Te vigilo
Agosto
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Fecha : 14 de agosto
Hora: 18.00
Lugar: La habitación verde, la consulta
Paciente: Sara Matteus
—Bueno, ¿y cómo te ha ido el verano?
—¿Te molesta si fumo?
—No, adelante.
Sara hurga en su bolso de tela de camuflaje y por fin saca un paquete de Prince rojo y un encendedor. Con dedos temblorosos, secos y agrietados, enciende el cigarrillo y le da dos caladas profundas antes de volver a fijar la mirada en mí. Escudriña mi rostro en silencio y luego suelta una nube de humo entre nosotras, una niebla cancerígena, que, por un instante, oculta sus ojos pintados de negro. Hay algo provocador en su gesto, un cierto aire juguetón y revoltoso que me lleva a decidir no soltarla con la mirada.
—¿Qué pasa? —dice con aspereza.
—¿Y el verano?
—Ah, sí. El verano. Ha estado bien. Estuve trabajando en ese bar de Gamla Stan, ya sabes, en la plaza de Järntorget.
—Sí, lo sé. ¿Y cómo te parece que te lo has pasado?
—Bien, muy bien. Claro. No problems.
Sara se queda en silencio mientras me contempla con una mirada insondable. Tiene veinticinco años, pero no aparenta un día más de diecisiete. Su cabello, desteñido en diferentes tonalidades que van del blanco al Amarillo mantequilla, cae reptando por sus estrechos hombros en sucias greñas. Greñas. Las enrolla entre los dedos cuando se aburre. Luego, las greñas entran y salen de su boca. Las muerde o chupa, indistintamente. Cuando no se chupa el pelo, fuma. Parece que siempre tenga un pitillo entre esos dedos ásperos y secos.
—¿No has sentido angustia?
—Pues no. Bueno, tal vez un poquiiito… de vez en cuando. Me refiero a la noche de San Juan y esas mierdas, ya sabes. ¿O es que la gente no suele angustiarse por esas fechas? ¿A quién no le causa angustia la víspera de San Juan? —Me mira con aire retador y sin decir nada. Una sonrisa asoma por la comisura de sus labios—. Por supuesto que eso me provoca una jodida angustia.
—Y entonces, ¿qué hiciste?
—Pues nada —responde, y me dirige una mirada vacía a través del humo del cigarrillo. Parece extrañamente indiferente, teniendo en cuenta los sentimientos de angustia y alienación que, afirma, le provoca la fiesta de la víspera de San Juan.
—¿Y no te hiciste cortes?
—Pues no… Bueno, sí. Sólo un poquito, en los brazos, ya sabes. Sólo en los brazos. Tuve que hacerlo, de lo contrario no habría sobrevivido a ese jaleo de San Juan. Pero… no mucho. Ya sabes, te prometí que no volvería a cortarme más. De hecho, suelo cumplir lo que prometo. Sobre todo, si te lo prometo a ti.
Advierto que Sara esconde sus antebrazos con un movimiento del que con seguridad ni siquiera es consciente.
—¿Cuántas veces te cortaste?
—¿A qué te refieres? ¿Al número de cortes que me hice?
—No, quiero decir en cuántas ocasiones lo hiciste.
—Oh, algunas. Un par de veces, o tal vez tres, a lo largo del verano. No me acuerdo…
La voz de Sara se va apagando. Aplasta el cigarrillo en el jarrón azul que he colocado sobre la mesita en un intento de hacer que la sala parezca más acogedora. Debo de ser la única psicóloga en Suecia que permite que sus pacientes fumen, pero, en el caso de Sara, si no lo hago se pone tan nerviosa que resulta imposible tener una conversación con ella.
—Sara, esto es importante. Me gustaría que volviéramos a las diferentes situaciones en las que te cortaste. Intenta recordar qué fue lo que pasó justo antes. Qué fue lo que provocó los sentimientos que te llevaron a hacerte esos cortes.
—Mmm…
—Empieza por la primera vez. Tómate todo el tiempo que necesites. Empieza contándome cuándo fue.
—Debió de ser la víspera de San Juan. Quiero decir, durante la misma fiesta de San Juan. ¡Si ya te lo he dicho antes!
—¿Qué hacías? Me refiero a justo antes de cortarte.
—Fui a ver a mi madre. Sólo estábamos ella y yo. Ella había cocinado y esas cosas. Y había comprado vino.
—¿O sea que no fuiste a ninguna fiesta de San Juan?
—No, más bien lo decía en el sentido… ¿Cómo se dice? Como una metáfora. Una metáfora de lo horrible que es la víspera de San Juan. Todo el mundo está tan contento… Hay que juntarse con la familia y estar contento. Me parece algo tan… impostado.
—Pero entonces, ¿estuvisteis bien? ¿Contentas?
Sara permanece un buen rato en silencio y, por una vez, y sin que sirva de precedente, sus manos descansan tranquilas en el regazo, mientras piensa la respuesta. Lo único que se oye es el zumbido de la cámara de vídeo que graba nuestra conversación. Sara suspira hondo y, cuando vuelve a hablar, advierto su irritación, a pesar del tono de voz tranquilo y expectante.
—La verdad, creo que ya puedes imaginártelo. De hecho, no entiendo adónde quieres ir a parar con todo esto. Ya hemos hablado de mi madre al menos mil veces. Ya sabes que es una borrachuza. Hooola, ¿hay alguien ahí? ¿Quieres que te lo apunte en algún sitio? Fue como de costumbre. Todo tenía que ser tan pretendidamente elegante… y entonces… bebió demasiado y empezó a lloriquear. Ya sabes cómo se pone cuando bebe. Infeliz y como si… como si se arrepintiera de algo. Como si se arrepintiera de todo. Como si yo tuviera que perdonarla por no haber sido una buena madre. ¿A ti te parece que debería hacerlo?
—¿Tu qué piensas?
—No, no creo que deba hacerlo. Creo que lo que me ha hecho es imperdonable.
—Entonces, ¿qué hiciste?
Sara se encoge de hombros y veo por su actitud y su postura que ya no tiene ganas de hablar, ni de su madre ni de sí misma. Su voz se ha vuelto chillona y en su cuello se extienden unas manchas coloradas, como si fuera vino derramado sobre un mantel de algodón.
—Me largué. No soporto cuando se pone a berrear.
—Y luego, ¿qué pasó?
Sara se mueve nerviosa en el asiento. Enciende otro cigarrillo.
—A casa. Me fui a casa.
—¿Y?
—Sabes muy bien lo que pasó entonces. Es culpa de esa bruja. Es que no consigo… no puedo respirar cuando he estado allí.
Ahora Sara está enfadada. Eso es bueno, intentaré alimentar ese sentimiento en ella. Suelo escuchar muchas verdades, cuando Sara se enfada. La capa automanipuladora desaparece por completo, sustituida por una sinceridad desnuda y a flor de piel que encuentras en la gente que no tiene nada que perder y a la que no le importa lo que piensan los demás.
—¿Te cortaste?
—¡Joder! Me parece que es obvio que me corté.
—¡Cuéntamelo! —le digo.
—Bueno, a ver. Sinceramente, ya sabes lo que pasó.
—Esto es importante, Sara.
—Me corté en el brazo. ¿Estás contenta?
—Sara… ¡Escúchame! Es comprensible, todo lo que me cuentas, tus sentimientos. Es la víspera de San Juan, visitas a tu madre, ella está borracha y quiere que la perdones. De pronto, se remueven muchos sentimientos. ¿Lo comprendes?
Sara baja la mirada hasta sus dedos. Examina las uñas. Asiente con la cabeza para confirmar que tal vez ella también crea que sus sentimientos y reacciones son comprensibles.
—El problema es que cada vez que te asalta la angustia te entran ganas de autolesionarte, lo que no puede decirse que sea precisamente una buena solución a largo plazo.
Sara vuelve a asentir con la cabeza. Sabe que no es más que un desahogo pasajero cada vez que se corta, que bebe demasiado o que se lanza de manera impulsiva a relaciones sexuales ocasionales, y que el odio hacia sí misma y el dolor volverán con fuerzas redobladas. En realidad, su intento desesperado de mantener la angustia en jaque no hace más que reforzarla.
—¿Intentaste hacer lo que hemos hablado en otras ocasiones? Ya sabes, tratar de soportar la angustia y el miedo. Al fin y al cabo, sabes muy bien qué es lo que lo provoca. La angustia en sí nunca es peligrosa. Sencillamente te lo parece, lo sientes así. Eso es lo que debes trabajar: tienes que aprender a soportar la angustia. Sólo por un tiempo, porque ya volverá a desaparecer más adelante.
—Sí, lo sé.
—¿Y qué me dices de las otras veces?
—¿Qué otras veces?
—Que te hiciste cortes.
Sara suspira y desvía la mirada hacia la ventana en un gesto significativo. La ira en su voz ha sido reemplazada, en parte, por el cansancio.
—Vale, muy bien. Una de las veces estaba borracha y, por lo tanto, no cuenta. Porque entonces no soy realmente yo misma. Fue en una fiesta en Haninge, en casa de un tío del trabajo.
—¿Ocurrió algo en especial durante la fiesta que provocara esos sentimientos?
Sara se encoge de hombros y tira otra colilla dentro del jarrón, al agua de mis flores, ya envenenadas de nicotina.
—Venga, Sara, inténtalo. Es importante. También tienes que poner de tu parte. Ya sé que es duro.
—Había un tío…
—¿Y?
—Y, en cierto modo, me recordaba a Göran.
—¿Tu padrastro?
—Sí. —Sara asiente con la cabeza—. Me tocó de la manera en que solía hacerlo Göran. De repente…, ya sabes que no me gusta pensar en todo eso, y entonces todo eso volvió, sin más, cuando lo tuve allí, manoseándome, sobándome con sus asquerosas manos. Lo empujé con tal fuerza que fue a dar contra una mesa. Estaba bastante borracho, y se cayó y se abrió una ceja.
—¿Qué pasó entonces?
—Bueno, pues se puso furioso. Empezó a gritarme y a perseguirme.
De pronto, Sara parece agotada y extrañamente pequeña.
—Eh, que tampoco fue tan horrible como crees, la verdad. El tío estaba borrachísimo, ¿ya te lo he dicho? No me atrapó. Me fui a casa.
—¿Y?
—Y entonces lo hice, ¿vale? ¿Y ahora podríamos hablar de otra cosa?
—Intenta describirme, de la manera más exacta posible, lo que sentiste justo antes de hacerte los cortes.
—¿Lo que sentí? Hooola, si ya sabes perfectamente lo que sentí. Como si estuviera a punto de romperme. Pensé en aquel tío asqueroso y en sus repugnantes manos que me sobaban, y luego en Göran, y de pronto sentí como si me estuviera rompiendo o no pudiera respirar. Y entonces lo hice, y luego me sentí mejor. En cierto modo, me sentí más limpia. Y más tranquila. Me quedé dormida. ¿De acuerdo? Y ahora ¿podríamos hablar de otra cosa? Por cierto, tengo que irme pronto. Tengo una entrevista para una plaza de becaria. ¿No podríamos hablarlo la próxima vez?
—Para la próxima vez me gustaría que prepararas el ejercicio del que hablamos, Sara.
—Claro, por supuesto. Entonces me voy ya.
—Muy bien. Nos vemos la semana que viene.
Apago la cámara de vídeo y me recuesto en la silla. Como suele pasarme cuando viene Sara a verme, he vuelto a vaciarme de energía. No sólo porque ella me cuenta muchas cosas horribles, sino también porque he estado en alerta todo el tiempo. Ser la terapeuta de Sara es un ejercicio de equilibrio constante.
Sus circunstancias, por desgracia, no son especialmente excepcionales. Creció en Vällingby, en un hogar de clase media en apariencia normal, como la menor de tres hermanos. Lo único poco normal de su situación familiar era que la madre tenía un problema con el alcohol, pero a pesar de ello funcionaba bien socialmente. Sara suele decir que, a veces, incluso podía llegar a ser una ventaja. Por ejemplo, la mujer solía mantener la boca cerrada durante las reuniones de padres, a sabiendas de que si la abría podía descubrirse que era una alcohólica irremediable. Siempre estaba durmiendo cuando Sara volvía a casa, nunca le preguntaba dónde había estado, ni por qué volvía a casa en mitad de la noche, ni cómo podía ser que siempre llevara ropa nueva. Ropa que no le habían dado sus padres.
Ya a una edad temprana, Sara empezó a tener dificultades para concentrarse y pronto llegaron los problemas en la escuela. En tercero de primaria prendió fuego a las cortinas del gimnasio con un encendedor que le había sisado al profesor (que solía fumar a escondidas en el vestuario, mientras obligaba a los niños a correr dando más y más vueltas al patio del colegio bajo la lluvia otoñal). En sexto, se subió a un coche de policía por primera vez, después de haber robado en el supermercado Konsum. Empezó a salir con tíos mayores. A los trece años comenzó a salir con Steffe, que tenía dieciocho. Se quedó embarazada y abortó.
A su vez, los padres intuyeron que estaban perdiendo el control sobre ella y se dirigieron a las autoridades sociales en busca de ayuda. Este grito de socorro resultó en que la oficina de los servicios sociales del barrio decidiera llevar a cabo una investigación, lo que significó que a Sara le adjudicaran una persona de contacto y la obligaran a hacerse pruebas de orina regularmente. Estas medidas suelen ser bastante ineficaces, y también lo fueron en el caso de Sara. Al poco tiempo, su persona de contacto renunció a serlo, después de que Sara la llamara «puta asistente social» y «jodida asistente social de mierda» y escupiera sobre su mesa. La persona de contacto afirmó que se sentía amenazada e intimidada por Sara, pero lo más probable es que, en realidad, se hubiera cansado de que esta fuese tan insoportable y exigente. Que tampoco tuviera fuerzas para cargar con ella.
¿Agresiva? Sin duda. Sin embargo, nunca he visto que Sara perjudicara a nadie más que a sí misma. Tiene lo que podríamos llamar una capacidad infalible, casi paranormal, para elegir siempre la peor alternativa para sí misma, para elegir siempre el camino en la vida que le cause el máximo de dolor. Parece que tenga incorporado un complejo indomable que la lleva a tomar la Vía Dolorosa.
Tras la ruptura con la «puta asistente social» llegó la familia de acogida. Cuando Sara tenía quince años, su padre de acogida la violó repetidas veces. Sara hizo lo único que, desde su punto de vista, era lógico: escapar de casa. De hecho, lo consiguió en varias ocasiones, pero cada una de las veces que lo intentó, las autoridades locales la atraparon y la devolvieron a la familia de acogida. Fue entonces cuando empezó a manifestarse ese comportamiento devastador, autodestructivo y sexualmente agresivo.
Cuando Sara cumplió los dieciocho, le dieron su primer auténtico diagnóstico psiquiátrico verdadero: trastorno límite de la personalidad. Como de costumbre, de nada sirvió que el sistema psiquiátrico alcanzara para ponerle palabras a lo que le pasaba a Sara. Cada vez estaba peor. Al poco tiempo la ingresaron en un hospital psiquiátrico durante dos meses, en un estado cerca no a la psicosis, tal vez provocado por las drogas. Sara suele referirse al hospital como al «Infierno», y supongo que con el descenso a él debió de abandonar prácticamente toda ambición de llevar una vida normal, una «vida Svensson», como solía llamarlo ella. En el caso de Sara, la estancia en el hospital psiquiátrico fue seguida por un consumo de drogas explosivo, y medio año más tarde de que le hubieran dado el alta, Sara fue ingresada a la fuerza en un centro de desintoxicación de Norrtälje donde se concentraron especialmente en su problema con las drogas, que, por aquel entonces, consistía en un consumo desmedido de anfetaminas y alucinógenos sintéticos.
Más tarde ocurrió algo. No está claro el qué. Ella misma no es capaz de explicarlo de otra manera que no sea que decidió vivir. Decidió no morir.
¿Y hoy? Hace dos años que está limpia, tiene su propio piso en Midsommarkransen. Está en el paro. Soltera. Muchos amigos y aún más compañeros de cama.
Sara es una auténtica veterana en el mundo de la psiquiatría. La han analizado de cabo a rabo una y otra vez. El BUP (Centro de Psiquiatría Infantil y Juvenil), los ambulatorios psiquiátricos abiertos y los de régimen cerrado. Ha conocido a más asistentes sociales, personas de contacto, psicólogos y psiquiatras que yo a pacientes. Eso compromete. De vez en cuando siento como si me estuviera evaluando a mí y mis comentarios, como si me estuviera catalogando y ubicando en una especie de jerarquía de loqueros. Es capaz de soltarme un comentario que, sin duda, proviene de uno de mis antecesores: «Muy bien, pero ¿has tenido en cuenta los celos crecientes entre hermanos, resultado de la temprana separación de mis padres?», o «Ya sé que puede sonar condenadamente edípico pero, de hecho, a veces llegué a creer que Göran me amaba de esa manera».
Pienso en los brazos y las piernas delgados y cubiertos de cicatrices de Sara. Parecen una estación de trenes en la que las vías en parte se cruzan, en parte discurren paralelas. Hay quien llama cutters a esas chicas que se hacen cortes para mitigar la angustia.
Pero, claro, Sara es mucho más que un simple diagnóstico psiquiátrico. Es inteligente, una experta en la manipulación de los demás y, la verdad, bastante divertida cuando está de ese humor. Ahora hay que volver a rehabilitarla. Hay que readaptarla a la vida normal que nunca ha tenido y que, quizá, nunca tendrá.
Adaptar. Amoldar.
Poso la mano sobre su expediente; es tan grueso como la Biblia; completo, con informes de las autoridades sociales, extractos de su historial clínico de ambulatorios psiquiátricos y hospitales de régimen cerrado. Distraída, mis dedos hojean el montón de papeles. Mi mirada queda atrapada por el historial clínico del hospital Sanlt Göran, de cuando Sara estuvo ingresada en la planta de psiquiatría.
Paciente: Sara Matteus, número personal: 82 11 23-0424 Ingreso: La paciente llega a urgencias psiq. a las 18.37 h por medio de la
policía de Norrmalm tras haber sido detenida por robo en la tienda Twilfit, en
Gallerian. Puesto que la paciente parecía confusa y turbada y se mostraba
agresiva, la policía la trasladó a urgencias psiquiátricas.
Actual: La paciente es una mujer de 18 años con problemas de
drogadicción y trastornos de angustia sin especificar. Anteriormente ha estado
en contacto con el BUP y el ambulatorio psiquiátrico (servicio de urgencias
psiquiátricas de Vällingby). En la actualidad la paciente no mantiene ningún
contacto psiquiátrico, ni toma ningún tipo de medicación. La paciente indica
que se siente muy mal y que necesita ayuda. A ratos parece coherente, y
entonces se queja de una angustia severa e incluso es capaz de contar que ha
tomado drogas, sin que logre recordar de qué tipo. Por lo demás, se muestra
agresiva y manifiesta trastorno obsesivo-compulsivo y paranoia al sentirse
perseguida por los servicios sociales y la policía. La paciente da muestras de
comportamiento autodestructivo (cicatrices y heridas en antebrazos y parte
interior de los muslos).
Suspiro y suelto el montón de papeles, que caen al suelo con un ruido sordo. Por hoy ya he tenido mi dosis de Sara Matteus. Ha llegado el momento de ventilar la habitación y saludar a la rusa Ilja, madre reciente de un bebé. Ella, que conoció a su marido sueco a través de Internet, que se siente tan a gusto en Suecia y que ya habla el sueco con fluidez. Ella, que es tan competente, que está integrada en la sociedad y que trabaja de enfermera instrumentista en Sophiahemmet, pero que padece una obsesión irrefrenable por esconder todos los cuchillos y tijeras en el cobertizo de la familia por miedo a hacerle daño a su bebé con un objeto cortante.
Debería haber sido idílico.
Mi casa es pequeña y está a un tiro de piedra de la playa. Unas grandes puertas acristaladas cubren toda la fachada que da al mar. Es una casa luminosa. Los suelos están cubiertos de antiguas tablas de madera de pino, anchas y gastadas, separadas por unas profundas grietas llenas de décadas de polvo acumulado.
En la cocina, los elementos y la decoración originales de los años cincuenta, con puertas corredizas de contrachapado pintadas de azul, han tenido que entenderse con los electrodomésticos nuevos. El dormitorio da a las rocas de un lado del cabo, y a través del gran ventanal puedo ver el mar, incluso cuando estoy echada en la cama, que es demasiado ancha para mí sola.
El baño y el lavabo se encuentran en un edificio aparte, en la caseta que antes fue una leñera. Para llegar allí tengo que salir por la puerta de delante y recorrer el sendero que discurre entre los rosales silvestres.
Frente al salón se extiende un pequeño terreno sembrado de césped. Descuidado y con la hierba alta como está, no hay manera de aplicar los métodos cortacésped habituales. En su lugar, yo misma he tenido que abrir a pisotones dos estrechos senderos a través de la maleza: uno que lleva al viejo y destartalado desembarcadero, y otro que conduce a las rocas.
En la playa se entremezcla el sedum de hoja colorada con el brezo y el tomillo. Unos pequeños pinos negros azotados por el viento bordean las grandes rocas antes de dar comienzo al bosque y el páramo. A pesar de que vivo a menos de una hora de Estocolmo, la casa más cercana está a un kilómetro de aquí.
Fue idea de Stefan que viviéramos así: de manera espartana y cerca de la naturaleza, cerca del buceo. Entonces parecía una buena idea. No había ningún sueño que fuera demasiado ingenuo, ninguna idea que fuera demasiado loca para mí. Ahora ya no sé qué pensar. Con la soledad también llegó una extraña e insidiosa pasividad: para mí, cambiar una bombilla eléctrica supone una gran hazaña, y pintar la leñera me resulta un proyecto imposible, imposible de fraccionar en horas manejables de trabajo. De ninguna manera podría abandonar el lugar. No sabría por dónde empezar.
Cuando me visitan, mis amigos suelen mirarme con una mezcla de compasión y espanto. Piensan que debería ordenar las cosas de Stefan; sacar sus utensilios de afeitado del baño, todas las cosas de buceo del cobertizo, su reloj de pulsera, que siempre está sobre la mesilla de noche y al que me agarro cada noche cuando la añoranza se hace insoportable.
—No puedes vivir en un mausoleo —suele decirme Aina, despeinando cariñosamente mi pelo corto.
Tiene razón, claro. Debería desembarazarme de las cosas de Stefan. Debería desembarazarme de Stefan.
—Desde luego, trabajas demasiado —añade con un suspiro—. Vente conmigo y salimos este fin de semana.
Siempre declino su invitación. Al fin y al cabo, hay tantas cosas que hacer en la casa, y tantos informes que escribir. Documentos que tengo que ordenar. Entonces Aina suele sonreír, como si supiera que le estoy mintiendo, lo que, ciertamente, hago.
De vez en cuando, Aina se queda a dormir en casa, en lugar de pasar el fin de semana en los bares ruidosos de Södermalm en compañía de hombres cuyos nombres olvida enseguida. Entonces solemos comer mejillones al vapor, bebemos un montón de vino blanco barato y hablamos de nuestros pacientes o de los hombres de Ani. O de nada en especial. Nos bañamos desnudas y nos lanzamos al agua desde las rocas. Escuchamos a David Bowie con el volumen demasiado alto, mientras los animales del bosque nos miran asustados.
Luego, la casa parece más vacía que antes, sus ventanas abren sus fauces como enormes agujeros hacia el mar y el silencio es aturdidor. Suelo tener resaca, y puesto que soy demasiado vaga para coger el coche e ir a comprar, como helado de vainilla al mediodía y ceno espaguetis con ketchup. Y lo acompaño todo con un par de copas de vino blanco. Me preocupo de encender todas las luces cuando llega el atardecer, pues no me gusta la oscuridad. Es como si la ausencia de luz anulase la frontera entre mí y el resto del mundo. Me aterra más de lo que me gusta admitir y provoca en mí el sentimiento que mejor conozco: el terror.
Llevo ya muchos años conviviendo con el terror y puedo decir, sin miedo a exagerar, que lo conozco de cerca, tanto que ya ni siquiera lo registro cuando aparece con el crepúsculo. Al contrario, resignada, le doy la bienvenida, como a un viejo, aunque no del todo bienvenido, conocido.
Por eso duermo con la luz encendida.
Soy, pues, terapeuta. Psicóloga autorizada. Psicoterapeuta autorizada. En la puerta de la consulta hay un letrero de latón que así lo acredita:
CONSULTORIO PSICOTERAPÉUTICO DE SÖDERMALM
SIRI BERGMAN
PSICÓLOGA AUTORIZADA
PSICOTERAPEUTA AUTORIZADA
De vez en cuando pienso en cómo reaccionarían mis pacientes si supieran que la en apariencia tranquila y competente mujer a la que se dirigen con todos sus secretos y todos sus miedos es incapaz de dormir sola en una habitación a oscuras. Qué opinarían sobre mi falta de capacidad para enfrentarme a mis propios agujeros negros, cuando a ellos les exijo que se acerquen a los suyos. Con los pensamientos llega la vergüenza; soy una mala terapeuta, soy un fracaso, ya debería haberlo superado, haberlo zanjado. Debería haber llegado más lejos de lo que he llegado.
Aina suele reírse de mí al referirse a esa necesidad, tan mía, de control y a mis ideales perfeccionistas.
—Tú no eres tu profesión —me dice—. Ser psicoterapeuta no es ninguna maldita misión. Vienes aquí y tienes tus cuatro pacientes diarios, y luego te vas a casa y eres Siri. Joder, ser una fracasada, depresiva, pasiva y fóbica debería hacerte mejor terapeuta. Siempre y cuando no lo seas con los pacientes. Algo que, por cierto, deberías haber aprendido durante el primer semestre en la Facultad de Psicología.
Y ella debe de saberlo, porque es su nombre el que aparece debajo del mío en el lustroso letrero de latón:
AINA DAVIDSSON
PSICÓLOGA AUTORIZADA
PSICOTERAPEUTA AUTORIZADA.
Aina y Siri. Un concepto que se remonta a las primeras, nerviosas semanas en la Universidad de Estocolmo. Lo extraño no es que sigamos siendo amigas. Lo extraño es que hemos realizado nuestros planes de llegar a tener algún día una consulta propia.
Tenemos otro compañero. Sven Widelius, un viejo zorro que lleva trabajando de terapeuta más de veinte años. En principio, compartimos locales, recepcionista y cocina americana. Nuestra colaboración no va más allá de eso. La consulta está en la plaza de Medborgar, en el mismo edificio que los locales futuristas de Söderhallarna, sólo que unas plantas más arriba.
Entre semana, cada mañana me detengo para recuperar el aliento después de haber subido las escaleras corriendo. Contemplo el letrero recién lustrado, reflexiono, dudo y, al final, acabo metiendo la llave en la cerradura.
También hoy. Estamos a mediados de agosto. El verano es hermoso de una manera peligrosa y diríase que casi un poco erótica. Los aromas y exhalaciones de la naturaleza son bochornosamente dulces y nauseabundos, intensificados por el calor sofocante. En la ciudad, los olores metálicos de los tubos de escape y de la contaminación atmosférica se mezclan con el hedor a comida de los restaurantes y los carritos de salchichas. Y entre esta cacofonía de aromas, ahí está, el inconfundible olor a putrefacción.
La vegetación es intensa y vibrante, y tanto en la ciudad como en mi casa, el aire está saturado de moscas e insectos. De camino a casa desde la parada de autobús, puedo oír el sonido de una vida escurridiza, culebreante y primitiva. Puedo ver cómo millones de bichos hacen vibrar el lecho verde del bosque y noto que, a cada paso que doy, aplasto innumerables microorganismos bajo mis pies, creando nuevos biotopos hechos de musgo pisoteado y de hormigas y escarabajos aplastados. Para mí, la sensualidad carnal del verano es el punto culminante del año.
Sin embargo, el verano también conlleva sus exigencias. El verano reclama alegría y vida, reuniones sociales y vacaciones. Este año, mis vacaciones han consistido en una estancia impuesta en la cabaña que papá y mamá tienen en los bosques de Sörmland. Fui obligada a pasar una semana entera allí, sometida a los cuidados y la preocupación de mis padres y mis hermanos, hasta que al final se atrevieron a soltarme de nuevo. Detecté de inmediato el terror que se escondía tras la sonrisa de mamá y en la manera en que mis hermanas me trataban: como si fuera de la porcelana más fina y frágil. Y en los intentos de mi padre por conversar conmigo, el pánico se ocultaba justo debajo de la superficie. En realidad, dudo que alguno de ellos me llegara a echar de menos cuando me fui de allí.
El resto del verano lo he pasado sentada en el jardín, mirando al mar. He estado considerando volver a bucear. El equipo sigue aquí. Soy una buceadora experimentada. Echo de menos la sensación de encontrarme en otro mundo que tal vez incluso sea mejor. El buceo no me da miedo, a pesar de todo lo que ha pasado, pero no me veo con fuerzas para movilizar ese entusiasmo que resulta imprescindible para hacer cualquier cosa. Y, además, no me apetece encontrarme con ninguno de los amigos de entonces.
En su lugar, he pasado el rato fingiendo que me entretenía escardando los arriates, bebiendo vino y haciéndole carantoñas a Ziggy, el orondo gato de corral que hace ya unos cuantos años se instaló en mi casa, y he soportado el período interminable que llamamos verano.
Hasta ahora.
Es mi cuarto día de trabajo. Día cuatro. Con cuatro visitas.
En la recepción está Marianne. Una secretaria contratada a media jornada es un lujo innecesario que, en realidad, no nos hace falta, pero que, aun así, nos permitimos.
Marianne. ¿Cómo nos las arreglaríamos sin ella? Su pelo corto y rubio se riza en la frente y me sonríe cuando llego.
—¡Siri! ¡O sea, que hoy ya estamos todos de vuelta! Han anulado la cita que tenías para las diez.
Me mira como disculpándose, como si fuera su culpa que Siv Malmstedt no venga. Lo más seguro es que Siv haya anulado la cita para evitarse las dos horas de viaje en el metro. Marianne, que conoce las rutinas desde hace tiempo, me informa de que ha enviado una factura y que, a pesar de todo, sigue en pie la cita habitual que tiene Siv para el jueves.
La consulta es pequeña pero acogedora. Disponemos de tres salitas para las consultas, una recepción y una pequeña cocina donde tomamos café. En la parte posterior hay un pequeño servicio y una ducha. Por pereza, solemos llamar mi salita la habitación verde porque las paredes están pintadas de un verde tila suave en un intento de crear una atmósfera tranquila. Por lo demás, se parece a cualquier sala de terapia: dos sillas colocadas perpendicularmente la una respecto a la otra, una pequeña mesa con un florero de cristal azul soplado a mano y una cajita de pañuelos de papel que anuncia que aquí está permitido destaparse, mostrar los sentimientos y llorar.
En la pared hay una pizarra blanca rodeada, por cierto, de forma decorativa, por varias litografías neutrales de los artistas apropiados. Lo que tal vez distinga mi sala de terapia de la gran mayoría de las demás salas es la cámara de vídeo, muy utilizada, colocada en su trípode. Suelo grabar la mayoría de mis consultas. A veces, para que el paciente pueda llevarse la sesión a casa, otras para tenerlas yo.
Las cintas forman parte del historial clínico, y por eso las guardo bajo llave en el sólido archivador de color verde a prueba de fuego que hay en la recepción. Aina sostiene que mis cintas no son más que otra prueba de mi necesidad de controlarlo todo, y se queja porque ocupan demasiado espacio en el archivador. Suelo contestarle que no debería preocuparse por ello, puesto que ella nunca toma más de dos líneas de notas.
Entonces me deja en paz.
Tengo que hacérselo entender. Fue así como empezó todo. Tengo que hacerle entender lo que me ha hecho. Pero ¿cómo voy a poder explicárselo? Que por la noche, el dolor se clavaba como mil cuchillos retorciéndose en mis entrañas, unos cuchillos que se hundían en mi estómago y en mi pecho. Como un animal predador codicioso que me devoraba con lentitud desde dentro, un enorme parásito con dientes tan afilados como hojas de afeitar y extremidades frías, escurridizas y fulminantes de las que era imposible escapar.
¿Cómo iba a describir la soledad y el vacío? Que cada salida del sol anunciaba el comienzo de un día más, absurdo y sin sentido. Horas sin sentido llenas de actividades igualmente carentes de sentido, a la espera de nada en absoluto. Y con cada día que pasaba la distancia se hacía mayor. La distancia que me separaba de ella.
¿Cómo iba a explicarle que los sueños eran tan intensos y reales que lloraba de decepción al despertar, bañado en sudor como si tuviera fiebre?
¿Acaso es posible hacerle entender a alguien una cosa así? Y aunque lo consiguiera, ¿de qué me serviría, en realidad?
Fecha : 16 de agosto
Hora: 13.00
Lugar: La habitación verde, la consulta
Paciente: Charlotte Mimer
—Charlotte, he pensado que deberíamos empezar por ver cómo te han ido las cosas durante el verano. Han sido unas vacaciones muy largas.
—A mí me parece que todo ha ido muy bien. Me gustaría mostrarte las notas que he tomado.
Charlotte Mimer se inclina hacia delante y saca una carpeta de su maletín en la que las hojas de registro están ordenadas con minuciosidad. Me doy cuenta de que, como de costumbre, lo ha anotado todo con el mismo bolígrafo y con la misma letra preciosa y regular. Charlotte me ofrece la carpeta, a la vez que retira su pelo castaño hermosamente cortado detrás de la oreja. Veo que está ilusionada y orgullosa, y me alegro por ella.
—Empecemos por echarles un vistazo a las anotaciones del mes de junio.
Las anotaciones que le había pedido hacer a Charlotte consisten en registrar todo lo concerniente a las comidas. Lo que ha comido, cuánto, dónde ha estado. Después de cada comida debía evaluar el grado de malestar y de ansiedad. A menudo, para la gente que padece trastornos alimenticios severos, las comidas más normales dan lugar a una gran ansiedad, porque la comida se asocia a la gordura. A fin de librarse de la angustia, esas personas suelen recurrir a una conducta que han desarrollado a lo largo de muchos años. Hambre, vómitos y actividad física exagerada. Es muy posible que no sean siquiera conscientes de que esta conducta suele llevar a nuevos episodios de atracones compulsivos, e incluso si lo son, la ansiedad es tan violenta e insoportable que en ese momento llega a parecerles insignificante. El círculo vicioso es un hecho.
Cojo el diario de comidas de Charlotte meticulosamente escrito y hojeo las páginas correspondientes al mes de junio. Comidas regulares, ningún episodio de ansiedad severo después de las ingestas, ningún caso de atracón, ningún caso de vómitos.
—¿Puedes hablarme de ello? —le pregunto.
—No sé qué decirte… La cosa fue bien, sencillamente. De pronto, todo me… resultó fácil.
Charlotte está a las puertas de los cuarenta, tiene éxito en el trabajo, es jefa de marketing en una gran empresa multinacional. Lleva casi veinticinco años luchando en secreto contra los trastornos alimenticios. Hasta que su dentista no la confrontó con la corrosión en los dientes, no pidió ayuda. Ha estado en tratamiento desde finales de abril y es lo que podríamos llamar una paciente modélica. De la misma manera en que es una jefa de marketing perfecta, también es la paciente de psicoterapia perfecta. Su gran problema es tal vez precisamente su alto e inaudito nivel de exigencia para consigo misma. Charlotte tiene un miedo terrible al fracaso. Hasta ahora, sólo hemos tocado el tema de manera periférica y, en su lugar, nos hemos concentrado en reducir sus episodios de atracones y sus vómitos. A diferencia de Sara Matteus, Charlotte es una paciente que, al menos en apariencia, rebosa energía. Su miedo a ser una incompetente y una inepta me hace, a mí, sentirme hábil y capaz.
Seguimos estudiando las anotaciones de Charlotte. Julio, agosto: bajo nivel de ansiedad, ningún episodio de vómitos. Nos encontramos en una risa conjunta y Charlotte recibe los elogios que tanto anhela, pero de los que también se ha hecho merecedora.
—También hay otra cosa.
Charlotte vacila. Se retuerce un poco en la silla. La miro y, como es habitual en ella cuando está nerviosa, empieza a mover el pie que hoy está calzado con un mocasín con tachuelas en la suela de goma. Presiento que es el tipo de zapato que yo nunca podré permitirme.
—¡Cuéntame!
—No sé…
De pronto, Charlotte parece tener un secreto. Un secreto que, en unos instantes, me contará. Porque es precisamente así como funcionan las cosas: en esta pequeña habitación verde todos me cuentan sus secretos.
—Pues la verdad es que no sé si tiene que ver con la terapia. He estado pensando, ya sabes, en la vida.
Charlotte se interrumpe a sí misma y unas manchas de rubor se extienden por su cuello. Es como si unos deditos lo hubieran estrujado con fuerza para luego soltarlo de golpe. Me doy cuenta de que le cuesta mucho hablar de lo que está a punto de contarme.
—He pasado… ¿cuántos años son, en realidad?… ¿veinticinco, tal vez?…, dedicando todo mi tiempo a pensar en la comida. Y en mi cuerpo. Y en mi barriga. Y en mis muslos. Y a ir al gimnasio. Y cuando no me he dedicado a esto, he estado trabajando. Trabajo. Cuerpo. Comida. Soy la jefa de marketing más joven y exitosa de la empresa, pero no tengo vida propia. No tengo una vida de verdad. No tengo amigos. Me refiero a amigos cercanos. No tengo marido. No tengo hijos. He estado tan ocupada intentando ser perfecta que he olvidado por qué quería ser perfecta. Quería, quería que… me amaran. Quiero que me amen. Y ahora ya es demasiado tarde.
Las lágrimas asoman en sus ojos y caen por sus mejillas sonrojadas como pequeños arroyos. Solloza y saca varios pañuelos de papel de la cajita. Se suena la nariz, se seca las lágrimas, llora. Le acerco la cajita de pañuelos y le acaricio el brazo con suavidad.
—Charlotte… —Atrapo su mirada—. Es normal que te sientas así cuando estás pasando por lo que estás pasando ahora mismo… Has estado impedida, sometida por una enfermedad grave, y ahora empiezas a recuperarte. Con la recuperación también empiezas a darte cuenta de los años que has perdido. Eso no es nada raro. Es bueno. Lo que me gustaría saber es por qué dices que ya es demasiado tarde.
Se ha quedado en silencio, mirando fijamente hacia la pared que hay a mis espaldas, hasta que por fin me contesta con una voz quebradiza.
—Vieja, me estoy haciendo vieja. Y no logro entenderlo, no logro asimilarlo. Me limito a esperar a que… a que vuelva a ser joven.
—¿A que vuelvas a ser joven?
—Pues sí, ¿a lo mejor esta primavera? —dice, y sonríe. Pero es una sonrisa torcida y melancólica, llena de dolor.
Yo le devuelvo la sonrisa. En cierto modo, este sentimiento me resulta conocido. Como si el tiempo fuera un canal por el que puedes navegar en ambos sentidos en circunstancias controladas, y no una cascada. Se encoge lentamente de hombros y me dirige una mirada resignada.
—¿Quien va a quererme ahora? Ya soy… tal vez ya ni siquiera pueda tener hijos.
El dolor de Charlotte. El miedo de Charlotte. Tan cercanos a los míos. No tengo ningún hijo. Demasiado tarde. No tengo marido. Nada tiene sentido. Nunca más.
Intento juntar los pensamientos de Charlotte y hacer algo sensato con ellos. Hacer que los vea desde fuera. Objetivamente. Evaluar lo que tienen de verdadero en su afirmación. Acordamos unos deberes que Charlotte deberá hacer en casa; deberá trabajar precisamente en ello y, acto seguido, se terminan sus cuarenta y cinco minutos. Charlotte saca un cepillo del bolso, se lo pasa por el flequillo y de alguna forma consigue sosegarse. Cuando me da la mano y se despide de mí, ya no queda nada de la niña sollozante Charlotte Mimer. Es la jefa de marketing la que abandona la sala, y atrás ha quedado la psicoterapeuta Siri Bergman, o sea, yo.
Me acerco a la ventana y miro hacia abajo. Muy lejos, debajo de mí, por el adoquinado de la plaza Medborgar, camina un grupo de niños de una guardería. El sol de agosto brilla, como si no pudiera evitarlo. Ningún ruido penetra mi habitación, pero si cierro los ojos puedo fantasear con el sonido de las voces infantiles. Un sentimiento sosegado que no consigo identificar hincha mi pecho. Tal vez sea dolor, tal vez no sea más que calma y vacío.
Atardecer.
Es un ritual que hay que repetir cada tarde. Cuando he terminado el trabajo que casi siempre, sin excepciones, me traigo a casa, me doy un chapuzón en el mar. A estas alturas del verano, también intento nadar un poco. Y luego preparo la cena.
Cena para uno.
Nunca consigo que sea algo elaborado ni saludable desde un punto de vista nutricional: espaguetis con salsa de tomate de bote, crêpes precocinadas, tarta de queso Frödinge, pollo asado del supermercado ICA de Gustavsberg. Ni siquiera tengo un libro de recetas. Acompaño las cenas con vino, lavo los platos meticulosamente y luego salgo por la puerta principal y recorro el corto sendero a través de los rosales hasta el baño en la caseta. No quiero arriesgarme a tener que ir al baño después de que anochezca. Llamo a Ziggy. A veces funciona. Hay ciertas noches en las que prefiere seguir su propio camino en lugar de calentar mi cama. De vuelta a casa, atravieso todas las estancias para encender las luces. Todas las luces: las lámparas del techo, las lámparas de las mesillas de noche, las lámparas del escritorio. Incluso la lámpara del extractor de la cocina. Me aseguro que la linterna grande esté colocada estratégicamente debajo de mi mesilla de noche. Los cortes de electricidad son bastante frecuentes donde yo vivo. Luego miro hacia la oscuridad a través de los grandes ventanales que en este momento del día parecen agujeros vacíos y negros.
Me sumo en un sueño profundo, con la ayuda de un poco más de vino.
Uno de mis primeros recuerdos es la vez que mi hermana me encerró en el armario de la ropa de su habitación porque había embadurnado el pelo de su muñeca Cindy con crema de nueces. Mi intención no había sido convertir la fabulosa melena de la muñeca Cindy en un pastel de color mierda hecho de crema de nueces pringosa y rancia. Mi propósito había sido hacer más bella a Cindy. Tanto mi madre como mis hermanas utilizaban mascarillas para la cara y para el pelo cuando querían estar especialmente guapas.
Recuerdo muy bien que le supliqué que me dejara marchar cuando me empujó con dureza y sin piedad al interior del armario. «¡Niñata de mierda, maldita niñata de mierda! ¡Rata asquerosa! Si vuelves a tocar a mi Cindy te juro que te mato».
Dentro del armario estaba oscuro y hacía un calor sofocante, como si el aire en sí pesara y se apretara contra mi cara y mi cuerpo enclenque, como si me obligara contra mi voluntad a meterme cada vez más adentro, Recuerdo un suave aroma a lana y a polvo y a algo más que parecía goma.
Avancé en la oscuridad a tientas con las manos extendidas hacia delante. La ropa de invierno que guardaba allí durante el verano rozó mis mejillas y los bordes de acero de un par de esquíes viejos me golpearon el hombro.
Mi corazón empezó a latir cada vez más rápido y de pronto noté una extraña presión sobre mi pecho. Mi primera reacción fue la sorpresa, antes que el terror; fue como si mi cuerpo se asustara antes de que el intelecto pudiera entender lo que estaba pasando; como si pudiera notar claramente y registrar todas las manifestaciones fisiológicas del terror antes de entender que estaba aterrorizada. Oí cómo chirriaban las perchas contra la barra y empecé a mover los brazos como por instinto. Plumones, abrigos y ropa vieja de esquí se desplomaron con un ruido sordo alrededor de mi cabeza y oí, sorprendida, un sonido extrañamente agudo que se abría paso a través de mi garganta. Sonaba igual que los cerdos que habíamos visto cuando fuimos de excursión con la clase a la granja 4H, en Flen.
—Aaauaaa —grité.
Entonces me desmayé entre guantes de punto, pantalones de chándal y pulcros montones de novelas rosas, La novela de mi vida.
Fecha : 21 de agosto
Hora: 15.00
Lugar: La habitación verde, la consulta
Paciente: Sara Matteus
—¡Tengo que contarte algo!
Sara se hurga una herida que tiene en el antebrazo con una uña larga pintada de verde. Toquetea, rasca y levanta la costra de la herida hasta que empieza a rezumar líquido.
—Adelante, cuéntame —le digo, animándola, y examino a Sara con más detenimiento. Parece alegre y enérgica. Maníaca. El encendedor golpea a un ritmo cada vez más acelerado contra el paquete de cigarrillos y Sara abre los ojos de par en par. Por lo visto, le cuesta mantenerse quieta. «Está colocada», pienso con mi mente cínica, pero sé que no es verdad. Sara está limpia.
—¡He conocido a un chico!
Bajo con discreción la mirada hacia mi bloc de notas para que mis ojos no delaten lo que estoy pensando, pero Sara ya me ha descubierto.
—Sé lo que estás pensando, ¡pero esta vez es distinto! Y sé que ahora piensas que eso lo digo siempre, pero esta vez es de verdad. Promise! Es mucho mayor que yo. Tiene un trabajo de verdad, es un crack. Gana una pasta. Pero eso, ya sé, no es lo importante —añade en un intento de encubrir el hecho de que el hombre que ha conocido posee todos los atributos externos adecuados.
Baja la voz y susurra teatralmente.
—Él me ve, para él soy visible, y me comprende como nadie lo había hecho hasta ahora. No te lo tomes a mal, pero puedo hablar con él de cosas que no puedo comentar con nadie más, ni siquiera contigo. Me escucha durante horas. Me escucha cuando no paro de darle vueltas a la misma cosa, ya sabes.
Sara ríe, enciende un cigarrillo y sacude la cabeza suavemente, un movimiento que hace que sus greñas amarillas bailen sobre sus hombros.
—Quiere que me vaya a vivir con él.
Lo dice pausadamente y en un tono de voz reflexivo, aunque hay cierto deje de superioridad en su manera de pronunciar las palabras.
Recojo mis papeles e intento no mirar sus mejillas sonrojadas y la expresión obstinada de su cara.
—Me alegro por ti, Sara. De verdad. ¿Cuánto tiempo hace que conoces a este…, hombre?
Sara baja la mirada, echa el torso hacia las rodillas y vuelve la cabeza lentamente de un lado a otro.
—Bueno, diría que un par de semanas. Pero nos hemos visto un montón de veces. Me regaló este bolso —añade, y como si quisiera probar la legitimidad de la relación, levanta el bolso sobredimensionado con el monograma de Gucci grabado en la piel. Conocí a Stefan en una fiesta que se hacía en un granero a las afueras de Eslöv, en Escania, hace siete años. Era una noche hermosa, aunque bastante fría, en pleno verano. Recuerdo que tenía las manos calientes y que me prestó generosamente su chaqueta de esmoquin cuando atravesamos los campos de colza. Me fascinaba, lo que, descubriría más tarde, se debía, al menos en parte, a que éramos tan diferentes el uno del otro. Stefan era alto y tenía el pelo rubio; yo soy pequeña y frágil, con el pelo negro y un cuerpo aniñado. Él siempre estaba contento, nunca triste, tenía un montón de amigos y siempre estaba a punto de hacer algo. Creo que yo esperaba que se me contagiase un poco de su alegría de vivir. Y supongo que así fue.