Te vigilo

Camilla Grebe · Capítulo 7 de 9

Páginas del PDF

Te vigilo

Epílogo

—Sé que no siempre hemos estado unidas —empiezo a decir, y vacilo por un instante, froto las manos contra la mandíbula, que todavía me duele y se encalla con cierta regularidad.

Estoy buscando las palabras adecuadas, y cuando creo haber las encontrado, continúo:

—Tal vez seamos demasiado diferentes para llegar a ser, algún día, amigas de verdad. Ya sabes, tenemos distintos objetivos en la vida, experiencias y maneras diferentes de acercarnos a los demás. Yo sé que no siempre te he mostrado el aprecio que te merecías, que de vez en cuando me he irritado contigo sin razón, y que incluso he llegado a abroncarte alguna vez. Dios mío, qué tonta y poco profesional fui. Pero tienes que saber que siempre he sentido el mayor de los respetos por ti. Respeto por el trabajo que hiciste, siempre tan meticulosa, siempre a tiempo y sin fallos. Respeto por tu discreción y tu humanidad. Respeto por la vida que has vivido, por la educación que has dado a tus hijos, por tus separaciones y tu búsqueda de la independencia.

Vuelvo a pensármelo un rato, y examino la estancia blanca donde, aparte de la cama, sólo hay un lavabo y una silla de metal.

—Sí, tengo que admitir que, de vez en cuando, llegué a pensar que favorecías a Sven. Ya sabes, sus expedientes que siempre pasabas a limpio antes que los demás, sus llamadas, que eran las más importantes, y su oficina, que limpiabas cada día, a pesar de que no formara parte de tus tareas. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Cuando ocurre esta clase de cosas, tienes que revaluar tu vida, ¿no crees? Concentrarte en lo que es importante, dejarte de esas viejas rencillas y, ¿cómo te lo diría?, ver lo bueno en la gente. Siempre quieres dar las gracias a los que te han apoyado. Al menos, ese es mi caso. Y supongo que es por eso que he venido. Para darte las gracias por toda la ayuda y, tal vez incluso a pedirte perdón por no haber recibido de mi parte todo el aprecio y el reconocimiento que te merecías.

Me pongo en pie y miro a Marianne, que yace inconsciente en la cama de hospital, con la boca medio abierta y la barbilla colgando sobre el pecho. Si no supiera que es ella, no la habría reconocido. Está tan cambiada… La cabellera rubia y rizada tiene ahora unas largas raíces oscuras, la piel parece muy fina, casi de pergamino, le sale un tubo de la nariz y lleva una especie de monitor pegado al dedo índice, parecido a una pinza de tender la ropa, que confiere un tono rojo a su dedo.

Me incorporo lentamente y abandono la habitación sin mirar atrás.

Fecha : 15 de mayo

Hora: 15.00

Clínica psicológica de Karlaplan

Terapeuta: Maryvonne von Arndtstadt

Paciente: Siri Bergman

Sesión introductoria

—Bienvenida, Siri. Ya sé que eres psicóloga, y supongo que lo sabes todo de las sesiones introductorias, y de cómo se desarrollan. Por eso te propongo que nos saltemos los formalismos y que, en cambio, tú me cuentes por qué has venido.

—He venido porque sufro un trauma sin tratar del que me gustaría hablar.

—¿En tu pasado?

—Mi marido se quitó la vida hace un par de años, o al menos yo creo que se suicidó. Siempre había preferido considerarlo un accidente. Y, de hecho, no hubo evidencias ni pruebas técnicas que demostrasen que fue un suicidio.

—No es tan raro cuando se trata de un suicidio.

—Lo sé. Pero, últimamente, ciertos acontecimientos, fuera de mi control, me han obligado a revaluar lo que ocurrió entonces, a reconocer que, probablemente, fuera un suicidio.

—Cuéntame.