Tierra de Dragones

James A. Owen · Capítulo 2 de 28

Páginas del PDF

Tierra de Dragones

Primera parte

El visitante volvió a hacer un ademán, y el golpeteo del exterior dio paso a gruñidos y aullidos de animal.

Hubo una avalancha de cuerpos, y en unos segundos el pequeño estudio se llenó de acero antiguo, dolor y sangre.

Cuando los sonidos dieron paso al silencio, los visitantes abandonaron el estudio tal y como lo habían encontrado, con una excepción.

Pasarían varias horas antes de que las primeras gotas de lluvia de la tormenta que se avecinaba empezaran a motear el adoquinado de la calle, pero el profesor no las vería caer.

Primera parte

La imaginarum Geographica

-Hay un hombre muy extraño ahí afuera

-dijo Jack.

Empieza la aventura

Tanto habría dado si hubiesen introducido la delgada nota color crema en una botella y la hubiesen arrojado al mar en lugar de enviarla por correo, puesto que cuando John la recibió, el profesor ya estaba muerto.

Posiblemente por centésima vez desde que la recibió, John sacó la nota del bolsillo.

Querido John:

Por favor, ven a Londres tan rápido como puedas. Hay muchas cosas, demasiadas me temo, que debían habérsete explicado hace mucho tiempo.

Sólo rezo para que esta carta te encuentre lo bastante sano para viajar y para que no me guardes rencor por lo que se avecina. No sé si estás preparado, y de eso soy el único responsable. Pero creo que eres una persona capaz, y acaso con eso baste. Espero que sea así.

Profesor Sigurdsson

La carta llevaba fecha de la semana anterior, el 9 de marzo de 1917, y le había llegado el día antes al hospital de Great Haywood. John telegrafió una respuesta a su mentor, solicitó un permiso temporal para ausentarse, envió una nota a su esposa, desde hacía menos de un año en el hogar que compartían en Oxford, explicando que estaría ausente tal vez varios días, e inmediatamente organizó el viaje a Londres.

Fue el mensajero encargado de entregar el telegrama quien descubrió que se había cometido un asesinato y avisó a la policía. John supo sin necesidad de preguntar que el policía que aguardaba en el andén en Londres estaba allí para hablar con él, y también sabía el motivo.

El tren procedente de Staffordshire llevaba retraso, pero aquello no era inesperado, ni tampoco era ya una molestia siquiera. Se trataba simplemente de uno de los deterioros en la normalidad, producto de una constante situación de guerra.

John llevaba de permiso lejos del Segundo Batallón varios meses ya, desde antes de las vacaciones. Para los médicos, estaba afectado de pirexia;

«fiebre de las trincheras» era el nombre que le daban los soldados de tropa.

Expuesto de un modo más simple, su cuerpo se había cansado de la guerra y manifestaba su protesta mediante una debilidad general de las extremidades y fiebre constante.

En el tren John se durmió inmediatamente, y su fiebre tomó la forma de un sueño de una montaña de fuego que escupía cenizas ardientes y lava al interior de las trincheras de la campiña francesa, consumiendo a sus

camaradas mientras resistían denodadamente la ofensiva alemana. John contempló horrorizado cómo aquellos que huían de las trincheras eran derribados por el fuego de artillería. Los que se quedaban, acurrucados y llenos de temor, eran consumidos, los hijos de Inglaterra convertidos en hijos de Pompeya a medida que perecían envueltos en llamas y humo…

Lo despertó el agudo silbato del tren que indicaba su llegada a la estación de Londres. Estaba sofocado y sudoroso y a los ojos del agente que lo esperaba tenía todo el aspecto de estar implicado en el asesinato del hombre que había venido a ver. John se secó la frente con un pañuelo, se echó al hombro la mochila colocada en la rejilla del portaequipajes y descendió del tren.

Su llegada, y posterior partida con el policía, la observaron no menos de cuatro individuos, que se mezclaron sin ser vistos con el gentío que se trasladaba del andén a los trenes. Tres de ellos iban embozados y caminaban con cierta torpeza, debido a la articulación invertida de las piernas inferiores que les hacía andar como si fueran perros que avanzaran erguidos sobre dos patas.

Exactamente como si fueran perros.

Las extrañas figuras desaparecieron en medio de la multitud para informar a su amo lo que habían visto. La cuarta, que se había sentado junto a John en el tren, abandonó la estación y dobló por la calle que habían tomado minutos antes el agente de policía y el joven soldado de Staffordshire.

–Me limito a decir que existen gran variedad de alternativas para pasar una noche inglesa mucho mejores que la investigación de un asesinato -dijo el inspector a cargo del escenario del crimen, un tipo robusto y afable llamado Clowes-. Pueden apostar a que el asesino, quienquiera que sea, no está por ahí deambulando en medio de este lodo. No, a estas horas está en su casa, una vez finalizada su tarea por hoy, calentándose los dedos de los pies ante el fuego de la chimenea mientras sorbe un delicioso coñac caliente, en tanto que yo tengo que estar aquí fuera a punto de pescar una pulmonía que…

Clowes se interrumpió en mitad de su queja e hizo un ademán a modo de disculpa.

–No es que conversar con todos ustedes sea tan terrible, desde luego.

Son las circunstancias.

John tardó unos instantes en darse cuenta de que no era el único al que entrevistaban aquella tarde con respecto al asesinato del profesor. Por vez primera, advirtió la presencia de otros dos cuclillos que tiritaban y asentían ante el policía que les interrogaba, preguntándose cómo diablos habían ido a parar a aquel nido particularmente atroz.

Se estrecharon las manos, efectuando las presentaciones de rigor. El más joven, llamado Jack, tenía el pelo pajizo y no podía estar quieto; el de más edad, Charles, llevaba gafas y tenía aspecto eficiente. Contestaba a las preguntas del agente como si cuadrara una cuenta en una oficina del Barclays Bank.

–Sí; llegué a Londres puntualmente a las cuatro cuarenta. No, no me desvié de la agenda que tenía prevista. Sí, comprendí que estaba muerto inmediatamente.

–¿Y su motivo para la visita? – preguntó Clowes.

–La entrega de un manuscrito -respondió Charles-. Estoy empleado en calidad de editor en la Oxford University Press, y el profesor Sigurdsson debía anotar una de nuestras publicaciones.

–¿De verdad? – dijo Jack-. Acaban de aceptarme en Oxford.

–Magnífico, Jack -repuso Charles.

–Gracias -respondió éste.

–Así pues, chico -dijo Clowes-.Te llamas Jack, ¿no es cierto?

–Sí, señor -contestó él, asintiendo.

–Ah. No serás el Jack de la zona de Whitechapel, ¿verdad? – inquirió el policía.

–No -respondió Jack antes de tener tiempo de comprender que el inspector bromeaba-. De Oxford.

–Los dos son de Oxford, ¿eh? – siguió Clowes-. Es una coincidencia interesante.

–No es una coincidencia -indicó Charles-. La asociación selectiva es un privilegio, no un derecho.

–Yo soy de Cambridge -dijo Clowes.

–Ah, bueno, lo siento -tartamudeó Charles.

–De todos modos nunca llegué a ir a la universidad -dijo el policía a John en un aparte-. Pero ese muchacho puso la misma cara que si lo hubiese pescado con los calzones de la reina puestos, ¿no es cierto? A propósito…

¿de dónde es usted, eh, John?

–De Birmingham, aunque ahora estoy alojado en el hospital de Great Haywood.

Aquello no era del todo correcto, pero John pensó que hacer notar que los tres procedían en realidad de Oxford tal vez no haría que la tarde fuera más placentera para él; ni para ellos, bien mirado.

Existía una especie de fraternidad que surgía de las experiencias compartidas de la guerra, en particular entre jóvenes que habían compartido una trinchera durante quince días. Era una clase distinta de experiencia fraternal verse reunidos como desconocidos, que por lo demás tenían muy poco en común, por el único vínculo de un asesinato.

–Nunca le había visto -dijo Jack respecto a su relación con el cadáver-.

De hecho, acababa de llegar a Londres para pasar la tarde, con la intención de entregar unos documentos de parte de un abogado de Kent.

El inspector pestañeó, luego pestañeó de nuevo y se volvió en dirección a Charles.

–Mi historia no es muy distinta de la suya, me temo -indicó éste, ajustándose las gafas-. Estaba aquí por asuntos de la universidad.

–Eso le deja a usted, John -dijo Clowes-. Supongo que tampoco le conocía.

–Se equivoca -respondió John-; le conocía muy bien. Fue mi tutor académico.

–¿De veras? – dijo Clowes-. ¿En qué materias?

–Lenguas antiguas, principalmente -repuso él-. Ése era el grueso de mis estudios, con trabajos adicionales en mitología, etimología, historia y culturas prehistóricas. Aunque -añadió-, de hecho, yo era un estudiante más bien poco diligente.

–Aja -murmuró Clowes-. Y ¿cómo es eso? ¿No era un buen profesor?

–Un profesor excelente, para ser exacto -dijo John-. Pero el sacerdote que ayudó en mi educación cuando falleció mi padre, que pagó la mayor parte de mis estudios, en realidad considera que esta clase de enseñanzas son, eh…, poco prácticas.

–Comprendo -repuso el inspector mientras garabateaba en su cuaderno con un lápiz corto y grueso-. Y exactamente ¿qué es «práctico»?

–La banca -respondió John-. El comercio. Esa clase de cosas.

–¡Ja! – bufó Clowes-. ¿Y usted disiente?

John no respondió, limitándose a encogerse de hombros como si quisiera decir: «¿Qué le vamos a hacer?».

–Bien -siguió el inspector-, casi he terminado aquí. Pero ya que usted parece ser lo más parecido a un familiar que tenía Sigurdsson, ¿le importaría echar un vistazo a la escena del crimen? Tal vez usted pueda advertir si hay algo fuera de lugar, mientras que otros no podrían.

–Desde luego.

Jack y Charles aguardaron con el agente de policía en el vestíbulo mientras John y el inspector se marchaban a la biblioteca. El olor fue lo primero que sobrecogió a John -cuero quemado, acentuado por aquel tabaco con toques de canela que sólo fumaba el profesor-, aunque la habitación misma estaba hecha un desastre.

Había libros desperdigados por doquier, y las paredes posteriores de las estanterías estaban destrozadas a hachazos. No quedaba ni un solo mueble sin romper. Habían colocado varios libros en la chimenea para que ardieran, con escaso éxito.

–Fueron las tapas las que se quemaron -comentó Clowes-. Cuero con cierres de metal. Es grueso y retiene la humedad. Provocaron un mal olor endemoniado, y un humo negro como su barba. Eso fue lo que atrajo la atención del mensajero cuando nadie acudió a la puerta.

John paseó la mirada por la habitación, posando los ojos en una mancha oscura en forma de media luna sobre la alfombra que había cerca del escritorio doble en el que trabajaba el profesor.

–Sí -indicó Clowes-; ahí es donde lo encontraron. Se desangró de prisa…, no sufrió, muchacho.

John pensó que aquello era mentira, pero agradeció el gesto de todos modos.

–No podría decirle si falta algo, inspector. Parece que todo lo que no está roto en pedacitos o quemado no… bueno, no vale nada. Los libros poseen algún valor, pero sólo para personas como yo…, y aquí no hay nada por lo que valga la pena matar.

Clowes suspiró.

–Eso era lo que nos temíamos -concluyó, cerrando de golpe el cuaderno-. Agradezco su tiempo y cooperación. Y lamento la pérdida.

–Gracias -dijo John, se dio la vuelta para marcharse, pero luego se detuvo-. ¿Inspector? Si se me permite preguntarlo, ¿cómo mataron

exactamente al profesor?

–Ésa es la otra cuestión -respondió él-. Lo apuñalaron, de eso no hay duda. Pero la punta del arma se partió contra una costilla, y por lo tanto conseguimos echarle un buen vistazo. Por lo que sabemos, lo mataron con una lanza romana. Una lanza romana de una factura y composición que no se ha forjado en más de mil años.

La llovizna gris de la tarde se había convertido en una noche inglesa de lo más desapacible, y todo el asunto de la investigación criminal había retenido a los tres nuevos compañeros más allá de la hora de salida de los últimos trenes.

–Conozco un club a unas pocas calles de aquí -ofreció Charles-. ¿Qué os parece si nos retiramos allí y abandonamos esta noche húmeda y lúgubre? Podemos tomar nuestros respectivos trenes por la mañana, después de disfrutar de un poco de calor y un traguito de algo que nos tranquilice los nervios.

Jack y John estuvieron de acuerdo, y dejaron que Charles los condujera por el laberinto de calles.

–Es curioso que fuera coleccionista de libros -observó Jack después de que hubiesen recorrido unas cuantas manzanas-. Un estudioso de Shakespeare, además.

–¿Curioso? ¿En qué sentido? – inquirió John.

–Porque… -Jack se encogió de hombros- lo mataron ayer, el día 15.

John cayó poco a poco en la cuenta, luego lo hizo Charles.

–Julio César -dijo John.

–Sí -repuso Jack-. Tal vez no significó mucho en tiempos de César, o ni siquiera en los de Shakespeare, pero habría sido una advertencia que habría valido la pena seguir, si alguien hubiese estado por ahí para darla.

–Cuídate de los idus de marzo.

Resultó que el club al que Charles los condujo poseía alusiones literarias propias. Había estado alquilado como apartamento a un particular no hacía ni dos décadas, y desde entonces lo habían convertido en un club accesible a un grupo privado de Oxford, del que Charles era miembro.

–¿El 221B de la calle Baker? – dijo John con un dejo de incredulidad-.

¿Lo dices en serio, Charles?

–Completamente -respondió el aludido-. Oxford pagó su transformación, y resulta muy útil disponer de un refugio así cuando se está

en Londres por negocios.

Abrió la puerta e hizo pasar a sus acompañantes al vestíbulo de entrada.

El establecimiento principal consistía en un par de salas de reunión privadas y un único salón grande y ventilado, con entradas adyacentes que John supuso eran los apartamentos vecinos, convertidos para un uso similar. La estancia grande estaba amueblada en tonos vivos e iluminada por dos ventanales que daban a una solitaria farola de gas y a la oscuridad cada vez mayor de la noche y la tormenta. La chimenea, de la que se ocupaba un sirviente discreto, ardía con fuerza y les alegró el ánimo en gran medida mientras avanzaban hacia ella, y sus ropas iban intercambiando la humedad por una leve envoltura de vapor.

–Mucho mejor -declaró Jack.

Jack se instaló en un inmenso sillón de orejas eduardiano y se puso cómodo. John prefirió apoyarse en la chimenea, para así poder calentarse mejor y secarse la ropa, en tanto que Charles, con una naturalidad fruto de la confianza, abrió un mueble-bar en el otro extremo de la habitación y empezó a servir bebidas.

–He dado permiso al criado para retirarse por esta noche -indicó-. No creo que vayan a aparecer más miembros en una noche como ésta, y para ser sincero, tras nuestra aventura con el inspector Clowes, más bien agradezco la intimidad.

–Estoy ansioso por hacer lo que tú haces, John, y unirme al esfuerzo bélico -dijo Jack-. Esperaba pasar un trimestre o dos en la universidad, pero parece que el rector tiene otros planes.

–Eres joven -repuso Charles-. Tal vez descubras que el tiempo y la experiencia ponen freno a la afición por la aventura.

–Ya ha sido una especie de aventura lo de esta noche, ¿no es cierto? –

prosiguió Jack-. Imagínate ser confundido por el alumno de un profesor muerto…

Charles no consiguió fruncir el ceño con la rapidez suficiente para acallar al joven antes de que una expresión de dolor apareciera en las facciones de John.

–Oh, vaya… Oye, John, lo siento -dijo Jack-. No me he dado cuenta.

–No es nada -respondió él, con la vista fija en el fuego-. De haber estado aquí el profesor, habría pensado que era divertido.

–Tienes que cuidar tu decoro -amonestó Charles a Jack-. En especial una vez hayas iniciado tus cursos en… Jack…, ¡eh!, ¿me escuchas?

El hombre más joven sacudió la cabeza, se levantó y cruzó la habitación.

–Hay un hombre muy extraño ahí afuera -dijo Jack-. Estuvo de pie al otro lado de la calle bajo la farola durante varios minutos y luego cruzó hasta la esquina, donde permaneció varios minutos más, y ahora está de pie afuera con el rostro apretado contra la ventana…

Como uno solo los tres hombres giraron en redondo y se encontraron con la mirada sorprendida de una aparición extraña: un hombre más bien pequeño, al parecer envuelto en harapos y que se cubría con un estrafalario sombrero alto y puntiagudo, estaba en efecto pegado a la ventana, con la nariz aplastada contra el cristal y el bigote de puntas levantadas torcido por la humedad.

El ser andrajoso de la ventana desapareció bruscamente y, casi al instante, se oyó golpear repetidamente en la puerta.

–…y ahora llama a la puerta -finalizó Jack.

–Maldición -dijo Charles-. Esto es un club sólo para socios.

Sencillamente no podemos ofrecer acomodo a todos los vagabundos que carezcan del sentido común suficiente para estar en casa en una noche como ésta.

–Ah, vamos, Charles -intervino John, alzándose para ir a abrir la puerta-. De no ser por ti, Jack y yo estaríamos en la misma situación, y nos acabamos de conocer.

–Es diferente -resopló Charles-. Sois hombres de Oxford.

–En realidad yo todavía no he empezado -admitió Jack.

–Un simple tecnicismo -repuso el otro.

John abrió la puerta y el hombrecillo más extraño que ninguno de ellos había visto nunca pasó al interior y se sacudió como si fuera un chucho, salpicando de agua todo el vestíbulo.

Su aspecto era lo que podría resultar de romper en pedazos una edición ilustrada de las obras de Jacob y Wilhelm Grimm y luego pegar otra vez los trozos entre sí al azar. El abrigo y los pantalones estaban compuestos a partes iguales de Viejo Sultán, Rumpelstiltskin y Juan el erizo; los zapatos eran la ambición insatisfecha de un centenar de cuentos de zapateros remendones. Y el sombrero era una especie de combinación despiadada de

El rey de la montaña de oro y La mortaja. Los ojos centelleaban, pero el pelo y el bigote estaban empapados, y daba la impresión de haber sido golpeado en la cabeza y los hombros con alguna especie de animal selvático en plena muda. El único aspecto organizado de su apariencia era un paquete enorme envuelto en tela impermeable, que sujetaba con fuerza bajo un brazo.

–Una noche espantosa -dijo el hombre, chorreando agua todavía-.

Espantosa. Veinte libras de desdicha en un saco de diez libras. De haber sabido que acaecería una noche así, habría dicho a mi abuela que no se molestara en tener a mi padre, con tal de evitarme esta molestia.

–Bien, pues una vez que se haya secado un poco, tendrá que irse -indicó Charles, ocultando disimuladamente la botella de excelente coñac tras las de calidad inferior-. Esto es un club privado. ¿Qué hacía observándonos?

–¿Es esto una pregunta a cambio de otra? – inquirió el hombre-.

¿Contesto yo a la vuestra y luego vosotros contestáis a la mía?

–No puedo decir que eso no sea justo, Charles -dijo Jack.

–De acuerdo -respondió éste.

–Estupendo -repuso el extraño visitante-. Observaba para asegurarme de que nadie más lo hacía.

–¿Qué clase de respuesta es ésa? – farfulló Charles-. Ésa no es una respuesta como es debido.

–Ah, vamos -dijo John-, sé amable. – Se volvió en dirección al hombrecillo-. Su turno. ¿Cuál es su pregunta?

–Le doy las gracias al caballero -repuso el hombre con una leve reverencia-. Y ahora mi pregunta: ¿quién de vosotros es John? Y ¿estáis enterados de que el profesor Sigurdsson ha muerto?