Tierra de Dragones
Huida al puerto
De día las calles y callejones de Londres eran como un acertijo enrevesado; de noche, en medio de un temporal, el dédalo de calles se convirtió en un laberinto imposible para los cuatro hombres que corrían
como alma que lleva el diablo huyendo de una jauría de cazadores que, al parecer, era capaz de perseguirlos guiada por el olor.
–¿Qué son? – dijo Jack-. Los llamaste «Wendigos».
–Son los cazadores de nuestro enemigo, y si no son las peores abominaciones que existen bajo el cielo, desde luego son unos buenos aspirantes a la corona.
–¿Son hombres o bestias? – inquirió Jack.
–Ambas cosas, me temo. Cuando así se requiere, pueden comportarse como hombres; pero se vuelven más lobunos con cada muerte que llevan a cabo. El mal que hacen ha deformado sus cuerpos, y por lo tanto han obtenido los sentidos de los podencos, así como su agilidad y velocidad.
–¿Cómo se convierten en algo así? – quiso saber John.
–Por medios terribles -respondió Bert-. Para empezar, deben ser hombres malvados. Pero para convertirse en Wendigos, deben comer la carne de otro hombre.
–Caníbales -musitó John.
–Sí -dijo Bert-, pero no sólo eso. Se rumora que para convertirse realmente en Wendigos, la primera carne que deben probar tiene que ser la de su mejor amigo o la de un ser querido. Después de eso, lo demás ya no importa.
Una expresión horrorizada apareció en las facciones de John mientras comprendía las implicaciones de todo aquello.
–¿Crees que ellos… que el cuerpo del profesor?
–No -respondió Bert-; creo que lo mataron mientras lo interrogaban sobre el paradero de la Geographica. Lo mataron, pero no se lo comieron.
A los Wendigos…, a los Wendigos les gusta que su comida esté viva.
–¿De verdad creéis que existe una embarcación? – inquirió Jack unos minutos más tarde, jadeando.
–Lo dudo -respondió Charles-, pero no tengo intención de quedarme por aquí para discutirlo.
–Un chelín a qué si hay una -dijo Jack.
–Hecho.
Los adoquines estaban resbaladizos y los cuatro tenían que medir sus pasos para no caer y arriesgarse a torcerse un tobillo. Bert encabezaba la marcha. Los admitidos lapsos de memoria sobre la geografía de Londres no
parecían afectar a su velocidad… y se movía de esquina en esquina bajo las farolas de gas con una rapidez y agilidad que contradecían su aspecto.
–Ya casi estamos, muchachos -anunció-. Podéis olerlo, ¿verdad?
–Uf -dijo Jack-. Realmente apesta. ¿Qué es?
–Pescado y despojos, despojos y pescado -respondió Charles-.
Comercio. Ya sabéis…, como la clase de trabajo que John no sabe si le gustaría llevar a cabo.
–Muy listo -repuso el aludido mientras Bert desaparecía tras la esquina que tenían delante, profiriendo un chillido triunfal.
Doblando él mismo la esquina al cabo de un instante, John se detuvo en seco, lo que provocó que Charles y Jack chocaran contra él a su vez.
Bert había dicho la verdad. Realmente había un barco anclado y flotando en el puerto. Un barco que no se parecía a ninguno que hubieran visto jamás.
Jack extendió la mano.
–Un chelín.
–¡Maldita sea! – dijo Charles, dejando caer una moneda en la mano del otro.
–El Dragón índigo -declaró Bert con orgullo-. Mi nave.
–¿Es un galeón? – preguntó Charles-. Parece español, pero… viejo.
–Siglo xvi -indicó Bert-. Al menos las partes más nuevas. Creo que las partes más antiguas del casco son griegas, pero en realidad no estoy seguro.
Creo que hay un poco de todo en ella. Pero hace su trabajo y siempre me lleva sano y salvo al puerto de origen.
–Y ¿dónde está el puerto de origen exactamente? – preguntó Jack.
–Más tarde, más tarde -respondió el hombrecillo, observando las sombras de sus perseguidores que se alargaban a la luz de las farolas detrás de ellos-. Pongámonos a salvo primero…, ya habrá tiempo para hablar más tarde.
Ninguno de los jóvenes se detuvo para preguntar a Bert qué quería decir con «más tarde», o con la más amplia insinuación de que se reemprendería el diálogo una vez pasado el peligro.
Bert inició un trotecillo y cruzó veloz el muelle hasta la pasarela que lo conectaba con el barco. De pie en la parte delantera de la pasarela había una joven: alta, vestida como un pirata sacado de una novela de Stevenson, y mostrando una actitud autoritaria que contradecía su evidente juventud.
–Padre, llegas tarde -reprendió la chica-. Preparábamos un grupo de desembarco para ir a rescatarte.
–No era necesario, Aven -respondió Bert-. Como puedes ver, mis jóvenes amigos y yo lo tenemos todo ceñido al plan.
Desde el muelle, una bruñida lanza egipcia atravesó el aire nocturno y prendió la capa de Bert a la proa, errando el hombro por muy poco.
–Eh…, bueno -dijo el hombrecillo, desprendiéndose de la prenda al tiempo que daba un respingo-. Aunque eso no quiere decir que no debiéramos, eh, acelerar nuestra partida.
Mientras los jóvenes trepaban a bordo, Aven permaneció en la popa del barco, con los brazos cruzados en actitud desafiante ante las lanzas que le arrojaban los cazadores.
–Ya es suficiente -dijo, lacónica-. Sacadnos.
No se bajaron remos al agua, y curiosamente, las velas se hincharon precisamente en el sentido opuesto a aquel en el que soplaba el viento; pero en cuanto Aven dio la orden, la nave se alejó del muelle y empezó a adquirir velocidad.
Un aullido a su espalda recorrió el helado aire del puerto, y los ojos de la joven se abrieron de par en par.
–¿Wendigos? ¿Envió Wendigos para atraparos?
–Sí -respondió Bert, asintiendo-. Stellan, el profesor, murió antes de que pudiera hacerse nada.
–Tú tenías la Geographica -dijo Aven, dirigiendo una mirada pesarosa a los tres jóvenes-. No tendría que haber esperado para acabar asesinado.
–Fue su elección, Aven -la reprendió Bert-. También podría culparme a mí mismo por habérselo dejado todo a él mientras yo viajaba…
–O a Jamie -replicó ella-; si no hubiera abandonado por esa mujer y sus hijos… ¡Además está en Londres! ¿Por qué no le persiguen a él los Wendigos?
–No le quieren a él -respondió su padre-. Quieren esto -finalizó, dando unas palmaditas a la Geographica-. Es por eso por lo que estamos aquí. Es por eso por lo que vinimos. Y ahora, es por eso por lo que debemos partir.
–También -intervino Charles- nos persiguen criaturas que quieren matarnos…
–… comernos -terció Jack.
–Matarnos y comernos -corrigió Charles-. Así que, ¿podría sugerir que finalizáramos esta conversación en algún lugar situado más allá del alcance de sus armas?
–Sí -dijo Jack, cuyos ojos no habían dejado de mirar a Aven desde que habían subido al barco-. Y, ah, tal vez sea el momento de presentarnos.
–Por supuesto -dijo Bert-. Chicos, permitid que os presente al capitán del Dragón índigo… Mi hija, Aven.
Charles se adelantó, efectuando una ligera inclinación de cabeza.
–Es un placer. Yo soy Charles.
Ella inclinó a su vez la cabeza, la ceja enarcada todavía.
–Soy Jack -dijo éste, apartando a un lado a su compañero al tiempo que le tendía la mano-; si necesitas que te echen una mano con cualquier cosa, no dudes en pedirlo.
–¿Sabes trabajar a bordo de un barco?
–Bueno, no, no exactamente -admitió Jack-. Soy un estudioso.
Aven alzó los ojos al cielo con exasperación.
–Otro estudioso. ¡Que el cielo nos libre de los necios y sus libros!
Miró a John.
–¿Y tú?
–Yo soy John. Encantado de conocerte.
La joven no respondió, sino que se limitó a sostenerle la mirada un buen rato antes de darse la vuelta bruscamente y decir algo en un tono lo bastante bajo para que sólo él lo escuchara.
–Será mejor que valgas la pena.
Por vez primera, los tres jóvenes tuvieron ocasión de mirar directamente a sus perseguidores, que se amontonaban en el muelle, aullando y agitando sus armas enfurecidos.
Los Wendigos no eran muy diferentes de los hombres. Únicamente aquellos que estaban agazapados y mostraban sus cuartos traseros desfigurados y bestiales eran evidentemente algo más. Estaban cubiertos de pelo; de contornos toscos. Borrosos, como si formaran parte de una fotografía mal revelada.
Las capas que llevaban para disfrazar los cuerpos y ocultar las armas estaban echadas hacia atrás, y mostraban trajes extraños procedentes de una docena de culturas distintas.
–Qué extraordinario -dijo John-. Ves varios disfraces distintos entre ellos: egipcio, indio… ¿Es ese nórdico?
–No son disfraces -repuso Aven-. ¿Acaso crees que un hombre que se vuelve malvado y se come a sus amigos debe tener el acento de las clases bajas de Londres?
John y los demás se estremecieron y giraban ya cuando él distinguió a otra figura sobre el muelle, que pasaba por entre los Wendigos enfurecidos.
El joven no estaba seguro, pero el hombre le recordó a uno de Los pasajeros que habían estado con él en el tren a primeras horas de aquel día. Si lo era, aquello reafirmaba aún más la aseveración de Bert de que John se hallaba más involucrado en los acontecimientos de la tarde de lo que había pensado.
El Dragón índigo siguió acelerando, y en unos instantes el muelle y sus perseguidores se habían perdido ya en la oscuridad detrás de ellos.
Ahora que tenían tiempo de recuperar el aliento, los camaradas dedicaron su atención al extraño navio al que habían subido. Realmente era un galeón, pero de un diseño de lo más insólito. Estaba un poco sucio, crujía un tanto, pero no había duda: era una embarcación creada para correr aventuras extraordinarias.
En la proa del barco estaba el mascarón, la cabeza y el torso de un enorme dragón. Tenía ojos dorados y estaba pintado de un intenso y brillante color púrpura.
–Índigo -corrigió Bert, al oír como Jack sugería el color-. No queremos ofenderla.
A Jack le pareció, aunque no pudo estar seguro, que veía respirar al dragón.
Había un camarote en la popa del barco, y bodegas de carga debajo con una peculiaridad de lo más extraordinaria: eran mucho mayores por dentro de lo que parecían ser por fuera.
A su alrededor la dotación del barco, formada por unos veinte marineros, todos bien abrigados para protegerse del húmedo aire nocturno, estaba ocupada en sus tareas siguiendo las órdenes de Aven.
–¿Os habéis dado cuenta -aventuró a decir Jack a sus compañeros- de que somos como mínimo medio metro más altos que todos los miembros de la tripulación?
John había procesado todas las actividades del trasfondo como las ocupaciones corrientes de un barco, pero ahora que se lo indicaban,
comprendió que Jack tenía razón. Ni un solo marinero medía más de metro veinte de estatura, y la mayoría de ellos aún eran más bajos.
–Oye -dijo Jack a uno de los miembros de la tripulación que pasaba por su lado-, por casualidad…
Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.
–¿Jack? – dijo Charles-. ¿Qué sucede?
El tripulante, con ojos relucientes, no le prestó atención y siguió con su tarea. Con todo, Jack se las apañó para alzar el brazo y señalar los pies del marinero que se alejaba, que no eran pies ni mucho menos.
Eran pezuñas hendidas.
Los tripulantes no daban muestras de que les importara siquiera que los observaran, y Aven y Bert estaban absortos en una discusión sobre la Imaginarium Geographica. Charles, John y Jack se agruparon y fueron a colocarse en el lado opuesto del camarote.
–¿Habéis visto eso? – inquirió Jack, capaz finalmente de articular palabra-. ¿Habéis visto…?
–Silencio -indicó Charles-. Sí. Hay algo extraño en todo esto y yo por mi parte estoy a punto de dar por terminado todo este asunto.
–De acuerdo -dijo John-. Nos hemos alejado un buen trecho de esa trifulca con los…, lo que fuera que nos perseguía. Deberíamos poder detenernos aquí en algún punto del río y contactar con las autoridades; a lo mejor el inspector Clowes puede ocuparse de todo esto. En cualquier caso, no es tarea nuestra.
–Exacto -repuso Jack, estremeciéndose-; estamos a punto de pasar el puente. Tendrán que aminorar la velocidad en los bajíos, y podemos pedirles que nos dejen bajar en los muelles que hay justo detrás.
–Pues ya tenemos un plan -dijo Charles-. Hablaré con ellos.
Al cabo de unos instantes el Dragón índigo pasaba por debajo del puente, pero en lugar de aminorar la velocidad como había pronosticado Jack, empezó a surcar las aguas a una velocidad aún mayor. La niebla omnipresente del río empezó a fusionarse y aproximarse al barco. Incluso la lluvia había cesado. Algo más empezaba a tener lugar.
A lo lejos por detrás de ellos, de debajo de las sombras del Puente de Londres, un segundo barco, de mástiles oscuros y negro como una pesadilla, levó anclas y empezó a seguirles en silencio.
Charles se apresuró a exponer su punto de vista.
–Parece que hemos perdido a nuestros perseguidores -dijo a Aven-. Y
yo, por lo menos, os estoy muy agradecido por vuestra ayuda e intervención. Ahora que el peligro ha pasado, ¿puedes decirme en qué parte de la ciudad pensáis dejarnos?
–Sí -coincidió Jack, mirando de soslayo a la tripulación del barco-; nos gustaría bajar, por favor.
Aven dedicó a su padre una mirada de complicidad antes de responder.
–Lo siento, pero sencillamente eso es imposible.
–¿Por qué? – inquirió John.
En respuesta, Aven hizo una seña en dirección a las refulgentes luces de la ciudad sobre la no distante orilla, en aquellos momentos tenues y vagas a través de la niebla.
Mientras observaban, las brumas se aproximaron más, espesándose alrededor del barco, hasta que en cuestión de segundos las luces de Londres se desvanecieron por completo. Cuando la niebla empezó a disiparse, la ciudad ya no estaba, y la tormenta había cesado. En lo alto brillaban un millar de estrellas, libres de las nubes que las habían cubierto apenas minutos antes. Y a su alrededor, sólo el océano, sin la menor señal de una costa a la vista.
–¡Pe… pero eso no puede ser! – dijo Charles, tartamudeando con incredulidad y no poco temor-. ¡No llevamos navegando más que unos minutos! ¡No es posible de ningún modo que estemos en mar abierto!
–Exacto -indicó Jack-. He descendido por el río muchísimas veces.
Todavía tenemos… teníamos… al menos un recorrido de treinta kilómetros antes de llegar al Canal de la Mancha.
–Ah, comprendo -dijo Bert-. Lo habéis malinterpretado; abandonamos Inglaterra en el mismo instante en que nos apartamos del muelle. No estamos ni de lejos en el Canal, ni en Londres, ni siquiera en Europa. En realidad, ni siquiera navegamos ya por el mismo océano.
–Entonces, ¿dónde estamos? – dijo Charles-. ¿Adonde nos lleváis?
Aven ladeó la cabeza en dirección a John.
–Pregúntale a él. Él lo sabe.
John estaba de pie ante la barandilla, contemplando la oscuridad mientras ellos dejaban que la pregunta flotara en el aire, titilando con la promesa que todos sabían que se cumpliría si él simplemente pronunciaba las palabras. Finalmente, el joven respondió.