Te vigilo

Camilla Grebe · Capítulo 6 de 9 · parte 1/2

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Te vigilo

Diciembre

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Es tarde, y la consulta está desierta. Me he quedado para acabar diversas tareas administrativas que llevan tiempo esperándome. Al menos, es lo que les he dicho a Aina y Sven. En realidad, pienso revisar las notas de Sven en el expediente de Peter Carlsson. Sé que no es ético. Probablemente, sea una violación del secreto profesional, pero tengo que saberlo.

Estoy sentada en el mostrador de la recepción con copias de los expedientes esparcidas sobre la mesa como los naipes de un solitario. A diferencia de lo que yo hago, Sven no suele grabar sus sesiones en vídeo. En realidad, no creo que tenga nada en contra de grabar a sus pacientes, pero me parece que le da pereza porque el proceso en sí le resulta demasiado complicado y lento. Sven es descuidado y desestructurado, y no le gusta trabajar más allá de lo imprescindible con asuntos administrativos. Sin embargo, es un terapeuta brillante, y espero que se refleje en sus anotaciones.

A pesar de que creo que estoy haciendo lo correcto, no consigo convencerme para empezar a leer. Las palabras de Vijay me han asustado más de lo que me gusta reconocer. Vijay es un hombre sensato. No hay nada teatral ni sentimental en él. En todos los años que hace que lo conozco, nunca lo he visto conmocionado, no hasta hoy mismo. Me doy cuenta de que tiene razón. Tengo que ir con más cuidado. De pronto, la decisión de quedarme en la casa tanto tiempo me resulta absolutamente descabellada. ¿Cómo pude ser tan estúpida? Es como si no quisiera darme cuenta de que estaba en peligro. Que estoy en peligro. Agarro las primeras páginas del montón de folios y empiezo a leer.

Las primeras anotaciones contienen algunos comentarios breves sobre el cambio de terapeuta de Peter Carlsson y las circunstancias que le envuelven. Luego aparecen unas pulcras notas pasadas a limpio de dos sesiones posteriores.

Fecha : 17 de septiembre

Hora: 15.00

Paciente: Peter Carlsson

Contacto previo: El paciente acude a la consulta para realizar una primera sesión evaluadora con el que suscribe. Para más datos sobre las circunstancias del traspaso de la anterior terapeuta, Siri Bergman, ver los comentarios precedentes.

En la actualidad : El paciente es un hombre de treinta y ocho años que acude a la consulta por pensamientos obsesivos de carácter sexual, con tendencia sádica. No ha estado en contacto con ninguna terapia psicológica o psiquiátrica anteriormente. Explica que se siente muy lastrado por estos pensamientos y cuenta que interfieren en prácticamente todo su día a día, pues los vive como enormemente aterradores, lo que da lugar a fuertes ataques de pánico. El paciente explica que estos pensamientos empezaron a surgir durante los últimos años de su adolescencia. Fue entonces cuando tuvo su primera relación sexual con una mujer. Muy pronto en su relación experimentó pensamientos fuertemente perturbadores, relacionados con actos violentos para hacer daño a la novia. En aquel momento, intentó alejar estos pensamientos de su mente de forma activa, pero renunció a ello al demostrarse que el método no era demasiado efectivo. El paciente decidió, así, interrumpir la relación por miedo a hacer daño a la pareja. Posteriormente, ha evitado mantener cualquier relación con mujeres, temiendo que los pensamientos obsesivos volverían y que estos le podrían conducir a cometer algún acto dañino contra alguien. Sin embargo, el paciente ha conocido a una mujer esta primavera. Cuenta que está muy enamorado de ella, pero que no es capaz de acercarse a ella sexualmente porque tiene miedo de hacerle daño. Describe su relación como cálida y cariñosa. No obstante, su novia insiste en que la pareja mantenga relaciones sexuales. El paciente ha explicado a la novia que tiene problemas con su sexualidad, y le ha prometido que acudirá en busca de ayuda para solucionar el problema. Sin embargo, no le ha contado en qué consiste, realmente, su problema. El paciente hace hincapié en que no es un hombre agresivo, y que nunca ha hecho daño a nadie conscientemente. Niega rotundamente que estos pensamientos estén envueltos de placer para él. Ahora, su deseo es recibir ayuda, de manera que sus pensamientos obsesivos desaparezcan.

Antecedentes : El paciente se ha criado en Huddinge, al sur de Estocolmo. Se crio en una familia sólidamente unida como hermano mayor de tres. Tiene dos hermanas menores. El padre trabajaba como jurista en una oficina pública, y la madre era ama de casa. En los últimos años de la infancia del paciente, la madre empezó a trabajar a media jornada como secretaria médica. El paciente describe su infancia como normal. Se considera un niño tranquilo y amable, aunque de vez en cuando tuvo cierta tendencia a la preocupación. Según dice, el padre sufrió depresiones recurrentes durante muchos años. Por lo demás, no existe ninguna problemática psiquiátrica heredada en la familia.

Aspectos sociales: Actualmente, el paciente vive solo. Trabaja como economista en un banco de inversiones. Describe su carrera profesional como exitosa. Mantiene un buen contacto con la familia e indica, asimismo, que se siente muy cercano a sus hermanas. También tiene algunos buenos amigos a los que ve a menudo.

Estatus psicológico: Buen contacto formal y emocional. Bien encaminado. El paciente tiene un comportamiento algo depresivo. Preguntado directamente, niega tener pensamientos suicidas, aunque reconoce que alberga cierto sentimiento de abandono, resignación y sinsentido. El paciente se siente abiertamente violentado al comentar el contenido de sus pensamientos obsesivos.

Evaluación : Hombre de treinta y ocho años con pensamientos obsesivos de carácter sexual. Aparentemente, no existe ningún componente placentero en estos pensamientos, tratándose, muy probablemente, de algún tipo extraño de síndrome obsesivo. Sin embargo, requerirá algunas sesiones preliminares más. El que suscribe comunica al paciente que, antes de determinar el tratamiento posterior, habrá que realizar varias sesiones preliminares. Asimismo, se le comunica al paciente que un tratamiento médico puede resultar eficaz en este tipo de problemáticas. Próxima sesión, el 26 de septiembre, a las 15.00 h.

Interrumpo la lectura. El texto no me ha ofrecido nueva información sobre el caso. Si el motivo de Peter Carlsson es la manipulación, no es de extrañar que su historia sea la misma al hablar con Sven. Y si los pensamientos por los que desea ser tratado son reales, es lógico que vuelva a contar lo mismo. Hay una anotación más en el expediente.

Fecha : 25 de septiembre

Comentario : El paciente ha llamado hoy durante las horas de consulta telefónica del que suscribe. Cuenta que ha decidido interrumpir la terapia, ya que, en su lugar, ha contactado con un psiquiatra con vistas a recibir un tratamiento médico que, cree, se adecua mejor a sus necesidades. Se le ofrece al paciente una sesión con el que suscribe para comentar su decisión, pero él la rechaza. Así, interrumpimos el contacto.

Es decir, que Peter ha interrumpido la terapia con Sven. Me pregunto qué significará esto. Probablemente, nada. Quizá, se hartó de Sven, y ya está. Estoy sentada con las notas en la mano; las reviso meticulosamente para ver si encuentro algún detalle, alguna cosa, en la que no me había fijado antes. Vuelvo a leer el primer comentario.

El paciente se ha criado en Huddinge, al sur de Estocolmo.

Noto que una sensación de frío constriñe mi estómago. Luego se extiende al resto del cuerpo y me obliga a dejar el folio en el suelo. Yo también me he criado en Huddinge. Pero Huddinge es grande. Es muy probable que no sea más que una pura coincidencia. Verifico el año de nacimiento de Peter: 1969. El mismo año que mi hermana. Echo un vistazo al móvil que está en el suelo. Vacilo un instante, y luego marco el número de mi hermana. Lo coge inmediatamente.

—¡Siri, qué bien! Mamá y papá dicen que a lo mejor no vienes por Navidad. ¿Por qué no? Sería genial que vinieras. ¿No podrías venir, aunque sólo sea un día? ¿Va todo bien? ¿Tú estás bien?

Sofia me suelta una batería de preguntas irritantes como ráfagas de una ametralladora, a la velocidad del rayo. No son peligrosas, pero escuecen cuando te alcanzan. Al fondo se oye a sus dos hijos peleándose por quién de los dos se sentará en la esquina del sofá, y a su marido que, con una voz tierna, intenta mediar en el conflicto.

—No tengo ganas de discutirlo ahora, Sofia. ¿Te importaría escucharme un momento?

—Pero…

—¡Haz el favor de escucharme, y ya está!

—Muy bien, de acuerdo.

Noto lo ofendida que está.

—¿Recuerdas el nombre de Peter Carlsson de tu clase o, tal vez, de la clase paralela?

—¿De qué me estás hablando?

—De Peter Carlsson. Alto, delgado, guapo. Pero, claro, no sé qué aspecto debía de tener entonces.

—¿Cuándo?

—En el colegio. En Huddinge.

Sofia no dice nada, y yo supongo que lo estará pensando. Al fondo se oye un ruido de algo que cae al suelo, seguido de un grito y de llantos insistentes.

—Había un tal Peter Carlsson en mi clase. Vivía bastante cerca de nosotros. En una casa cerca de Långsjön. Pero alto y guapo… La verdad, no sé qué decirte. Era un poco especial. Se pasaba el tiempo dándole vueltas a un manojo de llaves. Tenía miedo de perderlas, y las contaba varias veces al día. Tal vez sea un tipo para ti — dice con una risita ahogada, justo antes de soltarles una reprimenda a los niños—. ¡Ahora mismo os calláis! ¿No veis que mamá está en medio de una conversación importante?

Le doy vueltas a lo que me ha dicho mi hermana. No recuerdo a este Peter, pero suena como si pudiera tratarse del mismo.

—Pero sus hermanas pequeñas —prosigue Sofia— deben de tener más o menos tu misma edad. Petra y Pernilla. ¿Cómo se le puede ocurrir a alguien ponerles los nombres de Peter, Petra y Pernilla a sus hijos?

—De la misma manera que se les puede llamar Sofia, Susan y Siri, ¿no te parece? —le contesto.

Una pregunta retórica. No espero ninguna respuesta. En cambio, rebusco en mi memoria. En mi cabeza, he vuelto a los largos y estrechos pasillos de la escuela primaria. En mi memoria, surge la imagen de una niña con muletas que a duras penas avanza por los pasillos. Delante de cada una de las clases hay un grupo de críos esperando a que los dejen entrar. La niña se esfuerza por no bloquearle el paso a nadie. Su mirada está firmemente dirigida al final del largo pasillo. Hace ver que no ve ni oye a los demás. Se limita a avanzar en línea recta. Cuando pasa por delante del grupo en el que estoy yo, mi mejor amiga, Caroline, extiende la pierna. La niña no se da cuenta, y cae contra el sucio y duro suelo de piedra. Le da tiempo a amortiguar la caída con las manos, pero una de ellas acaba en un charco de saliva y mocos. «Oh, disculpa —dice Caroline en un tono burlón—. No te había visto». Las demás sonríen. Yo suelto una risa sonora. La niña se levanta fatigosamente y sigue adelante.

Petra-Muleta.

Petra Carlsson.

Unos meses después del entierro de Stefan estaba sola en casa, sin Aina a mi lado, sin las miradas vigilantes de mi familia. Era un día gris. La sucia y opaca luz que entraba en la casa le confería un aspecto desgastado y un poco pálido, lo que hacía que se pareciera a la casa de veraneo que, en realidad, es. Una vivienda provisional. Un proyecto, a todas luces, desesperanzador, al menos, desde un punto de vista práctico.

Había sostenido la idea, un tanto confusa, de poner orden en sus cosas, deshacerme de lo que yo ya no iba a necesitar y guardar lo que tal vez, algún día, podría necesitar. Sin embargo, resultó ser una tarea más complicada de lo que había sospechado. En nuestro armario ropero compartido colgaban camisas recién planchadas y tejanos, uno detrás de otro. Se supone que no se puede tirar ropa todavía utilizable a la basura… ¿Y a quién podría regalársela? Decidí dejar, por el momento, la ropa colgada tal como estaba.

Luego me fui hacia el escritorio. Seguía igual que el día en que Stefan murió. Nadie había tocado el cartapacio gastado, ni había retirado el polvo del enorme montón de papeles que se acumulaba en la esquina derecha. Pasé la mano por la superficie irregular de la mesa, y mi mano dejó unas profundas marcas en el polvo. Decidida, fui a la cocina a por un paño húmedo, dejé el montón de papeles en el suelo con mucho cuidado y empecé a retirar el polvo con movimientos amplios y lentos.

Los cajones estaban llenos de montones de papeles ordenados. Con mucho cuidado, saqué el contenido del cajón superior y lo dejé sobre la mesa del escritorio, ahora limpia y húmeda. Extractos del banco, facturas y cartas del Hospital Regional formaban parte del montón. En cada uno de los documentos había anotado: pagar, o para la declaración de la renta. Sacudí la cabeza. No era propio de Stefan ser tan pedante y ordenado. El siguiente montón de papeles, marcado con un documentos importantes, también estaba inexplicablemente bien ordenado. Documentos de la aseguradora, el contrato de compraventa de la casa, extractos del banco, toda nuestra vida en común y nuestras pertenencias documentadas en un puñado de papeles.

Hojeé los documentos de cualquier manera, revisé las cifras que revelaban lo que nos pertenecía, sin realmente ver ni comprender su significado. Me dio tiempo a pensar lo bueno que era que todo estuviera aquí, pues así le facilitaría las cosas a mi padre, que era quien se encargaba de todos los asuntos económicos, hasta que mis pensamientos se vieron interrumpidos por otra cosa. Una inquietud absorbente, un sentimiento huidizo. Como una nota disonante en una pieza musical, por lo demás, excelentemente compuesta, apenas audible y, sin embargo, imposible de obviar. Había algo que no encajaba en todos aquellos documentos clasificados ordenadamente. Los papeles de Stefan no solían estar ordenados, ni mucho menos. Yo había dedicado una parte considerable del año que compartimos, ordenando y clasificando los documentos y las cosas de Stefan.

Abrí el último cajón. Tan sólo contenía un folio de papel. Un fino y arrugado trozo de papel, escrito a mano, con tantas manchas grasientas que parecía haber servido como envoltorio de un bocadillo, y doblado cuidadosamente por la mitad. En la cara exterior ponía: «Para Siri». De pronto, la sombría estancia me empezó a parecer asfixiante, y me levanté para abrir una de las puertas de cristal. El aire frío y cortante llenó mis pulmones, y oí los gritos agudos y penetrantes de las gaviotas mientras me apoyaba en el marco de la puerta.

Con unos dedos torpes y temblorosos logré desdoblar el papel. Era un poema.

No temas a la oscuridad,

pues es allá donde la luz descansa.

Sabes que no vemos las estrellas,

allá donde no hay oscuridad.

En tu claro iris

llevas una oscura pupila,

pues la oscuridad es todo lo que la luz

estremecedoramente anhela.

No temas a la oscuridad,

pues es allá donde la luz descansa.

No temas a la oscuridad,

la que el corazón de la luz transporta.

Con la espesa nevada, los coches se mueven despacio por Götgatan en dirección sur. Es la hora punta, y la gente echa el cuerpo hacia delante y avanza, rápida y concentrada, hacia la entrada del metro. El frío y la humedad se extienden por debajo de mi abrigo de lana. No llevo suficiente ropa para el invierno, pero no he tenido fuerzas para volver a la casa vacía de Värdmö a por más. A pesar de que me siento más segura en el pequeño apartamento de una sola habitación del barrio de Kungsholmen que en mi propia casa, todavía me cuesta aceptar que haya tenido que dejar mi hogar.

He empezado a trabajar un poco más, aunque no con pacientes nuevos, sólo con los antiguos. Me digo a mí misma que es por la continuidad, por la de los pacientes, claro. La verdad es, al menos en parte, que no soporto quedarme todo el día sola en el pequeño y triste apartamento de Hantverksgatan.

Ha pasado algo extraño con el tiempo. He dejado de planificar más allá de una semana. Siento como si el tiempo, mi tiempo, se fuera acercando, lenta pero inexorablemente, a una resolución o un final definitivo e inevitable. No conseguiré huir para siempre de la persona que quiere hacerme daño. No creí que fuera posible sentir esta desolación que me provoca el sentimiento de vivir así, amenazada y perseguida constantemente. He dejado de tener la sensación de que puedo eludir mi destino y no veo ningún modo de contraatacar. Sencillamente, me siento paralizada y atrapada en una posición inamovible. Tan sólo siento algún vestigio esporádico de esperanza cuando estoy en compañía de Markus.

Doblo la esquina de Götgatan con Blekingegatan y dejo atrás sus fachadas al trote, hasta que llego al Pelikan. En la cervecería, el ambiente es estimulantemente cálido y seco. El murmullo de las voces de los clientes se propaga hacia el techo y el aire está saturado del olor a comida.

Markus está sentado a una mesa, hojeando un diario vespertino. No me resisto a la tentación y, por un instante, lo contemplo desde la distancia, aprovechando que él aún no me ha visto. Me embebo de su imagen. Registro que una de sus manos juguetea con la cajita de rapé que ha dejado sobre la mesa. Lleva el pelo pegado a las sienes por la humedad. Hay algo en su actitud que me lleva a sospechar que se siente frustrado. A pesar de que parece ocupado leyendo el diario, deja entrever su desasosiego e impaciencia porque no para de moverse.

Tomamos cada uno su cerveza y, durante un buen rato, hablamos de todo y de nada en particular. Soltamos risitas tontas. Nos comportamos como adolescentes. Hace ya tiempo que le perdoné por haberse chivado a Sonja de nuestra relación. Él me ha perdonado que sea tan desesperantemente puntillosa y difícil.

Markus besa mis manos y deja correr la lengua por mis nudillos, que se tornan húmedos y pegajosos, mientras me mira y sonríe. Su gesto es tan íntimo que me siento turbada. Inconscientemente, retiro la mano y me la paso por la blusa, como para eliminar unas migas invisibles.

—Tengo que hablar contigo.

—Suéltalo.

Markus vuelve a sonreír y, de nuevo, se acerca mi mano húmeda a la boca.

—Se trata de un paciente.

Miro alrededor para comprobar si alguien nos vigila o muestra algún interés especial por nosotros y por aquello de lo que hablamos. Estoy a punto de violar el secreto profesional. Me basta con hacerlo delante de Markus, no hace falta que se entere toda la clientela del Pelikan. En la mesa de al lado hay una pareja de unos cincuenta años. Ambos llevan letreritos con sus nombres en la solapa y están absortos en una conversación. Hablan en un idioma que suena a holandés y no parecen percatarse de nuestra presencia. Al otro lado, hay un grupo de tíos alterados que hablan en voz muy alta sobre un concierto al que, por lo visto, acudirán esta misma noche. Tampoco ellos parecen prestar atención a lo que decimos, al igual que la pareja que hacen manitas mientras beben cerveza.

—De acuerdo. Te escucho.

Veo que Markus tiene puesta toda su atención en mí. Poco a poco voy contándole lo que sé de Peter Carlsson. Le hablo de las tres sesiones que tuvo conmigo. De su miedo y de sus fantasías sobre sexo, violencia y muerte. Veo que el semblante de Markus va mudando entre la curiosidad, la sorpresa y algo que parece sospecha.

—¡Pero si suena completamente trastornado!

—No tiene porqué estar trastornado.

Sin que me dé cuenta realmente, empiezo a defender a Peter Carlsson y a describir los síntomas de los síndromes obsesivos. Le digo que lo que puede parecer enfermizo, a menudo no lo es. Que, al contrario, las personas que sufren algún síndrome obsesivo raras veces acaban por hacerle daño a alguien.

—Entonces, ¿por qué me lo cuentas?

—Por el coche —contesto con voz queda—. Tiene un Volvo Crosscountry. Y porque fui a la misma clase que su hermana en la escuela primaria.

—¿Su hermana?

—Petra. —Bajo la mirada—. Estaba enferma. Tenía algo en la pierna, después de una operación de cáncer, o eso creo. Nosotras le hacíamos bullying.

—¿Quiénes sois vosotras?

—Las chicas de la clase. Mi mejor amiga, Caroline, era la peor, pero yo no era mucho mejor.

Entierro la cabeza entre las manos e intento alejar todas las imágenes que me han perseguido desde que descubrí el vínculo que había entre Peter, su hermana y yo.

Markus no dice nada. Caigo en la cuenta de que ha empezado a procesar y analizar lo que acabo de contarle. A valorar el potencial de mi relato.

—¿Y él te da miedo?

La pregunta de Markus es clara y concreta.

—Estoy muerta de miedo.

Me sorprendo incluso a mí misma admitiéndolo. Por primera vez, en todo el tiempo que ha pasado, he reconocido el miedo que le tengo a este hombre.

—De acuerdo. Dame sus datos personales. Haré que Sonja lo investigue —dice Markus.

Le doy un papel donde ya he escrito su nombre, dirección y número de la Seguridad Social. Nos hemos quedado mirándonos mutuamente sin decir nada. Es difícil restablecer el ambiente de antes de que empezáramos a hablar de Peter. Markus me acaricia la mejilla con delicadeza. Luego le hace una señal a la camarera y encarga dos cervezas más.

—¿Has pensado en lo que harás por Navidad? —me pregunta, cambiando bruscamente de tema.

—¿Navidad?

—Sí, la Navidad. Es dentro de cinco días. ¿Qué habías pensado hacer?

Por un momento, me imagino pasando Nochebuena con mis padres, mis hermanas, mis cuñados y mis sobrinos en la casa de hormigón celular de la familia en Huddinge. No va a ser posible. No quiero. No puedo.

—Creo que me quedaré en casa.

Mi respuesta es rápida, no me ha dado tiempo a considerar que, ahora mismo, ni siquiera tengo una casa.

—No puedes quedarte en casa, Siri.

Markus suena cansado e irritado, y ha empezado a dar golpecitos en la mesa con la cajita de rapé.

—Puedo quedarme en el apartamento.

La idea de una Nochebuena a solas, en el pequeño apartamento de una habitación de Kungsholmen no me parece nada despreciable. En realidad, la Navidad me da absolutamente igual, me importa un pimiento cómo vaya a ser. Puedo ver teatro sueco por la tele y beber vino tinto.

—Yo tengo que trabajar. No podré estar contigo.

El semblante de Markus transmite preocupación, y noto que ya ha empezado a irritarme de nuevo. Yo no necesito a ningún padre. He vivido sola durante más de un año, he pasado unas Navidades sin Stefan antes, y no necesito que se ocupen de mí, ni que me cuiden, tal como cree Markus.

Niego con la cabeza.

—Está bien así. Ya me las arreglaré.

Markus parece dudar.

—¿Has hablado con tus padres?

—Sí, claro que he hablado con ellos, pero no vamos a celebrar la Navidad juntos. Hemos intercambiado regalos por correo, y con eso debería de bastar.

Su preocupación es conmovedora, pero también me provoca, y crece la irritación en mi interior. Markus se da cuenta. Tal vez sea esa la cualidad que hace que tenga fuertes sentimientos hacia él.

—Disculpa. No pretendía hurgar en tu vida privada, sólo me sorprende un poco.

Por cierto, ¿les has contado lo que ha ocurrido?

—Es muy complicado…

—Tendrás que disculparme, si soy muy corto de entendederas, pero ¿cómo que es complicado? Un asesino loco te persigue, y tú ni siquiera quieres contárselo a tu familia desde la consideración, un tanto mal entendida, de que no sería correcto preocupar a los demás. Si yo fuera tú…

—¡Ya, pero no lo eres! ¡Deja de tratarme como si fuera una niña!

No tenía intención de gritarle pero, sin darme cuenta, me he puesto en pie y he levantado la voz lo suficiente como para que se interrumpa toda conversación en las mesas de alrededor. «¡Mujeres!», oigo que masculla uno de los tíos pasados de cerveza desde una mesa cercana a la barra.

Sin decir ni una palabra más, agarro mi abrigo y mi bolso, y salgo corriendo del local, «¡Navidad!», me grita otro colgado, justo cuando abro la puerta y desaparezco en la oscuridad.

Vive en Närvavägen justo al lado de la Pastelería Oscar. Fue ridículamente fácil entrar. Sólo tuve que esperar en el callejón, hasta que una vieja con un perro de lanas obeso, que apenas era capaz de andar, salió del portal. Me adelanté rápidamente para sostenerle la puerta, y la mujer me sonrió agradecida, antes de desaparecer a pasitos cortos por Strandvägen.

El siguiente desafío fue la puerta principal de su piso. Me había traído las herramientas y me puse a trabajar rápidamente. Tardé menos de tres minutos en abrir esa penosa puerta. Ni siquiera tuve que emplearme a fondo para conseguirlo.

Una vez dentro, el piso estaba a oscuras, aunque reconocí los contornos de los muebles de diseño: Jacobsen, Aalto, Lissoni. El tío tiene buen gusto. Había aparatos electrónicos caros por todos lados. Por lo demás, la vivienda estaba clínicamente limpia de cualquier objeto personal. Si no hubiera sabido con toda seguridad que vivía allí, habría creído que el piso no tenía inquilinos.

Encontré el estudio, donde había un escritorio, una silla y una estantería para libros. De la pared colgaban tres litografías en blanco y negro. Con mucho cuidado, acerqué una de las sillas y me subí a ella, para así poder inspeccionar la estantería desde arriba. Era el lugar perfecto. Fácilmente accesible para quien estuviera buscando algo, aunque no se pudiera ver a simple vista al entrar en la habitación. Decidí que dejaría el libro allí.

Luego me senté ante el ordenador, saqué la lista de páginas web y me puse en marcha. Fue mucho más fácil de lo que había esperado. Mucho más fácil.

Aina lo llama hacer limpieza.

Junta todas las notas escritas a mano, algunas facturas y una carta de Hacienda en un montón sobre su escritorio. Con las prisas, añades sin querer un viejo paquete de chicles al montón.

—Ya está. Ahora sólo tengo que meter todo esto en la caja fuerte —dice, y sale al trote hasta la recepción con el montón de papeles bajo el brazo.

Yo suspiro, no tengo fuerzas para empezar una discusión acerca de su evidente negligencia. Decido dejarlo correr. Aina vuelve y se deja caer en la silla del escritorio, echa el cuerpo hacia atrás y mira al techo.

—Hoy estoy cansadísima. Ya sabes. Tres pacientes deprimentes, uno detrás de otro. He estado en un tris de empezar a tener pensamientos suicidas. Imagínate si resulta que tienen razón. Imagínate si la vida, efectivamente, no tiene sentido. Imagínate si, en el fondo, son ellos los que han descifrado el código y ven la realidad tal como es, a diferencia de todos nosotros.

Aina sonríe, saca un protector labial del cajón del escritorio y empieza a trabajarse los labios turgentes con el lápiz.

—Oye…

—¿Qué?

Aina sigue aplicándose protector en los labios.

—Sven.

—¿Qué pasa?

—¿Tú qué piensas de Sven?

Se hace el silencio en la estancia. Aina baja la cabeza despacio y luego mira por la ventana con la vista ausente.

—¿Que qué pienso de Sven? —repite lentamente.

Aina pone énfasis en cada palabra, y luego me mira con sus ojos claros y azules.

—No creo que haya sido él. Creo que Birgitta está furiosa con él. Por haberse insinuado a ti. Y a un montón más de mujeres. Es, por así decirlo, su venganza. Se niega a darle una coartada.

—Entonces, ¿no crees que él, ehhh, se siente ofendido porque lo rechacé, o algo así?

Intento que parezca una broma, pero yo misma me doy cuenta de que mi voz se quiebra y adopta un tono metálico. Y sé que se rompería como un pedazo de pan seco a la más mínima presión.

—A ver. Ofendido. Pues no. Más bien creo que le excita más cuando lo rechazas. Ya sabes, Sven es, ¿cómo te lo diría?

Aina no dice nada más, aunque parece estar considerando algo. Todavía sostiene el protector de labios en la mano derecha, y no para de golpear suavemente la mesa con ella.

—Te diré cómo son las cosas: Sven está encendido precisamente porque tú no estás interesado en él. ¿Lo comprendes? Una vez has estado con él, pierde el interés por ti.

Tardo unos segundos en comprender lo que las palabras de Aina implican. La miro, allá sentada, al otro lado del escritorio.

Me doy cuenta de que ella sabe que lo he captado.

El rubor empieza a subir por su cuello como la marea. Aina mira al suelo.

—Mierda, Siri. Solamente fue una vez. Ocurrió, y ya está. Ya sabes.

La voz de Aina se apaga.

En mi interior, crece la desesperación. Aina y Sven. Sven y Aina. Mi mejor amiga y mi colega. ¿Mi mejor amiga y el asesino de Sara?

—¡Joder, Aina!

No tenía intención de gritar, pero debo sacar las palabras, no hay manera de detenerlas. Ya es demasiado tarde.

—Oh, deja ya de ser tan jodidamente mojigata, ¿quieres, Siri? Pero si no significó nada… Y, además, en realidad no cambia nada, ¿no te parece?

Aina me mira a los ojos. Su tono de voz es duro. No hay ni rastro de culpa ni de vergüenza, y no aparta la mirada de mí ni un instante cuando se pone en pie. Lanza el protector labial sobre la mesa. Y luego sale, sin ninguna prisa y displicente, de la oficina.

Fecha : 20 de diciembre

Hora: 16.00

Lugar: La habitación verde, la consulta

Paciente: Charlotte Mimer

Última sesión

Es la última sesión de Charlotte, algo a lo que siempre intento llegar con mis pacientes, sea cual sea el desarrollo de la terapia. Es importante, tanto para mí como para ellos.

—¿Mantenimiento? —me pregunta ella, y levanta la vista para mirarme.

—Sí, es así como lo llamamos los psicólogos. Me refiero a los métodos que se pueden utilizar para mantener el comportamiento saludable que se ha aprendido durante el tratamiento, y para evitar caer en las conductas o pensamientos enfermizos. En tu caso, es importante que sigas llevando tu diario de comidas y que anotes todos los sentimientos que vayan surgiendo con relación a ello. Debes, sobre todo, controlar cualquier tendencia a comer que te haya podido provocar alguna emoción o sentimiento: buscar consuelo o calmar el miedo a través de la comida, ayunando o vomitando, etcétera, ya sabes.

Charlotte asiente lentamente y ladea la cabeza. Siempre hace así cuando reflexiona sobre algo. Vislumbro un comienzo de sonrisa en la comisura de sus labios. No sé si le parezco graciosa, o si simplemente está contenta por los progresos, y por el hecho de que la terapia está a punto de concluir.

—Entonces, ¿ya estoy curada?

—Curada o enferma, al fin y al cabo, es muy difícil ponerle etiquetas a este tipo de cosas. Supongo que estaremos de acuerdo en que tu conducta y tus sentimientos en cuanto a la comida y a comer no eran especialmente saludables, la primera vez que nos vimos. En todo caso, no lo eran, si pensamos en lo mucho que sufrías, tanto física como psíquicamente. Ahora mismo estás bien, la comida y el hecho de comer ocupan un lugar normal en tu vida, dominan una parte menor de tu conciencia y de tu tiempo. Y aunque sentiste que habías perdido el control por completo cuando te despediste del trabajo, también fuiste capaz de manejarlo. ¿No es cierto? Estás tan bien como tanta otra gente, no sé si me entiendes. Y tal vez lo más importante: tienes herramientas que pueden evitar que recaigas en la misma conducta y en los mismos pensamientos obsesivos de antes. Se trata simplemente de utilizarlas.

Estoy esperando una respuesta, pero esta no llega. Charlotte ha apartado la mirada que ahora vuela por la ventana, hasta el crepúsculo gris pálido de diciembre que, lenta pero inexorablemente, se va apoderando de la plaza Medborgar. Distingo algunas canas en las sienes y la raya de su cabellera cuidada. Hoy no lleva maquillaje y tiene un aspecto juvenil, a pesar de las canas. Las perlas alrededor de su cuello indican clase, y algo más, tal vez una postura conservadora. O tal vez sea simplemente así como se hace, cuando tienes que dar a entender que eres una mujer ambiciosa que quiere hacer carrera; un atributo tan obvio como la corbata en un hombre. No conozco los códigos de su mundo, no soy capaz de descifrar las señales.

—Si echas la vista atrás, Charlotte, ¿te parece que la terapia ha funcionado, tal como tú te la habías imaginado?

La mirada de Charlotte sigue fija en un punto invisible detrás del Jardín de Björn, pero veo que está a punto de volver a mi lado. Poco a poco se va centrando y se pasa la mano por el vestido de lana negra con un movimiento lento y preciso.

—Fue más fácil de lo que imaginé. Incluso lo de comer me resultó más fácil de lo que pensé —se corrige, y en ese mismo instante, me mira directamente a la cara. Entiendo a qué se refiere.

—Si lo de la comida fue más sencillo de lo que pensaste, ¿qué fue lo más complicado?

—Es difícil de explicar.

Charlotte levanta las manos, como si examinara un objeto ficticio en el aire, delante de su rostro, como si las manos pudieran ayudarla a definir lo que no consigue describir con las palabras.

—Verás —empieza a decir, un poco a tientas—. Si te soy sincera, y supongo que es lo que se espera de mí en esta situación…

Charlotte suelta una risa sonora que acompaña con un movimiento amplio de la mano hacia la estancia, desde la ventana más alejada hasta la cajita de pañuelos de papel que hay sobre la mesita.

—Como ya sabes, soy una persona con la cabeza un poco cuadrada.

Sacudo la cabeza y abro la boca para protestar, pero Charlotte levanta la mano para detenerme.

—Sí, lo soy, soy una cabeza cuadrada. Y competente. Y obediente. Precisamente por eso creo que este tipo de terapia ha funcionado tan bien con alguien como yo. Un programa que hay que seguir, ejercicios que hay que realizar. Se adecua a la perfección a mi temperamento, ya sabes. Fue fácil. Lo difícil fue… Perder el control. Por primera vez en mi vida, no supe quién era. Cuando estás tan enferma como lo estaba yo, la enfermedad se convierte en una parte de ti. Eso fue la parte difícil. Tal vez podríamos decir que me convertí en la enfermedad. En cierto modo, se convirtió en la máscara a través de la cual veía el mundo.

—¿Te refieres a la personalidad de cada uno?

—¿A la qué?

Charlotte me mira, interrogándome con los ojos.

—Nada, déjalo. Continúa.

—Bueno. Lo que quería decir es que, aunque la enfermedad esté oculta para los demás, tú sabes que está ahí. Cuando desaparece, es como si ya no quedara nada. Se hace un vacío, ya no sabes ni quién eres. Pero no te queda más remedio que rellenar el hueco que ha quedado, hay que rellenar el vacío con algo. Tienes que crear tu nuevo yo. Ha sido difícil. Creo que eso fue lo que hizo que… que empezara a comportarme como una chiflada. ¿Te suena raro?

—No, en absoluto. Te diría que estás describiendo una reacción de lo más normal en este tipo de casos. Aunque se manifiesta de maneras muy distintas, según la persona. ¿Cómo te parece que estás ahora?

—¿Te refieres a si he rellenado el vacío?

—¿Lo has hecho?

—No. Pero he empezado a aceptarlo. A lo mejor no había ningún agujero, tan sólo un vacío imaginario. Como cuando extirpas un tumor o un órgano del cuerpo enfermo. Un vacío fantasma… Ya no creo que me este volviendo loca. De hecho, de vez en cuando siento que no he estado mejor en toda mi vida.

Charlotte sonríe y, durante un breve instante, parece perfectamente tranquila.

—Pero si tengo que serte sincera…

—… y eso es lo que se supone que debes ser aquí…

Charlotte vuelve a sonreír, y me doy cuenta de que está agradecida porque estoy bromeando.

—Creo que no fue únicamente lo que le pasó a tu paciente lo que me llevó a interrumpir la terapia. Sentía que había perdido el control, y que era demasiado desagradable para seguir adelante. Fue fácil para mí cambiar de conducta. Cambiar mis hábitos alimentarios. Pero cambiar la idea que tenía de quién soy… Eso es terriblemente duro. Llevo todo el otoño dándole vueltas…

—¿Y?

—Y siento que me estoy tomando los cambios de uno en uno. No quiero forzar nada. De hecho, de vez en cuando lo echo de menos.

—¿El trastorno alimentario?

—Naturalmente, no echo de menos estar enferma, pero noto una especie de vacío, una sensación de estar perdida. Percibo ese vacío, y me corroe un poco. Pero luego también hay otro aspecto. Ya no tengo ningún motivo para no ocuparme de mi propia vida. Trabajo nuevo, ya sabes. Amor… o falta de amor. Llego a sentirme enormemente agotada cuando pienso en todo lo que tengo que hacer.

Lo pienso un instante antes de decirlo.

—Trabajo y amor. Amor y trabajo. La terapia definitiva.

—¿A qué te refieres?

—Fue Freud quien dijo eso. Dijo que el trabajo y el amor son la terapia definitiva.

—Creo que Freud no me gusta demasiado.

Sonrío a Charlotte.

—Tú tómate las cosas de una en una, tal como vengan. Y, escucha…

—¿Qué?

—Puedes llamarme cuando quieras.

Las dos nos quedamos un rato sin decir nada, mirando por la ventana. Fuera, se ha hecho de noche y puedo ver mi propio reflejo en el cristal. Me pongo en pie y me acerco a la ventana. Apoyo lentamente la frente contra el cristal frío y liso, y mi aliento dibuja dos manchas húmedas debajo de la nariz. Abajo, en la plaza, las ventas están en su momento álgido. Como siempre. Los vendedores callejeros venden libros y cerditos de paja, coronas de ramas de abeto para la puerta, adornadas con manzanas rojas y otro tipo de fruslerías. La Navidad se acerca sin compasión.

—¿Estás bien?

Charlotte suena sinceramente preocupada, y yo me desperezo y me vuelvo hacia ella.

—Por supuesto. Sólo estaba pensando en que… pronto será Navidad.

—Ehhh, ¿y qué?

Charlotte parece sorprendida; ha aparecido un frunce entre sus cejas. Me apresuro a tapar mi comportamiento confuso.

—¿Qué vas a hacer en Navidad?

—Bueno, visitaré a mi padre, y tengo que trabajar un montón. Hacer anotaciones en mi diario alimentario, como la paciente obediente que soy. Y luego, la verdad es que tengo una cita.

—¡Una cita! ¡Qué bien!

—Pues sí. No recuerdo si te lo había contado antes, pero conocí a un tío en ese cursillo de acuarela al que asistí en la Universidad Popular. Ya sabes, en Götgatsbacken. Nos hemos visto un par de veces. Supongo que es demasiado temprano para decir nada todavía, pero me siento bien.

De pronto, me asalta un malestar inexplicable. Mi estómago se encoge y aparto la mirada de la muchedumbre de la plaza Medborgar, y la dirijo a la figura tranquila y esbelta de Charlotte. Ella me interroga con la mirada y advierto que ha notado mi desasosiego.

Nos despedimos. Siempre me sobreviene un sentimiento de melancolía cuando me despido de mis pacientes. A veces es como si olvidara las razones por las que, en realidad, están aquí, que olvidara que pagan por mi tiempo y mis servicios. Que, realmente, no tienen ningunas ganas de verme precisamente a mí.

—Cuídate —me dice Charlotte, y me da un rápido abrazo. Siento como si hubiera conseguido abrazarme, pero sin tocarme. Un ser absolutamente etéreo.

—Y, oye… —Charlotte ladea la cabeza—. Suerte con lo de esa persona que te persigue.

Me mira fijamente un buen rato.

—¡Oh, no te preocupes! Pronto darán con él —le digo a Charlotte, para no preocuparla.

El rostro de Charlotte se ilumina en una sonrisa breve, pero tan rápido como ha aparecido, vuelve a desaparecer, sustituida por un frunce de la comisura de los labios que, de pronto, hace que parezca un poco altanera. Como si sintiera pena por mí y, a la vez, me despreciase. Abre la boca, vacila, y entonces se decide.

—¿Cómo sabes que se trata de un hombre?

Lo dice en un tono de voz suave y ligero. Hace que suene como si estuviera comentando un nuevo modelo de coche, o me estuviera recitando los ingredientes de una receta, No hay absolutamente nada fatídico en su tono de voz y, sin embargo, se me pone el vello de punta. Entonces Charlotte da media vuelta y sale apresuradamente de la habitación.

Es la víspera de Nochebuena. Durante la última semana, el termómetro ha marcado una temperatura bastante por debajo de los cero grados, y ha convertido la colina de Götgat en una gigantesca y reluciente lengua de hielo por la que la gente se desplaza a pasitos cautelosos. Una ligera nevada se ha posado sobre la ciudad como un blanco manto peligroso, bello y efímero, que amortigua todos los sonidos. El cuello de mi abrigo atrapa los copos de nieve, y como el calor corporal los convierte en pequeñas gotas de agua, estas se deslizan formando pequeños riachuelos hacia mi nuca y entre mis omóplatos. Mis manos se han transformado en dos rígidos e inamovibles sabañones, y tengo que frotármelas continuamente para devolverlas a la vida y evitar que se me congelen del todo. Ese es el precio que tengo que pagar por ser tan rata. No me parece de recibo pagar varios cientos de coronas por unos guantes cuando tengo un montón en mi casa.

En las tiendas, las compras navideñas van a muy buen ritmo. Mientras paso lentamente por delante de los escaparates, artículos de regalo por valor de miles de coronas cambian de mano sin parar. En el escaparate de la tienda de lámparas, las cadenas de luces navideñas brillan en estrecha competencia con los Papá Noeles relucientes que se inclinan al son de un villancico navideño inaudible. Por todos lados, esta expectación impregna las miradas de la gente con la que me cruzo por las calles. No irradian felicidad ni excitación, sino más bien una especie de determinación estresada mientras se desplazan, decididos, de tienda en tienda, creando pequeñas y, a veces, grandes oleadas de gente. «Oleadas de consumidores», pienso.

En el café, una vaharada de aire cálido me golpea de frente. Ya me está esperando en la mesa más cercana a la ventana. Sus mejillas están ardientes, y cuando la abrazo, me permito aspirar entre su cabellera dorada. Huele a miel. Aina agarra mis manos heladas y me mira con horror exagerado.

—¡Pero si estás congelada! ¿No tienes guantes?

Sacudo la cabeza y sonrío, como si los guantes fueran un problema terrenal que no me atañe.

Hemos quedado para intercambiar regalos de Navidad, una tradición con la que hemos cumplido estrictamente los últimos años. No se trata de hacernos regalos caros, sólo algún pequeño detalle con mucha intención: un libro, un disco que ha significado algo especial o incluso una entrada de un concierto.

Aina se recoge la cabellera de miel y me da un paquetito duro, envuelto en algo que parece papel de aluminio verde. Lo acepto sin decir nada. No lo podré abrir hasta mañana, ese es nuestro acuerdo, y debo hacerlo exactamente a las diez de la noche, tras lo cual nos llamaremos y nos daremos las gracias amablemente por el libro, el disco o la entrada de un concierto.

Yo le ofrezco su regalo, que también es un paquete duro en vuelto en un papel multicolor y una cinta de color morado. Aina parece contenta cuando lo coge. Su jersey se ha descolgado por uno de sus hombros, dejando ver la cinta de un sujetador rojo. Se ríe sonoramente al ver mi mirada crítica.

—¡No seas tan bruja, Siri! A ti también te iría bien algo más escotado.

No sé si es el calor de la cafetería, o si es su comentario, o tal vez el hecho de que no logre superar que Aina y Sven han tenido un rollo, pero de pronto noto que el acaloramiento se extiende por mi cara. Me pongo en pie y me libero del sofoco que me produce el abrigo, antes de volver a dejarme caer en la silla.

—¿Qué tal te va con tu policía?

Contesto de acuerdo con la verdad: todo va bien, gracias, pero hay ciertos aspectos de nuestra relación que me cuesta aceptar.

—Estoy atrapada en un papel con el que no me siento a gusto. Él es el fuerte, yo soy la débil; él es el héroe, y yo soy la víctima. Cada vez que nos vemos, por alguna u otra razón, acabo llorando. Entonces, él me consuela, claro. Y luego yo me enfado con él. Aunque no sea su culpa. Es tan… —digo, buscando la palabra adecuada—. Tan banal, ¿lo entiendes? Me siento como en una película en la que me han dado un papel que no me gusta, o que no sé interpretar. Porque yo no soy así, tú lo sabes, ¿verdad? Además… De vez en cuando, siento como si él me diera por supuesto. Quiero decir, ni siquiera sé si quiero salir con nadie. Pero él, por lo visto, él cree que somos…

—Que sois, ¿qué?

—Una… pareja. —Aprieto los labios, y mi voz mengua al pronunciar las palabras peligrosas. Preferiría no ponerlas en mi boca.

Aina se encoge de hombros.

—¿Quieres saber lo que yo creo?

Se lame los restos de azúcar que se han quedado pegados en sus dedos tras comerse un bollo.

—Por supuesto. Regálame con tu sabiduría.

Aina no advierte mi mirada. No capta mi sarcasmo, y decido que no haré ninguna escena. Esta vez no. Ya he conseguido enemistarme con Markus en nuestra última cita antes de Navidad.

—No creo que nunca, y cuando digo nunca, quiero decir nunca, no creo que te hubieras interesado por él, si él no fuera agente de policía y tú no fueras la víctima. Me refiero a que, por Dios, ¿cuántos años tiene, por favor? ¿Ha estudiado algo, este, alguna vez?

—Eres una maldita esnob. ¿Acaso eso importa?

—Siri, no creo que me entiendas. Sólo quiero lo mejor para ti. Pero eres… frágil. La gente puede aprovecharse de ti.

Jodida Aina. Jodida Aina y sus interpretaciones bienintencionadas y arrogantes de la realidad. De mi vida.

La miro; está sentada frente a mí, con los ojos abiertos de par en par y el semblante lleno de preocupación. Ve mi ira, e intenta aligerar la atmósfera un poco.

—Bueno, si lo único que necesitas es un poco de diversión… Quiero decir, que entonces yo no te lo impediré. Entonces, adelante, no te preocupes, sal con el inspector… Con el comisario Folleteo.

Aina sonríe.

No lo puedo evitar. De pronto, me agarra un ataque de risa irrefrenable. Nos doblamos sobre el suelo de linóleo en espasmos de risa. Babeamos en el suelo.

Nuestro abrazo de despedida es largo y sentido. Aspiro, una vez más, el dulce aroma a miel de su pelo. Se me cubre la mejilla de cristales de azúcar, de restos del enorme bollo de Navidad que Aina se acaba de zampar. Sus manos son fuertes y cálidas cuando me agarra de los hombros y me sostiene la mirada.

—Entonces, nos llamaremos mañana sobre las diez. Prométeme que te pasarás por casa si te aburres. Eres bienvenida a cualquier hora, ya lo sabes. No entiendo por qué quieres celebrar la Nochebuena en un apartamento de una sola habitación del barrio de Kungsholmen.

Lo último lo masculla entre dientes, es casi inaudible. La sigo con la mirada cuando desaparece colina abajo por Götgatan, en medio del crepúsculo. Se aleja dando saltitos y trotando envuelta por la oscuridad. Una Pippi Calzaslargas ya demasiado crecidita, con un sujetador rojo.

Lo último que veo son su vistosa bufanda roja y sus guantes rojos desapareciendo en la oscuridad. Ha llegado la hora de volver a casa. Pronto se hará de noche.

Markus me llama justo antes de medianoche. Estoy echada en la cama, leyendo. Cada rincón del apartamento está iluminado, y sobre la mesilla de noche tengo la linterna, al lado de la copa de vino vacía.

—Lo hemos atrapado. Se acabó, Siri.

—¿Qué? —Es todo lo que logro decir.

—Hoy fueron a buscar a Peter Carlsson. ¿Sabes lo que había sobre la mesita del sofá?

—¿De qué me estás hablando? ¿La policía ha detenido a Peter?

Siento como si mis pensamientos se movieran a la velocidad del rayo. Me cuesta entender lo que Markus intenta contarme. Poco a poco, consigo juntar las palabras. Formular una opinión en mi cabeza. La policía ha detenido a Peter.

—La fotografía de Sara Matteus. Ya sabes, la que encontramos en casa de Marianne. Estaba en casa de Peter o, mejor dicho, había una copia igual sobre la mesita de sofá de su casa.

—¿Qué fotografía?

—Pero, Siri…, la fotografía de Sara sobre la roca. Ya sabes, en la que aparece en toples.

La fotografía de Sara. Pienso en sus ojos en esa foto. En su vulnerabilidad. Noto cómo la cólera crece en mi interior. La cólera y el dolor por la muerte de Sara.

—¿Sabeis que ha sido él?

La voz de Markus suena serena y tranquilizadora cuando me responde.

—¿Por qué, si no, iba a tener esa fotografía en casa?

—No lo sé. ¿Él qué dice?

—Afirma que no sabe cómo ha llegado hasta allí, que no estaba allí por la mañana. ¿Realmente cree que nos lo vamos a tragar? También había otras cosas. Encontraron un libro de taxidermia en lo más alto de su estantería. Un poco difícil de explicar, ¿no crees? Y también tenía muchísimos links a páginas web sobre asesinos en serie y torturas en su ordenador. Además, hace cinco años lo condenaron por posesión de…

—¿Por posesión de narcóticos? ¿Qué tiene eso que ver?

—Mira, Siri, lo he visto muchas veces antes. Empiezas encontrando algo que no encaja. Una mentira blanca, alguna anotación en el registro de antecedentes penales. Entonces empiezas a deshacer la madeja y la cosa no tiene fin. Además, se vino abajo enseguida. Dijo que era una mala persona y otras mierdas.

—¿Qué dijo, exactamente?

—No lo sé. Yo no estaba allí, ya lo sabes, Siri. Yo ya no… estoy en la investigación. Eso es, al menos, lo que me han contado. Pensé que te gustaría saberlo. Pensé que, así, pasarías unas Navidades más tranquilas.

Aún no soy capaz de entender todo lo que me cuenta Markus. En mi cabeza aparecen imágenes de Sara sentada en mi silla, con las piernas recogidas debajo del cuerpo y un cigarrillo entre los dedos. Pero también veo a un extraño sin rasgos ni contornos que me persigue. Que me observa. Que me quiere hacer daño. Una imagen que, de pronto, cobra nitidez, que tiene rostro. Peter Carlsson. No estoy preparada para mi reacción. No entiendo lo que ocurre. Me cuesta respirar y empiezo a jadear. Entonces llega el sonido. Sé que proviene de mí, pero siento que no puedo hacer nada para reprimirlo. El sonido empieza como un lamento ahogado y se convierte en un llanto quejumbroso. Es como si me viera desde fuera. Veo el llanto, oigo los sollozos, tan sonoros. Pero, al principio, no siento nada. Entonces se extiende una sensación casi desconocida por mi interior: es alivio.

Seguir: parte 2 de 2