Te vigilo
Septiembre
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
La sumerjo con mucho cuidado en el agua, haciendo acopio de todo el control sobre mí mismo del que soy capaz. Una tristeza insondable me inunda repentina e inesperadamente. No creía que fuera a sentir nada. Ya no creía que fuera a sentir nunca nada. No realmente. Creía que estaba muerto. Ahora sé que, a pesar de todo, todavía sigue habiendo algo vivo dentro de mí. No sé si es bueno o es malo.
Poco a poco, voy soltando el frío y escurridizo cuerpo. Resbala entre mis dedos como un animal acuático en fuga, se hunde lentamente para luego volver a emerger. El cuerpo se queda flotando a un par de decímetros por debajo de la superficie del agua.
Ingrávido como una nave espacial en medio de la nada.
La tristeza todavía pesa sobre mi pecho y ahora ya sé lo que es: puedo hacer justicia, pero nunca podré recuperar mi vida.
Hubo un tiempo en que mi vida era perfecta; tan perfecta como las fotografías en las páginas brillantes y delicadas de una revista de interiorismo cara. Entonces, las pequeñas cosas tenían mucha importancia: neumáticos de invierno, cafeteras expresso, crema solar, notificaciones de Hacienda, clases de flauta dulce, vacunas.
Ella me lo quitó todo.
El camino de vuelta a mi casa en Värmdö me resulta agradable y esperanzador. La idea de mi pequeña casa roja sigue tranquilizándome y las tensiones que se han ido acumulando como una gruesa y áspera cuerda en torno a mi cuello a lo largo del día pasado en la consulta, se van aflojando poco a poco.
Cuando bajo del autobús, al fin el sol ya se ha puesto, y un viento húmedo y cálido corre sobre las rocas. En el horizonte, se ha ido concentrando un muro de nubes oscuras de color violeta sobre el mar. Creo que debería darme un rápido chapuzón vespertino porque parece que esté a punto de ponerse a llover.
La primera gota de agua cae sobre mi mejilla mientras hago equilibrios sobre las rocas resbaladizas enfrente de mi casa. El agua del mar está tibia y agradable al tacto cuando me sumerjo desde la roca redondeada desde la que me suelo bañar y que Stefan y yo solíamos llamar «el Culo de Lasse», por el padrastro de Stefan. Atravieso la ensenada a nado en dirección al pequeño embarcadero torcido que hay enfrente de mi casa.
Es entonces cuando lo veo: al principio, como un movimiento entre las olas a pocos metros de la orilla de la playa pedregosa, a la derecha del embarcadero. Al acercarme advierto que hay algo flotando en el agua. Me acerco un poco más. Con curiosidad, aunque también con cierta preocupación. El otoño pasado apareció una foca muerta flotando exactamente en el mismo lugar.
Me veo obligada a subir por el otro lado del embarcadero porque las piedras cortantes que hay en el lado derecho hacen una subida demasiado peligrosa.
Una vez aterrizo sana y salva sobre mi pequeño embarcadero que despide un aroma a alquitrán, la veo. Flota desnuda debajo del agua, con la melena rubia y suelta formando una aureola alrededor de la cabeza. Sus ojos están abiertos y su rostro casi parece reposar contra una gran mancha parda de fuco. A cada ola, su cabeza se balancea ligeramente y su cabellera se agita en un movimiento ondulante que hace que se parezca a las algas marinas que envuelven su cuerpo como una manta de color amarillo verdoso. Tiene la boca abierta y los labios han adoptado un tono azulado. Los brazos están extendidos por encima de la cabeza, como si quisiera alcanzar algo. Las manos están medio cerradas, aunque todavía se ven rastros de la laca de uñas de color verde en los dedos inusualmente pálidos y finos. El cuerpo es pequeño y delgado como el de una niña, pero las formas son de una mujer.
Es Sara Matteus.
¿Cómo se evalúa la vida de un ser humano? ¿Existe una fuerza divina que hace que el sufrimiento y el dolor se distribuyan a partes iguales entre todos nosotros? ¿Que crea justicia y equilibrio en aquello que otrora fue caos? Una infancia y una juventud duras y difíciles, enfermedad y exclusión; mucho mejor, pues a todo eso debe de seguirle una carrera llena de éxitos, un amor para toda la vida, dinero en el banco y una vejez donde se es el centro del círculo formado por hijos y nietos afectuosos.
Sé que no es verdad. Sara nunca ganará la lotería, ni conocerá al hombre ideal, ni utilizará sus duras experiencias para rehabilitar a muchachas jóvenes que se han desviado del camino. Su vida fue corta y dura y ese pensamiento me consume, hace que tiemblen mis manos y que mis ojos se llenen de lágrimas.
Estamos sentados en mi salón; yo en el sofá, con los pies recogidos debajo de mi cuerpo y la vieja manta de cuadros escoceses tapando mis piernas; enfrente de mí, sobre dos sillas de la cocina, se sientan los agentes de policía Sonja y Markus que, por lo visto, tienen paciencia, comprensión y compasión a raudales. Me escuchan pacientemente mientras relato lo sucedido, me colocan cojines en la espalda, me sirven café, y cuando protesto, Marcus va rápidamente a por el vino que pido en lugar del café.
Les he contado todo lo que sé. Mi relato debe de haber sido confuso: observaciones y recuerdos inconexos, desordenados e incompletos. Todos mezclados, amontonados en un gran batiburrillo. Que llegué a casa, que me di mi chapuzón vespertino habitual, que encontré a Sara en la orilla y que no recuerdo cómo volví a casa y llamé al 112. Que luego tuve una conversación de lo más confusa con los agentes de policía de la patrulla; que fue la primera en llegar al lugar de los hechos; que, simultáneamente, acordonaron mi pequeña casa con una cinta de plástico de rayas azules y blancas.
Lo histérica que me puse y cómo lloré apoyada en el hombro de uno de los agentes mientras la otra, una mujer joven y rubia, llamaba a la brigada criminal y a algo que llaman médicos MDA, la unidad de médicos forenses.
No entendí del todo aquello del médico. ¿Para qué querían un médico si Sara estaba tan incontestablemente…, muerta?
—Es decir, que era una de tus pacientes —empieza diciendo Sonja, después de haberme procurado una copa más del agrio vino de cartón.
—Sí.
Intento contestar a las preguntas de la manera más clara de la que soy capaz y dando a entender que pueden confiar en mí, pero mi voz no me obedece. Suena hueca y débil.
—¿Por qué se visitaba Sara contigo? Quiero decir, supongo que tendría algún tipo de problema psíquico.
—Sara había sido diagnosticada por una enfermedad psiquiátrica, sufría trastornos fronterizos de la personalidad o, como hay quien prefiere llamarlo, un trastorno de la personalidad emocionalmente inestable.
Es Sonja quien hace las preguntas. Ella es quien ostenta el cargo superior. Una mujer de cabellos oscuros, de mediana edad, delgada y nervuda, poseedora de una autoridad natural. Sin embargo, sus maneras denotan cierto estrés. Las palabras salen de su boca de forma precipitada y traicionera, como las aguas rápidas y poco profundas de un río caudaloso. Parecen inofensivas, pero sabes que si no te andas con cuidado, te llevarán consigo.
Se lleva un mechón de pelo oscuro y deslucido detrás de la oreja. Me pregunto cómo debe de ser trabajar con la muerte.
Con la maldad. Con la desgracia. Si se le nota en la cara, en las arrugas de su frente, en la línea dura alrededor de su boca, en su manera de cerrar los puños hasta que se entrevén los huesos blancos cuando me mira fijamente y me sostiene la mirada.
Markus toma notas. Es joven, parece que tenga veinte años, pero supongo que debe de ser mayor. Pelo rubio y rizado, un rostro aniñado y abierto. Como el de un querubín. Ojos de color azul claro que no paran de mirarme. Pero su cuerpo es compacto, como el de un deportista. Brazos bronceados, musculosos y nervudos, hombros anchos.
—Supongo que sabes que se puede anular el secreto profesional de un paciente cuando es objeto de una investigación criminal. Y esto es precisamente una investigación, puesto que Sara ha… muerto.
Sonja vacila antes de pronunciar la última palabra, como si fuera peligrosa y hubiera que decirla con gran cuidado y respeto.
—Lo sé —contesto yo.
Al contrario de lo que la gran mayoría de gente cree, el secreto profesional tampoco hay que respetarlo si un paciente te cuenta que él o ella ha cometido un delito que podría dar lugar a una pena de cárcel de más de dos años. Tan sólo los sacerdotes están obligados a guardar la confidencialidad por completo.
—Háblame un poco más de los borderliners —me anima Sonja.
—Muy bien, supongo que ya sabes todo esto, pero como ya he dicho, el trastorno borderline es un trastorno límite de la personalidad. La persona típicamente borderliner es una chica. Suele ser emocionalmente inestable y, a menudo, autodestructiva. Mantiene relaciones inestables pero muy intensas, muchas veces es activa desde un punto de vista sexual y, en algunos casos, también tiene tendencia al suicidio. Aunque Sara realmente no era una suicida.
Me doy cuenta de que suena como si recitase el texto de un manual de psiquiatría y me tomo un sorbo más de vino para así acallarme.
—¿Y qué comporta todo esto en la práctica? —me pregunta Sonja, y lanza una mirada sesgada al reloj que lleva alrededor de su muñeca tendinosa.
Le pongo brevemente al día del historial clínico de Sara. Recorro su vida, desde el momento en que la colocaron en una familia de acogida y las agresiones sexuales que allí sufrió, hasta su costumbre de infligirse cortes a sí misma.
—En realidad, ¿por qué estas chicas se hacen cortes a ellas mismas? —pregunta Markus en su acento cantarín de Norrland.
Es la primera vez que dice algo desde que iniciamos la conversación, y me fascina oír lo suave que es su voz, exactamente como su rostro.
—Para calmar la ansiedad, o tal vez para atraer la atención de los demás. Porque están llenas de odio hacia sí mismas. También hay quien dice que se ha puesto un poco de moda infligirse cortes. Y no todos los que se cortan tienen una problemática de trastorno límite de la personalidad. Ahora mismo, puedes aprender cómo hacerte los cortes en la red. Si una chica lo prueba, su amiga también quiere probarlo. Pero en este caso no estamos hablando de trastornos límite de la personalidad, desde luego.
Marcus asiente con la cabeza. No tiene el aspecto de un agente de policía. Parece demasiado joven. Pero, por otro lado, tampoco sé el aspecto que tiene un policía de la brigada criminal, hasta ahora nunca me habían interrogado de esta manera. Es cuando me doy cuenta de que eso es precisamente lo que hacen, interrogarme, aunque lo adornen con una capa de empatía y amabilidad.
—¿Es decir, que tu cometido era curar a Sara de esa cosa del trastorno borderline? —dice Sonja, examinándome con la mirada.
—No, curar no. El trastorno borderline no es un resfriado. Se trata más bien de alcanzar un comportamiento funcional. Para poder manejar los sentimientos dolorosos. Estábamos trabajando para eliminar su comportamiento autodestructivo. O sea, intentar que dejara de infligirse cortes a sí misma —le aclaro—. Nosotras… yo… intentábamos hacer que su vida fuera más, ¿cómo lo diría?, manejable.
Markus hace una anotación en su libreta.
—¿O sea, que todos tus pacientes tienen este tipo de… —Markus vacila—…, este tipo de problemática borderline?
Parece contento de saber manejar la terminología.
—No, no, no es nada corriente, este trastorno. La mayoría de los que acuden a mí padecen trastornos de ansiedad. Pueden tener miedo de cosas muy dispares, a las arañas, o a la sangre, o a cosas así. Algunos padecen de fobia social, sufren ataques de ansiedad cuando se encuentran en situaciones sociales. Otros padecen crisis de pánico. Yo trabajo con algo a lo que llamamos terapia cognitiva conductual. Simplificando, podríamos decir que no trabajo tanto para aclarar por qué la gente tiene problemas, sino que, en su lugar, me centro en buscar la manera de solucionar el problema. Por lo general, trabajamos con ejercicios prácticos. Pongamos por caso que tú tienes miedo a, por ejemplo, las arañas. Entonces deberás entrenarte para poder sostener una araña en la mano, y así con todo. A esto lo llamamos exposición. Bueno, y luego tengo un grupo de pacientes depresivos y algún que otro con trastorno alimenticio.
Markus y Sonja asienten con la cabeza, como si las depresiones y los trastornos de ansiedad fueran el pan de cada día para ellos, y a lo mejor es así. ¿Qué sabré yo del trabajo de un policía?
—¿O sea, que Sara no era una persona normal? —dice Sonja, y ladea la cabeza.
—¿Qué quiere decir normal? No, desde luego no era normal desde un punto de vista psiquiátrico. Pero es que normal es un concepto relativo, no es absoluto. ¿O tú qué crees? Las personas que tienen dos o tres desviaciones estándar de la media son, por definición, normales. Eso no quiere decir que lo normal sea lo mejor. ¿Vosotros creéis que todos los grandes compositores, escritores y artistas eran normales? ¿Acaso creéis que ha sido la gente normal la que ha impulsado la civilización hacia delante?
Me doy cuenta de que mi tono de voz es agresivo, sin que, en realidad, esa sea mi intención, pero es que es desesperadamente importante para mí que no reduzcan a Sara a un mero caso psiquiátrico, asocial e inadaptado.
—Sara era una chica inteligente y divertida —digo con una voz apenas audible.
—Entiendo —responde Markus, y me mira atentamente.
Por un instante, me siento segura de que así es.
De pronto, nos quedamos sin decir nada, y yo echo una mirada hacia mi jardín, donde los técnicos forenses todavía siguen trabajando. Son dos hombres barbudos de unos cincuenta y cinco años, con botas con cordones, pantalones de policía y camisetas que se les han hecho demasiado pequeñas y que aprietan alrededor de sus barrigas orondas. Se parecen tanto entre ellos que podrían ser hermanos, y me recuerdan a un presentador de televisión que conducía un programa de coches en mi infancia.
Ha parado de llover, se ha ido el sol y ha empezado a anochecer. Los calambres habituales y de sobra conocidos se propagan en mi pecho.
—¿Cómo era la relación que mantenías con Sara? Quiero decir, si os veíais en privado, o así —prosigue Sonja.
—Nunca, sólo nos veíamos en las sesiones de terapia. Pero nos caíamos bien mutuamente —añado.
—¿Sabía Sara dónde vivías?
—Desde luego que no. Nunca les damos información ni datos privados a nuestros pacientes y, además, mi número de teléfono es secreto.
—¿Quién pagaba por el tratamiento de Sara? Teniendo en cuenta lo que me has contado de sus circunstancias, me cuesta imaginarme que se lo pagara ella misma.
Sonja tiene razón. Sara nunca se hubiera podido permitir pagar la terapia ella misma. La mayoría de mis pacientes disfruta de una economía saneada. Algunos, muy pocos, reciben una ayuda social para poder hacer terapia. Hay algo tremendamente injusto en ello. Existen terapias eficaces, pero tan sólo una minoría de privilegiados tiene acceso a ellas.
—Sara tenía un asistente social muy comprensivo —contesto—. A la persona de contacto de Sara en el ambulatorio psiquiátrico le pareció que debería participar en un proyecto para chicas con trastorno borderline que, resumiendo, pretende ofrecerles una terapia cualificada, realizada por psicoterapeutas especializados en este trastorno. Pero, al final, decidieron que Sara funcionaba demasiado bien para participar en él. Precisamente porque no tenía tendencias suicidas. Es decir que no bastaba con que se autoinfligiese cortes. Sin embargo, los del Departamento de Asuntos Sociales pensaron que Sara debería poder acudir a una terapia parecida a la del proyecto, a pesar de que yo no tengo las mismas calificaciones que sus terapeutas. Por eso, Sara terminó en mi consulta. El departamento me paga.
—¿Tienes alguna idea de cómo acabó Sara en el agua enfrente de tu embarcadero?
Niego con la cabeza en un gesto triste y observo a Sonja. Su mirada es insondable.
—Siri, tengo que preguntártelo. ¿Dónde estabas entre las tres y las cinco de la tarde?
La miro sorprendida.
—Nunca creí que alguien me haría esta pregunta. Entre las tres y las cinco — digo, mientras rebusco en mi mente—. Estuve en una sesión con una paciente, con Anneli Malm.
—¿Hay alguien que pueda corroborarlo de alguna manera?
Me encojo de hombros.
—Mis colegas estaban allí, Anneli también. O sea, que sí.
De pronto lo recuerdo.
—Suelo grabar todas mis sesiones. La hora y la fecha quedan registradas automáticamente. Si queréis, podéis repasar mis grabaciones.
Sonja asiente con la cabeza y se incorpora en el asiento, a la vez que junta las manos en un gesto que, yo interpreto, es para señalar que está a punto de decir algo muy importante.
—Siri, ¿estás segura de que Sara no tenía tendencias suicidas?
—Absolutamente —contesto—. Además, ahora mismo todo le iba muy bien. Había dejado de cortarse los brazos y había conocido a ese hombre del que ya os hablé antes.
Me quedo callada, hay algo que aún está por decir, algo tácito entre Sonja y Markus. Ellos saben algo que tiene que ver con Sara y que no me han querido desvelar y, sin embargo, lo presiento. Sonja mira a Markus furtivamente y suspira.
—Hay indicios de que puede haberse tratado de un suicidio. Hay ciertas cosas que parecen indicar que Sara se ha…
Sonja vacila un instante, busca la manera adecuada de decírmelo, como si esa manera existiese.
—Como decía, hay indicios que nos llevan a pensar que Sara no se ahogó por accidente.
—¿Cómo por ejemplo qué?
—Se había cortado los brazos.
—Sara siempre se cortaba los brazos —digo, y me paro a pensar antes de decir nada más—. ¿Y las heridas? ¿Podrían ser mortales por sí mismas?
—No puedo contestarte a eso. Tendremos que esperar a que el forense se pronuncie.
—De todos modos, no es ninguna novedad que se haya cortado. Eso no tiene por qué significar que se suicidó.
—Bien, pero hay más. Encontramos una carta de despedida. Estaba sobre las rocas, al lado de su ropa.
—¿Una carta de despedida?
—Sí. Lo siento mucho, pero ahora mismo no te la puedo mostrar, pero en la carta dice que tú eres…
Sonja vacila y mira rápidamente a Markus de reojo.
—En la carta dice —vuelve a empezar Sonja— que la terapia es la razón por la que ha decidido suicidarse.
—No entiendo…
Mi voz no es más que un susurro.
Markus se pone en pie y se sienta titubeante a mi lado sobre el viejo sofá de lana. De pronto parece cansado. Cansado como un policía. A la manera cansado-de-ver-tanta-miseria. A pesar de su edad. Con mucho cuidado, me sube la manta y envuelve mis hombros con ella.
Sonja continúa sin vacilar ni titubear ante la verdad. Ahora habla muy rápido: las palabras salen silbantes de su boca como balas de una ametralladora; imprevisibles, dolorosas, imposibles de esquivar.
—Escribe que tu terapia la ha llevado a darse cuenta de lo enferma que está. Que nunca se pondrá bien, y que ha hecho daño a demasiada gente. La verdad es que escribe mucho sobre vuestras sesiones, con mucho detalle de lo que habéis hablado cuando os habéis visto. Incluso llega a dar la fecha de algunas de vuestras conversaciones.
Sonja vacila un segundo y se frota las sienes, pero por lo visto decide que podré soportar escuchar el resto de lo que tiene que contarme.
—Termina la carta diciendo que se quita la vida por respeto a sus familiares y allegados, y porque ha comprendido que su vida no tiene sentido, que quiere darte las gracias por haberla ayudado a darse cuenta.
Oscuridad.
De pronto, todo se torna negro y tardo un rato en darme cuenta de que estoy llorando y que he hundido la cara en la manta con tanta fuerza que he dejado fuera toda la luz. En la distancia oigo que Markus me pregunta cohibido si hay alguien a quien quiero que llame. Y no estoy segura, pero creo que le doy el número de teléfono de Aina.
Quiere darme las gracias por haberla ayudado a entender que su vida no tiene sentido. Las palabras resuenan en mi cabeza, mientras estoy allí echada, en el sofá, agarrada convulsivamente al cojín. Recuerdo un artículo que leí en el periódico Svenska Dagbladet sobre los conductores de metro de Estocolmo y lo duro que es para ellos tener que enfrentarse a todos los suicidas que saltan delante del tren. Lo más duro de todo, decía el artículo, es cuando el conductor se encuentra con la mirada del suicida, que incluso, en alguna ocasión, llega a sonreír. Como en un intento de establecer unos lazos mudos entre la víctima y el verdugo involuntario. Quiere darme las gracias por haberla ayudado a entender que su vida no tiene sentido.
Llega Aina. La oigo hablar con Markus delante de mi casa. Hablan en voz baja y a un ritmo acelerado, como si no quisieran que yo oiga lo que dicen. La voz de Markus es tranquila. La de Aina, chillona. Entonces noto la mejilla de Aina contra la mía y ella me dice que todo irá bien. Me gustaría tanto creerla…
No hay culpa.
No hay vergüenza.
No hay arrepentimiento.
Pero tampoco hay verdadera satisfacción. No hay la redención que yo esperaba y, tal vez, incluso esperaba que hubiera. Tan sólo la aflicción dolorosa en mi pecho.
Pero, a pesar de ello, he dado un paso más hacia la meta, he conseguido una pieza más del rompecabezas, que es el gran plan que he orquestado minuciosamente.
Echo un vistazo por la pequeña habitación que es la mía. Por las paredes desnudas y el escaso mobiliario. En el suelo, delante de la mesa, yace él. Vislumbro la curvatura del cuerpo bajo la vieja manta con la que lo he cubierto. Sobre la mesa están los libros, completos, con todas las instrucciones detalladas. Parece mentira todo lo que llegas a encontrar en la biblioteca.
He dejado todo lo demás que voy a necesitar sobre la mesa. Colocado en una pulcra hilera sobre el mantel de plástico provisional. Botellas de plástico, bidones, herramientas cuyo acero reluciente refleja el frío brillo de la lámpara del techo.
Sospecho que esto tampoco me traerá la paz que busco, pero eso ya ha dejado de tener importancia.
El plan ha adquirido vida propia, hace tiempo que se ha vuelto más importante que el objetivo final.
Mis colegas están sentados en torno a la mesa sin decir palabra. Aina tiene la mirada perdida en la nada y Marianne ha bajado la suya al regazo, donde descansan sus manos. Las cierra y las abre, las cierra y las abre sin cesar. Parece un conjuro.
Sven toma mi mano y me sostiene la mirada.
—Siri, tú sabes que no fue culpa tuya. Sara estaba enferma. Nos pasa a todos, antes o después. No es tan extraño perder a un paciente.
No queda nada del Sven flirteante en su mirada, sólo un colega mayor, protector y amable. Y no aparta la mirada. De pronto me siento indeciblemente contenta y agradecida porque Sven existe. Estrujo su mano seca y cálida e intento sonreírle, pero no lo consigo. Y es que no puedo contarle que ya me había pasado antes. Una vez no quiere decir nada, pero ¿dos veces?
—Coge otro pastelillo —intenta animarme Marianne, sin éxito. Las delicias de limón de la pastelería de Folkungagatan se quedan en la bandeja.
—Esta semana me haré cargo de mis pacientes como de costumbre —digo, y miro a Marianne con una calma estudiada, pero no la acabo de conseguir. Me doy cuenta de que mi voz tiembla.
Marianne asiente con la cabeza y mira furtivamente hacia Sven, como buscando su aprobación, pero este parece dudar.
—¿Estás segura, Siri? Delante de nosotros no tienes por qué hacerte la héroe. Tómate un par de días de fiesta, venga —propone Sven, y me mira sin decir nada más.
—No —le contesto—, realmente creo que lo mejor para todos ahora mismo es que siga mi rutina de siempre.
Me levanto, me acerco al fregadero y enjuago mi taza de café, señalando de esta manera que la decisión ya está tomada. Dejo la taza en el escurreplatos y me vuelvo hacia la mesa, a la vez que me apoyo contra el borde del fregadero. Intento parecer tranquila. Dueña de mí misma.
Como por una señal, Marianne se pone en pie, se sacude las migas de las anchas caderas y abandona la cocinita. Ahora ya sólo quedamos Aina, Sven y yo.
Un silencio no demasiado agradable se extiende por la estancia. Aina mira a Sven de reojo y luego baja la mirada hacia la mesa. Sven carraspea, se frota las manos contra los pantalones de pana de color óxido y me mira detenidamente.
—Mira, Siri, voy a ir al grano: creo que bebes demasiado. Aina me contó lo de tu detención por conducir yendo bebida.
Abro los ojos de par en par y miro a Aina, pero ella no corresponde mi mirada, sino que empieza a mover las migas de un lado a otro de la mesita con los dedos. De izquierda a derecha. De derecha a izquierda.
—Siri, sé muy bien de lo que hablo. Hace muchos años, de hecho, mucho antes de que llegara aquí, yo tuve ese mismo problema. Incluso llegué a ir borracho al trabajo. Bueno, a ver, quiero decir que nadie ha dicho que vengas borracha al trabajo, pero…
Le interrumpo:
—Esto es completamente absurdo, ¡joder! Yo no soy ninguna alcohólica, y eso lo deberías saber tú muy bien, Aina. Al fin y al cabo, eres tú quien se emborracha hasta las trancas cada fin de semana. Y quien se folla a todo el que se mueve. Por cierto, ¿cómo se te ocurrió la brillante idea de escamparlo por toda la consulta? ¿Y qué pasa contigo, Sven? Si hay alguien que tiene problemas con el alcohol aquí, ese eres tú, ¡maldita sea!
—Siri —dice Sven en voz baja—, es normal que lo niegues. Tampoco es tan raro que intentes justificar tu comportamiento delante de la policía. Aina sólo me lo contó desde la amistad, por consideración hacia ti. Para ayudarte a ti. Y a los pacientes. Sea como sea, los dos estamos convencidos de que lo mejor sería que te tomaras un respiro. Que reflexionaras seriamente acerca de tu problema con la bebida. Que superaras la muerte de Sara. Si quieres, podemos hacernos cargo de tus pacientes durante un par de semanas. Hazme caso, no hay nada raro en ello.
—¡No! —le grito con voz chillona y demasiado alto—. ¡Nooo, tengo que seguir trabajando! ¿No os dais cuenta? Si es precisamente aquí donde está el problema. ¡Esto es precisamente lo que él pretende que haga! ¡Que deje el trabajo!
Aina y Sven intercambian miradas de preocupación cuando menciono al hombre que no tiene nombre. El hombre que tal vez no existe. Veo en sus caras que están considerando si me estoy volviendo completamente loca, o si me niego, con la terquedad de un idiota, a abandonar la mentira que ellos creen que me he inventado como escudo ante la vida.
Seguir trabajando.
Hay tantas cosas por hacer, tantos aspectos prácticos que tengo que solucionar… Los familiares de Sara. Debería preguntarle a la policía si ya les han informado de la muerte de Sara y, en ese caso, si quieren hablar conmigo. Una familia destrozada. Sé que el contacto que Sara ha mantenido con la familia en los últimos años ha sido muy esporádico. Los padres se divorciaron poco tiempo después de que Sara se hubiera escapado de la casa de la familia de acogida. El padre se mudó a Malmö donde rápidamente conoció a otra mujer. Tienen dos hijos. Según Sara, viven juntos en un idilio feliz en uno de los barrios residenciales más exquisitos de la ciudad, y no había que desbaratar el idilio bucólico, así que esa hermanastra fracasada, con los brazos y las piernas cubiertos de dibujos en zigzag, no era bienvenida en su casa.
La madre de Sara vive en un pisito del distrito de Vällingby. Sara me contó que su madre había empezado a beber bastante en los últimos años, pero que todavía es capaz de mantener el trabajo en la Seguridad Social. Sé que la madre de vez en cuando le prestaba dinero a Sara, pero que, por lo demás, el contacto que han mantenido ha sido escaso. Si exceptuamos el intento fallido de celebrar la víspera de San Juan juntas.
Un terapeuta puede, en el mejor de los casos, ayudar a la gente. Para que estén mejor; para que se recuperen después de haber vivido alguna experiencia dura; para que abandonen ciertas conductas destructivas y pensamientos obsesivos; pero el requisito primordial es, al fin y al cabo, no hacerle daño a nadie.
¿No debería yo haberlo entendido antes, no debería de haber hecho algo para detenerla? ¿Acaso mi propia incapacidad para prever la muerte de Sara me convierte en una pésima terapeuta? ¿Acaso mi falta de comprensión me convierte en cómplice culpable, en su verdugo involuntario? Quería darme las gracias por haberla ayudado a entender que su vida no tiene sentido.
Con un rápido movimiento del brazo barro la mesa, y la bandeja de los pasteles cae al suelo. Ante los pies de Sven y Aina se mezclan pedazos de porcelana con las delicias de limón despedazadas.
Fecha : 6 de septiembre
Hora: 13.00
Lugar: La habitación verde, la consulta
Paciente: Charlotte Mimer
Charlotte carraspea discretamente y me doy cuenta de que he permanecido en silencio demasiado tiempo. Espera un comentario mío respecto a sus anotaciones, y yo murmuro algo positivo y halagüeño. Porque Charlotte realmente ha hecho progresos. Ha conseguido mantener el control sobre la comida y reducir la actividad física obsesiva a la que había sometido su cuerpo anteriormente.
Está sentada tranquilamente frente a mí, con sus manos delicadas y bien cuidadas sobre el bolso que guarda en el regazo. Sin embargo, yo sólo veo el cuerpo muerto y descarnado de Sara que las olas mecen lentamente. Aina y Sven tienen razón. Debería tomarme un par de días de fiesta. Dedico toda mi energía a intentar estar presente durante la conversación con Charlotte y, aun así, no consigo demostrar un verdadero interés por ella.
—He estado pensando en algo —dice ella, vacilante—. Por primera vez en mi vida siento que realmente pongo en duda la manera en que soy recibida y tratada por los demás.
Charlotte tabalea con las uñas contra su bolso.
—Estoy orgullosa por haber elegido apostar por mi trabajo. Estoy orgullosa de mi capacidad para trabajar. Pero me cuestiono mi papel de mujer. Las exigencias que se le plantean a una mujer en nuestra sociedad.
Charlotte parece profundamente preocupada, y me doy cuenta de que, de pronto, ella ha empezado a plantearse cosas que antes había dejado a un lado conscientemente.
—Soy la jefa de marketing más cualificada de la compañía. De hecho, trabajo muy duro. Pero aun así, parece que no es suficiente. Mis colegas masculinos tienen más poder y un sueldo más alto que yo, y estoy harta de siempre tener que gritar para que me escuchen.
Charlotte se interrumpe a sí misma, y veo que parpadea varias veces. Vuelve a tener el cuello encendido, tal como suele pasarle cuando se enfada, y sus dedos no paran de tabalear, cada vez más rápido.
—Quiero decir… Siempre había pensado que estaban equivocadas las mujeres que hablaban del techo de cristal y del mundo de los hombres. Siempre había creído que era mi rendimiento en el trabajo el que contaba. Y ahora me doy cuenta de que… me equivocaba. Los tíos me adelantan, a pesar de que yo rindo más. Juegan al golf con el jefe y se van a la sauna con la dirección y no sé qué coño más.
Charlotte Mimer está enfadada. Sus mandíbulas están apretadas fuertemente y entorna los ojos mientras habla. Toda su actitud indica rabia contenida. Nunca había visto su ira tan de cerca. Tampoco sé qué decir. Supongo que Charlotte tiene razón. Lo que dice es cierto. Las mujeres estamos marginadas. Incluso yo lo veo, como terapeuta. Veo cómo se ignoran y se olvidan los problemas de las mujeres jóvenes. Veo que faltan ofertas de tratamiento dirigidas a las chicas. Que los escasos recursos de las escuelas se destinan a atender a los chicos ruidosos, mientras que se espera que las chicas se las arreglen por sí solas. Ellas se ven obligadas a navegar en una adolescencia tan cargada de exigencias y contradicciones que resulta casi una misión imposible. Vuelvo a ver el rostro pálido de Sara Matteus. Ojalá alguien hubiera tratado a Sara a tiempo. Ojalá la hubieran ayudado desde pequeña. Por eso asiento enérgicamente, animando así a Charlotte a que siga.
—El problema es que no sé qué debo hacer.
De pronto, Charlotte parece cansada.
—Si empiezo a discutir esto con mi jefe, pronto me tomarán por una buscabroncas, y ya me puedo ir olvidando de todo lo que tenga que ver con mi carrera. Y tendré que empezar de nuevo… como vendedora telemática.
Su semblante revela que, para ella, este destino sería peor que la muerte. Algo que ni siquiera le desearía a su peor enemigo. Charlotte debe de haberse dado cuenta, por la expresión de mi cara, de lo que pienso, a pesar de que estoy acostumbrada a ocultar mis propios sentimientos y opiniones, porque de pronto sonríe.
—Ya lo sé —dice—. No hay nada malo en ser vendedora telemática.
El comentario es tan absurdo que las dos empezamos a reír.
—Pero… —Charlotte vuelve a vacilar—. A ver. Ya sé que debería hacer algo. No debería dejarlo pasar así como así. No debería…
Todo su lenguaje corporal parece indicar que está tomando impulso para lanzarse de cabeza. Está reuniendo fuerzas para decir algo que antes sólo se atrevía a pensar.
—A veces pienso que la terapia me hace más mal que bien.
Charlotte mira por la ventana al decirlo, y yo me doy cuenta de que no me quiere mirar. No quiere encontrarse con mi mirada.
—Antes, todo estaba bien. Quiero decir, no es que estuviera bien, no todo, pero era aceptable. No reflexionaba demasiado sobre si estaba bien o mal, la verdad. Si hacía lo correcto, o estaba equivocada. Simplemente… pues eso, estaba. Estaba en lo mío. Ahora lo cuestiono todo. Mi trabajo, mi papel en la empresa, mis jefes, mi feminidad, mi sexualidad.
Charlotte suspira; las manchas rojas en su cuello se extienden hacia el modesto escote y su frente empieza a brillar como una película casi invisible sobre la delicada piel, por culpa de las finas gotas de sudor que la cubren.
—Y además, estoy tan condenadamente cabreada… Estoy furiosa. De hecho, lo estoy todo el tiempo. Cabreada y decepcionada de mí misma por haber permitido que se escurra la vida entre mis manos. Estoy enfadada con mis colegas. Con mi madre. Con mi padre. Y contigo. Estoy tan condenadamente enfadada contigo porque has sido tú quien ha puesto todo esto en marcha.
Se me queda mirando un buen rato sin decir nada, y yo intento descifrar lo que veo en sus ojos: ¿acaso es resignación? O tal vez otra cosa, tal vez sean los años de rabia contenida que de pronto brotan como agua sucia de un desagüe rebosante.
Se ha hecho de noche. Al fin, el verano ha soltado a su presa y Estocolmo está cubierto de un fino manto de llovizna que el viento del oeste impulsa sobre el mar. Estoy sentada en el feo sofá de color mostaza, envuelta en una toalla, enfrente de las puertas de cristal de mi salón, mirando hacia el mar grisáceo que se extiende ante mis ojos. Aina está sentada a mi lado. No decimos nada. Nuestros trajes de baño están tendidos en medio de la lluvia sobre los muebles de jardín blancos y descascarillados que hay al otro lado de la ventana.
Aina lleva viviendo en mi casa desde hace una semana. La he perdonado, pero no he olvidado que le ha hablado a Sven de mi vida. Ahora, todo vuelve a ser como de costumbre. Al menos, en la superficie.
Ha acudido en mi socorro, sabe el miedo que le tengo a la oscuridad. También quiere que nademos cada día. Sé que sospecha que, de no hacerlo así, nunca volveré a bañarme en la ensenada. Hago lo que me dice, pero sin entusiasmo.
Hace ya tiempo que los técnicos forenses y los coches patrulla desaparecieron, y en la playa no ha quedado ningún rastro de lo ocurrido. Sara murió sin dejar huella, pienso, y me levanto y empiezo, en un acto reflejo, a encender todas las luces porque ha empezado a oscurecer. Aina toma posición medio desnuda sobre la alfombra de nudos y se dispone a hacer los ejercicios de yoga que practica cada noche.
Me voy a la cocina a por una copa de vino cuando de pronto oigo que hay alguien llamando a la puerta. ¿Quién será a estas horas de la noche? Agarro el viejo albornoz de rizo de color azul oscuro de Stefan y avanzo lentamente hacia la puerta.
—¿Quién es? —pregunto.
—Soy Markus Stenberg, de la policía —responde una voz suave desde el otro lado de la puerta.
Me ajusto el albornoz alrededor de la cintura, lanzo una mirada hacia Aina, que parece entenderlo todo, y entro en el dormitorio para coger algo que ponerme. Abro la puerta con cautela y miro hacia la penumbra que asoma por la puerta. Ahí está Markus, en medio de la lluvia. Tiene el pelo mojado, y una vez dentro, puedo oler su jersey de lana húmedo.
—Disculpa que no te haya avisado por teléfono, pero me gustaría hablar contigo. ¿Me dejas entrar?
Markus parece cohibido, y echa una mirada de soslayo a mi albornoz.
—Por supuesto —digo yo, y le hago pasar, señalando con la mano hacia el salón —. Aina y yo acabamos de volver de darnos un chapuzón.
—¿Puedo sentarme? —dice él, señalando al tiempo el sofá.
Asiento con la cabeza y me siento en posición de loto sobre la alfombra que acaba de dejar Aina. No tengo ningún sillón y no quiero sentarme a su lado. Aina entra en el salón y saluda a Markus con un gesto de la cabeza, al tiempo que se sienta a mi lado.
Markus carraspea y parece algo incómodo al vernos a nosotras, dos mujeres medio desnudas, sentadas en el suelo.
—Sara no se suicidó —empieza diciendo con su acento cantarín de Norrland, al tiempo que sostiene mi mirada y se atusa el pelo corto y ondulado.
»Hoy recibimos el informe preliminar del médico forense. Sara no tenía agua en los pulmones, lo que quiere decir que ya estaba muerta cuando la metieron en el mar. También le infligieron los cortes en las muñecas post mortem. Además, la habían hinchado a tranquilizantes. Benzodiazepina —dice Markus con el semblante adusto —. Y alcohol. El cadáver también mostraba señales de estrangulamiento. Sara fue asesinada.
No sé qué decir. ¿Alguien asesinó a Sara? El asesinato me resulta, si cabe, más impensable que el suicidio. Quiero decir algo, pero no logro que me salgan las palabras.
—Pero ¿quién querría asesinar a Sara? —pregunta Aina por mí.
Markus se encoge de hombros.
—Hay muchas razones para querer matar a una persona —dice Markus con voz cansina.
En cierto modo, el comentario parece fuera de lugar, viniendo de ese tío joven que está sentado en mi sofá.
—No me creeríais si os dijera el poco valor que tiene la vida de un ser humano para cierta gente. Sea como sea, ¿sabéis si Sara se sentía amenazada de alguna manera?
Sacudo la cabeza, negándolo.
—En absoluto.
—¿Tenía enemigos? ¿Algún exnovio celoso, por ejemplo?
Vuelvo a negar con la cabeza, esta vez con mayor lentitud, mientras rebusco en mi cabeza algún hilo conductor que pueda explicarme por qué alguien podría desear la muerte de Sara, pero no se me ocurre nada.
—Tenía un nuevo chico o, mejor dicho, un hombre. Sara se sentía algo confundida con la relación que mantenían. El tío en cuestión se preocupaba mucho por ella, pero no quería… —Vacilo, y siento como si estuviera traicionando la confianza de Sara. Sin embargo, continúo—: Él no quería acostarse con ella.
—¿Sara le tenía miedo? ¿Se sentía amenazada?
—No, creo que simplemente estaba confundida.
—¿Sabes quién es, cómo se llama?
Me quedo pensando un rato si alguna vez Sara mencionó su nombre, si dijo algo que pudiera revelar la identidad del novio desconocido.
—No tengo ni idea. Tendréis que preguntárselo a sus amigos. A lo mejor, ellos saben más que yo.
Markus me escudriña. Su mirada no me suelta.
—¿Su muerte podría tener algo que ver contigo, Siri?
—¿Qué quieres decir con eso? —respondo, sorprendida.
—La verdad es que la carta de despedida, que se supone que escribió otra persona por Sara, contiene mucha crítica hacia ti. Además, encontramos a Sara en tu embarcadero. Existe la posibilidad, entre muchas, eso sí —subraya Markus—, de que alguien la haya asesinado, al menos en parte, para hacerte daño a ti.
La manera que tiene de decirlo hace que parezca una pregunta.
Me he quedado sin habla, muda por la sorpresa y el shock. La sola idea de que Sara haya podido morir porque alguien quería hacerme daño me resulta espantosa y, si cabe, aún más terrible que imaginar que Sara se quitó la vida por voluntad propia.
—Pero ¿quién iba a matar a Sara para hacerme daño a mí?
Aina parece tan sorprendida como yo, pero no dice nada.
—Piénsalo bien, Siri. ¿Hay alguien que querría hacerte daño?
Intento darle vueltas, pero sólo consigo ver el cuerpo muerto y enclenque de Sara flotando en el agua al lado de mi embarcadero.
—Nadie —digo—. Nadie quiere hacerme daño.
Markus suspira y vuelve a intentarlo.
—Siri, ahora en serio. ¿Ha ocurrido algo fuera de lo normal últimamente? ¿Has recibido alguna llamada telefónica amenazante, has estado involucrada en algún accidente, algún amor no correspondido, algún problema en tu entorno laboral?
La voz de Markus se apaga al ver la expresión de mi cara.
—En realidad, han ocurrido muchas cosas extrañas últimamente —digo dubitativa.
No sé si le resultará poco serio si le hablo de la carta anónima que recibí recientemente, pero decido que lo mejor será comentársela.
—Hace poco, recibí una carta misteriosa —digo en un tono de voz ligero, y me pongo en pie para ir a por el sobre gris.
Le doy la carta a Markus y vuelvo a sentarme. Aina me mira sorprendida mientras Markus estudia el sobre y la fotografía.
—Voy a quedarme con esto —dice sin dar muestras de lo que piensa—. ¿Algo más?
—No, pero debo admitir que llevo todo el verano sintiéndome observada en mi casa.
—¿A qué te refieres cuando dices que te has sentido observada? ¿Has visto a alguien ahí fuera?
Sacudo la cabeza, negándolo.
—No, supongo que se trata más de una sensación. —Miro a Markus como disculpándome—. Lo siento mucho, pero no tengo manera de probarlo.
Veo ante mí el interruptor de la luz bajado y las pisadas en el suelo. Empiezo a hablarle a Markus con todo detalle de las teorías que tengo acerca de la posibilidad de que alguien haya entrado en casa mientras yo dormía. Él me mira suspicaz, vuelve a pasarse los dedos por la cabellera rubia y brillante por la humedad, pero no dice nada que me pueda hacer sospechar que no me cree. Cambia de tema y vuelve a la carta que recibí.
—¿Tu quién crees que puede haberte enviado la carta?
Dejo pasar un tiempo antes de responder y, en su lugar, miro por las ventanas oscuras de mi salón. Ya no se ve el mar. A lo lejos veo algo que deben de ser linternas. Tan sólo oigo el viento que, por lo visto, ha empezado a rugir con más fuerza.
—No lo sé. Nadie. Alguien que quiere gastarme una broma. Que quiere hacerme creer que tengo un admirador secreto…
No digo más. En secreto, he estado jugando con la idea de que tal vez sea Sven quien me ha enviado la foto para tomarme el pelo, pero ahora, cuando he empezado a ponerle palabras a mis pensamientos, me resulta completamente absurdo.
—Nadie —vuelvo a decir, esta vez con mayor convicción.
Vuelve a hacerse el silencio. Sólo se oye el viento que sacude las enormes copas de los árboles y las olas que golpean contra las rocas. Aina me mira fijamente. La expresión de su cara es insondable y sé que me exigirá una explicación en el momento que Markus haya salido por la puerta de mi casa. Quiero que Markus se quede. Me siento extrañamente atraída por él. Por la calma que aparentemente le envuelve. Por su postura respetuosa hacia Sara. Por el hecho de que me escucha cuando hablo, que se toma en serio lo que le digo y que no me trata como si fuera una idiota integral.
Aina carraspea.
—Siri, también deberías contarle lo otro. Eso de cuando… la policía te detuvo.
Markus me mira, pero no parece demasiado sorprendido.
—¿Te refieres a cuando la detuvieron por conducir borracha? —pregunta en un susurro.
—¿Cómo lo sabes? —digo, y me siento confundida.
Markus se encoge de hombros.
—Es mi trabajo saber este tipo de cosas.
—De acuerdo. Esa noche, alguien me llamó por teléfono. Ese alguien me dijo que Aina estaba ingresada en el hospital de Söder, y que debía ir allí inmediatamente. Me metí en el coche inmediatamente. Ya sé que fue una estupidez, pero realmente creí que Aina estaba a punto de morir y, como ya sabes, es difícil hacer que venga un taxi hasta aquí.
—Eso es fácil de comprobar. Podemos ver si alguien te llamó esa noche y, en tal caso, desde dónde te llegó la llamada.
Anota algo en su agenda, se levanta, y yo doy por supuesto que está a punto de marcharse. Sin embargo, se queda ahí parado y luego se vuelve hacia nosotras.
—Ahora que lo pienso. Hay algo más que quería saber. ¿En qué trabajaba Sara?
—No trabajaba, estaba en paro —contesto, sin entrar en de talles sobre su lucha empecinada contra diversos jefes.
—Saltaba a la vista que llevaba ropa bastante cara.
—Creo que el tío que había conocido le daba dinero.
—¿Te refieres al que no sabes quién era?
—Exacto. Al que no sé quién es —digo, asintiendo con la cabeza, y vuelvo a mirar por mis ventanas oscuras.
Markus no tiene más preguntas. Intercambiamos unos cuantos comentarios de rigor sobre lo maravilloso que es vivir tan cerca de la naturaleza y lo acompaño hasta la puerta. Justo en el momento en que está a punto de adentrarse en la oscuridad compacta de la noche, Markus se vuelve hacia mí. Por un instante, creo que quiere acariciar mi mejilla. Cierro los ojos, pero no hay ninguna mano que acaricie mi piel, y me avergüenzo de haber pensado eso de este hombre que no sólo es policía, sino que, además, es demasiado joven para mí. Diez años más joven que yo. Como mínimo.
No es más que un niño.
Saca una tarjeta de visita del bolsillo, le da la vuelta y anota unos números en el dorso.
—Estos son mis números de teléfono. He anotado el número de mi móvil privado en el dorso. Puedes llamarme cuando quieras. Si te acuerdas de cualquier cosa, o quieres decirme algo que crees que pueda ayudarnos en la investigación, llámame. Lo que sea. Cuando sea.
Se detiene, y yo cojo la tarjeta de visita y me la meto en el bolsillo del albornoz. Nos quedamos un rato allí sin movernos, un rato demasiado largo. Entonces nos damos la mano y Markus desaparece en la noche.
Aina está sentada en la alfombra, mirándome.
—¿Qué carta era esa? ¿Qué es lo que no me has contado?
Poco a poco, empiezo a hablarle de la carta. De las fotos que alguien me ha hecho en secreto. Del corte de luz durante la tormenta.
—¿Por qué, Siri? ¿Por qué no me habías dicho nada?
Aina parece sobre todo confusa. No acusadora, tal como yo había temido.
Con voz queda le explico a Aina que no quería que se preocupara por mí. Le hablo del riesgo de que nuestra amistad se vea comprometida y se desgaste, le digo que no quería ser una carga para ella. Que no quería ser una carga para nadie.
—¡Siri, francamente! ¡A veces te comportas como una verdadera idiota!
Aina se acerca a mí, y yo poso la cabeza en su hombro. Así nos quedamos sentadas un buen rato.
Fuera, la noche se va cerrando.
Fecha : 14 de septiembre
Hora: 14.00
Lugar: La habitación verde, la consulta
Paciente: Peter Carlsson
Llevo aproximadamente veinte minutos hablando con Peter Carlsson. Hemos consumido la mitad del tiempo averiguando qué es lo que desencadena los pensamientos obsesivos de Peter de hacer daño a su novia. Aparentemente, está mejor que la primera vez, aunque todavía sufre cuando tiene que hablar de las cosas terribles que, en realidad, no quiere hacer pero que, no obstante, no puede dejar de idear en detalle.
La expresión nerviosa de su rostro y sus palabras exculpatorias empiezan a atacar mis nervios. Hay algo que no concuerda. No sé lo que es, sólo sé que hay algo en Peter que me resulta afectado. Artificial. De vez en cuando me asalta la sensación de que sus disculpas no son más que palabras vacías que ha memorizado y que repite con el único propósito de llegar a soportarse a sí mismo. Lo que realmente hay tras la fachada presentable de Peter permanece oculto.
—Por cierto —dice Peter de pronto, en medio de una viva descripción de violencia contra las mujeres—. Me encontré a Charlotte Mimer en el rellano. No sabía que venía aquí. Habíamos trabajado juntos en Procter & Gamble.
Me detengo en mitad de un movimiento y de pronto estoy alerta. Le miro. La expresión de su cara es fervorosa y abierta.
—Pero ¿supongo que no puedes hablar de tus pacientes?
—No, no puedo.
—Por tanto, ¿no puedes decirme si Charlotte Mimer es tu paciente?
Peter Carlsson parece avergonzado.
Ahora estoy irritada con Peter, aunque no lo demuestro. ¿Acaso no sabe cualquiera que un terapeuta se debe al secreto profesional?
—Peter, me gustaría que retomáramos nuestra conversación de antes. ¿Me has dicho que a veces te vienen pensamientos a la cabeza en los que estrangulas a alguien?
—Sí, pero no es que siempre la agarre del cuello, quiero decir, en mis fantasías, claro —me aclara Peter.
Peter dice «agarrar del cuello» cuando, en realidad, quiere decir «estrangular». Supongo que debe de resultarle más fácil.
—Porque hay veces que la quemo con cigarrillos. Me refiero, en mi cabeza, por supuesto —insiste Peter, como en un intento de marcar que este comportamiento está muy lejos de sus verdaderas intenciones.
—O que le haces cortes en las muñecas y luego la ahogas —digo, repentinamente y en tono cortante.
—Eh, pues eso, así es.
Peter parece sorprendido pero, a la vez, aliviado, como si él mismo no hubiera podido explicarlo mejor.
—En principio, puede ser cualquier cosa que pueda hacerle daño…
De pronto no puedo más. Me levanto de la silla con un movimiento violento.
—Tendrás que perdonarme, Peter. Ya he tenido bastante por hoy.
Peter parece sorprendido, pero también hay algo más en su mirada, algo maligno. Parece satisfecho. Como si el hecho de que su terapeuta interrumpa la sesión conllevara que ha conseguido más de lo que pensaba, tanto ante sí mismo como ante mí, que realmente es un monstruo.
Abro la puerta de un tirón y salgo corriendo de la habitación. Estoy a punto de chocar con Marianne, que, por lo visto, estaba justo al otro lado de la puerta. Si no fuera ella, podía haber pensado que estaba escuchando. Intento explicarle la situación: estoy cansada, Peter se comporta de una manera extraña, ¿puede echarme una mano?