Tierra de Dragones

James A. Owen · Capítulo 15 de 28

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Tierra de Dragones

Travesia nocturna

El Custodio de la Imaginarium Geographica se había visto transportado por un olor… y de improviso, ya no era responsable del destino de dos mundos, la resolución de una guerra o los innumerables fracasos que se

habían convertido en cadenas alrededor de su cuello. Volvía a ser simplemente un estudiante soldado, cuyas mayores responsabilidades implicaban leer manuscritos en inglés antiguo y asegurarse de no olvidar el rifle en una trinchera.

John alargó una mano vacilante y acarició el aire a un milímetro por encima de la superficie de la puerta.

–¡John! – exclamó Charles-. ¡Después de lo que acaba de suceder abajo, no puedo creer que vayas a arriesgarte a abrir otra puerta!

–Estamos de acuerdo -intervino Jack-. Deberíamos ir hasta la última puerta y averiguar si el Cartógrafo está realmente aquí. Ya hemos malgastado suficiente tiempo en el pasado…, um, por decirlo de algún modo.

–Esta es diferente -dijo John-. ¿No lo oléis?

Aven fue a colocarse junto a John y olfateó el aire.

–Sí, lo huelo. Es algún tipo de tabaco.

–Un tabaco de canela -dijo John-. Una mezcla especial.

–Qué curioso -indicó Bert, rascándose la cabeza-. La única persona que he conocido a la que le gustara el tabaco aromatizado con canela era… -Su voz se apagó y sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos-. Abre la puerta, John.

John alargó el brazo con mano firme y empujó. La puerta se abrió sin esfuerzo sobre goznes silenciosos, y una fresca emanación de tabaco aromatizado con canela pasó por entre los compañeros.

Al otro lado de la puerta había un cuadro más familiar para ellos que cualquier otro de los que habían visto en el Alcázar… ya que la mayoría de ellos, excepto Aven y Artús, habían estado allí hacía apenas unos días.

Era un estudio inconfundiblemente británico en su decoración; una biblioteca repleta de libros y una figura muy conocida que no era posible que estuviera sentada en su silla, examinando incunables con siglos de antigüedad mientras daba pausadas caladas a una enorme pipa.

A diferencia de las otras escenas, que requerían cruzar el umbral para ponerlas en movimiento, este escenario estaba ya activo, como si hubiese estado esperando a que alguien abriera la puerta y penetrara en su flujo. La figura del escritorio advirtió su presencia al otro lado de la puerta abierta y habló; el familiar timbre de voz no dejó duda sobre quién estaba sentado ante el amplio escritorio de roble.

El profesor Sigurdsson hizo una seña a su joven protegido para que entrara y se sentara.

–John, mi querido muchacho, por favor, entra. Tenemos mucho de que hablar, creo. ¿Hay otras personas contigo, John? – prosiguió el profesor, escudriñando la puerta a través del humo-. Me parece ver a alguien más ahí fuera.

John volvió la mirada hacia Bert, que sacudió la cabeza. Cualquier significado que tuviera aquello estaba dirigido a John, y sólo a John. El joven penetró en el estudio y cerró la puerta tras de sí.

–No, profesor -dijo-. Sólo estoy yo.

El profesor se puso en pie y tomó la mano que John le tendía entre las suyas, estrechándola efusiva y frenéticamente.

–Me alegro tanto de verte, John -indicó-. No te esperaba hasta dentro de otro día por lo menos, dado el estado del transporte en estos tiempos difíciles.

–Créame, profesor -dijo John, tomando asiento frente a su mentor-, tampoco yo esperaba verle.

Resultaba casi excesivo para poder asimilarlo. Apenas había transcurrido tiempo suficiente para aceptar la noticia de la muerte del profesor, y mucho menos para digerirla, ya que la aventura en el Archipiélago había dado comienzo casi de inmediato. Y desde entonces, todos sus pensamientos sobre el profesor habían sido fugaces, y se entremezclaban con pesadumbre y aflicción y una abrumadora sensación de fracaso.

Por un instante John se planteó si aquella visita podría ser el equivalente en el universo a que enviaran a uno al despacho del rector para recibir una reprimenda, a pesar de que el rector estaba muerto.

–No sé por qué se nos ha concedido esta extraña oportunidad -dijo el profesor-, pero me alegro de que la tengamos, pues me temo que no sobreviviré a esta noche.

John se sobresaltó. ¿Sería posible que el profesor hubiera tenido una premonición de su propio asesinato?

–Es cierto -prosiguió su mentor, reservándose para sí si había o no contestado a la pregunta no formulada de John-. Hay elementos extraños que andan sueltos por la ciudad estos días, y me implican a mí mucho más

de lo que habría pensado que harían en estos tiempos. Pero tengo responsabilidades, y debo ocuparme de ellas, cueste lo que cueste.

–Recibí su nota, profesor -dijo John-. ¿Qué necesita decirme?

–Sé por tus cartas que estás lleno de temor, joven John. No sólo debido a la guerra, sino también por tu futuro. Sé que te hallas sumido en un conflicto interior; que te encuentras en una encrucijada y no estás seguro sobre qué camino tomar. Pero debes saber esto: te elegí por una razón.

Posees aptitudes, John. Aptitudes admirables. Y si las desarrollas, como espero haberte ayudado a empezar a hacer, entonces podrás salir a llevar una vida excepcional y extraordinaria.

John se sintió desconcertado…, fuera lo que fuera lo que había esperado, no era eso. El profesor siempre había mostrado una actitud amistosa hacia él, como haría un mentor, pero tal franqueza, en especial dándole ánimos con tanta pasión, era más que insólita.

–No he sido totalmente sincero contigo, John -dijo el profesor-. Las asignaturas que te he dado…, te he exigido mucho, lo sé. Pero fue todo con un propósito. Un propósito mucho más importante de lo que te he contado.

Ahora estoy listo para hacerlo.

John reflexionó sobre lo que estaba sucediendo. ¿Había retrocedido realmente en el tiempo, a la noche en que mataron al profesor? ¿O

experimentaba acaso alguna especie de visita espectral, un fenómeno generado por las extrañas energías del Alcázar? Y si era así, ¿cuál podría ser el efecto al revelar el futuro al profesor? ¿Cambiaría los acontecimientos del pasado?

¿O se limitaría a complicar el presente de un modo mucho peor de lo que ya lo había complicado él?

John tomó una decisión.

–Me ha estado preparando -dijo- para convertirme en Custodio.

El profesor se relajó.

–Entonces lo sabes. Maravilloso, muchacho. ¿Cómo te diste cuenta?

–He conocido a Bert. Y he visto la Imaginarium Geographica. Pero…

–Excelente -indicó el profesor, interrumpiéndole-. Entonces no importa lo que me suceda. Ya no.

–¡Claro que importa! – exclamó John-. ¿Cómo no iba a hacerlo?

El profesor Sigurdsson dio una calada a su pipa y expulsó el humo, inundando la habitación de aromático perfume.

–Porque -dijo por fin- cada uno tiene su papel que representar, y el mío era adiestrarte, prepararte para el puesto que has reclamado. Ni más ni menos. Y ya veo que lo hice bien y que puedo aceptar cualquier cosa que venga con un guiño, un asentimiento y un saludo de bienvenida.

–Ése es el problema -replicó John-. Usted hizo su parte…, pero yo no hice la mía. ¡Fui un alumno terrible, profesor! Y creo que le he fallado en todos los aspectos en que alguien puede fallar.

El profesor Sigurdsson empezó a reír. Luego comprendió que el joven hablaba en serio.

–Los muchachos son sólo eso, muchachos, John, y las distracciones de la vida están ahí para dar color a tu trabajo, y viceversa. Además, te hicieron ir a la guerra, y sin duda eso tiene que afectar a tus estudios.

–No es eso de lo que estoy hablando -dijo él, que no se sentía capaz de admitir todo lo que había ido mal en el Archipiélago: la incapacidad de actuar como traductor, seguida por la pérdida de la Geographica-. Bert me dijo lo que se espera de un Custodio Principia de la Geographica, y no estoy seguro de ser capaz de hacerlo. Simplemente no estoy preparado.

–Bert tenía la misma preocupación, la última vez que hablamos sobre ti

-admitió el profesor-. Pero le aseguré que cuando se te llamara, aceptarías el reto. Y eso fue suficiente para él. Jamás volvió a cuestionarlo. Aunque en realidad, él fue partidario tuyo antes de que lo fuera yo. Soy un buen estudioso…, pero Bert es quién posee la imaginación. No hay muchos como él. Pero en ti, muchacho, encontró una alma gemela.

«Escúchale, John. Te aconsejará bien, cuando yo no pueda hacerlo, y en modos en los que yo no puedo. Haz caso de las palabras de los Custodios que te precedieron, cuya sabiduría está presente en la Geographica, pues han aprendido lecciones que necesitarás aprender tú mismo. Y toma nota de las cosas que observes, de modo que puedas transmitir la información a aquellos que vendrán después de ti…, porque te has unido a una gran tradición, muchacho. Y una vez que lo aceptes, se convertirá para siempre en parte de tu vida. Cree en ti mismo -dijo el profesor, tomando las manos de John entre las suyas-. Tienes todo lo que necesitas dentro de ti. Eres lo bastante fuerte. Eres lo bastante inteligente. Has aprendido más de lo que necesitas para completar las tareas que te aguardan. Ahora debes superar el temor que te impide abrazar tu destino.

–¿El temor de ser demasiado débil? – preguntó él.

–No -dijo el profesor-. El temor de ser demasiado fuerte.

–¿Demasiado fuerte? – John se sintió desconcertado-. ¿Cómo puedo ser demasiado fuerte? He fracasado en todas las tareas que se me han encomendado.

–Debido a tu miedo -respondió el profesor-. No debido a que seas incapaz de hacerlo. Nuestras debilidades siempre resultan evidentes, tanto a nosotros mismos como a los demás. Pero nuestras capacidades permanecen ocultas hasta que elegimos mostrarlas… y es entonces cuando se ponen realmente a prueba. Cuando todo lo que hay en nuestro exterior queda al descubierto, y ya no podemos culpar a nuestras deficiencias por nuestro fracaso, sino que debemos depender en su lugar de nuestras aptitudes para tener éxito…, es entonces cuando se calibra a uno, muchacho.

»Cree en ti mismo. Cree en que tu destino no es pasarte la vida en bibliotecas polvorientas, ni en los campos de batalla, sino haciendo algo de mayor importancia. Cree en ti mismo, John, y en que tienes en tu interior lo necesario para llevar una vida extraordinaria. Simplemente cree en ti, muchacho. Mi querido muchacho, cree.

El viento repiqueteó en las ventanas del estudio, la primera indicación de que el tiempo cambiaba.

–Creo que se acerca una tormenta -dijo el profesor-. He dicho lo que era necesario decir y me parece que es hora de que te marches.

Como recalcando sus palabras, un golpeteo había empezado a escucharse fuera, en la calle. El profesor se levantó y palmeó la espalda de su alumno.

–Lo harás bien, muchacho -dijo mientras abría la puerta-, y recuerda, suceda lo que suceda… me he sentido, y siempre me sentiré, muy orgulloso de ti.

Con eso, John abandonó el estudio y cerró la puerta.

Una vez más se encontró de pie en el Alcázar del Tiempo.

–¿Pasa algo malo? – preguntó Aven.

–¿A qué te refieres?

–Pues a que acabas de entrar -dijo Charles-. Justo ahora mismo. La puerta se cerró, luego volvió a abrirse. No has estado ahí más que un segundo o dos.

–Imposible -replicó John-. He estado hablando con el profesor Sigurdsson durante media hora.

–Son los portales -dijo Jack-. Manipulan nuestra percepción del tiempo.

Para John fue media hora. Para nosotros, aquí fuera en el Alcázar, no pasó ni un minuto.

–¿Qué te dijo, John? – instó Bert.

El joven ladeó la cabeza, luego sonrió.

–Dijo que tenemos una tarea que llevar a cabo.

Mientras hablaba, el familiar retumbo volvió a iniciarse, y mientras los camaradas observaban, el suelo se movió bajo sus pies, y el techo se expandió, como si tomara aliento.

–Creo que la torre acaba de crecer -indicó Charles.

–Eso tiene sentido -repuso Bert-. Ésta es casi la última habitación; si todos los otros portales conducían a puntos del pasado, entonces es lógico que la habitación del Cartógrafo, allí cerca de la parte superior, esté moviéndose constantemente hacia el futuro, y que la que tiene encima esté realmente en el futuro.

La puerta que habían decidido que debía de ser la del Cartógrafo era la única de todo el Alcázar que tenía un ojo de cerradura. Jack se acuclilló y miró por él.

–Ahórrame tu disimulo -dijo una voz cortante y ligeramente irritada desde detrás de la puerta-. Es de muy mala educación mirar por los agujeros de las cerraduras…, así que derriba la puerta o márchate.

–¿Tenemos llaves? – inquirió Jack, irguiéndose.

–Tengo un millar de llaves -respondió Bert-, pero ninguna que encaje en esa cerradura.

Charles alargó una mano y empujó. La puerta no se movió.

–Sólida -anunció-. No como las otras. A lo mejor se supone que debemos derribarla…

–A lo mejor podríamos forzar la cerradura -sugirió Artús, al tiempo que alargaba la mano para examinar el mecanismo.

En cuanto la tocó, sonó un chasquido agudo, y la puerta se abrió con un quedo crujido.

–Umm -dijo Artús-. No esperaba que sucediera eso, precisamente.

La abrió por completo de un empujón, y juntos, los camaradas entraron en la habitación situada en lo alto de las escaleras.