. Contra todos aquellos que creen que soy yo la que debe cambiar su vida. Contra el hombre sin rostro que, al final, ha conseguido que me vaya de aquí.
Nos reímos de tonterías, comemos palomitas que he comprado en el centro comercial de Söderhallarna y bebemos vino tinto. Ya que tengo invitados, he comprado unas botellas de un Chianti buenísimo. Hemos puesto el mantel directamente sobre la alfombra. Sin embargo, bajo toda esta alegría superficial subyace un tono grave. Nos hemos reunido para hablar de lo que ha ocurrido, esperando, claro está, que Vijay nos pueda ayudar.
Aina enciende un cigarrillo. Le noto que está bebida, tanto por sus movimientos como por el hecho de que esté fumando.
—Muy bien, Vijay, ¿qué es lo que sabemos de este tío? —pregunta Aina, y le da una gran calada al cigarrillo.
—Lo que sabemos… Para empezar, debemos distinguir entre lo que sabemos y lo que suponemos. Sabemos que el asesino conoce vuestra consulta y vuestros pacientes a la perfección, y sabe dónde vives, Siri. Y dónde vive Charlotte Mimer. Creemos que se trata de un hombre de mediana edad, que es idéntico al amigo de Sara, que sufre una enfermedad mental y que, por alguna razón, quiere hacerte daño, Siri. Además, creemos que mantenía una relación de padre-hija con Sara, o que al menos le gustaría tenerla, y que tiene una hija que tal vez le recuerde a Sara. Es inteligente, de mente estructurada y se expresa bien. Luego… Es muy probable que Marianne fuera detrás de él, y tal vez fue él quien impidió que ella te contara lo que sabía.
—Un monstruo frío y calculador. Eso fue lo que me dijiste, Vijay. ¿Te acuerdas?
—Sí, me acuerdo. Nos ve a todos como fichas de su juego. Sacrificó a Sara para hacerte daño, Siri.
Vijay se queda callado y nosotras lo acompañamos en el silencio. Seguimos sentados sobre la alfombra del salón. Fuera, se oyen las olas que rompen contra las rocas y el viento que sopla sobre los escollos. «La tormenta ya está aquí», pienso. Cierro los ojos y al rato hago la pregunta que me hostiga desde hace ya tiempo.
—¿Una persona malvada? ¿Es eso lo que es?
Miro a Vijay, interrogándole con la mirada.
—No creo que exista nadie así. Me refiero a personas malvadas. Creo que existen los actos malvados, realizados por personas destrozadas. Y creo que él está destrozado, y que sufre.
—¿O sea, que tú piensas que es justificable que alguien asesine a un ser humano inocente como Sara?
—Eso no es lo que he dicho. Pero no creo que haya personas que han nacido malvadas.
—Entonces, ¿puedes llegar a serlo? ¿Malvado?
—Puedes convertirte en una persona que comete actos malvados.
—¿Y eso no significa que seas malvado?
—No necesariamente. Oh, eso tendrás que preguntárselo a un sacerdote, o tal vez a un filósofo. Yo soy científico.
Vijay saca el tabaco del bolsillo y empieza a liarse un cigarrillo. Prosigue:
—Voy a intentar explicarte lo que quiero decir. Pongamos que tenemos a una persona que ha estado sometida a unas condiciones realmente malas. ¿Supongo que ya conocéis las teorías sobre lo que pueden provocar los daños en el lóbulo frontal del cerebro?
Tanto Aina como yo asentimos con la cabeza. El lóbulo frontal es una zona muy sensible, y muchos investigadores lo consideran el lugar donde se localiza lo que en lenguaje cotidiano llamamos ética y moral.
—Supongamos que un individuo así se ve sometido a una infancia difícil, sin posibilidades de establecer vínculos fuertes y duraderos con los padres, tal vez en combinación con abusos, sexuales o de otro tipo. Existe el riesgo de que esta persona desarrolle lo que denominamos un trastorno antisocial de la personalidad. A menudo, ya es detectable en la infancia. Incontinencia urinaria, maltrato a animales y piromanía suelen ser indicativos muy fiables. Con eso no estoy diciendo que todos los que sufren incontinencia urinaria o que maltratan a animales sean psicópatas, ni por asomo. Pero algunos sí se convierten en psicópatas. Y yo no diría que se trata de personas malvadas. Quiero decir, que la palabra en sí implica, en cierto modo, que la persona en cuestión ha tomado una decisión de forma activa, ¿no es así? Que ha elegido la maldad, por así decirlo.
—Pero ¿tú crees que se trata de una persona que ha sufrido daños?
—Sí, desde luego.
—Escucha, hay algo que he estado pensando últimamente. ¿Podría ser una mujer?
Vijay hace girar el vaso entre los dedos y respira hondo.
—En principio, sí. Pero, en la práctica, es poco probable. Casi todos los criminales de este tipo son hombres. ¿Por qué lo preguntas? ¿Estás pensando en alguien en concreto?
Niego con la cabeza.
—Vijay, estuve pensando en lo que ocurrió la semana pasada. Ya sabes, cuando vi a alguien delante de mi ventana y encontré un charco de sangre. ¿Crees que fue él, y en tal caso, qué pretendía con ello?
Vijay coge una dolma de hoja de parra y se la mete entera en la boca.
—Mmm, sí, creo que fue él. Por cierto, ¿qué tipo de sangre era? ¿Ya lo saben?
—De perro. Markus cree que se trataba de un perro atropellado que se había perdido y que se adentró en mi jardín por accidente. Pero es que la carretera más cercana está muy lejos de aquí.
—¡Vaya! —Vijay se rasca el bigote y mira a Aina, que se ha quedado dormida en el sofá—. Mmm… —continúa—. Creo que fue él. Realmente lo creo.
—¿Por qué?
—La verdad es que no lo sé. Sólo que me parece una casualidad demasiado obvia. Yo no creo en el azar. En este caso, no. ¿A lo mejor quería asustarte?
—Supongo que estás en lo cierto. ¿Qué debo hacer?
—Precisamente lo que estás a punto de hacer. Irte de aquí. Dejar de pensar en él y permitir que la policía haga su trabajo.
—Sólo que antes tengo que encontrar un sitio donde pueda instalarme…
—Siri, ya te lo he dicho antes, y ahora vuelvo a repetírtelo. Vete a casa de tus padres, o a casa de Aina. Es obvio que no puedes esperar a que encuentres la vivienda perfecta. ¡Hooola, estamos en Estocolmo! No me parece bien que te quedes aquí sola. Antes tendremos que encontrar a ese tipejo enfermo. —La mirada de Vijay me clava a la alfombra—. Lo digo muy en serio, Siri.
Asiento con la cabeza y, por dentro, se extiende esa sensación empalagosa y fría que conozco demasiado bien. Mi vida: una lucha constante por dominar el miedo, por conservar algún tipo de normalidad.
—¡Salud! —le digo a Vijay, y alzo la copa.
Más tarde, me arrodillo delante del váter del cobertizo y devuelvo algo que parece frambuesa: una mezcla asquerosa de vino tinto y palomitas. No sé si es por el alcohol o por el miedo que me han dado ganas de vomitar.
Me seco el sudor de la frente con una mano que tiembla tanto que apenas soy capaz de controlar mis movimientos, y me veo obligada a aceptar que mi vida ya no me pertenece.
Es de día. Una mañana de noviembre, fría y gris. Unas nubes oscuras de color violeta se amontonan en el horizonte, pero el viento ha amainado. Las hojas amarillas y de color herrumbre de los rosales y manzanos cubren el pequeño césped abandonado que separa mi casa de las rocas. Vijay sigue durmiendo en el sofá, y Aina, en mi cama. Sus suaves ronquidos llegan a mis oídos desde el dormitorio.
Me he envuelto en una manta de lana de color naranja para evitar que el frío cale en mi cuerpo. Me acerco a la ventana sin hacer ruido. Me duele la cabeza, pero sé que yo misma me lo he provocado. En el suelo quedan restos de nuestra cena: palomitas, hummus, piel de aguacate, unas cuantas dolmas a medio comer y colillas. Se ha vertido un poco de vino tinto sobre los tablones de madera del suelo, que ha dejado una mancha roja azulada en uno de los lados de la alfombra. Todo está en silencio. Miro el reloj de pulsera. Las nueve y cuarto.
Cuando abro la puerta de la terraza, el aire frío penetra en el salón y se cierne sin compasión en torno a mi cuerpo. Ciño la manta con más fuerza, salgo a la terraza y me siento en las escaleras.
En la colina que hay detrás del Culo de Lasse veo una manada de grajos grandes y negros. Parece que se están peleando por algo comestible entre los arbustos, pero no logro ver de qué se trata. Me levanto y me acerco a la roca. La hierba está húmeda y fría bajo mis pies. Noto, más que veo, que esta noche ha helado.
Las briznas de hierba están rígidas y crujientes, y anuncian así la eminente llegada del invierno.
Cuando finalmente llego a la cima de la roca, los pájaros han volado. Todo parece estar en su sitio. El mar se extiende, plomizo y silencioso, ante mis pies. Las ramas de los árboles se yerguen hacia el cielo. Doblo la manta despacio y la dejo sobre la roca, me quito las braguitas y la camiseta y avanzo a pasitos titubeantes los últimos metros hasta llegar al saliente. Allí, sobre la fría roca donde el liquen verde amarillento se extiende bajo mis pies, recupero al fin la tranquilidad. En la superficie turbia del agua flotan hojas amarillas. Tras unos segundos de titubeo me lanzo al agua y nado con movimientos regulares hasta mi pequeño y torcido embarcadero.
De alguna manera, sé que este será mi último chapuzón en la ensenada.
Fecha : 15 de noviembre
Hora: 16.00
Lugar: La habitación verde, la consulta
Paciente: Charlotte Mimer
—Sí, hoy me siento mejor, Siri. Me avergüenzo muchísimo de mi comportamiento del otro día. No sé lo que me pasó. Últimamente me he vuelto muy inestable.
Charlotte me ofrece una sonrisa torcida; no una sonrisa superficial, sino una mueca degradante con la que intenta excusarse. A pesar de que, supuestamente, se avergüenza de su comportamiento de la última vez, de hecho, parece que hoy está mejor. Lleva el mismo chándal de nuestra anterior cita, pero es otra persona muy distinta: el pelo está recién lavado y brillante, tiene la espalda erguida, las piernas cruzadas con decoro y las manos juntas en el regazo.
Ha vuelto la Charlotte de siempre.
—No pienses más en ello. Aquí no necesitas controlarte. Aquí puedes permitirte perder el control. En cierto modo, podríamos decir que te expones a tu propia pérdida de control y a todos los sentimientos complejos y difíciles que eso conlleva. ¿Me sigues? ¿Recuerdas que ya lo hablamos en una ocasión?
—Mmm…
Charlotte se retuerce un poco en el sillón, pero no dice nada.
—Puedes verlo desde este punto de vista: el control es algo primordial para ti, haces lo que puedes por conservarlo. En toda clase de situaciones.
—¿El control sobre la alimentación?
—Sí, el control sobre la alimentación, pero, en el fondo, lo que intentas controlar son tus propios sentimientos. Dejando de comer, entrenando de una manera obsesiva, estando siempre de buen humor. Etcétera. A mí me parece saludable que le hayas hablado sin tapujos a tu jefe.
Charlotte ríe con una risa ronca y falta de alegría, y se mira las uñas perfectas.
—Sí, desde luego fue eficaz. Ahora ya he experimentado la cola del paro. Con todos los demás perdedores. No hay duda de que fue una experiencia novedosa.
—¿Es así como te sientes? ¿Que eres una fracasada si te quedas sin trabajo?
Charlotte se retuerce, a sabiendas de que se ha expresado de una manera que dista mucho de ser políticamente correcta. El habitual rubor se extiende por su cuello.
—No, no sé. A lo mejor. Porque una parte de ellos sí lo es.
—Charlotte, no estoy juzgando lo que dices, sólo intento comprender por qué te resulta tan difícil ser una de entre los que necesitan acudir a la oficina de empleo.
—Porque significa que soy un fracaso, al menos un fracaso en el ámbito profesional.
—¿Y qué crees que ocurriría si resulta que eres una fracasada? ¿Por qué te resulta tan terrible?
—No lo sé.
—Piénsalo un poco. ¿Qué te parecería si tus amigos se vieran obligados a acudir a la oficina de empleo? ¿También te parecería que son unos fracasados?
—¡Por supuesto que no! —contesta Charlotte rápidamente, y me mira a los ojos.
—Es decir, que no es aplicable a los demás. Que, para tu caso, prevalecen unas normas más duras.
—Sí, supongo que sí.
Intento resumir lo que Charlotte me ha contado, y luego exponerle mi punto de vista. Su descripción del temor a fracasar es típica en muchas personas con una gran capacidad y rendimiento.
—Entonces, ¿podríamos decir que has desarrollado una estrategia para evitar sentirte fracasada, y que esta estrategia consiste en controlar todas las situaciones?
—Así es, supongo. ¿Acaso tú no deseas lo mismo? —susurra Charlotte, cuyo rostro ahora ha adoptado un tono gris ceniza.
—¿Me estás preguntando si me empecino en mantener el control sobre mi vida?
Charlotte asiente con la cabeza y me mira seria con unos ojos tan grandes y oscuros como ruedas de molino.
—Sí, es obvio que un cierto control sobre las cosas es tanto necesario como deseable, pero no es más que un medio. No una meta en sí.
No parece que Charlotte me haya oído. Ya no me mira. En cambio, su mirada se ha quedado congelada en la litografía que cuelga sobre mi mesita. Representa una mujer montada sobre una mariposa, algo que, según Aina, es demasiado psicodinámico para tenerlo colgado en la pared. Pero a mí me gusta y, por tanto, la dejo donde está, a pesar de las protestas de Aina. Y los niños que vienen a la consulta suelen quedarse cautivados al contemplarla.
—¿Cómo te sientes al perder el control, Siri? ¿Cómo te sientes cuando otra persona controla tu vida?
—¿A qué te refieres? —le digo, y en ese mismo instante, sé precisamente a qué se refiere. Sé exactamente lo importante que es para mí mantener el control sobre mi vida. Y cómo me siento cuando lo pierdo, cuando se deshace entre mis dedos como un terrón de detergente.
Charlotte me mira a los ojos y asiente lentamente con la cabeza.
—Pues eso —dice con voz queda.
Tras la muerte de Stefan me quedé paralizada. No fui capaz de encargarme del entierro, ni tampoco del reparto de la herencia. Mamá y papá tuvieron que ayudarme, y ellos lo hicieron de buen grado. Nadie cuestionó que me pasara varios días seguidos, incluso semanas, en la cama. Mamá me traía las comidas sobre la pequeña bandeja roja de IKEA que me habían regalado por mi cumpleaños, hace un par de años. Carne picada envuelta en hojas de col, albóndigas y bacalao fresco con salsa de huevo, es decir, comida casera. Papá me abría el correo, se ocupaba de que se pagaran las facturas e informó de la muerte de Stefan a todo aquel que debía saberlo. Yo, mientras tanto, me quedaba en la cama sin moverme, distante e inconsolable entre las sábanas húmedas. Durante varias semanas dejé de ducharme y, así, cada vez que me daba la vuelta en la cama, podía oler el hedor de mi propio cuerpo, pero me daba igual. Era como si yo misma estuviera sentada al lado, contemplando mi dolor desde la distancia.
No recuerdo gran cosa del entierro, salvo que lo enterraron en el cementerio de Skog, y que la capilla estaba decorada con un precioso mosaico en tonalidades beis. También recuerdo el aspecto del sacerdote. De hecho, creo que recuerdo el aspecto que tenía todo, pero no lo que se llegó a decir ni lo que ocurrió.
Cuando, al final, mis padres me dejaron en paz, Aina se mudó a mi casa. Al principio, lo hacía todo por mí: cocinaba, me lavaba el pelo y retiraba la nieve, para que el coche pudiera llegar hasta la puerta. Sin embargo, pasado un tiempo y sin ninguna razón aparente, caímos en una rutina diaria en la que sobraban las palabras. Una colaboración que implicaba que nos distribuyéramos las tareas. Pasó un par de meses y, de pronto, llegó el día en que sentí que debía retomar mi camino y volver al mundo exterior. Le expliqué a Aina en pocas palabras que quería volver a trabajar, y todo lo que ella me dijo fue: «¿O sea, que mañana por la mañana cogeremos el coche juntas?».
A partir de ese momento, mi vida recobró algo parecido a un ritmo normal. Ya no había nada que fuera como antes y, sin embargo, se parecía bastante. Iba a trabajar cada día, visitaba a mis pacientes y dedicaba las noches a hacer anotaciones en sus expedientes, a leer o a estar con Aina. Los fines de semana se hacían dolorosamente largos, pero sobrevivía a ellos fraccionándolos en porciones breves y manejables. Lectura: dos horas; hacer la compra: cincuenta minutos; lavar el coche: cuarenta y cinco minutos; pelar patatas: veinte minutos; y así, sucesivamente. El truco estaba en estar ocupada constantemente y nunca dejar que los pensamientos volasen.
A pesar de las protestas de todo el mundo, decidí quedarme en la casa al lado del mar que habíamos compartido Stefan y yo. Creo, sin embargo, que en lo más profundo de mí ser albergaba el sueño oculto de que, algún día, sería lo suficientemente fuerte como para sentarme y considerar seriamente si realmente era bueno para mí seguir viviendo en la casa. Eso, naturalmente, no ocurrió nunca. El invierno se convirtió en verano, y cuando el sol primaveral derritió la última nieve, y las campanillas de invierno empezaron a abrirse camino a través del follaje del año pasado que no había tenido fuerzas para retirar entonces, sentí una minúscula alegría por haber decidido quedarme. Este era mi hogar, y nada ni nadie podría hacer que me marchara.
Cuánto me equivoqué entonces.
Es viernes por la noche, y estoy en el supermercado ICA. Alrededor, la gente está ocupada haciendo las compras rutinarias de comestibles. Una señora mayor llena su carro de la compra hasta el borde con todas las compras del fin de semana; un hombre de unos treinta años conduce por los pasillos el carro con su hijita montada en él como si se tratara de un rally. Por doquier se escucha un tipo abominable de música navideña con tintes de jazz, y en una de las esquinas de la tienda venden coronas de Adviento y estrellas para el árbol de Navidad. Me siento sola y excluida de esta comunidad. Sé que Estocolmo está formado por muchos hogares unipersonales, que no soy la única mujer de treinta y cinco años que no tiene una familia con la que volver a casa. Pero, ahora mismo, eso no es un consuelo. Querría ser otra, cualquier otra persona, salvo Siri Bergman. Tal vez la niña que tiene un ataque de risa cada vez que su padre le hace una broma, o tal vez la mujer joven con el nombre de Europa oriental que atiende el mostrador de la sección de Delicatessen.
Cualquiera, menos la que soy.
No es únicamente la soledad la que me consume, sino también el hecho de que alguien me amenaza, a mí y a mi vida. Me cuesta dormir por las noches, pues repaso metódicamente todos los datos, a todos los sospechosos. Reviso mi pasado, pero no logro entender quién podría desear hacerme tanto daño. De vez en cuando, me imagino siendo responsable de algún hecho terrible, habiendo cometido inconscientemente un error que otros inocentes han tenido que sufrir por mi culpa. ¿Acaso alguien me está castigando por un acto terrorífico que yo he cometido sin siquiera saberlo?
Pienso en Sara, y el sentimiento de culpa se apodera de mí. Ella todavía seguiría con vida si hubiera utilizado otro terapeuta que no fuera yo, si hubiera acudido a otra consulta, o a Aina. Entonces todavía estaría aquí. Sin embargo, Sara está muerta porque era mi paciente. Es mi culpa. Y no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo.
Como psicoterapeuta, trabajas para alcanzar un cambio y una mejora. Creo que lo que, desde un principio, me hizo querer ser psicóloga fue una motivación muy sencilla: ayudar a los demás. Me espoleó el hecho de poder ayudar a que las cosas fueran diferentes en la vida de alguien. No curarlo todo, pero sí que su vida fuera diferente. Ahora, todo esto suena bastante presuntuoso. Realmente, he hecho que la vida de Sara fuera distinta. Está muerta. Ya no está entre nosotros. Ya no existe.
Y yo soy la culpable.
Suena mi teléfono móvil, y de pronto me avergüenzo al descubrir que llevo un buen rato pasmada delante de los estantes de leche, impidiendo eficazmente que la gente acceda a ella. Reculo y contesto la llamada.
El estómago me da un vuelco cuando descubro que es Markus quien me llama. La sensación se desvanece al instante. Tan rápido, que empiezo a dudar que lo haya sentido en algún momento.
—¿Diga?
—Hola, Siri. Soy Markus. He pensado que, como estoy solo esta noche, y que, bueno, tu nevera estaba tan vacía el otro día, y que soy un cocinero bastante bueno, ¿que a lo mejor podría invitarte a cenar? Ya sabes, una cena de verdad. Puedo ir a tu casa y cocinar, si quieres.
Mi reacción espontánea es la alegría. Otra persona en la casa. Alguien que cocine. Un hombre que me cae bien y que cocina en mi casa. Le digo que sí sin realmente pensarlo dos veces.
Acordamos una hora y luego cuelgo. Devuelvo las dos latas de sopa de tomate que tengo en el cesto a su estante y avanzo hacia la salida.
Son las siete y media cuando Markus llama a la puerta. He recogido y ordenado un poco, incluso he pasado el aspirador por toda la casa. Por una vez, me he esforzado a la hora de elegir la ropa que me pondré y me he arreglado. Falda y jersey ajustados, en lugar de tejanos y jersey holgado.
Estoy nerviosa y contenta, pero me siento culpable. Markus se detiene en las escaleras, y me doy cuenta de que está sorprendido, que me contempla y lo asimila todo. Siento una repentina inseguridad. ¿Y si he malentendido toda la situación? Sin embargo, Markus sonríe y pasa por delante de mí, cruza el vestíbulo y entra en la cocina. Yo le sigo con los pies envueltos en calcetines. De pronto, hay una cantidad ingente de comida sobre la mesa de la cocina, incluidas dos botellas de vino.
—Yo cocino. Será una sorpresa. Tú, mientras tanto, puedes poner la mesa. Y servirnos un poco de vino.
Markus parece contento. Abro una botella de vino tinto y lo sirvo en dos copas. Es una sensación extraña. Esto no es ni un interrogatorio, ni una discusión, ni tampoco una charla. Es una cita. Mientras pongo la mesa, hablamos de Vijay y Olle. Markus siente curiosidad por su relación, quiere saber si Vijay es hindú y cómo se contempla la homosexualidad en su cultura. Algo a lo que, de hecho, no soy capaz de contestar.
Tomo asiento a la mesa y Markus sirve la comida. Ha preparado saltimbocca con salsa de salvia, y toda la cocina huele deliciosamente a especias. Una vez más, me ha sorprendido, desafiando mis prejuicios: nunca habría creído que fuera capaz de cocinar, ni, desde luego, de hacerlo tan bien.
Estamos sentados uno frente a otro, y cuando mi mirada se cruza con la de él, es como si se acoplasen. Estamos a la vez relajados y nerviosos en compañía el uno del otro, y tal vez también un poco confundidos.
—¿Por qué entraste en la policía?
Parece que la pregunta sorprende a Markus. Como si la policía fuera la elección más obvia.
—Entré en la policía porque quería conducir coches rápidos y atrapar a los malos —dice, y sonríe.
—¿Así de sencillo?
—Bueno, era rematadamente joven cuando entré en la escuela de policía. Había pensado estudiar un poco de criminología y derecho en la universidad, pero… Quería ser agente de policía. Quería probarlo en la realidad. Y tenía mis principios y mis ideas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Lo que es bueno y lo que es malo.
Markus parece entusiasmado, como si fuera importante para él transmitirme lo que le llevó a tomar esta decisión.
—Y, ¿todavía tienes los mismos principios? ¿Todavía sabes lo que es el bien y el mal?
—Ya llevo unos años en el cuerpo de policía, y es evidente que mis pensamientos y consideraciones han cambiado. Sé que el mundo no es blanco ni negro. Que las personas no son ni buenas ni malas. Y que incluso la gente buena, a veces, comete actos malvados. Markus parece cansado, y vuelvo a pensar en la realidad con la que tiene que enfrentarse cada día.
—¿Cómo lo soportas?
—¿Cómo lo soportas tú, Siri? Tú eres psicoterapeuta, tú te encuentras cada día con personas que sufren, y que han estado sometidas a Dios sabe qué sufrimientos. Pero tú lo soportas, al fin y al cabo, ¿o qué? Y yo lo soporto. Lo soporto porque tengo una vida al margen del trabajo. Porque sé que la vida no siempre consiste en violencia y muerte. Lo soporto porque sé que hago lo correcto. Soy un buen agente de policía. Soy muy bueno en mi trabajo.
Markus se queda callado y me mira para que yo confirme lo que él ha dicho. Asiento, despacio, con la cabeza porque, en parte, comprendo lo que dice y a dónde quiere llegar.
Lo miro desde mi lado de la mesa torcida. De pronto imagino que su pálida y suave cara se acerca a la mía, que se inclina hacia delante y me besa dulcemente en la boca con sus bellos y perfectos labios. Que aprieta su boca contra la mía. El pensamiento surge de la nada, y yo examino su cara, su pelo rubio, sus ojos azules, la camiseta con el estampado de Los Ramones. Dedico un breve segundo a pensar que lleva precisamente esta camiseta, a pesar de que apenas debe de recordar la banda. Es demasiado joven para hacerlo.
Demasiado joven.
Sé que es así, pero ahora mismo no puedo admitirlo.
Nuestras miradas se cruzan y, una vez más, se acoplan. Markus se inclina sobre la mesa y su mano toca la mía. Noto el suave roce de sus dedos sobre el dorso de mi mano y, sin querer, pienso en Stefan, y en lo mucho que duele perder a tu amado. Y considero si me atreveré a arriesgarme a querer a otro y volver a exponerme al peligro de perderlo.
—¿Por qué has venido, Markus? ¿Qué quieres de mí?
Markus parece incómodo. Abochornado. Pero sé que necesito oír su respuesta.
—He venido porque hay algo en ti, Siri, algo que me conmueve. Que hace que piense más en ti de lo que debería. Que hace que quiera estar contigo.
Se queda callado y mira nuestros dedos entrelazados.
—Esto no es fácil —contesto—. Nosotros… La investigación… No deberíamos…
Las palabras se agolpan en mi boca, pero no soy capaz de pronunciarlas.
—Lo sé, pero no puedo, no quiero, preocuparme por ello.
Tiene el semblante muy serio y sé que está convencido de lo que dice. Ya no suena la música, y las ramas que golpean contra el cristal de la ventana del salón es lo único que se oye. Me levanto de la silla y rodeo la mesa sin soltarle la mano. Cuando me abraza, me pregunto qué será lo que nos ha impedido hacerlo antes.
Más tarde, cuando su cuerpo sudoroso está encima del mío, me vienen otros pensamientos a la mente. Pensamientos más oscuros. Pienso que me merezco este cuerpo joven, los músculos tersos de su espalda, sus caderas y esa energía que nunca se agota. Me merezco su deseo, su respiración entrecortada en mi oído y sus cuidados y atenciones. Mi vida ha sido tan miserable durante los últimos dos años que me lo merezco, de la misma manera que alguien que ha trabajado duramente se merece su sueldo, o un deportista, su medalla.
Es de día, y el dormitorio se llena de una cálida luz matinal, distinta al frío destello que suele penetrar a través de las cortinas al amanecer. Sin haber mirado por la ventana, sé que ha nevado. Sólo la nieve es capaz de hacer que la luz del alba de un otoño tardío cambie de color de esta manera. La casa está en silencio. Markus está echado en la cama, a mi lado. Respira sin apenas hacer ruido y no se mueve. Distingo su rostro a la tenue luz de la mañana. Unas líneas rosadas recorren su pálido rostro allá donde la almohada ha dejado sus marcas. Parece tan tranquilo, tan diferente…, casi como un niño.
Mi dormitorio está cambiado. Llevo más de un año viviendo sola. Nadie ha dormido a mi lado en la cama. He compartido esta estancia con los recuerdos de Stefan.
Markus es muy distinto de Stefan, es otro hombre, pero no necesariamente el hombre equivocado. Hubo un tiempo en el que creí que nunca volvería a amar a nadie. Que mi amor se había consumido, y que ya no tenía nada que ofrecer. Creí que mis sentimientos habían muerto con Stefan, esparcidos en el cementerio junto con sus cenizas.
Damos un paseo por la ensenada. A nuestro alrededor, unos enormes copos de nieve descienden en silencio. La ensenada se abre ante nuestros ojos y el agua, de color negro, está en calma. Los árboles se cubren de la nieve blanca. Es una imagen hermosa pero efímera. Quizá la nieve haya desaparecido mañana mismo. Camino sin pronunciar palabra, pues no sé qué decir. Pienso en Sara y en que su muerte ha llevado a Markus a mi vida. ¿Es lícito construir la felicidad sobre la muerte de otro ser humano? Sé que la idea es irracional, pero ahí sigue, no obstante. ¿Puede salir algo bueno de estos terribles acontecimientos? ¿Debe salir algo bueno de ellos? Por lo visto, Markus capta mis sentimientos y me interroga con la mirada. Decido no decir nada, y él lo acepta. Caigo en la cuenta de la impresión que debemos de dar desde fuera. Una pareja de enamorados paseando por la nieve, cogidos de la mano. De pronto me invade una gran desazón, como si alguien realmente nos estuviera observando, y empiezo a mirar alrededor en busca de algún indicio que me aclare si alguien, que intenta ocultarse, vigila cada paso que damos. Naturalmente, Markus advierte el cambio en mi estado de ánimo, pero aun así su pregunta me sorprende.
—¿Tú también lo notas?
Su mirada recorre las siluetas de los abetos.
—Sí. Hay alguien aquí afuera.
Mi respuesta es inmediata y, de pronto, sé que tengo razón. Es imposible saber lo que hace que esté tan segura, pero ya no siento que la naturaleza sea tan inmaculada. Tal vez sean los pájaros negros que de repente alzan el vuelo entre los árboles cerca de mi casa. Tal vez sea porque, de pronto, el silencio ha dejado de ser tan compacto. Me siento mal.
—¿Quieres que volvamos?
Aprieto la mano de Markus con fuerza, y noto que él me devuelve el apretón. Nos espera un paseo de casi un kilómetro hasta la casa, y el sendero está resbaladizo por la nieve. Tardamos más de lo habitual. Andamos lo más rápido que podemos; sin hablarnos nos ayudamos a salvar las raíces y los témpanos de hielo.
Cuando llegamos al claro del bosque donde se halla mi casa, aminoramos la marcha. Contemplo la casa que se ha vestido de invierno: una casa de veraneo con un manto blanco que aísla del frío sobre el tejado. De la chimenea asciende un fino hilo de humo blanco y la luz mana desde todas las ventanas. Es todo idílico.
Nos hemos quedado quietos, contemplando la casa, cuando de pronto veo algo en las escaleras de madera que suben hasta las puertas de cristal: una pequeña figura encogida de color gris. Tardo unos segundos en comprender lo que estoy viendo.
—¡Ziggy!
Echo a correr para darle la bienvenida a mi gato, tanto tiempo desaparecido, pero Markus me agarra del brazo y me retiene suavemente.
—Quédate aquí. Hay pisadas alrededor de la casa. Las podríamos destruir. Voy a tener que llamar a los técnicos forenses.
Markus ya tiene el móvil en la mano.
—A la mierda las pisadas, ¡mi gato ha vuelto!
—¡Siri, no vayas!
Pero ya es demasiado tarde. He dejado de escuchar a Markus y, en su lugar, corro hacia Ziggy, que está echado tranquilamente, contemplando el mar desde su sitio habitual sobre las escaleras.
Hasta que no estoy muy cerca, no me doy cuenta de que algo va mal. Ziggy está sentado en una postura un tanto antinatural, y no reacciona a mis llamadas. Cuando finalmente llego a su lado y extiendo la mano con cuidado para acariciarle la espalda, noto, para mi gran sorpresa, que el animal está completamente rígido. No, no solo rígido, sino duro. Cae de lado con un ruido hueco, como un leño que da contra el suelo, y se queda inmóvil en la misma postura de antes.
Entonces lo entiendo.
Lo han disecado.
Alguien ha disecado mi gato.
Esa noche no duermo nada, ni tampoco las siguientes. Me mantiene despierta la visión de Ziggy, el final que tuvo, y me pregunto, una y otra vez, cómo alguien puede hacerle eso a un animal indefenso.
Al fin he abandonado la idea de quedarme a vivir en mi casa. Ni siquiera yo puedo negar la evidencia: es peligroso para mí quedarme en mi casa, porque hay alguien que me persigue. Todo es tan increíblemente obvio…, y ya no comprendo por qué he luchado tanto por rechazarlo.
Aina me ha conseguido un apartamento. A uno de sus amigos le han concedido una beca de investigador visitante en una universidad italiana durante medio año, y su apartamento de una habitación de Hantverkargatan ha quedado libre. Vacía. A mi disposición.
El apartamento es pequeño y espartano, aunque funcional. No es mi casa. Es un lugar donde viviré hasta que la policía haya atrapado al hombre que buscan. Si es que lo atrapan… En mis pensamientos más secretos e innombrables, he empezado a ponerlo en duda. Ya no estoy tan segura de ello. No logro recordar mi vida, tal como era antes. Antes de que muriera Sara. Antes de que mi mascota se convirtiera en un objeto museístico; antes de que Marianne estuviera en coma; y antes de que mi césped se cubriera de sangre fresca. Siento corno si siempre hubiera estado amenazada. La sensación me resulta tan reconocible y familiar que he empezado a confundirme con ella. Soy Siri. Soy una presa. Estoy amenazada.
Perseguida.
Todavía no les he contado nada a mis padres ni a mis hermanas. No existe ninguna ley que exija que los hijos adultos informen a sus padres de todo lo que hacen. Es posible que, moralmente, les deba una explicación de lo que ha ocurrido, pero ahora mismo no tengo las fuerzas necesarias para afrontarlo, para soportar su pegajosa y molesta preocupación.
Otro sentimiento de culpa más que tendría que soportar.
Es mi culpa que ellos se preocupen.
En su lugar, Markus viene a recogerme a mí, mi bolso y mis tres cajas de mudanzas, y luego me ayuda a instalarme en el apartamento.
Tiene un vestíbulo amueblado con un escritorio y una silla. Las paredes están cubiertas de estanterías llenas de libros sobre historia de las ideas y filosofía. Un salón con un sofá elegante de los años treinta y una mesita redonda. Un televisor mínimo. Una alcoba con una cama tan estrecha que no logro comprender cómo alguien puede dormir en ella. Y más libros. En la cocina hay una mesa con dos sillas. El amigo de Aina ha colgado una estrella de Navidad en la ventana del salón, una especie de concesión porque pronto será Navidad. Una vez más, pienso que no es mi casa. Es un lugar de refugio. Mi refugio más que provisional.
Desde el día en que encontramos a Ziggy es como si Markus hubiera estado constantemente a mi lado. No estoy acostumbrada a su presencia. No estoy habituada, pero sí agradecida. Con mucha cautela, intentamos hallar el equilibrio entre la situación en la que me encuentro, las circunstancias que nos han unido y lo que sentimos el uno por el otro.
Es de noche. Una noche fría, húmeda y lluviosa. Sin embargo, la oscuridad nunca logra ocupar la ciudad por completo, no como en mi casa. Nunca llega a hacerse realmente de noche, tan sólo es otra forma de día, donde la luz artificial mantiene alejada la oscuridad.
Markus ha venido a ayudarme a montar una estantería. No es que yo no sea capaz de hacerlo, pero no hay herramientas en el apartamento. A pesar de que lleva varias horas aquí, todavía no hemos conseguido montar la estantería. En cambio, hemos cenado los restos de la pizza de ayer, hemos bebido vino italiano agrio y hemos hecho el amor en la estrecha e incómoda alcoba.
Me molesta que no haya nada en el apartamento que sea mío, que todo sea prestado. Incluso las sábanas sobre las que nos hemos echado y que ahora están húmedas y echas un ovillo a nuestros pies, son prestadas.
La ventana que da a Hantverksgatan está abierta, y el aire frío y húmedo roza nuestras piernas desnudas como invisibles animales nocturnos. La mano de Markus descansa alrededor de mi nuca y acaricia mi corta melena, mientras sus ojos se pasean por la pequeña y triste estancia.
Tengo que morderme la lengua para no hacerle la pregunta que, imagino, todas las mujeres siempre hacen. Pero decido que, de hecho, me da igual lo que esté pensando. Me basta con el momento. Quiero recrearme en este momento perfecto y no desmenuzar el frágil silencio, sólo por conseguir su confirmación.
¿Por qué mendigar sus muestras de afecto? Ni siquiera yo sé lo que es esto; esta atracción frágil pero, a la vez, tan tentadora e irresistible que hay entre nosotros. ¿Será amor o simplemente nos prestamos mutuamente nuestros cuerpos para rellenar los agujeros negros que soportamos en nuestro interior? Oigo el sonido lejano de unas sirenas. Por lo visto, arrancan a Markus de su estado pensativo, que se incorpora sobre los codos y me mira, como si acabara de descubrir que estoy a su lado. Entonces besa uno de mis párpados y, luego, el otro.
Con mucha delicadeza.
—Realmente, deberías permitir que te protejamos. Aunque te hayas mudado…
Doy un suspiro de irritación y algo más. Me molesta que no respete mi decisión, que crea que él sabe mejor que nadie lo que necesito. Que él, que es tan joven y tiene tan poca experiencia vital, crea que necesito ayuda.
—Ya lo hemos discutido antes. No quiero agentes de policía aquí. Me sobra y me basta con un madero.
—¡Qué graciosa! —Markus suena un poco ofendido, y retira la mano de mi nuca —. ¿Es que no entiendes el peligro que corre tu vida?
Me incorporo lentamente, me pongo las braguitas y me envuelvo en la colcha de la cama. Tengo frío.
—Así son las cosas. Si dejo que él, o ella, ahora que estamos, ponga límites a mi vida, ya me habrá ganado.
—Disculpa si soy un poco pesado, pero no entiendo cómo puedes considerarlo una derrota. Desde mi punto de vista, lo único que demuestra tener en cuenta los riesgos es lo fuerte que, en realidad, eres.
—Bueno, pues perfecto, entonces acabamos de demostrar que no lo soy en absoluto. Me refiero a fuerte. Puesto que no soporto tener maderos en casa, soy débil. ¿Es eso?
—Disculpa, Siri, pero empiezas a irritarme un poco. Lo único que pretendía era ayudarte.
—¿Y a ti te parece que esta es la mejor manera de hacerlo?
Me doy cuenta de que estoy chillando.
—Pues sí, por eso te lo digo. Porque sé que es lo correcto.
—¿Y desde cuándo te has vuelto un experto en hacer lo correcto?
Ahora estoy siendo cruel. Noto cómo las ganas de ponerle en su sitio se apoderan de mí.
—¿Qué pretendes decir con esto? —pregunta Markus, al tiempo que se levanta de la cama y empieza a vestirse.
—Quiero decir lo siguiente: ¿te parece, por ejemplo, que acostarte conmigo es lo más correcto? ¿Qué crees que diría Sonja si te viera ahora?
Markus sonríe levemente con la boca medio abierta, lo que no hace más que avivar mi ira.
—¿Realmente te parece ético acostarte con una testigo? ¿En mitad de una investigación?
—Bueno, pero ¿quieres hacer el favor de tranquilizarte? ¿Desde cuándo es un delito follar?
—¿Quieres que llamemos a Sonja, y se lo preguntamos? Puedo…
—¡Estas completamente perturbada! —me interrumpe Markus, y le da una patada a una almohada que ha caído al suelo.
La almohada vuelca mi copa de vino, que también está en el suelo, a un par de metros de la cama. Oigo el crujido cuando se rompe en mil pedazos pero, por lo visto, Markus no se entera.
—¡Yo no he pedido cuidar de ti, Siri!
—¿Desde cuándo cuidas tú de mí? ¡Si casi podría ser tu madre, joder!
—Lo que, obviamente, no te impide comportarte como una maldita niñata.
Ahora Markus ha empezado a gritar, y caigo en la cuenta de que, de hecho, nunca lo había visto enfadado antes. En cierto modo, enfermizo, tal vez, lo disfruto un poco. Es tan físico… Hay algo terriblemente atractivo en su ira. Algo casi sexual. Pienso que realmente debo de estar enferma.
—¡Móntate tú misma tu maldita estantería!
Markus sale de la habitación hecho una furia y me deja sola en esta cama ridículamente estrecha.
Echo el cuerpo hacia atrás y miro por la ventana al no-día de color gris ceniza, a la noche de neón, y entonces lo decido. No es amor. Es una terapia para mi cuerpo. Una necesidad que hay que satisfacer.
Nada más.
Vuelvo a soñar con Stefan. Está moreno y fuerte, y rebosa alegría, como sólo él puede hacerlo. Pero algo no va bien. Está echado en la cama, pegado a mí, y noto su respiración contra mi mejilla a golpes fríos y húmedos. No le miro a los ojos, porque sé que lo he traicionado. Otro hombre ha compartido la cama conmigo, las manos de otro hombre han acariciado mi cuerpo. Es una felonía mayor que la muerte, una traición imperdonable.
Pero Stefan se ríe y me estrecha entre sus brazos con fuerza, hasta que mi nariz queda enterrada en su axila, y su olor me llena de felicidad. Huele a barro, a algas y a hierba. Acaricio su espalda, que es fuerte y sólo está un poco mojada, y pienso que tampoco es tan extraño que esté mojado, porque estuvo mucho tiempo en el agua.
Me levanta con sus fuertes brazos y se coloca boca arriba para que yo pueda descender sobre su vientre. Muy pronto, mi cabeza encuentra acomodo sobre su hombro derecho, húmedo y frío. Paso la mano por su cabellera mojada y retiro, distraída, unos restos de algas y hojas con los dedos. Stefan me besa delicadamente en la mejilla y me dice que hacía tiempo que no era tan feliz. «Mucho, muchísimo más feliz que nunca». Dice que lo ha pasado muy mal, pero que ahora todo volverá a estar bien.
Me despierto con un dolor en el pecho tan violento que apenas puedo respirar, y sé de inmediato qué me pasa: la culpa.
Tengo que incorporarme y concentrarme en respirar para no perder por completo el control sobre el dolor y la pena. Fue tan difícil perderlo, es tan difícil dejar que se vaya… No puedo tenerlo, pero tampoco puedo estar sin él.
¿Cuánto tiempo tendré que vivir así?
Al otro lado de las ventanas se ha hecho de noche, a pesar de que apenas son las tres de la tarde. Vuelvo a estar en las dependencias de la policía de Nacka Strand. Sonja me ha citado para un nuevo interrogatorio. Esta vez, no estamos sentadas en su despacho, sino en una estancia luminosa con paredes de un verde suave, amueblada con cuatro sillas y una mesa un poco más alta. Del techo cuelga una lámpara moderna hecha de tubos fluorescentes. En un rincón hay una cámara de vídeo montada en un trípode. Yo me siento de cara a la cámara. En la silla que tengo enfrente se sienta Sonja y, un poco detrás de ella, Markus. Es una situación extraña. Markus y yo hemos tenido una relación muy íntima y ahora estamos aquí, en la misma habitación, cada uno intentando parecer indiferente en compañía del otro. Sonja no sabe lo que pasa entre nosotros. Markus sabe que debería contárselo, pero también sabe que si lo hace, lo apartarán de la investigación, y no quiere. No quiere discutirlo. Simplemente, me pide que respete su decisión profesional y opina que no va a tener ningún efecto negativo sobre su trabajo, al contrario.
He optado por no meterme en lo que hace, aunque dudo que, en realidad, sea buena idea que continúe en la investigación. Ha dejado de ser neutral, supongo que el término jurídico que mejor lo describe sería inhábil. Y aun así, no digo nada. Tal vez porque también quiero que forme parte del equipo de investigación porque, de este modo, seguirá siendo mi contacto con lo que vaya ocurriendo. Me entero de más cosas de las que, de no ser así, me enteraría.
—Bienvenida de nuevo, Siri. Hoy, mi despacho está ocupado y tendremos que quedarnos aquí, aunque no se trata de un interrogatorio.
Sonja parece cansada. Un mechón cuelga delante de su rostro. Me pregunto cuántas investigaciones estará llevando a la vez.
—Tengo entendido que estás horrorizada por lo ocurrido.
Sonja está pensando en Ziggy. Asiento con la cabeza. No tengo fuerzas para explicarle lo mal que me siento tras la experiencia macabra. Todavía me sorprende el sadismo que este acto representa. ¿Quién quiere hacerme tanto daño? ¿Y por qué?
—Me gustaría que organizásemos una especie de paquete de protección para ti. Es decir, una alarma en caso de asalto y un teléfono móvil especial, conectado a nosotros directamente. No podemos aceptar que no dispongas de algún tipo de protección.
—Markus y yo ya lo hemos hablado.
Me doy cuenta demasiado tarde de la mueca de Markus. No quiere que cuente que hemos tenido más contacto de lo que sabe Sonja.
—¿Ah, sí?
Sonja parece sorprendida. Levanta una ceja muy perfilada y escudriña mi rostro detenidamente sin decir nada.
—Sí, cuando lo del gato, ya sabes. Markus se acercó a mi casa. Porque lo llamé…
Sonja hace un gesto de impaciencia con la mano, por lo visto cree que estoy alargando la conversación para no entrar en una discusión.
—No podemos aceptar que sigas viviendo en la casa. Tengo que pedirte que te mudes temporalmente.
—Ya me he mudado.
—No lo sabía. Pero es una buena noticia. Sin embargo, me sigue pareciendo que, teniendo en cuenta las circunstancias, necesitas más protección.
—No me interesa que me vigile un agente de policía.
—No disponemos de esta clase de recursos. —De pronto, Sonja sonríe con sarcasmo. Una débil sonrisa torcida—. Si alguien tiene que vigilarte, lo más probable es que sea un guardia de seguridad. No disponemos de suficientes agentes para proteger a todas las posibles víctimas de delitos. Tal vez podríamos arreglarlo para que pasara un coche patrulla por delante de tu casa de vez en cuando, pero si ya te has mudado, no creo que sea necesario. Estoy pensando, sobre todo, en el teléfono de aviso, para que puedas ponerte en contacto con la policía rápidamente. Y una alarma para tu apartamento.
Considero lo que eso significaría. Obviamente, la posibilidad de poder ponerme en contacto con la policía de inmediato es un alivio. Aunque no quiero vigilancia continua las veinticuatro horas del día, ya no puedo negar el hecho de que tengo miedo. A lo mejor un teléfono de aviso haría que me sintiera más tranquila. Asiento con la cabeza y farfullo que me parece buena idea.
—Muy bien, un agente te ayudará con ello. Lo más probable es que sea Stenberg.
Sonja hace un gesto con la cabeza en dirección a Markus, que también asiente con la cabeza. Él se ocupará de que esté protegida contra cualquier peligro. De pronto, mis ojos se clavan en sus manos. Esas manos. Markus me mira y, de repente, noto que él sabe en lo que estoy pensando: sus manos y lo que saben de mí. Lo que me han hecho. Lo que le han hecho a mi cuerpo.
Me sonrojo y bajo la mirada, incapaz de mirar a Markus. Intento encontrar un tema de conversación neutral.
—¿Cómo prospera el caso?
—Estamos investigando diversas pistas. Como podrás entender, todavía no queremos centrarnos en una sola.
Sonja vuelve a parecer cansada.
—¿Qué significa esto? ¿Que no sabéis nada todavía?
Mi voz es débil y ronca. Por alguna extraña razón, estoy enfadada. Atrapar a los malos es trabajo de la policía. A los gamberros. Esto ha formado parte de mi conciencia desde que era muy pequeña. La policía atrapa a los malos y protege a los débiles. El patrón siempre ha sido el mismo en un sinfín de novelas, cómics y películas que me han visto crecer.
En realidad, resulta que no es así. La policía es incapaz de dar con la persona que me persigue. La policía tampoco puede protegerme. Lo que, en parte, se debe a que no permito que me protejan. Pero la razón por la cual siento que los interrogatorios y la protección no tienen sentido cala más hondo de lo que parecía a primera vista. Siento una resignación y una desesperación muy difíciles de explicar. Nunca antes había tenido tan poca influencia sobre mi propia vida. Sólo hay un camino hacia delante, y ese camino lo ha marcado otra persona por mí de antemano. Tengo la extraña sensación de que mi destino ya está escrito, que, al igual que en una tragedia griega, voy al encuentro de mi final y que, haga lo que haga, no podré evitar acabar allí. En un plano racional, sé muy bien que mi manera de pensar es poco realista y depresiva, pero no consigo controlar los pensamientos fatídicos que rondan mi cabeza.
—Hacemos mucho, Siri.
Sonja me mira con lástima, y de pronto me avergüenzo. Sé perfectamente que la policía hace lo que puede. Al fin y al cabo, Sonja ya me ha hablado de todos los interrogatorios, de cómo han indagado en el pasado de Sara y han revisado todas mis cintas de vídeo en busca de alguna pista. Me ha hablado de las pruebas técnicas. Pero si ni yo misma sé ni entiendo quién puede odiarme tanto, ¿cómo va a saberlo la policía?
—Como tal vez ya sabrás, hemos interrogado a tus compañeros de trabajo varias veces.
Asiento con la cabeza.
—Examinamos cualquier acto delictivo en que haya habido violencia y que pensemos que pueda estar relacionado con las amenazas que has sufrido.
Vuelvo a asentir con la cabeza.
—También nos hemos puesto en contacto con el grupo de perfilación de delincuentes de la Policía Nacional. Le estamos dando prioridad a tu caso, y trabajamos desde la premisa de que corres peligro. La persona que estamos buscando ya ha cometido un asesinato. Sabemos que no ha sido un crimen pasional. Por tanto, sabemos que es capaz de planificar sus actos, y luego llevarlos a cabo. Este no es un caso común de asesinato.
Sonja se queda callada, y tengo la sensación de que le parece que ha dicho demasiado.
—Sin embargo, tengo que pedirte que consideres qué personas de tu círculo de amigos y conocidos podrían querer hacerte daño. Por muy extravagante que pueda parecerte.
Estaba muy preparado, más preparado que nunca, cuando me encontré delante de su casa con la mochila azul en la mano.
Pero…
Ya no estaba allí En realidad, ya lo sospechaba desde que empecé a acercarme sigilosamente a la casa a través del tupido bosque. Entonces lo entendí porque vi o, mejor dicho, no vi lo que esperaba ver: las ventanas iluminadas, las copas de vino medio vacías sobre la mesa de la cocina. Algún movimiento. Algún ruido.
Se ha refugiado en algún lugar. Había previsto que podía ocurrir y, en realidad, no cambia nada, porque sé cómo sacarla de su guarida y hacer que vuelva. Todo está predestinado. Ahora, lo único que debo hacer es tirar del hilo para poner en marcha los acontecimientos, darle un empujón al destino en la dirección adecuada.
Di media vuelta y volví a la carretera. Había llegado la hora de visitar a otro paciente extravagante de Siri.
Sobre la oscuridad.
Creo que la vida me ha enseñado muchas cosas sobre la oscuridad. Sobre la negrura que penetra el alma misma cuando menos te lo esperas. Es como descubrir que tus botas que creías impermeables hacen agua en mitad del riachuelo. Es la misma sensación fría y pegajosa.
A veces lo he visto en mis pacientes.
Lo he vislumbrado.
De vez en cuando nos ayudamos para entreabrir la puerta y dejar una rendija por donde esta pueda filtrarse. Pero la mayoría de las veces no lo sabes. Ves a la gente que te rodea. Parecen todos normales, hacen cosas normales, viven vidas bastante ordinarias. Resulta difícil entender la enorme cantidad de negritud que es capaz de albergar una sola persona.
Es difícil abarcarlo.
Aún más difícil es imaginarse que un amigo, o tal vez un colega, esté lleno de oscuridad. Absorbido. Controlado por toda la negrura.
Me cuesta creerlo.
La mirada de Markus se cruza con la mía desde el otro lado de la mesa. Intento asimilar lo que dice. Admitirlo. Es muy probable que se trate de alguien que conozco. Alguien que tiene un nexo con la consulta.
Estamos sentados en un pequeño restaurante vegetariano de Fjällgatan. Nunca hubiera dicho que le gustaba este tipo de comida, pero engulle literalmente los garbanzos marinados y la olla de tofu.
Los comensales empiezan a abandonar el lugar. Una mujer de algo más de cincuenta años, que lleva una túnica blanca con estampados batik y unos enormes abalorios de plata, mira alrededor con cierta confusión en busca de sus acompañantes. «Parece una psicóloga distraída», pienso.
A mi derecha, una joven con un bebé discute, indignada, con el personal.
—Debéis entender, joder, que tiene que comer.
La camarera de cabello negro y cubierta de piercings parece incómoda y habla muy rápido y en voz baja.
—Ya, pero no podemos calentar productos cárnicos en nuestro microondas. Ni siquiera comida para niños.
—¿Por qué? ¿Puedes darme una razón, aunque sólo sea una, para negarte? —le replica la madre.
—Porque huele en el horno, y entonces…
—Disculpa, pero eso es una tontería como una casa. ¿Sabes qué? Da igual, porque he perdido las ganas de comer aquí.
Veo a la chica que se levanta con el bebé apoyado en la cadera. Devuelve el pote con la comida del niño a la bolsa que ha colgado en el respaldo de la silla y abandona rápidamente el local.
Markus frunce el ceño y me mira.
—¿Estás a favor o en contra?
—¿A favor o en contra de qué? —pregunto yo.
—De la carne.
—¿De la carne? —digo yo, entre risas—. A favor o en contra… No lo sé. Tiene buen sabor.
Entonces nos ponemos serios. Markus ensarta un pedazo de zanahoria con el tenedor, pero en lugar de llevárselo a la boca, lo deja en el plato, me mira y agarra mi mano. Su semblante es serio, y yo me pregunto qué será lo que está a punto de preguntarme.
—Ya sabes, el charco de sangre de tu jardín. Sí, me refiero a la sangre de perro. La noche en que ocurrió lo de la sangre, desapareció un tío de Värmdö con su perro. Su intención era dar un breve paseo con el perro antes de la cena, pero nunca volvió a casa con la novia y el hijo. Desde entonces, nadie lo ha vuelto a ver. Vivía a unos pocos kilómetros de tu casa. Al principio, no vinculamos su desaparición con el asesinato de Sara. El tío tenía muchas deudas y, además, le era infiel a su novia con bastante frecuencia. Teníamos razones para creer que había desaparecido por voluntad propia. Sin embargo, hay algo que relaciona los dos sucesos. Tal vez vio algo aquella noche. O a alguien. A lo mejor vio demasiado…
Sacudo la cabeza y cierro los ojos con fuerza. Ya casi no me quedan fuerzas para oír más, pero Markus me agarra de las dos muñecas enérgicamente, como si con ello pretendiera transmitirme valor.
—Hay más. El día que encontraste tu gato. Los técnicos hallaron unas pisadas en la nieve de un zapato de hombre de la talla cuarenta y dos. Con las suelas gastadas. Algún tipo de zapato deportivo, aunque no pueden determinar la marca. Pero, sin duda, se trata de un hombre. Es fácil calcular el peso aproximado de una persona por las pisadas que ha dejado. No me preguntes cómo. Suponen que se trata de una persona que pesa unos ochenta kilos. Si a eso le añadimos la talla de los zapatos y partimos de la base que el hombre es de peso medio, significa que mide entre uno setenta y cinco y uno ochenta de estatura.
—¿Y no sabéis nada más?
De pronto me siento decepcionada.
—Espera un poco. —Markus me interrumpe—. Sabemos que el hombre ha estado merodeando por tu terreno, y que permaneció un tiempo relativamente largo en un mismo sitio, cerca de los grandes árboles que hay a la orilla del mar. Es muy probable que se mantuviera en calma y que nos haya estado vigilando.
—Estuvo allí. ¿Nos espiaba?
Me entran náuseas al recordar la sensación de ser observada. Markus asiente con la cabeza.
—Estuvo allí. O, al menos, estuvo alguien allí, y lo más probable es que fuera él. Aparte de esto, tenemos huellas de neumáticos de coche. Y eso es interesante. Se trata de un tipo especial de neumáticos de invierno que no se utilizan para muchos coches. De hecho, casi únicamente para algunos de los modelos más recientes de Volvo. Y, además, tenemos a un testigo.
—¿Qué tenéis qué?
—Una persona que ha visto un coche negro, probablemente un Volvo Crosscountry, alejándose por la carretera a una velocidad relativamente alta. La hora concuerda, y el testigo es fiable.
—¿Quien es el testigo?
—Ya sabes que no puedo contártelo. Si ni siquiera debería contarte esto…
Markus me interrumpe bruscamente, sacude la cabeza lentamente y, de pronto, parece cansado.
Me quedo callada y reconozco para mis adentros que he ido demasiado lejos. Markus ya ha traspasado una larga serie de límites para mantenerme informada, y yo sé que no debería preguntar más. En su lugar, asiento con la cabeza para darle a en tender que tiene razón.
—Sonja tiene razón —dice Markus de repente, y empieza a pinchar las verduras con el tenedor.
—¿Razón en qué?
Markus no contesta, y sigue pinchando la comida. Lo hace de vez en cuando. Se encierra en sí mismo y no contesta cuando le hablas. Me irrito inmediatamente por su comportamiento.
—¿Razón en qué? —repito.
Markus suspira y se pasa las manos por el pelo húmedo.
—Tiene razón al decir que he dejado de ser imparcial.
—¿A qué te refieres? ¿Por qué dijo eso? No le habrás hablado de nosotros, ¿verdad?
Mi pregunta es tan ligera como una pluma, cautelosa y, sin embargo, tiene aristas, y yo misma me doy cuenta de que mi tono de voz es acusador. Markus asiente con la cabeza y me sostiene la mirada con firmeza.
—Sí, he hablado con Sonja —dice, y aspira rápidamente el aire a la manera de Norrland.
Es una constatación inocente, pero sé lo que implica.
—Van a apartarme de la investigación.
Contemplo a Markus, que está sentado frente a mí con su jersey de punto preceptivo. Me abstengo de recordarle que ya le había advertido precisamente contra esta situación. Sin embargo, la ira va creciendo por dentro y se propaga a cada una de mis células. Esto significa que nuestra relación, o lo que sea, ya es oficial. Pero, por lo visto, Markus no se ha percatado de mi reacción.
—Todo está bien. No me van a echar, ni nada por el estilo. Sonja me ha trasladado a un caso de abusos. Una banda juvenil de Tumba le ha robado el teléfono móvil y doscientas coronas a un chico de trece años, y le ha pateado la cabeza.
Sacudo la cabeza, incapaz de poner palabras a mi enfado.
—No sé…
—¿Qué?
—Tal vez te parezca bien a ti, pero a mí no sé si me gusta.
La verdad es que no me gusta nada que Markus le haya hablado a Sonja de nosotros. Siento que lo ha dado todo por sentado. Me ha dado a mí por sentado. Como si fuéramos una pareja. Como si yo fuera suya. Así, de verdad.
—¿A qué te refieres? —Markus parece confundido.
Retiro mi mano de la suya.
—No tengo ganas de hablar de ello. ¿Podríamos hablar de otra cosa, ahora?
Markus se ha ofendido. Se echa hacia atrás en la silla y cruza los brazos.
—No te entiendo, Siri —dice.
Suelto una risa breve. Una risa estridente y fuera de lugar que corta el aire.
—Bueno, pues únete al club.
A Markus no le hace gracia. Mira efusivamente por la ventana. Disfruta de las maravillosas vistas. Mira con los dientes apretados hacia el muelle de Skeppsbron, que está envuelto en la húmeda bruma otoñal.
Y yo clavo la vista en los garbanzos, como si eso fuera a servirme de algo.
Entonces, Markus vuelve a mirarme. Ahora, sus ojos encierran algo distinto. Algo más duro. Sé que le he herido. Le he decepcionado. No sé por qué siempre tengo que estropearlo todo. ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? Pienso que estaría mejor sin mí.
Incluso para él soy una carga.
Estoy sentada en la cocina de la consulta. Aina ha adoptado, por un corto período de tiempo, el papel de Marianne, y ha decorado la estancia con candelabros eléctricos y velas rojas aromáticas que huelen a árbol de Navidad y a clavo. En el alféizar de la ventana hay una azucena que no florecerá hasta dentro de unas semanas. Por lo visto, se han introducido nuevas rutinas en la consulta, y ya nos hemos acostumbrado a que la recepción esté vacía. Creo que, cada mañana, los tres miramos de reojo hacia la mesa de Marianne con la esperanza de que haya vuelto. Pero sabemos que no está, que sigue inconsciente en una cama de hospital de Södersjukhuset.
Su ausencia es palpable. En un pequeño grupo de trabajo como el nuestro, cada uno de sus miembros se hace muy visible. Y a pesar de todo, no hablamos de ello. Poco a poco, nos hemos ido acostumbrando. Hemos enviado flores al hospital, pero todavía no la hemos visitado, aguardamos instrucciones, y hemos dejado la recepción y el archivo más o menos como ella los dejó.
Sven no muestra de ninguna forma lo que realmente opina de todo lo que ha ocurrido, de las incontables veces que la policía lo ha interrogado. Me pregunto qué estará pensando cada mañana, al subir las escaleras de la consulta. Cómo tiene que ser para él encontrarse con las miradas de Aina y mía cuando nos sentamos a la mesa de la cocina. Si acabará buscándose un nuevo local. Me doy cuenta de que, poco a poco, nuestra consulta se va disolviendo, como un terrón de azúcar en una taza de té caliente. Lo que antes fue un lugar de trabajo acogedor y cálido, caracterizado por una sensación de pertenencia, se ha convertido en un lugar indefinido y difuso.
Oigo que la puerta principal se abre y sé que es Aina que vuelve de una exposición. Entra en volandas en la cocina, con las mejillas encendidas y el pelo crepitando de electricidad estática. Trae consigo un muro de aire frío y de helada cristalina. Con un movimiento envolvente lanza una bolsa de papel marrón sobre la mesa de la cocina.
—Bollos de canela recién salidos del horno de la pastelería. ¡Coge uno!
Yo me limito a sacudir la cabeza; no tengo ganas de meterme más pastas dulces en el cuerpo.
—¿Cómo te va en el apartamento?
Me mira con curiosidad.
—Va bien, gracias. Ya sabes que te estoy muy agradecida.
—Déjalo ya —me interrumpe Aina—. Sabes muy bien que si me hubiera salido con la mía, tú te habrías ido de esa maldita casa hace ya tiempo. Cuando murió Stefan. Nunca he entendido por qué decidiste quedarte allí a vivir. Y puesto que ahora las cosas están como están, bueno, pues es lo mínimo que podía hacer por ti.
Aina abre la bolsa de papel y saca un enorme bollo de canela que empieza a engullir inmediatamente, al tiempo que se quita el abrigo, lo lanza sobre el respaldo de una silla y se deja caer sobre otra. Parece cansada. Nuestra relación también se ha visto afectada por todas las cosas que han pasado a lo largo del otoño. Aina ha estado a mi lado, me ha dado su apoyo y me ha escuchado. Incluso me ha buscado un apartamento provisional. En realidad, no pide nada a cambio, pero yo sé, no obstante, que está decepcionada conmigo. Está irritada porque no hago caso de lo que me dice. Porque sus buenos consejos no hacen mella en mí.
—¿Qué hay de nuevo en la investigación? —me pregunta Aina con la boca llena de bollo de canela.
—Nada especial. Ah, sí… Los técnicos de la policía encontraron pisadas de la persona que mató a Ziggy. Un hombre. Y alguien vio un Volvo negro ese mismo día.
—¿Un Volvo negro?
Aina deja de masticar, y su boca se queda ligeramente abierta, dejándome entrever el bollo a medio masticar y cubierto de babas.
—¿Un Volvo Crosscountry? ¿Como el que tiene tu padre?
Asiento con la cabeza y me pregunto de dónde lo habrá sacado.
—Sé quién tiene un Crosscountry negro. De hecho, estoy completamente segura de ello, porque estuve a punto de chocar con él en el aparcamiento.
Un pedacito de bollo sale disparado de la boca abierta de Aina y aterriza hecho una bola asquerosa sobre la mesa.
—¿Quién?
Aina se limpia la boca con el dorso de la mano, al tiempo que se inclina hacia mí, como si quisiera contarme un secreto, y dice en voz baja:
—Peter Carlsson tiene un Crosscountry negro.
Vijay se encoge contra el viento cortante y su fino abrigo se agita a sus espaldas como una vela rota. Hemos dejado su despacho en el instituto y paseamos a lo largo de la bahía de Brunnsviken, en dirección a Hagaparken. Hace un día espléndido. El sol brilla, por primera vez en dos semanas. El cielo es de un color azul celeste, y unas nubes finas de algodón se trasladan a toda velocidad en sentido norte. Lo único que molesta es el fuerte viento que casi nos derriba sobre el estrecho sendero. La nieve se ha derretido, dejando unos charcos resbaladizos de hielo líquido. Pierdo el equilibrio por un instante y Vijay me agarra del brazo.
—¡Ten cuidado, Siri!
Su comentario suena tan cargado de fatalidad que no puedo evitar reírme. Le he oído decir que vaya con cuidado tantas veces, que ya empiezan a confundirse en mi cabeza. Sin embargo, esta vez me veo capaz de seguir su consejo. Me concentro en poner un pie delante del otro.
Le he hablado a Vijay de Peter Carlsson, aunque no en detalle. He envuelto su relato en una nebulosa, he modificado datos y detalles, para que nadie pueda reconocerlo. La idea de romper el secreto profesional y perjudicar a un hombre vulnerable sigue atormentándome. No puedo decirle nada a la policía sin tener pruebas más contundentes pero, al mismo tiempo, no logro escapar al temor de que realmente sea Peter el asesino. No me quito sus descripciones de violencia y muerte de la cabeza. Mi miedo ha aumentado después de que Aina me contara lo del coche de Peter. Cae sobre mí como una gigantesca ola. Me hace perder la serenidad y el control. Y por eso, tengo que hablar con Vijay.
—¿Tu qué crees, Vijay?
Vijay abre los brazos y, una vez más, estoy a punto de perder el equilibrio.
—¿Qué sabemos del hombre que buscan?
La pregunta de Vijay sólo es retórica, y dejo que continúe.
—Creemos que es de mediana edad, con estudios universitarios y acomodado, Es muy organizado. Fácil de ofender. Y muy muy decidido. Es un hombre que tiene una misión.
Vijay pasea la mirada por las aguas azules de picos espumados de Brunnsviken. Parece concentrado y, al mismo tiempo, preocupado, pero no sé qué es lo que le inquieta.
—También creemos que mantenía una especie de relación asexuada con Sara. Por alguna razón, optó por no intimar con ella. El paciente del que me hablas ahora, en realidad, no encaja en el perfil. No mantiene ningún vínculo personal contigo, al menos, a primera vista. Resulta difícil encontrar un motivo que se sostenga. Si bien es cierto que tiene algún conocimiento esporádico de vuestra consulta, y que conoce a, por lo menos, una de tus pacientes, lo que me has contado acerca de sus problemas es, precisamente, lo que me hace dudar que sea él. Un hombre con la clase de pensamientos obsesivos que tú describes no es muy verosímil como autor de los delitos. Siempre y cuando no te esté manipulando, claro. A mí me suena a pensamientos obsesivos. El miedo que tiene es, más bien, a perder el control y, por alguna razón, empezar a hacer locuras que, en realidad, no desea hacer. Más o menos, como cuando una madre primeriza esconde todo tipo de medicinas y objetos peligrosos porque está obsesionada con que podría hacerle daño a su bebé. Tiene miedo a hacer daño a quien ama. Pero supongo que ya lo habrás pensado, ¿verdad?
Vijay se vuelve hacia mí y yo asiento con la cabeza como respuesta a su pregunta. Claro que lo he pensado. Pienso en las discusiones que tuve con Sven acerca de Peter Carlsson a finales de agosto. Ahora siento que de eso hace una eternidad.
—Por tanto —continúa Vijay—, la alternativa es que el hombre haya estado fingiendo todos estos síntomas. Se ha inventado la historia para asustarte. Y para acercarse a ti. Le produce placer engañarte. Las personas con este tipo de trastornos de personalidad disfrutan sintiéndose intelectualmente superiores. El hombre que asesinó a Sara alberga, por alguna extraña razón, un odio desmesurado y violento hacia ti. Un odio que es tan grande que le lleva a no recular ante nada y que le conduce incluso a lastimar a otros para hacerte daño a ti. Asesinó a Sara Matteus, disecó tu gato. Todo esto es realmente enfermizo. Para él, engañarte sería otra manera de humillarte. De acabar contigo.
Cierro los ojos y veo la cara de Peter Carlsson. Sus ojos azules y su pelo bien peinado, las uñas cuidadas, la corbata de seda. Lo recuerdo como un hombre muy desgraciado. Su dolor parecía realmente auténtico, su vergüenza y sus lágrimas, pero también su determinación, cada vez que yo acertaba con mis preguntas. No puedo creer que Peter Carlsson sea el asesino de Sara. Vijay prosigue, como si pudiera leer mis pensamientos:
—Tú no puedes saberlo, Siri. Es imposible que puedas saberlo. He conocido a asesinos que han participado en cadenas de búsqueda y han buscado niños desaparecidos que ellos mismos habían asesinado. Autores de crímenes que engañaron a agentes de policía muy experimentados. No puedes saberlo.
—Pero ¿qué debo hacer?
Mi pregunta queda suspendida en el aire que nos separa. Al principio, Vijay no dice nada, pero entonces se vuelve hacia mí.
—¿Has hablado con Markus de ello?
—Markus ha sido apartado de la investigación.
Miro al frente, porque no quiero que mis ojos se crucen con los de Vijay. Estoy esperando un comentario o una pregunta, pero él no dice nada. En cambio, noto que su mano acaricia la manga de mi abrigo. De alguna manera, Vijay ha comprendido que no es el momento adecuado para hacer preguntas.
—A lo mejor podrías hablar con él, a pesar de todo. Al fin y al cabo, sigue siendo policía, aunque lo hayan retirado del caso. Porque supongo que seguirás en contacto con él, ¿verdad?
Asiento con la cabeza para confirmar que así es. Más que nunca.
—¿Qué sabes, realmente, de Sven? ¿Por qué tuvo que dejar el trabajo, y esas cosas? —pregunto, sin mirar a Vijay.
Ya había considerado hablar con él de ello antes. Vijay trabaja en la universidad, se relaciona con gente de los círculos académicos y debería de conocer los rumores internos mejor que Aina y yo.
—¿De Sven? ¿Sven Widelius?
Vijay parece desorientado.
—¿Es cierto que le dieron la patada en la universidad?
—¿Te refieres a esa vieja historia? —Vijay sonríe un poco y enciende un cigarrillo—. Sí, lo echaron. Tuvo un lío con una estudiante de psicología. Supongo que no habría sido algo del otro mundo, si no fuera porque Sven también era el director de su tesis. Además, corría el rumor de que la chica era algo inestable.
—¿Inestable?
—Depresiva, vulnerable, no sé, la gente dice tantas tonterías…
—¿Qué pasó?
—Alguien se chivó al decano. No sé quién. Me parece que no hay nadie que lo sepa. Decían que había sido un chico que estaba loco por la muchacha. Todo el asunto fue silenciado. Sven recibió una indemnización, dejó de investigar y empezó a dedicarse a su propia consulta privada. La chica desapareció. No sé qué pasó con ella.
Vijay no dice nada más y parece pensárselo.
—Pero tú deberías de saberlo todo, Siri. Al menos, una parte.
—¿Por qué debería de saberlo?
—Porque fue mientras tú y yo estudiábamos en la facultad. Estaba en nuestra clase. Anna Svensson.
—¿Anna Svensson?
Recuerdo a una chica cohibida que empezó en nuestra clase a finales del octavo semestre y con la que intenté hablar un par de veces, pero que nunca llegué a conocer realmente.
—No la conocía, y tampoco recuerdo que corrieran rumores sobre ella. Pero, por aquel entonces, yo también estaba muy ocupada escribiendo el trabajo de fin de carrera.
—Supongo que tienes razón —dice Vijay—. En realidad, entonces no se llegó a hablar de ello. Todo lo que sé, me lo contaron más tarde. Los profesores, no los estudiantes. Sea como fuere, Sven se lo tomó muy mal. Birgitta estuvo a punto de abandonarle, y su carrera se hizo añicos. Se había propuesto conseguir una plaza como catedrático de psicología clínica. ¿Por qué me preguntas todo esto?
No sé qué contestarle. No quiero insinuar que, de vez en cuando, pienso en Sven y en la posibilidad, para mí muy remota, de que esté involucrado en el asunto. Me doy cuenta de que parecería terriblemente paranoica a sus ojos.
—Es que parece muy abatido. Pensé que, a lo mejor, estaba molesto por algo. El matrimonio, o la carrera, o, ya sabes…
—Sí, ya sé. —Vijay tose y cambia de tema de conversación—. ¿Sigues trabajando en la consulta?
—Sí, por supuesto, pero no de la misma manera que antes.
—¿Por qué? ¿Te has mudado?
—Sí, sí. Me he mudado. Después de lo de Ziggy no me atreví a seguir viviendo en mi casa. —Mi voz suena frágil, como la de un niño—. Pero pienso volver en cuanto pueda.
Vijay no dice nada y dobla el cuerpo contra el viento, da una calada profunda al cigarrillo y tira la colilla. Luego se mete las manos en los bolsillos y me mira detenidamente, antes de proseguir:
—No creo que hayas comprendido todavía el peligro al que te expones. Este tío es muy peligroso, Siri. No creo que quiera limitarse a hacerte daño, a verte sufrir. Creo que quiere matarte.
Vijay se calla y me vuelve a mirar. Repite la última frase despacio y poniendo mucho énfasis en ella:
—Creo que quiere matarte.