Tierra de Dragones

James A. Owen · Capítulo 1 de 28

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Tierra de Dragones

Agradecimientos

Tierra de dragones inició su andadura como un bosquejo incompleto de diez páginas, que fue lo último que presenté al último productor que conocí en un viaje interminablemente largo a Hollywood. Fue ese productor quien trabajó conmigo para dar forma al relato durante los meses siguientes, y quien, en noviembre de 2004, sugirió que empezáramos a ponernos en contacto con los editores. El libro que tienes en las manos no existiría de no ser por el interés, consejo y aliento de Marc Rosen y el apoyo de David Heyman.

Mi equipo local en el Coppervale Studio, Jeremy, Lori y Mary, me proporcionó una ayuda inestimable con maquetas, fondos, comentarios y con diversas formas de apoyo moral y medicinal mientras trabajaba con las ilustraciones. Todos ellos son mejores en su trabajo de lo que reconocen ser.

Craig Emanuel, mi perseverante abogado, me puso en manos de Ellen, Julie y Lindsay, mis directoras en el Gotham Group, que necesitaron un segundo para «captar» la historia, no mucho más para venderla, y dedicaron muchísimo más tiempo a apoyarme mientras terminaba de escribirla.

Mis editores de texto de Simon & Schuster, David y Alexandra, me enseñaron para qué sirven los editores, y me hicieron parecer bueno y más inteligente de lo que soy. Mi directora artística, Lizzy, me recordó lo divertida que puede resultar la colaboración y consiguió que el libro tuviera un aspecto maravilloso. Y mi editor, Rick, hizo que un acuerdo editorial pareciera más bien una invitación a una reunión familiar.

Kai Meyer, que en su calidad de admirador de mis tiras cómicas fue el primero en preguntar si me gustaría escribir algo en prosa, junto con sus colegas Frank, Hannes y Sara, me proporcionaron la experiencia y seguridad en mí mismo para escribir este libro. Mi madre Sharon y mi esposa Cindy también fueron las que me ofrecieron comprensión, apoyo y solidaridad cuando decidí ilustrarlo.

Y finalmente, en el más insólito emparejamiento que se me puede ocurrir, quiero dar las gracias a mi hija Sophie y a mi amigo Dave Sim, la primera con dibujos y el segundo con redacciones de hace veinte años, por recordarme que me encanta lo que hago.

Recibid todos mi agradecimiento más sincero.

Prologo

Fue un sonido muy nítido, el raspar quedo del acero sobre la piedra, lo primero que le indicó que sus visitas habían llegado, seguido por una extraña especie de golpeteo y arrastrar de pies.

El golpeteo que sonaba en el callejón se tornó más acusado, y de repente comprendió que no era tanto el sonido de un repiqueteo como una amortiguada algarabía de zarpas, chasqueando entre sí expectantes. Dejó a un lado pluma y cuaderno y se recostó en la silla. Era innegable. Era la hora.

La tamizada luz ambarina de una tarde inglesa penetró a raudales por las ventanas grasientas de la puerta que conducía al estudio mientras ésta se abría lentamente.

Volvió a llenar la pipa con su mezcla especial de tabaco con canela y observó con pasajero interés que empezaban a congregarse nubes en el lejano horizonte.

Se acercaba una tormenta.

No importaba, se dijo con cierta satisfacción. Había dicho las cosas que necesitaba decir a la persona que debía oírlas. Había protegido la valiosísima encomienda que era necesario proteger, y la había pasado a aquellos que la usarían sabiamente y como era debido.

No había, concluyó, mucho más que pudiera pedirse de un anciano estudioso en aquel mundo, en aquella vida.

La silueta del umbral le hizo una seña, y vislumbró fugazmente el acero sumamente afilado, que se curvaba hasta finalizar en punta, cuando el brazo del visitante se alzó y volvió a descender. Los chasquidos del callejón aumentaron de intensidad.

–Saludos, profesor -dijo la imprecisa figura-. ¿Podría hablar con usted?

–No está aquí -respondió el profesor, encendiendo la pipa y dándole una buena calada-. Llegas demasiado tarde.

El visitante lo evaluó durante un momento antes de llegar a la conclusión de que el profesor decía la verdad.

–Me apena mucho oírlo -declaró-. Eso no augura nada bueno para usted.

–Lo que me suceda a mí carece ya de importancia -repuso el profesor, encogiéndose de hombros-. Puedes acabar con mi vida, pero he colocado a todo un imperio fuera de tu alcance para siempre…, y cuando todo está dicho y hecho, ¿cuál de las dos cosas es más importante?