Tierra de Dragones

James A. Owen · Capítulo 14 de 28

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Tierra de Dragones

Cuarta parte

–Pero sin la Geographica -intervino Jack-, ¿existe algún motivo para ir en busca del Cartógrafo?

–Nadie la conoce mejor que él -observó Charles-. Incluso sin ella en nuestro poder, puede ser capaz de decirnos algo que podamos usar para destruirla. Si… cuando… volvamos a encontrarla.

–Parece -indicó Bert- que no tenemos elección. Debemos seguir adelante.

Cuarta parte

En el alcázar del Tiempo

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La torre

El rumbo había sido fijado tan bien que no hicieron falta más correcciones ni navegación; pero una vez más, John se sintió como si les hubiera fallado totalmente. Aven estaba furiosa y no hablaba con nadie, e incluso Artús guardaba las distancias. Únicamente Charles y Bert se mostraban conciliadores… hasta cierto punto.

–No podíamos saberlo -dijo Bert-. Teníamos todas las cartas y pensábamos que el juego había terminado…, no esperábamos que el senescal siguiera jugando.

–No puedo creer que le salvara la vida -indicó Charles.

–Lo que no comprendo -intervino John- es ¿por qué llevarse la Geographica también? Tenía el Anillo del Poder. Si planeaba llevárselo al Rey del Invierno, intentar venderlo o incluso usarlo él mismo, entonces

¿para qué necesitaba el atlas?

–La invocación -respondió Jack desde la cubierta de proa, manteniéndose de espaldas a ellos-. Lo necesitaba para la invocación de los dragones. El anillo sólo no sirve de nada…, también hay que pronunciar las palabras. Y ahora tiene las dos cosas.

Finalmente llegó el amanecer, que dio paso a la mañana y luego a la tarde mientras los camaradas dormían, comían y por lo general se mantenían alejados unos de otros.

Por fin, el Dragón Blanco se aproximó a una enorme cadena circular de islas justo cuando el sol empezaba a ponerse.

Las islas eran de granito gris y se alzaban prominentemente desde el mar igual que centinelas…, lo que en cierto modo eran.

No existían laderas ni suaves elevaciones en las islas de Chámenos Liber; era como si unas columnas de piedra hubiesen caído del cielo para clavarse en la superficie vitrea del océano.

A lo lejos, la más grande de ellas se distinguía tenuemente por entre las brumas. Aven hizo una seña a John con la cabeza, y el joven asintió. Aquél sería su objetivo. La muchacha empezaba a hacer virar la nave para conducirla por entre las columnas cuando Jack se apoderó del timón y le dio un violento giro. El Dragón Blanco viró bruscamente, evitando por muy poco chocar contra la isla más próxima.

–¿Qué es lo que haces, idiota? – exclamó Aven, incrédula-. Soy yo quien gobierna el timón.

–Lo siento -dijo él-. No había tiempo para discutir contigo…, pero creo que es mejor que bordeemos las islas más pequeñas y nos aproximemos a la grande desde el lado oriental.

–Es más rápido y directo atajar por aquí.

–Probablemente -repuso Jack-, pero no creo que eso de ahí sea bruma, creo que es vapor.

Los camaradas fueron a la barandilla y miraron al centro del círculo de islas, y comprendieron que Jack tenía razón. La bruma que les impedía ver bien la isla del Cartógrafo estaba retenida en el interior de las columnas de granito.

–Me he acordado de que John había mencionado que estas islas fueron en una ocasión parte de un volcán -explicó Jack-. Creo que es más sensato mantenernos alejados, incluso aunque perdamos tiempo.

–Bien hecho, Jack -dijo Bert-. Parece que seas el Custodio del Dragón Blanco.

–Mirad -dijo Artús, señalando con el dedo-. En la isla. Esa torre… -Se inclinó hacia atrás, perdiendo el equilibrio y cayendo sobre Charles-. No veo su parte superior.

–El Alcázar -repuso John, la voz acallada por las brumas nocturnas-. El Alcázar del Tiempo.

La isla tenía casi un kilómetro y medio de anchura y, a diferencia de sus hermanas más pequeñas y abruptas, estaba cubierta de vegetación que ascendía en suave pendiente hasta la base de la torre. El edificio mismo medía unos doce metros de circunferencia, y tenía ventanas insertadas a intervalos escalonados que ascendían con él, una cada seis metros. El marco era de madera, pero las paredes eran de granito. La piedra de la torre era muy antigua, y de un gris algo más claro que el de las islas, como si fuera ligeramente etérea, o no se hallara en el mismo centro focal que el suelo sobre el que se alzaba.

Aven condujo al Dragón Blanco a los bajíos donde podían desembarcar y andar hasta la playa de guijarros que daba paso a la vegetación. De pie en la orilla, intercambiaron miradas y comprendieron que no tenían ni idea de qué iban a hacer una vez estuvieran dentro. La finalidad de sus penalidades y el largo viaje había sido llevar la Geographica a la persona que podía

destruirla… y habían perdido el libro apenas unas horas antes de alcanzar su objetivo.

Expectantes, todos miraron a John para que encabezara la marcha al interior de la torre, y éste se sintió como un idiota.

La base de la torre estaba circundada de arcos abiertos que conducían al interior, como si se irguiera sobre cuatro pies colosales entre los que uno podía pasar. El interior estaba mejor iluminado de lo que podía determinarse desde el exterior. Del suelo emanaba una luminosidad, que se desvanecía más arriba, para ser reemplazada por la luz procedente de las ventanas.

En el centro de la torre había una plataforma circular elevada, semejante a un estrado, y a ambos lados de ella había dos conjuntos de peldaños que se alzaban al interior de la torre antes de curvarse hacia atrás para entrelazarse formando una enorme trenza. En cada uno de los puntos en los que la trenza de peldaños se cruzaba había una puerta engastada profundamente en las paredes de piedra, pero que no mostraba goznes ni pomos visibles. Simplemente las puertas estaban allí.

Jack avanzó hasta el centro de la torre.

–No veo la parte superior -anunció-. Parece infinita.

–Yo tampoco podía ver la parte superior desde fuera -indicó Charles-.

No hay duda al respecto…, a menos que el Cartógrafo se encuentre tras la primera puerta que abramos, nos espera toda una ascensión.

–Toquemos madera para que esté, entonces -dijo Artús, alargando el puño para dar unos golpecitos a la puerta situada más abajo.

Antes de que su mano tocara la madera encerada, la puerta se abrió sola.

El interior era el «exterior»; la puerta no daba a una habitación situada dentro de la torre, como habrían esperado, con toda la razón, sino a una amplia extensión de brumoso bosque primigenio.

–Es una ciénaga -dijo Artús.

–Más que eso -indicó Bert-; creo que es un portal al pasado… al alba misma de la humanidad.

–¿Es un elefante eso de ahí? – preguntó Charles.

–Eso no es un elefante -dijo Bert-, es un mamut.

–¿Un mamut peludo? – inquirió Charles, incrédulo-. No puedes hablar en serio.

–No parece que se mueva -observó John-. Mirad… nada se mueve aquí dentro. Es como si todo estuviera hecho de piedra.

Era cierto. Las hojas de los árboles no se agitaban; las nubes situadas frente a la inmensa luna no flotaban. Incluso los insectos del aire estaban inmovilizados en pleno vuelo, como atrapados en ámbar incoloro. Hasta que, claro está, Artús dio un paso al frente, cruzando el umbral.

El zumbido de los insectos fue inmediato, al igual que el olor penetrante a carne putrefacta y, supusieron, a excremento de mamut.

La flora se balanceaba con suavidad a lo largo del gran río situado justo al otro lado de la entrada, como sucedía con la fauna. Una cabeza extraordinariamente grande surgió del agua y siguió alzándose, hasta que el cuello sobre el que descansaba hubo alcanzado una longitud de más de doce metros.

–¿Es eso un monstruo marino? – preguntó Artús.

–Mi viejo profesor, sir Richard, los llamaba «dinosaurios» -respondió Bert-. De todos modos, creo que es hora de que abandonemos este lugar…, parece hambriento, y yo no puedo correr tan rápido como el resto de vosotros.

Artús retrocedió a toda prisa, tirando de la puerta tras él.

–De acuerdo. No creo que el Cartógrafo esté detrás de ésta.

–Bien -dijo John-. Pues adelante y arriba.

Charles señaló las dos escaleras idénticas.

–¿En el sentido de las agujas del reloj o en sentido contrario?

–A contramano es siempre la elección más prudente -indicó Bert-. En sentido contrario.

Una vez puestos de acuerdo, los camaradas empezaron a subir.

Cada pocos niveles, uno de ellos se detenía para abrir una puerta, mostrando siempre un paisaje distinto de un período de tiempo diferente.

Fue Charles quien advirtió que las escenas no eran aleatorias, sino que seguían una progresión muy clara.

–Ascendemos en el tiempo -explicó-. Cada puerta se abre a un punto diferente del pasado. En la parte inferior, los inicios de la civilización. Y a medida que ascendemos, también avanzamos en el tiempo.

–¿Qué hay en lo alto, entonces? – dijo Aven.

–Buena pregunta -respondió Charles-. Tal vez tengamos oportunidad de descubrirlo; por lo que puedo ver, ni siquiera hemos llegado aún a la Edad

de Bronce.

–Os diré algo sobre el pasado -dijo Bert-, huele fatal. Mi ropa todavía apesta a excrementos de mamut.

Jack se ocupó de la siguiente puerta, que también se abrió ante un mero gesto suyo. En el interior, un diorama congelado como los otros mostraba una escena de combate brutal entre lo que Bert afirmó eran mongoles y antiguos guerreros islandeses. Había extremidades seccionadas y el suelo estaba bañado en sangre.

–Creo que ésta también es un «no» -indicó Jack-, pero yo diría que nos encontramos sin lugar a dudas en la Edad de Bronce ahora, si hemos de juzgar por esas hachas que empuñan.

–Huy, ¿Jack? – dijo Charles.

–¿Sí?

–Esos cazadores -indicó Charles-… vienen hacia aquí.

Jack miró hacia el suelo y se dio cuenta de que involuntariamente había cruzado una parte del umbral, liberando el escenario de su estado de hibernación. Retrocedió rápidamente arrastrando los pies…, pero los cazadores, oliendo una presa nueva, y enloquecidos todavía por el ansia de sangre, se abalanzaban ya a la carrera.

–Se puede poner en marcha -dijo Jack-, pero ¿se puede parar?

–¡Cierra la puerta! – aullaron los demás a la vez, y Jack lo hizo, justo en el momento en que un bardiche cubierto de sangre reseca se hundía en el otro lado.

Contuvieron la respiración, pero no oyeron más impactos.

–Al parecer -dijo Bert-, cerrar la puerta cierra el portal.

–Gracias a Dios -repuso Jack.

Justo entonces, un retumbo resonó por la torre, y el suelo pareció moverse bajo sus pies. Con la misma rapidez con que se había iniciado, el movimiento cesó.

–¿Qué ha sido eso? – preguntó John.

–Ni idea -respondió Bert-. Pero aquí dentro sigue oliendo fatal.

–Sí -repuso Aven-, es verdad. Pero ¿por qué? Aquel maloliente portal prehistórico estaba al pie de las escaleras, y llevamos horas subiendo. Sin duda estamos ya a kilómetros de distancia… ¿por qué seguimos oliéndolo?

Jack tenía la vista puesta en la puerta que los cazadores acababan de atacar.

–¿Artús? La puerta que abriste abajo… la cerraste, ¿verdad?

–Estoy casi seguro de que lo hice -respondió él-. Casi… seguro.

Antes de que Jack pudiera responder, unas fauces enormes de un color mucoso con hileras de dientes afilados se alzaron por entre los huecos de las escaleras y masticaron, engulleron y regurgitaron la certeza de Artús.

La cabeza y el cuello del monstruo marino se prolongaban hacia abajo hasta un enorme cuerpo bulboso, sostenido por cuatro aletas inmensas que estaban apuntaladas contra los dos huecos de escalera, usándolos como escala.

–¿Cómo consiguió pasar a través de esa puerta? – gritó Artús, sobresaltado-. ¡Es demasiado grande para encajar!

–¡Maldita sea! – dijo Aven-. ¡Me dejé la espada en el barco!

Jack miraba de un lado a otro en busca de algún medio de defensa. No había nada a la vista: las paredes del Alcázar estaban desnudas. De repente, chasqueó los dedos.

–Si entró, puede salir otra vez -anunció-. ¡John! ¡Pasa al otro lado y baja con Charles! ¡y estad preparados! ¡Artús! ¡Abre una puerta a mi espalda!

–¿Qué puerta?

–¡Cualquiera! ¡No me importa cuál! ¡Limítate a estar preparado!

El monstruo había vuelto la cabeza para concentrarse en Charles, que era quien estaba más cerca.

–Vaya, menudo embrollo -dijo Charles-. Por fin encuentro algo lo bastante grande para comerse a Gusano, y va él y no anda por aquí.

–¡Eh! – chilló Jack a la bestia, agitando los brazos para atraer su atención-. ¡Por aquí!

El monstruo marino achicó el aire con el cuello, y fue a colocarse cara a cara con el joven.

–Maldición -exclamó Jack mientras echaba hacia atrás el brazo-. Ha funcionado bien.

El joven levantó el puño y golpeó al enorme animal justo en el ojo izquierdo.

Con un rugido furioso, el monstruo marino se abalanzó al frente sobre Jack, que se arrojó al vacío a través del hueco abierto de la escalera. John y Charles lo atraparon por los brazos y lo alzaron hasta colocarlo a salvo en la escalera opuesta.

El ímpetu del ataque del monstruo propulsó la cabeza y cuello de la bestia a través de la puerta abierta, donde quedó atascada; increíblemente, el cuerpo de la criatura se contrajo hasta encajar en la entrada. Cuando hubo pasado al otro lado por completo, Artús cerró la puerta de golpe.

–Ha estado cerca -dijo-. Estoy seguro de que ésta ha quedado cerrada.

Siento lo de la otra.

–¡Estupendo, muchachos! – exclamó Bert, dando palmadas-.

¡Estupendo! ¡Bien hecho!

–¿Echaste una mirada al otro lado de la puerta cuando la abrió? –

preguntó Charles.

–Sí -respondió Jack, respirando entrecortadamente-; había escoceses…, escoceses con faldas, tal vez del siglo XVI.

–Bueno -repuso Charles-, un monstruo marino suelto en Escocia. Eso va a tener algunas repercusiones interesantes.

Los camaradas se sentaron en los escalones para recuperar colectivamente el aliento. Todos ellos parecían encantados por haberse salvado de milagro excepto John, que parecía estar al borde de las lágrimas.

–¿Qué sucede, John? – preguntó Bert-. No pierdas el ánimo…, parece que tenemos una habilidad especial para superar las dificultades.

–Jack tiene una habilidad especial, querrás decir -farfulló John-. No importa en qué dilema nos encontremos, parece que a él siempre se le ocurre algún modo de resolverlo.

–Parece que sí, ¿verdad? – dijo el aludido.

–Eso no es de buena educación, Jack -indicó Charles-. Cada uno hace su parte. A mí se me puede culpar tanto como a cualquiera por no haber tenido más controlado a Magwich.

–Es algo más que Magwich, de todos modos -dijo Jack-. Es una cuestión de actuar cuando se requiere. Sencillamente, de ver que hay algo que debe hacerse, y hacerlo. Y parece que John nunca lo hace.

John miró fijamente a sus amigos por un momento, luego se puso en pie y empezó a subir la escalera. Echando miradas inquietas tanto arriba como abajo, el resto lo siguió.

Ascendieron.

Conservando el aliento para llevar a cabo aquel esfuerzo, ascendieron en silencio, interrumpido sólo por el extraño retumbar que se escuchaba aproximadamente cada hora.

Charles había empezado a contar niveles al principio, pero perdió la cuenta tras la refriega con el monstruo marino. Empezó otra vez y se dio por vencido en algún momento después de haber llegado a cuatrocientos.

–Empiezo a comprender por qué se retiró de los asuntos del Archipiélago -observó Charles-. Se tarda un siglo sólo para bajar a saludar al lechero.

–Soy yo -intervino Artús-, ¿o está cada vez más oscuro ahí arriba?

Bert alzó los ojos y profirió un grito jubiloso.

–¡Un techo! ¡Veo el techo! ¡Estamos casi en lo alto!

Había tres descansillos más, y otras cuatro puertas. La que estaba situada en lo alto no tenía escalera.

–El futuro -dijo Bert-. Inalcanzable. Eso significa que la penúltima será el Cartógrafo. Estoy seguro.

John, no obstante, se había detenido ante la puerta más cercana. La contemplaba con curiosidad al tiempo que olfateaba el aire.

–¿Qué es, John? – preguntó Aven-. ¿Problemas?

–No -respondió él-; canela.