Te vigilo

Camilla Grebe · Capítulo 4 de 9 · parte 1/3

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Te vigilo

Octubre

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Estoy con Aina en el Kebab Jerusalén de Götgatan. Afuera se ha hecho de noche, y Södermalm está lleno de gente que vuelve a casa después del trabajo. Gente joven y a la última se mezcla con padres de familia estresados que empujan, agotados, sus carritos de niño de tres ruedas, y pensionistas con bastones que parecen un peligro para la integridad física. Un grupo de mujeres jóvenes tocadas con velos se ríen delante del Kebab y se dirigen hacia la plaza Medborgar. Tal vez estén de camino a la mezquita.

Aina se mete el falafel entero en la boca, tal como suele hacer, y yo no le digo nada de sus modales deplorables en la mesa, tal como es mi costumbre. Le corre salsa de color rojo por la barbilla cuando se inclina hacia mí y me susurra:

—Creo que Sven puede estar implicado.

—No, déjalo ya.

No puedo evitar reírme con la boca abierta, a pesar de que está llena de hummus y de lechuga.

—Sí, lo digo en serio. Escúchame. Tiene acceso a los informes. Sabe dónde vives. Va a la caza de todo lo que se mueve; podría ser fácilmente el tío del que te habló Sara. El que la escuchaba tan bien. El que realmente la veía.

—¿Porqué iba Sven a ponerse a estrangular a mujeres, a escribir cartas envenenadas y a promover que me arresten por conducir bebida? —le pregunto, y cojo más hummus con el tenedor.

—¡Porque odia a las mujeres!

La voz de Aina suena exultante y triunfal. Frunzo el ceño, pero ella prosigue su discurso sin reparar en mi reacción.

—Su vida ha sido una larga sucesión de fracasos personales, causados, todos ellos, por mujeres. Le dieron la patada en la universidad por haberse liado con la chica esa. Su señora tiene mucho más éxito que él. ¿Y a qué se dedica? ¡A la investigación de género! Ya puedes imaginarte las declaraciones a las que debe de tener que prestar oído durante la cena. Además, trabaja en una consulta dirigida por dos pipiolas y, encima, una de ellas ha rechazado sus insinuaciones sexuales en más de una ocasión. ¡Dime si eso no es sentirse castrado!

—Aina, ¿estás hablando en serio?

Ahora me río ruidosamente.

—¿Por qué no?

Aina hace ver que está ofendida, y se pasa el dorso de la mano por la boca. Con el rabillo del ojo veo que se limpia la mano con la salsa en los tejanos gastados.

—De acuerdo, desde un punto de vista teórico es una posibilidad —le reconozco.

Durante un segundo, mi mente se va hacia Peter Carlsson. Conocía a Charlotte Mimer de antes. Sabía que ella era mi paciente porque se la había encontrado en la recepción. Y sus pensamientos obsesivos se centran en la violencia y el sexo. He pensado mucho en Peter en estas dos últimas semanas. Me he castigado repasando, palabra por palabra, las tres conversaciones que mantuve con él. ¿Podría Peter ser peligroso? ¿Verdaderamente peligroso? ¿Podría ser Peter quien asesinó a Sara? ¿Debería comentárselo a Aina, a Sven, o tal vez incluso a la policía? Al mismo tiempo, soy muy consciente del secreto profesional. No puedo ir a la policía y hablarles de Peter, sólo porque tiene pensamientos extraños. Sería profundamente antiético. No tengo nada verdaderamente sustancial a lo que agarrarme. Únicamente, un demoledor desasosiego interior y mis propias fantasías paranoicas. ¿Por qué iba Peter a hacer daño a Sara? ¿Por qué razón querría Peter hacerme daño a mí? Por lo que sé, no hay ningún motivo para que lo haga. Decido no contarle nada a Aina sobre mis sospechas. Me parece innecesario. Lo único que tengo que hacer es mantener mi paranoia en jaque.

Aina no se ha percatado de mi silencio. Simplemente continúa hablando, aunque ahora sigue otra pista.

—A lo mejor es Birgitta. Quiero decir, a lo mejor no soporta que otras mujeres se insinúen a su marido.

Aina parece exaltada por esta nueva idea.

—Y, al fin y al cabo, es una persona de lo más rara. ¿O no? Ya viste cómo reaccionó en la fiesta del cangrejo, cuando Robert discutió con ella. Y luego, cuando descubrió que Sven te magreaba.

—¿Qué iba a sacar ella asesinando a Sara? ¿Un icono feminista en medio de una orgía sangrienta? ¡Venga ya!

Noto que mi paciencia se está agotando, el juego ha dejado de hacerme gracia y no tengo ganas de especular acerca del posible asesino de Sara. Ella ya no está. Murió. Asesinada. Me siento indigna conjeturando sobre quién puede haberla matado.

—De acuerdo, tal vez no sea demasiado probable, pero es una posibilidad.

Aina se lame los dedos y continúa.

—O tal vez haya sido Marianne. A lo mejor está amargada y te tiene envidia…, porque tú…

Aina se calla y parece pensárselo antes de seguir adelante.

—Porque tú… ¿qué sé yo? Al fin y al cabo, también se molestó un poco en la fiesta del cangrejo, cuando intenté mostrarme un poco amable con Christer.

—¿Cuando lo único que intentaste fue ser un poco amable con Christer? Aina, de vez en cuando te pasas un poco. Si le pusiste literalmente las tetas en la cara… ¿Realmente te parece tan extraño que Marianne se haya molestado? Y si realmente se puso tan furiosa como dices, ¿no crees, maldita sea, que debería enfadarse contigo? Conmigo no. Y aún menos con Sara.

—Él también era raro —prosigue Aina—. Bueno, me refiero a Christer, claro. No parecía que estuviera… —Aina se queda pensativa, como si estuviera buscando la manera adecuada de formular lo que quiere decir.

—Sé que esto puede parecer un poco rebuscado, pero la mayoría de los hombres suele tener alguna reacción cuando están en mi compañía. De algún tipo. Incluso cuando no les meto las tetas en la cara. De acuerdo, yo misma me doy cuenta de lo narcisista y superficial que suena esto, pero Christer estaba…, en cierto modo, mudo. No había manera de contactar con él.

Noto que estoy a punto de explotar.

—¡Aina, joder! Para ya. ¡Sara está muerta! No me gusta esta conversación. No sabemos si su muerte tiene algo que ver conmigo, y aquí estás tú, convirtiéndolo todo en un juego de salón. Esto no es el Cluedo. Acabas de convertir a todos los que me rodean en sospechosos. Sven, Birgitta, Marianne, Christer… sólo porque a ti te parecen raros. A ver si entiendes de una vez que ninguno de ellos tiene razones para odiarme. A lo mejor no les caigo bien, de acuerdo, pero no me odian. ¿Y qué me dices de ti, por cierto? Tú también eres rara, joder. ¿A lo mejor fuiste tú?

Me doy cuenta de que he ido demasiado lejos, y me callo.

—Disculpa —murmuro.

Aina se pone seria. Su risa tonta y sus bromitas se las ha llevado el viento, y yo suspiro y bajo la mirada a mi plato vacío y sucio. Aina se me queda mirando un buen rato, pero no dice nada. Al rato levanta la cabeza y me mira a los ojos con insistencia.

—Disculpa. Todo lo que te he dicho estaba fuera de lugar. Sólo intentaba… No sé.

Aina se pasa la mano por el pelo.

—Ahora ya han interrogado a todo el mundo en la consulta, han hecho copias de todas las cintas de vídeo con Sara. ¿Qué es lo que hace la policía, en realidad? Porque no parece que lleguen a ninguna parte.

—Estuve hablando de ello con la mujer policía, con Sonja. La que dirige la investigación. También hay un jefe de investigación preliminar, un fiscal, que todavía no conozco. De todos modos, hay algo que llaman confidencialidad de calificación preliminar. Ya sabes, no pueden contar lo que están haciendo. Ni siquiera a mí. Pero Sonja me comentó que han llamado a todos los contactos que Sara guardaba en su teléfono móvil, y han visitado a todos sus antiguos jefes. Han hablado con todos los vecinos. Novios. Con la madre. Han realizado una investigación técnica exhaustiva. No lo recuerdo, pero había varias cosas. De hecho, creo que están haciendo su trabajo.

—Pues no parece que tengan a ningún sospechoso. Dios mío, imagínate que esa persona empieza a seguirte entre los arbustos de Värmdö.

Al ver la expresión de mi cara, Aina se da cuenta de que su comentario no ha sido muy afortunado.

—¿Quieres que me quede a dormir contigo? —me pregunta Aina con delicadeza, y posa una mano grasienta sobre la mía.

»No sé cómo decirte esto —prosigue Aina, que parece vacilar—, pero eres muy importante para mí. No puedo soportar la idea de que alguien quiera hacerte daño. Todo esto es una locura. Si quieres, puedo ir a vivir contigo un tiempo más.

No decimos nada. Su mano descansa sobre la mía y Aina me acaricia suavemente con las puntas de los dedos húmedas. De pronto, siento que su presencia es demasiado abrumadora, que me está pidiendo algo que no puedo darle. La sensación de que, como de costumbre, volveré a decepcionarla se impone inexorablemente.

—No hace falta —le digo, y hago un gesto de rechazo con la mano para mostrarle que esta noche no necesito su compasión.

Le explico que tengo mucho trabajo. Es mentira, claro, y Aina lo sabe perfectamente, pero asiente con la cabeza sin decir nada y mira hacia la noche que ha caído sobre la multitud de Götgatan.

Por la noche sueño con Stefan. Está sentado en el borde de la cama, muy cerca de mí, y reposa la cabeza suavemente, su pelo cubierto de algas, contra mi vientre.

—Te echo de menos —le digo, y le acaricio su espalda fría con cuidado, pero Stefan no me contesta. En su lugar, se incorpora y empieza a buscar algo. Mira debajo de mi cama, en el armario ropero, sí, incluso debajo de la jarapa.

—¿Qué buscas? —le pregunto.

—Eso es lo jodido… —me contesta, irritado—. He olvidado lo que estaba buscando.

Bajo las algas, su pelo rubio se ha desteñido por el sol y tiene la piel bronceada, pero las ojeras oscuras que tenía en los últimos tiempos no han desaparecido. Cuando no podía dormir ni comer, y de noche daba vueltas angustiado por toda la casa.

—Me falta algo. —Stefan se atusa el pelo y su rostro adopta una expresión confundida—. Siri… —me dice quedamente. Parece desesperado—. ¿Me ayudarás a encontrarlo?

—Te ayudo a buscar —le contesto.

La plaza Medborgar está desierta. El cielo ha adoptado un color azul saturado con tonos turquesa. «Azul prusiano», pienso. A pesar de que hace tiempo que no pinto, todavía recuerdo los nombres de los colores de memoria. Las fachadas de los edificios alrededor del jardín de Björn son de color pardo rojizo, con una nota violeta: caput mortuum, que significa «cabeza muerta», un color que me encanta. Delante de la cocina callejera griega veo algunos habitantes de la ciudad haciendo cola, helados de frío en esta tarde fresca y clara de otoño.

En mi pequeña consulta verde todo está tranquilo. Pink Floyd suena en el reproductor de CD que hay sobre el estante, encima de mi escritorio: So, so you think you can tell, Heaven from Hell, blue skies from pain. Can you tell a green field form a

cold steel rail? A smile from a veil? Do you think you can tell…[9] No estoy segura de que yo sea capaz de ver la diferencia. Estar segura de que es él, si algún día lo tengo enfrente.

No hay nadie más en la oficina, a pesar de que sólo son las cinco. Todos se han ido a casa con sus familias, sus perros y sus programas de televisión. Aina tenía una cita, como de costumbre. Pero todavía no he conseguido reunir las fuerzas suficientes para admitir que, de hecho, el día ha terminado, y que seguramente debería irme a casa, como toda la demás gente normal.

Distraída, empiezo a recoger mis cosas, enciendo el móvil que ha estado apagado durante las sesiones con los pacientes, agarro el bloc de notas y cojo algunos diarios viejos, mil veces leídos, que tengo pensado llevarme de la recepción. Se oye un piiip del móvil: hay tres llamadas sin responder de Marianne. Es bastante raro, porque hoy es su día libre y no suele llamar nunca. Me giro de espaldas a la ventana y voy a la cocina a por una taza de café. Aprovecho también para llamar a Marianne. Coge el teléfono después de tres señales.

—¡Siri, qué bien que me hayas devuelto la llamada! Perdona si te molesto, pero tengo que hablar contigo.

Es típico de Marianne: me pide perdón a pesar de que soy yo quien la ha llamado a ella.

—Dime —le contesto, mientras me sirvo una taza de café frío y la meto en el microondas. Para mis adentros, maldigo a Sven porque nunca devuelve la cafetera a la máquina.

—Siri, me gustaría que nos viéramos.

—Muy bien. Mañana llegaré hacia las diez, entonces podremos…

—Esta tarde. Prefiero que nos veamos esta tarde.

Marianne jadea ligeramente, su voz parece más ronca que de costumbre y su respiración se ha vuelto silbante en el teléfono tras el esfuerzo. Me la imagino justo después de haber subido las escaleras, o de haber corrido por la calle, inclinando el tronco, cansada, hacia delante, con la mano izquierda apoyada en su cadera robusta.

—De acuerdo, pero ¿no podríamos arreglarlo por teléfono? La verdad es que tenía pensado irme a casa ya. Sólo quedo yo en la consulta.

Marianne carraspea, y oigo voces al fondo.

—No… no me va bien hablar ahora mismo. Mi hijo ha venido a visitarme con su novia. Acaban de llegar de la India. Sí, estamos viendo fotos. ¿Podrías pasarte por aquí un poco más tarde? Hay una cosa que me gustaría enseñarte.

Es una petición un tanto inusual. Marianne y yo no solemos vernos en privado.

—Es muy importante. Si no, no te lo pediría —añade en voz baja y suplicante.

—Marianne… —le digo, y una parte de mí preferiría reírse de todo esto.

Nuestra Marianne, nuestra ordenada, competente y maravillosa Marianne, que siempre tiene a mano una solución a todos los problemas, que siempre es la más serena y sensata de la consulta. De pronto no la reconozco. Su voz ronca y solícita, sus formas febriles.

—¿Es cuestión de vida o muerte?

No era mi intención sonar irónica, pero me sale de la boca sin que me haya dado tiempo a pensarlo mejor. Marianne suspira.

—Siri, guapa, ¿te importaría venir a mi casa?, ¿sí o no?

Dudo por un breve instante. Marianne vive en Karlbergsvägen, por lo que, se vea por donde se vea, no deja de ser un rodeo.

—¿Cuando quieres que vaya a tu casa?

—Ven hacia las siete. Bajaré a comprar unos bollos, para que podamos charlar mientras tomamos un café. ¿Te importaría traerte los expedientes de Sven? ¿Los que tiene sobre la mesa? No me dio tiempo a acabarlos todos ayer. Había pensado terminarlos más tarde, esta noche.

¿O sea, que Marianne hace horas extra para Sven? La irritación se desborda dentro de mí. Por lo que yo sé, nunca ha hecho horas extra por la noche por mí, ni tampoco por Aina.

Colgamos, sin hablar más de lo que quiere mostrarme tan desesperadamente, precisamente esta tarde, y vuelvo a entrar en mi despacho para encender el ordenador y seguir trabajando un rato más.

El piso de Marianne está en una tercera planta, en un edificio, precioso, de fin de siglo. He estado aquí una vez antes, un día en que Aina, Marianne y yo íbamos a salir por la noche, en uno de estos intentos de establecer una solidaridad entre mujeres colegas. El zumbido del timbre suena hueco cuando aprieto el pequeño botón de latón, pero la puerta no se abre. Acerco el oído con cuidado a la fría y lacada madera de roble de la puerta y escucho en tensión, pero no se oye nada, tan sólo el silencio. No se acercan pasos por el pasillo. Me froto mis fríos dedos, reculo y miro por la ventana, hacia la calle. Todo está en silencio. El pequeño y pulcro jardín de la entrada está desierto, al igual que el de al lado, y que los siguientes. Un collar de perlas formado por pequeñas alfombras enfrente de las casas de muros enlucidos. De pronto percibo un movimiento entre los árboles, al otro lado de la calle. ¡Ahí está! Un hombre envuelto en una gabardina impermeable, que empuja un cochecito de niño y que va cargado con una caja del supermercado ICA, se aleja a toda prisa en medio de la oscuridad, en dirección a Sankt Eriksplan. Sacudo la cabeza, sorprendida por mis fantasías, y vuelvo a llamar al timbre de Marianne, pero sin resultado.

No pasa nada cuando llamo a Marianne a través del buzón de la puerta. Con cuidado, entreabro el borde de latón de la pequeña portezuela del buzón, lo que a duras penas me permite ver el contorno de la alfombrilla al otro lado de la puerta. Está oscuro. Un aroma a café y a un perfume que reconozco, porque es el que suele usar Marianne, se filtran a través de la portezuela hasta el descansillo. Una voz débil murmura, monótona, algo desde el interior, pero no parece registrar mi presencia. Supongo que estará puesto el televisor.

—Soy Siri. ¿Estás ahí? ¿Marianne?

Bajo el pomo de la puerta con mucho cuidado, y la puerta se abre sin hacer ruido. Eso me inquieta, pues no es propio de Marianne dejar la puerta abierta.

Busco a tientas el interruptor en el vestíbulo y, de pronto, la estancia está bañada en una luz suave y amarillenta. Suelo de tablones de madera pulida, una pequeña jarapa y un colgador a mi derecha. El espejo cubre toda la pared hasta la puerta, y me pego un susto al ver la expresión aterrada de mi rostro. Entro apresuradamente y cierro la puerta a mis espaldas. La cerradura hace un clic.

—Marianne… —vuelvo a intentar, y entro en el salón, a la izquierda del vestíbulo.

La estancia tiene una distribución muy parecida a la de mis padres. Sillones blandos con tapicería de Josef Frank, un sofá sobredimensionado de piel, alfombras mullidas que te invitan a echarte sobre ellas, lámparas de pared de latón. Grandes cuadros de estilo naíf de colores vivos que sé que Marianne ha pintado.

—¡Hooola!

En el televisor, enfrente de la ventana, pasan un programa del Discovery Channel con el volumen bajado. Vuelvo a pensar en lo poco que, en realidad, sé de Marianne. Nunca hubiera adivinado que le gustan los documentales de ciencia y naturaleza, ni el programa que están pasando ahora, uno sobre sucesos. «… La mujer nunca sospechó que su propio hermano podía estar involucrado en un crimen tan horrible», salmodia una voz nasal con acento británico.

El salón está desierto. Sigo hasta la cocina, que está vacía y oscura. Las puertas de los armarios son de roble macizo, la cocina es de la marca Miele. «Marianne debe de haber conseguido bastante dinero tras su último divorcio», pienso. Sobre la mesa hay un montón muy alto de papeles, todos ellos metidos pulcramente en portafolios de plástico transparente, con un pósit encima: «Facturas – por pagar», pone. Me siento incómoda. Hay algo que no cuadra.

—¿Marianne?

No hay respuesta. Marianne no está. Tan sólo se oye la voz nasal proveniente del salón: «En cuanto llegó, el conductor supo que algo no iba bien…».

Sigo hasta el dormitorio, vacilo un segundo ante la puerta. Mi corazón late con fuerza y la sensación, tan conocida, de que se avecina una catástrofe se extiende rápidamente por mi cuerpo como un veneno. Me repito, una vez más, que esta es una visita cualquiera al piso acogedor de una colega y buena amiga. Es obvio que Marianne aparecerá en cualquier momento, porque, ¿no se habrá metido en el dormitorio? Respiro hondo y extiendo el brazo en busca del interruptor.

«… A pesar de que el conductor vio sangre en el suelo, Mary Jane no estaba por ningún lado…».

La habitación está vacía.

Una enorme cama de matrimonio, con una colcha almohadillada y demasiados cojines blancos de ganchillo, ocupa la mayor parte del suelo. Sobre la mesilla de noche hay fotos de niños y amigos. Avanzo lentamente hacia las fotos y me pongo en cuclillas. Dos niños pequeños en bañador ríen a la cámara, y veo que al pequeño le faltan los dientes incisivos. Sostiene una pelota de baño en la que pone «Tempo» debajo de su bracito delgado y bronceado de niño.

«Sus hijos», pienso, y vuelvo a incorporarme, colmada por una sensación desagradable de haber hecho algo prohibido, como hurgar en el neceser o el bolso de alguien. Y, al tiempo, esa sensación asfixiante de ser observada, de que, en este preciso momento, comparto el apartamento de Marianne con alguien. De que soy vista, aunque yo no vea, como cuando estoy en mi casa iluminada en medio de la noche. Me seco el sudor de la frente con una mano que tiembla contra mi voluntad.

«… Al final, encontró una señal de ella en el granero…».

Vuelvo al salón y me dejo engullir por uno de los sofás de piel. Allí me quedo un buen rato, sin hacer nada. No me acabo de creer que Marianne haya abandonado el piso después de invitarme a venir. Empiezo a entender que debe de haber bajado a comprar cigarrillos, o bollos, tal como espero que haya hecho, o a aparcar el coche. ¿Qué haces cuando alguien desaparece de esta manera? Porque no puedo llamar a la policía por algo así. ¿Cuánto tiempo hay que esperar, hasta que se sabe… hasta que se sabe que alguien ha desaparecido? ¿Un par de horas? ¿Un día? ¿Una semana?

Ante mí, sobre la mesa, hay un paquete muy pulcro de telas bordadas en oro de todos los colores del arco iris. Telas para saris, adivino. Debe de ser un regalo del hijo y de su novia. Al lado hay un tazón grande. Todavía hay restos de café, y coloco la mano encima para comprobar si aún está caliente.

Sigue estándolo.

«… Había sangre en el suelo, en el interior del coche, y…».

De pronto sé que no puedo soportar quedarme ni un minuto más en el piso de Marianne. Sin mirar atrás, echo a correr hacia el vestíbulo y la salida, dispuesta a cualquier cosa. Pero nadie me barra el paso cuando, con todas mis fuerzas, abro la puerta de la escalera de un empujón y salgo al rellano.

Llamo a Aina mientras sigo corriendo hacia Sankt Eriksplan. Su contestador automático me pide educadamente que deje mi nombre y número de teléfono. Supongo que ahora mismo estará en un bar es decir, si no se han ido ya a casa. Sacudo la cabeza involuntariamente e intento llamar al número de Markus. Él tampoco contesta, pero, aun así, le dejo un mensaje algo confuso e incoherente.

Me meto en el metro con una sensación punzante de que ha pasado algo terrible esta noche, y de que, de alguna manera, soy culpable de ello.

A la mañana siguiente, llego a la consulta antes de lo que es habitual en mí. Una energía nerviosa ha sustituido el nudo que tenía en el estómago. Tengo que averiguar dónde está Marianne.

Aina va a mi encuentro en el pasillo con una sonrisa amplia en la cara.

—No quiero saber nada —le digo, y sacudo la cabeza.

—¿Estás de mal humor? ¿Estás enfadada conmigo?

Aina parece extrañarse y se ha ofendido.

—¿Ha llegado Marianne?

—Pues no. De hecho, es muy raro, todavía no ha aparecido, y ni siquiera ha llamado. No es propio de Marianne eso de no…, de no venir sin avisar.

Le cuento lo que pasó ayer, y Aina abre los ojos de par en par, como suele hacer cuando está preocupada o asustada. Un pequeño temblor recorre los rabillos de sus ojos cuando me agarra del brazo.

—¿Has llamado a la policía?

—No, al fin y al cabo, sólo llevaba una media hora fuera de casa.

—¿Por qué no llamaste a Markus, o a Christer?

Hay cierto retintín en su voz, cierto tono acusador.

—Pues la verdad es que no tengo el teléfono de Christer, no sé cómo se llama de apellido. Llamé a Markus, pero no lo encontré, y a ti tampoco.

—Ohhh. —Aina se sonroja ligeramente y suelta mi brazo.

—Como ya te he dicho, no quiero saber nada. Estoy demasiado preocupada por Marianne para oír hablar de tus polvos.

Yo misma me doy cuenta de que mi tono de voz es innecesariamente duro. Sé que mi comportamiento es un poco mezquino, pero a veces no puedo dispensarle a Aina esos pequeños encuentros por los que ella se desvive. Es como si la estuviera presionando para que me jure que compartirá la soledad conmigo.

—En la recepción —me interrumpe Ama.

—¿La recepción?

—La lista con los números de teléfono de los parientes y allegados. ¿No te acuerdas?

Lo recuerdo. Marianne había asistido a un cursillo sobre el papel de la secretaria en situaciones críticas. Cuando volvió, nos obligó a darle los nombres y los números de teléfono de las personas más allegadas a nosotros, «por si alguna vez pasa algo».

Rodeo la mesa de la recepción y empiezo a buscar entre las carpetas ordenadas por colores de Marianne. En lo más hondo de la pila, encuentro una carpeta fina en la que pone «documentos importantes», y allí está la lista. Al lado del nombre de Marianne aparecen los de Christer y los dos hijos como personas de contacto. Agarro el teléfono y marco el número de Christer. Contesta a la primera señal.

Estamos sentados en una cafetería que hay en prolongación al gran vestíbulo del hospital de Söder. Alrededor de nosotros una afluencia interminable de gente va y viene. Personal del hospital vestido de blanco que avanza con paso acelerado y confiado hacia el mostrador y se sirve el plato del día, para luego seguir adelante hacia la caja. Parientes nerviosos y preocupados que están sentados en silencio con una taza de café, mirando hacia ninguna parte. Jubilados parlanchines que parecen haber experimentado el momento culminante de la semana con su visita al hospital. Una mujer mayor que da de comer con mucho cuidado a su marido tembloroso, postrado en una silla de ruedas. Me imagino que es su marido y que este está aquejado de Parkinson.

Enfrente de mí está Christer. Tiene los ojos enrojecidos y parece que ha dormido muy poco. No para de frotarse las manos. Veo que tiene las cutículas de las uñas del dedo pulgar y el índice destrozadas hasta la segunda falange y que una fea e inflamada mancha rojiza ha empezado a extenderse por donde suele haber piel.

—¿Un accidente de tráfico? ¿Un conductor que se dio a la fuga?

Yo misma me doy cuenta de que parezco dudar de la veracidad de su versión.

—Sí, un conductor que se dio a la fuga —me confirma Christer—. La policía está absolutamente segura de ello. Además, hay testigos.

—¿Qué pasó? Quiero decir, hablé con Marianne ayer por la tarde. Quería que fuera a verla, pero no estaba en casa.

—Creen que bajó a la calle para comprar en el 7-Eleven. Estuvo allí justo antes del accidente. Un grupo de niños que estaba comiendo pastelillos de canela la vio. Sólo tenía que volver a casa, ya sabes. Cogió un atajo por Odengatan. El semáforo estaba en rojo y no llevaba nada reflectante puesto. Creo que ella piensa que… es innecesario.

Christer se interrumpe a sí mismo, y veo que las lágrimas vuelven a brotar de sus ojos.

—Pasó un coche que, probablemente, iba demasiado rápido. No pudo frenar. No pudo.

Christer sacude la cabeza y empieza a trabajar la cutícula del dedo medio, tira lentamente de un pedazo de piel y deja a la vista la carne. No parece sentir dolor.

—Hay testigos —repite Christer—. Dijeron que Marianne voló. Varios…, varios metros, eso dicen.

Christer suena extrañamente ecuánime y sereno, pero yo ya he visto a personas en shock antes, y sé que todavía no es capaz de entender ni de asimilar realmente las consecuencias de lo que ha pasado. A nuestro lado, el hombre con Parkinson empieza a llorar sin pudor. La mujer mira a su alrededor como disculpándose, se levanta y empieza a toquetear la silla de ruedas. Los dos desaparecen rápidamente hacia la entrada.

—Y, bueno, el coche se dio a la fuga. Es posible que el conductor estuviera borracho, o que no tuviera carné de conducir, o tal vez se asustó sin más. Pero se dio a la fuga. No le dio tiempo a nadie a apuntar la matrícula.

—¿Y cómo está Marianne ahora?

—Tiene fractura de cráneo. Le han hecho, ¿cómo se dice?, un escáner. No han detectado ninguna hemorragia, pero el cerebro está inflamado. Por eso está inconsciente.

—¿O sea, que se recuperará?

—Es más grave de lo que parece. Van a intentar hacer todo lo posible para que baje la inflamación. Si no lo consiguen, puede que sufra lesiones cerebrales permanentes o, en el peor de los casos, que muera. Hace un rato, subí a verla. Está en la cama envuelta como un paquete cualquiera, con tubos y goteos y aparatos colgándole por todas partes. —Christer suspira, y sus ojos se vuelven vidriosos.

»Debería haber estado allí. Debería haber hecho las compras por ella. No acabo de entender por qué tenía que salir a la calle a esas horas, en medio de la oscuridad, y luego los colgantes reflectantes… No los llevaba puestos. Yo estaba en una cena de negocios. La policía me llamó al móvil. Estaba comiendo mejillones al vapor. Es un asco. Yo, comiendo mejillones al vapor, ¿ya te lo he dicho? Mejillones al vino blanco. Y ella… ella…

Christer aprieta los dientes, y no puedo evitar cogerle la mano. La aprieto ligeramente.

—Lo siento muchísimo —murmuro.

—Me alegro de que hayas venido. —Christer me mira a los ojos—. Gracias, querida Siri —susurra, y me devuelve el apretón.

Intento calmarme, intento encontrar una manera de formular la pregunta sin que parezca inoportuna.

—¿Tú sabes de qué quería hablarme Marianne?

Christer me mira; sus ojos inyectados en sangre se mueven de un lado a otro, como si no fuera capaz de afrontar esta pregunta tan sumamente irrelevante.

—Ni idea. ¿Acaso importa eso ahora?

Sacudo la cabeza lentamente y vuelvo a apretarle la mano con suavidad.

—No. Eso ya no importa.

De vez en cuando pienso en los últimos tiempos con Stefan. La primavera de 2005 fue pesada. Un abismo de inseguridad se había incrustado entre Stefan y yo, una evidencia que se ahondaba y dolía cada vez más. ¿La imprevisibilidad de la vida? Tal vez fuera esa la razón. Mi cuerpo había recuperado sus habituales formas de chico. El pequeño bulto de mi vientre, que había estado oculto para todos, salvo para Stefan y para mí, había desaparecido. Volvía a estar vacía.

Nos habíamos mudado a la casa de Värmö. Quizás esta casa se convertiría en nuestro nuevo proyecto. En sustitución del bebé que nunca llegó. Al principio, todo fue bien. Trabajábamos juntos de la mañana a la noche con las reformas. Podíamos estar varios días sin hablar, inmersos en la más profunda concentración, incluso llegábamos a olvidarnos de comer. Dos cuerpos sudorosos, codo con codo. Comentarios breves.

—¿Has visto el nivel?

Luego, silencio.

Entonces Stefan empezó gradualmente a sumirse en la pasividad. Creo que se tomó la pérdida del bebé peor que yo. Durante largos períodos de tiempo, evitó mi compañía y la de los demás. Solía salir a correr por el bosque cada día, y estas escapadas se fueron haciendo cada vez más largas.

Se encerró en sí mismo, y no dejó entrar a nadie, ni a mí, ni a la demás gente. Por lo visto, las cosas le iban bien en el trabajo, pero, cada día que pasaba, parecía estar más agotado cuando volvía a casa y, por eso, solía subir directamente al dormitorio, en cuanto entraba por la puerta principal. Allí se quedaba, despierto y con los ojos apretados con fuerza, hasta que yo llegaba y me echaba a su lado. Yo me acurrucaba a sus espaldas, muy muy cerca de él, y me dormía atormentada por la sensación de haberle fallado, pues sabía que Stefan no dormía.

Mañana. Stefan estaba echado en la cama, sin hacer ruido y con los ojos cerrados, pero yo sabía que estaba despierto. Mi mano buscó la suya; él la retiró. Mi mejilla buscó la suave colina de su hombro. Silencio.

—Stefan, ¿cómo estás?

—Bien.

—¿De verdad?

—Estoy bien. No quiero hablar de ello.

—Sé que no estás bien. No duermes lo que deberías dormir, has perdido peso, y te has vuelto tan… condenadamente… pasivo. Te quedas echado en el sofá todo el día. A veces siento que vivo con un muerto.

Stefan bajó la mirada a nuestro suelo recién pulido y se encogió de hombros. No detecté ninguna muestra de sentimientos en su rostro que pudiera ayudarme a adivinar lo que pensaba o sentía. La mirada era inexpresiva y estaba dirigida a la pared que tenía a mis espaldas.

—Creo que estás deprimido. Quiero decir, tampoco es tan raro, después de lo que hemos pasado. Veo cosas así cada día, te debe de pasar lo mismo a ti, ¿no? Realmente pienso que deberías hacer algo al respecto, por ti, y por mí también, pero… sobre todo, por los dos. Siento como si ya no fuésemos capaces de… de hablar entre nosotros. Puedo darte el nombre de un buen terapeuta, o ¿a lo mejor podrías hablar con algún colega tuyo que pueda darte una receta de antidepresivos? No sé…

—¡Cállate!

Stefan me interrumpió con un alarido. De pronto salió disparado de la cama, y vi cómo la saliva le saltaba de la boca a borbotones cuando prosiguió:

—Odio cuando me analizas. No necesito acudir a uno de esos psicólogos gilipollas, ni tomarme ninguna pastilla de la felicidad. Lo único que necesito es que me dejéis en paz. ¿Crees que tu pequeño cerebro sobreanalizado de psicóloga será capaz de entenderlo? Necesito descansar de ti y de tus jodidos cuidados y atenciones. De tu curiosidad malsana y pegajosa y de tu preocupación. ¡Dé-ja-me tran-qui-lo!

Vi algo en el rostro de Stefan muy cercano a la locura; vislumbré algo que no reconocí; un sentimiento que desapareció tan rápido como asomó.

—No sabes nada de mis problemas, nada. Primero lo del niño y luego… lo del trabajo.

—¿El trabajo?

Yo no entendía nada. Stefan siempre había amado su trabajo.

—Cada día me encuentro con pacientes con lesiones en la médula espinal. Y yo tengo que contarles que nunca volverán a caminar en su vida. Tengo que hablar con sus familiares, explicarle a la novia que nunca volverán a tener una vida sexual normal, que nunca tendrán hijos de forma natural. Tengo que explicarles cómo funciona el catéter, cómo serán las sesiones de recuperación.

—Pero, Stefan, ¿por qué no me lo habías contado antes?

—¡Cállate! Déjame en paz. Quiero que me dejes en paz. Quiero despertarme una mañana sin que tu mirada inquisitiva me juzgue, sin oír el desasosiego en tu voz. ¡Quiero despertarme sin ti!

Stefan se desplomó sobre el suelo, a mis pies, como un muñeco de tela, o tal vez como un globo que se vacía de aire, y se quedó allí echado sobre la alfombra en una postura extraña, bastante parecida a las posturas de yoga de Aina, con la frente descansando contra el suelo. Vi cómo sus hombros temblaban en la penumbra. Con mucho cuidado, me senté a su lado y agarré su mano. Estaba fría y húmeda.

—Stefan, ¿te das cuenta de que estás enfermo?

Él no me contestó, simplemente sacudió el cuerpo, y un sonido extraño salió de su garganta. Fue como un sollozo dilatado, como un llanto en fast forward.

—Stefan, necesitas ayuda. Es una enfermedad como cualquier otra.

Stefan asintió lentamente con la cabeza entre sollozos.

—¿Quieres el número de teléfono de uno de mis colegas?

—¡Nooooo!

La palabra sonó como un alarido y, de pronto, me asusté. Me asusté de mi propia incapacidad para ayudarle, de mis propias deficiencias y de la imprevisibilidad de esta vida.

—¿Me prometes que conseguirás algún tipo de medicina?

Stefan asintió con la cabeza.

—Te lo prometo.

Recuerdo aquel verano con una dolorosa nitidez. Es como si cada olor, cada matiz y cada suceso se hubieran grabado en mi memoria, dejando una marca que siempre llevaré conmigo. Como una intelección que jamás me dejará en paz. La conciencia de mi propia imperfección ilimitada.

Stefan consiguió su medicina. La vi en el estante del baño. Cipramil. Se la tomaba obedientemente, y cuando apenas había pasado un par de semanas, me pareció que había empezado a mejorar. Al fin era capaz de dormir, de leer el correo, hacer las compras y tomar iniciativas por su cuenta.

¿Estaba curado?

Lo dudo.

En junio fui feliz por primera vez en mucho, pero que mucho tiempo. Stefan estaba mejor, y Aina y yo habíamos puesto en marcha la consulta junto con Sven. El verano era embriagadoramente bello. Al otro lado de nuestra ventana, las rosas silvestres se confundían con las enormes hojas de las aristoloquias. El falso jazmín estaba en flor y envolvía toda la casa con un aroma embriagador y ligeramente nauseabundo. Las noches sobre las rocas eran largas y de color azul celeste. Incluso la oscuridad estival se comportaba de manera placentera y amable.

Stefan volvía a bucear. ¿Tal vez fuera lógico que ocurriera mientras estaba buceando? ¿A lo mejor, así lo habría querido él, de haber podido escoger? ¿A lo mejor lo eligió él?

Recuerdo que la mañana era preciosa, no soplaba viento y hacía un poco de fresco.

Desayunamos en las escaleras de delante de la casa, tal como solíamos hacer. Mi pie desnudo sobre el suyo. Silencio. Ninguna pena, ni ningún dolor. Todavía. Bebí de su taza de café, como de costumbre, y comimos pan crujiente con paté de pescado de Kalle. En el mar se veía un velero que intentaba, sin éxito, cruzar hacia el este. Stefan constató que, ese día, los navegantes tendrían que usar el motor, si no querían quedarse atascados, meciéndose en medio del agua totalmente en calma.

La inmersión del día sería en Vindö. En Abborkroken. Yo misma había buceado allí. Era una enorme pared de roca que bajaba verticalmente unos cincuenta metros, o más.

Leí la sección de cultura del Dagens Nyheter, mientras Stefan metía el equipo en el portaequipajes del coche y se preparaba para marcharse. Un beso fugaz, un saludo desde el coche al irse. Es posible que me equivoque, pero me parece recordar que estaba más contento de lo habitual.

Aproveché el día para trabajar. Estábamos a punto de contratar a una recepcionista para la consulta, y repasé todas las solicitudes meticulosamente, porque soy terriblemente escrupulosa cuando se trata de este tipo de cosas. El tiempo voló, hasta tal punto, que olvidé comer, y cuando oí el coche que subía por el acceso detrás de la casa, constaté, sorprendida, que había empezado a anochecer.

Metí los pies en los zuecos rojos y salí a la noche estival para encontrarme con Stefan. Sin embargo, allí, bajo los pinos, estaban Peppe y otro hombre que nunca había visto antes. Se habían quedado totalmente inmóviles en el tendedero que corría desde el cobertizo hasta el pequeño y torcido pino que habíamos bautizado como El Hueso. Tenían un aspecto tan ridículo, que a punto estuve de ponerme a reír. Parecían estatuas. Solté una risa y fui a su encuentro, pero me detuve al ver la mirada de Peppe. En ese mismo instante lo comprendí todo.

Hasta la fecha, no hay nadie que sepa con exactitud qué fue lo que le pasó a Stefan. Lo encontraron a una profundidad de cincuenta y tres metros. La investigación técnica demostró que su equipo estaba en perfectas condiciones. Tenía oxígeno suficiente, y la autopsia no parecía indicar que hubiera sufrido algún problema físico que pudiera explicar el repentino accidente. Su muerte sigue siendo un misterio. Es cierto, todo el mundo tenía su propia teoría: pánico, ausencia de pánico, deseos de morir, desprecio hacia la muerte, falta de rutina, dejadez a causa de la gran experiencia y rutina acumuladas, pérdida del sentido de la orientación en la oscuridad, suicidio, asesinato, enfermedades extrañas y calambres, sólo por mencionar unas cuantas. Yo no quería pensar en el cómo… Tenía suficiente enfrentándome a su muerte.

Seguir: parte 2 de 3