Tierra de Dragones
Tercera parte
Charles y John se arrodillaron junto al animalillo, mientras éste les tendía un libro de buen tamaño que olía a tinta fresca y a cuero recién encuadernado.
–¿De qué se trata, mi buen amigo? – inquirió Charles.
–Lo escribí y publiqué yo mismo -dijo Tummeler, retorciendo las puntas de su chaquetilla con las patas-. Es un libro de cocina.
La tapa llevaba grabado en relieve el título: El señor don B. Tummeler presenta comidas exótikas de las tierras y cómo kocinarlas.
–Muy impresionante -declaró Charles con genuina sinceridad-. ¿Qué tal te ha ido con él?
–Bueno, siendo un estrepitoso de Oxford como tú ya sabe lo que es -
respondió Tummeler-. Lo publiqué durante la temporada alta, y abrí una tienda en Rivington Lañe, en el «barro» de los comerciantes. Incluso tenía un letrero que decía: «Autor de la localidad», pero…
–¿No has vendido ninguno? – preguntó Jack.
–Ni uno -admitió el tejón-. Pero tengo perspectivas.
–Bueno, considero que es una obra admirable -dijo Charles-. Gracias, Tummeler.
–Sabes -siguió el tejón-, siendo que no he vendido ninguno, tengo libros más que suficientes para daros una copia a cada uno…
–No, no, uno es perfecto -dijo John-. Ya tenemos un libro muy importante del que cuidar, ¿recuerdas? Cuidar de otro más será todo a lo que podremos dar abasto.
Tummeler mostró una expresión tan radiante ante el cumplido que dio la impresión de que iban a saltarle todos los botones de su chaquetilla.
–Muy sensato, maese estrepitoso. Que os vaya bien en vuestro viaje.
El tejón permaneció de pie en una pequeña elevación, agitando la pata a modo de despedida, mientras el Dragón índigo abandonaba la ensenada y se dirigía a mar abierto, y siguió diciendo adiós hasta mucho después de que la nave hubiera desaparecido de la vista.
Tercera parte
Los hijos de la Tierra
Al interior de la oscuridad
Jack estaba de pie cerca de la proa de la nave, un poco molesto ante la recién descubierta seguridad en sí mismo de John. Aven y su tripulación recibían instrucciones del Custodio como si los fracasos de los días
anteriores no hubieran ocurrido jamás. Ya era bastante molesto que el sirviente de Avalon actuara como si John fuera un caballero en lugar de un simple estudioso mediocre de Oxford, pero lo que Jack no conseguía comprender era por qué Aven parecía olvidar y perdonar tan de prisa. No le molestaba que en su calidad de capitana, la joven tuviera que consultar con John los temas relativos a la navegación; pero sencillamente no comprendía por qué tenía que sonreírle sin parar mientras conferenciaban.
Los faunos parecían tener bien controlado el manejo de la nave, de modo que Jack se excusó ante el grupo y se marchó bajo cubierta para llevar a cabo cualquier cosa que pudiera hacerse en un barco que pareciera productiva y así pasar el rato.
–Hay unas cuantas lagunas en el orden -explicaba John mientras Jack se abría paso a codazos en dirección a la escotilla-, debido a los mapas oscurecidos. No creo que los mapas hayan desaparecido por completo. Si supiéramos qué provocó que se desvanecieran, a lo mejor podríamos invertir el proceso; pero es posible que el único que lo sepa sea el Rey del Invierno, y preferiría no tener que preguntarle, si podemos evitarlo.
–Cuando el Rey del Invierno conquista una tierra, ¿su mapa desaparece de la Geographica? – preguntó Bicho.
–Sí -respondió John-; los contornos de las tierras permanecen, pero éstas quedan cubiertas por una sombra.
Pasó varias páginas hasta llegar a uno de los mapas desaparecidos. Era una hoja de pergamino de color amarillento, como muchas otras, pero ocupando el lugar de las ilustraciones y las anotaciones había varios manchones difuminados y de gran tamaño, como si se hubieran borrado apresuradamente los dibujos.
–¿Qué sucede con la gente? – quiso saber Bicho-. ¿Con aquellos que viven en las Tierras Espectrales?
–Se convierten en algo llamado «Espectros» -respondió Bert-, aunque yo rara vez he visto a alguno.
–¿Es como ser un Wendigo? – preguntó Charles.
–Peor, si eres capaz de imaginarlo -repuso Bert-. Los Wendigos, por depravados que sean, son poco más que mercenarios. En cuanto a los Espectros, hace tiempo que se rumorea que son los siervos más malvados del Rey del Invierno. Son cascarones huecos, que viven sin tener una vida auténtica: figuras oscuras, envueltas en capas y mudas, que cumplen sus
órdenes sin discusión. Ni remordimiento -añadió-. Cómo sucede, no puedo decirlo; todo lo que sé es lo que cuentan las historias: que el Rey del Invierno roba y atrapa de algún modo las sombras de sus víctimas y después las obliga a servirle eternamente.
–¿Qué quieres decir con «vida auténtica»? – dijo Charles.
–Ése es otro rumor -repuso el hombrecillo-. Se dice que no se puede matar a los Espectros. De ser eso cierto, serían peores que cualquier Wendigo.
–¿Cuántos mapas de la Geographica están en sombras? – preguntó Aven mirando a John.
–Puede que una cuarta parte.
Nadie tuvo nada más que decir tras eso.
John calculó que la isla del Cartógrafo podría hallarse a todo un día de navegación, hora más, hora menos. Aven habló con Bert mientras Jack y Bicho fingían examinar uno de los desvencijados cañones situados cerca del camarote…, desde donde también podían observar a la capitana.
Aven echó una mirada en derredor y pescó a Bicho contemplándola fijamente. El muchacho pestañeó e inmediatamente empezó a examinar los nudos de las jarcias…, que se soltaron, con gran desaliento por parte de los faunos.
–Lo siento -se disculpó Bicho, que a continuación se trasladó rápidamente al otro extremo del barco mientras la tripulación volvía a tensar las jarcias.
Aven sonrió, luego frunció el entrecejo con expresión hosca.
–¿Qué sucede? – preguntó Bert.
–Ahí -indicó ella, señalando detrás de ellos.
En el horizonte, avanzando veloz desde el sol poniente, se veía la figura de un barco. El Dragón Negro había vuelto a encontrarlos.
La tripulación se movilizó a toda prisa, y a los pocos instantes ya no cabía la menor duda: era el barco del Rey del Invierno.
Aven siguió observando por el catalejo, como si confirmara algo que no esperaba ver.
–¿Qué sucede? – preguntó John.
–Problemas -dijo ella.
–¿De veras? – repuso John-. Vaya novedad.
Aven le dirigió una mirada asesina y se volvió hacia su padre, entregándole el catalejo.
–No me refería a eso. Lleva Espectros a bordo. Cuatro.
–¡Cuatro! – exclamó Bert, observando con detenimiento el barco que los perseguía-. Jamás he oído hablar de más de dos juntos a la vez. Si ha traído a cuatro de esos seres, la cosa no presagia nada bueno para nosotros.
–No te esfuerces en intentar animarnos, Bert -dijo Charles-. Creo que no podría ser más feliz.
–Nuestra única esperanza es dejarle atrás -indicó Aven-, y no creo que sea posible…, no sin Nemo para distraerlo y darnos tiempo para escapar.
–He estado examinando las reservas de armas de abajo -dijo Jack-. No tenemos gran cosa, ¿verdad?
Aven sacudió la cabeza.
–Llevamos poca carga para tener más velocidad… y de todos modos jamás estuvimos realmente equipados para combatir.
–Tengo una idea -dijo Jack-. Eh, tú, criado de pacotilla -llamó a Bicho-.
Échame una mano bajo la cubierta.
–¿Qué estás pensando, Jack? – preguntó Aven.
–No hay tiempo para explicarlo -gritó él-. Sólo haz que los faunos preparen un cañón en la cubierta de popa.
–¿Popa? – exclamó ella.
–¡Hazlo y punto! – dijo Jack, al tiempo que desaparecía bajo la cubierta.
Al poco rato Jack y Bicho ya habían sacado una bala de cañón enorme y la cargaban en el cañón.
–Unas cuantas como ésa les darían una lección -indicó Charles.
–Es la única que tenemos -repuso Jack.
–Ya. Bien, pues -replicó Charles-, apunta como un hombre de Oxford, Jack.
–Ése es mi plan -dijo el otro-. Haznos girar -indicó a Aven-. ¡Rápido!
–Estarán preparados para algo así -le chilló ella como respuesta-, desde la maniobra de la última vez.
–Con eso cuento -respondió él-. ¡Haznos girar! ¡Rápido!
La tripulación hizo virar la nave y la dirigió hacia el Dragón Negro. Tal y como Jack había previsto, el barco de más tamaño aminoró la velocidad para no perder demasiada distancia cuando el Dragón índigo pasara.
Una lluvia de flechas y lanzas cayó sobre la cubierta mientras pasaban raudos junto al barco enemigo, y Aven trepó a las jarcias para poder ver mejor a su adversario.
–Esa era nuestra ventaja, que hemos usado y que ya no tenemos -gritó desde arriba a Jack-. No dejarán que nos distanciemos lo suficiente para volver a virar, y son demasiado veloces para perdernos.
–No importa que sean más veloces si no pueden gobernarlo -dijo Jack mientras dejaban atrás la popa del Dragón Negro-. ¡Fuego! ¡Ahora! ¡Ahora!
Los faunos encendieron la mecha, y al instante un retumbo surgió del cañón, expulsando con él su solitario proyectil.
La bala de hierro salió disparada por los aires y dio en el blanco, justo en el punto que Jack quería alcanzar. El timón del Dragón Negro se hizo pedazos en medio de una explosión de madera astillada y hierro.
La tripulación del Dragón índigo vitoreó y se apresuró a izar las velas para obtener velocidad. John, Charles y Bert palmearon con entusiasmo la espalda de Jack, y, lo que fue aún mejor, Aven descendió de su puesto y le besó en la mejilla. Únicamente Bicho parecía desconcertado.
–No quisiera ser un aguafiestas -dijo-, pero no creo que esto haya terminado aún.
Tenía razón. A pesar de haber perdido el timón, la tripulación a bordo del Dragón Negro no efectuaba el menor esfuerzo para responder siquiera a aquella pérdida. Seguía moviéndose de un lado a otro, maldiciendo y blandiendo armas, y dando toda la impresión de no haber completado ni con mucho el preámbulo de aquel preludio náutico.
De improviso, de un modo inexplicable, el Dragón Negro giró violentamente, y, adquiriendo velocidad, empezó a dirigirse directamente hacia el Dragón índigo.
–Pero… ¡pero si ya no tienen timón! – exclamó Jack, incrédulo-. En nombre del cielo ¿cómo han conseguido virar así?
–Sólo existe una respuesta -dijo Bert-. El Dragón Negro no es sólo un nombre, sino que se trata de un auténtico barco dragón; aunque cómo consiguió hacerse con uno no puedo ni imaginarlo. Los barcos dragones tienen vida y voluntad propias… y disponen de más poderes que los navios corrientes.
–Entonces, ¿qué hacemos ahora? – inquirió Jack.
En respuesta, Aven desenvainó su espada.
–Haremos lo que podamos. Armaos y preparaos para ser abordados.
Mientras los faunos trabajaban para extraer más velocidad del Dragón índigo, Bert, Bicho, Jack y Charles se repartieron el armamento restante, que era viejo y estaba más bien deteriorado. John había desaparecido.
–Vaya -dijo Jack-, el único soldado que hay entre nosotros y se esconde en alguna parte. No me sorprende que lo enviaran de vuelta a casa.
Charles lanzó una mirada desaprobadora a su amigo más joven pero no dijo nada, devolviendo en su lugar la atención al barco que se aproximaba rápidamente.
Con la facilidad nacida de una fuerza motriz superior, el Dragón Negro se deslizó junto al Dragón índigo y apuntó a la nave con una pareja de cañones.
–Cielos -dijo Bert, cuando los cañones retumbaron sonoramente y masas de hierro ardiente chirriaron en el aire por encima de sus cabezas.
–¿No apunta para hundirnos? – gritó Charles.
–No puede arriesgarse a perder lo que busca -respondió Jack a gritos-.
Todavía quiere la Geographica. Y ahora que la nombro ¿dónde está John y ese maldito libro?
–Le vi entrar en la cabina -aulló Charles.
–Era de esperar -dijo Jack, mientras los cañones del Dragón Negro proseguían con su fuego implacable.
Bert y Aven discutían sobre la estrategia a seguir (ella abogando por maniobras más ofensivas, él abogando por la huida), y John acababa de volver a salir para empuñar una espada y unirse a la refriega cuando una bala de cañón bien dirigida hizo pedazos la vela mayor y puso fin a cualquier debate. Un segundo disparo destruyó el timón. Y un tercero, ante su horror, arrancó limpiamente el mascarón mismo -el alma del barco dragón- de la proa. El Dragón índigo quedó inmovilizado en el agua.
Fue sólo cuestión de minutos que la nave más pequeña fuera invadida por Wendigos. Cualquier bravata que las espadas de los camaradas hubieran hecho nacer se la tragó el sentido común, y todos soltaron las armas.
Los Wendigos los obligaron a arrodillarse, atándoles las manos a la espalda, y luego los colocaron en fila a lo largo de la barandilla opuesta.
Los sirvientes del Rey del Invierno habían empezado a encender antorchas, que proyectaban sombras espantosas sobre la cubierta; entretanto, sin hacer caso de las vehementes protestas de Aven, los faunos
fueron conducidos a bordo del Dragón Negro, lanzando lastimeras miradas a su espalda mientras se marchaban.
–Supongo que los pondrán al servicio del Rey del Invierno… -aventuró Charles.
–No exactamente -dijo Aven, contemplando las miradas voraces que los Wendigos dedicaban a sus nuevos camaradas-. Más que servirle a él serán servidos a su tripulación.
–¡Dios santo! – musitó Charles.
–Con todo, puede que sean más afortunados que nosotros -comentó Bert-. Mirad… tenemos más visitas.
Dos de los Espectros habían subido a cubierta, haciendo con su presencia que la atmósfera se tornara gélida. Por donde pasaban, el color parecía desvanecerse del mismo aire. Las túnicas que llevaban eran anodinas y negras; unas capuchas ocultaban sus rostros. Únicamente las manos, pálidas y etéreas, que se extendían por debajo de las mangas, confirmaban que los Espectros habían sido humanos en otra ocasión.
Incluso los Wendigos se hacían a un lado a su paso.
–¿Eso es un Espectro? – susurró Jack a Charles-. No me parecen muy aterradores. No sé por qué Bert y Aven se pusieron tan nerviosos al pensar en ellos.
Justo entonces, uno de los faunos escapó de sus captores y corrió chillando por la pasarela de vuelta al Dragón índigo. Moviéndose a una velocidad increíble, el primero de los seres fue a colocarse frente a la criatura que huía. El fauno frenó en seco.
El Espectro alargó el brazo y sujetó a la desdichada bestia por su propia sombra. El fauno empezó a revolverse como si fuera una marioneta, soltando un alarido que quedó interrumpido cuando su sombra se desgajó de él atrapada en la mano de su captor.
El ser apretó entonces su trofeo contra el pecho, y mientras ellos observaban, la sombra del fauno se bamboleó y desapareció, y la sustancia del Espectro pareció oscurecerse más.
El fauno cayó al suelo, con los ojos vidriosos y en blanco. El color había desaparecido de su piel y pelaje junto con su sombra, dejándolo casi como si estuviera muerto. O peor. El cuerpo inerte caído en la cubierta normalmente habría resultado una tentación demasiado fuerte para que los
Wendigos pudieran resistirse a ella, pero éstos se mantuvieron bien apartados de la figura inmóvil.
Ninguno de los camaradas tuvo nada que decir sobre los Espectros después de eso.
Entonces otra figura subió a bordo, y por primera vez, los jóvenes pudieron echar un buen vistazo a su perseguidor, a su adversario, al hombre llamado Rey del Invierno.
No era alto; más bajo en realidad de lo que habrían esperado. Su aspecto y atuendo era el de un mongol, pero de casta superior: más un Genghis Khan que un Atila el Huno. La piel era aceitunada y relucía con el sudor del combate. Lucía un bigote fino y una barba rala en concordancia con el altanero aire asiático de su apariencia, pero incluso su zancada denotaba poder. Incluso John tuvo que admitir de mala gana que el porte y la actitud del Rey del Invierno, no obstante ser el enemigo, emanaba una nobleza regia que exigía atención, si no respeto.
Además, de un modo de lo más inquietante, el Rey del Invierno no proyectaba ninguna sombra.
Con todo, la característica más distintiva de su aspecto era su mano derecha…, o más bien, su ausencia. En el lugar que debía ocupar la mano había una abrazadera de acero reluciente terminada en un afilado garfio.
El Rey del Invierno cruzó la cubierta del Dragón índigo e inspeccionó a sus cautivos. Aven le escupió, y acertó en la mejilla.
El hombre se pasó la mano izquierda por el rostro y limpió la saliva, que luego lamió, provocando una gran repugnancia en los camaradas.
–No es la recepción que había esperado… Pero tampoco es inesperado.
La voz era vagamente europea, con un acento difícil de identificar. Las inflexiones y el tono parecían a partes iguales ingleses y romanos, en el sentido antiguo del término. Sin embargo, el Rey del Invierno hablaba con un timbre de autoridad que no admitía oposición.
–Navegaste con el indio, ¿verdad? – preguntó a Aven, casi con indiferencia-. Eras su primer oficial, según recuerdo. Deberías haber permanecido con él. Habría sido mejor para ti.
–Se te escapó, ¿verdad? – inquirió ella.
Un relámpago casi imperceptible de rabia cruzó las facciones del Rey del Invierno.
–Por el momento. Pero ya arreglaremos cuentas, creo, en el futuro. Fue una equivocación mía enfrentarme en combate al Dragón Amarillo; el retraso que provocó fue suficiente para impedirme llegar a tiempo a Paralon para el consejo, de lo contrario, ahora sería vuestro rey.
–Ni en broma -dijo Berf-. Deberías haber construido un Parlamento mejor.
El Rey del Invierno fue hacia el hombrecillo, sonriendo en lo que casi era una expresión de camaradería.
–Vaya… Mi viejo amigo el Viajero a Tierras Lejanas.
–Nosotros no somos amigos -dijo Bert.
–Muy cierto -repuso el Rey del Invierno-; gracias por hacérmelo notar.
– Volvió a avanzar para colocarse frente a John, Jack y Charles-. Y ¿quiénes podríais ser vosotros tres? ¿Más Custodios reclutados de entre los hijos de Adán y Eva?
–Yo soy el Custodio -se apresuró a decir John-. Ellos no son más que amigos míos.
–Qué noble -repuso el Rey del Invierno- al intentar atraer la atención sobre ti mismo. Eso no les va a ayudar, te lo advierto, pero es un noble esfuerzo, de todos modos. Y tú -continuó, volviéndose hacia Bicho-. ¿Qué eres tú?
–Soy su escudero -respondió él, indicando a John con la cabeza.
Los ojos del Rey del Invierno se abrieron de par en par.
–¿Su escudero?
–Sí -dijo Bicho-; pero tengo intención de convertirme en caballero.
–¿De veras? ¿Has recibido adiestramiento en el arte de la caballería?
–Creí haber matado un dragón en una ocasión -contestó él-, pero recientemente descubrí que estaba equivocado. Así que, no, en realidad no.
Pero creo que lo haré bien, y estoy mejorando mucho con la espada, de modo que deberías dejar que nos fuéramos antes de que sir John y yo nos enojemos de verdad y os hagamos prisioneros a tu tripulación y a ti.
–Vaya, ¡jo, jo! – rió el Rey del Invierno-. Creo que éste es el que más me gusta. Tiene más coraje que el resto de vosotros juntos.
Se volvió otra vez en dirección a John.
–Os superamos en número, en cañones y en maniobrabilidad. Y podría mataros a todos con decir una sola palabra. Pero ya sabes lo que quiero realmente.
–Sí -dijo John.
–Ah, muchacho… -intervino Bert.
–No pasa nada, Bert -respondió John-. Si le damos lo que quiere, no le hará daño a nadie. ¿No es cierto?
–No he dicho tal cosa -replicó el Rey del Invierno-. Pero no existe la menor duda de lo que sucederá si no cooperáis.
–Está en el camarote -dijo John, asintiendo-, envuelto en tela encerada, dentro de una bolsa de cuero cerrada con hebillas.
Aven siseó algo ininteligible y volvió la cabeza. Charles y Bert se encorvaron visiblemente, y Jack miró al frente, con la vista fija en el Dragón Negro. Sólo Bicho pareció actuar como si John hubiese hecho lo correcto…, y ciertamente, había hecho lo único que podía hacer.
Uno de los Espectros cruzó raudo la puerta del camarote y emergió al poco con el paquete envuelto en tela encerada, que entregó al Rey del Invierno.
–La Imaginarium Geographica -murmuró éste con lo que era casi un ronroneo mientras acariciaba la envoltura-. Espléndido. Se pueden encontrar infinidad de maravillas en este libro, si uno sabe cómo distinguirlas…, pero tú no sabes, ¿verdad? De lo contrario, jamás habría podido alcanzaros.
El rostro de John estaba rojo de vergüenza, pero el joven permaneció en silencio.
–Creo que nuestra tarea casi ha concluido -dijo el Rey del Invierno-, excepto por uno o dos cabos sueltos.
Hizo un ademán con el garfio, y un puñado de Wendigos trajeron una figura que gimoteaba y se debatía desde el Dragón Negro. La arrojaron sobre la cubierta al lado de los camaradas, y cuando alzó la cabeza, todos se quedaron boquiabiertos por la sorpresa al reconocer al hombre.
Era el senescal de Paralon.
–¡Por favor! – suplicó el senescal-. ¡Ayudadme!
–¿Nos lo pide a nosotros o se lo pide a él? – dijo Charles a Bert-. Porque en este momento no me inspira demasiada compasión.
El hombre escuchó lo que susurraban y se arrojó a la cubierta, lloriqueando.
–Ya no te necesito, Magwich -indicó el Rey del Invierno al hombre postrado en el suelo-. Pero otro puede venir conmigo, si lo desea.
Había avanzado a lo largo de la fila formada por los jóvenes y estaba en aquellos momentos parado literalmente ante Jack.
–¿Qué? – dijo éste-. ¿Yo?
–Tú -respondió el Rey del Invierno-. En nuestro anterior encuentro, vi lo suficiente para comprender que se debió a tu inventiva que el Dragón índigo consiguiera escapar. Y en nuestra batalla recién concluida, volviste a demostrar que eres ingenioso, valeroso y un adversario más que digno.
–Puaf -dijo Aven-. No puedes hablar en serio.
–Claro que lo hago -repuso el Rey del Invierno, que no había apartado los ojos de Jack-. No todos mis sirvientes son Espectros. Algunos de ellos…, los más admirables…, han elegido hacer uso de la grandeza para forjar su propia senda…
–Su propia senda como tus lacayos, querrás decir -interpuso Bert.
–Exprésate en un lenguaje respetuoso, Viajero a Tierras Lejanas -replicó el Rey del Invierno-. Por lo que puedo recordar, has tenido más bien poco éxito con tus protegidos. Parece que, o bien te abandonan o acometen la tarea con poco entusiasmo. Sé honrado contigo mismo; te defines como
«bueno», y me calificas de «malvado», pero parece que son mis seguidores y no los tuyos los que viven según el coraje de sus convicciones.
–¿Por eso tuviste que matar a los reyes y reinas del Parlamento -inquirió Bert- y reemplazarlos con artilugios mecánicos?
El Rey del Invierno lanzó una mirada venenosa al atemorizado senescal.
–Aquellos juguetes no estaban creados para tomar parte en debates, y mucho menos para funcionar indefinidamente -dijo-. Sólo debían mantener una apariencia de orden hasta que pudiera asumir mi lugar en la Silla de Plata. Pero te equivocas en una cosa: no maté a los reyes y reinas. Siguen sirviendo… sólo que de un modo distinto.
Hizo un gesto con el garfio, y los dos Espectros se quitaron las capuchas. Tanto Aven como Bert lanzaron una exclamación ahogada de reconocimiento.
–El Rey de Corazones -empezó Bert.
–Y el Rey de Picas -finalizó Aven.
En el Dragón Negro, los otros Espectros también se retiraron las capuchas, y un movimiento de cabeza de Bert confirmó que eran los otros dos monarcas, el de Tréboles y el de Diamantes.
–No querían unirse a ti, de modo que robaste sus espíritus y les forzaste a servirte -dijo Bert.
–Las excepciones que confirman la regla -respondió el otro, encogiéndose de hombros-. Eso hace que los otros se sientan mucho más decididos a no decepcionarme. De todos modos, son simples sirvientes, y a pesar de lo poderosos que son, no siempre son tan útiles como los Wendigos, que tienen más…
–¿Vida? – dijo John.
–Iba a decir «sustancia» -repuso el Rey del Invierno-, pero sí, vida. Que es lo que le ofrezco al joven Jack: vida eterna. La posibilidad de no envejecer jamás. Arroja a un lado voluntariamente aquello que te convierte en humano y débil… Deja de lado tu espíritu y conviértete realmente en un Sin Sombra, y descubrirás un poder que te hace más grande que cualquier rey.
Volvió a mirar a Jack.
–Así pues, ¿qué será? Sé que tienes un conflicto interno, pero así es la vida; así son las elecciones que realizas y las consecuencias que acarrean.
¿Quieres convertirte en un rey pirata y recorrer una senda de aventura conmigo? ¿O quieres permanecer con este anciano vagabundo acabado y convertirte en uno de sus muchachos perdidos, pasando tus días sepultado bajo montones de libros polvorientos?
–Ten… tengo que pensarlo -respondió Jack.
–¡Jack! – siseó Charles-. No es posible que estés considerando…
–Jack -dijo Aven, con una sinceridad excepcional en la voz, y una curiosa dulzura, también-. Por favor, no le escuches. Eres mejor que él…, tú lo sabes.
Jack contempló los rostros ansiosos y suplicantes de sus compañeros, luego se irguió y miró al Rey del Invierno.
–Gracias, de todos modos. Pero no puedo ir contigo.
El Rey del Invierno miró a Jack y se acarició la barbilla con el reluciente garfio, reflexionando. De improviso se acercó más y Jack hinchó el pecho en lo que esperó pareciera más un gesto de desafío que de temor.
El joven sintió el cálido aliento de su captor mientras el Rey del Invierno se inclinaba hacia él y empezaba a susurrar en su oído. Habló en un tono demasiado bajo para que los demás pudieran oírle, y el rostro de Jack no dejó entrever el contenido de las palabras.
Al cabo de un momento, el Rey del Invierno se enderezó, giró sobre los talones, y cruzó de regreso a la cubierta del Dragón Negro.
Uno de los Espectros indicó con un ademán hacia el Dragón índigo y los cautivos, inquiriendo sobre qué hacer con ellos.
El Rey del Invierno sopesó el paquete que tenía en la mano y lanzó un resoplido, dando la orden sin siquiera echar una ojeada superficial a su espalda.
–Rompedlo. Rompedlo en pedazos, y dejad que se ahoguen.